El extranjero

C. J. Cherryh · Capítulo 13 de 28

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El extranjero

Capítulo 3

 

 

Banichi le llevó el desayuno, junto con un montón de correo: la esperada publicidad vacacional, con los productos nuevos y también de los corrientes. Era tan aburrido como esperaba. La mañana fría y aquel clima fuera de temporada le hicieron agradecer el té caliente que los dos criados le llevaron. Tomó su desayuno ligero y le entraron ganas de ver la televisión.

—¿Es que los canales se han estropeado por toda la ciudad o qué? — preguntó.

—Pues no lo sé —respondió Banichi, encogiéndose de hombros.

Por lo menos podía ver el canal de meteorología, que informaba de que llovería en las montañas del este y que haría frío en el litoral oeste. Nadie podría ir a nadar a las playas de Mosfeira. Su menté vagó de vuelta al hogar, a las playas de arena blanca de su isla, a las altas montañas todavía coronadas de nieve en las laderas de umbría; pensó en los rostros humanos y en la multitud de sus congéneres.

Había soñado con su casa durante las dos horas que había logrado dormir; soñó con la cocina, con las mañanas, con su madre y Toby unidos en el desayuno. Con las costumbres, en fin. Su madre le escribía con cierta asiduidad. A Toby no le gustaba, pero siempre era el primero en mirar el buzón y le hacía llegar las noticias a través de su madre: lo que estaba haciendo, cómo le iba, etc.

Su madre se había encargado de la parcela comunitaria que había dejado al incorporarse al puesto de paidhi, y ya no le hizo falta ejercer sus derechos de nacimiento; combinó las ganancias con los ahorros que había ido acumulando con su trabajo de profesora y le entregó a su hermano, muy dedicado a la familia y absolutamente respetable, los fondos necesarios para que abriera una clínica en la costa norte.

Toby disfrutaba de la vida corriente y próspera que su madre había deseado, tanto para ella como para sus hijos, con unos nietos a los que amar y a los que poder visitar a menudo. Era feliz. Bren no le contaba cosas como «hola, mamá, alguien ha intentado asesinarme mientras dormía». «Hola, mamá, no me dejan salir de aquí». Sus misivas eran siempre del estilo de «hola, mamá, yo estoy bien, ¿y tú? Me tienen muy ocupado. Todo es sumamente interesante. Desearía poderte contar más».

—Ese abrigo no —le aconsejó Banichi, cuando cogió el liso del armario. El agente pasó por delante de él y cogió el abrigo destinado a las audiencias de la percha de la que colgaba.

—¿Para el consejo espacial? —protestó, pero entonces se dio cuenta de que Tabini lo estaría esperando.

—El consejo se ha pospuesto —le explicó el otro y, adelantándose a las funciones de los nuevos criados, cogió el abrigo y se lo tendió—. Los razonamientos de los lunáticos tendrán que esperar unos días.

Metió los brazos por las mangas, sacó la trenza del cuello del abrigo y se lo colocó con un profundo suspiro. El peso no le resultaba desagradable aquella fría mañana.

—¿Qué quiere Tabini? —preguntó con un hilo de voz. Pero sabía que Banichi no le respondería, porque los dos sirvientes estaban en la habitación. Jago no estaba allí cuando despertó. Solo Tano y su melancólico compañero, que traían el desayuno. Hacía ya dos noches que no dormía como es debido. Los ojos le dolían por el cansancio, pero tenía que estar presentable y despierto.

—Tabini está preocupado —le contestó Banichi—, de ahí que haya pospuesto el consejo. Quiere que se vaya al campo esta tarde. Uno de los equipos de seguridad está encargándose ya de los preparativos.

—¿Cómo, a la finca?

—Así es. Tano y Algini le harán las maletas si es necesario.

¿Y para qué iba a preguntarle? Sabía que Banichi no respondería a sus preguntas. Lo más probable es que Tabini no le hubiera autorizado para ello. Respiró hondo, se colocó el cuello del abrigo y se miró en el espejo. Sus ojos reflejaban su cansancio, su incipiente pánico y la sensación de haber cometido un error al no informar a Mosfeira de lo que estaba ocurriendo. Su decisión empezaba ya a ser irreversible y cada vez tenía menos oportunidades de cambiar de opinión sin ofender a todas aquellas personas cuyas oportunas maniobras quizá no debía desafiar. O al menos esa era la sensación que bullía en su estómago.

Es posible que estuviera sufriendo una parálisis de voluntad o tal vez fuera su instinto el que le aconsejaba que se quedara quieto y no entorpeciera la labor del único amigo que tenía la humanidad en aquel planeta.

Los paidhiin son prescindibles, pero Mosfeira no. No podremos enfrentarnos a todo el mundo. Además ahora tienen aviones y radares, así como otros muchos recursos tecnológicos.

Están muy cerca de dejar de necesitarnos definitivamente.

Se abrió la puerta de la sala contigua y Jago entró. Supuso que venía a supervisar la labor de los dos criados, cuyas únicas preguntas habían sido «¿desea usted tomar conservas?» y «¿quiere azúcar en el té?».

Moni y Taigi conocían ya las respuestas a esas preguntas y no habían tenido la necesidad de estar consultándole absolutamente todo. Ya los echaba de menos. Tenía miedo de no volver a verlos o de que hubieran destinado sus servicios a otra persona; esperaba que, de ser así, se tratase de un atevi influyente, estable y normal. No le hubiese gustado que estuvieran en manos de la policía, respondiendo a preguntas sobre él y sobre los humanos en general.

Banichi abrió la puerta por segunda vez, para que ambos pudieran acudir a la reunión, y salió junto con el agente. Se sentía más como un prisionero que como el objeto de tanta preocupación oficial.

 

—Aiji-ma —lo saludó Bren, y se inclinó cortésmente con las manos apoyadas sobre las rodillas.

Tabini, que llevaba puesta una camisa y unos pantalones, no vestía aún el riguroso atuendo que le exigía su posición. Estaba sentado frente a las puertas abiertas, bañado por el sol. Las puertas del aiji no daban al jardín, sino al cielo abierto, a las hileras de terrazas emplazadas a lo largo de las antiguas murallas y a la ciudad, situada en la parte más baja de la fortaleza y que formaba una cuadrícula de tejados de teja, cuyo colorido rojo parecía casi rosa entre la neblina mañanera. Los tejados se encontraban alineados de forma que favorecieran los buenos auspicios y que estuvieran en armonía los unos con los otros y con el río cercano. Más allá se encontraba la cordillera Bergid, que se alzaba sobre la bruma y las llanuras. Era un espectáculo glorioso y refrescante, que quitaba el aliento en aquel hermoso amanecer.

La mesa estaba dispuesta entre la habitación y el balcón, con aquel paisaje como fondo. Tabini estaba desayunando.

El aiji hizo un gesto con la mano hacia sus sirvientes, que inmediatamente colocaron otras dos tazas y les invitaron a sentarse en dos sillas vacías dispuestas también alrededor de la mesa.

De modo que la reunión tenía un carácter informal. Banichi y él tomaron asiento donde se les ofrecía, con la cordillera Bergid frente a sus ojos, entre la bruma, y la ciudad con sus tejados de tejas rojas bajo la barandilla del balcón.

—Confío en que el incidente no se haya repetido —comentó Tabini.

—No, aiji-ma —le respondió Banichi mientras echaba azúcar en su taza.

—Todo este asunto me tiene bastante preocupado —añadió, antes de beber un sorbo de su té—. Preocupado sobre todo porque haya podido convertirse en el objetivo de una especulación pública, Bren-paidhi. Me vi obligado a decantarme. Y no podía permitir que la situación pasara desapercibida. ¿Se te ha acercado alguien durante las reuniones?

—No —le informó Bren—, pero lo cierto es que no estoy acostumbrado a estas situaciones, de modo que tampoco puedo asegurarlo.

—¿Estás asustado?

—Violento. —Ni siquiera estaba seguro de cómo se sentía—. Violento por ser la causa de tantos trastornos, cuando se supone que estoy aquí para servirle de ayuda.

—Esa es la respuesta del político.

—… y furioso, aiji-ma.

—¿Furioso?

—Porque no puedo ir donde quiera, ni hacer lo que quiera.

—¿Pero acaso puede el paidhi hacer eso? Nunca va a la ciudad si no es acompañado de una escolta. No viaja, ni gusta de entretenerse con lo que Banichi seguramente calificaría como costumbres muy peligrosas.

—Este es mi hogar, aiji-ma. No estoy acostumbrado a esconderme detrás de las puertas o a preocuparme de si algún pobre sirviente usará alguna de las llaves antiguas para entrar en mi habitación y… Espero que alguien les haya avisado.

—Así es —le confirmó Banichi.

—Me preocupa —confesó, con la mirada perdida en su taza de té—. Lo siento, aiji-ma.

—No, no, no… Yo he preguntado. Tus preocupaciones y quejas son completamente legítimas. No hay necesidad de que te las calles. Creo que te vendría bien irte un tiempo a Malguri.

—¿Malguri? —Era la finca en el lago. Estaba situada en el lago Maidingi. Era el refugio de Tabini durante los primeros días de otoño, cuando el consejo legislativo todavía no convocaba reuniones y él seguía de vacaciones. Bren nunca había viajado tan adentro en el continente. De hecho, creía que ningún humano lo había hecho—. ¿Vendrá usted, aiji-ma?

—No. —La taza de Tabini estaba vacía. Uno de los sirvientes le puso delante una llena. Él echó dos terrones de azúcar y luego lo removió—. Mi abuela reside allí. ¿Todavía no la conoces personalmente, verdad? Me parece que todavía no has vivido esa aventura.

—No. —Pensó que encontrarse con la Viuda era casi peor que tener frente a sí al asesino. Gracias a Dios, Ilisidi no había ganado las elecciones sucesorias—. Perdóneme si lo pregunto, ¿pero no está usted enviándome a una zona de peligro mayor?

Tabini se echó a reír; la nariz se le arrugó al hacerlo.

—Desde luego, a ella siempre le han gustado las discusiones. Pero últimamente está mucho más tranquila. Dice que está muriéndose.

—Lleva diciéndolo cinco años —farfulló Banichi—, aiji-ma.

—Estará bien —continuó Tabini—. Tú eres un diplomático, te las arreglarás.

—Podría irme a Mosfeira y alejarme de la situación, si es que es esa la solución. A mí, desde luego, me sería de gran ayuda. Tengo muchos asuntos personales pendientes. Mi madre tiene una cabaña en la costa norte…

La mirada atenta de Tabini carecía de todo sentimiento. Era implacable.

—Pero no puedo garantizar tu seguridad. No me gustaría poner a tus familiares en peligro.

—Ningún atevi puede entrar en Mosfeira sin un visado.

—Hasta un viejo podría llegar allí en barca —murmuró Banichi—, ¿y cree que yo no podría encontrar la cabaña de su madre?

El viejo no llegaría a Mosfeira desapercibido. Estaba deseando poder decírselo al agente, pero no tenía la menor intención de informarles gratuitamente de ello.

—Estará mucho mejor allí —añadió Banichi—, en Malguri.

—¡Un imbécil trató de entrar en mi habitación! Por lo que yo sé, podría ser solo el vecino de al lado, que llegaba a casa borracho y decidió entrar por el jardín. Lo más probable es que esté aterrado de que lo hayan confundido con un asesino. ¡Y para colmo ahora tengo cables letales flanqueando las puertas!

Nadie debía gritar en presencia del aiji, y además Tabini había apoyado la decisión de Banichi en cuanto a la instalación de los cables. Bren recordó en qué posición se encontraba y ocultó su consternación detrás de su taza de té.

Tabini bebió unos sorbos también y luego dejó la taza, mientras Banichi dejaba la suya a un lado.

—En cualquier caso —añadió el aiji—, la investigación está progresando sin tu ayuda. Confía en mi experiencia. ¿He hecho alguna vez algo que pudiera perjudicarte?

—No, aiji-ma.

Tabini se puso en pie y extendió la mano frente a sí; aquella no era una costumbre atevi. El aiji lo hizo la primera vez que se conocieron y en muy contadas ocasiones desde entonces. Bren se levantó y se la apretó con solemnidad.

—Te considero una pieza clave en mi administración —le explicó Tabini —. Te pido que creas que todo cuanto estoy haciendo es por tu bien, incluso este exilio forzado.

—¿Qué es lo que he hecho? —inquirió, con la mano todavía prisionera en la del atevi, más grande—. ¿He hecho algo que debería haber planteado de una manera diferente? ¿Cómo puedo hacerlo mejor si nadie me aconseja al respecto?

—Seguimos investigando —le contestó Tabini en voz baja—. Le están echando combustible a mi avión privado en estos momentos. Procura no enfurecer a mi abuela.

—¿Cómo puedo escapar de ello? Ni siquiera sé lo que he hecho para desencadenar esta situación, Tabini-aiji. ¿Cómo puedo comportarme con más sabiduría?

El aiji le dio un último apretón en la mano antes de soltársela.

—¿Quién ha dicho que esto fuera culpa tuya, Bren-paidhi? Dele recuerdos a mi abuela.

—Aiji-ma. —La rendición era lo único a lo que podía recurrir. Debía conformarse solo con la más indirecta de las rebeliones—. ¿Podrían enviarme allí mi correo?

—No creo que haya problemas —le dijo Banichi—, siempre y cuando lo reenviemos a través de la oficina de seguridad.

—No queremos que se sepa dónde está —le explicó Tabini—, pero sí, los de seguridad tendrán que saberlo. Ocúpese de ello y no corra riesgos. Irá directamente al aeropuerto. ¿Está todo en marcha, Banichi?

—No hay ningún problema —le informó el agente.

Bren no sabía a qué «todo» se referían, aunque no le quedaba otra cosa que hacer que acatar las órdenes.

 

«Directamente al aeropuerto» significaba lo que parecía. Bajar las escaleras del Bu-javid hasta el nivel más bajo e interior, donde se encontraba la estación de ferrocarril conectada con toda la red ferroviaria del continente.

Aquella estación, emplazada en el corazón del Bu-javid, era muy segura porque solo podían utilizarla los mai’aijiin, el aiji y su plantilla. Colina abajo había otra para los demás.

Los guardias estaban por todas partes, lo cual no era inusual. Supuso que vigilarían muy de cerca las vías y vagones que había allí porque nunca estaban seguros de cuándo volverían a usarse las instalaciones.

Vio que los esperaba algo parecido a un vagón de mercancías. El tranvía subterráneo saldría a la luz con el mismo aspecto que el resto de los vagones de mercancías y pasaría desapercibido entre ellos. Se percató de que lo habían pintado exactamente igual que los demás trenes de servicios y supuso que también habrían cambiado los números para que les brindaran buenos auspicios.

El interior, sin embargo, estaba decorado con el lujo extremo que tanto agradaba a Tabini. Era una sala de consejo sobre ruedas. Hasta allí lo condujo Banichi.

—Supongo que alguien lo habrá registrado —le dijo al agente, más como un comentario que como una pregunta.

También él había utilizado ese tren en ciertas ocasiones, pero solo una vez al año por asuntos personales, cuando iba al aeropuerto, aunque nunca si tenían pendiente alguna disputa o queja. Todo aquel procedimiento le hacía sentirse extraño, como en un sueño.

—Irá directamente al aeropuerto —le informó Banichi, mientras estudiaba unos documentos— y nadie hará preguntas. No se ponga nervioso, nadi Bren. Le aseguro que no lo abandonaremos junto con el equipaje.

Banichi estaba bromeando. Bren estaba asustado. Estaba nervioso durante el camino hacia la estación, seguía nervioso en el andén, pero al entrar en el tren, avanzó hasta la parte trasera del vagón sin ventanas, incapaz de ver más allá del lujo que lo rodeaba y una sola imagen televisada de la estación en la que los trabajadores se apresuraban de un sitio a otro. Lo abrumó la sensación de que se lo estaban tragando vivo, que lo arrastrarían hacia un lugar en el que ningún ser humano volvería a saber de él. No le había dicho a nadie dónde iba, no había llamado a Hanks, ni enviado una carta a su casa y no estaba seguro de que Banichi la enviara, de escribirla ahora.

—¿Vendrás conmigo? —le preguntó.

—Desde luego —le confirmó Banichi. Estaba de pie, mirando al monitor —. Ah, ahí está.

Vio emerger un carro de uno de los ascensores; un carro en el que estaban apiladas grandes cajas de plástico blanco. Jago iba detrás y lo empujaba hacia el vagón. Logró llevarlo hasta el umbral, donde se atascó. La mujer lo zarandeó y empezó a maldecir, mientras Banichi se acercaba rápidamente para prestarle su ayuda. Bren se levantó para ofrecerles la suya, pero justo en ese momento consiguieron meterlo porque Tano, que también estaba dentro del vagón, tiró del carro desde el otro extremo.

En el carro y en el equipaje debía de estar todo cuanto había atesorado en su apartamento, pensó consternado, a menos que las tres cuartas partes de ello fueran el equipaje de Banichi y de Jago. No sacaron el equipaje del carro, se limitaron a asegurarlo contra la pared más alejada con unas redes.

Las protestas no le servirían ya. Si se ponía a hacer preguntas a estas alturas lo único que conseguiría sería indignar a los que tanto empeño ponían en ordenar y aprovisionarse de cuanto necesitarían. Así que se sentó y se quedó quieto, mientras Banichi y Jago salían, sin alejarse nunca del umbral, firmaban documentos y hablaban con los demás guardias.

Al cabo de un rato volvieron los dos para informarle de que el convoy ya había salido y que se acoplarían a él en unos cuantos minutos. Entre tanto, Tano le ofreció un refresco, que aceptó con indiferencia, y Algini llegó con un último documento en el que Banichi debía estampar su firma.

¿Qué?, se preguntó Bren, ¿con respecto a qué? ¿Podría ser sobre su exilio en Malguri?

Se dirigía a la prisión de la Viuda, hacia el lugar donde la habían enviado para que muriera. A esa mujer notable, amargada y a la que habían ignorado en dos ocasiones para que pudiera gobernar Tabini.

No podía evitar preguntarse si habría podido elegir su residencia o si los rumores sobre ella eran verdad: es decir, que, al haber ofendido a Tabini, ya casi no le quedaba nada que perder.

 

El avión se elevó con rapidez sobre la cuadrícula de Shejidan. Desde aquella altura todavía podían verse tres o cuatro edificios principales entre la maraña de tejados: el registro público, la asociación de Agricultura, el largo complejo metalúrgico de Shejidan, el chapitel de la asociación de Minería e Industria del oeste y las oficinas administrativas de Aeroespacial Patanadi. El aparato describió un giro final antes de encauzar su curso. Desde una de las alas podía verse el Bu-javid, una colina fortificada con un entramado de jardines y terrazas. Bren se imaginó la corte en la que había vivido y se preguntó, angustiado, si volvería a ver su apartamento algún día.

Alcanzaron una altura de crucero, por encima de la que solían transitar los operadores privados. Vio aparecer una bebida frente a sí. Tano era sumamente eficiente. Y parecía preocupado. Bren se puso de mal humor. No quería que Tano le cayese bien porque había sustituido a los sirvientes en los que ya confiaba, que habían ocupado sus puestos desde que él se trasladó a Shejidan y a quienes probablemente habrían trasladado sin explicación alguna. No era justo para ellos. Ni para él. Le gustaban, aunque no comprendieran aquel concepto. Se había habituado a ellos y ahora ya no estaban.

Pero tratar mal a Tano y a Algini tampoco era justo para ellos. Lo sabía y, siguiendo las costumbres de cortesía atevi, intentó que su resentimiento no se reflejara en su rostro ni en sus acciones. No estaba bien tratar así a dos completos extraños. Se recostó en el asiento y procuró que su gesto fuera lo más plácido posible. Observó la tierra y las nubes pasar por debajo del ala, y lamentó no estar volando en dirección a Mosfeira, hacia la seguridad.

Deseaba que Banichi y Jago estuvieran cultural o biológicamente preparados para comprender el significado de la palabra «amigo» o «aliado» de la misma forma que él. No obstante, la posibilidad era tan remota como cruzar descalzo el estrecho de Mosfeira.

Sentía náuseas. Ahora ya estaba convencido de que había cometido un gran error al no informar a Deana Hanks justo después del incidente, mientras que el asalto de su dormitorio todavía era un tema candente, y antes de que Banichi y Jago recibieran las instrucciones pertinentes para disuadirlo de hacerlo.

Pero ni siquiera se le había pasado por la mente hacer esa llamada. La verdad es que no podía ni recordar en qué había estado pensando y decidió que, de algún modo, estaba sumido en un estado de conmoción traumática que lo había inducido, en primer lugar, a negar todo el asunto y, en segundo, a aparentar valentía delante de Banichi. El paso siguiente había sido el de asimilarlo y guardárselo para sí, porque temía que Hanks intentaría adueñarse de la situación si se enteraba, lo que implicaba que perdería el control absoluto, aunque sabía que eso ya había ocurrido.

Ya no tendría la oportunidad de pasar a la acción, a menos que se rebelase contra Tabini, desechando su invitación o negándose a alejarse unos días de la ciudad. Tenía, eso sí, la descabellada oportunidad de ponerse a gritar como un condenado en mitad del aeropuerto y pedirle ayuda a los ciudadanos de a pie para que lo rescataran de aquel secuestro.

Sin embargo, la opción era más que absurda. Tan absurda como la posibilidad de rechazar la invitación de Tabini después de cómo el aiji le había planteado la situación. Y ahora se había puesto a pensar en si habría teléfonos en el lago, en si podría intentar llamar desde allí a Mosfeira. Pero la petición para hacerlo tendría que pasar inequívocamente por el Bu-javid, pues solo allí podrían dispensarle la autorización necesaria, de modo que tampoco podría hacerlo.

Al cabo de un tiempo, digamos, una o dos semanas, la oficina en Mosfeira se preguntaría por qué no había recibido noticias suyas. Ese lapso de tiempo no era inusual.

Pero después de esas dos semanas de silencio, su oficina empezaría a preocuparse y quizá decidieran contactar con la oficina de Asuntos Exteriores, es decir, el departamento que estaba justo por encima, y que les pedirían que esperasen mientras ellos comprobaban los canales.

Pasada otra semana, la oficina de Asuntos Exteriores habría analizado todos los canales oficiales que tenía a su disposición y optaría por enviarle un memorando al presidente, quien podría, después de consultar a los departamentos del consejo, empezar a hacer preguntas y finalmente llamar a la puerta de Tabini.

De modo que, aún siendo optimista, tendría por lo menos que transcurrir un mes antes de que Mosfeira concluyera que su paidhi se había extraviado de alguna manera.

Le resultaba bastante incómodo descubrir que no conocía en absoluto a los atevi que creía comprender personalmente y a una sociedad a la que más o menos reconocía desde un punto de vista intelectual. Resulta que ya no actuaban de forma previsible. Le parecía indignante que no se le ocurriera hacer algo más astuto o ingenioso que fingirse absolutamente ingenuo y dejarse secuestrar y confinar en un extremo perdido del país, donde, por cierto, si desaparecía, nadie lo sabría jamás. Nadie en Mosfeira, ni siquiera Hanks, rompería el Tratado para buscar a un paidhi que tal vez hubiera cometido un error imperdonable.

Joder, no, nadie exigiría su regreso. Se limitarían a enviar a uno nuevo, con un perfil bueno, y le ordenarían que tuviera más mano izquierda y que no fuera tan idiota.

Se había confiado demasiado. Creía saber a la perfección que Tabini vivía para los atevi y para satisfacer también sus intereses personales. E incluso creía saber cuáles eran estas. El aiji no se había opuesto a sus sugerencias: ni a la red de ferrocarril, ni al programa espacial, ni a la investigación médica, ni a la informatización del sistema de suministros. Tabini, desde luego, no se había mostrado contrario a nada de cuanto él había propuesto. Por Dios, podría haberle dicho algo y hubieran hablado, pero no… El aiji le había escuchado con fingido interés, le había formulado preguntas inteligentes al igual que todos sus predecesores; prestando sus oídos al razonamiento y comprometiéndose con el medio ambiente y el avance tecnológico. Dos conceptos que los atevi asimilaban con rapidez.

Y así, los humanos habían hecho, dado o cumplido con todo cuanto los aiji de la casa de Tabini les habían pedido desde la Guerra del Aterrizaje. Había sido así del principio hasta el fin, hasta el documento que él mismo había escrito y enviado a Mosfeira explicándoles a sus congéneres que la comercialización de los productos cárnicos ofendía inmensamente a los ragi, a pesar de que los nisebi no vieran ningún mal en ello y se mostraran de acuerdo con el negocio. La adaptación cultural era un hecho recíproco y Mosfeira debía depender del mar y de la pesca, que no entendía de temporadas, y, por tanto, demostrar a sus anfitriones en aquel planeta que estaban haciendo el esfuerzo de cambiar para respetar la sensibilidad de los atevi, de la misma manera que estos habían modificado su conducta para con los humanos.

A veces su trabajo se le hacía tan cuesta arriba, que no perder el sentido de la realidad se le presentaba como una tarea terriblemente complicada.

Pero los atevi estaban en el umbral del programa espacial avanzado, es decir, que tenían a su alcance la posibilidad de enviar a gente al espacio. Contaban con comunicaciones vía satélite y con un sistema de lanzamiento bastante elaborado. Estaban a punto de desarrollar los materiales que, con ayuda de los humanos, los llevarían más allá de las metas culminadas por estos. Metas que, por cierto, los habían conducido hasta aquel planeta. Y se había visto en la tesitura de tener que aprenderse todos los términos aeronáuticos como «gradiente energético» o «maniobra interconectada», conceptos que se empollaba durante las «vacaciones» para darle coherencia a los documentos que redactaba y de los que tanto le dolía desprenderse porque estaba convencido de que, de aquí a cinco años como mucho, los atevi lograrían hacer despegar un cohete con personas en su interior.

Y no es que les hiciera falta llegar a eso; pero la oficina en Mosfeira le había pedido que no se entrometiera demasiado en el asunto, que permitiera a los atevi desarrollar el lanzamiento intermedio. Sin embargo, todavía no habían alcanzado la calidad sintética de los materiales, pero la lanzadera química y los viajes espaciales tripulados les proporcionaría nuevas experiencias políticas y emocionales, e incluso los elevaría a la posición de héroes.

Pero esto era, más que nada, una decisión cultural o tal vez científica. Le molestaba muchísimo no ser el paidhi que hubiera metido a los atevi al cien por cien en la aventura espacial y quería cumplir sus objetivos mientras fuera lo bastante joven para viajar también dentro de tales máquinas. Ese era su secreto, su sueño, que si los atevi confiaban en incluir en su tripulación a algún ser humano, confiaran en el paidhi. Y quería ser esa persona, la que marcara la diferencia…

Esta era su ilusión. La pesadilla era menos concreta. Mucho antes de que aconteciera el asalto a su dormitorio, había tenido miedo, y por ello había estado intentado comunicarse con Hanks para explicarle a ella y al resto de la oficina que no se les podía dar a los atevi retazos y fragmentos de tecnología sin acelerar la arbitrariedad del proceso. Es decir, las mentes de los atevi no funcionaban de la misma manera que las de los humanos y, por tanto, su predisposición les haría ver ciertos avances tecnológicos de una manera diferente a la de los humanos. Así, la imaginación de los atevi pondría los distintos elementos al servicio de sus inventos; inventos para los que no pedían consejo a la comisión tecnológica de Mosfeira.

Gracias a Dios, esos inventos individuales todavía no habían dado lugar a misiles balísticos intercontinentales o a bombas atómicas. Pero sabía, como lo habían sabido sus predecesores, que el día que el Tratado se rompiera, él sería el primero en enterarse.

Vio la tierra pasar de largo bajo las alas; las granjas, las colinas, los bosques… Al cabo de un rato entrevió, tras una estela de nubes, los negros picos sembrados de nieve de las Bergid, que se elevaban como islas de afilados acantilados. Le resultaba fascinante ver cómo se alejaban del mundo que conocía, y emocionante, de una manera extraña, ver países que los humanos jamás habían visto. Hasta el momento todo era nuevo y prohibido.

Pero después de un rato, las nubes se hicieron más espesas y ocultaron las montañas y, aunque el cielo era de un azul claro, bajo las alas no se adivinaba otra cosa que no fuera un manto rugoso y blanquecino.

Era decepcionante. Aquellas nubes se congregaban en el estrecho y no había manera de separarlas. Incluso el planeta se confabulaba para mantener ocultos los secretos de los atevi.

Lo que no implicaba que no pudiera dedicarse a hacer algo útil mientras lo secuestraban. Había logrado rescatar su portátil de su equipaje. Lo colocó sobre una mesa y sacó los apuntes que tenía para la próxima conferencia de desarrollo, en la que pretendía defender la posibilidad de crear un centro científico de ordenadores en la bahía de Costain, que estuviera conectado vía módem con los estudiantes atevi de Wingin.

«Si existe», escribió, «una dificultad tecnológica real hoy en día, esta es, sin duda, la de las matemáticas, porque nuestras distintas culturas e idiomas nos han llevado a crear expresiones matemáticas diferentes a un nivel operacional. Eso sin contar que no las utilizamos de la misma manera. Pese a que estas percepciones matemáticas dispares constituyen un campo rico para la especulación de los matemáticos y de los futuros programadores; en el presente, estas diferencias fundacionales de conceptos son un obstáculo importante para los estudiantes de informática atevi, que pretenden entender una máquina lógica que ignorará algunas de sus expectativas, así como las ventajas operacionales y los atajos de su idioma, y cuya arquitectura lógica responde y ha sido adaptada durante siglos a la mente humana.

El desarrollo de una arquitectura informática que esté de acuerdo con las percepciones atevi es tan inevitable como deseable para el progreso económico de sus asociaciones, sobre todo en lo que al desarrollo de materiales se refiere. Es por esta dificultad que el paidhi no puede por menos que recordar a los presentes que la creación de muchos de los elementos tecnológicos útiles e imprescindibles se está retrasando.

Y, pese a que el paidhi comprende la validez y las verdaderas razones que mantienen la doctrina de separación en el Tratado de Mosfeira, le parece que la tecnología informática puede convertirse en la herramienta para unir a los profesores de Mosfeira con los estudiantes de tierra adentro, de forma que estos últimos tengan a su disposición la oportunidad de estudiar con instructores humanos que dominan el diseño y la teoría, y que les ayudarán a aprovechar al máximo los ordenadores. Así, los profesores humanos podrán alentar a los estudiantes atevi a que fabriquen su propio software, en el que sin duda podrían aplicar su talento matemático.

Ese centro de estudio puede servir como un programa modelo para, por ejemplo, encontrar otras áreas en las que los atevi puedan, sin perjudicar a las distintas culturas, meterse de lleno en el territorio de la ciencia empírica y crear acuerdos de trabajo que sean adecuados para las dos sociedades.

Les recuerdo asimismo que el Tratado de Mosfeira establece la posibilidad de colaborar en asuntos experimentales y científicos de definición e inequívoca terminología, destinados a la cooperación en un futuro próximo bajo la jurisdicción de los oportunos oficiales atevi.

Me parece que esta es una de esas áreas en las que la colaboración beneficiaría a los atevi, que favorecería la comprensión intercultural; cumpliendo así con las previsiones del Tratado en el que…».

Banichi se sentó en el asiento que estaba justo frente a él.

—Parece muy ocupado —le dijo.

—Estaba escribiendo mi discurso para la próxima conferencia. Espero poder acudir.

—Su seguridad es más importante. Pero si regresamos para entonces, desde luego que podrá ir. Yo me encargaré de ello.

—Supongo que no puedo preguntar cuánto estaremos allí. La conferencia es, por cierto, dentro de cuatro semanas.

—La verdad es que no lo sé.

No lo sabe, pensó alarmado. No lo sabe. Jago dejó una bebida delante de Banichi y tomó asiento, también frente a él.

—Es un lugar agradable —comentó ella—. ¿Ha ido alguna vez?

—No. He visitado Taiben, pero no Malguri. —Podía ser cortés casi sin pensárselo, mientras buscaba con frenesí un eufemismo para la palabra «rapto»—. ¡Pero, nadi, cuatro semanas! No podré hacer mi trabajo si estoy al otro lado del país.

—Es una oportunidad —le dijo Banichi—. Ningún humano antes que usted, nand’ paidhi, ha hecho este viaje. De modo que no se ponga triste.

—¿Y qué hay de la Viuda? Compartiré la residencia con un miembro de la familia del aiji, con una mujer a la que ni siquiera conozco, ¿le ha informado alguien de mi llegada?

Banichi arrugó los labios en un gesto fiero que parecía una sonrisa.

—Es usted un hombre de recursos, paidhi-ji. Estoy seguro de que podrá con ella. Al fin y al cabo, habría sido el aiji de su predecesor…

—Si no hubiera sido por los hasdrawad —murmuró Jago.

Los hasdrawad había escogido a su hijo, de quien ella confesó lamentar no haber abortado cuando tuvo la ocasión; después, por causa de aquel insulto, los hasdrawad habían pasado por encima de ella una segunda vez, tras el asesinato de su hijo. Ignoraron sus derechos de sucesión a favor de su nieto, Tabini.

—Aprueba a Tabini —le informó Banichi—. A pesar de lo que todos dicen, siempre lo ha aprobado.

A los setenta y dos se había caído en el transcurso de una cacería. Se rompió el hombro, el brazo y cuatro costillas, pero, aun así, había vuelto a montar y había cabalgado junto al resto de la partida hasta que dieron caza a la presa.

Después, según contaban, había atacado a su entrenador con la fusta porque se había hecho un agujero en su precioso jersey Matawa de primera calidad.

—Al parecer no se distingue por ser una mujer paciente —comentó Bren.

—Oh, todo lo contrario. Lo es y mucho, cuando algo le interesa —rebatió Jago.

—¿Es verdad lo que la gente cuenta acerca de la sucesión?

—¿Qué al padre de Tabini-aiji lo asesinaron? —le preguntó Banichi, y sin esperar respuesta dijo—: Sí.

—Nunca averiguaron qué agencia se encargó —explicó Jago— y eso que de la búsqueda se encargaron personas muy competentes.

—No se encontró ni una sola pista y la única beneficiada fue la duquesa viuda —continuó Banichi—, lo que no era una evidencia lo bastante sólida como para acusarla formalmente. De todos modos, ella no era la única con razones para quererlo muerto. Aunque su guardia personal no hay que tomarla a broma.

—¿Tenían licencia?

—Oh, sí —afirmó Banichi.

—La mayoría de los miembros de su guardia son viejos —prosiguió Jago — y están un poco desfasados.

—Tal vez ahora —opinó su compañero—, pero no entonces.

—¿Y es allí adonde Tabini me envía para que esté a salvo?

—La Viuda no tiene nada en su contra —le recordó Jago.

—Por lo menos en la mayoría de las cosas —concluyó Banichi.

 

El avión se posó sobre la pista con un golpe seco; al resto de los aeroplanos los habían desviado hacia otros aeropuertos. O al menos eso le dijo Banichi. Pero la tripulación del aiji aterrizó sin problemas. Los motores rugieron, los frenos chirriaron sobre el cemento mojado, el avión viró hacia la derecha y recorrió velozmente la distancia que lo separaba de la pequeña terminal.

Bren observó con melancolía el clima, a los guardias y camiones que se precipitaban dentro y fuera del avión. La recepción era, sin duda, más numerosa que las de Mosfeira. Pero, claro, las personas que lo recibían en su hogar no iban armados.

Se desabrochó el cinturón, se puso en pie y siguió a Banichi hasta la puerta, al tiempo que el piloto la abría. Jago vigilaba atentamente la retaguardia.

La lluvia cayó sobre sus rostros y la niebla era tan sólida que casi no se podía ni respirar. Las gotas de lluvia salpicaban el cemento de la pista. Cubría el paisaje de un color gris, de forma que era casi imposible distinguir el lago del horizonte infinito, y las montañas que lo rodeaban eran como bancos de niebla recortados contra el cielo.

Malguri, pensó, tenía que estar en algún lugar de esas orillas, frente al lago.

—Nos envían un coche —les gritó Jago en la oreja, mientras sostenía en una mano la radio y esperaba a que la tripulación les acercara las escaleras para poder bajar. Estas, a diferencia de las del aeropuerto de Shejidan, no contaban con un toldo del que protegerse de la lluvia. Supuso que porque no esperaban que nadie se quedara en los escalones saludando como un maniquí.

De todos modos, no pudo dejar de preguntarse si, de haber estado Tabini en el avión, se habrían encargado de colocar uno de esos toldos. O habría aparcado el coche más cerca.

Los truenos restallaban y los relámpagos iluminaban el cemento mojado.

—Auspicios… —murmuró Bren, al que no le hacía ni pizca de gracia tener que bajar los escalones de metal en aquella tormenta. Pero las escaleras golpearon contra el costado del avión, meciéndolo; y la lluvia se colaba en el interior de la cabina junto con un viento frío como el otoño.

Los sirvientes, embutidos en sus chubasqueros, les gritaron y les hicieron señas para que bajaran. Banichi fue el primero en hacerlo. Mierda, pensó, y se apresuró a seguirlo, agarrándose con fuerza al pasamanos frío y resbaladizo. Cuando los relámpagos iluminaron la escalera y el cemento y los truenos rugieron sobre sus cabezas, se encogió de temor. Alcanzó el suelo y se apartó de la escalera con mucho alivio. Vio a Banichi ante la puerta abierta de la furgoneta de transporte y, con cuidado para no resbalarse, corrió hacia ella con Jago pisándole los talones.

En pocos segundos alcanzó el refugio. Jago llegó muy poco después y se tiró sobre uno de los asientos. Las gotas de lluvia brillaban sobre su piel de ébano. El conductor salió para cerrar la puerta y se quedó petrificado y con los ojos casi fuera de las órbitas, mientras la niebla fría se hacía cada vez más densa. Evidentemente, nadie le había dicho que un ser humano viajaría con ellos.

—¡Cierre la puerta! —le gritó Banichi, sacándolo de su ensimismamiento. El conductor cerró la puerta de un portazo y se apresuró a ocupar su lugar frente al volante.

—Faltan Algini y Tano —protestó Bren, mientras se inclinaba para echar un vistazo al avión a través de la ventana salpicada de gotas al tiempo que el conductor cerraba la puerta.

—Traerán el equipaje —le tranquilizó Jago— en otro coche.

Por si acaso son bombas, pensó Bren, sombrío, a la vez que el conductor quitaba el freno de mano, encendía el motor y les daba la bienvenida con una serie de cortesías verbales. Les deseaba, dijo, una feliz estancia en Maidingi, la joya de las montañas. Luego les explicó que la posición de las mismas era auspiciosa, que eran cósmicamente armoniosas y afortunadas, de tal forma que las aguas de los arroyos que rodeaban al lago, el Espejo del Cielo, eran también sumamente beneficiosas.

El Espejo del Cielo no reflejaba nada en ese preciso momento. La lluvia fragmentaba las imágenes de los edificios empapados y del inmenso vacío gris mientras el coche se precipitaba veloz. Bren creía que los acercaría a la terminal y que allí cogerían el tren hasta Malguri. Pasaron, sin embargo, cerca de las puertas de entrada y las dejaron atrás; la primera, la segunda y así sucesivamente en el trayecto hacia la verja y el lago.

—¿Dónde vamos? —preguntó con una mirada inquieta a Banichi. Pensó que quizá el agente también se extrañaría de que tomaran aquel desvío y tal vez estuviera poniéndolos a todos en peligro por no mantener la boca cerrada.

—Está dentro de los planes, nadi —volvió a tranquilizarlo Jago, apoyando una mano sobre su rodilla—. Todo está arreglado.

—¿Qué es lo que está arreglado? —le espetó él, a punto de perder el control. Miró alternativamente a la verja, que cada vez estaba más cerca y al rostro tranquilo de la agente. Luego se centró por completo en la primera, porque le parecía que iban a chocar de manera inminente.

Pero entonces el conductor giró hacia una sección que se abrió automáticamente delante de ellos. Jago seguía sin responderle.

—¿Adónde vamos?

—Tranquilícese —le pidió Banichi con suavidad—. Por favor, confíe en mí cuando le digo que todo marcha según lo previsto, nand’ paidhi.

—¿Pero es que no vamos a coger el tren?

—No hay trenes hasta Malguri —le explicó Banichi—. Hay que ir en coche.

Se suponía que nadie debía ir en coche. Se suponía que no debían existir las carreteras entre los aeropuertos y cualquier destino, por muy rico que fuera uno: se suponía que todos debían coger el tren. ¿Y cómo es que no había ferrocarriles entre Malguri y el aeropuerto?

El nombre de la furgoneta, que estaba escrito en letras grandes sobre la cabeza del conductor, era «Aerolíneas Maidingi». ¿Y desde cuándo un vehículo de las compañías aéreas prestaba servicios privados? Normalmente no tenían licencia para servir como transporte de tierra.

Quizá se les hubiera dispensado una autorización especial. Pero ¿realmente era un caso de emergencia?

—¿Es que no podríamos haber ido en autobús? —preguntó y señaló justo frente a él, a las grandes letras.

—No hay autobuses a Malguri.

—Pero si es la ley. Se supone que tienen que ofrecer servicio de…

La furgoneta describió un giro abrupto que lo hizo caer sobre el brazo de Jago. Esta le dio una palmada en la pierna. Él se cruzó de brazos y se recostó en el asiento para recuperar los fragmentos de su dignidad e integridad maltrechas. Los truenos seguían rugiendo en el exterior.

Existían lugares donde la tecnología local no obedecía los reglamentos. Y sitios, desde luego, en los que había excepciones económicas.

Pero, con toda seguridad, la residencia del aiji no podía ser uno de ellos. ¿Es que Tabini no podía alquilar un autobús? ¿O es que el autobús que recorría la ciudad de Maidingi no paraba también en Malguri? ¡Si estaban al lado! Se suponía que el aiji debía dar ejemplo y cuidar del medioambiente. Kabiu. Sentar precedentes. Comportarse bien. Guardar las apariencias.

¿En qué lugar estaba la finca que el autobús no podía llegar hasta allí?

Los neumáticos hacían saltar las pequeñas piedrecitas de la carretera en todas direcciones. La furgoneta torció para continuar por un trayecto que dejaba el vacío gris a un lado y las montañas al otro. La carretera se parecía peligrosamente a un camino de cabras y Bren recordó los vetos que sus predecesores habían presentado ante la posibilidad de construir autopistas que llegaran a los pueblos más alejados y su propio convencimiento de que tales vías no servirían más que para distraer la atención de lo que realmente importaba, es decir, los ferrocarriles. Él, recordaba, lo había llamado «cortina de humo», expresión que había gustado mucho al aiji una vez hubo entendido su verdadero significado. Las carreteras, en su opinión, no servirían más que para satisfacer las necesidades individuales de las gentes de los pueblos, mientras que la red ferroviaria ayudaría a los intereses de todos.

Ese era, por otra parte, el mismo argumento del que se habían servido sus predecesores para vetar los proyectos. La lógica paranoica que eso despertaba en Tabini le había hecho sentirse incómodo en muchísimas ocasiones. No obstante, el aiji afirmaba que sus razonamientos tenían perfecto sentido y que el paidhi, según él, no estaba de acuerdo con sus predecesores por el mero hecho de ocupar el mismo cargo, sino porque todos ellos apoyaban lo que había funcionado en los mandatos anteriores y que tan solo se atreverían a realizar cambios si estaban absolutamente seguros de que serían para bien, además de si contaban con la aprobación del consejo.

Y esta carretera era evidentemente el producto de tales lógicas; cimentada en los vetos de sus predecesores en cuanto a la red de carreteras y marginada también por su elocuencia.

Ni autobús, ni cemento.

Él esquiaba durante sus vacaciones. Le apasionaba. Y había visto algunas carreteras muy peculiares en lo alto del monte Allan Thomas, en Mosfeira.

Las carreteras debían estar pavimentadas, porque una cosa era bajar una montaña esquiando…

… y otra…

Aquel vehículo no estaba preparado para escalar. Derrapaba en los giros.

Sujetó con fuerza su portátil para evitar que se perdiera en el fondo de la furgoneta. Pensó en cambiar su propuesta acerca de no construir carreteras fuera de las ciudades principales.

 

La furgoneta recorrió los escarpados caminos de gravilla azotada por la lluvia durante más de una hora. Los ejes de las ruedas chirriaban al subir, resbalar y empeñarse en seguir subiendo por la colina. Espacio gris y lluvia era lo único que se veía por todas las ventanillas salvo una. El vehículo se sacudió hacia arriba, hacia el vacío, se inclinó, y Bren se sujetó al asiento con los nudillos, blancos por causa de la tensión. Jago cayó justo encima de él. Vio el lago Maidingi o sencillamente el aire a su lado, por debajo y frente a él… Cerró los ojos. No quería ver nada y tampoco imaginar.

¿Cuánto tardarían en encontrarlos si una de las ruedas derrapaba y caían por el acantilado de lleno en el lago?

Otra sacudida…, el ruido del resbalón… ¡Por Dios!

El conductor lo miró estupefacto por el retrovisor. Eso desvió su atención de la rueda. Bren cerró la boca después de aquello. Pero Banichi y el desconocido empezaron una conversación, durante la cual el hombre miraba hacia el asiento trasero para hacer mayor hincapié.

—¡Por favor, nadi! —exclamó Bren.

La tierra cayó por el borde del precipicio. Estaba seguro de que durante un momento las ruedas derechas habían rodado sobre el vacío.

Luego, al doblar la esquina, entrevió una estructura oscura, rodeada por una cortina de lluvia, que se alzaba sobre una prominente cornisa. A partir de allí se elevaban las torres de piedra y los chapiteles. Como la lluvia arreciaba con fuerza contra las ventanillas, no supo decir dónde se encontraba el camino, aunque sabía que avanzaban por él porque podía oír el crujido de la gravilla bajo los neumáticos.

—Malguri —avisó Banichi con su grave voz.

—La fortaleza data del siglo cuadragésimo tercero —les informó el conductor y añadió—: Es una joya arquitectónica de esta provincia. El distrito la mantiene bajo fideicomiso y es la residencia otoñal del comandante aiji, aunque la Viuda vive habitualmente en ella…

Bren apretó fuertemente contra su pecho la funda en la que había guardado el portátil y observó las regias torres, cada vez más enormes tras el parabrisas del vehículo. A medida que se acercaban, la impenetrable niebla se desvanecía hacia los lados, para mostrarles los detalles del entorno, el lago que estaba a sus pies, las nubes y el colorido intenso: el gris de la piedra y el goteo incesante de las banderas de escudos heráldicos que se mecían en lo más alto de las gradas.

Ya estaba acostumbrado a la arquitectura atevi, a la antigüedad que se respiraba en la ciudad, en las costumbres de las salas; no obstante, aquel lugar, con sus torreones erizados y sus fortificaciones, no era típico del estilo del Aterrizaje, del que sin duda Shejidan era el máximo exponente. La fecha que el conductor les había dado era de mucho mucho antes de que los humanos llegaran al sistema, de muchísimo antes de que se perdieran las naves o las estaciones espaciales o puede que incluso antes de que los seres humanos viajaran por el espacio.

Los limpiaparabrisas limpiaban la imagen cada pocos segundos. Bren tuvo la impresión de que aquel era un mundo que se creaba y recreaba a partir del diluvio universal. Las verjas de madera, arqueadas en un bostezo, les dieron la bienvenida y los condujeron hasta un camino de piedra que se extendía bajo un pórtico abrigado al que la lluvia apenas osaba rozar.

La furgoneta se detuvo. Banichi se levantó y abrió la puerta desde dentro. Salió entonces a un porche en sombras, donde lo recibieron unas puertas de madera, abiertas. Un puñado de atevi salió desde aquel cálido refugio de sombras doradas para ayudarlos. Todos ellos iban vestidos con prendas informales, lo que coincidía con lo que Bren conocía acerca de la vida en el campo. Salvo por las botas, el atuendo en sí parecía bastante apropiado para un refugio de caza como había sido el de Taiben y que supuso que también sería el de Malguri. De hecho, teniendo en cuenta el entorno que los rodeaba… lo más probable es que este fuera un sitio estupendo para ir de caza, siempre que viniera alguno de los enérgicos miembros de la familia del aiji.

Salió de la furgoneta detrás de Banichi, con el portátil todavía en las manos, pensando ahora que quizá pudieran salir de caza si la plantilla se preocupaba de entretener a sus invitados. Estaba convencido de que Banichi y Jago se apuntarían. Él no, claro. Eso de deambular entre los matojos, quemarse bajo el sol y encañonar a su cena con un arma no era ni muchísimo menos su deporte favorito. Le preocupaba que aquella densa niebla, que las corrientes atraían bajo el pórtico, perjudicara su portátil. Estaba ansioso de que concluyera la bienvenida y de poder ponerse a resguardo.

—Este es el paidhi —lo presentó Banichi colocándole su gran manaza encima del hombro—, Bren Cameron. Uno de los socios más próximos a Tabini-aiji. Denle la bienvenida…

Se trataba de una formalidad habitual.

—Es todo un honor. Muchas gracias —murmuró Bren como respuesta, mientras se inclinaba para saludarlos a todos.

Jago cerró la puerta de la furgoneta y despidió al conductor. El vehículo se perdió de nuevo en la tormenta y, de alguna manera, toda la comitiva avanzó lentamente, entre preguntas acerca de la salud y bienestar del aiji, por los adoquines y hasta las puertas principales. Gracias a Dios, pensó Bren. Echó la vista atrás y entrevió un cañón antiguo que descansaba en un patio pavimentado; al mirar frente a sí, lo recibió una luz suave y dorada acompañada de una oleada de aire caliente.

El vestíbulo tenía el suelo de piedra y las paredes eran de madera y yeso. Las banderas que colgaban de las vigas parecían muy viejas, porque sus colores estaban apagados y sus complicados diseños en espiral estaban adornados con una caligrafía que ningún paidhi había leído jamás. Reconoció en ellas los colores de Tabini y la que estaba en el centro tenía, además, su emblema personal: el baji sobre un círculo rojo y, de fondo, un campo azul. Había armas colgadas de todas y cada una de las paredes; espadas y otras herramientas cuyos nombres desconocía, pero que también había visto en el refugio de Taiben, expuestas en lugares similares, en primera fila o relegados en algún lugar apartado, colgadas de las paredes, o pieles arrojadas sobre las sillas que nada tenían en común con las diseñadas por los humanos.

Banichi volvió a cogerlo por el hombro y volvió a presentarlo, esta vez a dos sirvientes, ambos del género masculino.

—Lo llevarán hasta su habitación —le explicó Banichi—. Se encargarán de servirle.

La verdad es que no había prestado atención a sus nombres y tenía en mente preguntar por Algini y Tano, que se suponía debían venir desde el aeropuerto. No entendía por qué lo cambiaban continuamente de sirvientes.

—Disculpen —dijo y se inclinó avergonzado—, me temo que no recuerdo sus nombres.

El paidhi era un diplomático y se suponía, por tanto, que debía recordar los nombres, aunque fueran los de los criados. No estaba centrado y no dejaba de pensar en si Banichi o Jago conocían a aquellas personas, en si eran o no de confianza.

No obstante, los sirvientes se limitaron a inclinarse y a presentarse una segunda vez: Maigi y Djinana, que al parecer estaban honrados de servirle.

El comienzo era malo; se sentía culpable por la cortesía de aquellos hombres. Lo habían empujado y zarandeado, llevado de un sitio a otro que no conocía y en una cultura que ni siquiera era la suya. Estaba sobrecogido.

—Vaya con ellos —lo invitó Banichi con suavidad y añadió algo en uno de los dialectos regionales, a lo que los sirvientes se inclinaron y asintieron, con unos rostros tan impasibles como los de Banichi y Jago.

—Nand’ paidhi —le dijo uno. Maigi. Tenía que recordar quién era quién.

Maigi y Djinana, se repitió una y otra vez, mientras los seguía por el vestíbulo, a través de una arcada y hasta el pie de unas escaleras de piedra con pasamanos de bronce. De pronto se dio cuenta de que Banichi y Jago no iban con él, aunque el primero le había dicho que los siguiera, de forma que confiaba en ellos. No tenía intención de insultar una segunda vez a los sirvientes dudando de ellos.

De modo que continuó caminando y subió al primer piso de aquella extraña casa gobernada por una mujer aún más insólita. Los criados hablaban entre sí en un dialecto que el paidhi no comprendía. El lugar olía a piedra y a viejo. El yeso no tenía cabida en aquellos pasillos con suelos de madera que, supuso, serían los que transitaban los invitados de segunda categoría. Vio el recorrido de las cañerías y del cableado por los antiquísimos techos y las bombillas de tungsteno que pendían en sus soportes engalanados con cables de cobre aislados y cubiertos de polvo.

¿Era aquella la hospitalidad de Tabini?, no pudo evitar preguntarse. ¿Era así como vivía su abuela?

No podía creerlo. Se sentía ofendido, ofendido hasta la médula y también herido de que Tabini lo hubiera enviado a aquella casa inhóspita y deprimente, con esa fontanería arcaica y solo Dios sabía qué tipo de camas.

Pronto se quedarían sin pasillo que recorrer. Dos puertas enormes anunciaban el final del recorrido. Habrá que seguir escalando, pensó sombrío, hasta alcanzar algún sucio agujero que esté bien alejado de la Viuda y de su cuadrilla.

Lo más probable es que la culpa no fuera de Tabini. Puede que la mujer hubiera modificado las órdenes de su nieto. Quizá la abuela no quisiera a un ser humano en su casa y por ello hubiera pedido a sus sirvientes que lo escondieran bajo las escaleras o en algún armario. Banichi y Jago se opondrían en cuanto lo supieran. La abuela se molestaría, Tabini se molestaría…

Los sirvientes abrieron las puertas; sobre la alfombra vio un salón espacioso y un mobiliario que… Oh, Dios, al instante se dio cuenta de que todo tenía el matiz dorado del oro; cada una de las superficies, e incluso las alfombras no estaban hiladas en serie como las habituales. La suave y pálida luz se colaba por una enorme ventana en forma de arco, cuyo cristal estaba dividido en pequeños paneles rectangulares, rodeados, a su vez, por otros cristales de color ámbar y azul. Era un marco precioso para aquella nada gris y mojada.

—Esta es la antesala del paidhi —le informó Maigi.

Djinana abrió otra de las puertas, una que estaba a un lado, y le mostró otra habitación también profusamente adornada en la que ardía la leña en un hogar; era una fuente de calor ilícita, pensó él, y decidió apuntárselo en un lugar recóndito de su mente. Su consciencia, sin embargo, prestaba atención a otros detalles: las cabezas, las pieles y las armas que pendían de las paredes, el mobiliario de madera esculpido con diversos motivos, la alfombra antigua con los medallones baji-naji repetidos infinitamente y las mismas ventanas que, aunque inferiores en tamaño, no dejaban de ser hermosas y ornamentadas.

—Esta es la sala de estar privada —le dijo Maigi antes de abrir las puertas y hacerle pasar a una tercera habitación, que no tenía ventanas, pero que era del mismo estilo que las anteriores. Había una larga mesa de madera que se prolongaba de un extremo al otro de la sala—. El comedor —continuó y señaló un tirador de campana con el que podía llamarlos—. Hay uno en la sala de estar —le explicó y lo acompañó a verlo para asegurarse de que podría encontrarlo más adelante.

Bren respiró profundamente. Todo lo que veía eran paredes de piedra y elegantes suelos de madera, luces suaves y matices dorados. Creyó encontrarse en un museo, donde Maigi y Djinana eran los guías que le señalaban aquí y allá los trofeos de especies, tres de ellas extintas, y la elaboración del mobiliario, que incluso tenía su propia historia.

—Fue un regalo del aiji de la provincia de Deinali con motivo de la celebración del matrimonio del heredero aiji de la cuarta dinastía con la heredera de dicha provincia que, sin embargo, nunca llegó a consumarse porque el heredero del aiji se cayó durante un paseo por el jardín y se mató…

¿Qué jardín?, se preguntó, decidido, en esas circunstancias, a no recorrer aquel fatal camino.

Estaba seguro de que todavía sentía la paranoia de su huida y de su precipitado viaje a la fortaleza.

O quizá lo que le ponía nervioso eran todos esos ojos de cristal, los de las cabezas de los animales que pendían de las paredes y que lo observaban con detenimiento desde su silencio indefenso.

Maigi abrió otra puerta y le hizo pasar a un dormitorio vasto, mucho más grande de lo necesario. Bren comprobó que había una cama y no un triste sofá como esperaba. Era una cama con dosel, situada encima de una especie de grada de piedra. Unas lanzas sujetaban las cortinas plegadas. En vez de colchas, tenía pieles de animales. Maigi le mostró otro tirador y lo condujo a, oh Dios, otro pasillo.

Lo siguió, sin poder librarse de la sensación de que el asunto de su acomodo empezaba ya a ser exagerado. El sirviente abrió aun otra puerta que daba a una habitación con el suelo de piedra en el que había un agujero, una palangana de plata y un montón de toallas de lino.

—El asiento —lo describió Maigi con eufemismo—. Utilice, por favor, las toallas. El papel atasca las cañerías.

Bren estaba seguro de que su asombro era evidente. Maigi cogió un cucharón ornamentado de un caldero de plata y vertió el líquido que contenía por el agujero del suelo.

—De hecho —intervino Djinana—, el flujo de agua es constante. El aiji Padigi lo mandó instalar en el 4879. El cucharón se mantiene, por supuesto, por lo de las toallas.

Era fino, era elegante, era… espantoso. Así se sentía. Los atevi no eran animales. Él tampoco, por cierto. No podía usar aquello. Tenía que haber algo más, quizá abajo; lo averiguaría y lo usaría.

Djinana abrió unas puertas dobles detrás del váter. Tras ellas vio un baño, con una enorme bañera de piedra, y las cañerías que sobresalían del suelo.

—Tenga cuidado por dónde pisa, nadi —le advirtió el criado.

Estaba claro que el entramado de cañerías había sido algo que habían acoplado después. El volumen de agua necesario para un solo baño tenía que ser, además, inmenso.

—Sus sirvientes encenderán las chimeneas por las noches —le explicó Djinana, mientras le mostraba que había agua corriente y él se centraba en el hecho de que Algini y Tano no estaban perdidos, que podría incluso volver a ver su equipaje y que, después de todo, probablemente no se quedaría a solas con Djinana y Maigi.

Entre tanto, Maigi había encendido el calentador, que estaba fijado en una de las paredes de piedra y al que le llegaban por encima dos cañerías, para luego descender por la misma pared: la más grande tenía que ser la del agua fría que entraba en el calentador. Un conducto conducía el agua caliente hasta el grifo de la bañera. La segunda, sin embargo, lo confundía; hasta que se dio cuenta de que la pequeña llama azul en el compartimiento del calentador tenía que recibir su suministro de la cañería más delgada. Era gas metano. Una explosión que esperaba a hacerse realidad. O una muerte por asfixia, si la pequeña llama se apagaba y el gas se acumulaba en el baño.

Por Dios, pensó, y fue apuntando una violación de las normas tras otra; algunas de ellas potencialmente letales, mientras los dos sirvientes salían del servicio y lo llevaban de vuelta al pasillo.

¿De verdad le había enviado Tabini allí para que estuviera seguro? Ahora que comprendía para qué servían y cómo se utilizaban aquellas cañerías y cables eléctricos, empezó a pensar que ese tipo de instalaciones, emplazadas en una estructura de piedra y de madera, distribuyendo el gas metano a todos los apartamentos y demás habitaciones, era, junto con la arcaica instalación eléctrica, una bomba a punto de estallar.

Empero el edificio seguía en pie. El cableado era tremendamente viejo. También las cañerías. No obstante, estaba claro que, hasta el momento, los criados habían tenido cuidado.

—Nosotros, desde luego, estamos a su servicio —le aseguró Maigi—. Sus criados llegarán pronto. Se hospedarán en los dormitorios destinados al servicio. Si necesita atención personal, llame una vez y ellos acudirán a su llamada. Si quiere la comida o necesita ayuda en el cuarto de baño, llame dos veces y vendremos nosotros. Servimos a los intereses de Malguri y, por supuesto, nos ocupamos de ofrecer la hospitalidad y de satisfacer cualquiera de los deseos del paidhi.

Djinana lo llevó de vuelta a la sala de estar. Aquel trayecto le parecía una expedición. El sirviente cogió un códice forrado en cuero de una mesa y se lo entregó junto con un bolígrafo.

—Le ruego que ponga su nombre junto al de los demás visitantes distinguidos —le pidió el criado y, cuando se disponía a hacerlo, añadió—. Sería incluso más interesante si lo hiciera en su propio idioma, nadi, pues nunca nadie lo ha hecho así.

—Gracias —dijo, bastante agradecido por lo genuino de aquella bienvenida. Firmó primero con la caligrafía de los atevi y luego, con cierta dificultad irónica, en mosfei.

Escuchó un ruido seco en el pasillo y levantó la mirada.

—Sin duda deben de ser sus sirvientes —aventuró Maigi, y al cabo de dos minutos vio que Tano, con dos grandes cajas, entraba por la puerta exterior y al entrar él la sala de recepción ponía en peligro una de las antiquísimas mesas.

—Nand’ paidhi —lo saludó, sin aliento y empapado como las cajas.

Djinana se apresuró a enseñarle el camino hacia el dormitorio, para salvaguardar el mobiliario, supuso Bren, mientras se decía que ojalá en aquellos armatostes estuviera guardada su ropa, sobre todo sus jerséis y su abrigo tres cuartos.

—¿Le gustaría tomar un té, paidhi? —le preguntó Maigi, al tiempo que escuchaban un segundo porrazo que anunciaba la llegada de más visitantes, probablemente Algini.

Una ráfaga de aire hizo danzar las llamas en el hogar e inmediatamente después, como había aventurado acertadamente, entró Algini en la sala de estar, también empapado. A pesar de que transportaba dos cajas tan enormes como las primeras, consiguió hacer una reverencia.

Era todo cuanto tenía, pensó Bren, al recordar el gran montón de cajas que habían embarcado en el tren. Pero, por Dios, ¿cuánto tiempo pretendían quedarse?

—Té —repitió distraído—. Sí. —Sintió frío a pesar del calor que desprendía la chimenea. Todavía notaba la diferencia entre la temperatura cálida del sur y de la costa, y la de aquel sitio. Además no se había recuperado completamente del susto que el viaje por la carretera le había supuesto. Le apetecía, por tanto, un té calentito y, ahora que lo pensaba, con todo aquel lío no había tenido tiempo ni de desayunar, ni de comer más que unas enclenques galletitas en el avión—. ¿Cree que podría traerme también un poco de queso? —Ese producto solía estar bien, fuera cual fuera la temporada.

—Desde luego, nadi. Aunque el paidhi debe recordar que solo queda una hora para la cena…

Las diferencias horarias, pensó. Nunca se había alejado tanto de Mosfeira como para encontrarse con una. Pero no solo era el clima más frío, sino que debían, por lo menos, tener unas dos horas más. No sabía con seguridad si su estómago podría conformarse con aquella información, ni si podría aguantar otra hora cuando ya había empezado a pensar en la comida.

Los truenos rugían y los relámpagos iluminaban con su luz blanquecina las ventanas.

—En ese caso no traiga el tentempié —les dijo y decidió que la vida en aquel lugar seguía otro ritmo, más lento. Quizá le fuera divertido disfrutar de una cena a la vieja usanza—. Solo el té, por favor.

Su mente, sin embargo, seguía asimilando un fragmento de información tras otro. La lluvia golpeaba con fuerza contra los cristales y Bren pensó que, siendo así, no le extrañaba en absoluto que hubiera un lago.

 

Le llevaron la cena después del té y se la sirvieron con mucha elegancia en el comedor. Era, sin duda, una cocina al estilo del campo y desde luego no tenía queja del menú; la caza de temporada era, gracias al Cielo, diferente en aquel lugar.

No obstante, la cena la disfrutó en solitario. Él solo, sentado en aquella mesa larga y silenciosa, a los pies de la misma, desde donde podía ver la ventana de la sala de estar. Había pensado que sería agradable, pero como estaban tan arriba, no veía otra cosa que no fuera el cielo gris que poco a poco se rendía a la noche. Tano y Algini comieron en sus dependencias. Maigi y Djinana lo sirvieron, pero como conocía tan poco a los sirvientes no se atrevió a iniciar una conversación. Todos sus intentos fueron en vano: «Sí, nand’ paidhi»; «gracias, nand’ paidhi»; «al cocinero le gustará saberlo, nand’ paidhi».

Finalmente, y durante los segundos platos, llegó Jago y apoyó los brazos en el respaldo de una de las diez sillas que había a ambos lados de la mesa. Se puso a hablarle y a preguntarle qué le parecía todo, la habitación, el servicio, etc.

—Maravilloso —le dijo—, aunque no he visto ningún teléfono ni enchufe. ¿No me puede dejar alguien uno inalámbrico?

—Me parece que hay uno en la oficina de seguridad, pero está diluviando.

Seguía con lo mismo.

—¿Significa eso que la oficina está fuera?

—Me temo que así es. Y la verdad es que no creo que sea muy prudente que llame, nadi Bren.

—¿Por qué? —le espetó él, furibundo, inintencionadamente. Al instante, Jago retiró los codos del respaldo de la silla y se enderezó—. Perdóname, nadi —se disculpó modestamente—. Pero tendré que contactar con mi oficina con cierta regularidad. Necesito urgentemente mi correo y espero, por tanto, que pueda llegar por esa complicada carretera.

Jago lanzó un suspiro y volvió a apoyarse sobre el respaldo de la silla.

—Nadi Bren —le dijo con mucha paciencia—, aunque considero que el sacarlo de la ciudad no ha tenido por qué servir para engañar a su asaltante, dudo que sea una buena idea que ande llamando por teléfono. Estarán atentos a cualquier noticia. Déjelos creer que fuimos directamente a Malguri.

—De modo que sabes algo de ellos.

—No, en realidad no.

Estaba agotado. Apenas podía dominarse después del ascenso hasta allí y, a pesar de todas las cortesías y mascaradas de los atevi, sentía cada vez más que la situación había escapado a su control. Quería que las cosas se aclarara. Estaba a punto de perder la paciencia definitivamente.

—Ya sé que habéis hecho cuanto habéis podido y seguramente desearías estar en otro lugar —dijo con mucha suavidad, en lugar de montar una escena que era, por otra parte, lo que realmente le apetecía hacer.

Jago arrugó el ceño.

—¿Es esa la impresión que doy?

Que Dios me ayude, pensó él.

—No, desde luego que no. Pero supongo que tendrás otras tareas aparte de la de cuidar de mí.

—No.

Se percató de que Jago tenía la costumbre de hacer eso en las conversaciones de las que quería sacar algo en claro. Se tomó una cucharada de la sopa con la esperanza de que la mujer iniciara un nuevo tema de conversación.

No lo hizo. Se sentó en una silla y se recostó en el respaldo. Parecía satisfecha viéndole comer o cuidando de él. Los truenos todavía retumbaban en el exterior.

—¿Te quedarás en Malguri? —le preguntó por fin.

—Probablemente.

—¿Crees que el que entró en mi habitación será también capaz de seguirnos hasta aquí?

—Es poco probable.

Y así siguió; una o dos sílabas le bastaban para responder en cuanto él se ponía a hacer preguntas.

—¿Cuándo crees que dejará de llover? —le preguntó, solo para que Jago dijera algo más.

—Mañana —le contestó ella. Y se calló.

—Jago… ¿Te caigo bien? ¿O no?

—Desde luego que sí, nadi Bren.

—¿He hecho algo por lo que Tabini pueda estar molesto conmigo?

—No que yo sepa.

—¿Me harán llegar mi correo?

—Banichi se está informando sobre ello. Necesitamos la autorización.

—¿De quién?

—Estamos en ello.

El trueno rugió sobre la fortaleza. Terminó su cena, interrumpida intermitentemente para formular preguntas a Jago que ella respondía con brevedad. Después tomó una o dos copas, en las que la agente no quiso acompañarle. Empezó a lamentar que Banichi no tuviera razón en lo que decía sobre que Jago lo encontraba atractivo, aunque solo fuera mínimamente, porque quería que lo siguiera hasta la sala de estar y tuviera la cortesía de seguir charlando con él o, mejor dicho, respondiéndole con aquellas frases cortantes y consecutivas. Lo único que quería era poder hablar con alguien.

Pero Jago se marchó, según ella por asuntos de trabajo, y bastante preocupada. Los sirvientes lo recogieron todo en el más absoluto silencio.

Pensó en qué hacer a continuación y decidió seguir con sus rutinas diarias, es decir, ver las noticias de la noche… aunque le sería imposible, teniendo en cuenta que no había televisión.

Decidió no comentarles nada a los criados. Abrió todos los cajones y los armarios y recorrió, por fin, todo el circuito de sus dependencias con el único objetivo de encontrar un enchufe.

No había ni uno. Nada a lo que poder enchufar una televisión o un teléfono.

O, a los efectos de su situación actual, un ordenador.

Meditó la posibilidad de tirar de la campana para hacer venir a los criados y exigirles que le proporcionaran un alargador para que al menos pudiera utilizar su portátil, que ya casi se había quedado sin batería. Supuso que tal vez tendrían que tirar el cable desde las cocinas o utilizar un adaptador (que con toda seguridad podrían comprar en cualquier tienda de electrónica que hubiera en aquel bendito distrito) en uno de los enchufes de la luz.

Banichi ni siquiera se había dignado a dejarse ver por allí desde que se separasen en el vestíbulo y Jago le había negado ya la posibilidad de llamar por teléfono. De modo que, tras unos cuantos paseos por la habitación y de cotillear en la pequeña biblioteca en busca de algo que hacer, decidió irse a la cama, disgustado. Se lanzó sobre la cama flanqueada por cortinas, entre las pieles de los animales muertos, y descubrió varias cosas. En primer lugar que no disponía ni tan siquiera de una luz con la que leer; en segundo, que todas las luces se apagaban y encendían desde el interruptor que había junto a la puerta de entrada y, en tercero y último, que había una bestia furiosa y difunta observándolo directamente desde la pared opuesta.

No fui yo, pensó al verla. No fue culpa mía. Lo más probable es que yo ni siquiera hubiera nacido cuando te mataron.

Seguramente mi especie ni siquiera había abandonado nuestro planeta por aquel entonces.

No es culpa mía, animal. Los dos estamos aquí atrapados.