El extranjero

C. J. Cherryh · Capítulo 22 de 28

Páginas del PDF

El extranjero

Capítulo 12

 

Salieron al terreno montañoso, por las enmarañadas pendientes, al borde del barranco, por el mismo sendero donde se había destrozado el labio, la primera vez que había cabalgado tras Ilisidi.

Y cuando echó un vistazo atrás, vio que había aproximadamente unos diez guardias de Ilisidi pendiente abajo, siguiendo sus pasos… además de una media docena de mecheiti ensillados pero sin jinete.

Se habían llevado todo lo que había en el establo, sin dejar nada para sus perseguidores. Conocía ese truco de los machimi. Le parecía estar en un machimi, con equipamiento de guerra, jinetes armados y todo eso. Solo les faltaban los pendones y las lanzas. No era lugar para un humano, de eso estaba seguro. No sabía cómo manejar a Nokhada si había que atravesar una turbamulta, ni siquiera estaba muy seguro de poder mantenerse sobre ella si había que superar cualquier obstáculo de cierta dificultad.

¿Una cabalgata a través del continente para alcanzar Shejidan? No parecía muy factible.

Jago le dijo que confiara en Ilisidi. Djinana le había dicho que confiara en Cenedi.

Pero se dirigían hacia el noroeste, pues el camino al aeropuerto estaba cortado, a juzgar por las explosiones, mientras que ellos estaban separados, e incomunicados de su propio personal, de todo y todos los que podrían ser de ayuda en ese momento, a menos que Tabini estuviera enviando refuerzos a la provincia de Maidingi para hacerse con el aeropuerto… que estaba en manos de los rebeldes.

Lo cual quería decir que los rebeldes podían volar, mientras que ellos iban a paso de mecheiti. Los rebeldes podrían seguir sus huellas y hostigarlos como quisieran, tanto por tierra como por aire.

La única esperanza era que no tuvieran aviones de guerra. Esto podían darlo por hecho. Mosfeira había diseñado los aviones para los atevi de forma que fuera muy complicado hacerles modificaciones. Sus modelos tenían alas fijas y generalmente eran más rápidos, aunque tampoco se podía excluir la posibilidad de que algún atevi con buena cabeza se hubiera puesto a ello. La precisión, según había oído en los machimi, no era aplicable a la guerra, y una guerra era lo que los dos aijiin rebeldes estaban intentando poner en marcha allí.

Forzar a Tabini hasta el límite, romper la asociación Occidental y reformarla en torno a otro líder… ¿como Ilisidi?

Y ella, ignorada por dos veces por los hasdrawad, ¿iba a traicionar a los rebeldes?

¿Se atrevía a creérselo?

Una explosión resonó entre los muros de Malguri.

Se arriesgó a echar un segundo vistazo atrás y vio una columna de humo, que subió hasta que el viento la disolvió completamente. Eso había ocurrido en el interior, pensó con una sensación creciente de pánico, y cuando volvió su cabeza, vio la cresta de la cordillera que se erguía ante ellos, con alentadoras promesas de seguridad ante las armas de fuego que pudieran utilizar contra ellos desde las murallas de Malguri.

Y hasta sería posible que su desaparición tras esa cordillera parase el ataque sobre Malguri, si el personal era capaz de convencer a la turba y a los soldados de que ellos ya no estaban allí… Que Dios ayudase a Djinana y a Maigi, que nunca habían querido ser guerreros y tenían que soportar la compañía de extraños como aquel hombre con la pistola que había al pie de las escaleras, gente que, seguramente, habrían traído Cenedi e Ilisidi… gente que pondría un precio demasiado alto a los históricos muros de Malguri.

El frío le empañaba los ojos. Las punzadas de dolor en su hombro adoptaron una cadencia rítmica, acorde a los bandazos que daba Nokhada en su escalada. Aún no habían podido poner el escarpado risco entre ellos y los posibles francotiradores que pudieran estar apostados en los muros de Malguri… pero Banichi y Jago se habrían ocupado de eso, se dijo. Aparecieron rocas y maleza ante ellos, y luego el cielo azul. Por un momento, hubo una perspectiva alucinante, cuando Cenedi e Ilisidi pasaron sobre la cima y Nokhada, tras ellos, se dirigió hacia abajo, y Bren pudo ver la otra ladera, una vista mareante, con una brusca pendiente, moteada de arbustos y roca desnuda, que su subconsciente había cubierto de nieve, y que hizo que su estabilidad mental se tambaleara al encontrar marrones terrosos de nuevo. El dolor acompañaba los saltos de Nokhada, las articulaciones desgarradas, los músculos doloridos, y las manos y piernas que perdían la sensibilidad debido al frío.

No había un maldito lugar en que pudiera uno permitirse una caída. Pasó por un acceso momentáneo de pánico, y entonces «sintió» la montaña. Nokhada corría con la misma lógica y las mismas necesidades que ya conociera de antes, mientras él se agarraba como una lapa a la silla y, con la rienda enrollada entre los dedos de la mano más débil, empezaba a sentir una inyección de adrenalina, al tiempo que el viento le daba en la cara y percibía una noción muy clara de la presencia del barranco y de los lugares que Nokhada debía pisar, aunque de forma instantánea, para dar la siguiente zancada.

Dibujó un trayecto de descenso, ebrio de comprensión, mientras sus ojos veían el sendero y su corazón palpitaba irrefrenablemente. Percibió el golpe de una explosión, pero a mucha distancia, y él estaba empeñado en alcanzar a los demás jinetes sin demasiada cordura. Irresponsablemente. Disfrutándolo. Estaba a punto de alcanzar a Ilisidi, cuando Babs, maldita sea, con un latigazo de la cola, tomó una dirección que hizo que Nokhada, en su intento de seguirla, casi los matara a ambos.

—¡Sidi! —oyó gritar a Cenedi a sus espaldas.

Sufrió una segundo de cordura, de pánico frío, al darse cuenta de que había sobrepasado a Cenedi y que Ilisidi sabía que él se hallaba tras de ella.

Una roca explotó junto a ellos, en la ladera. Babs se lanzó por el recoveco que había junto a una estrecha cascada, y se dirigió montaña arriba, entre piedras del tamaño de casas, cada vez más cerca de la cima.

Un francotirador, le dijo su parte sensata. Aún estaban a tiro.

Pero siguió a Ilisidi, ahora más lentamente, resguardándose en los inmensos peñascos, y tuvo tiempo para darse cuenta de la locura que acababa de cometer, que lo había colocado tras Ilisidi y que había dejado a Cenedi a sus espaldas. Nokhada no parecía muy dispuesto a reducir su velocidad y perder el impulso en la escalada de la pendiente.

Insensato, se dijo. Había perdido el sentido común en la montaña. Sabedor de la responsabilidad que tenía, había arriesgado el cuello precisamente por eso, porque la tenía, y por las cosas que no podía hacer ni tener, y no le había importado, nada en absoluto, durante esos egoístas minutos de velocidad desenfrenada que no eran nada más que el momento actual, el poner la vida en riesgo, a la mierda con todos, a la mierda Tabini, los atevi, su madre, Toby, Barb y toda la raza humana.

Podría haber muerto. Podría haber muerto fácilmente en esa cabalgata salvaje. Y descubrió tanta rabia contenida y amarga en su interior… Una furia incontenible lo arrastró, mientras que Nokhada, más sensata, daba sus zancadas de forma mucho más razonable, llevándolo montaña arriba entre las rocas protectoras. Lo que lo impulsó montaña abajo no era, por lo tanto, el delirio de libertad que había creído en un principio, era eso, lo que acaba de experimentar, un despreciable deseo irracional de morir, y de afectar con su propia destrucción a todo aquel al que él servía. Esto era lo que había ocurrido.

No era justo. Lo único que había disfrutado en su vida, en un abandono total, y tenía que ser un deseo de muerte.

Odiaba las presiones, allá en casa, en Mosfeira, las presiones generadas por el trabajo y por todas las emociones humanas. En ese instante, odió a los atevi, al menos de modo abstracto, odió su violencia desapasionada y las mentiras y los interminables análisis esquizofrénicos que tenía que realizar, al estar entre ellos, de cada conclusión, de cada emoción, cada sentimiento que poseía, simplemente para decidir si se trataba de algo propiamente humano o de un procesamiento intelectual lógico.

Y lo que más detestaba era hacer daño por otros, que, sin embargo, no lo devolvían. Ya no podía ni confiar en sus propios sentimientos. Se hallaba exhausto, desangrado, había hecho daño, y ya no era capaz de enfrentarse a esta realidad de una forma emocionalmente cuerda.

Se trataba de la segunda verdad personal a la que se enfrentaba, desde aquel oscuro momento en que lo encañonaron con una pistola en la cabeza. Le hizo ver que el paidhi no estaba respondiendo bien a la presión. Que el paidhi estaba mortalmente asustado y no confiaba en la gente que lo rodeaba, y que ya no estaba seguro de que nada de lo que hubiera hecho jamás fuera lo correcto.

Cuando uno trataba con los atevi no podía saber, no podía tener ni puñetera idea de lo que ocurría a nivel visceral en un momento dado, y no porque no pudiera traducirlo, sino porque no podía sentirlo, no podía razonarlo, no podía adivinar ni remotamente lo que les pasaba por dentro.

Estaban al borde de una guerra, en la que los atevi se disparaban unos a otros por lo que se iba a hacer con los humanos, y el paidhi estaba sucumbiendo. Le habían arrancado demasiado de sí mismo, la anterior noche. Quizá no hubiera sido su intención, quizá ni sabían que lo habían hecho. Él conocía todas las etiquetas sicológicas: que quedaba demasiado por resolver, que había razones incluso detrás de los repentinos escalofríos de frío y miedo, y de la malsana disección a la que se había sometido aquella mañana, cuyo único origen había estado en los acontecimientos de la noche anterior.

Y, no, no habían estado jugando, la noche anterior. No había existido ni una sola amenaza vacua; Cenedi era muy bueno en lo que hacía, aunque no había pensado tanto en su condición mental como en las respuestas que necesitaba obtener.

Lo que no cambiaba el hecho de que se hubieran removido cosas muy adentro, reverberaciones que aún resonaban en una psique que ni siquiera había gozado de mucha estabilidad desde los comienzos de todo este asunto.

No podía sucumbir. Ignora la introspección, y empieza a pensar en los posibles argumentos que proponer a humanos y atevi para silenciar las armas y desacreditar a los hombres que quieren la guerra.

Eso es lo que tenía que hacer.

Al menos, los disparos habían cesado. Habían dejado atrás la distancia a la que todavía se oían las explosiones de lo que quiera que estuviese pasando allá abajo, en Malguri, y pudo pasar a una zancada más lenta, más sensata, por un terreno más fácil, sobre el que podrían haber galopado, un sendero más nivelado, intercalado con alguna pequeña escalada, o algún descenso diagonal, en general en dirección sur, y solo ocasionalmente hacia el oeste. Parecía tender hacia el aeropuerto de Maidingi, donde se concentraba lo peor del problema.

Y quizá hacia un encuentro con una hipotética ayuda enviada por Tabini, si es que Tabini tenía alguna idea de lo que estaba ocurriendo allí. Tenía que confiar en Banichi para que Tabini supiera lo que pasaba. Concretamente, en que Banichi hubiera podido encontrar un teléfono, o que las ondas de la radio hubieran podido encontrar a alguien que hiciera correr la voz a través de todo un continente.

—Vamos hacia el sur —le comentó a Cenedi, cuando estuvieron lo suficientemente cerca como para poder hablar—. ¿Nadi, vamos a Maidingi?

—Nos dirigimos hacia un punto de encuentro en la carretera oeste —dijo Cenedi—. Un lugar llamado Las Agujas. Recogeremos allí tu equipo, suponiendo que consigan llegar hasta allí.

Eso lo alivió. Y sirvió para borrar alguna de sus sospechas.

—¿Y luego?

—Al noroeste, a ver a un hombre que pensamos que es seguro. ¡Cuidado, nand’paidhi!

Se les acaba el terreno. El mecheita de Cenedi, Tali, tomó la delantera y obligó a Nokhada a retirar su cabeza y echarse hacia atrás. Nokhada echó un vistazo a la ruta de Tali, pero no había más sitio para él, entre dos peñascos del tamaño de una habitación.

Recoger sus cosas, había dicho Cenedi. Desde luego, eso suponía un alivio. El resto, evitar el aeropuerto, encontrarse con alguien que pudiera tener un transporte motorizado, también sonaba mucho mejor que lo que había temido. Y en lugar de una extensión vacía y sin puntos de referencia, su trayecto empezaba a extenderse entre puntos que, según podía adivinar, se encaminaban hacia las provincias al otro lado de las montañas, hacia el oeste. Tenía sus conocimientos de geografía. Y más firmes que las propias fronteras de los atevi, eran las aldeas y casas, unidas entre sí por man’chi, incluso en una misma calle: Cenedi conocía un nombre, un man’chi concreto que sabía seguro.

Cenedi, tan profesional como era, no iba a hacer tal juicio basándose tan solo en una suposición. Sí, Ilisidi podría haber traicionado a sus socios, pero es que los aijiin no tenían man’chi hacia nadie de mayor rango que ellos. Esa era la naturaleza de lo que eran: sus socios lo sabían y sabían que debían mantenerla satisfecha.

Cosa que, evidentemente, no habían logrado. Tabini había hecho su movimiento, generoso y casi desesperado, al enviar al paidhi a Malguri y permitir que Ilisidi satisficiera su curiosidad preguntándole todo lo que quisiera, y con ello había corrido el riesgo de que se lo entregara a sus enemigos. Evidentemente Tabini sabía algunas cosas que le inspiraban seguridad. Puede que (pensando como lo hacían los atevi y no los humanos) supiera que los rebeldes no podrían satisfacer a Ilisidi, o que pretendían traicionarla. Si era así, la habían subestimado. La mujer era demasiado sabia y demasiado astuta como para dejarse engañar por los numerólogos y los mercaderes del miedo. Y si él, él en persona era la forma que tenía Tabini de sondearla, puede que la tácita afirmación que contenía el acto de entregarlo, en el sentido de que estaba al tanto de sus devaneos con los rebeldes, resultara bastante perturbadora para ella; y, al fin y a la postre, a su edad, hubiese encontrado más atractiva su oferta de paz que una arriesgada conspiración con una ambiciosa camarilla de señores provinciales que pretendían desafiar a los humanos.

Un trato con una serie de conspiradores que perfectamente podían acabar, como buenos señores atevi, luchando unos contra otros.

Su posición con Ilisidi o con Cenedi no le permitía formular estas preguntas críticas. Las cosas eran ya suficientemente delicadas. Trató de mantener la jerarquía de las cosas, con Babs por delante, seguido por el mecheita de Cenedi la mayor parte del tiempo y Nokhada en una disputa por este segundo puesto cada vez que apretaban el paso, una jerarquía que no tenía nada que ver con las motivaciones de sus jinetes, pero que podía resultar peligrosa si se interponía en la política. Sabía esto por lo que había visto en los machimi, y sabía también que no debía dejar que Nokhada se interpusiera entre las dos monturas de cabeza, sobre todo con los cuernos de guerra puestos. Cenedi no se lo agradecería, Tali no lo toleraría y él ya tenía suficiente, tal como tenía el brazo, con mantenerse sujeto a su montura.

No se había recobrado de la locura. Seguía sin saber adónde se dirigían.

Pero no se atrevía a forzar su suerte. Había conseguido la ayuda de Ilisidi, pero era una ayuda condicional, susceptible de ser retirada en cualquier momento, y aún no podía confiar en ella. No podía tener la certeza absoluta de que la mujer a la que Tabini llamaba ’Sidi-ji no estuviera persiguiendo sus propios objetivos y tratando de hacerse con el poder en la asociación Occidental o en cualquier otro ámbito.

De momento, en aquellas circunstancias vertiginosas, no podía confiar en nadie.

Catorce palabras tenía su lengua para el término traición, y una de ellas podía traducirse también como «tomar el camino más evidente».