El extranjero
Capítulo 15
La muralla era una mancha oscura, cuya puerta parecía que no pudiera volver a girar sobre sus bisagras.
Ilisidi y Cenedi iban entre las sombras hacia una zona de hierbajos y adoquines antiguos, edificios viejos, y una carretera parecida a la carretera ceremonial del Bu-javid, y puede que del mismo origen anterior a los ragi; el escenario inspiraba las divagaciones más irracionales y fantásticas, pensó Bren, mientras seguía desesperadamente al guardia de Ilisidi que tenía su equipaje y su ordenador.
Banichi y Jago estaban en algún lugar detrás de él. Los que iban delante iban con toda la prisa que Ilisidi podía permitirse con su bastón y la ayuda de Cenedi, que podía ser bastante cuando Ilisidi decidía moverse, como ahora.
—Ya puedo llevarlo yo, nadi —dijo Bren, e hizo tales esfuerzos por liberar la correa de su equipaje del hombro del guardia que este se la alejó—. No es una gran dificultad. Necesito algo del equipo.
—Este no es momento de ponerse a buscar nada, nand’ paidhi —dijo el hombre—. Tan solo manténganse en pie junto a nosotros. Por favor.
Era ridículo, joder. Trastabilló y perdió completamente el equilibrio, lo que hizo crecer su enfado y su desesperación, y le impidió pensar en algo razonable. Se mantuvo pegado al hombre, sin insistir más en las alforjas, hasta que pararon. Trató de decir que tenía que tomar una medicación tan pronto como se montaran en el avión, para luego guardar el ordenador debajo de su asiento, donde nadie pudiera verlo. Era el único plan que le venía a la mente, mientras avanzaba penosamente, con dolores en cada uno de los huesos y una jaqueca que no mejoraba con el esfuerzo.
Encontraron unas escaleras al aire abierto cubiertas de hierbajos, donde el paseo se adentraba entre unos edificios claramente abandonados. Tuvieron que aminorar un poco el paso; Ilisidi no se llevaba bien con los peldaños; y uno de los guardias más jóvenes la cogió tras unos cuantos peldaños y la llevó en sus brazos.
Banichi no tuvo tanta suerte. Bren miró hacia atrás, se retrasó, y uno de los guardias que se encontraba cerca de él lo cogió por el brazo y lo arrastró, diciendo:
—Quédese con nosotros, nand’ paidhi. ¿Necesita ayuda?
—No —dijo, y empezó a decir «pero Banichi sí».
Entonces hubo una detonación. Un disparo alcanzó al hombre que estaba hablando con él, y lo hizo tambalearse contra una pared. Empezaron a sucederse disparos, estrépitos y balas que rebotaban contra los muros situados junto al paseo, mientras el hombre, que protegía su costado tiraba de él para ponerlo a cubierto en una puerta de entrada e inclinaba la cabeza hacia abajo.
—Tenemos que salir de aquí —gritó Bren, pero el guardia que estaba junto a él se desplomó y el fuego se mantuvo. En la oscuridad, a tientas, trató de encontrar dónde estaba herido el hombre; sintió un espacio ensangrentado, le tomó el pulso y no pudo encontrarlo. Tenía una flaccidez que nunca había percibido en un cuerpo; muerto, se dijo temblando, mientras las balas rebotaban contra las paredes y él era incapaz de decir de dónde procedían y a qué bando pertenecían.
Banichi y Jago habían estado subiendo los peldaños. El hombre que yacía inerte junto a su rodilla lo había empujado hacia un rincón resguardado que parecía dar de nuevo al exterior, y Bren pensó que pudiera ser una manera de rodear y bajar la cuesta sin necesidad de salir de nuevo al paseo.
Dejó que el hombre resbalara mientras él se ponía en pie y, tras un intento tonto de protegerle la cabeza, se agazapó con gran agitación y anduvo a tientas a lo largo de la pared, asustado, sin saber adónde habían ido Ilisidi y Cenedi ni si aquellos eran los hombres de Tabini, los rebeldes o qué.
Continuó hasta el final de la pared, dio la vuelta a la esquina y bajó unos quince metros aproximadamente antes de toparse con otra pared y un montón de hojas secas. Retrocedió y volvió a encontrarse con otra cuando probó hacia otra dirección.
Entonces cesaron los disparos. Todo se detuvo. Cayó con los hombros contra la pared del callejón y se quedó escuchando, tratando de tranquilizar su propia respiración irregular y dejar de temblar.
Todo se calmó de tal manera que se podía oír cómo movía el viento las hojas por encima de las ruinas.
¿Qué es este sitio?, se preguntó, pero al volver la mirada al otro lado del callejón, no vio nada salvo un trozo reluciente de cielo nocturno, la luz de las estrellas sobre los viejos ladrillos y hierbajos, y una parte del paseo. Escuchó una y otra vez, y se preguntó a qué tipo de lugar los habían conducido, y por qué Banichi y Jago no se daban cuenta de que el sitio era una ruina antigua. Era como si hubiera caído en un agujero temporal; uno personal, en el que no podía oír lo que pensaba que debía de oír, sino solo sus propios jadeos ocasionales al respirar y alguna que otra hoja que caía rozando los adoquines.
Ningún sonido de aeroplano.
Ningún ruido de pasos.
No podían haber muerto todos. Tenían que estar escondidos, como él. Si continuaba moviéndose en medio de aquella calma, alguien podría oírlo. No sabía quién les había tendido la emboscada, pero parecía evidente que a los que habían abierto el fuego no les importaba si mataban al paidhi, y eso cuadraba con la gente del aeropuerto de Maidingi que eran quienes los habían bombardeado.
Por lo que Ilisidi y Cenedi estaban equivocados, y Banichi tenía razón, y sus enemigos habían ido a aquel aeropuerto, si es que realmente lo había en aquel lugar.
En ese momento nadie se movía nada. Cosa que podía significar un cúmulo de casualidades, o que todo el mundo permanecía sentado, inmóvil, esperando a que los del otro lado hicieran el primer movimiento, de forma que pudieran oír dónde se encontraban.
Los atevi veían en la oscuridad mejor que los humanos. Para los ojos de los atevi había mucha luz en el callejón, si alguien miraba hacia allí abajo.
Se giró sobre una mano y una rodilla, se levantó y se dirigió, lo más silenciosamente posible, hacia el callejón sin salida, donde se sentó de nuevo y trató de pensar; si pudiera localizar a Banichi, o a Cenedi, o a cualquiera de los guardias… Se supone que los enemigos de Ilisidi no lo eran menos de él. Existía la posibilidad de que alguien, a diferencia de él, supiera hacia dónde se dirigían, tuviera un arma para él o poseyera la destreza necesaria para escapar.
¿Y si trataba de bajar la cuesta, para volver al bosque…? Pero era imposible que no hubiera nadie vigilando la puerta.
Si tuviera la posibilidad de escapar hacia el campo… Estaba el pueblo que habían mencionado, Fagioni; pero era imposible que pudiera hacerse pasar por un atevi, y Cenedi o Ilisidi, uno de los dos, había dicho que Fagioni no sería seguro si los rebeldes tomaban Wigairiin.
Podía tratar de comer lo que encontrara por ahí y alejarse hasta encontrar una frontera menos peligrosa; pero ya habían pasado unos cuantos años desde que estudió botánica, y no creía que tardara mucho en confundirse y envenenarse.
Pero en fin, si no había otra opción mejor, era una opción; un hombre podía vivir sin comida, mientras tuviera agua para beber, una opción que estaba dispuesto a tomar, pero… La visión nocturna de los atevi era mucho mejor, y su oído era bastante agudo; un movimiento en ese momento parecía extremadamente arriesgado.
Además, Banichi tenía que haberlo visto por delante de él en los peldaños, y si Banichi y Jago seguían vivos, existía la esperanza remota de que lo localizaran. Suponía que era una prioridad para todo el mundo: los que quería que lo encontraran y los otros.
Su propia prioridad, por desgracia, se había ido al traste. Había perdido el ordenador. No tenía ni la menor idea de dónde había ido el hombre que cargaba con su equipaje, ni tampoco si estaba vivo o muerto; no podía ir a buscarlo. Qué desastre, se dijo, y se acurrucó bajo el impermeable que retenía el calor, cosa que no servía de mucho en los lugares donde el cuerpo estaba en contacto con los ladrillos y los adoquines helados y empapados.
Qué desastre, y el paidhi no había sido, en ningún momento, más que una carga para Ilisidi y para Tabini.
El paidhi estaba sentado congelándose el trasero en un callejón sin salida, donde no tenía manera de maniobrar si oía que alguien se acercaba, ningún lugar para esconderse, y donde seguramente lo encontraran tras un registro sistemático, si no hacía algo como volver a bajar la colina donde había visto por última vez a Banichi y a Jago, y donde la puerta seguramente estaría custodiada por uno u otro bando.
Cuerpo a cuerpo no era rival para un atevi. Puede que pudiera encontrar un ladrillo suelto.
Si…
Oyó que algo se movía. Se sentó y contuvo la respiración, hasta pasados varios segundos desde que parara el sonido.
Se puso la chaqueta por encima para evitar que el plástico hiciera ruido. A continuación, apoyó una mano contra la pared para no andar arrastrando los pies entumecidos por el frío, se armó de valor y se dirigió, tan rápida y sigilosamente como sus piernas rígidas se lo permitieron, en la dirección que el callejón le permitía.
Llegó hasta el cuerpo del guardia, que yacía a la entrada del callejón, lo tocó para asegurarse de que no estaba abandonando a un hombre herido, y vio que el hombre ya estaba frío.
Esa era la compañía que tenía, allí en la entrada, donde la vieja mampostería dejaba un rincón en el que un humano podía meterse y esconderse, y una grieta por la que podía ver el camino de aspecto salvaje que discurría por fuera.
De alguna parte le llegó un leve sonido de movimiento, de arriba o abajo de la cuesta, no estaba seguro. Tenía la respiración entrecortada y trató de mantenerse completamente quieto.
Entonces vio a un hombre, a través de la grieta, un hombre con una pistola, que registraba los laterales a lo largo del paseo; un hombre sin impermeable, y con una chaqueta diferente a la de alguien de la compañía de Cenedi.
Seguramente sería un enemigo. Miró hacia el callejón. Se acercó a él.
Bren respiró profundamente, apoyó su cabeza contra la mampostería, giró la cabeza hacia la sombra y metió las manos pálidas por debajo de los brazos. Oyó que los pasos se acercaban más, y el hombre se paró, casi al alcance de su brazo. Supuso que el buscador estaba examinando el cuerpo del guardia.
Dios, el guardia estaba armado. Ni siquiera había pensado en eso. Escuchó un movimiento leve, un clic, procedente del lugar donde el buscador estaba examinando el cuerpo. No se arriesgó a mover la cabeza. Permaneció completamente inmóvil, hasta que por fin el buscador bajó todo el callejón. Una linterna iluminó las paredes hasta el final sin salida, donde se había escondido recientemente. Trató de no temblar en su angosto escondite mientras el hombre volvía caminando, esta vez haciendo uso de la linterna.
El haz de luz se detuvo cerca de él. El buscador volvió a apagar la linterna, quizás por miedo a los francotiradores, pasó por encima del cuerpo del guardia y continuó colina abajo.
Ya pasó, pensó. Respiraba entrecortado. Cuando ya estuvo seguro de que la búsqueda había pasado, descendió y registró al guardia muerto en busca de armas.
La funda de la pistola estaba vacía. No había ninguna pistola, ni en la mano ni debajo del cuerpo.
Maldita sea, pensó. No había pensado en coger un arma, no era su recurso habitual, y había cometido una tontería y quizás un error fatídico; estaba enfrentándose a profesionales y era probable que continuara cometiendo errores, como estar junto a ese muerto en un callejón sin salida y no pensar en la pistola antes de que el buscador la cogiera; ellos estaban haciéndolo todo bien y él todo mal, salvo el hecho de que no le habían cogido.
No sabía adónde ir, no tenía una idea clara del lugar, solo del sitio donde había estado antes, pero decidió que haría bien en salir del callejón; y continuar la búsqueda le parecía mejor que permanecer ahí parado.
Se levantó, se puso la chaqueta por encima y se dispuso a salir.
Pero en ese mismo instante escuchó unas voces calle abajo y volvió a esconderse en su rincón, con el corazón latiendo con fuerza.
No sabía adónde había ido el buscador solitario. La incertidumbre sobre lo que estaba pasando en aquel momento iba en aumento; el buscador podía haber vuelto, o haber cambiado de objetivo. Ignoraba lo que un profesional como Banichi podía saber o esperar: no tenía habilidad para el sigilo, y la única ventaja que podía utilizar era la de la paciencia; podía permanecer más tiempo que ellos en un escondite. No tenían mirillas de visión nocturna ni ninguna otra tecnología parecida, pues de haberla tenido, de esto estaba seguro, la habrían aplicado inmediatamente a su armamento. No utilizaban animales de rastreo salvo los mecheiti, y esperaba que no hubiera ningún mecheita al otro lado. Había visto cómo hacían pedazos a un hombre.
Permaneció en la sombra mientras otros buscadores pasaban cuesta abajo, y registraban al muerto casi a sus pies, y luego mandaban a uno recorrer el callejón hasta el final. Hablaron entre ellos en voz baja, tan débilmente que apenas pudo oír algunas cosas, pero dijeron algo sobre un conde y sus enemigos, y convinieron en que aquel era el tercer muerto.
Después se fueron cuesta abajo, hacia la puerta.
Un buen rato después escuchó un alboroto procedente de ese cuartel. Alguien que daba instrucciones, a juzgar por el tono que empleaba. Las voces cesaron; los movimientos continuaron durante algún tiempo y, finalmente, vio a otros hombres que bajaban hacia la puerta.
Así que esa vía de escape estaba cerrada. No había forma de salir por la puerta. Si alguno de su grupo seguía vivo, no iban a tardar en bajar por allí, pensó. Sus enemigos estaban concentrando fuerzas detrás de él, y visualizó lo que él, que no tenía experiencia militar, haría en su caso; mantener la puerta cerrada hasta por la mañana y registrar la zona interior a la luz del día.
Respiró, miró a través de la pantalla de hierbajos que crecían por las grietas de la pared, y volvió a salir al paseo, envuelto en su impermeable. Sin perder un momento, se dirigió hacia el refugio más cercano, un rincón más adelante.
Encontró otro callejón. Lo tomó, y trató de encontrar en él algún agujero pequeño y oscuro en el que un buscador no pensara automáticamente en mirar ni siquiera a la luz del día. Él podía meterse en lugares en los que un atevi adulto no cabía. Y podía esconderse en lugares en los que los buscadores no podrían seguirlo y puede que no se percataran de que podía haber un humano.
Dobló dos recodos por el callejón, temiendo que careciera de salida como el anterior, y entonces vio un espacio abierto adelante; un terreno llano, luces azules, una cuesta, y una casa enorme que se extendía a todo lo largo de esta, con su propia muralla, y una exposición de luces blancas.
Wigairiin, dijo para sí, y vio el reactor al final de la pista de aterrizaje, en la penumbra, con las ventanas a oscuras y los motores en silencio.
Así que Ilisidi no había mentido. Ni tampoco Cenedi. Era un avión y había estado esperándolos. Pero algo había salido horriblemente mal, el enemigo se había trasladado allí, había tomado Wigairiin como Banichi les había avisado que podía ocurrir. Banichi estaba en lo cierto y nadie lo había escuchado, y ahí estaba él, metido en todo ese lío.
Banichi había dicho que Tabini actuaría contra los rebeldes; pero estaba la nave aquella, en el cielo, y Tabini no podía hablar con Mosfeira a menos que enviaran a Hanks, y Hanks, maldita mujer, no iba a mostrarse nada servicial con un aiji que estaba luchando por cimentar su posición en medio de un pueblo dividido en débiles asociaciones y de aijiin que trataban de posicionarse para sacarle el máximo partido a la caída del aiji de Shejidan. Hanks le había dicho abiertamente que las asociaciones del pueblo no eran importantes, él lo había discutido, y Hanks se había negado a comprender por qué sostenía tan rotundamente la posición de que sí que lo eran.
Todo cuanto lo rodeaba era prueba de que sí que lo eran.
Y Cenedi e Ilisidi no le habían mentido. El avión existía; nadie había mentido, al fin y al cabo, no era culpa de ellos que los rebeldes se hubieran anticipado a su plan. Pensó que, al menos hasta el momento, los atevi con los que había estado no lo habían traicionado. Posiblemente Ilisidi tuvo la intención de ir a Shejidan desde el principio; hasta que algo salió terriblemente mal. Se apoyó contra la pared con un nudo en la garganta, mareado, y trató de razonar: esto no quería decir que no tuvieran la intención de ir a otro sitio, pero estaba convencido de que se habían visto arrastrados hacia una trampa, trampa que, al menos sabía ahora, no había sido obra de la gente a la que sentía amiga…
Sentir, amistad: dos palabras que el paidhi no debía utilizar, pero, evidentemente, el paidhi había superado la frontera entre lo personal y lo profesional. Se secó los ojos con una mano temblorosa, y se aventuró, tan prudentemente como pudo, a lo largo de la fachada de los edificios abandonados, entre los hierbajos y la maquinaria vieja, en busca aún de un lugar para esconderse, sin saber cuánto tiempo tendría que aguantar ni cuánto podría resistir, con la débil esperanza de que Tabini tomara Maidingi y trasladara fuerzas hacia Wigairiin por la misma ruta que ellos habían tomado.
Pasados unos días, unas semanas, puede que estuviera libre. Era la estación de lluvias. No moriría de sed, se escondería en las ruinas. Un hombre podía aguantar sin alimentarse una semana más o menos, si no se movía mucho. Solo necesitaba un escondite… Un escondite, pero uno bueno, desde donde pudiera tener buena vista de lo que iba y venía.
Vio unos depósitos viejos más adelante, enfrente del campo, de petróleo, combustible o algo así, no estaba seguro, pero el suelo estaba lleno de maleza y no parecía que los estuvieran utilizando. Puede que le ofrecieran un lugar para esconderse en las sombras que tenían en contacto con la pared; puede que sus enemigos lo esperaran más cerca de la puerta, en la zona en la que probablemente trabajaban…
Una vez más, el recuerdo irracional del sótano. Dejó de ver dónde estaba, y en su lugar volvió a ese sótano polvoriento. Alargó la mano y la apoyó en la pared para calmarse; al menos tuvo la presencia de ánimo suficiente para saber que debía vigilar sus pies, pues había escombros a su alrededor. Piezas de maquinaria antigua, maderos cortados, piedra de construcción, en una zona que claramente estaba en desuso.
Habían echado abajo una muralla antigua para construir una pista de aterrizaje, según les había contado Ilisidi. No les importaba mucho el pasado.
A Ilisidi si le importaba. No había estado conforme con el aiji de Wigairiin sobre ese punto.
Habían hablado sobre los dragonet, y sobre la conservación de los tesoros nacionales. Y estos tesoros habían sido derribados con explosivos, y los atevi se habían matado unos a otros; por miedo a los humanos, en el nombre de Tabini-aiji, que ocupaba el puesto que Ilisidi había trabajado toda su vida por conseguir.
Los dragonet planeaban por debajo de los acantilados.
Las antigüedades de los atevi, arrasadas para construir una pista, para que un aiji local no tuviera que tomar un tren a Maidingi.
Llegó hasta los depósitos y sintió que el metal oxidado se desmenuzaba en sus manos; a ciegas en la oscuridad, se deslizó y se retorció para meterse en el rincón que formaban los escombros con el muro. A continuación se echó al suelo, sobre los hierbajos húmedos que quedaban por debajo.
Por un momento no estuvo muy seguro de dónde estaba. No estaba muy dolorido. No podía ver claramente por el agujero que había encontrado, pues tenía hierbajos en la cara. Su corazón latía con tanta fuerza que le chocaba con los huesos del pecho. Nunca había sentido algo así. No sentía dolor exactamente, no sentía casi nada. Frío por un lado, por el otro no, gracias al impermeable.
Había encontrado refugio. No tenía que moverse de allí. Podía cerrar los ojos.
Tampoco tenía que pensar, solo descansar, dejar que los dolores de cabeza se adormecieran.
Ojalá hubiera actuado mejor de lo que lo había hecho.
No sabía cómo podía haberlo hecho. Estaba vivo y no lo habían encontrado. Más de lo que algunos profesionales habrían conseguido. Tenía más suerte que el pobre Giri, que había sido un hombre decente.
Y más que el hombre que lo había arrastrado a cubierto antes de morir; había actuado sin pensarlo, suponía; se había limitado a actuar, a moverse. Suponía que la diferencia principal era aquello que un hombre está dispuesto a hacer. Llámese amor, llámese… sea lo que fuera lo que estuvieran haciendo los mecheiti, cuando las bombas cayeron a su alrededor continuaron siguiendo al mecheit’aiji.
El man’chi. No quería decir deber. Esa era la traducción que venía en los libros. Pero, lo que había llevado al hombre a agarrarlo con su último pensamiento; eso era man’chi también. La compulsión. El motor que mantiene a la compañía unida.
Dijeron que Ilisidi no tenía ninguno. Que los aijiin no lo tenían. Soledad cósmica. Libertad absoluta. Babs. Ilisidi. Tabini.
Te envío a un hombre, ‘Sidi-ji…
No era algo impropio de Tabini, y Bren no era un recurso que no estuviera dispuesto a utilizar. Pero, como era humano, todavía le gustaba ese bastardo.
Todavía le gustaba Banichi.
Si alguien estaba vivo, ese era Banichi. Y Banichi habría hecho lo mismo que ese guardia con su último aliento. Pero la muerte no habría sido la primera elección de Banichi: los bastardos pagarían por la vida de Banichi y la de Jago.
Seguro que seguían vivos y libres. Eran hombres de Tabini y Tabini no se encontraba allí para preocuparse por ellos.
Solo él.
Lo habrían encontrado si hubieran podido.
Las lágrimas se le acumularon en el rabillo de los ojos. Una cayó rodando y formó una gota a un lado de la nariz. Otra rodó por sus mejillas y cayó sobre la maleza. Los atevi no lloraban. Otra indignidad cósmica que la naturaleza les ahorraba.
Pero, por encima de todo, gente decente, como la pareja de ancianos con sus nietos, impulsos que no eran exactamente amor, sino algo que ellos sentían, algo profundo que los humanos no podían sentir. Puede que se hubiera acercado más que ninguno de sus predecesores.
No esperes que los atevi sientan amor. El paidhi se entrenaba para llenar el vacío. Renuncia a las palabras. Trata de sentir el man’chi.
Tenía que tratar de sentir por qué se había enfurecido Cenedi con él por ir a buscar a Banichi por esa carretera bombardeada, de sentir lo que Cenedi había pensado, con tanta claridad como si lo gritara: a man’chi idéntico, opciones preestablecidas. La vieja pregunta, la casa ardiendo, qué salvaría un hombre…
La gente de Tabini, con su propio man’chi, juntos, en compañía de Ilisidi.
¿Jago, violar el man’chi?
La compañera de Banichi, imposible.
No lo traicionaré, Bren-ji…
Cierre el pico, nadi Bren.
Cree en Jago, aun cuando no la comprendas. Siente la cálida sensación, llámala siempre que quieras; ella estará de tu lado, así como Banichi.
La cálida sensación. Eso es todo.
Los primeros rayos de luz rebotaban sobre los adoquines, y alguien corría. Alguien gritaba. Bren trató de moverse; tenía el cuello agarrotado. No podía sacar el brazo izquierdo de debajo, y el derecho, así como sus piernas y su espalda, también tenían lo suyo. Había dormido sin pensar en la postura, y ahora no podía moverse.
—¡Sujetadlo! —exclamó alguien desde el exterior.
Alargó la mano y, con cuidado, allanó la maleza que tenía delante de la nariz, con la enorme sombra del depósito sobre la cabeza y la pared obligándole a flexionar el tobillo y la rodilla en diagonal.
No podía ver nada salvo una sucesión de edificios a lo largo de la pista de aterrizaje. Edificios modernos. No sabía como había llegado hasta allí la noche anterior. Pero era una construcción prefabricada de cemento, moderna y barata: dos edificios, una manga de viento. Suponía que la energía eléctrica era para las luces de aterrizaje; puede que una sala de espera o un taller de máquinas. La pared cercana al depósito que tenía encima era moderna, descubrió al apoyarse de nuevo para relajar la tensión de la espalda.
Le dolía el brazo izquierdo, maldita sea. Y lo tenía bien entumecido. Las piernas no estaban mucho mejor. No podía poner derecha la primera y, con el hombro entumecido, no podía volverse y conseguir más espacio.
Disparos. Varios.
Alguien de su compañía todavía seguía vivo ahí fuera. Al oír el silencio posterior, trató de decirse a sí mismo que no era asunto suyo, y se preguntó quién sería el último al que cogerían y asesinarían; no pudo por menos que pensar que podían ser Banichi o Jago, mientras él permanecía escondido, temblando, y sin saber si había alguna maldita cosa que él pudiera hacer.
Sintió algo; no sabía el qué. Culpabilidad por estar escondido. Rabia ante el hecho de que los atevi tuvieran que morir por él. Porque otros atevi estaban dispuestos a matar, por razones estúpidas y equivocadas, y los humanos estaban haciendo cosas que no tenían nada que ver con los atevi; al menos, para la mentalidad humana.
Alguien gritó; no pudo oír el qué. Volvió a retorcerse el codo, y utilizó el dorso de la mano para aplastar la maleza y poder ver el espacio situado entre su edificio y las otras fachadas.
Vio a Cenedi, y a Ilisidi. La Viuda, apoyada en el brazo de Cenedi, cojeaba terriblemente, y los dos iban escoltados por cuatro hombres de aspecto rudo ataviados con chaquetas de cuero. Uno de ellos, que le daba la espalda, llevaba un galón con un cordón azul y rojo…
Rojo y Azul. Rojo y Azul. Providencia de Brominandi.
Maldito, pensó, y vio que empujaban a Cenedi contra la pared del edificio al tiempo que tiraban a Ilisidi del brazo y la obligaban a soltar el bastón. Cenedi se separó de la pared, resuelto a detenerlos, y ellos lo detuvieron a él con la culata de una pistola.
Un segundo golpe, cuando trato de levantarse. Cenedi no era un hombre joven.
—¿Dónde está el paidhi? —preguntaron—. ¿Dónde?
—En Shejidan, hasta ahora —escuchó decir a Ilisidi.
No se lo tragaron. La golpearon, y Cenedi intentó golpear a los muy bastardos, le dio una patada a uno en la cabeza antes de recibir un golpe con la culata del rifle en toda la espalda y otro en la rodilla.
Tenían una pistola apoyada a la cabeza de Ilisidi, y le dijeron que se estuviera quieto.
Cenedi obedeció, y lo golpearon una y otra vez.
—¿Dónde está el paidhi? —continuaron preguntando, y lo levantaron por el cuello—. Vamos a matarla —le dijeron.
Pero Cenedi no lo sabía. No podía traicionarlo ni para salvar a Ilisidi, porque no lo sabía.
—¿Nos estás oyendo? —preguntaron, y le dieron una bofetada, que hizo que se diera con la cabeza en la pared.
Iban a hacerlo. Van a hacerlo. Bren se movió. Se golpeó la cabeza con el depósito con tanta fuerza que se le saltaron las lágrimas, recogió una piedra entre los hierbajos y la lanzó.
Eso les ofendió. Empujaron hacia atrás a Cenedi y a Ilisidi y fueron a buscar al que lo había hecho, al tiempo que se comunicaban por radio con sus socios.
En realidad había esperado que Cenedi aprovechara la interrupción, pero ellos seguían apuntando con sus pistolas a Ilisidi, y Cenedi no iba a abandonarla ni arriesgar su vida de ninguna manera; mientras tanto, la búsqueda continuó por la parte delantera del edificio y volvió al callejón.
Un par de botas se acercaron. Bren estaba desalentado, tenía el corazón desbocado y la respiración no le proporcionaba aire suficiente.
Las botas se alejaron, y un segundo par se aproximó.
—¡Aquí! —gritó alguien.
Oh, maldita sea, pensó.
—¡Tú! —gritó la voz y él levantó la vista hacia el cañón de un rifle que hurgaba entre los hierbajos. Un hombre se tumbó, al otro lado de la maleza y, con el cañón del rifle bajado, se lo quedó mirando fijamente, con cierta consternación en el rostro.
No había visto a un humano tan de cerca, pensó Bren; siempre le ponía nervioso este momento de sorpresa. Y más aún, sabiendo que el otro tenía un dedo en el gatillo.
—¡Sal de ahí! —le ordenó el hombre.
Empezó a salir contorneándose de ese agujero, con un paso ni noble ni galante por la situación. Maldito estúpido, se dijo. Seguramente había un montón de maneras más inteligentes de haber actuado, pero su instinto no podía permanecer impasible mientras golpeaban a un hombre hasta matarlo o le metían a una mujer mayor y valiente un tiro en la cabeza. No estaba preparado para eso.
Salió a la luz del sol arrastrándose sobre la barriga. El cañón del rifle le presionaba el cuello mientras todos se reunían a su alrededor y lo registraron en busca de armas.
Además, se dijo, el paidhi no es un luchador. El paidhi era un traductor, un mediador; las palabras eran su herramienta, y si estaba con Ilisidi puede que incluso tuviera una posibilidad de negociar. Ilisidi tenía algún vínculo anterior con los rebeldes. Eso podía ser una salida…
Le tiraron bruscamente del impermeable. El cierre resistió, y el cuello del impermeable se desgarró por el cuello. Intentó apoyarse en una rodilla y dos de los hombres lo cogieron por los brazos y lo levantaron bruscamente.
—No es más que un chaval —dijo uno consternado.
—Ellos son así —dijo Rojo y azul—. Una vez vi al último. ¡Cogedlo!
Trató de caminar. No le fue fácil. Sentía un dolor punzante en el brazo izquierdo, y no creía que fueran a discutir. Solo quería llegar a donde quisieran que fuese; y esperaba que llevaran también a Cenedi y a Ilisidi. Necesitaba a Ilisidi, necesitaba a alguien por quien negociar. Él mismo y sus lealtades eran el quid de la negociación.
Reivindica un man’chi para con Ilisidi: lo interpretarían en sus acciones; o al menos si lograba mentir de manera convincente.
Lo arrastraron al interior de siguiente edificio, junto con Cenedi e Ilisidi. Los metieron allí a punta de pistola y los empujaron contra la pared, mientras decían que uno tenía el cuello roto; el hombre al que había golpeado Cenedi, pensó Bren con sorpresa, y trató de hacer coincidir su mirada con la de Ilisidi, mirándola fijamente de una manera que los atevi consideraban grosera.
Ella lo miró directamente. Apretó la boca en un gesto que él no entendió de inmediato. Pero era posible que hubiese comprendido sus intenciones…
Alguien lo agarró por la camisa, le hizo dar unas vueltas y lo golpeó contra un mueble. Era Rojo y azul. Le propinó un bofetón que lo dejó ciego un momento y le hizo perder el equilibrio, y oyó que Cenedi decía tranquilamente que los humanos eran frágiles y si volvían a golpearlo de esa manera lo matarían.
Qué simpático, pensó. Gracias Cenedi. Háblale. Hijo de puta. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Algo, no sabía muy bien el qué, le corría por la nariz. La sala se le volvió borrosa cuando tiraron de él hacia arriba y alguien le levantó la cabeza agarrándolo del pelo.
—¿Eso es tuyo? —preguntó Rojo y azul, y Bren vio algo color canela en el lugar al que señalaba.
Le dio un vuelco al corazón. El ordenador. La alforja se encontraba detrás de él, sobre la mesa.
Lo tenían recargando, con el cable sobre la mesa.
—Es mío —dijo.
—Queremos el código de acceso.
Tenía un regusto de sangre en su boca y, sintió que le corría algo por la barbilla que no podía detener tragando saliva. Tenía cortado el labio.
—Dinos el código de acceso —dijo Rojo y azul, y le dio un tirón de camisa.
Entonces su cerebro comenzó a funcionar. Sabía que sus manos no iban a acceder al ordenador. Tenía que hacer que ellos mismos cancelaran el sistema. Tenía que recordar los códigos de cancelación. Incitarles a querer saber la respuesta, hacerles creer que eso era lo más importante.
—¡El código de acceso! —le gritó Rojo y azul a la cara.
Oh, Dios, no le gustaba esa parte del plan.
—Vete a tomar por el culo —dijo.
Ellos no le conocían. Se puso a su nivel con esa respuesta; apenas tuvo tiempo de pensarlo antes de que Rojo y azul le cruzara la cara.
Se quedó ciego y sordo por un momento. No sentía mucho más, salvo que todavía lo tenían cogido, y las voces estaban gritando, y Rojo y azul estaba diciendo que lo colgaran. No lo entendió del todo, hasta que alguien lo cogió por el cuello de la chaqueta y, de un tirón, le arrancó la camisa. Otro le sujetó las manos por delante y se las ató con un cinturón de cuero rígido.
Supuso que aquello no era buena señal. Puede que fuera el momento de empezar a hablar, solo que también era posible que no lo creyeran. Permaneció allí mientras ellos cogían un trozo de cable eléctrico y lo lanzaban por encima de las tuberías que corrían por el techo, para usarlo como cuerda. Le ataron los brazos con un extremo y tiraron bruscamente del cable.
El hombro le ardió. Gritó. No podía recobrar el aliento.
Un cinturón lo golpeó en las costillas. Una, dos, tres veces, con toda la fuerza del brazo de un atevi. No podía apoyar los pies, no podía respirar, no podía pensar.
—El código de acceso —dijo Rojo y azul.
No podía hablar. No podía tomar aire. Estaba dolorido y tenía la mente en blanco.
—¡Vais a matarlo! —gritó alguien. Los pulmones no le funcionaban. Estaba desvaneciéndose.
Un brazo lo agarró de las costillas. Lo levantó y le alivió un poco los brazos.
—El código acceso —dijo la voz. Bren trató de respirar.
—Suéltalo de nuevo —dijo alguien, y su mente se bloqueó a causa del pánico. Todavía le faltaba el aliento cuando volvieron a dejarlo colgando. Alguien gritó que iba a ahogarse.
Él brazo volvió a sujetarlo. Sonó un arañazo en la madera, la silla golpeó el suelo. Y algo más. Le apretaron fuertemente por el pecho, y lo levantaron un poco. Tomó aliento.
¿Quién te dio la pistola, nand’paidhi?
Di que fue Tabini.
—El código de acceso —dijo la implacable voz.
Luchó contra el brazo que sofocaba sus pulmones, por lograr un poco de aire. El hombro no era más que un sordo dolor que penetraba hasta el tuétano. No recordaba qué es lo que querían.
—No —dijo, la respuesta universal. No a todo.
Lo levantaron en volandas, lo golpearon, y le hicieron balancearse en el aire, dos y tres veces. Sufrió una convulsión y se le desencajó el hombro. No podía hacer nada, no podía respirar.
—El código —dijo alguien, y otro más lo mantuvo en una posición que le permitía ganar algo de oxígeno para sus pulmones, mientras el hombro protestaba y enviaba punzadas de dolor que recorrían sus costillas e intestinos.
La pistola, pensó. No debería haberla tenido.
—El acceso —dijo el hombre. Y le golpeó en la cara. Una mano se situó bajo su barbilla, en ese momento, y pudo ver una cara atevi, flotando en su nublado campo de visión—. Dame el código de acceso.
—Acceso —repitió imbécilmente. Ya no sabía ni dónde se encontraba. No sabía si esta era la pregunta que iba a responder o no.
Un segundo golpe le cruzó la cara.
—¡El código, paidhi!
—Código… —por Dios, el código. Iba a morirse de dolor. No sabía cómo explicárselo a un ignorante—. En cuanto esté el asistente…
—El asistente ya está —dijo la voz—. ¿Y ahora qué?
—Teclea… —recordaba el código de acceso verdadero. Y seguía viéndolo todo en blanco cuando cerraba los ojos, y sabía que si se dejaba llevar por esa tormenta, seguirían golpeándolo—. El código… —El código para fisgones. Para ladrones—. Introduce la fecha…
—¿Cuál?
—La de hoy. —Estúpido. Oyó el repiquetear del teclado. Rojo y azul todavía estaba ante él, mientras alguien mantenía su cabeza erguida agarrándolo por los cabellos.
—Aquí dice «hora» —dijo alguien.
—No. No se la des. Solo teclas numéricas… 1024.
—¿Qué es eso?
—¡Es el código, maldita sea!
Rojo y azul miró a otro lado.
—Hazlo.
Las teclas repiquetearon.
—¿Qué tienes? —preguntó Rojo y azul.
—El asistente, de nuevo.
—¿Ya está? —preguntó Rojo y Azul.
—Ya estás dentro —dijo, y respiró al oír las teclas, al operador, mecanógrafo habilidoso al menos, que rebuscaba información en el ordenador.
Que iba a mentirle. La cobertura ya se había puesto en marcha. Mentiría sobre su memoria, los nombres de los archivos, su configuración… Le contaría a todo el que preguntara que las cosas estaban allí, le diría el tamaño de los archivos y luego le ofrecería únicamente código máquina y símbolos incomprensibles que, a un experto en ordenadores le dirían que los archivos existían, pero estaban bloqueados por claves independientes.
El tipo de preguntas que le hacían le daba a entender que lo sacaría de Wigairiin. Rojo y Azul estaba fuera de su ambiente natural.
—¿Qué es esta basura? —exigió Rojo y Azul. Bren tomó aliento y, con los ojos cerrados, preguntó, sumido en un disfrute delirante:
—¿Símbolos extraños?
—Sí.
—Estás en comandos. ¿Qué es lo que has hecho?
Volvieron a golpearlo.
—¡Te he pedido el maldito nombre de los archivos!
—Lenguaje humano.
Hubo un silencio prolongado. No le gustaba ese silencio. Rojo y Azul era un imbécil. Un imbécil es capaz de hacer cualquier imbecilidad, como darle una paliza mortal para intentar aprender algo de programación de ordenadores. Allí estaba, colgado y luchando por respirar, buscando el suelo con los pies, mientras Rojo y Azul meditaba sus opciones.
—Tenemos lo que necesitábamos —dijo Rojo y Azul—. Recogedlos. Los bajaremos a Negirian.
Ciudad rebelde. Capital de provincia. Territorio rebelde. Era justo la respuesta que quería obtener. Iba a ir a algún lugar, alejado del frío, el barro y la lluvia, donde podría hacer algún trato con alguien más inteligente, alguien con ambiciones, alguien que tuviera algún hilo del que el paidhi pudiera encontrar un modo de tirar, dentro de sus propios planes…
—¿Nos llevamos a estos también?
No sabía muy bien a quién se referían. Volvió la cabeza mientras aflojaban sus ligaduras de las tuberías y pudo ver la cara ensangrentada de Cenedi. Cenedi no tenía expresión alguna en el rostro. Ilisidi tampoco.
Insensato, se dijo a sí mismo. Ojalá Cenedi no intentara ninguna heroicidad en este preciso momento. Ojalá lo ataran y mantuvieran vivo hasta que se le pudiera ocurrir algo. Tenía que pensar un modo de mantenerlo vivo y de preguntar por Ilisidi.
Hacer que quisieran la cooperación de Ilisidi. Había sido una de ellos. Y los había traicionado. Pero los atevi no se tomaban estas cosas muy a pecho, viniendo de los aijiin.
Al principio no podía andar. Y soltó un grito de dolor cuando lo sujetaron por el brazo maltrecho, y alguien le propinó un golpe en la cabeza, pero una voz más razonable lo agarró, le dijo que su brazo estaba roto, y que podía andar, sí así lo quería.
—Andaré —dijo, y lo intentó, tambaleante, sujeto por su brazo sano. Trató de mantener los pies en el suelo. Oyó cómo hablaba Rojo y Azul por su comunicador de bolsillo mientras salían por la puerta al viento helado y a la luz del sol.
Oyó cómo calentaba motores el reactor. Miró al avión que estaba en la pista, levantando una polvareda con su tubo de escape, e intentó mirar hacia atrás, para saber si Cenedi e Ilisidi aún estaban con ellos, pero el hombre que lo agarraba por el brazo le dio un tirón para ponerlo en camino de nuevo, lo que le dejó muy claro que estaría dispuesto a romperle aquel brazo también.
Una larga caminata, en el viento helado. Durante una eternidad, hasta que alcanzaron la rampa que había enfrente de ellos, los reactores de la cola del avión chillándoles en los oídos y lanzándoles un viento helado que le mordía en la piel desnuda. El hombre que lo agarraba le soltó el brazo para que subiera, y Bren se sujetó al delgado asidero metálico con su mano sana, un hombre delante de él, otros detrás.
Estuvo a punto de desmayarse en los escalones. Entró en el sombrío y resguardado interior, y alguien sujetó su brazo derecho y lo empujó a un lado, para desbloquear la entrada. Había asientos libres, y algunos hombres estaban levantándose para dejarles embarcar… Cenedi ayudó a Ilisidi a subir por la escalera y los demás hombres vinieron tras Cenedi.
Un súbito tirón en su brazo lo lanzó hacia los asientos. Se golpeó con uno de ellos y no acertó a sentarse en él. Estaba intentado incorporarse con la ayuda del brazo del asiento, cuando comenzó una pelea en la entrada del avión. La carne golpeaba el hueso y la sangre lo salpicaba todo. Se giró en redondo, sobre el brazo del asiento, y vio a Banichi, plantado junto a la puerta, con una tubería de metal en las manos.
La pelea había terminado, así de rápido. Había hombres muertos o medio muertos. Ilisidi y Cenedi estaban en pie, mientras que Jago y tres hombres de su compañía estaban en el pasillo de salida y otro más en la cabina de los pilotos, con una pistola en la mano.
—Nand’paidhi —jadeó Banichi, e hizo un esbozo de reverencia—. Nand’Viuda. Siéntese. Cenedi, delante.
Bren tomó aire y, ensangrentado como estaba, se dejó caer como un saco en el asiento del avión, mientras Banichi y Cenedi mantenían un duelo con la mirada. El man’chi de todos los que había en el avión, excepto Jago y él, era para con Ilisidi.
Ilisidi posó su mano sobre el brazo de Cenedi.
—Iremos con ellos —dijo la Viuda.
Cenedi esbozó una reverencia y ayudó a la aiji-Viuda a sentarse, caminando entre los cadáveres que los más jóvenes estaban sacando a rastras.
—Que nadie pise mi ordenador —dijo Bren, con una mano en su propio costado—. Hay una bolsa en algún lugar… No la piséis.
—Buscad la bolsa del paidhi —ordenó Banichi a los hombres, y uno de los muchachos dijo, perfectamente solemne:
—Nadi Banichi, somos quince a bordo. Se supone que deberíamos ser diez y dos tripulantes…
—Hasta diez más la tripulación —dijo alguien más, y un tercer hombre añadió:
—¡Los muertos no cuentan!
En Mosfeira deben de estar locos.
—¿Bueno, cuántos han muerto? —empezó la discusión, y Cenedi gritó desde delante:
—¡El piloto se va! Es de Wigairiin, y quiere volver a su casa.
—Es normal —dijo uno de los hombres.
—Deja ir a ese —dijo Bren, con una nota de dolor en la voz, señalando con el dorso de la mano al que había dicho que tenía el brazo roto, el único gesto compasivo para con él. Estaban maniatando a los supervivientes y apilando a los muertos en el pasillo. Pero Banichi dijo que tiraran a un muerto.
Así que arrastraron a Rojo y Azul hasta la puerta y lo arrojaron, y el vivo, el que había dimitido como piloto, se lanzó tras él.
Banichi accionó el dispositivo de la puerta. La puerta se activó. Los motores aullaron aún más, con los frenos echados.
Bren cerró los ojos al recordar la elevación que Ilisidi había mencionado, situada junto a la pista. Y al recordar también que había dicho que un francotirador podría evitar un aterrizaje.
Es decir, que podría evitarlo en caso necesario.
La puerta se había cerrado. El ruido de los motores se elevó cada vez más. Cenedi soltó los frenos y se lanzó a la pista.
Banichi cayó en el asiento más cercano a la ventana, con la pierna astillada totalmente rígida. Bren agarró el brazo del asiento, aparentemente fabricado para rasgar la tela, mientras la roca desfilaba por las ventanillas de un lado y los edificios lo hacían por el otro. Y luego, solo cielo azul a un lado, roca, todavía por un rato, a la izquierda.
Y al fin, cielo a ambos lado, mientras el tren de aterrizaje se plegaba.
—Reposta, en Mogari, por ejemplo y después vuela a Shejidan —dijo Banichi.
Entonces sí, entonces sí que se lo creyó.