El icono sagrado

Neil Olson · Capítulo 10 de 27

Páginas del PDF

El icono sagrado

Capítulo 9

El sacerdote se sentó en una silla baja que había en la esquina, aunque parecía dominar toda la estancia. En el transcurso de los pocos minutos de cháchara necesarios para que todo el mundo se sentara, Matthew se enteró de que el padre Tomas había nacido en Grecia, aunque había sido ordenado en la rama norteamericana de la Iglesia, y que había servido al obispo Makarios en Nueva Jersey. Había llegado solo, sin ningún ayudante. Debía de tener unos cincuenta y pico de años, sienes canosas, cabello moreno rizado, así como una boca recta que inspiraba confianza y una mirada amable. Al principio, reveló poca cosa sobre el motivo de su presencia, pero sacó unos documentos del Santo Sínodo de Atenas que parecieron satisfacer al abogado de Ana, Wallace.

En la única esquina iluminada del oscuro despacho estaba la Virgen sobre un caballete de aluminio, y parecía mirar fijamente a todos los presentes. Matthew la había estado mirando durante mucho rato antes de que llegara el sacerdote, mientras Ana y su abogado conversaban, aunque ahora le había dado la vuelta a la silla y trataba de aclararse las ideas. Tomas había examinado el icono cuando había llegado, pero desde ese momento prácticamente lo había ignorado. Sus ojos vagaban por las inmensas estanterías de roble, y aunque no se posaban en ningún objeto en concreto, captaban mucha información.

–Tu abuelo coleccionó algo más que cuadros, por lo que veo.

–Sí -respondió Ana-. Estaba muy orgulloso de su colección de libros.

Quizá incluso más que de los cuadros. Creo que mantenía una relación más estrecha con los libros.

–Claro, el sucmololu. Podemos tener una relación más íntima con un libro, sostenerlo, y pasar sus páginas. Un libro es un amigo. Un cuadro simplemente está colgado, ajeno a todo. – El sacerdote volvió a levantar la mirada-. Veo a algunos amigos míos en estos estantes.

Dostoievski, Flaubert, Kazantzakis. Y algunos títulos muy poco frecuentes. Quizá podamos hablar de libros, después de hablar de arte.

–¿Por qué no nos dedicamos a una transacción por vez? –

interrumpió Wallace. Se acercaría a los setenta años, tenía el pelo gris y los ojos reumáticos, una voz grave y una tos seca que delataba un largo

hábito de fumar, recientemente superado, a juzgar por sus nerviosos dedos. No había nada en su postura encorvada, su mirada voluble o su falsa forma de hablar que le transmitiera confianza a Matthew, pero Ana parecía sentirse cómoda con él.

–Por supuesto -respondió el padre Tomas.

–Bien -Wallace removió sus apuntes sin razón aparente-, supongo que podemos dar por sentado que la obra lo satisface.

–Si se refiere a la calidad artística de la pieza, no soy la persona adecuada para juzgarla, pero puedo afirmar que me agrada.

Evidentemente, está muy deteriorada.

–Es el deterioro normal del transcurso de los siglos -interrumpió Matthew-, aunque no ha ido a peor en los últimos sesenta años.

–En cualquier caso -prosiguió el sacerdote-, aunque esto podría decepcionar a un coleccionista, a mí me sirve para establecer la edad del icono. Y además le añade misterio.

El abogado carraspeó; daba la impresión de que quería escupir.

–Y se siente satisfecho con que éste sea el icono que buscaban.

–La Virgen de Katarini. Insisto: no soy especialista en arte, pero se corresponde con la descripción. Algunos de mis hermanos griegos conocen bien la obra y podrán identificarla. ¿Qué opina su experto?

Los tres miraron a Matthew. Aunque se había resistido a incentivar a Ana para que ésta tomara una decisión, sí le había dado todo su apoyo cuando la tomó, porque tenía miedo de que el abogado la hiciera cambiar de opinión. Pidió incluso estar presente en las negociaciones, pero no se le ocurrió que alguien pudiera formularle preguntas.

–Bueno, se corresponde con todo lo que conozco del icono de Katarini. Desde luego, no he podido comprobar sus poderes milagrosos.

– Sólo el sacerdote rió-. Aunque puedo decir con toda seguridad que es una obra preiconoclasta, algo muy poco habitual, y que es de un gran logro artístico.

–En su opinión -atajó Tomas.

–Y según los niveles de arte religioso de esa época.

–¿Es usted griego?

Aparentemente, era una pregunta inofensiva, pero Matthew dudó.

–Sí, lo soy.

–Pues entonces, considero que su opinión es doblemente valiosa.

–Bien, veo que estamos de acuerdo en estas cuestiones -añadió el abogado-. Podemos pasar al tema financiero; imagino que deben de estar ansiosos por hablar de ello. – Hablamos de una cifra hace unos días.

El sacerdote creó una pausa dramática mientras bebía su vaso de agua y observaba fijamente el objeto que tanto apreciaba.

–Yo no diría que habláramos de nada en concreto. Simplemente se mencionó una cifra, y muy elevada, por cierto.

–Nosotros no creemos que lo sea.

–Quizá un millón y medio de dólares sea una suma modesta para su estilo de vida. La Iglesia griega es una pequeña congregación de un país pequeño, y entendí que este factor se tendría en cuenta. Jamás hemos visto que un icono se vendiera a ese precio.

–Dudo de que un icono tan peculiar se haya puesto a la venta, al menos que nosotros sepamos.

–Cierto. Pero un icono de bastante reputación se vendió hace unos años por menos de un tercio de la cantidad que usted menciona. Ése es el mayor precio que conocemos. Quizá sea lamentable que estos objetos que nosotros veneramos no sean considerados con la misma estima en la comunidad artística que algunas obras seculares, pero es así. Nadie paga esos precios astronómicos por los iconos.

–Debo decirle, padre, que ya hemos recibido una oferta por esa cantidad de un cliente privado. – Wallace se deleitó con el silencio que siguió a esa pequeña bomba.

Matthew se quedó tan sorprendido como el sacerdote, y se preguntó si sería cierto.

–Le recuerdo que no lo hemos buscado -continuó el abogado-, y que no es nuestro deseo que ese objeto caiga en manos privadas, pero una cifra como ésa impone respeto. Mire, el mercado ruso se está agotando.

Han robado todo lo que han podido de ese país. El precio de los iconos subirá, pero para una pieza tan extraordinaria como ésta…

–Evidentemente, nosotros no tenemos nada que ver con la excentricidad de los coleccionistas -atajó Tomas, mientras recobraba la compostura-. Yo tenía la impresión de que nuestra única competencia era institucional. Dígame, ¿estaba el Metropolitan dispuesto a pagar una suma como ésta?

El sacerdote no lo estaba mirando, pero Matthew se preguntaba si tenía que responder. Sin embargo, Wallace se adelantó una vez más.

–Nunca llegamos a concretarlo. Pero, por lo que sé, sí estarían dispuestos.

–¿Aunque luego se demostrara que es una obra robada?

–¿Sabe? – replicó Wallace, mientras bajaba amenazadoramente el tono de voz-, usted es la única fuente de ese rumor. – El abogado abrió mucho los ojos.

–Es un hecho, señor, no un rumor -replicó fríamente el sacerdote.

–Nunca he visto datos al respecto. Y es una arma muy conveniente para rebajar el precio.

–Podemos presentarles pruebas de ello, se lo aseguro.

–Me perdonará si tengo mis dudas. En cualquier caso, la herencia establece unos requisitos mínimos financieros, y si para cumplirlos tenemos que recurrir a compradores privados, lo haremos. No creo que el coleccionista del que antes hablábamos tenga problemas con el precio.

–¿Consideraría seriamente venderlo a manos privadas? – La indignación de Tomas colmó la estancia.

–Tratamos con todas nuestras fuerzas de evitarlo. Le ofrecemos la oportunidad de poner esta obra a disposición del público y devolverla a su tierra natal, pero tiene que colaborar con nosotros, padre. La señorita Kessler tiene obligaciones que cumplir respecto a la finca de su abuelo.

Matthew se percató de que gran parte de aquella discusión era una simple táctica de negociación, pero la alternativa con la que el abogado había amenazado era exactamente la que Matthew temía. Tuvo que esforzarse mucho para no contagiarle el pánico a Ana. Tomas volvió a guardar silencio y luego esbozó de nuevo su beatífica sonrisa.

–Déjenme, como dicen algunos, poner las cartas sobre la mesa.

Tengo permiso para ofrecer hasta setecientos mil dólares. Estoy bastante seguro de que, con una llamada telefónica al obispo Makarios aquí y a otros en Atenas, podría subir esa cifra hasta acercarme al millón. Pero no pasarán de ahí. Wallace se ajustó las gafas y se acomodó en su silla. – Bueno, al menos es un movimiento por su parte.

Lo entenderemos como un paso alentador, padre.

–Por favor, no me malinterprete, señor Wallace. He sido sincero con usted; no abuse de mi confianza. Les he hecho la mejor oferta que podemos hacerles.

–Ya basta. – La voz de Ana los sorprendió a todos-. Arthur, creo que es suficiente.

Durante unos momentos, nadie se dignó abrir la boca. – Mi clienta y yo tenemos que hablar -conjeturó Wallace. El sacerdote se encogió de hombros.

–No -insistió Ana con un tono de voz sosegado-. No creo que sea necesario. Sé lo que me digo.

–No hay ninguna razón para precipitarse. Tenemos varias opciones que sopesar.

–Entiendo que alguien esté dispuesto a pagar más, pero eso no me importa.

–Hay otras cuestiones. Ana miró a Matthew. – ¿Tú qué opinas?

El joven respiró hondo y tuvo que esforzarse por superar sus temores, ignorar el sudor que sentía en la base del cráneo y que le provocaba aquella antigua pintura que se encontraba al fondo del salón.

–El señor Wallace tiene razón. Si estás conforme con el precio, adelante, pero hay otras cuestiones que debes conocer.

–¿Como qué? – preguntó Tomas.

–¿Qué acceso tendrá ella cuando se venda el icono? ¿Estará disponible para posibles exposiciones de la colección de su abuelo?

–Sí, todas esas cuestiones están especificadas en mis papeles -aclaró el abogado, mientras blandía su cuaderno de notas jurídico.

–¿Dónde estará expuesta la obra? – continuó Matthew-. ¿Qué acceso tendrá el público en general? ¿Qué medidas tomarán para su protección y su preservación?

–Excelentes observaciones -reconoció el sacerdote-. No puedo contestar a ninguna de ellas en este momento, salvo para decir que podremos satisfacerlas todas.

–Hablemos de ellas, de todas formas -protestó el abogado en un gesto de reafirmación.

–Ciertamente, cualquier petición de la señorita Kessler para ver el icono se atenderá favorablemente. En cuanto a prestar la pieza para

una exposición, dudo que el Sínodo se comprometa a algo así.

–Eso no me importa -dijo Ana.

–Probablemente, el icono estará colgado en la catedral de Atenas.

Esté donde esté, se mostrará a los fieles. No es nuestra intención esconderlo, porque eso iría en contra de nuestras in tenciones. Pero tendremos que tomar medidas para salvaguardarlo, y no volver a perderlo.

–Por supuesto -contestó Wallace mecánicamente-. Puedo incluir todos esos detalles en un borrador del contrato.

–Dejándonos suficiente margen de libertad, supongo. Ya estoy aceptando más condiciones de las que otros compradores aceptarían.

–Eso forma parte del compromiso -insistió el abogado con tranquilidad-. Éstas son las condiciones que pedimos a cambio de vendérselo a un precio de ganga.

–¡Una ganga! – se burló el sacerdote-. Señor Wallace, usted podría dedicarse a vender alfombras en un bazar turco.

–Me halaga.

–En absoluto. ¿Entiendo que hemos llegado a un acuerdo?

–No hay acuerdo que valga hasta que usted vea las condiciones y sus superiores aprueben la suma de dinero. Pero yo diría que nos hemos entendido. ¿Ana?

–Sí, perfecto.

El sacerdote consultó su reloj.

–No sé si podré contactar con mis superiores esta misma tarde.

–Vea qué puede hacer -le recomendó el abogado-. Yo prepararé los papeles, y acabaremos con esto en los próximos días.

–Perfecto. Me satisface que sea así. Me satisface mucho. El sacerdote sonrió a todos los presentes. Si estaba asombrado por lo de prisa que se estaba desarrollando la negociación, o por su supuesta buena suerte, ocultaba muy bien sus sentimientos. Todos se levantaron para darse las manos, y Matthew se relajó un poco. Estaba ocurriendo.

Ahora tenía que vigilar a los ancianos hasta que el icono se colgara en la catedral de Atenas. Entonces, podría realmente olvidarse de esa cuestión.

–Lo siento -se disculpó Ana.

El abogado levantó la mirada del maletín que estaba recogiendo y la obsequió con su sonrisa más paternal.

–No hay nada de lo que lamentarse. Desearía haber sido un poco más claro con la estrategia, pero no importa. Lo que interesa es que tú estés satisfecha con el resultado.

–Estoy contenta de venderlo. No podía soportar la idea de abusar de ese hombre porque es un sacerdote.

–Yo no me preocuparía demasiado por ello -intervino Matthew, colocando cuidadosamente una tela sobre el icono. Sintió una inmediata sensación de alivio cuando la figura desapareció-. La Iglesia griega es rica. Quizá no cuente con demasiado efectivo, pero posee bienes muy valiosos. Pueden pagarlo.

–Ese hombre parecía tan vulnerable, y solo.

–¡Vulnerable! – rió Wallace-. Vulnerable como una caja fuerte de hierro.

–Sí, estoy de acuerdo -apuntó Matthew-. Vulnerable no es la palabra que yo emplearía, pero me sorprendió la falta de asesores.

Pensé que vendría con toda una corte.

–No los necesitaba. – Wallace interrumpió el argumento de Matthew-. Sus abogados supervisarán el contrato antes de firmarlo, de eso puedes estar seguro. Mientras tanto, confía en su propio juicio.

Creo que querían acabar con esto rápidamente e implicar a muy pocas personas. – El abogado se puso un abrigo verde gastado, mientras tosía violentamente. Luego le dio unas palmaditas en el hombro a Ana-. Te enviaré cuanto antes el borrador de los papeles para que les eches un vistazo. Cuídate, querida.

Ana lo acompañó hasta la puerta. Matthew quería hablar con el abogado para hacerle unas preguntas, pero una mirada de Ana lo hizo permanecer donde estaba.

–Gracias por estar aquí -dijo Ana cuando se quedaron solos-.

Formulaste unas preguntas muy acertadas.

–Wallace ya las tenía previstas.

–Necesitaba que estuvieras conmigo. – La joven buscó la mano de Matthew y éste se acercó a ella-. ¿Vas a tener problemas con el museo?

–No te preocupes por ello.

En realidad, si su papel en todo ese asunto salía a la luz, podría tener problemas con todo tipo de personas, pero Matthew descartaba ese pensamiento siempre que acudía a su cabeza.

Su trabajo se había resentido mucho en los últimos diez días, y había llegado a pensar que jamás podría centrarse nuevamente en él hasta solventar la venta del icono. En cierto modo, ese pensamiento lo tranquilizaba.

–Quédate un rato -propuso Ana.

Matthew no tenía ninguna intención de quedarse. Aquel negocio lo consumía; había robado tiempo para estar allí, y se había retrasado en muchos proyectos. La presión de su mano lo retuvo. Ahora no podía dejarla sola, y sabía que en cuestión de minutos ya no podría evitarlo.

El vuelo de conexión en Frankfurt se había retrasado, y el padre Ioannes llegó al aeropuerto JFK horas más tarde de lo esperado.

Estaba previsto que Makarios enviara un taxi para re coger al sacerdote, pero Ioannes no sabía dónde habían quedado y no encontraba un teléfono público que funcionara. Perdió su equipaje durante un rato, luego lo encontró en la cinta de equipaje incorrecta.

Cuando salió del servicio de caballeros, perdió la orientación y no encontraba la terminal de llegadas. «Así es como debe de ser el infierno», musitó. Era en esas ocasiones cuando necesitaba la paciencia que le habían enseñado en la montaña, pero cada vez era más difícil conservarla. Rezaría para conseguir una tranquilidad de espíritu cuando acabara de maldecir en silencio.

En la montaña, le hablaron acerca de un dios muy distinto del que conocían los sacerdotes de pueblo. El dios del antiguo sacerdote estaba triste y enfadado a la vez, como el hombre en cuestión. El joven sacerdote también había rezado a un dios de su misma naturaleza, un espíritu apasionado que respondía a las necesidades del momento, a la necesidad de resistir, de sobrevivir. Estas deidades satisfacían un propósito generado por el hombre. Hacían lo que se les pedía. En la montaña, no invocaban a un dios iracundo para asustar a los novicios.

Se sabía que el miedo agudizaba los sentidos, y el miedo mantenía a un niño a raya, alimentado con incienso y visiones sagradas, hasta que llegaba a aceptar toda la profundidad y la extensión del verdadero dios en toda su gloria. Ioannes había necesitado más tiempo que la mayoría

de los jóvenes para llegar a esa disposición, pero las lecciones habían calado hondo en él. Los terrores que definieron su juventud, algo que al principio lo retuvo, se convirtieron en su sustento cuando descubrió su camino; entonces, se convirtió en el combustible de la luz de su mente.

Erradicó la oscuridad, y su alma abrió una puerta que conducía directamente al mundo del espíritu. Se habría dado por muy satisfecho si hubiera pasado una vida de aislamiento para explorar ese camino.

El joven achaparrado y calvo que vestía una chaqueta de cuero no le inspiraba confianza, pero conocía al sacerdote de vista. Cogió su equipaje y lo condujo hasta el aparcamiento exterior del aeropuerto.

–Por cierto, me llamo Demetrios -se presentó. – Apuesto a que todos te llaman Jimmy.

–Sí. Sé por qué ha venido, y sé lo que está ocurriendo. – ¿De verdad?

–Trabajo estrechamente con el obispo Makarios. No soy un simple chófer.

–Entiendo.

Era de algún modo apropiado que sus superiores le arrebataran su consuelo en el preciso instante en que lo abrazaba y volvía a introducirse en el mundo. Ioannes los había odiado por ello al principio, aunque con el paso de los años se había dado cuenta de que era una actitud coherente con su mensaje, coherente con el camino. El mundo del espíritu debe residir en su interior; debe llevarlo al mundo de la carne y permitir que influya en sus decisiones. Cualquiera podía conservar su fe dentro de las silenciosas paredes de un santuario. Pero el rebaño vivía en el exterior de esas paredes, y tenía que recibir la Palabra de Dios.

–Está aquí para ayudar a Tomas -insistió Jimmy mientras metía el equipaje en el maletero y entraban en el vehículo negro innecesariamente espacioso; los obispos norteamericanos siempre tenían coches de ese tipo-. Perdóneme si le digo que se ha retrasado un poco.

–¿Qué quieres decir?

–Nadie ha podido contactar con usted en varios días. Aunque quizá eso no signifique nada -añadió el corpulento conductor, con un tono de voz nada convincente.

Las dificultades surgieron cuando los viejos maestros fallecieron, y la instrucción era impartida por hombres más jóvenes que él, hombres que carecían de la llama interna en sus ojos. ¿Qué cabía esperar de un hombre cuando sus voces internas ya no se correspondían con las órdenes de las voces exteriores? Ioannes se había sentido de esa forma durante muchos años, aunque percibía que ese último proyecto desafiaría todo su ser. Quizá ya era hora de hacerlo.

–He quedado con Tomas mañana -aclaró el sacerdote. Jimmy se encogió de hombros mientras el coche descendía la sinuosa rampa de cemento débilmente iluminada. – Espero que aparezca.

Ioannes tuvo que combatir una creciente inquietud. Todo ocurría por alguna razón, y bajo ningún concepto debía fiarse de las palabras de aquel hombre menudo y nervioso.

–E1 padre Makarios y yo resolveremos esta cuestión, confío en ello.

–Makarios -soltó Jimmy en un tono burlón-. No se lo tome a mal, el obispo me cae muy bien. Pera le advierto que yo soy el tipo a quien necesitará en todo este asunto.

–Lo tendré en cuenta.

OceanofPDF.com