El icono sagrado
Capítulo 26
Matthew notó el estallido sordo a través de las frías baldosas del suelo del cuarto de baño. Desde hacía un rato, permanecía allí tendido con una toalla empapada en sangre alrededor de su mano derecha; un sudor grasiento le cubría el rostro y el cuello, y las piernas le temblaban de forma incontrolada, no sabía si a causa del miedo o a que se encontraba en estado de shock. Oyó unas voces que susurraban en el pasillo, y por debajo de la puerta cerrada percibió unas sombras que se movían. Lo encontrarían, de eso estaba seguro. Moriría como un animal herido, tirado en el suelo y temblando de miedo. Era un pensamiento aterrador, pero no podía quitárselo de la cabeza.
El ruido procedente del piso de abajo lo colmó de una perversa sensación de esperanza. ¿Sería posible que los atacantes hubieran causado aquel estallido? Pero ¿con qué fin? ¿Y por qué abajo? Era muy probable que alguien se hubiera unido a la pelea, o que algún artilugio hubiera explotado antes de tiempo. Matthew no tenía ni idea de lo que estaba pasando, aunque intuía que el caos era su aliado.
Esperó unos minutos para ver qué pasaba. Ya no oía ruidos en el pasillo, pero empezó a percibir olor a humo. Tenía que salir.
Lentamente, abrió la puerta del baño con la mano buena. La entreabrió unos centímetros, y luego un poco más. Nada. Al final, salió al pasillo a rastras. Un humo negro ascendía por la es calera de atrás hasta llegar al techo; Matthew oía el fuerte crepitar de las llamas.
Arrastrarse con la mano herida era difícil, pero debido al humo tenía que avanzar agachado. Tan de prisa como pudo, se dirigió hacia la esquina para adentrarse en el próximo pasillo; luego se pegó a la pared para llegar hasta el dormitorio de Fotis.
En su interior, dos hombres mayores se peleaban sobre la alfombra.
El que estaba encima, vestido con un traje gris, debía de ser Müller y se dedicaba a asestar puñetazos a la cabeza de su padrino, aunque tenía poca fuerza y no le hacía demasiado daño. La Walther asomaba por debajo de la cama. No había ni rastro de la pistola de Müller. Matthew supuso que debían de haberse encontrado frente a la puerta del dormitorio y habían empezado a pelear antes de que les diera tiempo a
disparar. Percibió, más que vio, que había otra persona en la estancia, aunque decidió ignorar este hecho por el momento.
Matthew se acercó a los ancianos y trató de apartar a Müller con la mano izquierda, pero una intensa oleada de náuseas y aturdimiento lo hizo caer de rodillas. Los dos hombres lo igno raron. Fotis mordió la mano de Müller y el alemán gritó mientras asestaba un fuerte golpe en la sien del griego. Fotis se soltó y Müller siguió golpeándolo en la cara mientras Matthew le daba una patada en la espinilla. Vio que el humo llegaba hasta el techo; éste tapaba la luz que se filtraba por la ventana y el aire se hacía irrespirable.
Matthew miró en dirección al icono y vio a alguien junto a él. El hombre quemado estaba allí. Hacían una buena pareja: el hombre quemado y la Virgen deteriorada, ahora rodeados por un extraño destello. Tenían los mismos ojos y sus ropas eran del mismo color. El hombre representaba a Juan el Bautista, el tercer miembro del triunvirato, situado a la derecha. María estaba a la izquierda, con Cristo, el objeto de su veneración, invisible en el espacio que había entre ambos. Evidentemente, era una presencia irreal. Una ilusión de humo y luz, el engaño de una mente sobresaltada y un espíritu agitado.
En realidad, cuando Matthew trató de mirar directamente a la figura, le pareció que perdía su sustancia. Fue sólo cuando su ávida mirada se posó en el icono que el hombre volvió a aparecer con fuerza, con los ojos abiertos, solemne y con una actitud de espera. Tenía que hacer una elección. Muchos hombres se habían enfrentado antes a ella. En esos momentos, los tres hombres vivos que había en la habitación se encaraban a esa decisión.
Müller se arrodilló a los pies de la cama. Había sacado su pistola y estaba buscando algo en su chaqueta, quizá balas; tosía fuertemente todo el rato. Fotis movió la cabeza en un inten to por levantarse.
Matthew se quedó mirando a los dos hombres, observando el espectáculo. El aire se estaba volviendo tóxico y tenía que hacer algo. El icono lo llamaba. El joven se levantó como pudo, la cabeza le daba vueltas, y se imaginó que cruzaba la estancia, apartaba a Müller, cogía a la Virgen y se marchaba por la puerta. Sería fácil, pero sus pies no se movían. El hombre quemado seguía mirándolo; no percibía crítica en sus ojos, pero tampoco ayuda. Matthew recordó las palabras de
Ioannes: el poder del icono era grande porque influía en las intenciones de una persona. ¿Por qué había entrado él en aquella casa? «Recuerda: fue para salvar una vida. No por el icono, sino para salvar una vida.»
Había perdido la toalla y su mano derecha sangraba abundantemente debido al agujero de bala de la palma. Matthew ignoró el dolor, se inclinó hacia la polvorienta alfombra para res pirar la última bocanada de aire puro y avanzó para que su padrino se apoyara sobre su hombro.
–¿Qué estás haciendo? – preguntó enfadado la Serpiente. Las piernas le temblaban por el esfuerzo, pero Matthew consiguió levantarse y su cabeza quedó inmediatamente cubierta de humo. Unos débiles puñetazos golpearon su espalda y el anciano dio unas patadas en el aire.
–No, a mí, no, chico. Salva a la Madre. Salva a la Virgen. Matthew salió de la habitación sin mirar atrás. El fuego había alcanzado la parte trasera de la segunda planta y la visibilidad era muy limitada. Fuera lo que fuera lo que los esperaba abajo, no sería peor que las condiciones a las que debían enfrentarse arriba. Fotis estaba histérico.
–¡Estúpido! Regresa y rescata a la Madre. ¿Qué crees que estás haciendo?
«Elegir a los vivos», pensó Matthew mientras empezaba a descender.
Andreas viajó a través del tiempo y de la distancia antes de que la chica lo despertara. No conocía algunos lugares, y otros los recordaba bien. La cripta situada debajo de la iglesia, y el niño Mikalis, mirándolo fijamente con sus ojos de anciano. La hermosa Glykeria, sonriendo mientras paseaban por las calles del pueblo. Unos niños que mezclaban barro y paja con los pies para hacer los ladrillos con los que reconstruirían sus hogares quemados. El balcón de su viejo apartamento, con Maria, joven y de cabello moreno, y Alekos jugando con los soldaditos de plomo a sus pies, entre el dulce olor a resina del atardecer veraniego de Atenas. Rememoró la capilla de la colina, a la que llegó acompañado de Kosta y Ioannes, y esta vez notó algo nuevo, algo que tenía que recordar para Matthew. Al amanecer, se fue a la casa bien protegida de Müller y observó el rostro del alemán cuando le prometió que no habría más ejecuciones. Estaba sentado entre los
manzanos viejos y combados a última hora de la mañana, comiendo pan, cansado por toda la noche de trabajo, y entonces oyó el traqueteo de veinte rifles. Le cayó el pan de las manos, porque sabía que había sido traicionado. Una vez más, aunque con menor intensidad, sintió que el horror se convertía en rabia, la rabia en tristeza, y la tristeza en determinación. Vio la tumba cavada precipitadamente y la cruz de madera en el cementerio argentino, el final del viaje.
Ya no sentía indignación. Cuando soñaba, no podía evocar esa emoción. El espectro blanco que había entrado en el apartamento de Fotis tenía los ojos de Müller, pero, por lo demás, parecía una mala imitación del alemán. Era un hombre cansado y desesperado. Andreas no podía sentir ni odio ni perdón; aquel tipo era, sencillamente, patético. Sería mejor que muriera, pero Andreas dudó que fuera él quien lo matara. De hecho, no tenía ninguna esperanza de ver de nuevo el mundo consciente hasta que Ana Kessler lo despertó. No obstante, le resultó muy difícil volver. Se había sentido ligero como una brisa en sus sueños, y fue capaz de ver y de entender sucesos que habían quedado velados por el temor, la indignación, la melancolía y la codicia. Sintió que se separaba de las preocupaciones más insignificantes. Qué difícil era volver al mundo, a esa forma débil y arqueada, a esa mente lenta.
Cada morado, cada cicatriz y cada tensión, cada insulto al cuerpo y al espíritu que había recibido a lo largo de sus setenta y nueve años volvió a él en el transcurso de unos breves instantes. Esa acumulación brutal de experiencias conformaba su vida, y ésta todavía no había terminado.
Pero la Ana de Matthew era hermosa, y la belleza siempre era una buena razón para despertarse. La Ana de Matthew, así es como ella misma se había definido después de que casi la golpeó en la cabeza. El agua fría que le aplicó en el rostro surtió su efecto, pero en ese momento le pareció un acto de crueldad. Había algo que le oprimía las muñecas. Le sorprendía seguir vivo. No tenía ni idea de adónde había ido Müller, pero le pareció lógico que estuviera en aquella casa. Con Matthew, Fotis y otras personas. Su voluntad lo impulsó a levantarse, su cuerpo respondió y no opuso resistencia a la mujer cuando ésta le ofreció su hombro para que se apoyara en él.
El ruido de los disparos procedente del interior de la casa los detuvo, y esperaron un minuto antes de seguir avanzando, para ver
cómo se desarrollaban los acontecimientos. Cuando no ocurrió nada, reemprendieron la marcha hacia la puerta abierta, de la que empezaba a salir humo.
A mano izquierda había una sala de estar decorada con gusto.
Delante, una escalera conducía a un pasillo lleno de humo. El humo también salía desde la parte trasera de ese vestíbulo inferior y se amontonaba en el techo de las estancias delanteras. A mano derecha, el humo se acumulaba en un comedor revestido de paneles oscuros y las llamas salían de una puerta situada al fondo. Había una persona ensangrentada apoyada contra la pared, cerca de las puertas francesas.
Ana y Andreas reconocieron al hombre al mismo tiempo.
–Benny. – La joven corrió hacia él.
–Agáchate -le ordenó Andreas-; avanza por debajo del humo.
Ana le hizo caso y anduvo a gatas por toda la estancia. «Perfecto, que cuide de Benny», pensó Andreas; la quietud de su cuerpo le hizo temer que el hombre estuviera muerto, pero descartó de inmediato la idea. Se dirigió al comedor delantero de paredes blancas como pudo, a veces andando y a veces a gatas por la alfombra de flokati, y llegó a la puerta de entrada al despacho. Un humo negro colmaba la estancia y no había signos de actividad alguna, sólo el creciente crepitar de las llamas. Cualquiera que estuviera en la parte trasera de la casa habría sido alcanzado por el humo, y él no estaba en condiciones de ayudar.
Regresó al vestíbulo; el intenso olor empezaba a irritarle las fosas nasales. ¿Dónde estaba Matthew? Levantó la mirada hacia la escalera.
El humo sería más denso en el piso de arriba, pero no le quedaba otro sitio donde mirar. Aún podría aguantar unos minutos. De todos modos, no sería capaz de enfrentarse a Alekos si se iba sin Matthew. Ana trataba de sacar a rastras a Benny por el comedor.
–¡Ana! – gritó el anciano-. Déjalo y sal de la casa.
La joven no pareció oírlo y Andreas se dio cuenta de que si insistía perdería la oportunidad de subir al segundo piso. Confió en el instinto de supervivencia de la chica y subió la escali nata procurando no tropezar, consciente de lo fácil que sería caer al suelo debido a su estado de aturdimiento. A medio camino, se detuvo de repente como si una forma extraña surgiera del humo gris del piso de arriba. Andreas se
inclinó, avanzando un escalón cada vez, y vio a Fotis golpeando el hombro de Matthew. El joven se detuvo a unos pasos de su abuelo.
–Papou! Gracias a Dios.
–¡Venga, sal de la casa!
–No subas ahí arriba.
–No, no. ¡Vamos!
–¡Andreou! – gritó Fotis. Tenía el rostro encendido y los ojos saltones, y jadeó ante su antiguo camarada mientras pasaba junto a él-.
Coge a la Virgen. Mikalis habría querido que la salvaras. El dormitorio… El Príncipe está allí. – El resto se perdió en un ataque de tos y Matthew bajó la escalera con la mano sangrando profusamente.
Andreas levantó la vista para observar el ardiente remolino de humo. «Déjalo. Deja que el fuego haga su trabajo», se dijo. No había forma de volver. El demonio bajaría por esa escalera, o no lo haría. En ese preciso instante, oyó que alguien tosía en el piso de arriba y otra persona surgió del humo. Dos piernas con un tronco cuadrado y unas manos blancas que se agarraban a los bordes. Unos ojos que Andreas no había visto desde hacía más de cincuenta años: unos ojos almendrados y negros sobre un fondo dorado, un oropel granate de tela. La figura se movía hacia adelante y hacia atrás, avanzaba hacia él, como un cuadro con patas. Poco a poco, el rostro de Müller empezó a distinguirse sobre el marco del icono, sus ojos miraban a Andreas desde arriba. Se detuvo, pero sólo podía seguir hacia adelante. El alemán estaba prácticamente paralizado por la tos, pero en un momento dado, una mano desapareció en su chaqueta y volvió a surgir con una pistola.
Los ojos azules lo miraron fríamente. Müller disparó una vez y Andreas se estremeció.
Sin embargo, la bala salió disparada hacia atrás, no hacia adelante, y abrió un enorme boquete en el icono, justo por encima de los ojos de la Virgen. Müller se tambaleó y cayó al sue lo. Rápidamente, el humo lo engulló y el icono desapareció con él. Andreas se volvió para ver qué hacía Ana en la planta baja. Había cogido la pistola de cuarenta y cinco milímetros de Benny y tenía los ojos muy abiertos porque no entendía qué estaba pasando. Andreas volvió a mirar hacia arriba pero no vio nada. De repente, notó que ya no podía respirar; sólo sentía calor y bajó la escalera lo más rápidamente que pudo. Ana lo detuvo en la
planta baja y dejó caer la pistola al suelo. Las lágrimas resbalaban por su rostro cubierto de hollín y parecía asustada.
–Matthew…
–Ya ha salido.
–Benny ha muerto.
–Lo sé, querida, tenemos que salir.
–No podemos dejarlo aquí.
–No hay más remedio. Ahora, vamos, rápido.
Se marcharon del mismo modo que habían llegado: agachados, tambaleándose y apoyándose el uno en el otro mientras abandonaban la casa en llamas.
Fotis yacía sobre el húmedo césped que había en el borde del sendero de acceso a la finca. Andreas estaba sentado a su lado. Ana pasó por delante de ellos y se dirigió hacia el lugar en donde Matthew se había arrodillado en la gravilla; tosía y tenía náuseas. El cuerpo de la Serpiente parecía debilitado, toda la tensión anterior había desaparecido en él, como si le hubieran cortado el hilo de su fuerza vital. Sólo el parpadeo de sus ojos delataba que en aquel cuerpo moraba alguien. Fotis tenía unas franjas negras de ceniza en el pelo, sangraba por la sien izquierda y tenía moratones por toda la cabeza: Sus miembros delgados y frágiles y su rostro demacrado presentaban el mismo aspecto que en aquella perturbadora cena celebrada semanas atrás, pero la vibrante energía que les infundía vida se había desvanecido. Ahora no era simplemente una persona anciana, sino que se estaba consumiendo; se estaba muriendo. Podría fallecer mañana, pensó Andreas, o en el plazo de unos meses. Pero moriría al cabo de poco tiempo.
–Bueno -susurró Fotis.
–Se acabó -señaló Andreas.
Fotis cerró los ojos durante un rato, luego volvió a abrirlos y miró fijamente al cielo.
–¿Lo has matado?
–No -respondió Andreas, sorprendido-. Lo hizo la chica.
–¿La chica? – En otras circunstancias, Fotis se habría echado a reír, pero ahora sólo le quedaban fuerzas para esbozar una sonrisa.
Oyeron un estruendo tras de sí. Las ventanas estallaban y las llamas engullían los marcos vacíos. La casa se derrumbaría al cabo de unos instantes. No quedaría nada salvo la fachada de piedra de la planta baja. Desde donde estaban sentados, los ancianos pudieron sentir el calor.
–También tú me has matado a mí -continuó Fotis-. Todos vosotros.
Habéis destruido lo que necesitaba para vivir. ¿Y para qué? ¿Para que sea pasto de las llamas? ¿Era preferible destruir el icono a que lo tuviera yo? – Fotis pronunció estas palabras con amargura pero con poca pasión-. Me habéis matado.
Los reproches de su amigo agotaron a Andreas. No podía esperar que Fotis pronunciara palabras de paz o de sabiduría cuando estaba a punto de morir, pero eso no impidió que lo entristecieran. El icono no era más que un cuadro. Era un conjunto de pigmentos aplicados sobre madera y carecía de un corazón latente, de un espíritu o de una alma imperecedera. Él había sostenido esa obra en sus propias manos y sabía de qué estaba hablando. Todos ellos estaban locos.
–Te estás muriendo desde dentro, Fotis. Nadie puede ayudarte.
–Sí que puedes. Puedes acabar el trabajo. Tú fuiste quien me enseñó el icono, quien hizo que se convirtiera en una necesidad para mí. Luego me lo arrebataste en dos ocasiones. No entiendo por qué te has molestado tanto en destruirme, pero al menos remata la tarea.
Andreas miró a la pareja joven. Ana trataba de vendar la mano de Matthew con su bufanda.
–Haz que se marchen para que no vean nada -susurró Fotis-. Luego deja mi cuerpo en la casa en llamas. No tengo el suficiente valor para hacerlo yo mismo, Andreou. Debes ayudarme.
–No.
–¿Y si te dijera que maté a tu hermano bastardo?
–No te creería.
–Lo dejé morir. Yo estaba en la cripta, esperando a ese gordo de Mavroudas.
–Pero se abrió paso entre las llamas. Así que el plan era tuyo.
–¿Ya lo sabías?
–También sabía lo del incendio de la iglesia.
–No, eso fue idea de Mavroudas.
–Pero decidiste mal. Accediste a ello. De lo contrario, no habrías esperado que utilizara la cripta para escapar.
–De acuerdo. Prendí fuego a la iglesia de tu hermano. Lo vi bajar la escalera y caer desangrado a mis pies. Y no hice nada, lo dejé morir.
¿Cómo castiga eso un hermano?
–No podías hacer nada. Las heridas eran muy graves. Fue cruel dejarlo morir así, pero tú no lo mataste. Has pecado demasiado como para querer aceptar los pecados de los demás.
–Andreou -rogó Fotis-. Morir de cáncer es terrible. Y he tenido esos malditos sueños… Tengo miedo de hacer lo que debería hacer, por eso tienes que ayudarme.
Nada de lo que Andreas acababa de saber lo sorprendió, aunque sí lo conmovió. No quería que fuera verdad, lo había enterrado en su corazón y se había dedicado a buscar a Müller como forma de alejarse de la verdad. Su relación con Fotis no podía sobrevivir a esa noticia. Ya había perdido a su amigo. Y no podía imaginarse peor juicio que el que la naturaleza ya había decretado. No había nada que pudiera hacer por él.
–Mi castigo por Mikalis -dijo Andreas, asiéndose al hombro de su antiguo amigo por última vez mientras se levantabaes dejarte vivir.
Andreas caminó pesadamente hacia la pareja de jóvenes, dudoso de invadir su intimidad, aunque necesitaba hablar con ellos. Pudo oír unas sirenas a lo lejos. Un fragmento de su sueño, o de su recuerdo, o de lo que fuera, regresó de repente a su memoria. Era algo en lo que no había pensado desde hacía más de cincuenta años. Vio el icono apoyado en la mesa junto a Kosta; el espacio entre los dos paneles presentaba una magulladura provocada por alguna herramienta. Y luego, después de haber disparado al muchacho, vio unos pedacitos de algo sobre la mesa, unos trozos de tela beige tan fina como un papel. Se le ocurrió que había sido uno de esos trozos lo que Kosta se había llevado a la boca para tragárselo con el vino. El último sacramento. Tendría que decírselo a Matthew en algún momento. O quizá no.
Se oyó otra fuerte explosión y parte del techo de la casa se vino abajo, con lo que montones de chispas salieron disparadas por el aire.
Andreas observaba atentamente la escena. No había nada que pudiera sobrevivir a ese incendio, aunque buscaría entre las cenizas hasta dar
con los huesos de Müller. El icono habría quedado reducido a polvo; no debía quedar ninguna prueba de su destrucción. Tendrían que confiar en la lógica. Tendrían que asumirlo en un acto de fe.
Verano de 2000
Epiro, Grecia
La iglesia de Katarini se había construido sobre las ruinas de su predecesora, que había perecido en un incendio, y si miraba con atención, Matthew podía distinguir los espacios donde la piedra antigua se unía con la nueva. Ya había estado en ese pueblo y en esa iglesia anteriormente, aunque habían pasado años desde su última visita. Nunca había ido allí pensando en los recuerdos evocados de su abuelo, o en la imagen de la Virgen perdida, tan vivos en su memoria.
Según el sacerdote, la nueva construcción había seguido fielmente el modelo de la primera iglesia destruida, y Matthew se esforzó por imaginarse el pasado que todavía perduraba en ese lugar y que convivía con el presente. ¿Era aquélla la misma ventana por la que el andarte capitán Elias se había asomado en busca de su hermano? ¿Era ése el mismo suelo de piedra que había amoratado las rodillas de su devota bisabuela mientras rezaba, las de su tatarabuela y las de tantas generaciones? ¿Era aquel trozo de pared, detrás del altar, el lugar donde la Virgen había permanecido oculta durante tres años? Luego fue secuestrada, rescatada del incendio, para perecer finalmente presa de las llamas. Quizá su destino fuera consumirse de esa manera.
Matthew no creía demasiado en el destino, pero en esos momentos prefería tener la mente ocupada en ese tipo de cuestiones.
La iglesia era grande en comparación con su parroquia, pero más pequeña de lo que Matthew había imaginado. Además, estaba suficientemente provista de las típicas mejoras mo dernas que impedían evocar su historia. El sacerdote activó un interruptor situado detrás de él y la brillante araña -un tipo de lámpara que se encontraba en todas las iglesias griegas contemporáneas- disipó cualquier rastro de fantasmas. Las imágenes del iconostasio (Juan, valiente y delgado, y María, dulce y triste; Cristo, vestido con una túnica blanca y la mitra de un obispo) estaban bien hechas, aunque carecían de edad y de misterio. En la nave había unos bancos sencillos, donde años atrás debía de haber habido unos cuantos asientos para las personas
mayores, mientras el resto de la congregación se quedaba de pie, en ocasiones durante horas, balanceándose medio dormida, drogada por el incienso y los cantos de los sacerdotes. Había un enorme reloj en la torre de la iglesia, un regalo de un magnate estadounidense; el tiempo había desaparecido del pueblo y se había refugiado en las colinas, en las montañas o en la cripta subterránea.
El sacerdote le hizo una seña a Matthew. El joven lo siguió por el pasillo que rodeaba el altar, donde otro estrecho camino conducía a las habitaciones de los religiosos. En la pared del pasillo había una puerta prácticamente invisible.
–¿Quieres bajar? – preguntó el padre Isidoros.
Matthew apoyó la palma de la mano sobre la puerta de madera.
–Claro que sí.
Se volvió y miró a su padre, que estaba junto al altar. El pelo de Alex había encanecido, lo que seguía sorprendiendo a Matthew cada vez que lo observaba. Pero su delgadez había desaparecido, y ahora el hombre caminaba con la misma postura erguida y el mismo paso decidido tan característicos de él antes de su enfermedad. Intentaba interesarse por la iglesia para satisfacer a Matthew, pero no dejaba de mirar constantemente el reloj, como si tuviera una cita en otra parte.
–Papá, vamos a bajar a la cripta. ¿Quieres venir? Alex negó con la cabeza.
–No, sólo he bajado una vez, hace años, y ya tuve bastante. Que lo disfrutes. Será mejor que vaya a buscar a tu madre.
–No se perderá en un pueblo tan pequeño.
–No la subestimes.
El sacerdote retiró el pestillo de la puerta, cogió una lámpara eléctrica que colgaba de un clavo que había en el interior de la cámara y los dos hombres descendieron por la estrecha es calinata. Una fría corriente de aire impactó en el rostro de Matthew y percibió un olor a tierra mojada, como si estuviera en un invernadero. Respiró hondo y descendió.
Habían enterrado a Fotis en un cementerio a las afueras de Ioannina. El anciano lo había dispuesto así años atrás, de modo que la logística del funeral no provocó muchos problemas a su albacea, Matthew Spear. En cierto momento, el joven tuvo la impresión de que
en el entierro sólo estarían él, su madre y el sacerdote, pero finalmente Alex aceptó acompañarlos. Andreas había viajado desde Atenas, aunque no los seguiría hasta el pueblo. Hacía décadas que no había visitado Katarini y no tenía intención de volver a ver ese lugar. Ahora era un ciudadano ateniense y moriría en Atenas.
Ana habría querido viajar con Matthew. O, en cualquier caso, se ofreció a ello, lo que fue un gesto muy amable por su parte. El incendio, las muertes y todo ese asunto del icono la habían traumatizado profundamente, y necesitó pasar unas semanas alejada de todo y de todos, incluido Matthew. Cuando volvieron a encontrarse, Del Carros, Benny Ezraki y la Virgen de Katarini ya no formaban parte de su conversación. La muerte de Fotis había despertado algo en Matthew, lo había liberado de una carga. Como respuesta a ello, o a la intensa terapia a la que Ana se había sometido, la chica también empezó a superar su estado de melancolía. Sin embargo, Matthew tardó un tiempo en aceptar su ofrecimiento. Tal vez porque intuía que él debía dar ese paso solo, Ana hizo planes para viajar a Roma con su amiga Edith. Ahora, Matthew sentía estar separado de ella, y se preguntaba si no habría cometido un error.
Los últimos escalones estaban muy deteriorados y pulidos por el paso de miles de personas. Ésa era la vieja iglesia. El padre Isidoros se movía lentamente, llevando la linterna de un lu gar a otro. Matthew pudo sentir la pequeñez de la cámara, el techo bajo y los pasillos estrechos. Tanta historia en un espacio tan reducido. Se veían menos huesos de lo que esperaba. Los distintos compartimentos los escondían, o quizá se hubieran trasladado a otra parte. ¿Utilizaban todavía ese osario? En una esquina del fondo de la cámara, el sacerdote se detuvo y miró a Matthew.
–Aquí. En este lugar está enterrada tu familia.
El joven se fijó en los estantes, pero casi no quedaban huesos para ver, y los que había no parecían muy distintos de los demás. La conformidad de la muerte. Sin embargo, esos restos pertenecían a su familia, quizá eran almas que su abuelo había conocido en vida, no hacía tanto tiempo.
–Allí -continuó Isidoros, señalando hacia el suelo-, es donde murió tu tío abuelo Mikalis.
Matthew se arrodilló y apoyó la mano en el suelo polvoriento. Lo palpó un rato, como si todavía tuviera que existir un espacio cálido donde había reposado el cuerpo. Nada. Si notó una presencia allí abajo, no era algo que estuviera en un sitio concreto, sino por todas partes.
Estaba impregnada en el aire. No obstante, permaneció arrodillado en aquel rincón durante un buen rato y, al final, el sacerdote lo dejó solo y absorto en sus cavilaciones. El joven no podía rezar en ese momento porque nunca lo había hecho, y además no le parecía necesario. No tenía nada que pedir, sólo una tarea que realizar.
Matthew sacó del bolsillo el pequeño rosario de jade que tantas horas había pasado en manos de su padrino. ¿Qué preocupaciones y secretos habría absorbido? ¿Qué podría hacer ahora por un hombre condenado por su propia conciencia antes de que falleciera? ¿Qué era la vida de un sacerdote en comparación con los siniestros pecados de Fotis? Mikalis había perdonado, o no, en los últimos momentos de su vida, y nada de lo que pudiera hacer Matthew importaba. Suspiró. Una fe tan evanescente no era fe en absoluto. Apretó las cuentas con la mano y pensó en su padrino. ¿Para Andreas? ¿Podría ser para él? Pero no, el anciano no le daría importancia y sería malgastar un gesto.
Serían como un recuerdo, como las flores que adornan una tumba.
Eso tendría que valer. El sacerdote se había llevado la linterna y en plena oscuridad, Matthew dejó el rosario sobre el suelo de piedra y se levantó. Durante unos breves instantes, se sintió mareado y se apoyó sobre las urnas de sus antepasados para no perder el equilibrio. El aire de la cripta estaba demasiado viciado para los vivos, por lo que debían marcharse. Caminó con dificultad hacia la entrada, mirando la cámara una vez más, grabándola en su memoria. Se preguntó si volvería de nuevo, o si ésa sería la última vez que un Spyridis visitaba ese espacio ancestral. Pero ¿importaba acaso que esa conexión se rompiera con él?
Sin duda alguna, a los muertos no les importaría que perdurara o no.
El sacerdote lo esperaba en la escalera, y juntos emprendieron el ascenso. Después de haber visitado la cripta, el estilo moderno de la iglesia sorprendió a Matthew. Pensar en el icono perdido abrió un rincón oscuro y doloroso en su corazón, como lo había hecho centenares de veces en los últimos tres meses. Sin embargo, ese pensamiento iba perdiendo intensidad. Respiró hondo y eso le sirvió
para recuperar el equilibrio, luego apartó la mirada del sacerdote.
Lamentaría su pérdida durante mucho tiempo, quizá durante el resto de su vida, pero tal vez el padre Ioannes había estado en lo cierto. Tal vez no había lugar para una obra sagrada en un mundo tan comprometido. Salvo en un monasterio. Sí, ésa era la respuesta.
Meteora, el monte Athos, Santa Catalina del Sinaí. El mundo seguía sin conocer todos los tesoros que se escondían en esos santuarios. La Virgen de Katarini habría estado a salvo en uno de esos lugares. ¿Por qué Ioannes o él no pensaron en ello cuando hablaban sobre el destino de la obra? Sin embargo, ahora, eso ya no importaba.
El sol de la tarde se había escondido tras las montañas cuanda salieron al jardín, y Matthew pudo sentir que el calor del día desaparecía y que se acercaba un frío atardecer, como era habitual en esas colinas. Ana le había dado el número de teléfono de su hotel en Roma. Ella no esperaba que Matthew llamase, y de hecho le había pedido que no lo hiciera, aunque de todos modos le había dado el número. Nadie podía confiar en las palabras. El rostro sí decía la verdad, los ojos no mentían si sabías interpretarlos. Matthew recordaba el rostro de Ana el último día que la había visto. ¿Qué le había pedido?
Una luz naranja bañaba la cumbre de una colina lejana que llevaba por nombre Adelfos y que era la hermana pequeña de las montañas que se erigían por detrás. Le habría gustado subir a esa colina con su abuelo, pero tendría que hacerlo solo. Encontrar las cuevas, quizá dejarse crecer la barba y cambiarse el nombre, vivir como un andarte o como un loco ermitaño. Matthew sonrió ante la idea. Se prepararía para subir la colina, pero no lo haría ese día, no en ese momento. Antes tenía que encontrar un teléfono.
Este libro se imprimió en Mateu Cromo Artes Gráficas, S.A. Pinto
(Madrid)
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03/12/2008
LRS to LRF parser v.0.9; Mikhail Sharonov, 2006; msh-tools.com/ebook/
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Document Outline
- AGRADECIMIENTOS
- Primera parte
- CAPÍTULO 2
- CAPÍTULO 3
- CAPÍTULO 4
- CAPÍTULO 5
- CAPÍTULO 6
- CAPÍTULO 7
- CAPÍTULO 8
- CAPÍTULO 9
- CAPÍTULO 10
- CAPÍTULO 11
- CAPÍTULO 12
- CAPÍTULO 13
- CAPÍTULO 14
- CAPÍTULO 15
- CAPÍTULO 16
- CAPÍTULO 17
- CAPÍTULO 18
- CAPÍTULO 19
- CAPÍTULO 20
- CAPÍTULO 21
- CAPÍTULO 22
- CAPÍTULO 23
- CAPÍTULO 24
- CAPÍTULO 25
- CAPÍTULO 26
Terminaste El icono sagrado
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