El icono sagrado

Neil Olson · Capítulo 1 de 27

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El icono sagrado

Agradecimientos

¿Qué es realmente Dios y la vida eterna en el Paraíso? El Paraíso es

este fuego, y Dios es esta danza, y no duran un instante, sino que

perduran para siempre.

NIKOS KAZANTZAKIS,

The Fraticides

AGRADECIMIENTOS

Mi agente, Sloan Harris, me ofreció sus innumerables soluciones a los problemas que ocuparon las primeras versiones de este libro. Sloan ha demostrado ser la personificación de la paciencia, la perseverancia y el buen humor.

Dan Conaway, mi editor, no se saltó ni una línea en su esfuerzo por sacar lo mejor de esta novela, y su manera de entender la magia que se esconde detrás de una historia es un regalo para todo escritor.

Jill Schwartzman, Kristin Ventry y Liz Farrell han superado con creces su llamada al deber.

Las numerosas personas cuyas atentas lecturas y amables consejos fueron de un valor incalculable para mí, como Katharine Cluverius, Jesse Dorris, Jake Morrissey, Mary Ann Naples, Marcia Olson, Rose Olson y Olga Vezeris. Le agradezco a Cameron Olson la información tan valiosa que me proporcionó sobre historia militar y a Sean Hemingway por acompañarme a los depósitos del Metropolitan Museum.

Los recuerdos de Vasili Andreopoulos sobre la ocupación alemana de su pueblo en Kozani fueron una de las primeras fuentes que inspiraron este libro.

El apoyo a mis iniciativas literarias que me ha brindado toda mi familia, que incluye a Brad, Laura y a papá Neil, me ha servido de aliento.

Estoy profundamente agradecido a las obras de numerosos autores, entre ellos Helen C. Evans, Dan Hofstadter, John Lowden, John Julius Norwich, David Talbot Rice, Steven Run ciman, C. M. Woodhouse y, especialmente, Mark Mazower. Cualquier error o alejamiento deliberado de los hechos reales, siempre con fines literarios, recae evidentemente sobre mf.

Quiero expresar mi más profundo agradecimiento y amor a Caroline Sutton, quien fue mi primera lectora, editora, portavoz, proveedora de nombres y colores y mi desahogo cómico: la persona que me despertaba todos los días a las seis de la mañana.

Verano de 1944

Epiro, Grecia

Desde la elevada cumbre de la colina Adelphos, sobre los cedros doblados por el viento que protegían las cuevas, podía ver cómo los montes Pindo se elevaban como una nube gris en dirección este, podía contemplar las pardas cordilleras que avanzaban en dirección norte hacia Konitsa y la frontera albanesa, casi podía imaginarse el destello del sol sobre las aguas del Jónico en el oeste. Y por debajo, escarpados y verdes valles y rocosas aldeas, delimitadas por altos campanarios de piedra. De pequeño, el capitán Elias solía subir a esa colina, cuando fantaseaba con una vida más allá de los muros montañosos: viajaría a Atenas, al sur, o cruzaría el océano hasta llegar a América, adonde había emigrado su tío. Podría ser un soldado, un médico, un músico itinerante o un espía. En realidad, la ocupación no importaba demasiado; todos sus sueños delataban su afán por huir. Pero en ninguno de ellos llegó a imaginar que regresaría a esas colinas, ni que sería un hombre perseguido en su país.

El padre Mikalis llegó a la cueva de Constantino pasada la medianoche. A pesar de que sus visitas a los grupos guerrilleros habían sido muy escasas últimamente, sabía dónde encontrarlos. Elias, que rara vez dormía, llamó la atención del joven sacerdote con el haz de luz de su linterna, que lo asaltó por la espalda. Varias semanas atrás, el capitán había advertido a Mikalis que los alemanes le estaban pisando los talones, por eso, todos los hombres entendieron que la visita de esa noche denotaba una acuciante urgencia.

–Bendíganos, padre.

Varias manos sucias asieron suavemente la amplia sotana negra a medida que ésta iba pasando junto a ellas; imploraban perdón por los actos que habían cometido y seguirían cometiendo en los próximos días contra los alemanes y sus compatriotas por igual. Eran como niños, pensó Elias mientras observaba a sus hombres. Seres crueles y asesinos hasta que el adusto padre comparecía ante ellos: en su presencia, se

volvían mansos y penitentes. En esos momentos no veían al joven religioso, sino a Dios en persona; para algunos, ése era el primer contacto con el Todopoderoso desde hacía meses, y la oscuridad de la cueva no hacía más que intensificar el efecto de su presencia.

Obtuvieron por respuesta bendiciones susurradas; pero Elias no oyó sus palabras, y se dio por satisfecho. No se sorprendió de ver al cura.

–Bien venido sea, padre -saludó el capitán mientras el rostro largo y atractivo de Mikalis surgía de la oscuridad-. ¿Has venido a soltar un sermón, o a beber un trago?

–No digas tonterías. Traigo noticias.

Elias reparó de nuevo en cómo la edad, alimentada por las duras experiencias vividas en los últimos tres años, se había instalado en las líneas del rostro del sacerdote. En realidad, Mikalis siempre había tenido algo de anciano, una cualidad desvinculada de la experiencia terrenal, un espíritu antiguo que se traslucía de vez en cuando en el núcleo de sus ojos oscuros. Elias lo había visto cuando ambos eran niños. Todavía conservaba la ilusión propia de los jóvenes, y su sentido de la entrega. Mikalis había presenciado atrocidades, las había perdonado, y jamás hasta el momento había perdido la esperanza. El capitán reconocía que todo ello precisaba de un cierto tipo de fortaleza que él no poseía. Aun así, el sacerdote jamás había cometido un acto violento, nunca había acabado con la vida de otra persona con sus propias manos. Sin duda alguna, ése era un dato que había que tener en cuenta. Los sacerdotes deberían ser asesinos. De lo contrario, ¿cómo podían entender su entorno?

–¿Qué noticias son ésas? – preguntó finalmente Elias.

–Mañana, los alemanes quemarán el pueblo.

En la oscuridad, Spiro soltó una palabrota, pero los demás guardaron silencio.

El capitán volvió a pensar cómo responder. Era importante dar la impresión de que se tomaba la amenaza en serio, aunque debía ser prudente y dejar que Mikalis continuara hablando. Sobre todo, debía retenerlo.

–¿Quién te lo ha dicho?

–¿Y eso qué importa? ¿Qué vais a hacer?

–Claro que importa. Algunos nombres me convencerían de que esa información es cierta, y otros de que es falsa.

–Hace unas horas llegaron cuatro camiones repletos de soldados.

Seguramente los habréis visto.

–Así es.

–Cuarenta o cincuenta hombres. Están aquí por algún motivo.

–Probablemente nos están buscando -apuntó uno de los hombres.

–No -replicó Elias-. Son demasiado pocos para eso. Ahora ya no se acercan a las colinas con menos de un batallón. – Al menos desde que volamos ese depósito de combustible -añadió Spiro.

–¿Y estáis orgullosos de ese ataque? – preguntó el sacerdote-. Al día siguiente, dispararon a cuarenta y tres hombres en la plaza de Prasinohorion.

–Lo sé -admitió el capitán.

–Cuarenta griegos a cambio de un alemán. ¿Creéis que ha valido la pena?

–Un alemán y el depósito de combustible. Nuestro objetivo era precisamente el combustible, y no habría matado a nadie si se hubiese podido evitar. Lo peor está por llegar. En el Peloponeso están atacando convoyes armados a plena luz del día, y matan a docenas de alemanes.

Elias se dio cuenta de la envidia que denotaba su tono de voz. Si contara únicamente con los efectivos y los recursos de las guerrillas comunistas, no tendría que verse involucrado en los juegos sucios que sus superiores tramaban.

–Estoy seguro de que eso alegrará a tus amigos ingleses -dijo el sacerdote con desdén-. Pero estáis matando a muchas personas inocentes.

–Es una guerra, Mikalis; habrá más muertes.

–Pues mañana caerán muchos más si no les prestas tu ayuda. Los hombres mayores tratarán de defender sus casas.

–Eso sería una estupidez -atajó Elias-. Estás totalmente equivocado.

Es cierto que incendiarán el pueblo, de hecho, incendiarán todos los pueblos, tanto si les oponemos resistencia como si nos echamos a descansar, pero no lo harán antes de retirarse de la región. Y todavía no se han retirado.

–¿Te lo han dicho los ingleses?

–Es su modo de proceder. Mientras tanto, no hemos intervenido en esta zona. No tienen ningún motivo para quemar el lugar. De lo contrario, ya lo habrían hecho.

Los dos jóvenes se miraron mutuamente a través de la luz de la linterna. Ninguno de los dos había cumplido los veinticinco años, pero se habían visto obligados a adoptar posturas contrarias y más propias de las almas experimentadas. Hacía tres años que Mikalis había vuelto del seminario, unos días antes de la llegada de los alemanes, para atender al enfermo padre Pantelis. Seis meses después, enterró al anciano religioso y asumió sus responsabilidades. Las alteraciones propias de la guerra impidieron que el obispo de la región nombrara a un nuevo sacerdote, y Mikalis, que se había criado en el pueblo de Katarini, se convirtió en su pastor espiritual a la edad de veintiún años.

Elias estudiaba en la academia militar cuando estalló la guerra. Hacía de observador de artillería cuando el ejército rodeó a los italianos, pero al regresar a Atenas, cuando los alemanes botaron el Marita, éstos atacaron por sorpresa al ejército griego, lo rodearon y acabaron con él en cuestión de días. Cuando el gobierno hizo las maletas y marchó a Creta, Elias cabalgó hacia el norte para ayudar a organizar la resistencia en esas colinas. «Los ancianos son débiles -le había comentado su abuela antes de abandonar Atenas-. Todos los hombres sanos han muerto.»

–La población pasa hambre en estas tierras -insistía el sacerdote.

–Ya lo sé.

–Claro que lo sabes; tus hombres se lo han llevado todo. Esta gente ha ofrecido su comida, a sus hijos, ha dado sus vidas por ti. ¿Qué estás dispuesto a hacer por ellos?

–No desperdiciar su sacrificio.

–Eso significa que no vas a hacer nada…

–Aquí sólo dispongo de veinte hombres.

–¿Dónde están los demás? Todos los jóvenes de los cuatro pueblos de la región se han unido a tus filas, aunque sólo sea para tener algo que llevarse a la boca. Deberías tener el doble de hombres.

–Están en una operación militar. – ¿Sin ti?

–¿Quién te ha dicho que los alemanes quemarán el pueblo? El sacerdote sacudió la cabeza en un gesto de indignación.

–Lo único que quieres es ese nombre. Si está equivocado, le dispararás como a un agitador. Si tiene razón, le dispararás como a un colaboracionista. De todos modos, no vas a hacer nada.

El hecho de que la verdad fuera más irrecusable que las insinuaciones del sacerdote no impidió que esas palabras lo hirieran.

Antes de que Elias asumiera el mando de ese grupo de andartes -un variopinto surtido de agricultores republicanos, monárquicos y ex soldados-, éstos habían pasado más tiempo luchando contra las guerrillas comunistas locales del que cualquier otro grupo había pasado combatiendo contra los alemanes. Tuvieron que ser los comandos británicos los que lograran reconciliar a las distintas bandas que se enfrentaban entre sí, y reconducir sus acciones de manera inteligente. A pesar del profundo recelo que Elias sentía hacia los extranjeros, y la deshonra que le suponía tener que recibir órdenes de ellos, se vio obligado a reconocer que había aprendido mucho de los británicos. Había aprendido a colocar explosivos, a matar silenciosamente, y a trabajar codo con codo con hombres que, en el futuro, podrían ser sus enemigos. Probablemente, algunas lecciones las había aprendido demasiado bien. Había visto que los comunistas eran mucho más fuertes y estaban mejor organizados; ahora que los italianos se habían rendido, era sólo una cuestión de tiempo que los alemanes se retiraran. Elias ya no podía seguir ignorando las advertencias de sus superiores respecto a cuál era la mayor amenaza a largo plazo para el país. De ahí el odioso pretexto de aquel momento.

–Capitán… -La voz de Kosta les llegó proyectada desde la entrada de la cueva, buscando llamar su atención. Elias, Mikalis y unos cuantos hombres caminaron pesadamente entre la oscuridad y recogieron sus fusiles viejos y deteriorados mientras se acercaban a Kosta-. Leftheris ha visto algo por arriba.

La entrada a la cueva quedaba protegida por un pequeño grupo de cedros, pero el saliente de arriba, en la colina, ofrecía una vista de todo el valle. Leftheris se agarró a la manga del capitán mientras se encaramaba hacia arriba, y señaló hacia la cima de una colina baja situada a un kilómetro de distancia. Elias distinguió la silueta negra del campanario contra el cielo añil, y después vio el extraño parpadeo

multicolor de la luz que quedaba a sus pies. Se apreciaban unas llamas a través del rosetón. Algo había salido mal.

–Al parecer, se han adelantado -dijo Kosta-, y han empezado por su iglesia, padre.

–Cállate, idiota -lo reprendió Spiro.

Elias asió el hombro de Mikalis en el preciso instante en que el sacerdote empezaba a descender por la pendiente con cierta dificultad.

–No tiene sentido. Todo será pasto de las llamas antes de que llegues allí.

Santa Madre de Dios… -susurró Mikalis, y algunos de los hombres se santiguaron en la oscuridad. La mayoría no supo, hasta ese momento, que su protectora todavía estaba en la iglesia, oculta detrás de una falsa pared. En su imaginación, Elias vio la luz de una vela sobre el pan de oro, vio los tristes ojos negros extinguiéndose de la talla de madera mientras acercaban el objeto, vio una iglesia llena de hombres fuertes y desilusionados que se arrodillaban en un reverente silencio. También vio que la Serpiente quedaba hipnotizada por su belleza. El amor por el icono podía desbaratar todos sus planes.

–¿Dónde está? – preguntó Leftheris-. ¿La sacará alguien de allí?

–No. Nadie sabe dónde está. – ¿Qué hacemos?

–Dejarla -sentenció el capitán, pero sus hombres hablaban todos a la vez. El incendio no formaba parte de sus planes, pero serviría para ocultar la desaparición del icono, suponiendo que el Príncipe hubiera sido lo suficientemente rápido en sacar antes el icono.

–Escuchad -interrumpió Mikalis-. Si no podemos extinguir las llamas, al menos yo podré salvar a la Virgen. Dejadme ir.

–Iremos todos -propuso Spiro.

–Ni hablar -replicó Elias, pero pudo percibir que los hombres se negaban a obedecerlo.

Rara vez se oponían a sus órdenes, y jamás lo habían contradicho delante de él, pero en este caso estaba enfrentándose a un poder superior y se arriesgaba a perder el control. Además, algo había salido mal y tenía que ver qué podía salvarse. Tomó al sacerdote por el hombro y lo empujó hacia Leftheris. – Cuida de éste -ordenó a su centinela-. Kosta, Spiro, venid conmigo.

–¿Pero cómo encontraremos a la Virgen sin él? – Yo sé dónde está.

Las objeciones del sacerdote los persiguieron durante un rato mientras descendían por la escarpada ladera; luego se hizo el silencio.

A lo lejos se vislumbraban unos árboles, aunque acabaron por desaparecer en la oscuridad; cruzaron un bajo muro de piedra. No había ningún sendero que llevara desde la cueva a la iglesia, pero los hombres conocían perfectamente el camino, aunque avanzaran en una noche sin luna. Elias podía oír los esforzados pasos del viejo Spiro a sus espaldas, pero Kosta era imposible de localizar a pesar de que el chico estaba a unos metros de distancia por delante. Todo el mundo creía que Elias estaba loco por haber aceptado a Kosta bajo su tutela, pero el capitán sabía lo que hacía. Pocos hombres eran capaces de aprender a moverse con tanto sigilo, a transmitir complejos mensajes codificados y a matar sin la más mínima vacilación como él. A Elias le resultaba extraño enseñar estas materias muy poco después de haberlas aprendido, pero Kosta había demostrado ser un alumno capaz. Los parias siempre han sido los mejores para este tipo de cosas.

Stamatis Mavroudas era el principal proveedor de Katarini, un estraperlista y supuesto colaboracionista de los alemanes, y por tanto, su hijo Kosta, aunque tolerado por su buen humor, no inspiraba la confianza de nadie. Eso no significaba nada para Elias; la labor de los insurgentes estaba llena de compromisos. Y el muchacho se había adaptado rápidamente a él, tanto más desde que su padre lo había repudiado: qué tontería unirse a las guerrillas cuando podía ganar dinero de esa guerra. Kosta y el capitán rara vez se separaban. Elias se preguntaba qué precio pagaría este joven. Repudiado por su familia, y sin verdaderos amigos, Kosta se mostraba impasible ante las sucesivas muertes de sus compañeros, y muy dispuesto a matar cuando se presentaba la ocasión. Era un muchacho del todo independiente, capaz de llevar a cabo la tarea más compleja con rapidez e imaginación. A Elias le hubiera gustado tener a diez hombres más como él.

Subieron en poco tiempo la cuesta que conducía hasta la iglesia, y avanzaron arrastrándose con las manos y rodillas hasta que pudieron agacharse detrás de la pared norte del jardín delantero. El viejo edificio de piedra estaba iluminado desde dentro por unas llamas que ardían con fuerza tras la vidriera cubierta de hollín. Se oía el crepitar de la madera, y el aire frío apestaba a humo. Al otro lado del jardín

había unos doce soldados alemanes arremolinados, algunos todavía estaban poniéndose los cascos y comprobaban sus rifles. Al parecer, habían llegado sólo unos minutos antes que las guerrillas, y hasta el momento no se habían percatado de ellas. Un oficial salía andando de espaldas de la iglesia, de la que salían volutas de humo negro.

Probablemente era Müller, el hombre de las SS, pensó Elias, pero era difícil de decir con aquella extraña luz. El oficial no llevaba nada en las manos, no había sustraído ningún tesoro de su interior. ¿Habría llegado demasiado tarde?

El capitán profirió un insulto en voz baja. El plan se estaba viniendo abajo. No es que fuera un plan muy brillante; condenada Serpiente que lo persuadió para hacerlo.

–Spiro, ve a ver si la entrada a la cripta está despejada. El viejo andarte se alejó en silencio.

Ahora, el oficial alemán -definitivamente era Müller, a quien llamaban el Príncipe- se alejaba de la cara sur de la iglesia, y la mayoría de los soldados lo seguían. Kosta y el capitán se intercambiaron una mirada fugaz, que el joven desvió de inmediato.

¿Sentía vergüenza de su comandante, vergüenza de lo que sabía? Kosta era la única persona, aparte de la Serpiente y de Müller, que conocía el plan del capitán, y había transmitido distintos mensajes entre varios destacamentos cuando Elias tenía que estar en otra parte. ¿Era un secreto demasiado difícil de guardar?

Oyeron el crujir de un montón de hojas al pie de la colina que quedaba detrás de ellos, y las dos guerrillas blandieron sus rifles, dispuestos a disparar.

–Quietos -ordenó el capitán.

Mikalis surgió de entre los árboles, temerario, y subió la pendiente, seguido por Leftheris. Kosta descendió y empujó al sacerdote al suelo.

–Lo siento -susurró Leftheris, incapaz de mirar al capitán a los ojos-. Me dijo que me condenaría si no lo dejaba acompañarnos.

Elias no perdió el tiempo regañando a su hombre, pero miró seriamente al sacerdote.

–Amenazas con condenas para salirte con la tuya. Me sorprende, padre.

–Hermano, déjame entrar en esa iglesia.

–¿Ves a esos soldados?

–No me van a disparar.

–El fuego está en la parte delantera, no puedes entrar.

–Pues entonces entremos por detrás. O por la cripta.

A modo de respuesta, Spiro reapareció junto al hombro del capitán.

–La cripta no nos sirve. Hay demasiados alemanes que nos cortan el paso.

–Pues probemos por detrás -insistió Mikalis-. Hay árboles, no nos verán.

Una vez más, los hombres estaban ansiosos por pasar a la acción, y el capitán no podía justificar esa falta de movimiento. Tampoco podía confiar al sacerdote errante a nadie más.

–Quédate conmigo. A mi izquierda, y justo detrás de mí,

¿entendido?

–Sí.

Bordearon la hilera de árboles en dirección hacia el norte hasta llegar a la parte trasera del viejo edificio de piedra, donde la entrada privada de los clérigos quedaba oculta entre la penumbra. En efecto, el incendio se había originado en la parte delantera, pero pudieron observar su avance a través de los altos y mugrientos ventanales, y parecía que gran parte del interior era pasto de las llamas.

–Es demasiado tarde -se lamentó Leftheris.

–No. – El sacerdote empezó a abrirse paso y a adelantar al capitán, quien lo detuvo.

–Leftheris tiene razón.

–Al menos, déjame que lo intente. El icono…

–Es madera y pintura, Mikalis. Déjalo.

El largo rostro del sacerdote se acercó amenazadoramente a Elias, y frente a frente, le susurró:

–Te equivocas. Hay mucho más de lo que ves.

–¿Qué?

–Aunque tengas razón, la fe puede revestir los objetos de cierto poder. La Virgen ha curado a personas enfermas de este lugar desde hace siglos; la Virgen lo es todo para esta gente.

El capitán no pudo replicarle. El culto a ese icono siempre le había parecido una obsesión típica de ancianas, algo de lo que su padre

siempre se burlaba, del mismo modo que él se burlaba de la religión, una religión que los jóvenes de los pueblos de la zona acabarían también por rechazar o ignorar. Elias no era comunista, pero sí era un hombre con la mirada puesta en el mundo en general, donde la ciencia triunfaba sobre la superstición, donde el culto a la Virgen no guiaba las acciones de los hombres. Atenas le había dado una muestra de ese mundo, pero quizá había pasado demasiado tiempo en la ciudad. O tal vez había hecho mal en volver allí. Sus jóvenes soldados confiaban menos en los sacerdotes de lo que había confiado él, pero en los momentos de pánico no acudían a los demás hombres para hallar consuelo, como sus hermanos que estaban con los comunistas, sino que acudían a Dios, y a Panayía, la Madre Redentora. ¿Cómo había ocurrido? Si los sacerdotes y las ancianas no tenían ninguna ascendencia sobre ellos, ¿de dónde surgía esa religiosidad? ¿De dónde extraía su fe Mikalis, cuyo padre fue un ateo declarado? ¿Y cómo podía Elias mirar a esa fe a los ojos después de causar tanto daño?

–Escúchame.

No había nada que decir. En cualquier caso, no habría podido acabar su frase, ya que en ese momento el capitán advirtió unas sombras al fondo de la iglesia que se movían entre las tumbas. Müller y seis u ocho soldados buscaban la entrada trasera.

Habían rodeado todo el perímetro, pero en cuestión de segundos se abalanzarían sobre los andartes. Distraído, Elias soltó ligeramente al sacerdote. Fue suficiente; el sacerdote escapó de sus manos, saltó el muro derruido y subió la cuesta hacia el oscuro portal. El capitán se quedó helado, no pudo pronunciar palabra. Al parecer, los alemanes reconocieron la sotana negra y no dispararon, pero un soldado abandonó corriendo su puesto para interceptar al sacerdote.

–¡Alto, alto!

El capitán oyó que un rifle disparaba desde su izquierda -el viejo Mánnlicher de Spiro-, y el soldado cayó pesadamente al suelo. Al cabo de un momento, oyeron unos disparos procedentes del otro lado que hicieron saltar fragmentos del muro de piedra. Los guerrilleros agacharon la cabeza mientras los alemanes buscaban refugio. Mikalis tropezó con el soldado caído, pero se levantó hasta desaparecer en la entrada de la iglesia.

Elias, tranquilo por el inicio de la batalla, recobró la voz y ordenó a sus hombres que se desplegaran a lo largo del muro y dispararan tan de prisa como pudieran tras recargar los rifles. La precisión de los tiros no era importante. Las cruces y las estrechas lápidas no servían de refugio para los alemanes. Su único refugio era la esquina de la iglesia; y puesto que sólo uno o dos hombres a la vez podían disparar desde esa posición, los guerrilleros podían mantenerlos a raya por unos instantes, mientras disimulaban su escaso número de efectivos. Serían cuatro contra cincuenta cuando llegaran el resto de los alemanes, probablemente, en cuestión de minutos, pero quizá el sacerdote saldría antes.

Luego vieron a una segunda figura que trepaba el muro para dirigirse hacia la puerta. Una figura con una camisa y un pañuelo negros que corría agachada y rauda. Kosta. ¿Qué demonios estaba tramando ese chico? No sentía ninguna predilección por los sacerdotes ni por los iconos, pero allí estaba: había entrado en acción. Tardaría demasiado en recargar el fusil Endfield; el capitán dejó a un lado su rifle, sacó su pistola y disparó ciegamente a la oscuridad, malgastando así una valiosa munición. Spiro y Leftheris también dispararon, y Kosta corrió hacia la puerta.

El capitán Elias se inclinó para recargar su pistola y consideró su posición. Un mal asunto, ahora no podía hacerse nada. Spiro no debería haber disparado, pero seguramente pensó que Mikalis corría peligro. El pueblo pagaría un precio muy alto por el alemán muerto a menos que Elias pudiera arreglar cuentas con Müller. Éste, con quien estaba intercambiando fuego hostil, sabía que ése no era un buen lugar en el que negociar. Al diablo con todo. Si contara con los hombres que se había llevado la Serpiente y recuperar así las armas, acabaría con el maldito plan y mataría a tantos alemanes como pudiera. Si pudiera.

No, ésa era una acción estúpida e inconsciente que se había producido por su culpa.

Ahora no importaba. Desde el bosque hasta el norte, casi detrás de ellos, pudo discernir el leve chirriar del gatillo de los rifles. Desde el sendero que quedaba tras la iglesia, oyó el estrépito de las pisadas de las botas. Los rodearían en cuestión de minutos.

–Retirada.

Elias subió el muro dificultosamente para reunirse con Leftheris y Spiro, pero al ver que sus hombres hicieron caso omiso de sus palabras, el capitán levantó el cañón de sus rifles y los empujó hacia la hilera de árboles.

–Retiraos, maldita sea. No a la cueva, sino al viejo monasterio.

Era un recorrido de ocho kilómetros, difícil de completar para el viejo Spiro, pero los alemanes no los perseguirían hasta tan lejos en plena noche. Bajo ningún concepto debían dejar expuesta la cueva.

Lentamente, los dos hombres acataron la orden, y desaparecieron en la arboleda. El capitán se quedó solo. Volvió tras sus pasos siguiendo el muro destrozado, y lo atravesó en un punto cercano a la parte delantera de la iglesia por donde esperaba no ser visto. De repente, una pesada metralleta abrió fuego desde el cementerio, cubriendo la posición donde Elias y sus hombres habían estado hacía tan sólo medio minuto. Arrastrándose por el suelo, llegó a la pared de la iglesia y se levantó para avanzar pegado a ella. La alta vidriera que quedaba encima de él ya se había hecho añicos por el calor del fuego. Elias se tapó la cara con un pañuelo y observó el interior del edificio. El incendio estaba casi extinguido en la parte delantera, después de arrasarlo todo, pero seguía ardiendo con toda su fuerza en la parte de atrás. El altar y el antiguo iconostasio estaban destrozados. Unos venerables bancos de madera habían sido reducidos al mínimo bajo unos ardientes tapices. La madera del techo estallaba en lo alto del edificio. La iglesia era antigua, gran parte de su contenido era todavía más antiguo, e incluso a un capitán ateo le dolió su pérdida. No podía ver el lugar donde estaba escondido el icono, y no había ni rastro de ningún hombre.

Volvió a agachar la cabeza. Oyó unas voces y unos pies que corrían en el exterior. Una linterna se movía frenética. Llegarían a la cuesta en cualquier momento, y tan sólo encontrarían a sus compañeros alemanes en el cementerio trasero. Con un poco de suerte, esos bastardos se dispararían entre sí. Elias se tumbó boca abajo en el suelo y llegó arrastrándose hasta la parte delantera de la iglesia.

Los pocos soldados que quedaban en el jardín ya se habían ido, supuestamente para unirse a los efectivos que los rodeaban. Eso dejaba despejada la entrada delantera, en caso de que los hombres del interior

hubieran podido abrirse paso entre las llamas para llegar a ella. Sin embargo, el pasadizo de la cripta seguía pareciéndole la mejor ruta. A una distancia prudencial del enemigo, el capitán volvió a adentrarse en el bosque, donde rápidamente escondió su rifle y su cartuchera en el interior del tronco de un árbol partido. Después ocultó la pistola debajo de su ancho chaleco. Cualquier persona con buena vista y un poco de luz creería que era un andarte, pero tendría que servir. Debía llegar al pueblo. Su mente no dejaba de pensar en las terribles posibilidades de esa noche. Debía buscar en tres lugares, encontrar a cuatro hombres y formular varias preguntas difíciles. Luego arreglaría cuentas con el Príncipe.

Por la mañana lo vería todo más claro, aunque algunas preguntas seguirían sin respuesta durante toda su vida. Al cabo de seis semanas, después de retirarse de la región, los alemanes prendieron fuego al pueblo de Katarini hasta que éste quedó reducido a nada.

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