El icono sagrado
Capítulo 5
Fotis estaba sentado en su banco de siempre, inclinado unos ciento veinte grados respecto a la luz del sol. Llevaba puesto un abrigo gris y un sombrero de fieltro, y su bigote era blanco como un rayo de luz.
Unas marcas de rosa brillante destacaban en sus prominentes pómulos, y observaba fija y distraídamente al vacío mientras daba unos pedacitos de galletas saladas a unas palomas que se habían agolpado a sus pies. Fotis ocupaba un lugar tan importante en la imaginación de Matthew que éste siempre se sorprendía al ver en qué anciano tan delicado se había convertido su padrino. ¿Y por qué no? Se acercaba a los noventa años. Sin embargo, Matthew notaba que había algo más que la edad; se trataba de un cambio más profundo que sólo se detectaba gracias a su contacto semanal. Fotis estaba enfermo. Aquel anciano encantador (o manipulador, tal como Alekos lo calificaba siempre) nunca lo confesaría, pero no se encontraba bien, y su enfermedad acabaría por añadir un sentido de urgencia a todos sus últimos esfuerzos. Matthew se sentó.
–Kaliméra, Theio.
Fotis se volvió lentamente y le sonrió.
–Hace una mañana fantástica. Puedo sentir el sol. Creo que hemos sobrevivido a otro invierno.
–El invierno acabó hace dos semanas.
–Uno nunca puede estar seguro de ello. Marzo es el peor mes. Te tienta con su calidez y sus flores, pero luego te entierra en nieve. Abril es mejor; creo que ahora ya estamos a salvo. ¿Cómo está tu padre?
–Mejor. Es posible que lo manden a casa.
–Excelente. ¿Y cómo fue la visita que le hizo tu abuelo?
–No estuvo mal, aunque el encuentro fue un poco tenso. Me hicieron salir de la habitación un rato, así que no sé lo que ocurrió, pero parecían estar hablando cuando regresé.
Fotis meneó la cabeza. – Pobre hombre.
–¿Cómo estás?
–Igual, siempre igual. – El anciano dio unas palmaditas en la rodilla de su ahijado-. Ése es mi secreto. Demos un paseo. Caminaron hacia el norte, con el sol a sus espaldas. El ancho sendero que atravesaba el
recinto del zoológico estaba lleno de niños que chillaban, y Matthew asió el brazo de su padrino con actitud protectora. Fotis sonrió benévolamente ante la horda que zigzagueaba, deleitándose con la energía juvenil de aquellos muchachos, incluso cuando un niño chocó contra él. Vieron a unas focas en su isla rocosa, y atisbaron un oso polar saltando despreocupadamente en su laguna.
–¿Ya has acordado el precio de la casa? – preguntó Matthew.
Fotis le había hablado de una vivienda de Armonk que se disponía a comprar, y un día, mientras paseaban; Matthew y Robin, que habían pasado su infancia en ese lugar, buscaron por toda la ciudad hasta dar con ella. Eso había sucedido hacía unas pocas semanas, días antes de que ella decidiera poner fin a su relación.
–La casa. – Fotis parecía sorprendido-. No recuerdo haberte mencionado ese tema. No, al final decidí no comprarla. Era muy cara.
Era un dato curioso. Su padrino parecía estar entusiasmado con la idea de comprar aquella casa cuando hablaron de ello, y Matthew tuvo la impresión de que el acuerdo ya estaba prácticamente cerrado. Otro de los pequeños misterios del anciano. Entretanto, se dio cuenta de que dependía de él sacar el tema que ocupaba la mente de ambos.
–Ayer fui a ver el icono de Kessler.
–Cuéntame.
–Es maravilloso. Quiero decir que está muy deteriorado, pero hay algo muy poderoso en él. Muy conmovedor.
–Entonces, ¿dirías que su valor es más de tipo espiritual que artístico?
–No necesariamente. ¿Para quién sería valioso?
–Precisamente. – El anciano hizo una pausa antes de tomar una larga pendiente del sendero-. ¿Recomendarás la compra de esa obra a tus superiores?
–El jefe de mi departamento tiene que verla, probablemente el director. La decisión se tomará al máximo nivel.
–Venga, hombre, ¿tú no tienes ninguna influencia?
–Soy el especialista en arte bizantino, estoy seguro de que me pedirán mi opinión. Aunque sólo sea por lo antiguo que es, deberíamos comprar el icono; además, es una magnífica obra de arte. Podría ser la joya de la corona de las nuevas galerías.
–Ciertamente.
–Pero también hay otros planes. El museo no puede comprar todo lo que debería.
–Pero te gustaría que adquirieran esa obra.
–Egoístamente, debo admitir que me gustaría tenerla en el museo, poder estudiarla cuando quiera. No tenemos muchos iconos, y ninguno como ése.
–No hay ninguno como ése, diría yo. Pero ¿estaría colgado en una pared para que todo el mundo lo viera, o encerrado en una caja de vuestro magnífico depósito con regulador de temperatura, sólo para los estudiosos?
–Confieso que eso me preocupa.
–Me lo temía. Eres un joven muy concienzudo. – Fotis asió el brazo de Matthew y reemprendió la marcha-. Ahora, cuéntame cómo es el icono.
Matthew le describió la obra mientras avanzaban por el sendero, pasaban por una pendiente cubierta de una abundante vegetación de narcisos amarillos y blancos, y atravesaban un pequeño campo de árboles frutales cargados de yemas a punto de florecer. El joven trató de hablar con un vocabulario técnico, aunque temía que sus palabras reflejaran gran parte de su respuesta emocional a la imagen. Le resultaba imposible utilizar una voz académica, mantener esa distancia profesional cuando hablaba o pensaba en aquella pieza, y todavía tenía que preguntarse a sí mismo a qué se debía esa reacción. El anciano escuchó en silencio, su rostro era neutro, hasta que se detuvieron en el paso de cebra de la calle Setenta y dos.
–Maravilloso. Me encantaría volver a ver el icono algún día.
–Estoy seguro de que podremos arreglarlo, acabe donde acabe la pieza.
Fotis lo miró con los ojos llorosos, aunque quizá esa reacción se debiera al viento.
–Sabía que tú eras la persona más indicada para observar ese icono.
–Debería darte las gracias por haber hablado con su abogado. Fue una feliz coincidencia que lo conocieras.
–Estamos apuntados en el mismo club, pero no me des las gracias.
El museo te hubiera enviado a ti de todos modos.
–Quizá la familia no habría pensado en el museo si no lo hubieras mencionado. Sea lo que sea lo que ahora ocurra, he podido ver el icono y me doy por satisfecho.
–Me han comentado que le causaste una impresión muy favorable a la señorita Kessler.
–¿Eso te dijo el abogado?
–¿Por qué tendría que ser un secreto? De hecho, es posible que esa chica quiera que vuelvas para echarle un segundo vistazo a la pieza.
Esta vez, para ella.
Matthew se encogió de hombros, incómodo.
–Eso no sería lo legal cuando el museo todavía está considerando la adquisición.
Cruzaron la carretera y empezaron a descender por el camino escarpado y serpenteante hasta el lago.
–A menos que me equivoque, es ella y no el museo quien decidirá el destino del icono.
–Por supuesto.
–Y ella necesitará ayuda para tomar esa decisión. Ya confía en ti.
–Es extraño.
–Estás suponiendo que te encontrarás en una situación contraria a tu conciencia. Hay otra forma de considerar esta cuestión. La señorita Kessler puede necesitar que le digan qué hacer.
–Creo que no te estoy entendiendo.
–No, todavía no.
No dijeron más hasta llegar al final del sendero. Fotis asió fuertemente la mano del joven, y Matthew se dio cuenta de que su padrino presentaba un rostro dolorido, un dolor físico, posiblemente bastante agudo. Se le agarrotó la barbilla y cerró los ojos. Fotis se tambaleó un momento, respirando profundamente por la nariz.
–Theio, ¿estás bien?
La ecuanimidad regresó al rostro del anciano al cabo de un momento.
–El aire es muy puro hoy, ¿verdad, muchacho?
–¿Quieres sentarte?
–Quizá durante unos minutos.
Caminaron arrastrando los pies hasta llegar a un banco que quedaba a espaldas del lago, un poco después de donde los observadores de halcones colocaban sus telescopios. Fotis se dejó caer en el asiento. Aunque Matthew estaba muy preocupado, no dijo nada más. No era la primera vez que presenciaba esos síntomas, y las preguntas sólo servirían para que el anciano se retrajera. Era su dolor, tan celosamente guardado como sus otros secretos. La superficie del lago era como un cristal oscuro, y reflejaba una versión tenebrosa de un cobertizo de ladrillo situado en la otra orilla. Detrás, unos árboles altos y moteados de verde lima se alzaban hasta más allá del nivel de la calle que quedaba a sus espaldas. Por encima de los árboles se veían las torres cuadradas de piedra de la Quinta Avenida, bañadas en una luz amarillenta.
–¿Quieres que vaya a buscarte algo? – preguntó Matthew. Fotis negó con un gesto de la mano.
–El destino es algo muy peculiar -dijo-. Creemos que tenemos control sobre nuestra vida, pero siempre ocurren sucesos que nos conducen hacia una cierta dirección. ¿No crees que es así? Podemos resistirnos, podemos continuar creyendo que seguimos teniendo ese control. O podemos tratar de dilucidar qué quiere el destino de nosotros, y ayudar a crearlo.
–No creo demasiado en el destino.
–Eso es porque eres joven. Uno debe creer en su propio poder a esa edad. Sin embargo, en otra época, los jóvenes pedían consejo a las personas mayores. Se creía que los ancianos tenían cierta sabiduría por su experiencia. Pero eso ya no es así. Matthew aceptó el comentario y guardó silencio.
–Hoy has dicho algunas cosas interesantes -prosiguió Fotis-. Es posible que tu subconsciente ya perciba un dilema que tu mente consciente todavía no ha captado, porque no tienes una opción ante ti…
Hace unos días, un alto cargo de la Iglesia griega se puso en contacto conmigo para hablar acerca del icono. Están decididos a recuperar la obra, y quieren que los ayude.
Una oleada de inquietud se apoderó del joven. Estaba sentado en el borde del banco, y se mostraba incrédulo y a la vez sorprendido por la extraña sensación de que ya esperaba algo así.
–¿La Iglesia contactó contigo? ¿Cómo se enteraron de lo del icono?
–Poseen muchos recursos, y yo tengo muchos amigos en ella.
Consideran muy importante recuperar obras de arte robadas, especialmente las que tienen algún significado y poder religioso. No era un secreto que Kessler tenía el icono.
–Pero es una conjetura tuya que fue robado.
–No -replicó en seguida el anciano; luego pareció reprimirse-. Debes de haber visto documentos del abogado. ¿Qué dicen acerca de su procedencia?
–Se corresponde más o menos con la obra de la que tú y yo hemos hablado.
–La Virgen de Katarini.
–No emplean ese nombre, pero es una correspondencia obvia. Se desconoce el origen preiconoclasta. Pasó los últimos siglos en una iglesia de Epiro.
–¿Y cómo acabó en manos de Kessler?
–Alegó haberla comprado a un hombre de negocios, un compatriota suizo.
–De modo que ese tipo es el ladrón. O alguien antes de él. En cualquier caso, ¿qué importa? En un momento u otro la robaron. ¿Qué griego habría querido llevársela?
–Tal vez uno que necesitaba dinero después de la guerra.
–Fue robada durante la guerra, de eso estoy seguro. Los alemanes se la llevaron cuando se retiraron.
«Ahora hemos llegado al quid de la cuestión», pensó Matthew. Su padrino había estado insinuando algo durante semanas.
–¿Cómo lo sabes?
Fotis suspiró, mientras se frotaba las manos sobre sus pantalones de rayas.
–Muy bien. Ya te dije que había visto el icono.
–Sí. Así es como empezamos a hablar de él.
–No te lo he contado todo. Lo vi durante la guerra, en esa iglesia del pueblo de tu abuelo. Fue tu Papou, en realidad, quien organizó mi visita. Jamás he olvidado ese momento. En menos de una hora quedé totalmente prendado de su belleza, del poder que emanaba de su interior. Ya sabes que luché con las guerrillas. Me encargaba de la
resistencia de esa zona y envié a un hombre para que cogiera el icono de esa iglesia, antes de que los alemanes la asaltaran o quemaran el lugar sin saber qué era. Quemaron muchas aldeas, con iglesias incluidas.
El anciano se detuvo, perdido en una visión de casas en llamas.
Matthew miró a los hombres que estaban observando las aves. Percibió que aquella historia acabaría por inquietarlo, y no sólo porque el museo nunca tocaría obras robadas. Recibiría información, que tenía muchas ganas de obtener, a cambio de su neutralidad. Cada palabra le revelaba algo más sobre lo que su padrino tenía planeado. ¿Cómo podría resistirse a ello? Esos ancianos revelaban sus secretos con cuentagotas.
–¿Qué ocurrió?
–En efecto, ¿qué? Todavía no estoy seguro. El hombre a quien envié era mi mejor amigo. To Fithee, lo llamábamos. Todos nos llamábamos por nombres distintos, así los alemanes no obtendrían información sobre nuestros hermanos o nuestras familias. Ahora debe de sonarte absurdo.
–To Fithee. La Serpiente.
–La Culebra, si lo prefieres, porque era un tipo muy hábil para entrar y salir de los edificios, aparte de otras razones. Tenía sus propias ideas sobre cómo hacer bien las cosas, pero yo confiaba en él.
–Y le salió mal.
–No, le salió bien. Demasiado bien. Era mucho más consciente del valor del icono que yo, y decidió hacerse con él a cualquier precio. –
Fotis se humedeció los labios con la lengua-. Mató a un sacerdote.
Matthew se reclinó en el banco. Las cosas iban poniéndose cada vez más feas.
–¿Por qué?
–Hablo demasiado rápido. No estoy del todo seguro de que lo hiciera. El sacerdote intervino de algún modo u otro, y murió.
–¿Qué le ocurrió al icono?
–La iglesia fue pasto de las llamas, creo que fue obra de los alemanes, aunque también es posible que fuera cosa de nuestro hombre. En aquella época, di por sentado que el icono se había
quemado. Pero después descubrí que la Serpiente lo había entregado a un oficial alemán.
–¿Entregado?
–Vendido, a cambio de pistolas y munición para combatir a los comunistas. Cuando nos enteramos de que los alemanes habían perdido, eso se convirtió en la prioridad. Como ves, ese hombre no era un ladrón, sino un patriota. Por lo que sé, cumplía órdenes de algún superior mío.
Matthew golpeó un pie contra el otro para entrar en calor, así como para aplacar su agitación. El icono se había echado a perder, como si le hubieran arrojado sangre sobre su superficie.
Ya no sería capaz de volver a verlo como antes. Fotis pareció leer sus pensamientos.
–A lo largo de los años, muchas personas han matado por esa obra, y a otras simplemente les gusta. No debería sorprenderte, muchacho.
¿O te sorprende el hecho de hallar sangre en las manos de tu padrino?
–Tú no lo enviaste a matar al sacerdote.
–No, pero yo le daba órdenes, creo que lo controlaba. Él tenía su propio juego; todo el mundo lo tenía. Es una historia triste. Me aflige inquietarte. Sé que te gustaría ver esa obra de un modo puramente artístico, pero como eres una especie de historiador, creí que deberías saberlo.
–Esto no era una clase de historia. Hablabas sobre la Iglesia griega,
¿recuerdas?
–Claro. Sólo quería decirte eso. Hemos hablado de la poca importancia que tendría la obra en tu museo. Ya sabes, o deberías saber, el valor que tenía el icono, no sólo como objeto de culto, sino como objeto de sanación en la historia antigua del país. Para mí, ésa es una razón suficiente para devolverla allí. De lo contrario, bueno, te quedarás con mi triste historia de su robo, y su coste en sangre.
Después de eso, ¿puede quedar alguna duda de cuál es la opción correcta?
–De modo que quieres que le diga a la señorita Kessler que done la obra a la Iglesia griega.
Fotis abrió mucho los ojos.
–Ya veo; tienes miedo de defraudarla. No, la Iglesia está bastante dispuesta a pagar. Evidentemente, podrían recuperar la obra después de un juicio, pero demostrar el hurto y localizar el sinuoso sendero de su propiedad podría costar años. Además, pagar a los abogados saldría igual de caro que comprar la pieza. Le harán una oferta a la chica, quizá no la cantidad que ella desee, pero será una oferta justa, de eso no tengo la menor idea. Y ella es rica, así que yo no me preocuparía demasiado por ello.
–Pero quieres que la convenza.
–Que la aconsejes, que le digas tu sincera opinión sobre este asunto.
El resto vendrá solo.
Matthew se levantó lentamente, resistiéndose al impulso de maldecir, patear el banco y marcharse. En vez de eso, se quedó de pie junto al encogido anciano.
–¿Qué estás tramando?
–¿Qué tengo que ver yo en todo eso, muchacho? La situación es ésta. El destino elige sus propias armas.
«Armas, no herramientas», pensó Matthew. Trató de pensar en sí mismo como en una arma del destino. Menuda broma. – El destino no me metió en esto, sino tú.
–¿Acaso no soy yo también un instrumento? Estabas destinado a involucrarte en ello.
–Eso es una simple excusa para justificar lo que te dé la gana,
¿verdad? Eso debe de facilitarte mucho la vida.
En realidad, la vida de Fotis no había sido nada fácil, y Matthew no esperaba comprender ni socavar la filosofía de su padrino. Sin embargo, éste parecía impasible, sereno; irritantemente sereno.
–A eso se le llama fe, y está disponible para todo el mundo. No tienes que ser el hijo de tu padre.
–¿Qué diablos significa eso?
–Nada, chaval. Ha sido una estupidez. Lo siento.
Ambos habían dicho cosas que no querían decir, por eso ahora permanecieron en silencio. Matthew caminó hasta la orilla del lago. El agua era cristalina, fresca como en la primavera, sin hojas secas ni suciedad. Pudo ver el escalón gastado de cemento, y luego más allá.
Aquél era el patio trasero de Matthew, toda aquella sección del parque
que quedaba al sur del museo hasta la calle Setenta y dos, el lugar al que acudía para relajarse, para asimilar una pérdida, para aclararse las ideas. Era el mismo lugar que habría elegido para contemplar la inquietante revelación que se abría ante sí. Allí estaba, y no sentía ningún tipo de alivio. Observó el agua tranquila y la vibrante luz primaveral, olió la tierra mojada sin emocionarse, sin sentir ninguna reacción. Parecía haberse levantado una pantalla invisible entre él y el mundo. Le hubiera gustado echarle la culpa a la conversación que había mantenido con Fotis, pero eso no era justo. ¿Acaso esa sensación no lo había acompañado desde hacía dos días, aunque sólo ahora se cristalizaba? ¿No podía situarla casi en el preciso instante en que se había quedado delante del icono, con aquellos ojos negros que lo apresaron, las palabras de Ana Kessler y el aliento de la joven en su oreja? Y desde entonces, el trabajo, la conversación, las tareas necesarias de la vida zumbaban como una larga y triste interrupción, hasta que pudo pensar una vez más en el icono, hablar de él, verlo.
Volvió sobre sus pasos hasta donde se encontraba Fotis. El anciano parecía divagar muy lejos en sus pensamientos, hasta que Matthew se dispuso a sentarse.
–No, es hora de volver a caminar. Ya te he entretenido demasiado.
Ayúdame a levantarme.
Siguieron en dirección norte por el estrecho sendero hasta llegar al puente que quedaba debajo de Cedar Hill, cómodos una vez más por lo que traslucían sus acciones, aunque no sus pensamientos. Matthew esperaba otro asalto, pero su compañero permaneció en silencio y centrado en sí mismo. Trataba de aguantar otro dolor, tal vez, o concentraba su energía para acabar el paseo. Unas franjas de luz pegadas al techo iluminaban el corto túnel. Un montón de ropa colocada contra la pared resultó ser, cuando miraron de cerca, un hombre sin hogar que dormía o estaba muerto.
–Si la Iglesia se hiciera con el icono -preguntó Matthew, ensimismado en sus pensamientos-, ¿dónde lo colocarían?
–No hemos hablado de estos detalles. No puedo preguntarles ese tipo de cosas hasta que no pueda ayudarlos si la respuesta es afirmativa. Y no puedo prestarles mi ayuda sin ti. Así que dime qué respuesta te haría feliz.
–Sólo quiero asegurarme de que no va a acabar en una caja fuerte, o en la pared de algún obispo. Me gustaría que el icono estuviera en algún lugar donde el público pudiera contemplarlo.
–Pues entonces, ésa será una de las condiciones que pondremos a nuestra implicación.
–No entiendo cómo podremos establecer condiciones. No pienso involucrar a la señorita Kessler.
–Pero ¿si ella te pide consejo, se lo darás? – Tengo que pensar en todo esto.
–Eso es inteligente por tu parte.
Varios perros jugueteaban con sus amos en la amplia colina en pendiente que quedaba encima de ellos. Hacia el norte, pasada una arboleda y la calle transversal Setenta y nueve, se erigía la enorme pared sur de cemento y cristal del museo. Un sendero cruzaba el camino por el que andaban, discurría hasta Cedar Hill a su izquierda y hasta la Quinta Avenida por la derecha. Fotis quería tomar ese sendero hasta donde su conductor (uno de los rusos, Anton o Nicholas) esperaba en la avenida. Obedeciendo a una norma tácita, Matthew nunca lo acompañaba hasta el coche, pero sí se quedó para asegurarse de que cruzaba la calle.
–Te dejaré para que hagas tu trabajo. – Fotis tomó las dos manos del joven entre las suyas-. No permitas que tus pensamientos te atosiguen. Te llegará la decisión correcta si tu mente está serena. Dios te guarde, hijo mío.
–Cuídate, Theio.
Matthew notó un apretón de dedos y el anciano partió, lentamente pero con confianza, sin mirar atrás. El joven se quedó parado en aquella pequeña intersección hasta mucho después de perderlo de vista.
Jan dejó la guía abierta por la sección de Central Park; la colocó boca abajo sobre el banco y esperó a que el anciano pasara. El joven todavía seguía allí, a unos cincuenta metros de distancia, mirando en su misma dirección. Era poco probable que advirtiera algo, pensó Jan, simplemente se aseguraba de que su padrino llegara sano y salvo al coche. Acercó la mano a su bolsillo y rodeó el frío objeto metálico con ella; luego lo sacó con cuidado. Un disparo bastaría, pero dos o tres eran el protocolo que debía seguir; un disparo en la base del cráneo y
entre los hombros. Así era, siempre que ese objeto fuera una pistola y no un teléfono móvil.
Sin duda alguna, el lugar era horroroso, porque había muchas personas y ninguna posibilidad de cobertura. Uno de los tres túneles cortos por los que habían pasado sería una buena opción, especialmente en un día lluvioso o gris, una apuesta segura en Nueva York durante el mes de abril. Pero también tendría que cargarse al joven. Lo mejor sería disparar durante el trayecto entre el coche y la casa de Queens. Bueno, siempre era mejor tener varias opciones.
Podría informar a Del Carros de que no habría ningún problema. El traficante supondría que estaba siendo despreocupado, después de haberle dicho que el griego era un objetivo difícil, pero en realidad Jan había anticipado pocos problemas, incluso en presencia de aquellos guardaespaldas rusos. No le importaría añadirlos a la lista; odiaba a los rusos.
Ningún mensaje. Guardó el teléfono y cogió de nuevo la guía. Más de trescientas especies de aves se observaban todos los años en el parque, incluida la garza verde y la tángara escarlata. Sorprendente.
Jan movió la cabeza, asombrado ante el mundo natural.
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