El icono sagrado

Neil Olson · Capítulo 20 de 27

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El icono sagrado

Capítulo 19

No era una buena idea, se dijo Ana. Lo pensó desde el momento en que el hombre con quien hablaba por teléfono sugirió un lugar, pero sólo ahora, mientras permanecía de pie en la nave oscura y cavernosa de la catedral, se percataba de lo estúpida que había sido. Esos marchantes clandestinos eran una panda de excéntricos, siempre preocupados por encontrar lugares seguros donde reunirse. Su abuelo había tratado con varios de ellos, quizá incluso con el que ella había quedado. Por este motivo había acudido a la cita, aunque no harían ningún intercambio de mercancías. No era necesario tanto secreto, ni reunirse en ese escenario aislado y gótico. ¿No hubiera bastado reunirse en una cafetería?

La catedral de San Juan el Divino era un desorden encantador.

Nadie esperaba encontrarse con la mayor iglesia cristiana del mundo, a excepción de la basílica de San Pedro, en el Vaticano, sobre Morningside Heights, entre Harlem y el río Hudson. Al más puro estilo medieval, la obra se había construido a lo largo de todo un siglo, y todavía no se había terminado, probablemente nunca lo estaría. Ana no podía imaginarse aquellas torres cuadradas superando en altura a Notre Dame, aunque lo que se había edificado hasta el momento era extraordinario. Siempre daba la vuelta a la manzana para entrar desde la cara oeste. Subía la colina desde Riverside Park, a la altura de la calle Ciento doce, entonces la enorme y amenazadora fachada ocupaba todo el campo de visión, mientras la luz del sol incidía en el rosetón de quince metros y en cada curva y adorno, de modo que las hileras de enormes figuras de santos parecían miniaturas en comparación con el conjunto de la obra. Podría tratarse, como alegaban muchas personas sensatas, de una pérdida de dinero, pero Ana entendía el impulso de crear a tan gran escala, de impresionar al ojo, de tocar el alma con majestuosidad. Era un sustituto de la espiritualidad en estado puro que poca gente podía sentir con cierta regularidad. Esas obras se construían para personas como ella.

La ancha y vacía nave era lo suficientemente amplia como para albergar a un ejército, puesto que los pasillos quedaban iluminados por varios metros de vidrieras de colores. Tal como habían acordado, Ana

se dirigió hacia la parte delantera del Holocaust Memorial, un monumento plano y esquelético que se elevaba sobre el terreno. Era una figura poderosa, pero al mismo tiempo, fantasmagórica, y al cabo de unos minutos, Ana sintió un poco de vergüenza por permanecer tanto tiempo allí, como si Del Carros quisiera sugerir la parte más oscura del pasado de su abuelo. Era un lugar frío, y Ana se sentía sola; más de lo que lo había estado nunca, y eso era mucho. La iglesia vacía hacía de eco y servía para intensificar el vacío que habitaba en su interior. En realidad, había otras personas en el templo, pero la enormidad de la catedral parecía engullirlas. Sólo vio unas diminutas figuras a lo lejos.

Una de esas figuras caminaba hacia ella, en dirección al altar. Era alto, o aparentaba serlo debido a su delgadez, tenía el pelo corto y rubio, y llevaba unas gafas que dejaban entrever sus ojos azules y transparentes. Facciones suaves y una sonrisa cautivadora que no abandonó su rostro desde el momento en que vio a Ana y se plantó ante ella.

–Señorita Kessler. – Correcto.

–Jan Klee. – El hombre extendió su mano. Fue un apretón suave, europeo-. Trabajo con el señor Del Carros. La está esperando. ¿Podría venir conmigo, por favor?

Ana lo siguió, tratando de adivinar su procedencia por el acento.

«Debe de ser holandés, con ese nombre.» Caminaba de un modo informal, aunque avanzaba más de prisa de lo que parecía. Ana tuvo que apretar el paso.

–Espero que no haya tenido que esperar mucho. Creo que he llegado a tiempo…

–Ha sido usted puntual, no se preocupe. El señor Del Carros siempre llega antes de tiempo, y es muy paciente.

–Qué bien. Yo siempre llego tarde, y soy impaciente. Jan rió afablemente.

–Yo también soy así. La paciencia llega con la edad, o al menos eso es lo que dicen. Aunque también es posible que ocurra al revés.

–¿Qué hace para el señor Del Carros?

–Muchas cosas. Básicamente lo ayudo a moverse. Es bastante mayor, como ya debe de saber.

–Por supuesto.

Pasaron por una bóveda de crucería muy ancha, donde se erigía la inmensa cúpula del templo. Era de color óxido y de escasa ornamentación. Los dos se detuvieron para contemplar la construcción.

–Cuarenta y ocho metros desde el suelo hasta la cúpula… -dijo Jan.

–¡Vaya! – exclamó Ana con un tono de voz algo ingenuo-. No lo hubiera dicho. Debe de saber mucho acerca de este lugar.

–No, sólo he leído el folleto. – El hombre reemprendió la marcha. A Ana estaba empezando a gustarle aquel tipo. Parecía que Del Carros tenía un asistente muy estudioso, y manejaba la situación con total normalidad.

El nombre la había atormentado desde el mismo momento en que Emil Rosenthal lo hubo pronunciado, y lo cierto es que había estado pensando mucho en ello. Su abuelo no escribía un diario, al menos que ella supiera, pero tenía enormes calendarios, unos volúmenes encuadernados en piel donde anotaba mucha información. Había encontrado la larga tira de libros negros poco después de la muerte de Kessler en una estantería de su despacho. Había cincuenta, todos ellos numerados y fechados. Ana tenía intención de echarles un vistazo, pero no había tenido tiempo de hacerlo hasta el día anterior. Sin pensarlo, consultó el año 1984, y al instante encontró lo que estaba buscando. El día 16 de junio estaba rodeado con un círculo, y en él constaban las horas de salida y de llegada de un vuelo de Pan Am con destino a Caracas; un avión que el abuelo de Ana nunca tomó debido a su enfermedad. Al final viajó su padre, con su avión privado, y al parecer se reunió con un tipo llamado Roberto del Karos, según indicaba el cuaderno. Al cabo de dos días, el avión de su padre chocó contra unas montañas. Los nombres se parecían, pero ¿se referían al mismo hombre? ¿Sería un apellido bastante común?

Subieron unos cuantos escalones hasta el pasillo sur, parte del conducto semicircular que rodeaba el coro y el altar, y se abría en siete capillas. Jan se detuvo delante de una entrada que había en la pared de piedra, a mano derecha. A diferencia de las que estaban más adelante, que quedaban protegidas con unas contrapuertas de hierro, la capilla de San Jaime quedaba oculta. Ana miró a Jan, y aunque encontró algo desafiante en su sonrisa, vio una desesperante falta de brillo en sus ojos

que sólo era visible a poca distancia, ya que en esos momentos se hallaban muy cerca el uno del otro. Ana respiraba de prisa y su pulso retumbaba en el cuello. Era una situación ridícula, sabía que no debía tener miedo, puesto que el coleccionista sólo estaba siendo precavido.

–Aquí dentro -indicó amablemente Jan.

Ana atravesó la arcada. La capilla era engañosamente espaciosa, lo suficientemente grande como para ser una pequeña iglesia, parca en adornos, salvo por las ventanas, muy decoradas, y el altar de piedra tallada en el que cuatro santos flanqueaban una cruz. Un anciano de hombros encogidos estaba sentado en un banco de un pasillo; iba vestido con una gabardina negra y sobre su regazo había un sombrero gris. Tenía el rostro redondo, una mata de cabello canoso y los ojos azules y acuosos. En ningún momento apartó la mirada del altar, ni siquiera cuando Ana se sentó a su lado, dejando un asiento de separación entre ambos. Jan había desaparecido.

–Gracias por haber venido, querida.

El hombre se volvió hacia Ana; una tímida mirada antes de bajar la vista.

–Gracias. Eso fue idea mía.

–Pero no estamos donde habíamos quedado.

–No pasa nada. Me encanta este lugar.

–¿Ah, sí? – El hombre sonrió maliciosamente-. A mucha gente le gusta. ¿Le sorprende?

–En absoluto. Conozco un poco los problemas que sufren los coleccionistas.

–Claro, usted también lo es. ¿Hace las veces de marchante? ¿Se lo habría dicho ella? Quizá hubiera sido Rosenthal, porque tampoco era un secreto.

–Soy una aficionada en los dos campos.

–Pero su abuelo era un gran coleccionista.

–Ya conocía a mi abuelo.

–No del todo. Hicimos negocios hace mucho tiempo.

–¿Sería una grosería preguntarle de qué negocios se trataba?

–No es ninguna grosería. – El anciano volvió a bajar la vis ta, acomodando su sombrero sobre su regazo con sus manos largas y marchitas-. Pero los negocios son muy aburridos, especialmente los

antiguos, y además ya no recuerdo los detalles. Si no me equivoco, estamos aquí para hablar de negocios más recientes, ¿no es cierto?

¿Qué acento tenía? Ciertamente había un deje español, pero mezclado con algún otro. No parecía español. Ana se estaba distrayendo.

–¿Sabe?, estaba pensando en un negocio en concreto -repuso Ana-.

Un intercambio de información. No quiero parecer una mercenaria, pero me gustaría que esto quedara entre amigos.

–No es necesario que se disculpe. Entendí las condiciones. Iba a explicar mi disposición a pagar mucho dinero por su hermoso icono.

Iba a decirme dónde se encontraba aproximada mente. Supuse que el intercambio de recuerdos sobre su abuelo era algo complementario, típico de una conversación entre amigos. ¿Entendí bien?

Era un hombre muy seguro de sí mismo, y tenía que quitarse esa idea de la cabeza. Del Carros había planeado el encuentro mucho mejor que ella.

–Hagámoslo sencillo -continuó el anciano, mientras se inclinaba en dirección a Ana-. Cada uno hablará por turnos, hasta que ya no tengamos nada que decir. Yo empezaré. – El hombre volvió a mirar hacia el altar-. No hay una buena razón por la cual haya ofrecido tanto dinero por el icono. Es una cuestión de carácter personal. Mi padre también era coleccionista, aparte de historiador del arte. Se había especializado en arte bizantino. Había oído hablar de la Virgen de Katarini y leyó la poca bibliografía existente sobre ella. Después, entre las dos guerras, viajó a Grecia para verla. No fue fácil dar con ella. La obra había cambiado de ubicación con el paso de los años y varios pueblos alegaban tener el verdadero icono. Quizá se lo creyeran. Los griegos no son cuidadosos con la historia. Mi padre sobornó a un sacerdote y pudo ver el auténtico icono, la verdadera Virgen de Katarini. Le gustó tanto que se ofreció a comprarla. Creo que fue una oferta generosa, pero el sacerdote se negó. Los griegos no la venderían por nada del mundo.

–¿Cómo se llamaba su padre?

–William. Sería William en inglés. Años después, yo fui a ver el icono. También trataba de ser coleccionista, aunque tenía que hacer otras cosas para ganarme la vida. Mi familia no era rica, a pesar de los

gastos artísticos en los que incurría mi padre. Me enamoré de esa obra.

Era… bueno, no es necesario que se la describa, ha tenido muchos años para admirarla. La envidio por ello.

–Al parecer, el icono no me afecta tanto como a otras personas. Tal vez no he pasado mucho tiempo observándolo de cerca.

–Es posible, pero el efecto suele ser inmediato, al menos en mi experiencia. ¿Puedo preguntarle si cree que Jesucristo es su salvador?

–Dios mío, menuda pregunta. Para ser sincera, no estoy segura de creerlo. ¿Es eso necesario para apreciar adecuadamente la obra?

–No estamos hablando de apreciación, sino de algo mucho más profundo. La capacidad del icono de conmover, ¿comprende? De sanar, de aliviar, incluso de enseñar. ¿La creencia es necesaria?

Probablemente, no. No como requisito indispensable, pero entonces es poco probable que alguien sienta esas caricias del espíritu y no se conmueva.

Por la forma de explicarse, Del Carros parecía un maestro de escuela. Sus palabras no escondían un fervor religioso, aunque al final delataban cierta admiración silenciada. Ana se sentía ajena a todo, aislada, sentía que le habían denegado algo a lo que todos esos hombres podían acceder.

–¿Cree realmente en todo esto?

–Yo creo en mi propia experiencia. No soy un hombre dado a las fantasías, se lo aseguro. Mi vida no ha sido fácil. He presenciado mucha crueldad, y tampoco estoy exento de muchos pecados. No estoy exento de muchos pecados -repitió, como si hubiera oído esa frase por primera vez. Sus manos apretaban violentamente su arrugado sombrero. Había perdido un poco la compostura-. En cierto modo, esta creencia es una carga para mí, pero no puedo huir de ella. Durante el breve período de tiempo en el que contemplé el icono, sentí una serenidad y un amor que siempre han perdurado en mí. Deseo volver a sentir esa sensación. Por eso hice esa oferta.

Había revelado más de lo que pretendía, eso era evidente, y sus palabras revestían una triste verdad. Ella creía en las razones de aquel hombre, aunque se había dejado mucho en el tintero.

–¿Sabe cómo llegó el icono a manos de mi abuelo? El hombre esbozó una triste sonrisa.

–Está ansiosa por conocer el pasado… Yo, en cambio, me intereso por el futuro. Le toca hablar a usted.

Él le diría lo que ella quería si dejaba que siguiera hablando.

¿Cuánta verdad le debía Ana después de aquella confesión? ¿Cuánto sabía aquel hombre de antemano?

–Mi abuelo tenía sus propias teorías sobre el icono -dijo Ana, sin motivo alguno-. Pensaba que era más antiguo de lo que todo el mundo decía, y que fue creado en Constantinopla en el siglo cuatro o cinco.

Incluso que santa Helena lo encargó.

–¿De verdad?

Ana había esperado burlas ante un comentario como ése, pero sus palabras parecieron inquietar al anciano. Sus ojos acuosos la miraban fijamente. Habían perdido su timidez, y Del Carros parecía más tranquilo.

–Supongo que es ridículo -añadió Ana rápidamente-. Me refiero a que todas las obras tan antiguas fueron destruidas, ¿no es cierto? Por los incendios, los iconoclastas, los turcos o quienquiera que fuese.

–Sin duda alguna. Pero me pregunto cómo llegó a esa teoría. ¿Lo sabe?

–En realidad, no. Supongo que debió de leerlo en alguna parte.

Quizá encontró una pista en la obra en sí.

–Ya veo. – El lenguaje corporal del hombre denotaba una increíble agitación, aunque su voz seguía siendo sosegada-. ¿Los expertos han examinado la obra?

–Que yo sepa, no. Mi abuelo no quería. Unos cuantos amigos suyos vieron el icono, y es posible que alguno de ellos fuera historiador del arte.

–Pero nunca se llevó a cabo un análisis exhaustivo, ni pruebas de pintura, ni de los marcos, etcétera.

–No, de eso estoy segura.

–Me alegra saberlo. Como bien sabe, esas personas no guardan ningún respeto por el arte sagrado. A veces, incluso causan daño a las obras mientras las examinan. Me imagino que su experto, el señor Spear, fue cuidadoso con la obra.

Una vez más, la implicación de Matthew no era ningún secreto, pero el hecho de que Del Carros pronunciara su nombre causó en Ana

cierta incomodidad. Al parecer, no había nada en aquel encuentro que no le pareciera inquietante.

–Fue muy cuidadoso. Sólo miró la obra.

–¿Y qué valoración ha hecho?

«Eso no es asunto suyo», quiso decir Ana, pero se contuvo. Tenía que sacarle más información. Le fastidiaba no poder averiguar qué buscaba ese hombre. Ella ya no tenía el icono, de modo que toda la información sobre esa pieza carecía de importancia para ella. A menos que él pensara que cierta información era valiosa, o amenazadora, al margen de la cuestión de su propiedad.

–El señor Spear trabaja para el Metropolitan, no para mí.

Confirmó que la obra es antigua, posiblemente de la época del grupo de Santa Catalina. Eso fue todo.

–Pero él tiene un interés personal en la recuperación de esa obra,

¿verdad?

–Tendría que hablar con él.

–Muy bien. Vayamos al grano. ¿Dónde está el icono, señorita Kessler?

–Yo nunca he dicho que supiera exactamente su paradero.

–Ésa es su respuesta educada, supongo. Lo que ha venido a decirme.

Ana miró hacia el altar, procesando los hechos dispersos que se almacenaban en su mente para pensar en una respuesta que pudiera satisfacerlo de algún modo.

–Hay un hombre llamado Dragoumis. Es un empresario que hizo de intermediario para la Iglesia, o al menos eso dijo. – Sé quién es.

–La policía cree que podría haber robado el icono para quedárselo.

La mafia rusa también estaría implicada. Utilizó a la Iglesia para obtener un buen precio, y luego lo robó para no tener que entregar la pieza.

El hombre asintió lentamente, pero con cierto desagrado. – Eso lo sabe cualquiera que lea los periódicos con atención. Aunque le agradezco que me confirme la información. ¿Algo más?

–Es posible que el icono esté en Grecia.

–¿Por qué lo supone?

–¿Para qué, si no, iba a viajar Dragoumis allí?

–Puedo pensar en varios motivos. Entiendo, así pues, que no tiene información fiable sobre si el icono está en Grecia o no.

Ana estaba muy orgullosa de su mente rápida. En ese momento, podía desenterrar numerosos datos que respaldaran su afirmación, pero también estaba segura de que Del Carros los conocería.

Permaneció en silencio. El hombre asintió una vez más y se recostó en su silla dura de madera, al parecer menos decepcionado con ella que con el mundo en general. Los dos miraron hacia adelante. Un visitante fornido y barbudo entró en la capilla desde la puerta del fondo y empezó a observar atentamente el altar.

–Dígame, señorita Kessler -preguntó finalmente Del Carros-, ¿a qué se debe su interés por la obra? Ya recibió una cuantiosa suma de dinero por ella.

–No estoy interesada en el icono.

–Me resulta difícil de creer. ¿Será que le ha costado separarse de él más de lo que había previsto?

–No se lo puede creer porque está usted obsesionado y piensa que los demás también lo estamos. Es una reacción egocéntrica y lamento tener que decírselo. – Las palabras de Ana te nían más intención de lo que había previsto. Había que andarse con cuidado-. Es cierto que no me importa el icono. Sólo estoy aquí porque espero averiguar más cosas sobre mi abuelo. Supongo que debería habérselo dicho desde el principio.

–Pues entonces, los dos estamos decepcionados -replicó con empatía Del Carros-. Lamentablemente, ahora carezco de todo incentivo para hablarle de este tema. Aunque tampoco puedo decirle mucho al respecto. Debo disculparme una vez más por molestarla.

La estaba despidiendo. Así, sin prolegómenos. Siempre le pasaba lo mismo cuando presionaba mucho, cuando hacía preguntas espinosas.

Hombres… Su padre, su abuelo, Wallace, su miserable ex, Paul…

Incluso Matthew. Si los presionabas, se colapsaban, se cerraban en banda, te echaban para preservar sus valiosos misterios.

–Creo que está siendo un poco injusto -le recriminó Ana, tratando de controlar su indignación.

–¿Ah, sí? – El hombre parecía divertirse.

–He intentado ser franca con usted. Y no me ha dicho nada útil. No tengo la información que me pide, pero creo que, si compartimos nuestras ideas, podríamos ayudarnos mutuamente.

–De modo que soy egocéntrico e injusto. – Del Carros no hizo caso de la salida de tono de Ana-. ¿Alguna otra cosa más?

–De acuerdo. No está siendo honesto conmigo.

–Y también un mentiroso.

–No me atribuya palabras que yo no he dicho.

–¿Por qué cree que he sido deshonesto con usted?

–Me da pistas sobre mi abuelo, luego me dice que no sabe nada, pero después omite información de lo que cuenta.

–¿Y eso es ser deshonesto? En mi negocio, a eso lo llamamos ser prudente. Y usted también lo ha sido, aunque ahora está siendo bastante descuidada.

–¿Cuándo viajó a Grecia para ver el icono?

–¿Qué importancia tiene eso?

–¿Quizá fue durante la guerra? ¿Llegó sin que nadie lo invitara?

¿O tal vez quería algo más, aparte de contemplar el icono?

Del Carros ya no parecía divertirse, y Ana sabía que había ido demasiado lejos, lo supo mientras pronunciaba esa última frase. Era muy mala con los juegos. Era rápida captando las intenciones de los demás, pero al mismo tiempo era impaciente.

–Alguien ha estado contándole historias -dijo lentamente el hombre, mientras contemplaba a Ana.

–No. Es lo que pienso. – Había oído decir que pensar demasiado era malo, pero que hablar mucho de lo que piensas es peor-. ¿Por qué no es sincero conmigo?

–Dígame qué le han contado y yo llenaré los huecos.

–No me han contado nada. Ése es el problema, ¿entiende? Seguiré recibiendo información incorrecta hasta que alguien me diga la verdad.

Mientras tanto, Dios sabe con qué me encontraré.

Ana había tocado la fibra de Del Carros. Él se sentía amenazado por ella, lo cual era arriesgado, porque Ana no tenía que abusar de esa situación. Al final, la joven se quedó sin cartas.

–¿Cree que fui un especulador en tiempos de guerra, verdad?

Porque hice negocios con su abuelo. – Del Carros bajó el tono de voz

mientras el hombre barbudo se acercaba a ellos, pero su susurro era seco y desagradable al oído-. Hacer negocios con un ladrón no te convierte en un canalla. Éramos hombres muy distintos, se lo aseguro.

–¿Está llamando ladrón a mi abuelo?

–Ya le he dicho que mis pecados eran horribles, pero al menos sé lo que son. Yo fui franco en mis acciones, y creía ciertas cosas, que luego resultaron ser correctas o incorrectas. Su abuelo no creía en nada, no tenía escrúpulos, y jugaba a todas bandas. Y todo ello, desde su cómoda postura de neutralidad.

–Pare. – Una cosa era tener tus propias sospechas, y otra muy distinta que atacaran lo que es tuyo-. No he venido aquí para escuchar insultos hacia mi familia.

–¿Ah, no? – El hombre parecía querer hurgar en ese tema. Su rostro redondo y arrugado se ruborizó-. ¿No había venido para sacar información sobre su abuelo? Me ha pedido que le hablara de ello.

¿Qué pensaba escuchar? ¿Le sorprende la opinión que tengo de él?

Jan apareció por la puerta del fondo y tapó al hombre barbudo que quedaba a unos diez metros por detrás.

–Sé que estuvo implicado en algunos asuntos turbios -respondió Ana-, y que tenía remordimientos al respecto. Pero creía de corazón que estaba salvando obras de arte que, de lo contrario, habrían desaparecido.

–Joven, no tiene ni idea. Los museos no aceptarían obras suyas, y tampoco las aceptarían de usted, porque saben que están manchadas.

Su legado es dinero sucio. Duerme entre tesoros robados. Lamento si soy el primero en decírselo, pero dudo que sea así.

Ana estaba profundamente conmocionada y no podía pensar con claridad. Había roto el cascarón de su abuelo, pero no había encontrado lo que quería en su interior. El hombre barbudo se encaminó hacia la puerta más cercana y Jan regresó a la del fondo.

Cuando Ana volvió a fijarse en Del Carros, su rostro recobró su placidez una vez más.

–Como sabe -comentó en un tono de voz muy distinto del anterior, que denotaba calidez y sorpresa-, ahora empiezo a creer que soy yo el tonto, y que usted es la chica lista.

–No sé a qué se refiere.

–Yo creo que sí. Es una mujer demasiado inteligente como para no saber quién era su abuelo. Me ha provocado deliberadamente, y yo he reaccionado. Y ahora, tal vez, crea que se ha enterado de algo. Pero la pregunta sigue siendo… ¿Por qué?

–No me he enterado de nada, salvo de que odia a mi abuelo.

–¿Esta información es para usted o para otra persona? Vamos, hable; no tema. Estamos intercambiando información, eso es todo, y es evidente que los dos hemos querido nadar y guardar la ropa.

Dos mujeres de mediana edad entraron en la capilla desde el acceso del fondo. Charlaban alegremente, pero su presencia no alivió demasiado el creciente pánico que sentía Ana. «No temas.» No podría haber pensado en palabras que la asustaran más.

–Creo que debo marcharme.

El hombre se acercó a ella y la asió por el brazo.

–Creo que deberíamos ir a otra parte. Necesitamos hablar en privado. Tengo intención de recompensar su inteligencia con respuestas, pero a cambio yo también le pediré algunas.

–En realidad, en breve tengo otra cita.

Del Carros la cogió suavemente del hombro. – Señorita Kessler, permítame que insista.

Ana se sobresaltó. El hombre ejerció poca fuerza en el brazo porque ella se soltó y se levantó rápidamente. Las sillas viejas hicieron ruido, y Ana salió corriendo y atravesó la cercana arcada de piedra.

Instintivamente, torció a la izquierda, hacia la parte delantera de la catedral. No había ningún peligro de que Del Carros la atrapara, pero recordó la energía y la actitud vigilante de Jan. Seguramente, allí no podía pasarle nada, con todas esas personas que visitaban el templo, aunque tampoco podía saberlo con absoluta certeza mientras caminaba lo más rápidamente posible sin correr. Descendió la escalera hasta salir a las bóvedas de crucería, pasó la zona acordonada que quedaba delante del coro y se dirigió hacia el pasillo central de la nave. A medio camino, de repente, el hombre barbudo apareció ante ella.

–Señorita Kessler -dijo-. Espere.

Ana se volvió e inmediatamente vio la entrada lateral, aunque también vio a Jan descendiendo la escalera que daba a la capilla. Le estaba pisando los talones. La joven empezó a correr. La adrenalina en

estado puro la guió hacia la salida que daba a la calle, a plena luz del día.

Una escalera metálica descendía hasta el extremo delantero de un vacío y sucio callejón sin salida entre la catedral y la sacristía. Ana giró a la derecha y se dirigió hacia la estrecha zona de aparcamiento que desembocaba en la avenida. No había nadie en la caseta de seguridad, maldita sea, sólo un joven fornido vestido con traje que estaba de pie en medio de la calle, fumando un cigarrillo y mirándola fijamente.

¿Cuántos hombres serían? Era una situación ridícula. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué razón había acudido a aquella cita, y además sola?

Una vez más, Ana giró sobre sus talones y corrió en dirección contraria. Cinco turistas asiáticos miraban extasiados uno de los asombrosos pavos reales que vagaban por los alrededores del edificio.

Había un bullicio de cámaras, y una niña pequeña gritaba de alegría.

Ana vio que no estaría segura entre aquellas personas y apretó el paso.

A mano derecha, una escalera y un camino ancho desembocaban en una calle inferior que a su vez acababa en la avenida, pero había una rotonda y podrían verla. Se arriesgó a mirar hacia atrás, e inmediatamente se sintió como una tonta. El joven fornido estaba abrazando a una mujer, y después se alejaron cogidos del brazo. El pánico la había inducido a equivocarse de camino. Al cabo de un rato, Jan surgió de la esquina de una sacristía, sonriendo y haciendo un ademán, como si fuera un amigo que la instara a esperar. Ana se detuvo, confundida. Había estado muy susceptible desde que había llegado a la cita. ¿Se habría equivocado desde el principio? ¿Se disculparía Jan por la impertinencia del anciano? ¿Habría interpretado erróneamente toda la situación? Como estaba demasiado nerviosa para razonar, permaneció donde estaba mientras Jan se acercaba a ella.

El hombre barbudo apareció detrás de Jan, y éste no sonreía ni saludaba con la mano, sino que se acercaba a ambos con una violenta energía. Ana despertó de su ensoñación y se puso de nuevo en marcha hasta el final de la calle: había unos jardines cerrados a ambos lados.

La escuela de piedra de la catedral se abría ante ella, y entre la escuela y los jardines había un estrecho camino que parecía discurrir hasta

Morningside Drive en ambas direcciones. Se dirigió hacia el camino, atravesando el pasillo que se abría entre los muros del edificio.

Al volver la esquina del edificio, Ana se dio cuenta de que había cometido un error. La zona ajardinada entre la escuela y la parte trasera de la catedral quedaba separada de la calle por una valla metálica; nunca podría atravesarla. No tendría tiempo de dar la vuelta.

Como si fuera una niña, buscó un lugar donde esconderse entre la espesa vegetación. No, eso no le serviría. Dejarse atrapar en un rincón vacío del jardín debía de ser lo que aquellos hombres querían.

Enfrentarse a ellos a campo abierto era lo mejor. Regresó corriendo por el sendero.

Jan estaba apoyado contra el muro de piedra del jardín norte, fumando. Se separó del muro cuando ella se acercó, pero no hizo ningún ademán de acercarse a la joven.

–Señorita Kessler, nos va a dejar a todos agotados. Creo que ha habido un malentendido.

Había espacio para pasar por delante de Jan, pero Ana se dio cuenta de que el holandés sería rápido. Un sombrero viejo de mujer revoloteaba por el jardín. La familia asiática se había marchado.

–¿A qué malentendido se refiere? Su jefe me amenazó. – Ana no pudo evitar que la voz le temblara ligeramente.

–¿Amenazar? – Jan parecía divertido ante la idea-. ¿Con qué, con morir de aburrimiento? Sólo quiere hablar.

–Sí, aunque sea a la fuerza. Tiene una idea equivocada y desea que yo se la confirme. Y no aceptará un no por respuesta.

–Reconozco que se ha vuelto un tipo muy difícil. Tozudo, y sus modales son horrorosos. Él y yo ya hemos hablado de ello. Lamento que la asustara. No quiero parecer frívolo, pero en realidad es un anciano inofensivo. Por favor, vuelva y hable con él. Estoy seguro de que se siente fatal.

Jan empezó a acercarse despacio a ella, y Ana comenzó a trazar un lento semicírculo alrededor del joven.

–No iré a ninguna parte con él.

–Claro que no. Pero no queremos acabar a malas con usted. Los dos caminaban en paralelo, volviendo sobre sus pasos. Ana se relajó un poco.

–Bajaré la calle. Si quiere salir hasta la acera y despedirse, bien.

–La acera bastará. Lo acercaré con el coche y podrán hablar por la ventanilla.

Las palabras de Jan se vieron interrumpidas por una enorme figura que salía del jardín y se encontraba con el holandés. Se intercambiaron unas palabras pronunciadas rápida y suave mente, luego ambos bailaron una breve danza, y Jan extendió el brazo para protegerse del otro hombre. Se oyó un fuerte golpe y el hombretón cayó de rodillas.

Ana se apartó uno o dos pasos de la escena, tratando de entender lo que pasaba. Se había producido un rápido y violento intercambio delante de sus narices y no había tenido tiempo de verlo. El barbudo se agarró el antebrazo con la mano derecha, la sangre oscura le manchaba la manga de la americana, y también le salía de entre los dedos. Sobre la acera había una enorme pistola negra, y un poco más cerca estaba Jan, que seguía de pie. Ninguno de los dos hombres se movió durante unos segundos.

–Señorita Kessler -dijo el hombre arrodillado, que no apartaba su vista del holandés-. Por favor, apártese.

Ana tuvo la sensación de que sobre sus pies llevaba piedras tan pesadas como el plomo. Trató de asimilar lo que estaba pasando. La expresión del rostro de Jan seguía siendo plácida, aunque pudo apreciar que sus ojos calculaban la distancia que lo separaba del arma, del hombre y de ella. También vio varios centímetros de cuchillo que le salían de la mano derecha, apoyada sobre su pierna.

–Se habrá dado cuenta de que este hombre me ha atacado -

intervino Jan-. Yo, simplemente, me protegí.

–Ana -interrumpió el hombre barbudo con un tono de voz que denotaba urgencia-, Matthew me ha pedido que la vigile. Haga lo que le digo: apártese de nosotros.

La joven se distanció unos metros. Tenía la impresión de que el hombre que estaba en el suelo, aunque dolorido por la herida, sólo se había arrodillado para estar más cerca de su arma caída. Los dos individuos estaban en la misma posición. Ninguno podía alcanzar la pistola sin verse expuesto al golpe del otro, y tampoco podía retirarse porque eso sería entregar el arma a su oponente. Ana buscó con la mirada a algún policía.

Luego, Jan comenzó a alejarse. No descendió el camino, sino que siguió el sendero del jardín. Tenía la mano libre apoyada sobre su pecho, como si quisiera buscar algo en su americana, aunque no lo hizo.

El otro hombre se acercó a la pistola, incluso extendió la mano para cogerla, pero tampoco hizo nada más.

–Señorita Kessler -dijo Jan-. Lamento que nuestros negocios hayan acabado de esta forma. Por favor, mantenga la mente abierta. Y tenga cuidado con ese hombre, evidentemente es peligroso. De hecho, por su seguridad, esperaré hasta que se haya marchado.

Al parecer, los dos hombres se preocupaban mucho por ella. – Creo que será mejor que se vaya, Jan. Antes de que ocurra algo peor.

–Muy bien. – Jan le sonrió-. Cuídese.

No torció a la derecha, hacia el jardín, sino que continuó por el camino y atravesó una arcada en la pared de ladrillo en la que Ana ni siquiera había reparado. Desapareció, Dios sabía adónde.

El hombre barbudo se levantó y cogió la pistola rápidamente, mirando hacia la arcada y a su alrededor. Ignoró a Ana. – Está sangrando mucho -dijo ella.

El individuo miró su manga empapada en sangre y asintió. –

Estúpido. No sabía que sería tan rápido.

–¿Trataba de matarlo?

–No, eso hubiera sido fácil, estaba totalmente centrado en usted.

Intenté inmovilizarlo, pero fue muy rápido. Por suerte, no me mató.

Por cierto, me llamo Benny. Siento todo esto.

Él apenas la miraba. Ana se dio cuenta de que debería tenerle miedo, pero no era así. No sabía si esa reacción se debía al instinto o al agotamiento emocional.

–¿Matthew lo ha enviado?

–No; fue su abuelo, en nombre de Matthew. – Supongo que el chico la quiere o algo así.

Ana estaba aturdida, y luego sintió náuseas. Sin duda alguna, el impacto de la noticia la había conmovido. Tenía ganas de sentarse en la acera y echarse a llorar.

–Deberíamos irnos -recomendó Benny-. Podemos coger un taxi en la calle Ciento diez.

–¿Adónde vamos?

–Primero al hospital. Luego a un lugar donde esté a salvo. Ha levantado usted un desafortunado interés.

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