El icono sagrado

Neil Olson · Capítulo 7 de 27

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El icono sagrado

Capítulo 6

Numerosas motas de polvo flotaban en los rayos blancos de luz que incidían sobre los montones de papel. Matthew tuvo que esforzarse para no quedar hipnotizado, para no dejar volar su imaginación con las extrañas informaciones que leía en las páginas que sostenía delante de él. Al final del pasillo, en su oficina, el piloto rojo que anunciaba nuevos mensajes parpadeaba en su teléfono: el abogado idiota de aquel posible donante de Chicago, sin duda alguna. Memorándums de Nevins, el conservador jefe, de Carol, del comité de planificación y del director, Legal, colmaban la bandeja de entrada de su correo electrónico. Pero Matthew decidió ignorar esos mensajes y refugiarse en la biblioteca del departamento con los viejos tomos que contenían los pocos fragmentos de información existente sobre el icono de Kessler.

Había buscado en Internet, pero no había encontrado nada sobre el tema, ya que era poco conocido. Tampoco había ninguna fuente fidedigna de arte bizantino, ningún modo de localizar el lugar y la fecha de su creación. Las únicas pistas se hallaban en la imagen propiamente dicha. La base de la obra estaba tan deteriorada que Matthew no pudo discernir si en su día había habido alguna representación del Niño Jesús en aquel espacio, hacia el que se dirigían las manos resquebrajadas de María. Este dato habría servido para catalogarla dentro del estilo hodegetria («la dama que muestra el camino»), una de las tradiciones icónicas más antiguas que estaba basada en una obra pintada originalmente por san Lucas, según la leyenda popular. Pero la colocación de las manos y el medio giro a la derecha de la figura, probablemente para dirigir la atención del espectador hacia el exterior del marco, parecían emplazar la imagen dentro de la tradición hagiasoritissa. Esta serie estaba relacionada con la reliquia del escapulario de María, traído de Tierra Santa por santa Elena en el siglo IV y colocado en un relicario, sobre el que habría colgado el prototipo de esa imagen.

No obstante, había algunos argumentos en contra de esta identificación. El icono de Katarini observaba al espectador directamente a los ojos, en vez de seguir el gesto de las manos hacia la derecha, donde generalmente lo acompañaría un icono de Jesús. Sin

embargo, Matthew conocía otras imágenes de esa tradición que también infringían esa norma. Uno de los mayores escollos era que el estilo no había llegado a popularizarse realmente hasta mediados del siglo X, y el icono de Katarini era sin duda alguna más antiguo. Sin embargo, ¿quién podía asegurar que ese estilo no existía con anterioridad? Quizá las primeras versiones fueron destruidas en la iconoclasia del siglo VIII. En realidad -pensó Matthew, mientras dejaba que saliera a flote la conjetura tanto tiempo reprimida y que lo había atosigado durante toda la mañana-, ¿quién podía afirmar que aquella imagen no era el prototipo de la imagen perdida siglos atrás? El primero de su clase, la inspiración de los iconos que vinieron después.

Matthew sintió un escalofrío en los brazos cuando pensó en ello.

Luchó contra esa repentina agitación, recordándose a sí mismo que el significado religioso de aquella pieza representaba muy poco para él.

No obstante, debía de representar mucho para otras personas, como los altos cargos de la Iglesia que habían contactado con Fotis. Sólo por su identificación histórico artística, el hallazgo sería impresionante, y tal vez determinante para su carrera. Pero a menos que surgieran evidencias de alguna fuente oculta, seguiría siendo una eterna teoría.

Entretanto, aunque él nunca lograra averiguar la procedencia de aquella Virgen, o cómo había llegado a Epiro, al menos podría seguir los vestigios del tiempo que había pasado en esa localidad.

Los catálogos de los grandes críticos de arte clásicos dedicaban poco espacio al arte ortodoxo del Este, y cuando éste se incluía, siempre abarcaba el mismo número limitado de iconos: san Pedro, María y el Cristo Pantocrátor en Santa Catalina del monte Sinaí; algunas piezas tardías de Teófanes y Rublev de Rusia; la Virgen de Vladimir, y pocas más. Teniendo en cuenta su ubicación en las escabrosas colinas griegas, por no mencionar la amplia variedad de obras de ese país que reclamaban un particular trato espiritual, el hecho de que la Virgen de Katarini se diera a conocer podría considerarse como algo casi milagroso. La primera mención que Matthew pudo descubrir fue del aventurero inglés Thomas Hall, que viajó por toda Grecia y Turquía en la década de 1780. Los diarios de viaje de Hall, sumamente imaginativos, incluían, entre muchas informaciones poco plausibles, una de la «Santa Madre de Epiro» (como si existiera un solo icono de la

Virgen en toda la región), que era descrita como «madera más rasguñada que pintura, salvo por el hermoso rostro de la Virgen», y como «sanadora de la ceguera en almas de buen corazón cuando éstas tocaron su madera gastada, así como causa de ceguera en personas de naturaleza malvada o avariciosa». Seguidamente, se relataba una historia sobre los monjes de Meteora que levitaban, e inmediatamente después la historia de la visión milagrosa de Cristo en la manopla de la esposa del campesino. Matthew siempre reía a carcajadas cuando leía a Hall.

Lord Byron, durante su primera y dichosa estancia en Grecia en 1809, hizo mención de un milagroso icono de la Virgen María que poseía el tirano musulmán Al¡ Pasha, que ya era anciano pero tenía una mente y un cuerpo vigorosos, estado que conservaría hasta el día de su muerte a manos de sus nobles turcos en 1822. También en este caso, la descripción se parecía mucho a la del icono de Katarini, y Byron informó de una extraña aura dorada que rodeaba la obra.

Matthew meneó la cabeza. «Si yo bebiera tanto como tú bebiste, Georgie, también yo vería auras alrededor de los cuadros», pensó.

Pero fue el último tomo que tenía sobre la mesa el que más quebraderos de cabeza le provocó. Johann Mayer-Goff fue un viajero de finales del siglo XIX y un especialista autodidacta en arte ortodoxo.

El alemán era un escritor sobrio, imperturbable, en ocasiones incluso aburrido, al menos en el texto traducido, y no se prestaba a la hipérbole o a los monjes que levitan. Fue el primer autor en mencionar el pueblo de Katarini como lugar de residencia del icono, y asistió a la festividad de la Anunciación en la, misma iglesia que el hombre de Fotis quemó sesenta años después.

«El día era lluvioso -escribió Mayer-Goff-, y sólo la luz de las velas iluminaban el frío y húmedo santuario.»

El icono salió de su escondite y fue colocado cerca del altar. Las campesinas lloraban en sus asientos, hasta que formaron una cola en el pasillo y se acercaron a la Madre de Dios de rodillas, acariciando la madera con sus manos nudosas. Una de ellas, que hacía años que no podía caminar sola, se levantó de repente sobre sus temblorosos pies y alabó al cielo. Y por último, un anciano pastor ciego de rostro iracundo fue conducido por una pareja joven, quienes parecían arrastrarlo en

contra de su voluntad. Cuando colocaron su mano contra 1a frente de 1a Santa Madre, el hombre gritó y fijó su mirada sobre la vela más cercana, y luego sobre todos los miembros de la congregación. Era evidente, por sus movimientos, que e1 hombre podía vernos, y con otro grito se dejó caer sobre el suelo de piedra y lloró como un niño. Yo vi estos hechos con mis propios ojos.

Matthew empezó a ver motas negras en la página y se dio cuenta de que no había respirado desde hacía un buen rata. Inspiró hondo y luego espiró mientras reía incómodamente. «Contrólate, chaval.»

–Estás aquí.

Matthew alzó la vista y observó a su compañera Carol Voss, mayor que él, que estaba de pie delante de la mesa. Dejó caer de golpe el libro de Mayer-Goff, como si su madre lo hubiera pillado leyendo la revista Penthouse.

–Aquí estoy.

–No contestas a mis mensajes de correo electrónico -lo riñó Carol con amabilidad; sus ojos verdes quedaban escondidos detrás de unas voluminosas gafas que observaban a Matthew. Carol era una especie de mentor, la única amiga íntima del museo, y había muy poco que pudiera esconderle.

–Por si hace que te sientas mejor, que sepas que no eres la única.

–¿Estás trabajando en el icono de Kessler? – dijo Carol mientras movía los libros que había sobre la mesa.

–En efecto.

–¿Estás comprobando su procedencia?

–Más o menos. Es bastante confuso.

–¿Nos lo estamos tomando en serio? – preguntó, mostrándose escéptica.

–¿Pretendes decirme que sé yo más que tú al respecto, señorita-pulso-al-director?

Carol se echó a reír.

–No tengo la menor idea. Nevins parece muy entusiasmado con este tema.

–Sí, pero se pasa el día en los Claustros. Ni siquiera sé si ha hablado con Líder Intrépido.

–Habla tú con él.

–No tenemos ese tipo de relación.

–Pareces preocupado -observó ella, de repente-. ¿Hay problemas de propiedad?

–Tal vez -reconoció Matthew, en un tono de voz prácticamente inaudible.

–¿Hemos consultado el Registro de Obras Perdidas?

–Todavía no. Tenemos que asegurarnos de querer esta pieza, ¿no?

Además, si ha habido un robo de por medio, no aparecerá en el registro. Sería más antiguo.

La expresión «botín de guerra» quedó suspendida en el aire entre ambos de una forma tácita. Evidentemente, Carol pensó en añadir otro comentario, y Matthew deseó que lo hiciera, por que quería tener a alguien con quien desahogarse. Pero Carol optó por posar una mano en su hombro.

–Buena suerte, chaval. Pídeme ayuda si la necesitas. Y Matthew, sé que ésta es una pieza fantástica, pero sólo es una pieza. No es toda tu vida.

Llamar a Benny Ezraki era una apuesta muy arriesgada. La tarjeta con su número de teléfono era muy antigua, y Andreas no sabía si Benny estaba vivo, y menos aún si se dedicaba al negocio de buscar personas, aunque sin duda alguna era el hombre correcto para el encargo. No atendió ningún mensaje en el contestador automático, sólo oyó el tono del teléfono. Andreas dejó su nombre y el número del hotel, y al cabo de diez minutos su viejo contacto israelí le devolvió la llamada. Andreas podía ir hasta su nueva oficina, si lo prefería, pero probablemente no querría. El anciano sabía que estaba siendo utilizado, pero aceptó ir allí de todos modos.

El nombre que figuraba en la puerta era el de una agencia de viajes, y de hecho los carteles de Turquía y Egipto que estaban colgados de las paredes, así como varias chicas eficientes con auriculares, parecían conferirle cierta legitimidad al local. Pero la agencia sólo ocupaba el primer piso. El segundo, al que se llegaba después de subir una larga escalinata, estaba formado por estrechos pasillos y puertas cerradas.

Unas mujeres escasamente vestidas con ropa provocativa que fumaban en un pequeño salón completaban el cuadro. Todas ellas sonrieron al ver a Andreas y señalaron hacia la oficina que había al fondo.

Benny lo recibió con un fuerte abrazo, al que siguió un cacheo. «Es la costumbre», se disculpó. Aquel astuto judío griego seguía pareciendo más joven de lo que en realidad era. Debía de estar acercándose a los sesenta años, aunque tenía un aspecto algo agotado. La barba encanecía más de prisa que el pelo, sus amplios hombros estaban más hundidos, las bolsas bajo sus risueños ojos marrones eran más pronunciadas. La oficina ofrecía una vista del callejón, tenía un enorme ordenador sobre la mesa y un calendario Pissarro colgado en la pared.

Había poca iluminación, y el reducido espacio estaba impregnado de humo azul de cigarrillo.

–¿Esperabas realmente que este lugar me sorprendiera?

–Pues sí; los atenienses sois muy mojigatos. Pero olvidé que tú eras un hombre de mundo.

–¿Éste es tu nuevo negocio?

El hombretón dio una calada a su cigarrillo como si su vida dependiera de ello, y luego expulsó el humo a la izquierda del rostro de Andreas. Rara vez sonreía, aunque estuviera gastando una broma.

–Siempre es el mismo negocio. Viajes, marketing, prostitución…

Todo gira en torno a la información. Ignoro por qué no pensé en ello años atrás. No te creerías el tipo de cosas que descubren esas chicas.

Andreas, como buen conocedor de la naturaleza humana, creyó sus palabras.

–¿Son seguras?

–Un médico les hace una revisión cada mes. ¿Quieres probar una?

–No me refería a eso.

–No les doy material sensible. Básicamente, nombres. Las envío a los hoteles cuyas bases de datos no podemos piratear. Pero siempre vuelven con historias. Ya sabes que el chantaje no es lo mío, pero si lo fuera, ganaría una fortuna.

–Eres demasiado aficionado para ese tipo de trabajo; podrían matarte.

–Tal vez estés en lo cierto.

–¿Podemos hablar sin tapujos? ¿Está el embajador israelí en la habitación de al lado?

–Aquí hay muy poco movimiento -contestó Benny, mientras su sillón ergonómico crujía bajo su peso-. Básicamente, las mandamos

fuera. Como si fuera comida china. Esto no es un burdel.

–¿Ah, no?

–No; tenemos un servicio de señoritas de compañía. Esas de ahí ni siquiera son las mejores chicas.

–No hables tan alto.

–Las mejores esperan en casa a que suene el teléfono. Nosotros filtramos las llamadas, nos aseguramos de que sean seguras, tomamos los datos de la tarjeta de crédito y las enviamos fuera.

–Todo en nombre de la información.

–A eso me dedico.

–Excelente. Estoy buscando a una persona.

Benny se giró torpemente para alcanzar el cenicero, que se encontraba sobre su atiborrado escritorio, apagó un Gauloises y encendió otro de inmediato.

–¿No estás jubilado?

–Desde hace años.

–Pero nunca lo has estado del todo, ¿verdad?

–He intervenido de vez en cuando. Hasta que los idiotas trajeron de vuelta a Papandreou. Eso fue el final.

–Papandreou, Mitsotakis, no hay mucho donde elegir. Este tipo nuevo parece decente. Ahora nuestros políticos israelíes…

–No estamos hablando de política, Benny. – Andreas percibió cierto desaire en el tono de voz del otro hombre-. Son asuntos extraoficiales.

Un favor. Actualmente, me veo obligado a pedir favores. Puedes negarte cuando escuches lo que voy a decirte, pero, por favor, no hablemos de política. Eso es para los ancianos que se pasan el día en los cafés.

–¿Por qué iba a rechazar tu oferta?

–Porque no sacarás nada de ello, salvo mi gratitud.

–¿Y hoy en día la gratitud es algo tan insignificante? Creo que soy capaz de juzgar por mí mismo qué es lo que me conviene.

Andreas apretó los labios y asintió con la cabeza. Había dado en el sitio correcto, pero no debía forzar las cosas. – Hace años, me ayudaste en algo.

–Que Dios nos guarde. ¿Vuelves a dedicarte a la caza de nazis?

–El mismo hombre.

–Está muerto.

–No, está aquí. Benny miró fijamente a Andreas.

–¿Estás seguro?

–Sí.

Era un tema espinoso. Sólo tenía la palabra de Fotis acerca de Müller, algo que normalmente habría considerado como un dato sin corroborar. Pero su instinto le decía que esta vez era cierto, y de algún modo lo supo antes de abandonar Grecia. Si se equivocaba, era una trampa cruel. Los padres de Benny fueron víctimas de la deportación de Salónica en 1943, y murieron en Auschwitz. Müller podría haber estado implicado en ello o no, pero era un oficial alemán destinado a Salónica en aquella época, y eso ya fue un dato suficiente para Benny treinta años atrás. Había sido el único analista del Mossad en proporcionar algunas pistas a Andreas, y ambos habían sido muy sinceros hasta el momento. Los dos hombres eran, por naturaleza, muy cautelosos con los hechos, y Andreas no decía estar seguro de algo a menos que realmente lo estuviera.

–Pero no conoces exactamente su paradero.

–Eso es lo que necesito que me digas.

–Entonces, ¿cómo sabes que está aquí?

–Me han informado de ello.

–Una fuente de confianza, supongo.

–Te pagaré, así no perderás el tiempo.

–¿Has ahorrado muchos dracmas? Bueno, si un griego accede a pagar, es que debe de estar muy seguro de lo que hace. Pero entonces no es un favor.

–Podemos prescindir de los favores. También puedes rechazarme, pero no juegues con un anciano.

Benny alzó las manos en un gesto de rendición, se inclinó para coger otro cigarrillo y luego se dio cuenta de que no había terminado el que acababa de dejar en el cenicero. Se lo veía más nervioso de lo que sería capaz de reconocer.

–Müller, ¿sabes cuántos problemas me causaste con esa cuestión?

–Claro que lo sé, después de todas las veces que me lo has echado en cara… Pero ahora trabajas para ti.

–Lo cual significa que dispongo de menos recursos de los que solía tener.

–Pero de una tecnología más avanzada.

–Eso -Benny señaló el monitor del ordenador- no nos ayudará con Müller. No creo que nos ponga las cosas fáciles, ni que se hospede en un gran hotel.

–¿Por qué no? Nadie le ha pisado los talones desde hace años. Es un ciudadano que viaja con otro nombre. ¿Dónde se hospedaría, sino en un hotel atiborrado de gente?

Benny reflexionó sobre esta cuestión.

–Es posible que tengas razón. Sin embargo, por mi experiencia, el comportamiento de la gente no cambia. Es posible que varíen una pauta, pero esa pauta es discernible. Esos viejos nazis no se alojan en hoteles.

–¿Y dónde, si no?

–En casas privadas, si tienen parientes o amigos, en cuyo caso nunca lo encontraremos. No he buscado a ninguno de esos tipos desde hace años, y jamás en este país, aunque existían dos fondas, gestionadas por unas ancianas alemanas muy discretas. Una en Brooklyn, que probablemente ya haya cerrado, y otra en el Village. Yo empezaría por ahí.

–¿Empezarás, entonces? – Tengo algunas condiciones.

Andreas suspiró. Hubiera preferido pagar un enorme rescate a que otra persona estableciera sus condiciones, pero Benny era alguien como él y no podía tratarlo como a un colaborador de poca monta.

–¿Sí?

–¿Qué intenciones tienes cuando lo encuentres?

–Eso es una pregunta, no una condición.

–Una cosa lleva a la otra. Debo saberlo.

Benny lo miró un rato sin pestañear, mientras Andreas tardaba más en dar una respuesta de lo que habría sido prudente.

–Amigo mío -insistió el hombre más joven, mientras se inclinaba hacia adelante en su silla-, ¿sabes cuáles son tus intenciones?

–Tengo que formularle algunas preguntas, si es que puede responderlas. También es importante que controle sus acciones.

–Años atrás tenías planes más atrevidos respecto a Müller.

-Era joven. Él no es el responsable de la muerte de tus padres, Benny, sólo estaba allí para robar. Eso es lo único que siempre le importó.

–Es posible que tengas razón, pero eso no lo redime de sus acciones.

He visto su firma en órdenes de arresto. Participó. Luego está tu historia, y eso ya es razón suficiente.

–¿Razón para qué? Dime de una vez cuáles son tus malditas condiciones.

Oyeron un lamento remoto de sirenas que llegaba por la ventana.

En una estancia cercana, una mujer reía. Andreas se sintió pegado a la silla. Cosas de la edad y del agotamiento.

–En primer lugar, no me interesa tu dinero. Hacemos esto juntos, o no me involucro en ello. Lo encuentro y le hacemos una visita. Es posible que esté dispuesto a contestar a tus preguntas si te acompaño.

–¿Y luego?

Benny se encogió de hombros.

–Si las circunstancias lo permiten, nos deshacemos de él.

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