El icono sagrado

Neil Olson · Capítulo 4 de 27

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El icono sagrado

Capítulo 3

La noche anterior, Matthew volvió a tener aquel sueño. Un cuadro desaparecía, una obra de arte de la colección que él esperaba encontrar, aunque no podía recordar su aspecto. Un grupo permanecía de pie delante de la pared vacía, lamentándose por la pérdida de la belleza de aquel retrato, los labios, los ojos, los tonos de la piel tan espectaculares, y él trataba de crear una imagen en su cabeza, pero ésta era confusa, lo eludía, como hacen los rostros en los sueños. El museo que tan bien conocía se convirtió en un laberinto insondable, y no había ninguna Ariadna dispuesta a ayudarlo. Se hizo de noche. Unos extraños sonidos lo distrajeron. La búsqueda se dirigía de un lado a otro; perseguía y era perseguido. En una tenue estancia del sótano vio lo que debía de ser la imagen de la pared del fondo, pero el camino era incierto, ninguna ruta conducía directamente allí. No contaba con la ayuda de nadie, y estaba solo. Pero, de repente, dejaba de estarlo, puesto que una presencia terrible colmó su conciencia. En ese preciso instante, siempre se despertaba.

Avanzaron en silencio. Matthew conducía un Taurus prestado de su colega Carol, y Andreas se sumergió en el asiento del acompañante. Al hombre mayor se le cayó el mundo encima tan pronto como cruzaron la puerta principal de Dragoumis y penetraron en el aire fresco de la noche, y tuvo la certeza de que el entusiasmo que había mostrado durante la cena era un acto que beneficiaba a Fotis. Siempre actuaban el uno delante del otro. Al salir del puente Triboro, Matthew pagó el peaje y aceleró mientras observaba a su abuelo. El sombrero y el cuello de su camisa oscurecían su rostro, y la penumbra se alternaba con la luz rosa de las calles, que apenas permitía distinguir sus facciones.

Matthew había visto a Andreas en Atenas dos años atrás, y le sorprendió constatar, una vez más, lo poco que envejecía. Seguía tan astuto y lúcido como antes, y robusto como un roble. A sus setenta y siete años, parecía un hombre vigoroso de sesenta. Sin embargo, esa noche se le notaba más envejecido, tenía los hombros caídos y caminaba arrastrando los pies. Sus ojos se movían de un lado a otro, sin ton ni son, como su mente. Aunque, evidentemente, eso podía deberse al cansancio por haber viajado en avión.

El vehículo entró en el paso subterráneo hasta llegar a la avenida FDR, y Matthew torció casi de inmediato por la calle 116. Oyeron unos gritos y unos golpes metálicos procedentes de una pista de baloncesto débilmente iluminada. Unos altos edificios de ladrillo se alzaban a su alrededor.

–¿Esto es Harlem? – preguntó Andreas. – El Harlem español, supongo.

–Es feo.

–Sí, por supuesto. – Es un lugar feo. – También lo es Atenas.

–Una extraña comparación. ¿He ofendido tu orgullo local? – Las ciudades modernas son feas. Pero Nueva York tiene algunos rincones hermosos.

–Y Atenas tiene historia. – Demasiada.

–Cierto. Los griegos se sienten abrumados por su historia; se trata de un fenómeno habitual en Europa. Los norteamericanos están más dispuestos a aceptar las cosas. Ésa es su virtud, pero también los lleva a cometer muchas tonterías. Cambian de amigos constantemente y abandonan a viejos aliados. Por eso el mundo desconfía de Estados Unidos.

Matthew ya había escuchado todo aquello antes, pero le gustaba ver que el anciano volvía a ser el mismo de siempre.

–¿Cuáles son las últimas noticias? – preguntó Andreas. El amenazador monolito negro de Mount Sinai apareció por la izquierda, y adornado con unos diminutos cuadrados de luz. La tristeza se apoderó de Matthew al ver el monumento, adormeciendo su mente como una anestesia.

–Al parecer, su recuento de glóbulos rojos es estable, pero, no saben por qué, podría descender en cualquier momento. Las transfusiones no parecen mejorar su estado.

–¿De modo que no pueden hacer nada por él?

Matthew simplemente se encogió de hombros. Uno podía pasar un día y otro sin tener que formularse esa pregunta. Su madre nunca había querido saber el diagnóstico a largo plazo.

Simplemente rezaba a Dios, a Cristo, Panayitsa, a toda esa pandilla inútil. Pero era una pregunta inteligente, y el padre de su padre tenía todo el derecho a formularla.

–Ha mejorado un poco, pero el precio que ha pagado su cuerpo ha sido bastante alto. Después de todos esos tratamientos, ahora está…

Empiezo a preguntarme si vale la pena.

–Deberían enviarlo a casa. Un hombre debe estar en casa para enfrentarse a algo así.

–No es tan sencillo, Papou. – La aspereza de su voz lo sorprendió-.

No podemos abandonarlo cuando está mejorando. Ni siquiera estoy seguro de que tenga fuerzas para volver a casa. Mamá tendría que hacérselo todo, pero ella tampoco se encuentra muy bien.

Andreas le dio unas palmaditas en el hombro.

–No pienses demasiado en los acontecimientos, antes de que llegue el momento de enfrentarte a ellos.

A esa hora, la Quinta Avenida estaba casi vacía, y pudieron aparcar cerca de la entrada al hospital. Las largas e inclinadas ramas de los olmos se mecían por encima de sus cabezas y crujían suavemente.

Andreas levantó la vista para observarlas unos minutos. Luego Matthew lo cogió por el brazo y entraron juntos en el hospital.

Lo habían afeitado, pero le había vuelto a crecer una barba incipiente. Donde antes había unos gruesos mechones morenos, ahora sólo quedaba una fina capa gris de pelo. Tenía las mejillas hundidas, y el cuerpo que se escondía debajo de las sábanas parecía haber perdido gran parte de su volumen. Decir que Andreas no reconoció a su hijo sería mentir. La frente, la larga nariz, la boca arisca, la pequeña cicatriz de la barbilla fueron rasgos instantáneamente familiares para él, aunque la alteración general que había sufrido el cuerpo era terrible. ¿Tenía cincuenta y tres años? Sus antepasados habían vivido hasta bien entrados los noventa, como Andreas esperaba de un modo inexorable. El hijo no podía morir antes que el padre.

El anciano permanecía plantado en la puerta de la habitación. Si Alekos hubiera estado despierto, Andreas habría entrado decididamente en la estancia sin dilación; pero como el hijo dormía, se permitió algo más de tiempo. No lo había visto dormir desde que era niño. No había visto a Alekos en cinco años. En aquella última visita, acabaron con algunas de sus amargas diferencias del pasado, y lograron cierto entendimiento común a su tristeza compartida. Pero una tregua no era una amistad. No habían hecho un esfuerzo por

conocerse en el pasado, y ahora era imposible salvar toda esa distancia de una sola vez. Con el océano entre ellos, se habían separado una vez más. Quizá Fotis, o Irini, su esposa, le habían explicado otro de sus vergonzosos actos pasados. Quizá eran simplemente viejos resentimientos que de nuevo los perseguían y enfrentaban.

Matthew rodeó la cama y se quedó junto a la ventana. Andreas no podía ver lo que veía el muchacho, pero sabía por las calles que habían tomado que miraba hacia el este, hacia el río. Desde atrás, su nieto (de espalda ancha, cabeza redonda y cabello moreno) se parecía a su padre.

Había otros aspectos de su cuerpo en los que no, aunque Matthew tampoco se parecía especialmente a su madre. «A su abuela -pensó Andreas, y no por primera vez-. A mi esposa.» El joven se parecía a su querida y fallecida Maria.

–Babás. – Un leve susurro procedente de la cama. El anciano se volvió para observar los ojos entreabiertos de su hijo. ¿Había estado despierto todo ese tiempo?

–Ne -respondió Andreas. No confiaba en que pudiera moverse con rapidez, de modo que se arrastró hacia la cama como un inválido.

Alex trató de incorporarse. Desesperado por ayudar, el anciano dudó por miedo a recibir una reprimenda. En cambio, Matthew se acercó e incorporó pesadamente a su padre. Andreas dispuso las almohadas planas sin dilación, y Matthew apoyó a Alex en ellas. El enfermo señaló una taza que había en la mesita de noche, y Matthew la llenó de agua procedente de una jarra de plástico. Alekos cogió la taza con el pulso firme y sorbió poco a poco el agua sin mirar a sus visitas, sin prisa por decir más. A Andreas le temblaban las piernas, pero no quería sentarse.

–¿Cómo está esa hermana mía tan callada? – preguntó finalmente Alex, en inglés para que Matthew lo entendiera, aunque el chico sabía bastante griego.

–Bueno, está muy ocupada con los niños, y el marido no ayuda mucho.

–Siempre la defiendes. – Alex sonrió levantando un poco la comisura de los labios.

–Cuando voy a verla, te defiendo a ti. – Luego, Andreas añadió-: Pronto vendrá a verte.

–Claro, tan pronto como le digas cómo estoy. No tengo la menor duda de que estarán junto a mi cama, con agua bendita y un sacerdote.

Cuento contigo para que ese sacerdote no venga.

Andreas no supo qué contestarle, y Alex miró a su hijo. – ¿Has ido a buscarlo al aeropuerto?

–Lo hizo Fotis -respondió Matthew.

–Por supuesto. Los conspiradores.

–Te envía recuerdos.

–Dale, también, recuerdos de mi parte, en la próxima sesión de planificación.

Matthew se echó a reír.

–¿Qué se supone que estamos planeando?

–Sólo Dios lo sabe -dijo Alex con voz áspera-. Pregúntale a tu Papou.

–Mandó a un hombre al aeropuerto -aclaró Andreas-. No lo esperaba. No había visto a Fotis desde hacía años.

–¿Cómo ha ido hoy? – se apresuró a preguntar Matthew. La mano de su padre se giró, dejando la palma arriba y luego abajo; un gesto que los otros dos hombres reconocieron. – Más de lo mismo. Me han hecho algunas pruebas. Dicen que pronto podré irme a casa. Babás, siéntate.

Andreas se dejó caer finalmente en una silla dura. Se desabrochó el abrigo y colocó su sombrero sobre su regazo.

–Eso es una magnífica noticia -señaló Matthew-. ¿Así que tu sangre está mejor?

–Un poco mejor. Al menos, no está peor.

–En ese caso, ¿no deberían continuar con la terapia? ¿Cómo saben que no mejorará?

–Es posible que mejore. Me dicen que es posible, pero no se lo creen, y yo no los creo a ellos. – Alex hablaba sin ira. Un profundo cansancio parecía estar controlando su tono de voz-. De todos modos, no puedo aceptar más terapia de ésa. Ahora necesito descansar. Y no puedo descansar en este lugar.

–Pues claro que no -insistió Andreas-. Deberías estar en casa.

–Bueno. Creo que quizá eres tú quien necesita un descanso, papá.

Tienes peor aspecto que yo.

Andreas sólo pudo mirar fijamente a su hijo, como si fuera un coche en el desguace. No podía apartar la mirada, consciente de todas las emociones que su rostro reflejaba y que no podía ocultar.

–Estoy bien. Es el avión. Jamás me acostumbraré a volar. La mirada en el rostro de Alekos era más amable de lo que Andreas había visto desde que su hijo era niño, y el pasado se apoderó de él en ese momento como una oleada. Se acercó la mano para desabrocharse el abrigo, y se dio cuenta de que ya lo había hecho; luego optó por desabrocharse el cuello de su camisa blanca sacerdotal.

–Matthew, ve a buscar un poco de agua para tu papou -ordenó Alex.

–No -atajó Andreas-. Pasamos por una máquina de café en el vestíbulo, ¿recuerdas?

–¿Estás seguro de que quieres café a estas horas? – La preocupación del chico era amable, pero Andreas se enfadó.

–¿Acaso crees que soy una ancianita? Iré a buscarlo yo mismo.

–No, no pasa nada.

–Café solo sin azúcar -pidió Alex desde la cama.

–Sí -concedió Andreas-. Tu padre ya lo sabe. Gracias, hijo.

Cuando Matthew se hubo ido, quedaron los dos solos, y Andreas ya no sabía por qué había esperado a aquella oportunidad; ahora no sabía qué decir.

–Fotis me ha comentado que no tenías intención de verlo. – Ahora hablaba griego.

–¿Y eso te sorprende?

–Ha pasado mucho tiempo. ¿Por qué te aferras a tu ira?

–¿Crees que estas cosas se olvidan con el paso del tiempo? Eso es lo que te gustaría creer, ¿verdad? Que existe una especie de reloj en nuestros pecados, y que cuando pasa mucho tiempo…

–No estamos hablando de mis pecados. – Andreas oyó cómo, sin pretenderlo, sus palabras sonaban duras.

–¿Ah, no? ¿Y de qué estamos hablando? Mi mente divaga, ¿sabes?

–De tu felicidad.

–Ah, claro, mi felicidad. Siempre ha sido una gran preocupación para ti. Pues bien, sí lo vi, así que, ¿por qué acosarme? – Es cosa de Rini.

–Estaba demasiado cansado para luchar contra ello, del mismo modo que estoy demasiado cansado para luchar contra ti en estos momentos.

–No quiero discutir. Te agradezco que me hayas dejado venir a verte.

Alekos parecía sorprendido.

–Eres mi padre. Tú eres mi familia.

–También Fotis lo es.

–Fotis es un pariente. Tú eres mi sangre. Y de todos modos, ¿qué iba a decirle a Matthew, que le dijera a su abuelo que esperara en el vestíbulo?

–Antes lo habrías hecho.

–En esa época conservaba mi fuerza.

–¿Ésa es la razón por la cual estoy aquí? ¿Por Matthew?

–No es por ti, padre. No es sobre tu perdón. Se trata de mí. Has venido Dios sabe por qué. No quiero saber tus otras razones al respecto.

Estás aquí. Es correcto que estés aquí. Ahora déjalo, no pidas nada más.

Alex se dejó caer sobre las almohadas. «Estúpido -se regañó a sí mismo Andreas-. Soy un estúpido por agotarlo de esta manera. Tengo que dejarlo solo.»

–Fotis lo está involucrando en algo -comentó Alex-. Algo sobre ese maldito icono. ¿Qué sabes al respecto?

–Me he enterado hoy.

–¿No estás metido en ello?

–No.

–¿Y cómo demonios sabré que me dices la verdad?

–Porque es cierto.

–No lo metas en esto. Deja a mi hijo tranquilo. Dile a ese manipulador que no se acerque a él.

–Es para el museo. No hay ningún daño en ello, por lo que sé.

–¿No crees que Fotis haya tramado algo? Los tentáculos de ese hombre llegan a todas partes.

–No veo qué saca él de ello. Si el museo consigue el icono, jamás podrá aspirar a tenerlo.

–¿Y cómo nos aseguraremos de que es así de sencillo? ¿Quién te contó lo de la implicación de Matthew?

–Fotis.

–¿Y qué le pareció? ¿Qué piensa de ello?

Alex tenía una mente científica, no formada en el estilo de la orientación errónea y deliberada. Ésa era, evidentemente, una de las razones por las cuales aborrecía a su padre y a su tío, porque él era una presa fácil de engañar.

–Está encantado -respondió el anciano.

–No soy un espía, evidentemente, pero cuando a un hombre le agrada algo, me preocupo. No dejes que mi hijo se involucre.

–Es para su trabajo.

–El trabajo era algo casi sagrado para Andreas.

Oyeron la voz de Matthew en el pasillo, mientras éste hablaba amablemente con la enfermera. Alex se inclinó hacia adelante una vez más, aunque con esfuerzo.

–Al menos, habla con él. Cuéntale la historia.

Andreas tenía la boca seca. ¿Qué parte de la historia conocía Alex?

¿Quién se la había contado? Fotis no había sido. ¿Y Maria? Quizá él mismo, durante alguna tarde que ya había olvidado. Su hijo lo estaba mirando fijamente.

–No, no puedes hacerlo, ¿verdad? Sólo dile que lo deje fuera. Hazlo por mí. A su padre no le va a hacer caso, pero sí te escuchará a ti.

–No estoy seguro.

Matthew volvió a entrar en la habitación. – ¿Lo harás por mí, padre?

Multitud de pensamientos distintos daban vueltas en la mente de Andreas, y ninguno de ellos podría resolverse si su hijo lo miraba de aquella forma.

–Hablaré con él.

Matthew le tocó el hombro, y cuando Andreas se volvió, el joven le entregó la taza de café de cartón. El anciano sintió ardor de estómago, y el café amargo le secó la garganta. Apoyó la taza sobre el brazo de la silla protegiéndola con la mano, para calentarse de paso los dedos entumecidos.

–Tu Papou me ha dejado agotado -anunció Alex-. Tendrás que irte en seguida.

–Mañana volveremos.

–Tu madre estará aquí mañana. Querrá recibir algunas respuestas.

¿Quién sabe?, tal vez la próxima vez que me veas estaré en casa.

–Eso sería estupendo.

Andreas se levantó, demasiado de prisa, y se apoyó en el borde del colchón para no caerse.

–Estoy preocupado por ti, Babás. – Alekos hablaba en voz baja.

Andreas cogió la mano de su hijo con una fuerza repentina y la apretó. Su expresión permaneció neutra, pero la mano volvió a apretar.

El anciano recuperó finalmente el equilibrio y se enderezó.

–Aquí yo soy el único del que nadie debe preocuparse.

–Debería haber llamado al hotel -reconoció Andreas-. Espero que me hayan reservado la habitación.

Matthew pisó el acelerador en la avenida vacía.

–Es absurdo que te hospedes en un hotel cuando mamá está sola en esa casa tan enorme. Estaría encantada de ser tu anfitriona.

–No me rechazaría, pero sería una situación algo embarazosa.

–Pues también podrías quedarte en mi casa. No es un apartamento muy grande, pero hay espacio suficiente. Estarías mucho más cerca del hospital.

–Tendrás que confiar en el hecho de que yo lo prefiero así. Ahora, por favor, cuéntame lo que te ha dicho la enfermera.

–No se te escapa ni una, ¿verdad? – El semáforo los detuvo en la calle Ochenta y seis-. No hay ningún pronóstico, para eso hay que hablar con un médico. Me confirmó que probablemente lo enviarán pronto a casa. También advirtió que podría volver al hospital en cuestión de una semana.

«Eso habría que evitarlo -pensó Andreas-, pero la decisión tendría que tomarla Alekos.»

Reemprendieron la marcha, y dejaron atrás el enorme e iluminado edificio del Metropolitan Museum, con sus columnas y sus dientes a modo de almenas, sus piedras desteñidas y sus grandiosos carteles de colores. El museo de Matthew. – Debemos conseguirle morfina -

propuso Andreas.

–Ya le darán algo, estoy seguro. No ha sufrido mucho dolor hasta el momento.

–Pero es posible que a partir de ahora eso cambie, y no podemos contar con la compasión de los médicos. Lo que quiero decir es que debemos procurarnos algo de morfina, por si la necesitamos.

Sintió que sus palabras se hundían durante el silencio que siguió.

–Fotis podría conseguirla -dijo Matthew.

–Sin duda alguna. Se la pediremos, si es que no nos queda más remedio.

–No te gusta pedirle favores, ¿eh?

–Mantenemos una relación complicada, tu padrino y yo. Yo trato de distinguir entre los negocios y la amistad. Pero ese tipo de distinciones no existen para él.

–Ya sabes que a papá no le gusta.

–Estoy seguro de que los sentimientos de tu padre también son complicados. Creo que, básicamente, desconfía de él. Piensa que Fotis puede implicarte en alguna de sus maquinaciones.

Giraron hacia el este por la calle Setenta y dos. Matthew no respondió de inmediato, pero Andreas esperó su respuesta. – No creo que ahora Fotis se dedique a maquinar demasiado -sentenció finalmente el joven-. Siente que su muerte se acerca. Quiere hacer cosas que le aporten placer, quiere estar con su familia, que básicamente somos nosotros. No creo que busque causar problemas.

–Tal vez no. – Andreas debía andarse con cuidado; el chico estaba muy unido a su padrino-. Sin embargo, los problemas siempre persiguen a Fotis.

Matthew esbozó una sonrisa.

–Él dice exactamente lo mismo de ti.

–¿Ah, sí? Bueno, yo no lo niego. Ambos hemos tenido dificultades para evitar los problemas. Nos los encontrábamos tan a menudo de jóvenes que para nosotros ya son como amigos. Pero insisto en que yo siempre fui el aficionado; el experto era Fotis.

El rostro de Matthew se tornó inescrutable. La confusión o el fastidio se posaron sobre su frente y en los músculos de alrededor de sus ojos; o tal vez se estuviera concentrando en el giro a la derecha que debía hacer hacia la avenida Lexington. Estaban llegando al hotel.

–Hay que girar a la izquierda -aclaró Andreas-. Avanza un poco más.

–¿Dónde encuentras estos lugares?

–Me los recomiendan amigos.

–Pues no deben de ser buenas referencias, porque nunca te alojas dos veces en el mismo hotel.

–Es otra de mis costumbres. Justo aquí, creo. Donde está el toldo verde.

Andreas se volvió en su asiento para observar a Matthew mientras aparcaban en un espacio abierto delante de lo que parecía un agradable y viejo establecimiento de segunda fila.

–Espero no haberte ofendido. Ya sabes que tu padrino me cae bien, pero digo lo que digo a partir de un conocimiento pleno de su persona.

No es un tipo sencillo de comprender. Sería mejor para ti, y para la tranquilidad de tu padre, que no te implicaras en ningún negocio con Fotis. Ni siquiera como un intercambio de favores.

Matthew permaneció en silencio, mirando fijamente el parabrisas.

Nunca era descortés, aunque aquella conversación lo había hecho sentirse incómodo. Era probable que el plan ya es tuviera más avanzado de lo que Andreas había previsto. Tendría que hablar más abiertamente con él, pero no ahora.

–¿Tienes algún hueco libre para verme, muchacho? ¿Aunque sea mañana?

–Mañana me va fatal. Te llamaré cuando vea cómo se desarrollan los acontecimientos.

–Estupendo.

–Vamos, te acompaño a la recepción.

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