El icono sagrado

Neil Olson · Capítulo 19 de 27

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El icono sagrado

Capítulo 18

Se encontraban en el bar del aeropuerto, rodeados de mesas vacías.

Nadie sabría muy bien qué pensar de una historia tan rara, se dijo Matthew. No había querido dejar pasar la oportunidad de que Andreas acudiera al aeropuerto JFK para recogerlo, pero se había llevado al anciano al establecimiento más discreto y cercano posible para preguntarle qué parte de la historia seguía sin conocer.

–¿Se llevó a cabo el intercambio?

Andreas tomó un sorbo de ginger-ale antes de contestar. – Sí.

Stefano comunicó el mensaje. Müller estaba dispuesto a hacer la transacción, incluso en esas circunstancias. El soldado que matamos en la iglesia no significaba nada para él, porque se llevaba sus tesoros.

Muchos oficiales alemanes hacían lo mismo. Merten, que estaba al frente de Salónica, enterró cincuenta maletas de oro robado a los judíos en Kalamata, pensando que lo recuperaría después de la guerra.

–Sí, recuerdo que leí algo al respecto.

–A Müller no le interesaba el oro. El arte, especialmente el arte religioso, era su pasión. Había oído hablar del icono en algún sitio, probablemente a su padre. El robo de obras de arte era una tradición familiar. Me enteré de ello después, cuando lo buscaba. Había parado en Grecia para buscar el icono. Entre Góring, amante del arte, y la obsesión nazi con lo oculto, me imagino que la historia de un cuadro con poderes sobrenaturales le llamó la atención. Quizá enviaron a uno de ellos para birlarlo y regalárselo al Führer. ¿Qué crees tú?

El tono de voz del anciano era cínico, pero Matthew sentía la profundidad de sus sospechas y su desagrado. Sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo. ¿Sería la verdad tan estrafalaria?

–Epiro estaba en la zona de ocupación italiana -prosiguió Andreas-.

De modo que Müller tenía que aprovechar el tiempo. Cuando llegaron los alemanes, había muchos pueblos en todas esas colinas. Una aguja en un pajar, como decís ahora. A los griegos les encanta cotillear, pero nadie le decía a Müller la verdad sobre la Virgen. Muchos aldeanos tenían viejos iconos, y a todos ellos les gustaba decir que el suyo era famoso. Nadie sabía dónde estaba nuestra pieza. Después de vencer a los italianos, antes del ataque alemán, mi hermano había colgado el

icono en un espacio oculto cerca del altar, detrás del iconostasio. Sólo Mikalis, el carpintero y yo sabíamos dónde estaba.

–¿Fotis no lo sabía?

–No. Por eso tuvo que acudir a mí. Müller conocía la brecha política que existía entre las guerrillas. Los comunistas eran más fuertes, de modo que se crearon contactos entre los alemanes y otros grupos.

También luchábamos contra ellos, especialmente en Epiro, donde ese gordo de Zervas dirigía a los republicanos. Pero, básicamente, Zervas vigilaba a los comunistas, a los realistas, a quienes odiaba aún más, hasta que hizo las paces con ellos. Mientras duró la guerra y supimos que los alemanes abandonarían pronto, todo el mundo empezó a pensar en política.

–Incluido tú.

–Sí. Yo era un republicano convencido, los reyes me importaban un carajo. Quería un presidente, como en Estados Unidos. Pero tu padrino y yo servíamos al gobierno en el exilio, y eso nos convertía en realistas.

Mejor ser realistas, mejor ser cualquier cosa antes que comunistas. Eso era lo que creíamos Fotis y yo, y durante un tiempo nuestros pensamientos giraban en torno a esa idea política. Combatimos a los alemanes, aunque perdimos a muchos hombres buenos. Vimos arder pueblos enteros. Nuestra gente luchaba.

El anciano volvió a sorber su bebida y, por un momento, pareció ausente.

–Así que Müller contactó contigo.

–Con Fotis. Él era nuestro comandante regional. También era natural de Epiro, de Ioannina, y fue a estudiar a Atenas años antes que yo. Ya era instructor cuando ingresé en la academia. Un tipo muy listo, fuerte, duro, como yo quería ser. Éramos Patriótis, y por tanto nos hicimos amigos. Lo siento, ¿ya sabías todo esto?

–Gran parte de ello, pero sigue.

–Después de que los alemanes menguaron nuestro ejército, nos ofrecimos para volver a Epiro. El gobierno se marchó de Atenas y los hombres iban a cada región para organizarse de nuevo. La mayoría no lo consiguieron. Surgió una resistencia a nivel local y los comunistas se aprovecharon de la situación. Fotis y yo trabajábamos para los británicos, traíamos cartas y oro a Zervas. ¿Puedes creer que tenían

que pagarle para luchar? Pero actuó demasiado tarde. Fotis era paciente, pero yo quería hacer algo. Los hombres de mi zona habían formado una guerrilla y yo me uní a ellos. Perdieron a su capitán y me eligieron para sustituirlo.

–Eras muy joven.

–Mayor que la mayoría. Había estado en el ejército, y mi padre dirigió guerrillas contra los turcos, años atrás. Eso significaba mucho para esos hombres, padres, abuelos. Como si un héroe no pudiera engendrar a un borracho, o al revés. De todos modos, Müller contactó con Fotis. Eran dos hombres de mundo. El icono a cambio de armas.

Fotis acudió a mí, convencido de que yo aceptaría. Necesitábamos municiones, las nuestras eran escasas y viejas. Zervas acumulaba lo que los ingleses le daban, y ni siquiera sabíamos de qué bando estaba.

Pensábamos que el icono había desaparecido. A mí me parecía una especie de criatura mitológica. Yo era un hombre moderno.

Las palabras de Andreas eran amargas y la defensa de Fotis resonó en la mente de Matthew. «¿Cómo pudo ser idea mía? ¿Quemar una iglesia? ¿Vender una obra de tanto amor y tanta belleza sagrados?» Su padrino siempre le contaba alguna mentira que contenía parte de la verdad. Así siempre resultaba convincente.

–¿Quemar la iglesia fue idea de Stamatis? – dijo Matthew.

–Sí.

–Y Fotis nunca quiso entregarle el icono al alemán. – Matthew pronunciaba los pensamientos tal como éstos acudían a su mente, como si tradujera de su inconsciente-. Todo fue una excusa para descubrir dónde estaba la pieza; para que se lo dijeras. Según tú, fue él quien contactó con Müller, y no al revés. Andreas guardó silencio durante largo tiempo. Observó a Matthew, luego miró hacia una puerta traslúcida y a los pasajeros que estaban al otro lado de ésta.

–He pensado mucho en ello durante todos estos años -reveló al fin-.

Lo sospeché desde el principio. Por eso yo ideé el plan, que se fue al carajo. Por eso me guardé la nota de Stamatis e hice el intercambio.

Quería destapar el juego de Fotis, pero matamos a los dos hombres que podrían habérmelo dicho. Él, al padre; yo, al hijo. Y con el paso de los años no sabía si quería saberlo, puesto que, al conocer la verdad, le

hubiera imputado la muerte de mi hermano, así como la de muchos aldeanos. Y luego tendría que decidir qué hacer al respecto.

–¿Qué pasó con los aldeanos?

Andreas apretó los dientes una o dos veces más y éstos chirriaron.

–Müller les pegó un tiro.

–¿Y después le diste el icono?

–A la mañana siguiente. Cogió el icono y me dejó marchar.

Recogimos la munición esa misma noche. Un buen botín: cincuenta rifles, unas cuantas metralletas y montones de balas. Fotis no sabía nada hasta una vez terminada la operación. Me inventé que alguien había visto a Kosta, que había dado con él, y que tuve que actuar con rapidez para salvar a mis aldeanos. Él se enfadó mucho, pero fingió darme la enhorabuena. Todavía teníamos que trabajar juntos. A la mañana siguiente, Müller mató a veinte personas. Pudo retrasar la operación un día, pero sus hombres no querían dejar escapar una venganza. Era parte de su sistema, debería haberme dado cuenta antes.

Probablemente pensó que era generoso, veinte hombres en vez de cuarenta o cincuenta. Dos de ellos eran primos míos, una era una mujer, a quien hoy en día consideraría una niña. Glykeria. Sus padres querían que me casara con ella. Murió de un disparo, junto con su padre. Otro de ellos era mi mensajero, Stefano.

Matthew pensó en las fotografías que había visto: unas figuras caídas y retorcidas en un campo de olivos. Prácticamente toda la población masculina del pueblo, fusilada. Un oficial alemán caminaba entre los cadáveres con una pistola, rematando el trabajo hecho.

Ocurrió en Creta, recordó Matthew, pero podría haber sucedido en cualquier parte de Grecia. La muerte de Mikalis, el sacerdote, quedó absorbida en todas esas muertes, como una gota de agua en el mar.

–Por eso has perseguido a Müller durante todo este tiempo. No tenía nada que ver con el icono.

–Tenía que ver todo con el icono, aunque yo no lo buscaba, si es a eso a lo que te refieres. Lo del cuadro fue mala suerte. Cuando oí los disparos aquella mañana, habría destruido la pieza si la hubiera tenido delante. Ojalá se hubiera destruido en el incendio.

Matthew tomó un sorbo largo de cerveza y se imaginó el icono, la pintura desconchada, la mirada cautivadora, envuelta en llamas.

Ennegrecida y reducida a polvo. Si se hubiera quemado cincuenta años atrás, ahora no estaría pasando por todo eso. Su padrino y su abuelo no se llevarían tan mal. Él se habría ahorrado toda esa inquietante obsesión. Pero ¿quién podía determinar las vidas que había salvado la obra? Entre el desprecio de Andreas (una especie de antigua superstición) y la perversa reverencia de Fotis, Matthew sólo había visto los efectos negativos que causaba el icono, pero eso tenía más que ver con los hombres relacionados con la obra. ¿También su deseo sería tan impuro? Él quería el icono, sí, pero sólo para estudiarlo, para sentarse en actitud contemplativa dentro de su radio de acción. Otras personas debían de sentir lo mismo. La Iglesia había utilizado el icono como un símbolo de la fuerza del bien desde hacía siglos, sin que ninguna leyenda de muertes o discordias girara en torno a ella. Sólo era cuestión de devolver la pieza a las manos adecuadas.

–Es una historia terrible, lo siento.

–Sólo es una de tantas de esa época.

–¿Hubo muchas ejecuciones, verdad? Obligaban a pagar a la gente siempre que se resistían.

–Sí.

–Pero tú no dejaste de pelear por ello. El icono fue algo anecdótico.

– Matthew odiaba el tono que estaba adquiriendo su voz-. De todas formas, necesitabas la munición, ¿verdad?

–Por supuesto, las armas resultaron muy útiles para matar a nuestros compatriotas.

–Müller habría matado a muchas más personas si no hubieras cerrado el trato.

–Durante toda mi vida -dijo Andreas en voz baja-, no he sabido distinguir a los hombres. No siempre, pero a menudo he tenido que asumir las consecuencias de ello. Algún idiota me soltará una mentira y veré la verdad con absoluta claridad, como si la estuviera viendo. Igual que una película. He destapado muchos secretos de esta forma y he evitado graves errores. Pero en todo este asunto del icono me he comportado como un ciego. Sólo veo parte de la verdad y mis decisiones siempre son erróneas. En cada paso del camino he actuado mal.

–Papou, eres muy crítico contigo mismo.

–Creo que no. Las señales estaban allí, un hombre más sabio las hubiera interpretado bien. Conocía a Fotis lo suficiente para mantenerlo al margen de la operación, pero cometí un te rrible error al confiar en Kosta. Y a mi hermano le costó la vida. Hice un trato con Müller que cualquiera habría visto que no podría cumplir. Murieron veinte hombres más.

–No pudiste salvarlos.

–Estuve persiguiendo un fantasma por todo Nueva York, mientras Fotis causaba problemas delante de mis narices y te implicaba a ti.

–Era imposible que lo supieras. Y tú no eres responsable de mis actos. Yo he sido el mayor idiota de todos.

–Te faltaba información. Y sientes debilidad por el icono. También aquí Fotis vio algo que yo no vi. Siempre me ha llevado ventaja. Y

todavía me la lleva.

–Eso si no está muerto.

–Yo no apostaría por ello.

–¿No crees que viajara en el coche con Taki?

–Sólo tengo informaciones de segunda mano, pero la descripción, la edad del tipo y todo lo que me han dicho no encaja.

–Debería haber ido a identificarlo. Sotir me metió en el avión porque no quería mezclarme en ninguna investigación.

–Hizo bien, es posible que te hubieran retenido allí durante días o semanas.

–Pero ahora sabríamos qué pasó.

–Quizá no, el cuerpo quedó malherido. Me alegro de que te hayas ahorrado esa visión. Lo sabrán con seguridad en cuestión de uno o dos días. Comprobarán los dientes y las huellas dactilares. Pero no creo que sea él.

Andreas cerró los ojos y se quedó absorto en sus pensamientos.

Matthew bebió otro largo sorbo. «Vio algo que yo no vi.» ¿Qué había visto Fotis? ¿Qué se imaginaba Andreas que había visto? ¿Que Matthew sería convencido, o inspirado por la fe? ¿Era eso cierto?

¿Esas extrañas manifestaciones de asombro y admiración podían considerarse fe? ¿Debería sentirse avergonzado por ello? Lo avergonzaba pensar en su padre delante del icono. ¿Qué esperaba, que la Virgen saliera de la madera, lo tocara en la frente y le dijera que

estaba curado? Quizá sólo esperaba que el hombre sintiera parte del misterio y de la alegría que su hijo sentía ante la imagen. Que los dos se unieran en una especie de silenciosa comunión en ese mismo lugar.

Ridículo.

–Ojalá supiera qué hacer ahora -admitió Matthew.

El anciano lo miró a los ojos por primera vez en varios minutos.

–No te he disuadido de esta caza en ningún momento. Te he ayudado en todo lo posible, ¿no es así?

–Claro. Sotir me preocupaba un poco, pero me salvó el pellejo, así que se lo agradezco.

–Pues ahora te digo que dejes correr este tema. Ya han muerto dos hombres. Otro está en el hospital. Se ha convertido en un pasatiempo muy peligroso, por una recompensa insignificante. ¿Qué harías tú con el icono?

–Darlo a la Iglesia griega, tal como Ana Kessler quería.

–No merece la pena. No es razón suficiente para morir o poner en peligro a otras personas. Ella recibió el dinero y está más segura sin ese icono. Si no se echa atrás, su historia te protegerá de cualquier acción legal. No hay razón para continuar. Por no mencionar el hecho de que carecemos de pistas.

–¿Qué hay de los rusos?

Andreas suspiró.

–Son gente peligrosa. No nos proporcionarán información fácilmente. Seguramente, se deshicieron del icono hace unos días, si es que alguna vez lo han tenido.

–¿Qué quieres decir? ¿Dónde está, si no lo tienen?

–Me refiero a que hemos subestimado a Fotis. – Andreas miró fijamente a Matthew-. Sé que no te he causado ninguna impresión.

¿Significa eso que no quieres abandonar la búsqueda?

Matthew se sentía atrapado, luego repentinamente enfadado, incluso furioso, aunque esa reacción le pareció absurda. No quería otra cosa que dejar pasar todo el asunto del icono: Le había asustado y enfermado. ¿Por qué lo había provocado para que Andreas le hiciera esa pregunta? «Lo dejaré estar, sólo debo decírselo.»

–Merecía la pena correr el riesgo cuando pensaste que encontrarías a tu nazi -fue su respuesta-. Pero ahora que no hay ningún Müller, no

merece el esfuerzo. ¿Así se hacen las cosas?

–El riesgo nunca valió la pena, especialmente para ti.

–Quieres saber lo que voy a hacer. Pero ¿y tú? ¿Lo vas a dejar estar?

–Quiero saber qué le ha pasado a Fotis. Si puedo dar con él, debo convencerlo para que me hable del pasado. Ahora me doy cuenta de que ésa debería haber sido mi prioridad desde el principio. – Andreas carraspeó-. Cuando te digo que lo dejes correr, no me refiero únicamente a la búsqueda física del icono. Me gustaría que te lo quitaras de la cabeza y del corazón.

Una azafata de vuelo pasó junto a ellos. Era alta, rubia y esbozaba una sonrisa profesional, aunque su agotamiento quedaba reflejado en su boca y en sus ojos. A Matthew le recordó a Ana.

–La policía nos pasará la mano por delante respecto a los rusos -

hizo hincapié Andreas-. Ahí es donde han enfocado sus esfuerzos.

Puedo investigar el tema y contarte lo que saque en claro. ¿Eso te ayudaría? ¿O te ayudaría más si lo dejara estar? Tienes que pensar en tu padre, en la mujer… Ésas son cosas más importantes en las que pensar.

Un atisbo de desesperación se apoderó del habla del anciano.

Matthew cerró las manos en sendos puños, consciente de que su abuelo lo estaba observando. ¿Por qué, simplemente, no lo decía?

–El icono es veneno -susurró Andreas, ronco de la emoción.

Hablaba en un tono de voz tan distinto de él que calmó la cólera de Matthew-. Envenena la sangre. Ha pasado muchas veces antes. Tú no eres el primero. Debes curarte de esa enfermedad.

–Tengo que ir al baño.

Matthew se levantó rápidamente y abandonó la mesa.

Instintivamente, se dirigió hacia la parte trasera del bar, sin tener ni idea de dónde se encontraban los servicios. Tal vez iba en di rección opuesta. «Déjalo, desiste.» Palabras mágicas. ¿Por qué era incapaz de pronunciarlas?

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