El icono sagrado
Capítulo 24
El calor del vapor lo despertó. La habitación estaba a oscuras, la persiana de la ventana del oeste permanecía medio levantada. La luz anaranjada del sol se filtraba por entre las copas de los árboles y a través de la mansión de estuco que había en la otra ladera. Durante el largo momento que necesitó para ser plenamente consciente de su entorno, Fotis se obsequió con esa cálida y plácida visión del amanecer, las ramas en flor desdibujadas por la luz del sol, el color del cielo, que pasaba de un intenso azul lavanda a otro más claro, y el canto real o imaginario de un pájaro. El amanecer era un suceso universal y podía estar en cien sitios distintos o ser cien hombres diferentes. Podía ser joven.
Luego se dio cuenta de que sentía dolor. Irradiaba de la base de la espalda y se extendía hasta los hombros, y emitía una especie de pulsaciones hacia el centro de los muslos. Una profunda incomodidad lo hizo regresar a su cuerpo, a establecer los límites y a aislarlo del resto del mundo. La calidad de la luz del exterior dejó de ser un bello espectáculo y pasó a ser una forma de determinar que eran las seis y cuarenta y cinco de la mañana sin tener que consultar el reloj de la mesita de noche. Apoyó los puños sobre el colchón y se sentó sobre la cama. No tenía fuerzas suficientes para moverse más, de modo que cogió la almohada cuadrada de entre sus desgastadas rodillas y la colocó detrás de su deteriorada espalda para apoyarse de nuevo en la cabecera. Las cañerías volvían a retumbar, hacían temblar el suelo, y la válvula del radiador que había junto a la cama empezó a sisear. El calor que emitía empezó a confundirlo. No era invierno, sino primavera, estaban a principios de mayo, pero las noches seguían siendo bastante frías, y por eso había mandado subir el termostato. Sus huesos ya no toleraban el frío.
En esos momentos, mientras pensaba en la ducha caliente, en las primeras pastillas que tomaría antes del desayuno y en la primera bebida antes del almuerzo, tuvo la sensación de que el dolor era soportable. Cuando ya no pudiera aguantar esa agonía con métodos sencillos, sabía que sus días amanecerían cargados de terror y que acabarían con desesperación. Aunque quizá no llegara a esos extremos.
La degeneración de su cuerpo había progresado muy lentamente hasta ese momento. Tal vez lo acecharía algo mucho más dramático antes de que la enfermedad lo redujera a un fantasma gruñón postrado en cama. O quizá la Virgen lo salvaría. No podía verla, pero sentía su presencia en la habitación. Sí, la sentía. Era la misma sensación envolvente de cálido bienestar que lo embargó cuando Tomas llegó con el paquete hacía casi dos semanas. Era la misma sensación que había invadido su cuerpo y su mente, que había hecho sucumbir los cimientos de su vida hacía cincuenta y seis años, cuando Andreas le había mostrado la obra. Desde entonces, ya no había vuelto a ser el mismo hombre. Ciertas preocupaciones, ciertas necesidades empezaron a obsesionarlo a partir de ese momento. Andreas le había hecho un magnífico regalo al enseñarle el icono en la iglesia vacía e iluminada con velas. Sin embargo, en cierto sentido, el icono había alterado su espíritu, su vida, y la peor parte de todo ello había sido que Andreas no se había sentido en absoluto conmovido por ese premio. El icono era una curiosidad que estaba dispuesto a enseñar a su amigo, pero no significaba nada para él. Sentía auténtica pasión por sus hombres y, posteriormente, por su esposa y por sus hijos, pero ante Dios, era un corazón de piedra. Andreas. A esas alturas de la vida no volverían a ser amigos, pero eso no importaba porque estaban inevitablemente unidos.
Fotis volvió a despertarse, y esta vez se llevó un sobresalto. Había percibido una presencia a un costado de la cama, pero allí no había nadie. No era enemigo ni amigo. No había nadie en la casa y tenía que obligarse a no pensar en todas las formas en que los ancianos podían morir solos. Incluso levantarse de la cama era peligroso. Ducharse sería una temeridad. Quizá debería evitarlo. La casa estaba caliente. Se vestiría, comería y luego vería si se duchaba o no.
El proceso fue lento; no tenía a nadie que pudiera ayudarlo. Roula había muerto antes de que él perdiera la fuerza que podría haber necesitado de ella. Le costaba pensar en los dos, en los años felices que podrían haber pasado. Ella quería desesperadamente tener hijos, pero Dios tenía otros planes. La jovencita que vino después no le fue de ninguna ayuda; sólo era hermosa, pero ¿de qué le servía? Ella quería convertirse en su esposa, pero él la rechazó, aunque le agradeció la lección de vanidad que le había dado, y no volvió a caer en el mismo
error. Su sobrina pertenecía a Alekos, quien lo odiaba. Sus hombres merecían su confianza, pero los había perdido a todos. Phillip regentaba el restaurante y mantuvo las distancias, según lo acordado.
Nicholas estaba en el hospital, y el desleal Anton había huido. Taki, el único hijo de su hermana, había muerto. Fotis cerró los ojos y trató de cerrar su mente al dolor y a los remordimientos de conciencia que lo asaltaron.
Esa resistencia fue de suma importancia. Si no podía acabar con sus remordimientos de una vez, el pasado lo abrumaría de forma insuperable y todos los muertos se abalanzarían sobre él al mismo tiempo. Marko, estrangulado en un callejón, mirando fijamente desde la mesa del empresario de pompas fúnebres; Roula, tosiendo la poca sangre que le quedaba; el joven sacerdote, quemado y sangrando, retorciéndose de dolor en la oscura cripta. Todos ellos podían recriminarle algo. Y él, Fotis, enfermo, viejo y temeroso como un niño, condenado pero vivo. Noventa años de vida que se alargarían. Ridículo.
Desagradable. Casi se dejó llevar por un odio insondable hacia sí mismo mientras arrojaba el jersey con el que se había estado peleando y se sentaba una vez más en la cama.
Mirar a la Virgen. Era su única salida. De ahí surgía todo el dolor y todos los problemas. Se dio la vuelta en la cama y la vio. La luz todavía no era lo suficientemente intensa para que la ilu minara de lleno, pero bañó la estancia de un cálido destello naranja que captó las zonas más brillantes de la superficie. La región dorada superior y las partes amarillentas donde faltaba pintura creaban un contraste gracias al cual la tela granate, las largas manos marrones y los enormes ojos resaltaban. Los ojos mantenían al anciano en esa caricia hipnótica y compasiva, y no pudo evitar sentir que incluso en ese lugar, donde había estado la pintura, la mano del autor no contaba. La obra estaba desprovista de todo artificio, y esos portales surgían directamente del núcleo de la madera. Sus negras profundidades sonaron en una época anterior a la breve vida del artista, en el alma profunda y sagrada del original. Ella fue la primera, y fue anterior, incluso, al Hijo. Ella era el origen, la vida. En esa madera estaban los dos. La ropa de la dama, la sangre de Cristo y las lágrimas de la Madre.
Era imposible que un hombre no se sintiera empequeñecido delante de aquella maravilla. Fotis le dio la bienvenida, porque sus pecados se encogían con la insignificancia de su vida, de las vidas que había favorecido, perjudicado, acabado. Polvo. Un hombre tenía que vivir muchos años para sentirlo, para entender la lección tan bien como la entendía en ese momento, y no podía enseñarla a los demás. Requería el poder transformador de una claridad súbita y ardiente que el Señor concedía a unos cuantos afortunados. Cristo amaba a los pecadores.
Por tanto, todavía albergaba esperanzas.
El tiempo carecía de significado ante semejante imagen, pero un hombre seguía siendo un hombre, y llevaba su correspondiente carga de necesidades. El hambre hizo volver a la Serpiente del jardín a su solitario dormitorio, que ahora dejaba entrar toda la luz del mediodía.
No tenía idea del tiempo que había transcurrido, pero se obligó a levantarse, a ponerse el jersey gris y a bajar a la cocina. Sólo después de tomarse su café y sus copos de avena se permitió reconsiderar su postura una vez más. No era precisamente envidiable. Entre la compra y el soborno de Tomas, lo había gastado prácticamente todo para conseguir el icono. Guardarlo y encontrar la forma de vivir plantearía todo un desafío. Tenía algo de dinero en efectivo y cuentas ocultas en tres países. Había comprado la casa a nombre de Phillip y no se lo había dicho a nadie, salvo, al parecer, a Matthew. ¿Por qué se lo había contado? ¿Por la necesidad de compartir su placer con alguien? ¿Un simple desliz atribuible a la edad? La razón no importaba, ya estaba hecho. Le había dicho a su ahijado que la compra no se había realizado, aunque de todas formas el chico no sabía dónde se encontraba exactamente la casa, ¿no era cierto? Le resultó desconcertante no estar seguro de esos detalles. De todos modos, Andreas podría asimilar lo que Matthew sabía y descubrir el resto.
Habría otras personas buscando, aunque Fotis había regresado al país de incógnito. La casa no podía considerarse segura. Ya había pasado allí tres días, tratando de recuperarse. Tendría que encontrar un alojamiento a corto plazo, y decidir otro a largo plazo. Algún lugar cálido, México quizá.
Fotis miró por la ventana de la cocina hacia la estrecha hondonada boscosa que quedaba al este. Semanas atrás pensó que facilitaba el
mejor acceso secreto a la casa, y decidió colocar sensores de movimiento, aunque todavía no se había ocupado de ello. Aún no había suficiente vegetación para tapar los sensores, aunque su vista ya no era tan buena como antes y no podría ver a un hombre a esa distancia.
Alguien sigiloso podría acercarse a la casa, aunque la entrada le resultaría más difícil.
Entre la cocina y la escalera trasera estaba la despensa reformada que servía de sala de seguridad. La alarma de la vivienda se controlaba desde allí y podía programarse para que produjera el clamor típico de esos artilugios, o bien un tenue sonido junto con una luz parpadeante especificando el lugar de la entrada, situado en un panel de su dormitorio y en otro del dormitorio principal. Cuando Fotis estaba en casa utilizaba ese segundo modo. ¿Para qué molestar a los vecinos?
Además, era mejor para sorprender a los ladrones. También había ocho monitores de vídeo para las cámaras emplazadas en varias partes de la casa y en el jardín. Eran pocos, pero como no había nadie que los mirara, resultaba inútil colocar más. Sencillamente, no contaba con el hecho de que iba a perder a todo el mundo. Al piloto, el capitán Herakles, no podía contratarlo para desempeñar una labor menor. El joven conductor del Peugeot habría servido, pero nunca hubiera confiado en él; además, ahora descansaba en aguas del Adriático. Eso le costó el triple con Herakles. Habían surgido muchas complicaciones.
Justo antes de abandonar la estancia, observó movimientos en el monitor que cubría la verja de entrada. Un sedán negro subía por entre los enormes pilares de piedra y avanzaba lenta mente por el sendero.
Fotis miró el monitor sin pestañear mientras el coche desaparecía de la primera pantalla y volvía a hacer su aparición por el monitor de la puerta principal. Parecía el mismo vehículo que había visto conducir a Matthew en dos ocasiones. ¿Qué otra persona, de quienes lo estarían buscando, podría acudir hasta allí? A no ser que se equivocaran de camino. Fotis miró todos los monitores, con la mente totalmente despejada, y se arrodilló para abrir un pequeño archivador gris, del que sacó una bolsa del fondo. En su interior había una pequeña pistola negra, una vieja Walther de un amigo suyo del MI6. El arma había funcionado meses atrás y tenía el tamaño y el peso adecuados para su mano temblorosa. Cogió un cargador y se metió otro en el bolsillo de su
jersey. Por el momento, no tenía previsto organizar una pelea inútil.
Probablemente no ganaría y, en el caso de hacerlo, tendría que vérselas con las autoridades. Pero Fotis era un tipo con suerte y su supervivencia implicaba tener varias posibilidades. Lucharía por su icono.
Las pantallas no revelaron más actividad. No había nada en la arboleda; nadie en el pequeño montículo que quedaba detrás de la casa. El coche se detuvo durante un minuto antes de que se abriera la puerta del conductor y Matthew saliera. Maldita sea, ¿por qué había venido? ¿Quién lo acompañaba? Sin duda alguna, no debía de ser Andreas, nunca permitiría una cosa así. Su ahijado se dirigía hacia la puerta principal y Fotis tuvo que enfrentarse al pánico que sentía. ¿Por qué Matthew? Y ¿quién iba con él? No quería causarle daño al chico, pero ¿cómo saber en qué juego estaba metido? Fotis podía negarse a abrir la puerta. Pero ¿y si el joven trataba de forzarla? ¿Podía dejarlo pasar, después de haber descubierto la casa? Tocó el rosario de suaves cuentas de jade que llevaba en el bolsillo. Tenía que dejarse llevar por el instinto. Desactivó la alarma de la puerta principal. Después, sin pensar en nada más, fue a recibir a su ahijado.
La sonrisa con la que su padrino lo obsequió fue toda una sorpresa, pero Matthew se dio cuenta de que no debería ser así. Cualquier reacción contraria a lo previsible era precisamente lo que cabía esperar de la Serpiente. La sonrisa no enmascaró el cansancio y la preocupación que se reflejaban en la boca y en los ojos del anciano, la creciente agitación que parecía doblar todo su cuerpo. La enfermedad, o tal vez las exigencias de sus turbios negocios, estaban acabando con Fotis.
–Excelente, muchacho. Debes decirme cómo me has encontrado, pero entra, entra.
¿Qué más cabía hacer? El sacerdote no le ofrecía una protección real, sólo una ilusión, y lo mejor que podía hacer era dejar un espacio entre ambos. Matthew sabía que Ioannes no te nía ninguna intención de marcharse ni de telefonear a alguien si las cosas se ponían feas, pero Fotis lo ignoraba. Sólo cuando Matthew entró en la casa vio la pistola que su padrino sostenía en la mano. Sin embargo, no había nada de
peculiar en ello; era una criatura perseguida, y Matthew había visto tantas armas la semana anterior que no se asustó.
–¿Quién está en el coche?
–Un amigo. En realidad, es un sacerdote.
–¿Sabe lo que está pasando?
–En parte.
–¿No entrará?
–No.
El anciano pareció satisfecho con la respuesta, cerró la puerta con llave y se encaminó pesadamente hacia la escalinata. Se detuvo unos instantes y luego reemprendió la marcha. I.a indecisión y la falta de amabilidad eran motivos lo suficientemente extraños como para inquietar a Matthew, aunque al mismo tiempo percibía una sensación satisfactoria detrás de esa fachada. No podía hacer otra cosa excepto seguir, primero abriendo suavemente la puerta una vez más. La casa se parecía a muchas otras que había visto en aquella zona: una combinación de piedra y madera, con el techo de pizarra, y de una extensión más amplia de lo que parecía. Las paredes interiores eran de color crema. Había varias estanterías y una serie de paisajes impresionistas y obras religiosas que tiempo atrás habían dormido en el sótano de Fotis. Hacía mucho calor en la casa y Matthew se quitó la chaqueta mientras subía la escalera.
–Debí de ser más específico acerca de la ubicación de esta casa de lo que recordaba -comentó Fotis.
–Creo que tendrías que interesarte más por el motivo de mi visita.
El anciano se volvió al llegar a lo alto de la escalera; su actitud divertida y alerta rayaba la locura. La luz de una ventana alta reflejó un feo moratón amarillo que tenía en la sien izquierda.
–¿Por qué? No hay secretos entre nosotros. Ambos deseamos lo mismo, sólo que espero que entiendas que mi necesidad es mayor.
El viejo se alejó pasillo abajo y Matthew sólo tuvo tiempo de gritarle por la espalda.
–No lo entiendes, Tkeio. No he venido por eso. Escúchame.
Mientras lo seguía, Matthew entró en un espacioso dormitorio situado al fondo de la vivienda. Las sábanas de la cama de matrimonio todavía estaban arrugadas y la luz se filtraba por tres ventanas. Un teléfono y
una extraña consola dominaban el enorme escritorio de roble. El padrino se sentó en una silla de cuero que había en la esquina y miró fijamente hacia una chimenea que nunca se utilizaba. Encima de ésta descansaba el icono. Era más pequeño de lo que Matthew recordaba.
En realidad, le parecía más insignificante en todos los sentidos del término, y pensó que no merecía en absoluto la sangre y el dolor que había provocado. Los ojos de la Virgen parecieron darle la razón.
Habían perdido su magnetismo, su promesa de que ciertos misterios se revelarían a su debido tiempo, y ahora su mirada parecía desesperada.
De un modo perverso, Matthew creyó que esa nueva visión de la obra empezaba a generar en él una sensación de protección casi igual de intensa que la pasión por la revelación a la que había sustituido. Fue consciente del profundo efecto que las circunstancias de esa visión ejercían sobre su reacción. La presencia de Ana había provocado una especie de lujuria sagrada; la de su padre, un profundo terror y necesidad de curación. Y ahora, esa adecuada tristeza. ¿Qué era el icono para Fotis? ¿Simplemente un conducto?
–Te aporta tranquilidad -susurró el anciano.
–No -contestó Matthew, aunque no era del todo cierto. La Virgen parecía tocarlo de otro modo.
–Entiéndeme, muchacho. No me queda mucho tiempo de vida.
Cuando muera, ella será tuya, pero quiero que esté conmigo para morir en paz. No me queda otra esperanza. Si hubieras visto lo que yo he visto, no me negarías este favor.
–¿Las cosas que has visto, o las cosas que has hecho?
–¿Quién más sabe que has venido aquí?
Matthew ignoró la pregunta de su padrino; ya estaba cansado de sus preguntas.
–Tienen a Andreas.
–¿Quiénes?
–No estoy seguro. Creo que es ese tal Del Carros. Trató de coger a Ana Kessler hace unos días. Estoy bastante seguro de que llegó a un acuerdo con tus rusos para hacerse con el icono. Fotis asintió.
–¿Estás seguro de que tienen a Andreas?
–Hablé con él.
–¿Y qué te dijo? Literalmente.
–No mucho. Creo que estaba drogado. Me dijo que no hiciera nada, y se refirió a «esos dos hombres», de modo que supongo que hay dos tipos implicados en el secuestro.
–Bien. ¿Eso es todo?
–Los llamó «príncipes». Me imaginé que estaba siendo sarcástico. –
Fotis miró a Matthew durante un buen rato. El joven era consciente de que su padrino le estaba haciendo un repaso, pero conservó la calma porque sabía que no escondía nada-. Dijeron que me llamarían pronto -
prosiguió-. Esperan información sobre el paradero del icono.
–¿No se te pasó por la cabeza que todo esto fuera una trama urdida por tu abuelo?
–¿Crees que ha fingido el secuestro?
Fotis asintió mientras seguía mirándolo fijamente. Matthew consideró seriamente esa posibilidad, lo que no era más que una muestra de que la paranoia de las últimas semanas lo había afectado gravemente.
–No. Él quiere que me mantenga al margen de todo este asunto. No se inventaría algo así para enviarme a tu casa. Deberías saberlo.
–Quizá sea una maquinación vuestra.
–Eso tampoco tiene sentido por esa misma razón. Estás pensando en voz alta y ni siquiera crees en lo que estás diciendo.
–Tal vez.
–Tenemos que ayudarlo.
–Claro que sí. – Fotis pronunció estas palabras sin convicción. Se quedó mirando fijamente, sin pestañear. Ya no miraba a Matthew, sino que seguía maquinando y ahorrando tiempo. – ¿Qué crees que significa
«príncipes»?
–El «príncipe» -empezó a explicar Fotis lentamente- era como tu abuelo y yo llamábamos al oficial alemán del que te hablé. A veces lo llamábamos Pasha, porque le gustaba vivir bien y rodearse de tesoros perdidos. Es el hombre con quien Andreas hizo el trato, enviando la Virgen al exilio.
–Müller. El nazi que ha estado buscando durante todos estos años.
–El mismo.
–Del Carros es Müller.
–Podría ser.
–¿Qué pretendía al decirme eso?
–Sólo que lo supiéramos. O tal vez quería advertirnos que estamos tratando con alguien mucho más peligroso de lo que creía. Tu abuelo sigue siendo un tipo leal.
–Claro. ¿Y cómo le vas a pagar esa lealtad?
–No tengo forma de ayudarlo. Apenas puedo protegerme a mí mismo.
–Tienes el icono. No vale la vida de Andreas.
–Su vida ya se ha echado a perder. ¿No le has dicho nada a tu abuelo, ni a esos hombres, acerca de este lugar?
–Por supuesto que no.
–Pues entonces no sacarán nada de él. ¿Entiendes? Ha utilizado su última oportunidad para avisarnos. Si ahora les das la información, tu abuelo morirá, y es muy probable que también nos maten a nosotros dos. Y luego se llevarán el icono. Andreas se convertirá en el instrumento de nuestras muertes, ¿acaso crees que quiere eso? ¿Crees que quiere darle a Müller la oportunidad de traicionarlo de nuevo?
Sería vergonzoso. Ellos sólo ganan si consiguen el icono. Nosotros podemos evitarlo. Tienes que ayudarme.
–Conozco a una persona que puede ayudarnos. Es un exagente del Mossad, un amigo de Andreas. No podemos dejárselo todo a él, pero tenemos que probar algo.
–No entiendes nada.
La ira pareció agitar el cuerpo enfermo del padrino y la mano que asía la pistola golpeó contra su pierna. Un leve sonido atrajo la atención de los dos hombres hacia el escritorio, donde una luz roja parpadeaba en la consola. Fotis se sobresaltó y luego se dirigió hacia ella.
–¿Crees que al sacerdote le ha entrado curiosidad? No. No es la puerta principal, sino la trasera…
Fotis se alejó un poco y apuntó con la pistola hacia la cabeza de Matthew. Su lenguaje corporal era tan amenazador que Matthew se encontró levantando las manos y retrocediendo dos pasos hacia atrás.
–Theio!
–¿A quién has traído? Dime la verdad.
–A nadie, sólo al sacerdote.
El viejo dejó caer la pistola a un lado una vez más y habló en voz baja mientas pasaba por delante de Matthew.
–No, los has traído a todos. Quizá sin que te dieras cuenta, pero te han seguido.
Mientras Matthew se recuperaba del sobresalto, siguió al padrino fuera de la estancia con piernas temblorosas. Fotis se dio la vuelta para acercarse un dedo a los labios y luego empe zó a avanzar por el pasillo en dirección contraria por la que habían venido. Torcieron por un pasillo más corto. En lo alto de la empinada y estrecha escalinata, Fotis indicó con gestos a Matthew que se quedara quieto y luego empezó a descender. A veces, desaparecía por unos instantes mientras Matthew permanecía allí, callado e indefenso, observando el lugar adonde su padrino había ido. ¿Qué hacía? ¿Quién estaba allí? ¿Debería salir para comprobar dónde estaba Ioannes? Se sintió invadido por las dudas y al cabo de unos minutos oyó un leve ruido procedente de abajo. Fotis reapareció. La Serpiente subió pesadamente la escalera, pero se apoyó sobre el hombro de Matthew con una mano segura y acercó los labios a la oreja del joven.
–Lo oigo, pero no lo veo. Hay otro hombre en la puerta principal.
Utilizaremos la segunda planta para defendernos. ¿Sabes usar esto?
Fotis sacó una enorme pistola y la sostuvo. Matthew asintió de mala gana. Su padrino la manipulaba con el máximo sigilo; colocó la primera tanda de balas y luego dejó el arma en la mano de Matthew.
–Aprieta fuerte el gatillo. Quédate aquí y dispara a quien suba la escalera.
Fotis empujó a su ahijado hasta la pared, luego sacó la Walther de su jersey y se dirigió hacia la parte delantera de la casa. El miedo por lo que pudiera ocurrir luchaba con la indignación de que los sucesos superaran sus intenciones, pero Matthew no apartaba la vista de la escalera. No quería distraerse con sus pensamientos, aunque éstos llegaban sin previo aviso. Si allí estaba Del Carros, o su compañero, tendría que actuar sin vacilar, tal como Fotis le había indicado. Pero ¿y si era otra persona? ¿El FBI, o Benny, o incluso Ioannes? Si esperaba a identificar a la persona, ¿tendría oportunidad de reaccionar? ¿Podría mirar a un desconocido a la cara y apretar el gatillo?
¿O tal vez era otro de los juegos de Fotis? Se apartó unos tres metros del descansillo para asegurarse de que el viejo bastardo no estuviera subiendo la escalera principal con el icono. Un leve ruido procedente de abajo lo hizo volver rápidamente sobre sus pasos. Luego, todos sus pensamientos desaparecieron cuando oyó unos disparos en la parte delantera de la finca.
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