El icono sagrado
Capítulo 2
Andreas se aferró a los estrechos brazos del asiento y rezó para que la tierra se levantara de un salto y lo alcanzara. El suelo del avión parecía que se hubiera derrumbado, aspirando sus vísceras, dejando sólo el cascarón vacío de su cuerpo flotando en el éter. Sin embargo, cuando abrió los ojos, descubrió que su cuerpo estaba intacto, aunque todavía seguía embutido en el limitado asiento, con el pasillo a su derecha, y el grueso hombre de negocios que no paraba de moverse a su izquierda. Lo aguardaban un montón de problemas, y podría haber utilizado esas horas perdidas sobre el Atlántico para centrarse, pero le resultó del todo imposible. Hacía muchos años que no viajaba en avión, y le molestó darse cuenta de que la edad le estaba empezando a pesar.
Le zumbaban los oídos, le dolía el cuello y se notaba las piernas frías.
Ya no podía soportar las distracciones, hiciera lo que hiciese. No conocería realmente la situación hasta que aterrizaran y, en cualquier caso, su instinto nunca le había fallado.
El avión volvió a descender bruscamente, y la bahía de Jamaica empezó a asomar por debajo de él. Al cabo de veinte segundos aterrizaron en el aeropuerto JFK. El hombre de negocios sonrió a Andreas.
–Bien venido a Gomorra.
Su maleta fue la primera en aparecer por la rampa de equipajes, y eso tenía que ser un buen presagio. La sacó de la cinta transportadora y salió a buscar a Matthew en la terminal de llegadas, mientras escudriñaba con la mirada a varias personas por si algo salía mal. Era una antigua costumbre suya. Hacía tiempo que había dejado de ser una preocupación para alguien.
–¿Padre?
Andreas se giró, a pesar de su cautela; la voz iba dirigida claramente a él. A tres metros de distancia, había un joven robusto y con el rostro cuadrado. Su americana barata no acababa de encajar con el resto de su atuendo, y Andreas percibió en ello, en vez de verlo, una arma secreta.
–¿Andreas Spyridis? – dijo el joven con un tono de voz que denotaba incertidumbre.
¿Tenía que ser ahora? ¿Cuántos momentos como aquél había vivido en los últimos cincuenta años, cuando tenía que preguntarse si le faltaba alguna deuda por saldar? Su cuerpo se tensó, pero su mente permaneció serena, preparada para lo que viniera.
–Soy Spyridis.
–El señor Dragoumis me envía a recogerlo.
Andreas dio un paso hacia adelante. Dudaba que Fotis le pegara un tiro en el aeropuerto.
–¿Cómo te llamas?
Ésa siempre era la última pregunta que esperaban los correos. Era importante sorprenderlos, y no mostrar ningún atisbo de sorpresa por tu parte. No le había dicho a Dragoumis que iría, pero ésa no era la cuestión. Sencillamente, Fotis lo sabía todo.
–Nicholas. Trabajo para el señor Dragoumis. Lo está esperando en estos momentos.
Inglés útil. Ninguno de los dos hombres hablaba en su lengua materna, aunque Andreas no pudo discernir de dónde provenía el acento del chico. No era griego, pero tuvo la impresión de que debía de hablar una lengua que conocía.
–Debo llevarlo directamente a cenar.
–Tengo que reunirme con alguien.
–El señor Dragoumis ha telefoneado a su nieto. También estará allí.
Casi con toda probabilidad, el acento era ruso, decidió. – Entiendo.
Bueno, parece que lo tenéis todo previsto. Nicholas asintió gustosamente con la cabeza.
–Sígame, por favor.
Un enorme avión rugió en el cielo mientras Nicholas y Andreas se dirigían al aparcamiento en busca de un largo sedán azul; norteamericano, evidentemente. El joven abrió de par en par la puerta trasera derecha, pero Andreas dudó.
–Preferiría sentarme delante.
El ruso frunció el entrecejo. La petición ofendió claramente su sentido de la profesionalidad, pero cerró bruscamente la puerta de atrás y abrió la del asiento del acompañante. Andreas se quitó su sombrero de fieltro gris y se deslizó prudentemente por el cómodo y hondo asiento de piel. El barrio de Queens siempre le había parecido
deprimente. Los atascos de tráfico, los almacenes y los bloques de pisos; coches abandonados sobre una calzada rota. Sólo la época del año mejoraba el trayecto, porque la nieve fangosa o la niebla contaminante de sus anteriores visitas quedaron relevadas por un aire limpio y franjas de forsitia amarilla en los bordes del camino que atravesaban las vallas metálicas, frente a manzanas enteras de casas adosadas de ladrillo.
–¿Vives aquí? – preguntó Andreas.
–Un poco más lejos. Lo llaman Pequeña Odessa.
–¿Te gusta este país?
Nicholas se encogió de hombros.
–Es mejor que el país del que provengo.
–¿Cuánto tiempo hace que estás aquí?
–Dos años.
–¿Aprendiste inglés antes de venir?
–Sabía un poco, pero básicamente lo he aprendido aquí.
–¿Hablas griego?
–Un poco. – El joven se adentró en el bulevar Astoria-. Bueno, en realidad, no sé griego.
–El señor Dragoumis prefiere que hables griego, ¿verdad? Nicholas asintió con una tímida sonrisa.
Giraron por la calle Veintiuno, luego torcieron rápidamente a la izquierda y el coche aparcó delante de una casa de tablas de madera blancas. El lugar era normal y corriente, salvo por la profusión de rosales que colmaban una estrecha franja de tierra en la parte delantera de la vivienda. La casa parecía pequeña, aunque en realidad por dentro era bastante espaciosa. Un almacén encuadraba al edificio por un lado, y un restaurante medianamente famoso por el otro. Fotis era el propietario de los dos locales. Andreas había estado allí antes. Se fijó en las rosas, que todavía no estaban en flor, y después siguió a Nicholas por los escalones de cemento hasta adentrarse en la casa. Un hombre grueso como un tonel salió del salón para recibirlos en el estrecho vestíbulo, empujando a Andreas contra la pared. Los hombres más jóvenes se intercambiaron unas palabras en su lengua materna; después, el tipo gordo condujo a Andreas por el oscuro pasillo. Su barba era negra, al igual que sus ojos, que parecían estar colmados de
una violencia reprimida. Andreas pensó que no podría mantener una conversación agradable con ese hombre. El tipo llamó suavemente a la puerta, dijo una palabra, y acto seguido ambos entraron en el estudio, el santuario de Fotis. El hombre, que tenía una apariencia gris como un fantasma y que lucía un enorme bigote blanco, se levantó para saludarlos, atravesando la alfombra oriental de felpa a grandes zancadas. El esfuerzo le pasó factura, y Andreas se percató en seguida de ello.
–Amigo mío -dijo Fotis con sincera calidez-. Mi viejo y querido amigo.
Los dos hombres se dieron un fuerte apretón de manos, las derechas sobre las izquierdas, y sacudieron sus puños entrelazados como niños felices, como débiles ancianos.
A Andreas siempre lo sorprendía el afecto que su antiguo jefe, su aliado y su adversario, le profesaba. Apreció que el rabillo de los ojos de Fotis estaba húmedo y que éste sonreía ampliamente mostrando su cara dentadura postiza, mientras miraba a su compañero de arriba abajo. Luego su rostro se tornó severo, y se volvió para mirar amenazadoramente al joven ruso. – Serás imbécil. ¿Por qué no le has cogido el abrigo?
El hombre de la barba negra murmuró una disculpa y ayudó a Andreas a quitarse el pesado abrigo gris. Fotis pasó revista al traje negro y a la camisa blanca abrochada hasta el cuello de Andreas, y luego soltó un grito seco y breve.
–Pareces un cura.
–Tu hombre creyó que lo era.
–Bueno, no es de extrañar, vestido con esa pinta. Bueno, siéntate, siéntate. ¿Te apetece una taza de café o una copita de coñac?
–Sólo un vaso de agua.
Sin recibir la orden, Barba Negra desapareció por la puerta trasera del despacho. Fotis juntó las manos delante de él y se recostó en una silla que crujía. Por el aspecto de su rostro, parecía satisfecho. En ese momento, Andreas pudo fijarse bien en él. Vestía un elaborado batín granate con un estampado abstracto que le servía para ocultar su delgada constitución. Llevaba unas zapatillas que tapaban sus largos pies, y tenía una cajetilla de cigarrillos turcos sobre la mesa, junto a su
codo. Detrás de él, un montón de enormes lienzos enmarcados estaban apoyados contra la pared. De hecho, parecía haber más cuadros colgados en la estancia de lo que Andreas recordaba haber visto antes, y a pesar de la mala iluminación y de sus limitados conocimientos artísticos, pudo adivinar que algunas de esas obras eran bastante valiosas. Un paisaje invernal. Una obra pequeña y muy bella de temática religiosa, la Anunciación o algo parecido. Hojas doradas que sólo podían provenir de un icono ortodoxo reflejaban luz desde una oscura esquina. Su viejo amigo tenía numerosas identidades, muchos papeles que le gustaba desempeñar. Fotis el espía, Fotis el exiliado político, Fotis el respetable hombre de negocios. Por lo visto, ahora era Fotis el coleccionista.
–¿Cómo ha ido el vuelo? – preguntó Dragoumis, pasando del inglés a su lengua materna.
Andreas se encogió de hombros. – Estoy aquí.
–Es difícil para las personas mayores, y tú eres más joven que yo.
Incluso volar una vez al año me parece demasiado. Probablemente no visite Grecia en primavera.
–Oh, creo que irás.
Barba Negra regresó con un vaso de agua tibia, tal como Andreas la prefería.
–Eso es todo, Anton -dijo Fotis, y el joven ruso volvió a salir de la estancia.
–¿Cómo va el restaurante? – preguntó Andreas.
–El restaurante -gruñó Fotis-. Bastante bien. Tenemos nuestra clientela fiel, ya sabes, del vecindario, y ahora empezamos a atraer a gente joven de Manhattan. Al parecer, alguien ha escrito sobre nosotros, y nos consideran el mejor restaurante griego de Astoria.
–Felicidades.
Fotis hizo un gesto con la mano como quitándole importancia al asunto.
–¿Y qué diablos sabe esa gente de comida? De todos modos, ahora no estoy muy involucrado en el restaurante.
–¿Ah, no?
–Tengo a un magnífico gerente, alguien que ni siquiera me roba.
Además, hay otros temas que me preocupan.
Era una invitación, pero Andreas no estaba interesado en ella.
Conocía las diversas actividades de su amigo, y si estaba metido en otras nuevas, a él no le importaba. La ambición no lo impresionaba, ni siquiera la audacia que suponía perseguirla. Se traslucía una especie de triste desesperación en las operaciones extralegales de Fotis: la desesperación de un moribundo que trataba de burlar al destino con sus logros.
–Mi hijo está enfermo -reveló Andreas.
Fotis se lo quedó mirando fijamente, la compasión luchaba contra la irritación porque su antiguo amigo había cambiado de tema.
–Lo sé.
Claro que lo sabía. Matthew, el nieto de Andreas, también era el ahijado de Fotis. Irini, la madre de Matthew, era la sobrina de Fotis.
Los dos ancianos estaban totalmente unidos. No había ninguna posibilidad de obviar esa relación.
–Matthew me ha dicho que es grave -continuó Andreas, que necesitaba hablar-. Alekos no está respondiendo al tratamiento.
–Quizá necesite mejores médicos.
–Se supone que en ese hospital le están tratando los mejores. En Mount Sinai.
–Hay mejores médicos en Boston. Pero la ciencia también tiene sus limitaciones.
–No tenemos este tipo de enfermedades en mi familia.
–Debes tener fe.
¿Se estaba burlando de la situación? Dicho con tanta amabilidad, debió de tratarse de un desliz típico de la vejez.
–No creo que a estas alturas de mi vida contraiga esa enfermedad.
Fotis se lo quedó mirando, inescrutable; la omnipresente sarta de cuentas de jade repiqueteaban en su mano.
–Mi pobre Andreou.
Permanecieron sentados en silencio durante uno o dos minutos, sintiéndose cómodos así. Andreas sorbió el agua y finalmente decidió intervenir.
–Algunos de estos cuadros son nuevos. Los ojos de Fotis se iluminaron.
–En estos últimos años me he dedicado bastante al coleccionismo -
comentó con entusiasmo-. Creo que es mi verdadera pasión.
–Ah.
–No me digas eso. Sé lo que estás pensando. Que sólo un idiota coleccionaría obras de arte para ganar dinero. Es una actividad muy inestable, aunque a mí me gusta. Me encanta dedicarme a mis peculiares gustos, y disfruto estando rodeado de objetos bellos.
–¿Y este paisaje?
Fotis se volvió para observarlo.
–Holandés. Según me han dicho, es de un discípulo de Bruegel.
Hermoso, ¿verdad?
–Muy bonito. Y también veo que tienes un icono.
–Unos cuantos. No son muy antiguos, ni valiosos. Se han realizado demasiados en los últimos siglos. Éste es ruso.
–Te gustaría coleccionar algunas piezas bizantinas auténticas, sin duda alguna.
Dragoumis volvió a girarse y esbozó una sonrisa fría y a la vez satisfecha sobre su rostro largo y regio.
–No existe un auténtico comercio de iconos bizantinos. No hay bastantes que estén en manos privadas. Todos ellos se encuentran en museos y en iglesias, así que es difícil determinar un precio. Su verdadero valor es de carácter espiritual -dijo Fotis, el piadoso.
–Naturalmente.
–¿Ya sabes que Kessler ha muerto?
Andreas suspiró. Desde el primer momento, se había dado cuenta de que Kessler y el icono estarían detrás de aquella visita forzada.
–Lo había oído por ahí.
–Me gusta que conserves todos esos contactos. Bien. Andreas se encogió de hombros. ¿Por qué molestarse en decir que lo había leído en el New York Times? Fotis daba por sentado que todas las noticias proceden de los servicios de información. Sería mejor que creyera que Andreas todavía estaba conectado a la red.
–Y bien -continuó Fotis-, ¿qué opina nuestro magnífico gobierno de Grecia acerca de este avance?
–¿Qué deberían pensar? Lo único que sabían de Kessler es lo que les dijiste.
–¿Eso crees? En ese caso, el historial estará vacío, porque no les dije absolutamente nada de Kessler. ¿Por qué tendría que haberlo hecho?
–Tampoco lo hice yo. Quizá dispongan de otras fuentes. No sacarías nada en claro de mí.
Volvieron a quedarse en silencio. Andreas se preguntó dónde estaría el cuarto de baño.
–La nieta es la albacea. – Dragoumis sacó un largo cigarrillo rubio del paquete y lo encendió-. Espera a que alguien le tase toda la colección.
–¿Le has ofrecido tus servicios?
Fotis se echó a reír, mientras expulsaba unas ondulantes volutas de humo.
–Soy un coleccionista ocasional. Supuse que se dirigiría a una casa de subastas.
–Lógico.
–Pero parece ser que tiene objetivos más nobles. Su abogado se ha puesto en contacto con algunos de los principales museos del mundo.
Casi puedo verlo: el ala Kessler del Metropolitan.
Andreas activó su radar.
–¿Y por qué el Metropolitan?
–Es sólo un ejemplo, pero se trata de la opción más clara. Kessler se concentró en piezas medievales. No hay muchos lugares en este país capaces de hacerle justicia a esa época. Al menos, ninguno de los otros museos de Nueva York.
–¿Y por qué Nueva York? ¿Por qué no Europa?
–Quizá lo intente en Europa. Sin embargo, Nueva York era el hogar de su abuelo, que tenía un pasado turbio al otro lado del Atlántico. Los suizos no lo tocarían. Con toda probabilidad, tampoco los alemanes. En cualquier caso, nunca sabremos a quién ha enviado el Metropolitan para ocuparse de algunos asuntos.
No tuvo que pensar mucho.
–Tu nieto -continuó Fotis-. El mundo es un pañuelo, ¿verdad, amigo mío?
Andreas logró no mostrarse nervioso, pero lo estaba. Dragoumis era viejo, estaba enfermo, se engañaba a sí mismo, pero por estas razones siempre había sido muy bueno en ese tipo de juegos. Era
incansable, y siempre encontraba nuevas formas de desbancar a la gente.
–Fotis -dijo con un tono de voz sosegado, sin que resultara amenazador ni suplicante-. Deja a Matthew al margen de esto.
–Mi queridísimo Andreou, ¿qué tengo que ver yo en ello? ¿Acaso crees que consultan conmigo?
–¿Cómo lo has sabido?
–Matthew me lo dijo. Mira, el principal medievalista es un hombre mayor, no joven y guapo como tu nieto. Se ha especializado en bizantinismo; eso es cosa tuya, no mía. Todos esos años llevándolo a iglesias y a museos. Pues claro que enviarían a Matthew. A la chica le encantará, el museo tendrá el icono y nuestro muchacho se lleva los laureles. ¿Qué hay de malo en ello?
–Nada. Si eso es realmente lo que va a ocurrir.
–¿De veras? Empiezo a preguntarme -el anciano movió su cigarrillo con un ademán distraído- por qué estás aquí.
–Mi hijo está enfermo.
–Hace meses que está enfermo. Kessler murió hace diez días.
Andreas se reclinó en su silla, deseando con todas sus fuerzas salir de allí, estar en cualquier otra parte menos en presencia de aquella manipuladora y patética criatura.
–Has vivido demasiado tiempo, Fotis. Ves conspiraciones donde no las hay. He venido para ver a mi hijo, por ninguna otra razón. – Se levantó-. Dile a tu hombre que me lleve al hotel. Nunca puedo encontrar un taxi en este barrio.
Dragoumis apagó su cigarrillo y levantó la mirada para observar a su antiguo amigo con ojos grandes y húmedos; al parecer, estaban a punto de llorar. ¡Como si él fuera la parte afectada! Andreas estuvo a punto de aplaudir ante tan magnífica actuación. Fotis el ultrajado.
–Te he ofendido, perdona. Por favor, siéntate; amigo mío. No nos despidamos enfadados.
Andreas se sentó, pero estaba decidido a marcharse. – Retiro mi pregunta -prosiguió Fotis-. Si he expresado mis dudas, tengo razones para ello. Debo confiar en que tú también tienes razones para no contarme tus planes. Ahora que entiendes la implicación de Matthew, puedes ajustar tus planes de forma que no perjudiquen a sus intereses.
–¿Qué demonios crees que estoy tramando? ¿Crees que el gobierno griego quiere ese icono? ¿Crees que me enviarían a buscarlo?
–¿Qué has oído de Müller?
Ahora Müller. Aquel tipo era un sinvergüenza. – Sólo que está muerto.
–¿Ah, sí? He oído decir que estaba aquí, en Nueva York. Andreas se movió incómodo en su silla, deseando no tener que responder, aunque no pudo evitarlo.
–¿De quién lo has oído?
–Debo reconocer que de una fuente muy poco fiable. Aun así, se trata de otra cosa que creo que deberías saber. Tiene sentido que vuelva. Jamás has creído que estuviera muerto.
–No quiero hablar de Müller. Necesito ver a Alex.
–Sí. He estado dos veces en el hospital. Al principio, se negó a verme.
–Lo siento.
–Pero no me sorprende. Es posible que también se resista a verte a ti. ¿Estás preparado para ello?
«Preparado para ello.» ¿Cómo alguien se puede preparar para que su hijo enfermo, posiblemente un hijo moribundo, lo rechace? Andreas había pasado por situaciones dolorosas, pero no podía imaginar algo peor que un rechazo de ese tipo, y no iba a permitir que su mente pensara demasiado en ello.
–Con el apoyo de Matthew, espero superar esta resistencia.
–Excelente. Mira, olvidemos esa triste conversación durante una hora. Ven al salón a tomar un coñac conmigo.
–Quiero ver a Alekos de inmediato.
–El horario de visitas es por la tarde. Iremos después de comer.
–No, iré con Matthew.
–Pues claro. Vendrá a cenar con nosotros. Luego iréis los dos a ver a Alex.
Aquel manipulador lo tenía todo previsto. De todos modos, la comida sería buena, y la compañía de Matthew haría tolerable la tarde.
Andreas no bebía, pero se tomaría un coñac con Fotis. Parecía justo lo que necesitaba.
–¿Tienes un buen Metaxa?
–Mejor aún. Tengo un Remy Martin XO.
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