El icono sagrado

Neil Olson · Capítulo 12 de 27

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El icono sagrado

Capítulo 11

Matthew tenía intención de regresar a Manhattan esa misma noche, pero su madre lo había convencido de que pasara la noche en casa. El domingo por la mañana llamó al hotel de su abuelo, pero nadie contestaba al teléfono de su habitación. Luego fue a ver a su padre.

Alex estaba demasiado cansado para levantarse, y Matthew lo ayudó asiéndolo por la mano, con la esperanza de que su expresión sirviera de disculpa porque sus labios no parecían ser capaces de hablar. Cogió el tren hasta la estación Grand Central y se dirigió al hotel. Era Domingo de Pascua para la Iglesia católica y Domingo de Ramos para la Iglesia ortodoxa. Matthew había pensado en asistir a las misas, pero su mente no estaría tranquila mientras todo estuviera tan revuelto; además, estaba seguro de que no encontraría a su abuelo en la iglesia.

En el pequeño vestíbulo, el conserje anotó su nombre y telefoneó a la habitación.

–Ya puede subir.

–¿Ha vuelto?

–Volvió con otro caballero hace unos veinte minutos. Habitación quinientos once. Los ascensores están a su derecha. Matthew se había mentalizado para esperar mucho más tiempo, y ahora se sentía incómodo. Le resultaba difícil contener su ira, y su abuelo podría despistarlo de muchas maneras. Tenía que mostrarse inflexible, hablar de todo lo que sabía, y exigir respuestas.

Llamó firmemente a 1a puerta y oyó unos pasos que se acercaban y que acallaban su saludo.

–Soy Matthew.

La puerta se abrió de par en par, y el hombre se quedó allí plantado. Era alto, tenía el pelo canoso y sonreía.

–¿Es usted el nieto de Andreas?

–En efecto.

–Sí, pase, pase.

El hombre mayor se apartó, y Matthew entró en la habitación. La estancia no era grande. Incluía una cama doble, una televisión, un escritorio y dos sillas; había un discreto motivo floral en las paredes, en

los cojines y en la colcha. Matthew no vio a Andreas, pero se oía ruido en el cuarto de baño.

–Siéntese -sugirió el hombre, mientras él se sentaba a su vez en la silla más cercana a la puerta.

Matthew permaneció de pie, pero anduvo por la estancia y vio por la ventana el patio que había en la planta baja. Había aprendido a no formular preguntas a los socios de su abuelo. La presencia del hombre era frustrante, mientras Matthew esperaba impacientemente a Andreas, pero éste había decidido tomárselo con calma. Lo haría esperar. El clic del interruptor de la luz del cuarto de baño hizo que Matthew se volviera.

Un hombre bajito, grueso, prácticamente calvo y con los ojos hundidos salió del baño. Llevaba una cazadora de piel que le venía dos tallas más grande. La luz del lavabo estaba apagada, y Andreas no aparecía, no estaba en la habitación. Los dos hombres se quedaron entre él y la puerta. El pánico adoptó la forma de un extraño entumecimiento, y Matthew no confiaba en lo que pudiera decir.

–Por favor, siéntese -insistió el hombre mayor-. Deberíamos conocernos.

Matthew se sentó cautelosamente en el borde de la cama. El tipo calvo seguía estando de pie, dándose unas palmaditas en los bolsillos distraídamente, y su rostro delataba una expresión de disgusto.

–Ha venido a buscar a su Papou -dijo el hombre canoso-. Nosotros también. Como ve, no está aquí.

El hombre tenía aproximadamente la misma altura y el peso que Andreas, y su rostro presentaba la misma forma rectangular. Incluso las mismas facciones. Como vestía un traje oscuro y llevaba la camisa abrochada hasta el cuello, Matthew se dio cuenta de que el conserje, comprensiblemente, se había confundido. Pero aquel hombre tendría diez años menos que Andreas, y su expresión era mucho más afable.

–¿Qué están haciendo en esta habitación? – Esperando. Estamos esperando, igual que usted.

–Creo que estaban haciendo algo más que esperar antes de que yo entrara.

–Sí, bueno, nos aprovechamos de su ausencia para echar un vistazo a la habitación. Le aseguro que no hemos robado nada.

–No deberían estar aquí.

–Legalmente, tiene razón. Pero, en algunas ocasiones, los imperativos extralegales prevalecen. En cualquier caso, no hemos echado la puerta abajo. Nos han dado la llave.

–¿Servirá de algo si les pregunto qué estaban buscando?

–No estamos del todo seguros. Quizá algo que nos diera una idea de dónde se encuentra el icono en estos momentos. Sí, el icono, paidemou, no se haga el sorprendido. ¿O qué creía que buscábamos?

–Él lo sabe -lo interrumpió el hombre calvo con un tono de voz que delataba irritación-. Él sabe dónde está, ¿verdad? Matthew pensó en varias respuestas, verdaderas, falsas y una mezcla de ambas. ¿Cuál lo protegería? ¿Cuál pondría en peligro a otra persona? El miedo paralizó sus pensamientos. ¿Por qué no se levantaba y se marchaba?

–No corre ningún peligro -aclaró el hombre mayor amablemente-.

Pero debemos saber dónde se encuentra el icono. Es sumamente importante.

–¿Por qué razón?

–Una pregunta inteligente, aunque la respuesta es compleja. Creo que varias personas implicadas en la venta del icono, quizá también usted, están haciendo mal las cosas debido a un malentendido. En realidad, se trata de un engaño deliberado. Dígame: ¿han conocido a un sacerdote llamado Tomas? Después de hacer una pausa demasiado larga para negarlo, Matthew asintió con la cabeza.

–¿Y él se presentó como un representante de la Iglesia griega?

–En efecto -respondió Matthew, que pasó de temer por su seguridad a sentir auténtico pavor-. ¿No lo es?

–Lo es, o mejor dicho, lo era. Es un sacerdote de la Iglesia en Estados Unidos, pero de vez en cuando Tomas hace algunos negocios en nuestro nombre. Buscaba la oportunidad de adquirir el icono para nosotros. Sin embargo, aproximadamente en esta última semana, dejó que sus propios intereses reemplazaran a su obligación espiritual. Así lo creo. Para ser sinceros, no sabemos dónde se encuentra Tomas en este momento, de modo que no podemos decirle exactamente qué ha pasado. Estoy siendo muy honesto con usted, más de lo que debería, tal vez. En cualquier caso, no creemos que esté en posesión del icono.

¿Que pregunta había que formular primero?

–Perdone, pero ¿quién es usted?

–Soy yo quien debe disculparse. Me llamo Ioannes. Padre John, si así lo prefiere. Muchos de mis amigos norteamericanos me llaman así.-

Soy griego.

–Por supuesto.

–¿De modo que usted es de la Iglesia de Grecia?

–Sí.

–¿Y vino aquí para comprobar que la venta se llevaba a cabo correctamente?

–Las acciones de Tomas levantaron sospechas. Por desgracia, sus superiores no lo controlaron debidamente, y no hablamos con ellos hasta que ya fue demasiado tarde. Estoy aquí para ver qué puede salvarse. El icono es sumamente importante para nosotros. Tuvimos una gran alegría cuando Tomas nos habló de su descubrimiento, se lo aseguro.

–Esperen. ¿Ustedes no sabían que Kessler tenía el icono? – Había rumores, el de Kessler era uno de ellos. La mayoría pensaba que estaba en una caja fuerte de Suiza. Yo supuse que estaría destrozado.

–De modo que Tomas contactó con ustedes. – Correcto.

–¿Nunca contactó con nadie de este país para que actuara en su nombre? Me refiero a alguien externo a la Iglesia. – ¿En quién estaba pensando?

Los pensamientos de Matthew perdieron fuerza. Todo aquel asunto estaba fuera de su alcance, y lo acechaba una sombría percepción. Aun así, después de que le hubieran tomado el pelo con tanta facilidad,

¿podía aceptar sin más esas palabras? ¿Debería abandonar tan rápidamente su fe en Fotis?

–Debo admitir que Tomas era igual de creíble que ustedes. Adoptó todas las medidas necesarias para comprar el icono, dio mucho dinero.

¿De dónde salió?

El hombre calvo habló bruscamente en griego, y dio a entender que estaban perdiendo el tiempo. El padre John le contestó rápidamente.

¿Por qué tenían tanta prisa? Luego, el hombre mayor se inclinó hacia adelante y miró pensativamente a Matthew.

–Evidentemente, Tomas tenía un colaborador que lo apoyaba. La persona que realmente se encargó de buscar el icono. Tal vez conozca a

esa persona.

Matthew negó con la cabeza, en un gesto de resistencia, más que de negación.

–No tiene por qué confiar en mí -continuó el sacerdote-, pero le pido que lo haga. Para el bien de la Iglesia, para el bien de otras personas que han sido engañadas, y en memoria de quienes han muerto por la obra. Necesito su ayuda. Por favor, dígame dónde está el icono.

Matthew siempre se sentía inclinado a confiar, pero estaba empezando a verlo como una falta de su carácter.

–Tengo que ir al baño.

El calvo maldijo, y Matthew penetró en la relativa seguridad de la habitación de azulejos azules y luz fluorescente. Se lavó agradablemente la cara con agua fría, pero eso no sirvió para refrescar sus ideas. El sacerdote resultaba convincente. Exudaba compasión y honestidad hasta tal punto que casi resultaba hipnótico. ¿Podía confiar en él? ¿O acaso el asunto era todavía más espinoso? ¿Una guerra en el seno de la Iglesia, tal vez? La conclusión a la que siempre llegaba era la misma que antes lo había obligado a callar: no podía traicionar a su padrino con tan poca información fiable. Investigaría el tema por sí mismo, con rapidez, tal como tenía intención de hacer cuando llegó al hotel. Eso quería decir que perdería a esos dos. ¿Lo dejarían salir?

¿Podrían seguirlo sin que se diera cuenta? No había tiempo para bajar la guardia durante uno o dos días. Cada hora contaba.

A través de la puerta pudo oír que sonaba el teléfono. Cuando se compuso y salió del cuarto de baño, Matthew vio que el hombre calvo descolgaba el teléfono mientras farfullaba nerviosamente unas palabras al padre John. Matthew no pudo entender completamente las palabras griegas dichas con rapidez y con un acento tan cerrado, pero pudo discernir un nombre que le resultaba familiar. El sacerdote levantó la vista.

–¿Se siente mal?

–Estoy bien. Tengo que marcharme.

–Un colaborador de mi amigo norteamericano ha hecho un descubrimiento entre las posesiones abandonadas del padre Tomas. Un nombre conocido para nosotros: Fotis Dragoumis. Creo que usted lo conoce.

Matthew asintió con la cabeza.

–¿Se ven a menudo?

–Sí.

–¿Y es una persona peligrosa?

–Yo no lo veo como tal. Aunque tal vez sea peligroso para usted.

–De todas formas, tenemos que verlo, y creo que debería acompañarnos. ¿Qué le parece?

–No lo sé.

–No lo obligaremos a ello. Eso es una decisión completamente suya.

Curiosamente, siento que su presencia hará que la situación sea menos peligrosa para ambas partes.

Matthew absorbió la importancia de esas palabras. La necesidad de sentirse incluido en algún tipo de refugio superaba cualquier otra consideración.

–Tengo que llamarlo.

–No se lo puedo impedir. Pero si lo hace, habrá desaparecido cuando lleguemos, y ninguno de los dos volverá a ver de nuevo el icono.

Creo que se da cuenta de ello.

Aun así, Matthew dudó. El sacerdote estaba haciendo conjeturas; no podía estar tan seguro de que Fotis tuviera el icono.

–Scatá -soltó el hombre calvo mientras daba unos pasos rápidos hacia Matthew.

De forma instintiva, los brazos del joven se extendieron, las palmas de sus manos asieron al otro hombre por el pecho y lo hicieron tambalearse, de modo que se agarró a la cama para evitar caerse. Tenía intención de dirigirse hacia la puerta, pero mientras avanzaba, Matthew sintió una furia inesperada que acabó con sus miedos y colmó todo su ser. No había asestado un puñetazo desde la adolescencia, pero quería dejar inconsciente a aquel tipo achaparrado. El calvo se recuperó rápidamente y le asestó un golpe; su fuerte puñetazo impactó torpemente en el estómago de Matthew, aunque el joven tuvo que inclinarse por el profundo y nauseabundo dolor. Trató de atestar otro golpe, pero el sacerdote se interpuso.

–¡Stamáta! ¡Basta! – El padre John lo ayudó a sentarse en una silla, pero Matthew no quería sentarse, simplemente se apoyó sobre el brazo de madera de color claro, tratando con todas sus fuerzas de respirar.

El calvo se arregló la chaqueta, y una combinación de rabia y sorpresa distorsionó sus facciones.

–Demetrios no lo perseguía -aclaró el sacerdote-; se dirigía a la puerta.

Matthew se había dado cuenta de ello poco después de asestar el golpe; aun así, seguía enojado, y apenas podía controlar su ira. Estaba del todo confundido, pero ahora lo entendía. Le temblaban las manos.

El suelo parecía haber desaparecido, como si fuera un tembloroso patíbulo que Fotis hubiera construido a sus pies. Era mentira; lo había construido él mismo, utilizando los materiales de mala calidad que su padrino le había proporcionado, las medias verdades y los ligeros razonamientos. Como ignoraba cada señal, dejaba que el noble objetivo lo justificara todo. Habían jugado con él. Era tal como su padre le había advertido, ya no podía eludir la verdad.

–De acuerdo -aceptó Matthew cuando volvió a recobrar el aliento-.

Los acompañaré. Pero lo haremos a mi manera. Fotis es muy listo y está bien protegido.

El sacerdote sonrió.

–Pues contaremos con usted para que nos proteja.

Hacía frío. Andreas no salía a la calle a esa hora de la mañana desde hacía mucho tiempo, y le sorprendió cómo el frío del amanecer le calaba los huesos. Caminó rápidamente para que la sangre corriera por sus miembros entumecidos, sabiendo que no podía ir despacio en los próximos minutos y en las próximas horas. Necesitaría una acción vigorosa. De pronto, se sintió profundamente incómodo. Había llevado al límite la situación, sin esperar a que pasara nada, pero ahora estaba todo revuelto. Las cosas podrían salirse de madre, y él no podría culpar a nadie salvo a sí mismo. Sin embargo, en cierto modo deseaba que ocurriera. El tiempo no borraba los crímenes, pero su instinto le decía que la amenaza que pesaba sobre todas las personas relacionadas con el icono era real. Sólo esperaba que Benny fuera puntual, porque hacía mucho frío.

La oscuridad se cernió sobre los estrechos callejones, pero el cielo empezaba a iluminarse lentamente sobre Queens. Algunas personas ya habían salido de sus casas, eran como unos espectros solitarios que todavía no sabían que estaban despiertos. Los taxis subían por la

Tercera Avenida. Un sedán metalizado estaba parado delante del edificio de ladrillo de la esquina noroeste de un cruce. Un pequeño coche japonés, muy útil para aparcar. La puerta del asiento del acompañante estaba cerrada, y Andreas entró agradecido en el cálido habitáculo. Benny ya estaba fumando, y había dos tazas de café dentro de un recipiente de plástico que quedaba entre ambos. La actitud de aquel hombre parecía más relajada esa mañana, puesto que había dejado pasar el escaso tráfico antes de entrar en la avenida. – ¿Adónde vamos? – preguntó Andreas.

–No muy lejos. A Yorkville. La llaman la ciudad alemana, pero en realidad es húngara. Hay iglesias, restaurantes y clubes alemanes.

–Conozco el barrio.

–Hay una especie de casa de huéspedes regentada por una mujer húngara. No lo conocía, pero alguien me habló de ese sitio hace unos días.

–¿Y enviaste a una de las chicas con sus folletos?

–Entré gracias al servicio de limpieza, aunque no es uno de nuestros negocios. En cualquier caso, él no se hospeda en la pensión, sino en un apartamento de esa mujer situado a unas cuantas manzanas de distancia. Se hace llamar Peter Miller.

–Miller -musitó Andreas con escepticismo-. Es un nombre viejo. No lo ha utilizado desde hace años.

–Quizá lo escogiera por eso.

–Benny, ¿estás seguro? Peter Miller es un nombre muy común.

–Lo vi la pasada noche. Es bastante mayor, tiene las piernas cortas, el torso largo y cojea un poco.

La descripción parecía encajar con Müller, pero podría tratarse de una simple coincidencia.

–¿Cuántos apartamentos hay en el edificio?

–¿No confías en mí, verdad, amigo mío?

–Sólo me hago unas cuantas preguntas.

–Ya veo -replicó secamente el hombre más joven-. ¿Cómo saber que el hombre era ese tal Miller, o mejor dicho Müller, y no uno de esos diez mil ancianos que viven al norte del East Side? Es un edificio pequeño, consta de ocho apartamentos, dos de ellos sin ocupar. Entraron cuatro

personas que parecían residentes, gente joven, maletines, tintorería. No cubre todo el edificio, pero estrecha el cerco considerablemente.

–Sí, suena prometedor.

–Creo que tenemos a tu hombre. Si me equivoco, te invitaré a desayunar.

–¿Qué plan tienes?

–Entró en el edificio anoche. No creo que haya vuelto a salir.

Aparcamos y esperamos. Es una calle tranquila, podríamos cogerlo y llevarlo a un lugar seguro. Se me ocurren varios lugares. O podríamos hacerlo aquí, pero no te lo recomiendo.

–¿Pues entonces por qué lo mencionas?

–Por si a ti te resulta más fácil.

«En otras palabras -pensó Andreas-, por si pierdo los nervios por estar sentado una hora en el coche con un bastardo aterrado que sabe que lo vamos a matar.» En realidad, nunca había estado de acuerdo con Benny, pero su incapacidad para negarse sirvió para poner el plan en marcha. Las cuestiones morales no le molestaban; simplemente no cabían en una operación como aquélla. Estaban los dos, y no podrían obtener la ayuda de nadie. No importaba lo bueno que fuera el plan de Benny; estaba destinado a ser complicado porque corrían el riesgo de ser descubiertos.

–Estoy dispuesto a ser cauteloso -continuó Benny-. A sentarlo en una silla o a acorralarlo contra un coche. Sólo tardaría unos minutos como máximo, y nadie se daría cuenta de ello. Es un plan ideal.

–Imposible -protestó Andreas-. Todavía no lo hemos identificado.

–¿No lo conoces a simple vista?

–Creo que sí, pero tendríamos que estar muy cerca.

–Pues lo cogeremos.

–¿Y si hay mucha gente por la calle?

–Entonces lo seguiremos. Veamos qué trama. Esperaremos la próxima oportunidad.

Giraron hacia el este por la calle Ochenta y cuatro, y se dirigieron hacia el brillante cielo. Andreas odiaba estar tan cerca del objetivo con un plan tan ambiguo. En realidad, había participado en numerosas operaciones mal planeadas de las fuerzas de seguridad griegas, pero iban en contra de su naturaleza, y normalmente sus inquietudes al

respecto resultaban certeras debido a alguna metedura de pata. Le gustaba estar más preparado. Los ingleses, y posteriormente los norteamericanos, habían sido sus modelos. Envidiaba sus recursos: apartamentos seguros, potentes equipos de vigilancia, equipos de rastreadores. Actualmente, su antigua agencia empleaba todos esos métodos, aunque él ya no trabajaba para ellos. Él iba por su cuenta, a merced de aquel habilidoso pero lunático judío. Andreas se recordó que las consecuencias no importaban demasiado. El comportamiento descuidado insultaba a su profesionalismo, pero era un resultado con el que contaba. Ya no era responsable de nadie, salvo de sí mismo. Valdría la pena atrapar a Müller, después de todos aquellos años. Un servicio prestado, una deuda pagada. Que después hicieran con él lo que quisieran. Empezó a sentirse más tranquilo, mientras vigilaba cada manzana bordeada de árboles y el tráfico de peatones en cada cruce.

Las cosas irían según la marcha, y estaba preparado para lo que viniera.

Benny señaló hacia un edificio viejo y marrón por el que se accedía a una larga y deteriorada escalinata. En el segundo piso, a mano derecha, era donde había visto encender una luz un minuto después de haber entrado Miller. No había sitio para aparcar, de modo que dieron una vuelta a la manzana hasta que encontraron un hueco cerca de la avenida, debajo de un platanero inclinado al que casi no le quedaban hojas. Durante el verano, la calle estaría sombría debido al espejo follaje, pero en ese momento Andreas se sentía totalmente expuesto.

–Relájate -le recomendó Benny.

–Hemos pasado por este maldito sitio tres veces.

–Buscamos aparcamiento. Todo el mundo lo hace. Recuerda que ha vivido cincuenta años eludiendo a gente. No todo el mundo es como tú, que examinas el retrete en busca de micrófonos antes de que la persona entre en el baño.

–Ahí está.

Un hombre salió por la puerta de madera y bajó la escalinata pesadamente. Tendría sesenta años, iba vestido con ropa informal pero sostenía un maletín.

–No creo que vaya al trabajo -apuntó Benny mientras sorbía el café.

Andreas observó al hombre mientras pasaba. Era larguirucho y pesaba un poco más de la cuenta. Tenía exactamente la misma constitución que Müller, pero era demasiado joven, y su rostro fresco y ruborizado no le era familiar. Nadie más salió del edificio en la próxima hora, aunque el cielo fue ganando luminosidad, y Andreas pudo sentir cómo Benny se removía nerviosamente en su asiento.

–Por lo que sabemos -comentó el hombre mayor-, ha salido una hora después de entrar.

–Ya me doy cuenta.

–Para hacer esto correctamente debes estar dispuesto a esperar horas. Todo el día, si hace falta.

–Conozco el procedimiento. Simplemente, no me gusta.

–Eso te pasa porque eres un analista de pura cepa.

–Ya tuve mi ración de trabajo en la calle.

«Y te expulsaron por excesiva agresividad», pensó Andreas, aunque no sería un comentario agradable. Muchos operativos eran catalogados de extremadamente celosos por sus jefes poco creativos. Era el cambio de analista a operativo lo que inquietaba a Andreas. Eran dos trabajos totalmente distintos. Aunque habían compartido información, los dos hombres nunca habían dirigido una operación juntos. Pero Benny había tenido bastante éxito yendo por su cuenta, y nunca le había fallado. Pasaron otros cuarenta minutos. Andreas estuvo a punto de dormirse dos veces, y tenía las piernas entumecidas. Benny seguía inquieto y consultaba a menudo el reloj, hasta que finalmente abrió la puerta.

–Sígueme en cuestión de minutos -ordenó, luego salió y echó a andar a paso rápido antes de que Andreas tuviera tiempo de protestar.

Un desagradable subidón de adrenalina recorrió al anciano mientras veía a Benny caminar por la calle, pasar por la casa vigilada en la otra acera, sortear el cruce y luego volver. Sin pensarlo dos veces, Benny subió la escalera de la casa de ladrillo y desapareció en el vestíbulo. Andreas abrió la puerta y salió del coche.

El aire frío le caló los huesos, y sintió cómo sus piernas dormidas temblaban mientras se abría paso por la acera deteriorada hasta la escalinata. La estatura y la constitución de Benny llenaban el vestíbulo, pero Andreas pudo ver que el hombre ya había abierto la puerta del

interior del edificio. Descendieron por la escalera. El vapor de los radiadores envolvía las cañerías y las hacía gemir, y la luz fluorescente parpadeaba. El suelo estaba cubierto por unos azulejos blancos y negros. Había varios buzones deteriorados colgados de una pared, así como otra escalera medio rota. Andreas dejó unos tres metros de distancia entre ambos mientras los dos hombres subían, y le sorprendió la velocidad de su compañero. Ninguno de los dos hizo ruido.

La puerta del apartamento estaba blindada y pintada de marrón.

Benny ignoró la mirilla y pegó la oreja a la puerta. Las cañerías seguían gimiendo con un sonido metálico, pero Andreas no oyó nada más en el edificio. Sus ocupantes parecían muy silenciosos. Al cabo de un minuto, Benny cogió una tarjeta de plástico flexible y fina como una cuchilla y la colocó entre la puerta y el marco. Tardó un minuto en explorarla. Buscaba el cerrojo, pensó Andreas, ¿y qué pasaría cuando lo encontrara? ¿Llevaría una sierra o un taladro escondidos en su amplia chaqueta?

Benny se levantó y alzó un dedo: sólo se veía un único cerrojo.

Después sacó una serie de llaves maestras y empezó a probarlas una detrás de otra, con lo que inevitablemente hizo ruido. «O ese tipo no está en casa -pensó Andreas-, o nos está esperando detrás de la puerta para partirnos la cara.» Luego lo asaltó otro pensamiento. La puerta no tenía sistema antipalanca, sólo un cerrojo.

¿Se quedaría Müller en un sitio como aquél? Atrapado en un apartamento, tanto si éste tenía un cerrojo en la puerta o diez.

La cuestión era evitar ser descubierto. Aun así, la situación era inquietante.

Cuando el cerrojo cedió, Benny abrió la puerta y se introdujo en la habitación. Metió la mano libre dentro de su chaqueta. Andreas esperó dos o tres segundos y luego lo siguió. Era el típico piso cercano a las estaciones de tren (una larga y estrecha hilera de habitaciones), y los hombres entraron en la cocina. La estancia era oscura y no oyeron nada. Benny giró a la derecha, hacia la débil luz de los escaparates de las calles. Andreas giró a la izquierda, hacia el dormitorio vacío. Había unas cortinas grises que bloqueaban la tenue luz, una pequeña cama cerca de la ventana y un escritorio magullado. Un solitario grabado paisajista colgaba de la pared, pero las otras estaban desnudas. La

alfombra verde era fina y estaba manchada, y toda la estancia desprendía una atmósfera de esterilidad y transitoriedad. Allí no vivía nadie; nadie se quedaba mucho tiempo en aquella habitación. No vivía nadie, aunque parecía que hubieran utilizado la cama porque estaba hecha de cualquier forma.

Andreas se encontró con una puerta cerrada. Pensó en si alguien sería tan estúpido de encerrarse en el cuarto de baño; luego se dio cuenta de que no llevaba una arma y de que Benny se encontraba a tres habitaciones de distancia. Suspiró ante la idiotez de toda la operación, después abrió la puerta de un puntapié. El espacio era muy pequeño, suficiente para ir al retrete, afeitarse y ducharse, nada más. El viejo nazi no se escondía detrás de la cortina de la ducha. Andreas se vio reflejado en el espejo, su ridículo rostro de anciano, arrugado y demacrado por décadas de recelos: Él era un hombre pragmático, atento, no especialmente engreído; aun así, se olvidaba de que era viejo.

Los espejos siempre se lo recordaban.

Apartó la mirada de aquella imagen que le resultaba desagradable y se fijó en el lavamanos. La porcelana estaba húmeda, y una fina película colgaba del grifo. Pasó la mano por la capa, y luego la enrolló entre el dedo índice y el pulgar. Era el tipo de residuo que se encontraba a menudo en las casas en las que vivía una mujer. Cremas, maquillaje, exfoliantes y todo tipo de potingues necesarios para conservar un rostro público. Evidentemente, los hombres también utilizaban esos productos. Posiblemente, también había tinte en aquella mezcla. Andreas cerró los ojos y se imaginó al hombre del maletín que había salido del edificio. Añadió unas cuantas líneas al rostro, cabello blanco y gafas. La cojera era fácil de disimular. Y voilá: el fantasma de Müller. El peso de la revelación lo hizo apoyarse con ambas manos en el lavamanos. Se sentía muy mal. «Idiota», se insultó a sí mismo.

Oyó a Benny vagando por el apartamento; ya no andaba con cautela. Andreas se irguió y se sentó en la cama mientras el hombretón ocupaba el marco de la puerta.

–No hay nadie.

–Eso es lo que parece.

–Tenías razón -dijo Benny, molesto-. Debió de salir anoche.

–Creo que no. Creo que en realidad lo vimos salir.

Benny no hizo caso del comentario, se dirigió hacia el escritorio y empezó a sacar los cajones.

–¿Has mirado aquí?

–No encontrarás nada. Ni abrigos en el armario, ni pasta de dientes en el cuarto de baño.

Su compañero cerró bruscamente los cajones vacíos; luego se acercó a Andreas.

–¿Se ha ido?

La mente del anciano ya había empezado a pensar en la ciudad, en el East River y en Queens. Sólo tenía la palabra de Fotis para seguir adelante con Müller. Eso, junto con su propia desesperación para que fuera verdad que Müller estaba vivo, una desesperación que el maquinador podría haber olido todo ese tiempo. Era la trama más obvia imaginable. «¿De qué me estabas distrayendo? – pensó-. ¿Por qué siempre estoy varios pasos por detrás de ti?» Casi sesenta años y todavía era el estudiante. Pobre Andreou.

–No, Benny. Nunca ha estado aquí.

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