El icono sagrado

Neil Olson · Capítulo 8 de 27

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El icono sagrado

Capítulo 7

–Esta vez, prepararé café caliente.

Ana estaba acostumbrada a transmitir una serena confianza en sí misma, según pudo discernir Matthew, pero su trajín en la cocina revelaba nerviosismo. ¿Sería él la causa? Pero ¿por qué tendría que serlo? Probablemente fueran los confusos detalles de la herencia de su abuelo. Matthew dedicó toda una tarde, fuera de su ajetreada oficina, a ayudar a Ana a resolverlos. Había paseado por el lago, apenas consciente del fuerte viento, de la menguante luz dorada de las aguas, de las miradas mezquinas de la gente que hacía jogging por el estrecho sendero. Tenía los sentidos embotados por las imágenes que acudían a su memoria: un pastor ciego que de repente contemplaba la llama de una vela; unas viudas vestidas de negro que se postraban con sus rodillas rotas e insensibles, que manifestaban su dolor ante la Virgen y luego se marchaban totalmente curadas; una estancia oscura llena de suplicantes agotados y resignados que se convertían en uno, en uno solo, aunque únicamente fuera por un momento después de ser tocados o mirados. Rostros como el de su abuelo, el de sus tías y sus primos, rostros como el suyo. Las palabras de Mayer-Goff resonaban en su cabeza: «Yo lo vi con mis propios ojos.» Apenas recordaba haber salido del parque a la altura de la calle Noventa; sus caros zapatos se cubrieron de barro al pasar por un camino de caballos. Sus pasos y sus latidos se aceleraron de un modo inquietante cuando atisbó el edificio de ladrillo rojo de Kessler.

–Gracias -dijo-, pero no era necesario.

–No es café griego, desde luego. No estoy segura de cómo se prepara.

–Necesitas los ingredientes correctos, como el café exprés. Es mejor ir a algún bar donde lo preparen bien.

–¿Conoces alguno de esos locales?

Ana llevó las dos tazas hasta la mesa y se sentó delante de Matthew.

Su rostro todavía parecía retraído, aunque había algo intenso en ella, a pesar de todo su agotamiento. Lo soportaba bien.

–Conozco unos cuantos establecimientos.

Matthew estaba tan seguro de que ella le preguntaría acerca de esos locales, de que le pediría ir alguna vez, que se sintió ligeramente incómodo cuando la joven no lo hizo.

–Gracias por haber venido -reconoció en un tono de voz formal, mientras miraba fijamente su café-. Sé que sólo has venido por la oportunidad de ver el icono una vez más, pero el precio que tienes que pagar consiste en hablar de algunas cosas conmigo, de manera informal. Entiendo que debes lealtad al Metropolitan.

–Me encanta ser de utilidad.

–¿Puedes decirme si el museo va en serio?

–Estamos interesados en la pieza, de eso puedes estar segura.

Aunque yo no lo estoy tanto respecto al alcance de ese interés.

–Quieres decir que depende del precio…

–Eso es un factor, evidentemente. El conservador jefe de mi departamento quiere ver la obra. El director también.

–¿De modo que no negociaré contigo?

–Yo estaré implicado en este proceso, pero la transacción la llevarán a cabo mis superiores.

–Es una pena -dijo con un tono de voz adulador-. Nos llevamos tan bien…

Matthew rió nerviosamente. Era tan directa, aunque de temperamento tan voluble, que no sabía cómo catalogarla. – Podrías insistir en ese sentido. No es infrecuente. Teníamos a una anciana excéntrica que sólo hablaba con nuestro asesor legal porque se dirigió al alma máter de su marido fallecido.

–Eso es brillante.

–El director no lo vio de ese modo.

–¿Puedo hacer yo lo mismo? ¿Te ayudaría eso en tu carrera?

–¿Sabes? – respondió Matthew con cautela-, probablemente deberías dejar la parte negociadora a tu abogado.

–Mi abogado. Es un tipo mañoso. Es posible que acabe por robar a ambas partes.

–¿No deberías tener a un abogado en el que confiaras?

–Oh, creo que confío en él. – Ana evitó mirarlo antes de darle un sorbo al café-. Él se ha ocupado del negocio de Kessler durante treinta

años y conoce todos los secretos. No podría deshacerme de él aunque quisiera.

–¿Estás pensando en algún precio?

–El abogado, sí. A mí me parece elevado, pero si la pieza es tan original como dices, quizá no sea un mal precio. Desearía poder preguntarte qué precio es el justo.

–Ojalá pudiera decírtelo. Justo es lo que el mercado soporta.

–Pero no estamos tanteando el mercado.

–No puedo creer que tu abogado no haya tanteado el terreno.

–¿Crees que deberíamos investigar el mercado?

–Eso sería lo normal.

–¿Y hablar con esos canallas de las casas de subastas? – Ana hablaba con severidad-. Te prometen el sol, la luna y las estrellas.

–Es posible que las consigan.

–¿Qué me estás diciendo, Matthew? ¿Que debería dirigirme a algún coleccionista privado y rico?

Su mirada era intensa, y Matthew se encontró luchando con una sensación de incomodidad, impulsada por una sinceridad poco educada.

–En realidad, creo que eso sería una idea horrible. No necesariamente para ti.

–No digas tonterías.

–Es sólo que… la idea de que esa obra quede aislada del mundo, colgada de la pared de una casa particular…

–Ahora lo está -insistió ella. Matthew aspiró lentamente.

–Sí, así es como está ahora. Sería una triste elección. Debería estar donde muchas personas pudieran contemplarla.

–En un museo.

–Un museo sería la opción más evidente.

–¿Pero un museo le dará la atención que merece?

Surgía de nuevo la pregunta de Fotis, y esta vez, Matthew no sabía qué contestar.

–Puedes imponer condiciones a la venta. Es algo que se hace con frecuencia.

Ana negó con la cabeza.

–Mi abogado dice que no tenemos la influencia suficiente para ello con un solo cuadro. Si donáramos toda la colección, podríamos imponer condiciones. O si fuera un Picasso o un Rembrandt, tal vez.

Dime si me equivoco.

–Probablemente tengas razón. – Matthew se encogió de hombros-.

En todo caso, merece la pena hablar de ello. – ¿Te causa mucha molestia que el arte bizantino no sea tratado con el mismo respeto que el que se confiere a los antiguos maestros, o a los impresionistas, o a todos esos pintores tan populares?

–Lo cierto es que nunca tuve en cuenta la popularidad cuando me metí en este campo. Simplemente estudiaba lo que me parecía interesante, era un tanto.

–Pero debe de molestarte. Para las personas que crearon ese icono, era una cuestión de vida o muerte, ¿verdad? Levantaban esos objetos delante de sus ejércitos cuando se disponían a librar una batalla.

Morían para defenderlos. ¿Acaso alguien murió por un Renoir?

Ana se inclinó sobre la mesa con los ojos muy abiertos y gesticulando ampliamente. Matthew quería reírse de lo ridículo que le parecía ese argumento, pero le resultó del todo imposible. Ella era tan sincera, tan plenamente consciente de sus emociones, que era él quien se sentía ridículo, empequeñecido por sus propios prejuicios.

–Tienes razón, salvo que el arte giraba en torno a la religión.

Mataban y morían por lo que el icono representaba, no por su belleza.

Ana se reclinó en su asiento, asintiendo lentamente por sus palabras, o como gesto de aceptación de algún nuevo pensamiento.

–Todo se reduce a eso, ¿verdad? No se puede prescindir del elemento religioso.

La joven se dirigió hacia la encimera, cogió la cafetera y volvió a llenar las tazas, aunque ninguno de los dos había bebido mucho. Ese día no llevaba traje, sino unos vaqueros desteñidos y una camisa blanca. Matthew se distrajo por el largo arco de la pierna de Ana, embutida en el tejido ajustado, mientras ella devolvía la cafetera al mostrador y permanecía allí durante unos segundos, de espaldas a él.

–Por tanto, Matthew, puesto que no negociaremos directamente, quiero pedirte consejo acerca de algo. Sé que serás sincero conmigo.

–Lo intentaré.

Ana se acercó a la mesa y volvió a sentarse, observando los ojos de su interlocutor mientras ella hablaba.

–Alguien de la Iglesia griega llamó a Wallace, mi abogado. Quieren el icono.

Matthew lo había adivinado antes de que ella abriera la boca. Fotis estaba allí, delante de él, insistiendo en el mismo tema.

–¿La Iglesia griega de Grecia?

–No estoy segura. El hombre que llamó era un sacerdote norteamericano, pero hablaba en nombre de la Iglesia griega. No estoy del todo segura de qué diferencia hay.

–Es confuso incluso para ellos.

–Al parecer, insinuaron que la obra fue robada en Grecia, hace muchos años.

Ana lo miraba tan fijamente que Matthew se sintió implicado en el crimen. De eso era realmente de lo que quería hablar desde el principio.

–¿Te sorprendió esa propuesta?

Ana sorbió el café sin interrumpir el contacto visual. – No.

–¿Se ofrecen a pagar?

–No mencionaron ninguna cifra, pero sí, pagarían.

–¿Cómo quedasteis?

–En nada concreto. Se supone que debemos contactar con ellos.

–¿Y qué consejo necesitas de mí?

Finalmente, Ana hizo un ademán con la mano y miró a lo lejos.

–Siento curiosidad por lo que pienses de la idea. No es que esté considerándola en serio…

–¿Por qué no?

–¿Crees que debería?

–Deja de arrojarme todas estas preguntas y piensa en lo que tú quieres. – Matthew apenas levantó el tono de voz, pero ella pareció molestarse-. Escucha, Ana, no existe ningún deber al respecto. Tengo curiosidad por saber por qué no consideras a la Iglesia como una opción de venta viable.

–Es un nuevo concepto para mí, eso es todo. Entiendo de marchantes, de coleccionistas y de museos. Es sólo arte. Pero el tema religioso le añade un elemento totalmente nuevo. Quieren el icono por

razones completamente distintas. No puedo hacer una comparación entre ambas opciones.

Los pensamientos de Matthew parecían correr en todas direcciones: en los planes de Fotis, en sus propios deseos, en lo que debería decirle a Ana.y cuándo. No podía unirlo todo.

–Creo que una buena forma de planteárselo sería pensar en quién vería la obra en ambos casos, y qué extraería cada grupo de esa experiencia visual. Necesitas más información.

–¿Pero eso importa? Supongamos que el icono fue robado. ¿No les pertenece? ¿No podrían causarnos serios problemas a mí o al museo?

Matthew había evitado deliberadamente la cuestión, pero no había forma de eludirla. El simple susurro de «botín nazi robado» por parte de los griegos sería suficiente para que el museo perdiera su interés de inmediato. Ni siquiera harían falta datos.

–¿Son ésos los argumentos que el representante de la Iglesia utilizó con tu abogado?

–Fueron más sutiles, estoy segura, pero Wallace lo entendió. Y se aseguró de que yo también lo entendiera.

–¿Qué te recomienda él?

–No quiere que nadie lo intimide. Por lo que sé, el museo sigue siendo la primera opción, pero ni siquiera me habría comentado el interés que tiene la Iglesia si no estuviera considerando esa posibilidad.

–Bueno… -Matthew luchaba por encontrar las palabras adecuadas-. Esto se pone interesante.

–¿Ah, sí? Yo lo encuentro bastante angustioso.

–Imagino que estás más indecisa de lo que parecías al principio.

–Soy voluble. – Ana se pasó una mano por el pelo-. Ninguna de las dos opciones me parece correcta. Mi abogado me da este consejo tan irritantemente contradictorio empleando un tono de voz neutro, y lo único que puedes hacer es formular preguntas.

–Al menos, él cobra. Mis consejos son gratis.

–¿Quieres que te pague?

–Te estoy haciendo preguntas que creo que te ayudarán a saber lo que quieres. No estoy en posición de decirte lo que debes hacer.

–En estos momentos, me gustaría que alguien me lo dijera.

–Sospecho que, si alguien lo intentara, te resistirías con todas tus fuerzas.

Ana lo recompensó con su primera sonrisa del día. – ¿Crees que soy tan reacia a ello?

Matthew se recostó en su silla y le devolvió la sonrisa a la,joven.

–Es lo que yo haría.

–¿De veras? ¿Detrás de esa fachada tan amable se esconde algo de obstinación, señor Spear?

–Eso es lo que me dicen -contestó, mirando las baldosas color óxido del suelo. Sería mejor pasar a otro tema-. ¿Has considerado la posibilidad de quedártelo?

–La cuestión es que algunas de esas obras tienen que venderse. A pesar de lo cuidadoso que era mi abuelo, hay impuestos estatales y otros gastos bastante cuantiosos.

–¿Por qué el icono? Tienes muchas otras obras, ¿verdad?

–Quiero quedarme con las modernas, ésa es mi especialidad. De las piezas antiguas, el icono es la más valiosa.

–Quizá ésta sea una buena razón para quedársela.

Ana apoyó ambas manos firmemente sobre la mesa. – ¿Quieres que te diga la verdad?

–Por favor.

–Esa pieza me pone nerviosa, siempre ha sido así. Sé que sólo es una pintura, pero tengo la impresión de que hay algo más, algo que acecha en su interior. Luego está el hecho de que mi abuelo murió delante de ella. No la quiero. Bueno, ya lo he dicho. Ahora ya puedes enfadarte conmigo.

–Me costaría. Lo único que significa eso es que esa obra te afecta.

Quizá no de la forma en que hubiera querido su creador, pero te afecta de todos modos.

Ana permaneció pensativa durante unos instantes, luego esbozó otra sonrisa.

–Te refieres al artista, no al Creador. Matthew se sonrojó sin razón aparente. – Correcto. El tipo pequeño, no el grande.

–Lo siento, estoy quisquillosa. Necesito desconectar una temporada de todo esto. – Ana consultó su reloj-. Dios mío, se hace tarde. ¿No tienes que volver a la oficina?

–Ya he acabado la jornada de hoy.

–¿Hay algún lugar donde se suponga que debes estar?

–No. – Pero Matthew sintió que la joven lo estaba echando, y se levantó-. Sólo tengo que leer unos textos para ponerme al día.

Acto seguido, se dirigió hasta el fregadero para lavar la taza, disgustado por no tener tiempo de volver a ver el icono. No le gustaba esta fijación, y se sentía irritado por ello. La visita había girado en torno a las necesidades de Ana, no de las suyas.

–Déjalo, ya lo haré yo.

–No importa. – Matthew dejó la taza húmeda sobre la encimera de la cocina.

–Me preguntaba si te apetecería salir a cenar. Si no estás muy ocupado…

Matthew meneó la cabeza, sorprendido ante su propia estupidez.

¿Cuándo se había vuelto tan lento? ¿La estaba malinterpretando, complicando más las cosas?

–Es una buena idea -dijo.

La joven lo miraba con serenidad, y él esperó una excusa para besarla. En realidad, era una idea espantosa. Mantenían una relación comercial, y Ana era una mujer extraña en un en torno vulnerable. A pesar de la simpatía que sentía por ella, fascinación incluso, siempre se sentía incómodo en su compañía. El centenario reloj alemán de su abuelo que estaba colgado en el comedor interrumpió el amplio silencio con un tictac profundo y resonante.

–Te prometo que no hablaré del icono -añadió Ana, y él pensó en el camino que debía recorrer de vuelta a casa, pasando frente a las tintorerías y los restaurantes chinos, hasta su apartamento vacío. Todas las excusas baratas que se le ocurriesen resonarían por el viejo edificio de ladrillo rojo, y ella se sentaría a la mesa a beber café durante toda la noche.

–De acuerdo -accedió Matthew-. Me encantaría. ¿Adónde vamos?

Al final no fueron a ninguna parte. Ana pensó que podrían preparar algo juntos, aunque el problema era que había poca comida en casa y ella no sabía cocinar. Aunque sí conocía la bodega, y fue a buscar una botella mientras Matthew troceaba unas setas y mezclaba cuatro huevos revueltos con un poco de agua fría. Cortó una manzana

a rodajas, un poco de parmesano, y en cuestión de minutos preparó una tortilla perfecta, que comieron junto con unos panecillos tostados y un Cháteaux Margaux de 1984.

–Este vino no pega con esta comida -se quejó Ana.

–Sí, si te gusta.

–¿Y te gusta?

–Mucho, y no es que sea un experto en vinos. De joven me obligaron a tomar mucha retsina.

–Retsina -protestó Ana-. Dios santo, si es un horror.

–Se supone que ahora debo decir, con la barbilla muy levantada, que no has probado la retsina de verdad. «Esa retsina de exportación, Theomou, scatá!»

–Muy bien; te pareces a alguien.

–A Marlon Brando.

–Yo iba a decir a Mussolini.

–Sí, gracias. Lo cierto es que toda la retsina me sabe a savia de árbol. Comida griega, vino francés. – Matthew agitó el líquido oscuro de su copa. La elaboración del plato había rebajado parte de su tensión-. Que todo el mundo haga lo que sabe hacer bien.

Ana se metió un trozo de tortilla en la boca con tanta ansia como si no hubiera comido nada en varios días.

–¿Todos los hombres griegos saben cocinar?

–Es una tortilla, Ana. Cualquier soltero sabe hacerla, y no es exactamente cocinar.

–Para ti. En esta cocina, una tortilla es todo un logro culinario.

–Es todo un honor para mí.

–¿Puedo hacerte una pregunta grosera?

–¿Y por qué me pides permiso a estas alturas?

–¿Por qué estás soltero?

–Bueno, ¿qué te contesto? ¿El destino? Aunque yo podría hacerte la misma pregunta.

–Pero éste es tu turno. – Ana movió con absoluta precisión su copa de vino de un lado a otro de la mesa, como si se tratara de un importante proyecto de ingeniería-. ¿De modo que no sales con nadie?

– preguntó.

–Yo no he dicho eso.

–Puedes preparar una cena rápida sin tener que dar explicaciones a nadie.

–Quizá mi novia esté fuera de la ciudad.

–¿Por qué tengo que adivinarlo?

–Vale -admitió él con una sonrisa tensa-. Tienes razón. Actualmente no estoy liado con nadie.

–¿Cómo es posible? Un tipo tan guapo e inteligente como tú.

Ana lo dijo como de pasada, como si Matthew estuviera acostumbrado a ese tipo de cumplidos, pero él notó cómo se sonrojaba una vez más. Tal vez se debiera al vino.

–Esta ciudad está llena de personas atractivas, inteligentes y solitarias -respondió él con cautela-. No es ningún misterio. Además, acabo de salir de una larga relación.

–¿De quién fue la idea?

–Rompió ella, pero la culpa fue mía.

–¿Y por qué fue culpa tuya?

–Por lo de imitar a Mussolini; se volvía loca.

–Venga ya…

–Haces muchas preguntas, Ana.

–Lo siento.

El tenedor se le cayó ruidosamente en el plato vacío.

–Parece que no hayas comido en mucho tiempo.

–Me olvido de comer. ¿No es patético? Soy una mujer adulta.

Cuando estoy en Santa Mónica y recibo a amigos en casa, siempre me ocupo de las comidas. Pero aquí se respiran aires de libertad. De hecho, solía cenar con mi abuelo, antes de que su enfermedad se agravara.

–No me digas que estoy sentado en su silla.

–¿Mi abuelo, comer en la cocina? Siempre nos sentábamos en ese tenebroso comedor, aunque estuviéramos los dos solos. Creo que ni siquiera sabía qué aspecto tenía la cocina.

–¿Quién se ocupaba de las comidas?

–André. Un tipo mayor muy amable, de quien pensé que tenía que prescindir.

–Tal vez fue un error -apuntó Matthew, señalando el plato vacío de Ana.

–Tiene casi ochenta años y quería jubilarse. También me he deshecho de la pesada de Diana.

–¿Era la enfermera?

–Creía que la casa era suya. Mi abuelo estaba convencido de que robaba. Yo no lo sé, pero tampoco había ninguna razón para conservar su puesto. Le di una buena indemnización y referencias.

–Y ahora no tienes a nadie que se ocupe de ti.

–Ni tampoco tengo a nadie de quien ocuparme. Yo tampoco estoy, como tú has dicho antes, liada con nadie.

–Brindemos por ello.

Ambos brindaron con sus copas medio llenas, y los cristales tintinearon.

–¿Y te gusta estar así? – El vino había desatado la lengua de Matthew, generalmente cautelosa.

Ana se quedó mirando fijamente al vacío; parecía estar considerando esa cuestión.

–No, en realidad, no.

–¿Todos esos viajes alrededor del mundo hacen difícil mantener una relación?

–Nunca lo he considerado de ese modo, pero evidentemente era un problema para mi ex marido.

–Sin duda alguna, es complicado. – Matthew volvió a llenar las copas, tratando con todas sus fuerzas de que la mano no le temblara.

Las puntas de dos de sus dedos estaban teñidas de rojo por el vino-.

¿Cuál es la historia de tu relación?

–No hay mucha historia. Me casé a los veinticuatro años y me divorcié a los veintiocho. No tengo hijos, gracias a Dios. Él era pintor, luego se pasó a marchante. No es un mal tipo, sólo inmaduro y estúpido. Casi igual de inmaduro y estúpido como lo era yo. Voy a decirte algo.

–¿Qué?

–Has preparado una cena tan buena… ¿Por qué no haces también el café?

A Matthew le sorprendió lo cómodo que se sentía en aquella cocina.

Tal vez porque no era propiamente la cocina de Ana, sino la de su abuelo, o mejor dicho, la de André. Y las cocinas eran entornos

familiares. Su familia siempre estaba en la cocina, su padre cocinaba tanto como su madre, mientras él se dedicaba a resolver algún complejo teorema científico y su hermana discutía por algo. Robin y él también habían pasado mucho tiempo en la cocina; se tocaban al cruzarse cuando iban al horno, a la despensa o a la nevera. Aunque pasaban la mayor parte del tiempo juntos, cada uno tenía su propio apartamento, y él siempre supo que estaba en casa de Robin, en su jardín, no en el de Matthew, excepto en la cocina, que de algún modo estaba relacionada con la suya, un continuo espacio paralelo que discurría desde el West Side hasta el East Side. Recordó la punzante respuesta de Robin cuando él le contó esta extraña teoría: su cocina le gustaba porque era donde estaba la puerta de entrada del apartamento. Después de este comentario, no tardaron mucho tiempo en romper su relación.

–A mi abuelo le encantaba el buen café -dijo Ana, de espaldas a él-.

Aunque no pudo tomarlo en los últimos días de su vida.

–Lo cual explica que tengas esa cafetera barata. ¿Quién la compró?

¿Diana?

–En realidad, la compré yo.

–Perdón. – Matthew pensó que no debería beber cuando estaba con alguien.

–A mí también me gusta el buen café, pero me molesta el esfuerzo que supone prepararlo. A mi abuelo le encantaba el café turco. La comida de Oriente Medio, la religión ortodoxa… Creo que detestaba haber nacido en Suiza.

–¿Se unió a la Iglesia ortodoxa?

–No. Poco a poco fue alejándose del catolicismo, se cansó un poco de lodo, quiero decir, de las opciones que ofrecía el Viejo Testamento. No se decantó por el budismo. El arte ortodoxo oriental le decía algo, y eso fue lo que lo empujó en esa dirección. Ni siquiera creo que acudiera a la iglesia.

–Así que era una especie de espiritualidad personal.

–Supongo que sí. Para serte sincera, no sé cuán religioso o espiritual era. A veces me lo parecía. En otras ocasiones, lo que veía se asemejaba más a la superstición. Creo que todo me lo parece. – Ana se

interrumpió y permaneció en silencio durante un buen rato-. Una de las cosas que sí puedo decirte -continuó al fin- es que adoraba ese icono.

Matthew regresó a la mesa mientras la cafetera cesaba su murmullo.

–¿Puedo preguntarte algo grosero? – dijo.

–Es de justicia.

–Si él le rendía culto, según tú, ¿por qué no dejó instrucciones respecto a su herencia?

Ana parecía perpleja. – Me lo dejó todo a mí.

–En la mayoría de los casos, con una colección de este tipo, existen instrucciones precisas sobre cómo organizar las piezas. Normalmente, esas instrucciones se establecen detalladamente en colaboración con museos y galerías, mucho antes de que la persona muera. Pero supongo que ya sabes de qué hablo. ¿El testamento decía algo en ese sentido?

–Había instrucciones, pero no eran específicas. Mi abuelo me dio mucha libertad para hacer lo que quisiera, ampliar mi colección y vender las piezas que me viniera en gana para cubrir gastos. Él no tenía ninguna relación con los museos. Se relacionaba con muy pocas personas en los últimos años de su vida. Y nunca hizo mención del icono.

–¿Y no te parece raro?

–Sí, me pareció raro -asintió-. Pero luego Wallace sugirió que tal vez el icono era un objeto muy personal para mi abuelo, y que simplemente no podía concebir la idea de separarse de él, incluso una vez muerto.

Matthew acalló una risa de escepticismo. Aunque había algo de verdad en ella.

–¿El señor Wallace es psiquiatra, verdad? ¿No fue él quien redactó el testamento?

–El testamento inicial. Aparecieron varias anotaciones sobre los cuadros en la versión de mi abuelo, en una caja fuerte de esta casa. Él no creía en las cajas fuertes de los bancos. Su pongo que ese recelo le venía dado de su profesión como banquero. En cierto momento, algunas piezas se dejaron en museos suizos, pero ésas no se incluyeron.

Wallace lo presionó para que ideara un plan, pero él no quería. Pienso que creía que viviría para siempre.

–Bueno, vivió bastante. Hasta los noventa y siete años, según el obituario.

–Y estaba muy lúcido hasta los dos últimos, o el último año de su vida. Sufrió una serie de enfermedades y dolencias hace diez o quince años, pero las fue superando. Creo que la ceguera fue lo que realmente le partió el alma.

–¿Era ciego?

–Prácticamente. A lo largo de estos últimos años fue perdiendo visión. Fue algo devastador para él. Fue entonces cuando las otras dolencias, la artritis y el corazón débil, se apodera ron de él. – Ana se percató de que los ojos de Matthew la estaban mirando desde hacía rato-. El café está listo -dijo. Lo último que necesitaban era más café, pero eso le daba a Matthew algo que hacer, y él se dio cuenta de que ella se sentía reconfortada cuando le servía.

–Está muy cargado.

–No te lo bebas.

–De todos modos, no puedo dormir por las noches, así que también permaneceré alerta.

–Eres muy estricta contigo misma.

–Básicamente es la responsabilidad. Hay mucho que hacer con la finca. Critico a Wallace, pero estaría perdida sin él.

–¿No hay nadie más: hermanos, hermanas, tíos, primos?

–Mi padre era hijo único, y murió. Yo soy su única hija, de modo que sólo estoy yo del lado de Kessler. Está también mi madre, pero no me es de mucha ayuda. Ella y mi abuelo se odiaban. Bueno, en realidad, ella lo odiaba a él.

–Lo siento. – Matthew imaginó que detrás de esas revelaciones había una historia, pero era cosa de Ana contarla o no-. ¿Estabas muy unida a él, verdad?

–A rachas. Últimamente, menos. Demasiados viajes.

–¿Te gustan?

–Me dedico a vender y a comprar obras de arte, tanto para mí como para algunos clientes amigos. Me veo obligada a viajar. Pero me gusta, sí, es cierto. Supongo que algún día me entrarán ganas de establecerme. Tú también debes de viajar mucho.

–He vivido en Grecia, y he ido a Turquía unas cuantas veces. A Ravena, Venecia, donde hay magníficas piezas bizantinas. Si no es por trabajo, no viajo demasiado. Odio viajar en avión.

–A mucha gente no le gusta -corroboró Ana-. Yo me quedo dormida como un bebé cuando pasamos por una zona de turbulencias. Debe de ser porque mi padre tiene un avión privado. Siempre iba con él a alguna parte, desde los diez años de edad.

–¿También él se dedicaba a la compraventa de arte?

–Es la maldición familiar-declaró Ana con tristeza, mientras se recostaba en la silla-. En realidad, era banquero, como mi abuelo. Pero hacía sus trapicheos en el mundo del arte, especialmente cuando el abuelo dejó de viajar. De hecho, murió en un viaje de negocios que emprendió por mi abuelo. Matthew pensaba qué debía preguntar. Ella le dirigió una mirada, y él simplemente asintió.

–Un accidente de avión -continuó-. Nadie conoce las causas. Un fallo mecánico, supongo. Mi padre era un buen piloto.

–¿Pilotaba él?

–Sí. Le encantaba volar. Pero las circunstancias conspiraron contra él. Él y mi madre tenían que ir de viaje, aproximadamente los mismos días en que mi abuelo tenía previsto volar a Sudamérica a ver ese cuadro. En realidad, era otro icono. Creo que iba a ser subastado, había otro posible comprador o algo por el estilo. Mi abuelo cayó enfermo y convenció a mi padre para que fuera en su lugar. De modo que él cogió el avión y puso rumbo a Sudamérica. El aparato chocó contra una montaña en Venezuela, de regreso a casa. Tardaron varios días en encontrar los restos, aunque quedó tan poco que los expertos no pudieron averiguar qué había pasado. Suponen que volaba demasiado bajo y se estrelló contra la montaña en medio de un banco de niebla.

Aunque, en realidad, nunca sabremos qué ocurrió.

Matthew esperó unos instantes para ver si ella contaba más, pero finalmente fue él quien habló.

–¿Cuándo ocurrió?

–Hace quince años. Yo estaba en el instituto.

–Es una historia terrible. Lo siento, Ana.

La joven se encogió de hombros. – Ya es historia.

–Eso debió de hundir a tu abuelo.

–Nunca volvió a ser el mismo. Y mi madre todavía no lo ha perdonado.

–Bueno. Es injusto, pero creo que comprensible, dadas las circunstancias.

–Durante una época, no dejaba de echarle la culpa a él, pero eso no servía de nada. Mi padre podría haberse negado a hacer ese viaje. A él le gustaban ese tipo de cosas, y pilotar. No puedes vivir con el miedo a que algo pueda salir mal.

–Quizá tu madre lo perdone, ahora que ha muerto. Ana se tomó el comentario a risa.

–A mi madre le cuesta perdonar. A mí no me ha perdonado por haber retomado la relación con mi abuelo, y soy su única hija. Matthew echó un vistazo al reloj -por primera vez desde que había llegado- que estaba colgado sobre la nevera. Era tarde: las once pasadas.

–Tengo la impresión de que hoy no vas a terminar tus lecturas -

comentó ella.

–Puede esperar.

–Gracias por la cena, y por hablar conmigo.

–No recuerdo haber dicho nada útil.

–Escuchas, y planteas buenas preguntas. Y creo que tu voz es balsámica.

–Facilita el sueño -replicó Matthew, tratando de tomarse las palabras de la joven a la ligera.

–No debería menospreciar nada que me permita dormir en estos días. – Ana se levantó de repente y se estiró, luego giró suavemente el cuello-. Venga, cumplamos nuestro trato.

Matthew la siguió por la vieja y empinada escalinata. Le temblaban las piernas, su emoción contenida aumentaba de intensidad de manera alarmante. Ella buscó a tientas el interruptor de la luz en la pequeña antecámara, y luego atravesaron el estrecho arco. La capilla era más pequeña de lo que recordaba; le pareció claustrofóbica.

Matthew fingió estar examinando los paneles de Europa del Este, las estaciones de vía crucis, pero sus ojos se sintieron inexorablemente atraídos hacia el icono. Los colores, sutiles para empezar, parecían cambiar de ubicación. El manto era granate, malva y rojo sangre; la luminosidad parecía proceder de un lugar por debajo de la superficie.

Lo ayudaba centrarse en los detalles, pero cuanto más se acercaba, más difícil se le hacía observar la obra con objetividad. Se puso nervioso: tuvo la impresión de que una de las manos de la Virgen se había movido. Finalmente, cerró los ojos y se alejó del icono.

–No estoy segura de que te convenga estar aquí -dijo Ana en voz baja.

–No interpretes tu incomodidad en las reacciones de las demás personas.

–No lo hago. Te miro a ti, y pareces muy alterado. Matthew se volvió para evitar su mirada, luego respiró hondo.

–Sólo estoy cansado, nada más. Debería irme ya.

En realidad, no tenía ningunas ganas de marcharse, pero le inquietaba la atención que Ana le prestaba, su aparente necesidad de llegar hasta el fondo de sus emociones.

–De acuerdo -claudicó ella.

Matthew cerró los ojos una vez más para tranquilizarse. En un instante, sintió que la mano de Ana se apoyaba sobre su hombro, que sus labios se posaban dulcemente en los de él. Luego, ella se apartó. El contacto había sido lo suficientemente breve como para considerarlo amistoso, si él dejaba las cosas tal como estaban. Se miraron durante medio minuto, envueltos por la cálida luz y las paredes cercanas. Ana trató de retenerlo, pero no pudo.

–¿No estás acostumbrado a hacer el trabajo, verdad? Las cosas te vienen dadas.

–Lo siento. – Pero sus palabras no sonaron a la respuesta confusa que pretendía, sino a la disculpa que en realidad era-. Básicamente, las cosas se alejan de mí.

–Pobrecito.

Ana se dirigió hasta la puerta, pero él la alcanzó y la asió por el hombro. Ella se giró y volvió a besarlo, aunque ahora con más intensidad. Esta vez, Matthew se dio por aludido.

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