El icono sagrado

Neil Olson · Capítulo 22 de 27

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El icono sagrado

Capítulo 21

Esta vez fue Morrison quien quiso reunirse. Andreas se encontró con él en la esquina entre las calles Quince y Cinco, debajo de la amenazadora fachada de la catedral de San Patricio. Caminaron hacia el este, en dirección a la próxima cita de Morrison.

–¿Cómo está tu hijo?

–Creo que ha mejorado -contestó Andreas-. No puedo explicármelo.

–No lo intentes, eso ya es una buena noticia.

–Ya veremos.

–¿Cómo fue el viaje de tu nieto a Salónica?

–Robert, por favor, sólo tenemos unas cuantas manzanas para recorrer.

–¿Crees que hablo por hablar? Está metido de lleno, amigo mío.

Han muerto dos personas en Grecia y tu colega Dragoumis ha desaparecido en combate.

–¿Formas parte de la investigación?

–No, sólo siento curiosidad.

–Te estás cubriendo las espaldas, ¿no?

–Claro que sí. Fui yo quien le dio permiso a tu nieto para abandonar el país. Ahora parece ser que las cosas se han complicado.

¿No crees que me debes algunas respuestas?

–De modo que no tienes información para mí.

–Tengo información. Yo creo en compartir. Soy un tipo generoso.

Comparte conmigo, Andy.

Muy bien. Andreas reflexionó qué decir.

–Matthew ni siquiera estaba por los alrededores de donde se produjo el accidente. Alguien trató de asesinar a Dragoumis en las montañas. Al menos, dos personas resultaron muertas, una de ellas, el sobrino de Fotis. Las autoridades griegas sospechan de un Diecisiete de Noviembre, lo cual significa que no arrestarán a nadie. Yo también tengo mis dudas al respecto.

–¿Por qué?

Se detuvieron en una calle iluminada perpendicular a Park Avenue.

Un mensajero lleno de tatuajes que montaba en bicicleta pasó muy de prisa por la calle Quince, cruzó y luego pe daleó rápidamente hasta

adentrarse en el tráfico, colocándose delante de un enorme camión que rugía. Andreas creyó que las preguntas de Morrison eran pesadas.

–Al sobrino le dispararon con una cuarenta y cinco, y había una motocicleta, lo cual encaja con un Diecisiete. Pero Dragoumis es un objetivo demasiado mayor y oscuro para ellos, y eso sucedió muy lejos de Atenas.

–¿De quién sospechas tú?

–De todo el mundo. Fotis tenía muchos enemigos. En todo caso, estoy seguro de que tú sabes más que yo, así que ¿por qué no me lo cuentas?

–No sé demasiado -respondió Morrison mientras cruzaban la avenida-. Identificaron al segundo hombre. Estuvo una larga temporada en prisión por muchos motivos, desde extorsión a venta de armas. Estaba tan destrozado que al principio la policía pensó que sería tu amigo. Ahora piensan que el sombrero y los cigarrillos eran una especie de tarjeta de presentación de Dragoumis, para decirles a quienes planearon el asalto que había salido ileso.

–¿Y Fotis cómo se marchó de la escena?

–No estoy seguro. La policía encontró un coche abandonado cerca de un pequeño aeropuerto de Kozani.

–Vuelve a estar aquí -sentenció Andreas.

–Es posible. Supuse que se escondería.

–Lo hará, pero primero vino aquí. Robert, estoy seguro de que el icono nunca ha salido de Nueva York.

–Tienes razón.

–Y ahora, cuéntame tu información.

–El Departamento de Policía de Nueva York ha estado investigando a los trabajadores de Dragoumis, especialmente al que desapareció después del robo. Anton Marcus, alias Mar chevsky. Lo arrestaron en el aeropuerto JFK hace un par de noches. Llevaba un pasaporte falso y diez mil dólares en efectivo. En realidad, es un tipo duro, y no les dirá nada. Pero hay otro hombre para el que solía trabajar, Vasili Karov, un vendedor de alcohol al por mayor, de la mafia rusa. Al parecer, Dragoumis contrata a muchos chicos suyos, y hay dudas sobre si realmente abandonaron la órbita de Karov. ¿Me sigues?

–Todavía no chocheo.

–De todos modos, es posible que Karov esté metido en todo esto. Lo sometieron a un interrogatorio hace tiempo, pero no consiguieron sacarle nada. Esta vez, le han dicho que Anton ha cantado, pero algo habrán sacado de ello. Dos abogados y ocho horas después, cierran un trato y se lo cuenta todo. Se parece bastante a lo que dices. Dragoumis y Karov lo organizaron todo. Se suponía que el otro ruso no iba a recibir el disparo, pero nadie le contó el plan y se involucró demasiado en la pelea. Se llevan el icono para Dragoumis. Los rusos reciben otros tres cuadros que se llevan al mismo tiempo. Aunque Karov asegura que Dragoumis lo engañó y que le dejó el cuadro incorrecto para robar. De todos modos, Karov cree que fue su excusa para engañar al griego y venderle el cuadro falso a un nuevo comprador.

–No me lo creo.

–¿Por qué Dragoumis se tomaría la molestia de montar toda la operación para dejar el cuadro falso? ¿Y qué le importa a Karov, cuando el icono no es suyo? Creo que se está inventando una excusa para traicionar a su colega.

–¿Cómo se llama el nuevo comprador?

–¿Del Ríos? Algo así. Probablemente sea un nombre falso. La poli lo está buscando.

–¿Karov dijo cuánto pagó?

–Creo que ciento cincuenta mil.

No era suficiente. Era posible que los rusos no dijeran la verdad, pero algo de cierto había en esa historia. Del Carros -el nombre que seguramente trataba de recordar Morrison estaba dispuesto a pagar un millón y medio a Ana Kessler. A menos que fuera un completo idiota, Karov no lo vendería por tan poco.

–¿Cuándo se produjo la venta? – Hace cuatro días.

Antes de que Del Carros acorralara a Ana. Pero era evidente, a raíz de ese encuentro, que todavía buscaba el icono. Había comprado el falso sabiendo que lo era. ¿Por qué? ¿Para tener a raya a Fotis? De modo que el griego seguía en posesión del icono, jamás había partido con él. Andreas estaba seguro de ello. Cruzaron la Segunda Avenida y caminaron un rato en silencio. El anciano comprendió que había llegado el momento de revelar lo que sabía acerca de Del Carros, lo que creía acerca de Dragoumis. Quitarse de encima esa información secreta

y acabar de una vez por todas. Aun así, dudó. Morrison lo tocó en el hombro.

–Otra cosa. Un tal Félix Martín viajó a Newark desde Ciudad de México hace cinco días. Un ciudadano argentino. Probablemente no sea nada… Habrá cientos de tipos en Buenos Ai res con ese nombre, pero es uno de los alias que utilizó tu alemán. Sólo para que lo sepas.

Andreas no dijo nada. Se había resistido a las palabras de Benny el día anterior y ahora deseaba ser un hombre que creyera en las coincidencias. Morrison empezó a andar una vez más y Andreas caminó tras él. Llegaron a la Quinta Avenida, donde la luz de una tarde soleada incidía en el edificio blanco y negro de la ONU. Un enornze buque de carga gris avanzaba por el río East.

–Hay un restaurante griego a una manzana de aquí. Iremos algún día de éstos. Andy, ¿no tienes nada más que decirme? Pareces estar pensando en algo.

–Trato de ordenar mis pensamientos.

–Dímelo si lo consigues. Tengo que darme prisa.

–Gracias, Robert. Te mantendré informado.

–Eso sería una primicia.

… Traído de Tierra Santa por Helena, la madre de Constantino.

Sobre el manto había manchas de sangre sagrada de las heridas de nuestro Salvador, mientras éste yacía en brazos de su madre. Había muerto, pero pronto resucitaría. De esa tela se cortó un trozo que presentaba esas manchas y se selló entre dos paneles de madera de ciprés. Con ello, este tal Matthias, un monje del Studium, creó 1a imagen de la Santa Madre tal como se le apareció en una visión, de modo que todos los que miraban la obra sabían que era el verdadero rostro de la Virgen. Luego, la imagen se colocó en la iglesia de Blanquerna, sobre la urna de plata que albergaba la tela, y desde allí realizó muchos milagros, especialmente curó a los enfermos entre los familiares y los seguidores del emperador. De esa iglesia la imagen se sacaba en público en tiempos de necesidad, y se llevaba en procesión alrededor de los muros de 1a ciudad para alentar los corazones de sus defensores…

Cuando en ese maldito día en e1 año de Nuestro Señor, 1453, los turcos infieles, aprovechándose del cansancio de los defensores y la

falta de fe de sus aliados, atacaron la gran ciudad de Constantinopla, la iglesia de Blanquerna quedó aféctada.y sus objetos sagrados fueron destruidos. Después, un monje llamado Lázaro se arriesgó a morir para entrar en la iglesia y sacar a la Virgen creada por Matthias de su marco dorado, que estaba colgado en la pared. Protegido por e1 poder de la Virgen, Lázaro atravesó las llamas y la devastación y abandonó la ciudad caída de Constantinopla para llevarse a la santa imagen hacia el oeste.

Por este motivo, Lázaro fue visto por todos los territorios del imperio caído durante muchos más años de lo que sería normal en un hombre, porque la Virgen del cielo protegía a los hombres de la Tierra, y allí por donde Lázaro pasaba, los enfermos eran curados, y los de espíritu agitado se calmaban. Algunos dicen que fue a Salónica, y otros que fue a Ioannina de Epiro, pero, en el día de hoy, nadie sabe a ciencia cierta qué fue de la Virgen.

Ioannes dobló cuidadosamente las páginas y las introdujo en el sobre. Le facilitarían el camino, tendría que confiar en ello. Al principio, fue el verbo. No podía saber hacia qué direc ción esas palabras de Teodoro influenciarían al chico, pero tenía que hacer algo.

Ahora, una voz se había separado del resto y se había vuelto cada vez más clara acerca de la necesidad de llevar a cabo una acción decisiva.

Trató de rendirse a esa voz.

Después de estudiar el mapa, tomó el tren de la línea PATH en Nueva Jersey, se perdió en los brillantes túneles y plazas debajo de Pennsylvania Station, pero al final encontró el andén del tren número uno, el que lo llevaría a Columbus Circle. Desde allí, caminaría en diagonal por Central Park hasta su destino. También allí se perdió, al pasar por los serpenteantes senderos y caminos, pero no se preocupó tanto por ello. A principios de mayo, el parque estaba lleno de vida y vegetación. Exhibía narcisos de amarillo claro, tulipanes rojos acabados de florecer, dulces flores de manzano blancas y rosas, cerezos y lilas. No sabía que aquel lugar fuera tan bonito. Y entendió que debía apreciarlo, especialmente en esos momentos, en esa época de tanta confusión. Siempre era así: los momentos de exquisita belleza acompañaban a la oscuridad del alma. Era un regalo que no debía

ignorar ni rechazar, y Ioannes decidió respirar hondo y sonreír a todo lo que lo rodeaba.

Había despedido al inútil del investigador, Jimmy, y había dejado de recibir llamadas del obispo Makarios. Ni siquiera había devuelto una llamada del secretario del Santo Sínodo de Grecia. Habían convertido ese tema en un lío. Todos se preocupaban tan sólo de sí mismos y de sus insignificantes planes. Se necesitaba una visión más amplia, y Ioannes tenía cierta idea de lo que debía hacer, aunque no sabía cómo llevarlo a cabo. Sólo sabía que el chico era la clave.

La amplia escalinata del museo estaba llena de los habituales escolares, turistas y personas sin hogar que fumaban y bebían soda y disfrutaban del día. Ioannes se abrió paso entre ellos y atravesó la puerta principal y el enorme vestíbulo hasta llegar a una pequeña hornacina que había descubierto en su última visita. El ascensor estaba al final del pasillo. Tendría que valerse de una llave o una tarjeta para hacerlo funcionar, de modo que el sacerdote esperó a que se abrieran las puertas, como si estuviera precisamente en el lugar oportuno. Al cabo de unos minutos, una mujer se colocó a su lado; era de mediana edad e iba muy arreglada, llevaba gafas y una tarjeta de identificación cerca del cuello: Carol Voss. La mujer sonrió a Ioannes.

–¿Se da cuenta de que este ascensor es sólo para el personal?

–Sí. – Todo un mundo de pasillos y habitaciones se abría detrás de él, por debajo y entre lo que el visitante común veía. Como si se tratara de una catedral o de un monasterio. Era el santuario interno-. Debo reunirme con uno de los conservadores.

–Lo normal es que ellos bajen y lo acompañen. ¿Con quién debe reunirse?

–Con Matthew Spear.

–Oh, Matthew es amigo mío. Trabajamos en el mismo departamento. Lamento decirle que hoy no está en su despacho. En realidad, no sé exactamente cuándo vendrá.

–¿De verdad? Qué pena. ¿Dice que es amiga suya?

–En efecto.

Ioannes se había negado toda ayuda en esa investigación. No tenía esperanzas de encontrar solo al chico y debía depender de las circunstancias. Todo lo que pasaba tenía una razón de ser. La voz habló

amable pero firmemente: «Confía en ella.» Ioannes rebuscó en el bolsillo de su americana y sacó un sobre. Se lo dio a Carol.

–¿Podría darle este sobre cuando lo vea, por favor?

–Claro, no veo por qué no. – La joven cogió el sobre.

–Es sumamente importante que lo reciba tan pronto como sea posible. Y también es muy importante que nadie, salvo Matthew, lo lea.

Confío en que me comprenda.

Carol era una persona tímida, como él, y percibió la urgencia del sacerdote por su silencio.

–Le prometo que seré discreta. Aunque debo decirle que no sé cuándo veré a Matthew.

–Confío en que regresará pronto. Tengo grandes esperanzas en ello, y también en usted. Que Dios la bendiga.

Ioannes se dio la vuelta y se alejó antes de que ella tuviera tiempo de decirle algo. El sacerdote le había causado impresión. No era el tipo de mujer que no cumple las responsabilidades que se le otorgan. El cielo sobre la avenida presentaba un color extraño. Seguía siendo azul hacia el sur, y se veían unas amenazadoras nubes grises en el norte.

Ioannes no pudo determinar hacia dónde se movían las nubes, o qué tiempo le deparaba. Tampoco le importaba mucho. Caminaría una vez más por el parque, disfrutaría de su dulzura mientras pudiera, antes de que su desagradable tarea lo requiriera de nuevo.

Había algo conmovedoramente íntimo y, al mismo tiempo, sumamente claustrofóbico acerca de su obligado cautiverio con la familia de Matthew. Su padre estaba enfermo, aunque menos de lo que ella había supuesto, y seguía siendo un hombre atractivo, pero con un aire más sombrío que Matthew. Permanecía todo el tiempo en su despacho, leyendo o durmiendo, y de vez en cuando aceptaba alguna visita. Al principio, la madre dejó sola a Ana, cuando llegaron la noche anterior, pero pasó todo el día siguiente con ella. Trataba de alimentarla cada noventa minutos. Le hacía todo tipo de preguntas acerca de Matthew, como si fuera su esposa o su novia de toda la vida, en vez de alguien que había conocido a su hijo apenas unas semanas antes, alguien que creía estar enamorada de él sin ni siquiera conocerlo del todo.

–Le gustas -le dijo Matthew, cuando se quedaron solos un rato mientras su padre dormía y su madre había ido a hacer la compra.

–¿Por eso siempre me frunce el entrecejo?

–Es su expresión habitual. Le gusta hablar contigo.

–Me pide información sobre lo que está pasando. – No te preocupes, en realidad, no quiere saberlo.

–De todos modos, ¿qué diferencia hay si le gusto?

–Ninguna, pero le gustas. Confía en mí.

–¿Acaso crees que estaría aquí, sentada en la cocina de tus padres, después de todo lo que ha pasado, si no confiara en ti? Matthew acercó sus labios a los de Ana y su cuerpo respondió de inmediato, a pesar de todos los esfuerzos que habían realizado las dos últimas noches. Apenas pudieron llegar a la habitación de invitados del piso de arriba, que era el antiguo dormitorio de Matthew. Al joven le inquietaba hacerlo por la tarde en casa de sus padres, con su padre durmiendo abajo. Ella entendió perfectamente que había sentimientos de ansiedad y de alivio mezclados con lujuria, pero eso no hizo que el sexo fuera menos intenso o menos gratificante.

Matthew se quedó dormido minutos después, ya que arrastraba falta de sueño. Ana tardó un poco más en dormirse, mientras observaba cómo su pecho subía y bajaba, acariciaba el brazo de Matthew y respiraba su olor. Su amiga Edith decía que, en un hombre, lo mejor era olvidarse del aspecto, de la inteligencia y de todo lo demás.

La atracción se basaba en el aroma. Ana se preguntó si eso sería cierto.

Seguidamente, salió de la cama para acercarse a su bolsa de viaje y sacó una cajetilla de Marlboro y un mechero. Se sentó en el alféizar de la ventana y la abrió unos centímetros; luego encendió un cigarrillo.

Ana expulsaba el humo hacia la brisa del exterior mientras trataba de ordenar sus pensamientos.

Lo que realmente necesitaba era pasar uno o dos días sola, lejos de todo el mundo, incluido Matthew, para pensar en todo lo sucedido. El nombre en el diario de su abuelo, las insinuaciones de Del Carros, su miedo a que ella supiera cosas, lo que le había hecho decir más de lo que debería… Ocho años atrás, durante otra grave enfermedad de su abuelo, él confesó medio inconsciente que el padre de Ana había muerto por su culpa. Eso no era nada nuevo, trató de calmarlo ella,

pero él se mostró inconsolable. «Tendría que haber sido yo», repetía una y otra vez. Como si su muerte no hubiera sido fortuita, como si alguien tuviera que morir. Ana lo atribuyó a un sentimiento de culpabilidad y a la fiebre, pero nunca pudo quitarse las palabras de su abuelo de la cabeza.

¿Qué podía hacer al respecto? Podía intentar reunirse de nuevo con Del Carros, pero eso sería una locura, y él no aceptaría. Podría dejarlo estar y esperar a que lo detuvieran, a que la verdad saliera a la luz de una forma u otra. ¿Estaba preparada para saber la verdad, fuera cual fuese? ¿No sería mejor que ese tipo desapareciera de nuevo, que todo siguiera siendo un misterio?

–¿Qué estás haciendo? – Matthew habló desde la cama. Su voz denotaba más atención de lo que ella esperaba.

–Bueno, sólo estoy cometiendo una locura.

–Se supone que de eso me encargo yo.

–Ya estaba loca antes de conocerte, cariño.

–¿Por qué no vuelves a la cama?

¿Y por qué no? Sin embargo, Ana permaneció un rato sentada, apuró el cigarrillo, pensando en Matthew y en ella, y si lo que había entre ambos podría sobrevivir más allá de las exageradas emociones de la crisis actual. ¿Se cuidarían mutuamente cuando todas esas emociones pasaran, cuando regresaran a la aburrida rutina, cuando el icono descansara en su sitio? ¿Quería ella saberlo, en realidad? Sería mejor disfrutarlo mientras durara. Apagó el cigarrillo sobre el alféizar exterior, cerró la ventana, se levantó y se metió de nuevo en la cama.

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