El icono sagrado
Primera parte
Primavera de 2000
Nueva York
CAPÍTULO 1
El cielo azul que lo había oprimido durante varios días había desaparecido, y había sido reemplazado por una mole de color gris plomizo y el golpeteo de la lluvia al caer sobre el jardín. Todavía podía discernir la elevada masa marrón que formaba la parte trasera de un viejo hotel, pero su deteriorada vista ya no alcanzaba las hojas y las ramas húmedas del enorme platanero. La enfermera no paraba de recordarle, con un tono de voz tranquilizador, que el árbol seguía en el mismo sitio, y que tenía que creerla. Al fin y al cabo, había estado allí desde hacía más de cuarenta años, mucho antes de que él se mudara a esas habitaciones encantadas. El árbol seguiría allí cuando muriera.
Era un dato profundamente tranquilizador.
Había aprendido a dar las gracias por los objetos cotidianos que podían conservarse en aquella ciudad tan desconsiderada. Ya no era necesario que duraran indefinidamente. Bastaba con que aguantaran unos años más, quizá menos. «Es mejor no pensar demasiado en ello», le decía siempre su nieta. Absurdo. Eso era, verdaderamente, en lo único en lo que podía pensar. Su esposa y su hijo habían fallecido antes que él. No hablaba con nadie salvo con la enfermera y su joven nieta, cuando ésta le dedicaba algo de tiempo, cuando no estaba en Londres o en California gastándose su dinero. En esos momentos, se la imaginó escudriñando las paredes de alguna frívola galería de arte de Santa Mónica, dando zancadas por el cuarto de atrás y tomando decisiones precipitadas de las que perfectamente podría arrepentirse. Un Hockney o un Thiebaud envueltos para ser despachados, o algún otro artista con menos talento que acababa de descubrir. Abominable. ¿Por qué habría heredado su interés por el arte, pero no su gusto? ¿Dónde colocaría todas las piezas que compraba? Las paredes de sus apartamentos ya debían de estar llenas de cuadros. ¿O los estaría colgando en las paredes que lo rodeaban, burlándose así de su avanzada ceguera? No, no creía que su nieta lo odiara tanto; de todos modos, le preguntaría a la enfermera para asegurarse. Evidentemente, tampoco sabría si ésta le
decía la verdad. Al fin y al cabo, le estaba robando los libros. Pero eso se lo consentía; podía quedárselos.
Los libros habían sido su consuelo desde la infancia. Eran una pasión más antigua y, tal como ahora podía comprobar, un amor mucho más arraigado que los cuadros, que se habían con vertido en una triste obsesión, en una brillante llama que le consumió décadas de su madurez. Pero los libros nunca lo defraudaron. No se preocupaba por conseguir las ediciones originales, aunque probablemente tendría bastantes. Tampoco trataba de mantenerlos limpios como una patena, porque jamás los había tratado como obras de arte. Los libros existían para ser leídos, preferiblemente una y otra vez. La mayoría de sus obras estaban orgullosamente deterioradas por su uso. Él las quería por su contenido, no tanto por su conocimiento o por su sabiduría. Qué estupidez, por Dios, todo el mundo buscaba sabiduría en los libros. Las historias, lo que éstas contaban, el caos de la vida convertido en un todo coherente era lo que más le gustaba de los libros. Su padre tildaba de mentiras las novelas que leía de niño. En efecto, eran mentiras, pero mentiras tan hermosas y útiles en un mundo que pregona la verdad pura y dura. Le gustaban, incluso, las biografías, las memorias y los ensayos: Boswell, san Agustín, Montaigne, todos eran unos mentirosos.
¿Y qué importaba? Todos contenían algo que sí era real.
¿Era posible que se aficionara a la pintura, hacía sesenta o setenta años, con expectativas parecidas y tratando de satisfacer necesidades similares? Ya no se acordaba, pero era muy probable que así fuera. De algún modo, los valores asignados por el mundo, por hombres como su padre, los hombres ricos que saqueaban y acaparaban, habían nublado su mente. Se había vuelto muy hábil en el juego de la adquisición, y ya había dejado de preguntarse por qué lo jugaba. Tenía tantas historias que recordaba haber contado y vuelto a contar con orgullo en los clubes de Zurich, o allí en Nueva York; historias de triunfos, de cómo consiguió un cuadro de alguna persona, y de cómo se lo arrebató a otra.
A veces, sus contrincantes derrotados se sentaban a la misma mesa que él, lo acompañaban con sus risas. El diletante, el banquero que podía forjar los tratos más complejos. Y las historias siempre giraban en torno a esos tratos, nunca versaban sobre los cuadros.
Pero esa apreciación no era correcta. Estaba simplificando en exceso las cosas. Las conversaciones de club no tenían la menor influencia sobre sus impulsos privados; no había ninguna relación entre ambas. A él le gustaban las obras que había coleccionado, desde luego.
El amor, no la codicia, lo había obligado a tomar las decisiones que corroían su conciencia. Era la única explicación lógica. Era su única esperanza de perdón: el hecho de que había actuado por amor.
Pulsó el botón de siempre en el brazo de la silla y oyó sonar el timbre en el cuarto de la enfermera del piso de abajo. Por lo menos podría decirle qué libros se estaba llevando, pero eso sería una confesión, claro. ¿Cómo podía darle a entender que no le importaba?
Incluso podría recomendarle los títulos que más satisfarían a su limitada inteligencia. Siempre que los leyera, o los diera a sus amigas.
Dios mío, ¿y si los estaba vendiendo? Eso sería odioso. «No. Si realmente los vende, tendré que detenerla.»
¡Ay, los libros! Ya no era capaz de discernir las palabras para poder leer, ni siquiera en las ediciones con letras grandes. Su nieta solía leerle principalmente poesía. Leía con afectación, pero lo soportaba para oír su hermosa voz, para oírla decir cualquier cosa. Hacía poco, lo único que había oído había sido un tono distraído en su voz, un momento de incertidumbre cuando le pedía que leyera ese párrafo o aquél, por eso tuvo que pedirle que lo dejara. Ella protestó, pero él entendió que para la muchacha había sido un alivio. De todos modos, pocas veces la veía ya. Algo había cambiado, porque ya no podía ser la misma chica cuando estaba con él. La enfermera leía fatal; sólo la Biblia la entusiasmaba. Probó con casetes de libros narrados, pero tampoco funcionaba, debido a la atroz interpretación actoral de un texto que ni siquiera entendía. Así que nada de libros. Era el golpe más duro que había recibido desde la muerte de su hijo, un golpe mortal que en cierto modo ya sospechaba. ¡Y la chica se preguntaba por qué estaba tan obsesionado con el final! ¿Acaso cabía esperar algo más?
El anciano pulsó de nuevo el botón, y la mujer apareció de pronto ante él, bloqueando la luz de la ventana. Su rostro quedó en la penumbra. Era una mujer lista a su manera.
–Estoy aquí, señor Kessler.
–Ya lo veo. – ¿Cuánto tiempo habría pasado allí, leyendo los pensamientos reflejados en su rostro? O lo que sería peor, ¿leyendo sus labios? Había adquirido la costumbre de pronunciar en voz alta sus pensamientos, o al menos así se lo habían comentado algunas personas.
–¿Le apetece comer algo? Hoy no ha comido nada. Siempre insistiendo con la comida. Él entendía que esas actividades básicas le pasaban desapercibidas sin los recordatorios de la enfermera, pero le desagradaba que insistiera de ese modo. «Tiene que hacerse con el control de la conversación, dominarla, o de lo contrario se verá obligado a sufrir una serie interminable de preguntas sobre su dieta, su digestión y sus hábitos higiénicos.» Pero apenas podía recordar su nombre.
–¿Quiere que André le prepare algo? ¿Unos cereales, o un bocadillo?
Diana. Eso era. Como la cazadora, como la princesa fallecida.
Tendrá que emplear su nombre cuando piense en ella, en vez de dejarse llevar por fáciles calificativos como «la enfermera».
–Diana, quiero ir a la capilla.
El anciano oyó su suspiro y lo ignoró. Sus manipulaciones no lo conmovieron; él sabía lo que quería. Contemplación, no alimentos.
Aquella enfermera trabajaba para él, maldita sea. Se quedó sentado en silencio, sin repetir su petición. No quería parecer desesperado.
Después, ella se colocó detrás de él y empezaron a moverse. En teoría, podía avanzar solo. La silla era motorizada, y hacía años se había hecho instalar un ascensor, después de haberse caído por la estrecha escalinata. Sin embargo, como se estaba quedando ciego, cualquier sencillo movimiento cerca de los muebles se había convertido en algo peligroso, y le aterraba sufrir un ataque en el ascensor. No podría pedir ayuda y moriría solo en ese ataúd alto y mecanizado. Tardarían horas en encontrarlo.
La puerta del ascensor se cerró, y Kessler se asió a los brazos de la silla mientras descendían. Jamás le había gustado ese cacharro, pero le permitía moverse libremente en su casa, en vez de convertirse en un recluso de una sola planta, con todas las limitaciones de mente y espíritu que ello conllevaba. En realidad, había muchos días en que no tenía ganas de levantarse de la cama, pero siempre había algo que lo
impulsaba a moverse, a tocar el suelo, a respirar aire fresco. En ocasiones, si convencía a su nieta (será mejor llamarla por su nombre, Christiana), incluso iba al parque. Chris para sus amigas del colegio, uno de esos nombres norteamericanos tan sosos. Para él, se llamaba Ana. Se había sentido sumamente próximo a la niña antes de morir Richard, y al parecer, ese sentimiento había sido correspondido. La joven lo visitaba a menudo, lo acompañaba en su paseo diario, un honor que no había concedido a nadie salvo a ella. Iban a todos los museos y a las galerías de arte, hablaban de cuadros, de expresionismo alemán y de surrealismo. Ana sentía una enorme curiosidad por todo.
Luego aparecieron todos aquellos artículos de periódico, unos trapos sucios de la época de la guerra. Su nombre no salió mencionado, evidentemente, pero sí se citó a su banco, en el que había ocupado un puesto destacado. La familia se hizo incómodas preguntas, que pocas veces se decían en voz alta, pero que siempre estaban presentes. Y luego su primera enfermedad grave, el recado que llevó a cabo su hijo, y que le costó la vida. A raíz de ello, la madre prohibió las visitas de la joven.
Nadie se lo dijo en esos términos, pero debió de ocurrir así. La esposa de Richard lo odiaba, lo culpaba de su muerte del mismo modo que él se autoinculpaba. Cuando Ana acabó sus estudios, buscó de nuevo su compañía, y pasaron unos años maravillosos. Había realizado su último viaje a Londres con ella, le presentó a marchantes y a propietarios de galerías, y efectuó algunas compras para su creciente colección de cuadros. En algún momento entre su primer ataque y el breve y desdichado matrimonio de Ana, ésta dejó de visitarlo a menudo. Había muchas buenas razones para ello, pero él sospechaba que la joven simplemente se había cansado de sus modales huraños y de su debilidad mental y física. Sin duda no se había cansado de su dinero.
Era lo único con lo que podía retenerla.
Maniobraron por la tenue planta principal de piedra caliza de tonos rojizos hasta que llegaron a un arco puntiagudo. Diana no quería entrar. A él le parecía bien. Había dejado de preguntarse si la enfermera se sentía ofendida por sus eclécticos gustos religiosos, si simplemente el lugar le causaba escalofríos, o si de algún modo había intuido que se había pagado con sangre.
No importaba. La capilla, que desde hacía tiempo constituía un coto privado para él, había empezado a ser algo más que eso: era un lugar apartado del resto del mundo, un espacio donde nadie tenía permiso para entrar, aunque quisiera hacerlo. De hecho, ni siquiera podía recordar cuándo esa capilla había visto otra alma aparte de él. Los pasos de Diana se alejaron. Kessler asió los controles de la silla y se adentró en el pasadizo arqueado.
El lugar había sido, décadas atrás, una especie de solárium, pero él se había dado cuenta de inmediato de cómo podría utilizarlo. Se reforzaron las paredes, se colocó un techo abovedado en forma de óvalo de estilo más bizantino que occidental. Las seis vidrieras procedían de una iglesia bombardeada de Alsacia. Había montones de paneles de madera de Hungría que representaban las estaciones del vía crucis.
Además, también había varios candelabros recargados y ennegrecidos de Italia, aunque muy pocas veces encendía velas en ese lugar. Ninguno de esos objetos era muy valioso, al menos comparado con sus otras posesiones, pero todos ellos le gustaban y lo confortaban como ninguna otra obra podía hacerlo.
En la pared del fondo, iluminado suavemente desde arriba a modo de retablo, estaba el panel bizantino. Era mil años más antiguo que cualquier otro objeto de la sala, por eso constituía su mayor tesoro, aunque en muchos sentidos le había fallado. El rostro y las manos de la Virgen habían desaparecido mucho antes de adquirir la obra. Ahora, salvo por esos ojos negros, la dama se había vuelto prácticamente invisible ante su menguada vista, creando la impresión de que una túnica granate envolvía a cierto ser espectral. No era lo que pretendía el artista, pero la imagen resultaba muy efectiva. Kessler recorrió, sentado en la silla, toda la extensión de la sala para sentarse ante la Virgen.
Müller jamás tuvo la intención de abandonar esa obra. Sólo pretendía darla en custodia, pero cuando la situación se tornó desesperada en 1945, necesitó dinero para abandonar el país. Dinero, una identidad suiza y una ruta segura. Kessler se había encargado de todo con su dinero, no con el del banco. Desde luego no era el único tesoro que había pasado por sus manos, y el banco o sus directivos habían guardado muchos cuando sus propietarios fueron a la guerra,
aunque esa pieza era la única que había aceptado a título personal.
Contrariamente a las despectivas insinuaciones que sabía que circulaban sobre él, había comprado todos los demás objetos de esa y otras salas después de la guerra, siempre manteniendo la más estricta legalidad. No era menos cierto que tenía cierta ventaja sobre los sacerdotes emocionalmente destrozados y los aristócratas arruinados, cuya necesidad transitoria superaba su devoción por el arte. No era algo de lo que se sintiera orgulloso, pero las transacciones comerciales nunca se realizaban desde un mismo plano de igualdad. Alguien siempre partía desde una posición ventajosa, y esa persona bien podría ser alguien como él, alguien que honrara adecuadamente a esa obra de arte.
Nadie conocía la verdadera historia del icono; al menos, Kessler nunca la había oído. Algunos decían que había permanecido en la iglesia de aquel pueblo durante siglos. Otros, que había sido propiedad de una larga sucesión de déspotas, griegos y musulmanes, sacerdotes, ladrones, así como del linaje de Ali Pasha hasta el último emperador bizantino, Constantino XI Paleólogo. Casi con toda certeza había sido realizada en Constantinopla, mucho antes de la caída, antes, incluso, de la primera obra iconoclasta. El icono estaba envuelto en rumores, impregnado de misterio.
Su borrosa visión se difuminó aún más, y empezó a notarse los ojos húmedos. No era la piedad ni la gracia de Dios lo que lo hacía llorar, sino simplemente el miedo. El miedo a su inminente final y lo que lo esperaba en el más allá, la tristeza por todo lo que dejaba atrás: a sus seres queridos, a sus amigos, a un mundo que él entendía; a su juventud y a su vigor, a su vista y al resto de los sentidos. Todo se perdía de un modo irreversible. Cerró los ojos. Rezar le resultaba imposible, como siempre. No era tan tonto como para pedirle algo al cielo, ni siquiera una explicación, así que, ¿para qué rezar?, y, por cierto, ¿a quién? La contemplación era lo máximo que podía ofrecer, una meditación acerca de su pasado y de sus pecados. Y ante él la Virgen, la más redentora de los soberanos celestiales que se dedicaba a observar su alma desnuda y a conceder, si la dama así lo creía oportuno, el perdón que él no era capaz de pedir. Era un acto patético, como llorar en una esquina hasta que se acerca tu madre, en vez de
confesar las fechorías ante tu padre. Pero era lo único que podía hacer.
El cielo lo encontraría a medio camino, o lo dejaría abajo.
En una ocasión, había estado a punto de confesarse ante Ana en el trance de una de sus fiebres. La carga de sus remordimientos por Richard era enorme; impregnaba cada aspecto de su vida, y también acababa con todos ellos. No tenía a nadie a quien contárselo, ni ninguna posibilidad de hallar alivio en esa dirección aunque lo intentara. ¿Qué le había dicho realmente a su nieta? No se acordaba, pero seguramente no había sido mucho; ella jamás había vuelto a mencionárselo. Pero luego estaba aquel retraimiento por su parte. ¿Había coincidido con aquella revelación? Tampoco podía recordarlo. Toda la experiencia reciente se había convertido en algo impreciso. Su memoria era fragmentada, y los episodios más oscuros siempre se abrían paso hasta la superficie: al principio, un amor no correspondido que había olvidado durante setenta años, varios temores aleatorios que había sufrido de niño, la amenazadora figura de su padre, aquella mueca de amargura que había esbozado antes de morir. Su madre, cuyo rostro ya no podía recordar, la suavidad de sus manos, su voz.
Probablemente se quedó dormido, aunque no estaba seguro de ello.
Cuando abrió los ojos otra vez, la estancia parecía más oscura, y el icono brillaba con un resplandor que sólo conocía por algunas descripciones, y que no había visto hasta entonces. Una sonrisa forzó los músculos agarrotados de su rostro, y sintió una presencia tras él. No era una sensación nueva ni inesperada, pero sí infrecuente. Ésa debía de ser la tercera o la cuarta vez que la experimentaba, y junto con el extraño resplandor de la pintura, debía de presagiar algo. Sintió un escalofrío por el cuero cabelludo, y habría jurado sentir calor en todas sus extremidades, incluso en los pies, que tan esquivos se habían mostrado en los últimos diez años. Manipuló los controles de la silla con la mano derecha y ésta dio un giro de noventa grados, de modo que quedó delante del ventanal rojo y dorado que representaba a Cristo cargando la cruz sobre sus hombros. Las sombras de la capilla parecían ahora más intensas, pero la luz seguía filtrándose por la arcada desde el vestíbulo que quedaba a lo lejos. También había una figura, que interrumpía la luz mortecina, en el extremo más lejano de su visión periférica.
El viejo sacerdote griego, a quien Kessler había permitido observar la obra años atrás, le había comentado que el icono había perdido sus cualidades mágicas. Evidentemente, él no lo llamaba magia. Energía, tal vez, o espíritu; sí, su espíritu había desaparecido, anunció el viejo y canoso farsante, al tiempo que se acercaba para besar temblorosamente la pintura. Al parecer, conocía aquel icono desde antes de la guerra, había rezado ante él en la sagrada iglesia de piedra de aquella pequeña aldea de Epiro. Él admitía que era mucho más antiguo de lo que creían sus vecinos, y que poseía unos poderes todavía más arcaicos. Había percibido -¿cómo describirlo?– una presencia viva en los bosques. Muy a su pesar, Kessler se había dado cuenta de que se había quedado sin aliento al oír aquella descripción. El sacerdote insistía en que la energía había desaparecido, y con esas palabras había desecho el hechizo que había urdido en un instante. Había ocurrido algo, alguna profanación, alguna extraña devaluación que quizá surgía del hecho de haber arrancado el icono de su tierra natal. Esos malditos griegos. Fuera cual fuese el caso, la magia había desaparecido. Ahora el valor de la obra era puramente artístico, manteniendo, por supuesto, la capacidad del arte para inspirar a los fieles.
Kessler sospechó un intento por deslegitimar el icono ante sus ojos y obligarlos así a deshacerse de él. Sin embargo, lo había herido tan hondamente que ni siquiera fue capaz de pensar en el encuentro durante mucho tiempo después. Quizá, en cierto sentido, había llegado a creer en lo que el anciano le había dicho. Pero habían ocurrido ciertos hechos, hechos sobre los que se había escrito en el pasado y que encontraban un hueco en su vida, fortaleciendo así su tambaleante fe.
Había vivido muchos años, tal vez demasiados, aunque había superado numerosos peligros, enfermedades y dolencias. La longevidad era uno de los poderes que se atribuían al icono. Según las historias de algunos hombres que lo poseyeron, o se dedicaron a adorarlo, vivieron ciento veinte años y fueron padres a los ochenta. En el caso de Kessler, la longevidad parecía una especie de burla. Había derrotado a la enfermedad, pero jamás se había librado de ella por completo. Sólo había tenido un hijo, que posteriormente había perdido. ¿Cuál era la finalidad, la ventaja, de vivir tanto tiempo?
En algún momento, se le había pasado por la cabeza que probablemente su recompensa le llegaría en el otro mundo, no en éste, y esa resultó ser para él un cambio muy difícil de mentalidad. No estaba del todo seguro de creer en otra vida, y ni siquiera estaba seguro de creer en el Todopoderoso. Podía imaginarse la existencia de una entidad y de un sitio semejantes, pero no se llegaba a él sin sentir una profunda y duradera fe. Para lo demás, no hacía falta consumirse en el infierno. Contemplar un negro abismo, la nada más absoluta, era más que aterrador.
Luego empezó a verla. Y qué inesperada alegría le había causado. Y
temor, ya que ella no estaría allí sin una finalidad, aunque abrigaba la esperanza de que fuera para bien. Ella siempre había sido fuente de toda clemencia en las historias que conocía, y si no podía salvar su cuerpo debilitado, quizá podría salvar lo verdaderamente importante, si es que existía: su alma.
Pensó en todo esto en un instante, mientras la figura estaba suspendida en los límites de su visión, como si esperara. Una oleada repentina de vergüenza se apoderó de él, algo que lo disgustó. La fe surgía del corazón, no de los ojos. No tenía ningún derecho a exigir una prueba, él precisamente, el peor pecador que existía sobre la faz de la Tierra. Pero ¿acaso no les había ocurrido lo mismo a Pablo y a los otros discípulos de Jesús? Y u muchos más desde entonces. ¿Acaso no es cierto que los ojos convencen al corazón? ¿Quién era él para decidirlo?
Jamás hasta entonces había podido mirar directamente a la figura.
Después de intentarlo la primera vez que la vio, hace años, y de darse cuenta de que no lograba nada, decidió que no le había llegado el momento. Desde entonces, se había contentado simplemente con percibir de cerca su presencia. Sospechaba que su cercanía le satisfacía más que su mirada, porque seguramente habría una razón para ello cuando llegara la hora, y su cobarde corazón temía ese motivo. Pero estaba equivocado, y debía armarse de valor; no podía escapar a su destino, sólo afrontarlo con valentía y con el corazón abierto. Lo cierto es que no había sido valiente en ningún aspecto de su vida; ahora era el momento de serlo. La Virgen era la encarnación del perdón. Los dedos del anciano toquetearon los controles de la silla.
Ella era el perdón. Al igual que su madre, que lo había protegido de su padre. Un estudio oscuro, unas ráfagas de viento empapado en agua que rompen contra la ventana, el hombre con su traje de siempre, su habitual olor a tabaco y a loción para después del afeitado; más alto que Dios, la sonrisa de un demonio, la pesada mano cayendo una y otra vez. Odiaba a su padre, un pecado mortal; estaba condenado. Unas frías lágrimas se apresuraron a colmar sus ojos ciegos. Negó con la cabeza. No, ella lo entendería, porque ella era el perdón. El anciano dudó.
¿Y si estaba completamente equivocado? ¿Y si aquella presencia que sentía no era más que Diana que estaba allí de pie, reacia a entrar en su santuario, esperando a que él terminara sus oraciones a los falsos dioses? ¿Y si su escéptica mentalidad había tenido razón todo ese tiempo? Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Madre redentora, todos ellos alejándose de él y abandonándolo en el vacío, una fantasía, ninguna salvación. La madre, la esposa y el hijo traicionado se alejarían sin posibilidad de reunirse con ellos, de no obtener su perdón. La mano caía una y otra vez. Durante toda su vida, siempre había temido recibir un castigo por sus malas acciones. Allí, al término de su vida, no temía tanto ese juicio como su ausencia. ¿Y si el fin era absoluto? Eso era algo que no podía aceptar.
«Ya basta.» Su visión volvió a nublarse. La lluvia aumentó de intensidad hasta convertirse en un clamor. «Ya basta; sé un hombre.»
Las puntas de sus dedos entumecidos manipularon los controles y la silla hizo un cuarto de giro hacia la arcada.
Un dolor intenso y paralizante en el pecho que le llegaba hasta el brazo bloqueó sus procesos mentales por un momento.
No podía ver ni entender lo que estaba ocurriendo, y la pequeña parte de su conciencia que no sentía temor ni dolor podía observar su dolencia con curiosidad. Luego, hubo algo que pareció activarse en su cabeza y el dolor fue desapareciendo, aunque su corazón todavía parecía un puño apretado, y su visión era demasiado débil para discernir nada. La figura había permanecido en la puerta de entrada, pero no tuvo tiempo de verla antes de que le fallara la vista. No, para ser sinceros, sí que la había visto por un instante. Era un hombre, no una mujer. No era ni su padre ni su hijo, sino un joven delgado y con
barba; tenía el rostro medio descolorido, y los ojos completamente abiertos debido al miedo o al éxtasis, no a la ira; Kessler no creyó que fuera ira. Un hombre, no una mujer. El Hijo, no la Madre; que Dios lo ayude, el juez más severo. Sintió que su inservible torso se inclinaba a medida que la figura avanzaba. Un terror silencioso se apoderó de él una vez más, luego se transformó rápidamente en otra cosa, en una nueva emoción difícil de definir. Quizá fuera una tristeza amplia y profunda, pero esa emoción era también transitoria, porque la tristeza se fundía en asombro, y el asombro en comprensión. Luego, todo se tornó luz.
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