El Verdugo De Dios
Estella 130
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
—¿No queréis que os deje un hermoso bigote al uso? —
preguntó el hombre algo descorazonado.
A su parecer, los rostros rasurados eran propios de jovencitos, eclesiásticos u hombres afeminados, y aquél parecía estar bien lejos de ser alguna de las tres cosas.
—¡Rapad! ¡Rapad todo! ¡Que no quede ni un pelo! —exclamó Robert excitado y en un tono de euforia que a él mismo sorprendió.
Con su nuevo aspecto, parecía un magíster de una escuela de teología o de una universidad. Sólo un pequeño detalle más y el atuendo estaría completo. Preguntó al barbero si existía por allí cerca algún convento o monasterio que dispusiera de una biblioteca.
—¿Libros?
En realidad, no era una pregunta, se trataba más bien de la expresión de asombro del hombre por el interés del desconocido a quien acababa de rapar por algo tan inútil como eran los libros.
—Sí —afirmó el Bugre—. ¿Hay por aquí algún lugar donde pueda encontrar alguno?
—No sé... Dicen que todos los judíos saben leer, pero yo no me lo creo, aunque ¡id vos a saber! Con esa gente todo es posible... Y también... el rector de San Pedro puede que tenga alguno, o tal vez... los monjes de Iratxe...
—¿Dónde se encuentra el monasterio? —Robert empezaba a impacientarse.
—Saliendo por el camino de Castilla, a un par de millas de aquí. ¡Ari! También está el monasterio de Nuestra Señora de Rocamador, justo un poco más allá de la puerta de San Nicolás —
el hombre salió a la calle y le indicó el arco que podía verse al final de la misma—. También es hospital de peregrinos.
Decidió probar en este último pero, antes de dirigirse al monasterio, compró una bolsa de viaje usada, de cuero oscuro, en la que metió su viejo hábito, las sandalias y la bolsa limosnera para darle algo de volumen. Un peregrino pobre sólo llevaba polvo encima, pero podría resultar extraño que un escolar viajero con ropas inmaculadas se presentara con las manos vacías. Por la misma razón, también adquirió una mula vieja, recia y, sobre todo, segura, a un vecino del barbero, pero nunca había cabalgado y le costó Dios y ayuda subirse y estabilizar su cuerpo encima del animal. Lo último que vio antes de echar la mirada al frente fueron las sonrisas irónicas de los dos hombres que observaban sus esfuerzos sin mover un dedo.
A pesar del cambio realizado, de haber perdido el aire de profeta del Antiguo Testamento, su aspecto continuaba siendo impresionante dada su altura y la angulosidad de sus rasgos, aunque ahora parecía diez años más joven y estaba irreconocible.
Ni siquiera los desgraciados que había dejado esperando a la entrada de la villa serían capaces de reconocerlo, se dijo satisfecho. Nunca lo habían visto bien vestido y rasurado. Cuando llegó al lugar indicado por el barbero, se llevó una pequeña sorpresa al constatar que el monasterio era una casa templaría aunque, en el fondo, también era un alivio. Prefería alojarse con los freires que con los dominicos o los franciscanos. El hermano encargado de alojar a los peregrinos sucumbió ante la personalidad del hombre de mediana edad y aire distinguido que llegó montado en una caballería, pidió albergue para la noche y ofreció pagar por una celda individual.
—Me llamo Robert de Reims —se presentó, y añadió con énfasis a continuación—: Soy un magister scolasticus en viaje hacia Compostela.
El freire lo acompañó a una pequeña habitación, una de las cuatro reservadas para personas importantes, amueblada con lo mínimo fundamental más una jofaina, un jarro de agua y un lienzo para secarse.
—Nos sentiremos honrados si aceptáis compartir nuestra humilde cena...
—¿Disponéis aquí de un scriptorium donde pueda trabajar un rato? —preguntó él sin aceptar la invitación.
—He de reconocer que aquí dedicamos poco tiempo al estudio
—se disculpó el freire—. Apenas tenemos libros.
—Yo traigo los míos propios —afirmó el Bugre señalando su bolsa.
—¿Y la cena?
—Guardo ayuno hasta la celebración de la Natividad del Señor.
Nuevamente impresionado, esta vez debido al reproche velado que intuyó en el tono del visitante, el hombre se inclinó, le indicó el camino hasta el scriptorium, le entregó la palmatoria con la vela encendida que les había alumbrado por el oscuro pasillo y lo dejó solo después de haberle notificado que, acabada la cena, regresaría en su búsqueda para acompañarlo a la iglesia. Robert echó un vistazo a su alrededor. El lugar era un espacio pequeño en el que apenas cabían dos pupitres de trabajo, media docena de anaqueles ocupaban parte de uno de los muros y en ellos podían verse algunos libros de gran tamaño en bastante mal estado, otros más pequeños, unos cuantos rollos y un montón de pergaminos sueltos, todos cubiertos por una espesa capa de polvo.
—Beati pauperes spiritu, «bienaventurados los pobres de espíritu» —recitó entre dientes, metamorfoseando con ironía las palabras iniciales del Sermón de la Montaña.
Encendió con la llama de la vela la mecha de un velón situado cerca de los anaqueles, sacó el hábito de la bolsa y limpió algunos de los volúmenes más pequeños con cuidado para no levantar el polvo. No había ninguno interesante entre ellos: viejos salterios, una vida de San Anselmo, otra de los primeros cristianos, una mala copia de la regla de San Benito y poco más. Las hojas de pergamino estaban mal cosidas y muchas, además, rotas, y las cubiertas de badana mostraban una capa de moho blanquecino debido a la humedad. Chasqueó la lengua disgustado. Seguro que los freires disponían de otro lugar en mejores condiciones. No era un secreto que los caballeros del Temple no sólo eran monjes-soldados, constructores, dueños de tierras y aldeas, sino también los mayores cambistas del mundo civilizado; protegían el dinero ajeno, prestaban sin interés, extendían pagarés y no había lugares más fiables ante todo tipo de robos que sus encomiendas y casas esparcidas por toda Europa, y aquélla no podía ser una excepción.
Los muy astutos tendrían sus libros de cuentas a buen recaudo, en una sala cerrada con varios candados, pensó mientras pasaba el dedo por el lomo de uno de los volúmenes. Llevaba mucho tiempo sin tener un libro entre las manos, desde antes de haber sido
juzgado como un criminal y encerrado en una celda franciscana, pero la visión de aquel abandono le trajo a la memoria su época de estudiante en la Escuela Catedralicia de Notre Dame, las lecciones de sus maestros, las discusiones teológicas con otros compañeros, Lionor...
—¿Qué leéis? —le había preguntado en una ocasión en que la encontró enfrascada en la lectura.
—Poemas de la condesa de Die.
—¿Perdéis vuestro tiempo con canciones de amor mundano?
—No todo ha de ser estudio en esta vida...
Robert hizo un gesto brusco delante de su cara con la mano para borrar los fantasmas del pasado y al hacerlo tiró sin querer un par de libros cuyas hojas se desparramaron por el suelo. Las recogió tras soltar una maldición, las metió de cualquier manera dentro de las cubiertas y fue a colocarlas en su sitio cuando sus ojos toparon con un pequeño volumen, medio oculto detrás de otro más grande. Parecía estar en mejor estado que los demás; las hojas firmemente sujetas y la cubierta nueva. Leyó el título, Petrus Comestor Histórica Scolastica. ¿Qué hacía en aquel agujero la obra cumbre del teólogo y canciller de las escuelas de París muerto setenta años atrás? Se sentó a uno de los pupitres y ojeó la obra copiada con tinta negra en una escritura apretada pero legible, en columnas de a dos y de treinta líneas cada una, sin adoraos en los márgenes, excepto la iluminación de las letras mayúsculas a comienzo de cada página. Era una versión libre de los hechos narrados en la Biblia que había tenido ocasión de leer por ser materia obligada durante sus estudios. Se detuvo en la parte en que el autor comparaba la construcción de la Jerusalén celeste con la de una ciudad y, en especial, en un párrafo que ya en su momento le había causado una gran impresión. «En la primera fase, el hombre se halla en la angustia y la aflicción; en la segunda, en la paciencia y la espera; en la tercera, en la gloria y la exultación.» Él ya había pasado por la angustia durante sus años
de dudas cuando había abandonado a Dios para seguir a una ramera y también después, al ser vilipendiado, juzgado y acusado injustamente. Ahora se hallaba en el segundo estado y pronto estaría en la gloria, y sus méritos serían reconocidos por todos.
El hospitalero entró entonces y él se levantó, se sacudió el polvo de las mangas, cerró la obra y la guardó en su bolsa con toda tranquilidad. Había ido en busca de un libro para reforzar su nueva apariencia, y un libro se llevaba. Estaba claro que allí nadie se percataría de su falta.
Siguió al freire hasta la iglesia, satisfecho y seguro en su nuevo papel, ocupó un puesto en un lateral, separado de un buen número de peregrinos que rezaban de rodillas, y recorrió el templo con la vista. Todo allí era oscuro: el lugar, apenas iluminado por unas pocas lámparas de aceite y unos cirios, los hábitos de los monjes de color pardo, las ropas oscuras de los peregjinos, incluso la imagen de la Virgen era negra. Sólo la blancura de una capa desentonaba; era un punto luminoso que atraía la mirada al igual que la llama atraía a los insectos. En un momento dado, el portador de la capa se giró hacia la persona que tenía a su lado y le dijo algo al oído. Pudo ver con claridad ambos perfiles y su respiración se detuvo. Bertrand de Garlande y el aprendiz agote estaban a tan sólo unos pasos de él, tan cerca que hasta podía alargar la mano y tocarlos. El sacerdote finalizó la oración pidiendo a los presentes que se dieran la paz. Robert avanzó y extendió sus manos. Uno después del otro, el comendador y el joven respondieron a su saludo. El Bugre sonrió. Ninguno de los dos lo había reconocido. Su estrella jamás lo abandonaba.
E
l mensajero había recorrido sin detenerse la distancia que separaba Pamplona de Gare y se reponía de la cabalgada bebiendo directamente de una jarra de vino aguado y comiendo unos garbanzos con puerros en la cocina de la casa. Mientras, el señor Brulé, sentado a su lado, leía el mensaje enviado por el mayordomo de la casa real. En veinte días a partir de la fecha, le comunicaba, don Teobaldo se dirigiría a Tierra de Estella y a la Merindad de Olite y, puesto que él se hallaba en la comarca, le instaba a ocuparse de todo lo concerniente para que la estancia del rey en la zona se llevase a cabo sin ningún contratiempo. Alcaldes, alcaides, merinos, hombres adinerados, abades; todos debían ser avisados de la llegada. A él se le hacía personalmente responsable de que los alojamientos dispuestos para la real persona y su séquito estuvieran en condiciones y se organizaran los agasajos correspondientes, actos religiosos y audiencias. El consejero pegó un salto y se puso a dar gritos llamando a los sirvientes bajo la mirada indiferente del mensajero, habituado a escenas similares cada vez que llegaba a algún sitio con un mensaje de la corte.
Poco más tarde, la casona entera bullía en preparativos. La primera intención de Brulé había sido partir de inmediato hacia Estella en compañía de un par de criados. Solo podría moverse con mayor libertad, pero Alix se plantó en jarras.
—¿Piensas dejarme aquí mientras tú te diviertes? —le interrogó.
—No es ninguna diversión, te lo aseguro, ocuparse del viaje de un rey. Más bien es un quebradero de cabeza. No puedes imaginarte la cantidad de problemas que se plantean en ocasiones como ésta.
—Me da igual. No permaneceré aquí encerrada por más tiempo. Este lugar es asfixiante. Y, por cierto, soy la esposa de un consejero real y aún no he sido presentada en la corte. ¿Acaso te avergüenzas de mí?
El caballero permaneció pensativo. No tenía ganas de discutir ni de explicar a su mujer que se había casado con ella sin
autorización y que ello le había traído complicaciones. A pesar de ser la hija de un constructor renombrado, ella no dejaba de pertenecer al común y él era un miembro de la curia. No podía tomar decisiones personales sin antes pedir permiso al rey. Su padre, Gace Brulé, perteneciente a la pequeña nobleza de Champaña, fue un gran trovador que dejó escrita una obra extensa admirada por Teobaldo. El rey había declarado en múltiples ocasiones que sin él la poesía francesa no hubiera sido la misma y había favorecido a su familia concediéndole numerosos beneficios. A él, siendo el cuarto de entre sus hermanos y sin posibilidades de heredar ni de hacer la carrera militar, lo nombró consejero de obras en su reino de Navarra, un gran honor y, por otra parte, un medio cómodo de amasar una pequeña fortuna mediante la gratitud mostrada por ciertos comerciantes al haber sido ellos los elegidos para suministrar los materiales de construcción necesarios.
—Me cuentan que habéis matrimoniado, señor Brulé —le había dicho Teobaldo en un tono punzante durante su último encuentro en Pamplona, el año anterior.
—Sire, así es.
—No recuerdo que hubierais solicitado mi autorización.
—Estabais en Champaña...
—¿Tanta prisa teníais por casaros?
—Sire, un hombre puede sentirse muy solo lejos de su tierra...
—Podéis regresar a ella en cuanto lo deseéis.
—Mi único deseo es poder serviros, señor.
—Pues no lo olvidéis.
El diálogo duró un suspiro, pero a él le pareció interminable.
El rey no pidió conocer a su mujer y él no se atrevió a presentarse con ella ante el monarca. Tal vez ahora podría aprovechar la ocasión si el viaje se realizaba sin percances y a gusto del soberano. Después del parto, Alix no había vuelto a ser la misma; estaba irascible y no aceptaba ningún contacto físico con él escudándose en los consejos del físico y de la partera, que seguían recomendando reposo aunque ya habían transcurrido más de tres meses desde el nacimiento de su hija. Si la llevaba con él, quizá también cambiaría su actitud y volvería a ser la esposa complaciente que había sido antes de dar a luz.
—Y también está ese hombre, el predicador... —la oyó decir.
Le vino a la mente la figura del inquietante personaje que por dos veces había insistido en hablar con su mujer. La segunda vez, cuando él acudió al dormitorio de ella, extrañado por las palabras del criado enviado en su búsqueda, la halló en un estado cercano a una crisis de nervios. Juana estaba a su lado e intentaba calmarla.
Entre las dos le contaron dónde y cuándo habían visto al hombre que esperaba abajo y por qué estaban seguras de que él había tenido algo que ver con el ataque al maestro Bisol. Podían estar equivocadas, se dijo Brulé, pero no permitiría que nada alterase a su mujer, ya de por sí bastante alterada.
—Tengo que partir de inmediato —señaló—, pero tú puedes seguirme cuando hayas dispuesto el viaje. Te esperaré mañana en Estella.
Antes de marcharse acudió a la encomienda para solicitar una escolta para su mujer y su hija. En los últimos tiempos se notaban movimientos de gentes armadas por los alrededores; lo había podido comprobar mientras recorría la región en busca de un lugar apropiado para construir un palacio digno del rey. Los infanzones, eclesiásticos y labradores, miembros de la Junta, andaban revueltos. Todo el mundo sabía que, durante la última reunión en Obanos, las discusiones habían ido subiendo de tono hasta llegar a un punto en que las armas parecían ser el único medio de dirimir
las diferencias. La intervención del cabo o buruzagi de la Junta había impedido que esto ocurriese, pero no había disipado el malestar reinante. El obispo de Pamplona había logrado la excomunión de Teobaldo y la noticia había llenado de gozo a los junteros. Sin el apoyo de la Iglesia, nadie estaba obligado a obedecer al rey. Era un buen momento para plantear sus demandas y exigir su cumplimiento y, de paso, acabar con los traidores que después de haber jurado los compromisos de la Junta se habían pasado a la parcialidad real. A pesar de que el monarca francés había hecho poner por escrito el Fuero General, el buen entendimiento entre los junteros y la Corona en tiempos de Sancho VII el Fuerte era agua pasada. Teobaldo no era Sancho y tampoco era navarro, algo que había quedado claro desde el principio. No estaba dispuesto a permitir intromisión alguna en la gobernación de su ahora reino, ni a aceptar que un grupo de vasallos le impusiera condiciones. La Junta se había creado para defender al pueblo de los abusos de los hombres acaudalados, los nobles más poderosos en bienes y tierras y los malhechores que campaban libres por el reino sin que los gobernantes hicieran nada para evitarlo, pero, a fe del rey, nadie excepto él tenía poder para impartir justicia. Antoine Brulé estaba de acuerdo; mano firme era lo que necesitaban aquellos campesinos levantiscos, pero nadie mejor que él, que se veía obligado a viajar de continuo, conocía los peligros que acechaban a los viajeros y más si éstos eran ricos y francos. En cualquier momento podía saltar la chispa y más valía tomar precauciones.
Partió, pues, en cuanto hubo dejado este asunto solucionado.
Él no necesitaba escolta, la distancia entre Gares y Estella no era grande y sus sirvientes iban bien pertrechados, pero al llegar a la altura de Villatuerta los tres se vieron sorprendidos por una partida compuesta por una docena de hombres que los rodearon al tiempo que los amenazaban con sus picas, espadas y una ballesta; los obligaron a salir del camino y se internaron en la sierra. Les forzaron a apearse al llegar junto a una cabaña medio oculta entre las rocas; a empujones los introdujeron en ella, atrancaron la portezuela por fuera y salieron a galope tendido, dejando a dos de
los suyos de guardia. Los raptores llevaban los rostros cubiertos y en ningún momento abrieron la boca.
Todo había ocurrido tan rápido que Brulé y sus dos sirvientes apenas tuvieron tiempo de darse cuenta de su situación. La cabaña, más bien una borda de piedra, tejado incluido, no tenía aberturas excepto la realizada en el techo para dejar salir el humo y les llevó algún tiempo acostumbrarse a la penumbra. El antro estaba vacío; no había nada dentro, ni un catre, ni paja, ni leña para encender fuego, ni tan siquiera una vasija de agua, y el suelo de tierra estaba alfombrado con excrementos de cabra. Los tres hombres se miraron sin decir nada y después se sentaron con las espaldas apoyadas en uno de los muros. Brulé sólo podía pensar en una cosa: el rey llegaría a la comarca y él no estaría allí para recibirlo.
Por su parte, Alix se había dado buena prisa en tenerlo todo dispuesto para salir cuanto antes hacia Estella. La apatía sentida durante las últimas semanas se había transformado en excitación.
Animada por la idea de abandonar Gares, un aburrido lugar lleno de monjes y peregrinos, según su parecer, y pasar a vivir una temporada en la villa del Ega, la más populosa de Navarra, después de Pamplona y Tudela, no paró de dar órdenes y de volver locos a los sirvientes hasta que estuvo dispuesto un carro repleto de enseres y arcones de ropas y otro más para ella, su hija y los criados que las acompañarían en el viaje. Temprano a la mañana siguiente, y escoltada por cuatro monjes-soldados, la pequeña comitiva salió por el portal del Puente y no se detuvo hasta llegar a su destino: una casona de piedra en la rúa de los Peregrinos, en pleno burgo, que el concejo ponía a disposición de los oficiales reales cuando éstos no se alojaban en el castillo de Zalatambor.
El pasmo de los encargados de la casa al verlos aparecer fue parejo al de los recién llegados cuando aquéllos les hicieron saber que el consejero no había aparecido por allí en los dos últimos meses y tampoco había enviado recado alguno. La primera reacción de Alix fue de hartazgo ante la clara ineptitud de su
marido, quien probablemente se hallaría en el castillo olvidado de sus deberes familiares, y despachó a un criado para hacerle saber su llegada. El hombre regresó al poco para decirle que en el castillo tampoco conocían el paradero del señor ni tenían noticias recientes de él. La alarma cundió de inmediato; los templarios volvieron sobre la ruta para informarse en cada pueblo de allí a Gares y examinar cada recoveco, y recorrieron la orilla del río en busca del caballero y de sus dos criados. Alix en persona acudió a ver al alcalde del burgo, quien, a su vez, se puso en contacto con los de los barrios de San Miguel y de San Juan. Mayorales y soldados buscaron por rúas y callejas, en los conventos, iglesias y santuarios, entraron en la judería y ascendieron la cuesta hasta el enclave primitivo de la villa, Lizarra. No quedó un rincón sin investigar y la búsqueda duró dos días con sus dos noches. En la mañana del tercero todos estuvieron de acuerdo en una cosa: el consejero real había desaparecido sin dejar rastro.
Tanto movimiento no podía pasar desapercibido y no había estellés que no supiera lo ocurrido. Se plantearon las teorías más peregrinas para explicar el extraño suceso, desde la posibilidad de que el consejero real hubiera sido arrebatado por los aires por los espíritus nocturnos, hasta la de que hubiera sido asesinado después de ser robado por un grupo de ladrones camineros. También las había más cáusticas, en las que se veía implicada una mujer mora o eslava, según las versiones, muy del gusto de los nobles francos, como era bien sabido. La noticia llegó a oídos de Bertrand de Garlande, quien se apresuró a acudir en compañía de su joven amigo a la casa del concejo donde sus hombres le pusieron al corriente de los acontecimientos.
Algo apartado de los templarios, junto a otras personas que esperaban el desarrollo del asunto en una sala de la planta baja de la casona, Eder experimentaba en aquellos momentos dos sentimientos contradictorios. Por un lado, no deseaba que nada malo le hubiera ocurrido a Brulé, a pesar de considerarlo un ser fatuo que le había arrebatado a la mujer que él amaba; pero, por otra parte, su desaparición solucionaría no pocos de sus
problemas. Seguían vivos en su mente los momentos de amor, incomparables, hermosos, experimentados por dos veces. Quizá aún había una oportunidad. Ahora más que nunca, ella necesitaría a alguien que la amara como él la amaba; alguien que la hubiera visto crecer, que hubiera jugado con ella y compartido sus secretos infantiles; alguien, en fin, que le hubiera demostrado su amor sin pedir nada a cambio. La entrada en tromba de Alix cortó en seco sus pensamientos y también su respiración. Sin percatarse de su presencia, la joven se lanzó en brazos del comendador hecha un mar de lágrimas. La observó con el corazón herido mientras hablaba con Bertrand, le contaba lo sucedido, le explicaba detalladamente todos los pasos dados y mostraba el aire afligido de una mujer ansiosa por recuperar a su marido. Así pues, se dijo, no había sitio para él en el corazón de Alix. Su ilusión había sido tan efímera como el postrero suspiro de un moribundo.
Dos personas más entraron en la sala y su presencia le causó la estupefacción más completa. Juana, la vieja sirvienta de su maestro, estaba tal cual la había dejado el día de su regreso a Bozate; la misma toca fálica cubriendo su cabeza, la misma saya de color oscuro y el delantal de un blanco inmaculado, y a su lado... Alazaïs. ¿Qué hacía ella allí? ¿Cómo era posible? Se ocultó tras un hombre de anchas espaldas, casi tan alto como él mismo, para poder observar sin ser visto. Su mirada iba de Alix a Alazaïs, ambas de parecida edad, una rubia y otra morena, y las dos le habían amado para después despreciarlo por su condición. La vida daba muchas vueltas, pero el desenlace siempre era imprevisible.
Las únicas mujeres, aparte de su madre y de la tía Elaia, que habían tenido algo que ver con él se hallaban en aquellos momentos juntas en la misma habitación, y a él le hubiera gustado desaparecer igual que el señor Brulé.
Poco a poco, burgueses, autoridades y curiosos iban abandonando la casona. Eder temía ser descubierto en cualquier momento, pero no podía marcharse sin que el comendador lo notase, así que optó por colocarse cerca de la puerta para salir en cuanto éste diera la orden de partida.
—¡Joven Eder!
El grito de Juana resonó en la estancia como la campana grande de la catedral de Pamplona, los presentes interrumpieron las conversaciones y todos, sin faltar uno, se giraron hacia él. En unos instantes, pudo ver las miradas curiosas de los hombres que no le conocían, el ademán cariñoso del comendador y el sorprendido de Juana, pero vio, sobre todo, dos pares de ojos fijos en él que lo dejaron inmóvil en su sitio. De pronto, Alix había dejado de ser una supuesta viuda inconsolable; no sonreía, pero su mirada azul reflejaba la satisfacción que le producía el encuentro y, en un ademán involuntario, se frotó un labio con el otro.
Alazaïs, por su parte, con la alegría reflejada en el rostro, había abierto la boca para decir algo, pero ningún sonido salió de ella.
—Me alegro de contar con un amigo entre nosotros en estos terribles momentos.
Alix avanzó hacia él y cogió sus manos. Sintió que el aire no le llegaba a la boca, que se ahogaba; hubiera sido capaz de abrazarla en aquel mismo instante y besarla delante de todos, declararle su pasión, decirle que sin ella moría poco a poco, pero se contuvo.
—Todos haremos lo posible por encontrar al señor Brulé —
respondió con un tono neutro de voz.
—Cualquier ayuda será bienvenida.
Le dio la impresión de que se sentía un tanto defraudada, pero no dijo nada más y se giró hacia Alazaïs.
—No volviste a Baztán...
—No..., deseaba pedir perdón a un amigo a quien ofendí sin quererlo.
Sonrió y ella le devolvió la sonrisa
—¿Os conocéis?
La pregunta de Alix interrumpió su silencio
—Sí—respondió el montañés—. Nos conocemos desde hace muchos años.
—¡Querido muchacho! —Juana estaba impaciente por intervenir—. ¡Qué desgracia, Señor! ¡Qué desgracia! Nuestro querido maestro murió...
—Lo sé, Juana. Yo estaba aquí cuando ocurrió.
—¿Estabas aquí? Me hago vieja y pierdo la memoria. A veces la pena no me deja pensar...
—A muchos nos ocurre lo mismo.
La noche había caído y las voces de los guardas de ronda avisaban del cierre de los portales.
—Volveremos mañana —informó el comendador a Alix—. No cejaremos hasta hallar a vuestro esposo, mi buen amigo, aunque tengamos que levantar palmo a palmo esta comarca.
Hizo una seña a sus hombres y al joven y se dirigió a la puerta seguido por ellos. Eder se volvió para mirar una vez más a las dos mujeres e hizo un leve saludo de despedida con la mano antes de salir.
—¿De qué lo conoces? —Alix se dirigió a su sirvienta con sequedad.
—Hace años me salvó la vida. —Alazaïs miraba hacia la puerta.
—¿Y cuándo fue la última vez que le viste?
—En Gares.
—Regresasteis juntos desde Baztán.
—Sí.
—¿Hay algo entre vosotros?
La joven la miró y tardó en responder. No le gustaba el tono de su voz, no le gustaba que alguien se metiera en su vida y mucho menos que la interrogaran, pero ella era la señora, la madre de Maddi y, por ahora, su única fuente de subsistencia.
—No.
—Pues que no lo haya. Exijo que te comportes como una doncella honesta mientras seas mi sirvienta y la de mi hija.
Aquélla fue una noche de velas, sueños interrumpidos e insomnios.
Alix tardó mucho en cerrar los ojos. Quería pensar en su marido, pero el único rostro que aparecía en la oscuridad era el de un hombre joven de cabello ondulado y ojos grises que había vuelto a su vida cuando menos lo esperaba. Si Antoine no apareciera, ella sería libre... Pero... ¿de qué vivirían un aprendiz de constructor y una mujer sin fortuna propia? Ello le llevó a pensar que desconocía a cuánto ascendía la de su marido y dónde la tenía depositada. No se había preocupado por el dinero en el tiempo que llevaba casada, lo cual, tuvo que reconocer, había sido un error. De la noche a la mañana podía encontrarse viuda y sin un mísero sueldo de sanchete para subsistir. Luego recordó la relación estrecha que Antoine mantenía con Bertrand de Garlande y sonrió.
Tendría que hablar con el comendador sobre el asunto. Ya más tranquila, cerró los ojos para pensar únicamente en Eder. Pronto, muy pronto...
Alazaïs tampoco podía dormir; aún estaba bajo la impresión recibida y no dejaba de sonreír. Con los ojos cerrados y la mano acunando a la niña, revivía el momento en que él se había vuelto
hacia ella y le había sonreído. No quedaba nada de la mirada enfadada, primero, y triste, después, de la última vez que habían estado juntos. Aún había esperanzas. Parecía tan vulnerable, allí en medio de la sala... Si él le hubiera tendido la mano y pedido que lo acompañara, no habría dudado ni un instante en seguirle a cualquier parte. Esperaría a que lo hiciera y, mientras, cuidaría de su hija.
Eder ni siquiera se molestó en tumbarse en el catre. Le molestaban los ronquidos de los peregrinos y los olores que, en otros momentos, ni siquiera notaba. Salió del hospital y anduvo por la campa adyacente. Hacía mucho frío, las hierbas crujían por la helada a su paso, pero él no lo sentía. La luna, redonda y clara, iluminaba los campos y creaba formas fantásticas entre sombras y resplandores; las montañas se dibujaban en el cielo estrellado y su corazón se agitaba dentro de su pecho cada vez que pensaba en Alix y... también en Alazaïs. Después de vagabundear durante un rato, regresó al monasterio y entró en la iglesia cuya puerta nunca se cerraba. No había nadie dentro, sólo la Madre iluminada por una pobre candela a punto de extinguirse. No tuvo ningún reparo en quitar el cabo exiguo y colocar en su lugar una de las dos velas que adornaban el altar. El rostro ennegrecido de la imagen resplandeció con la nueva llama.
—Amari, diosa de mis antepasados, te hallas lejos de nuestras montañas como yo, e igualmente sola...
Bertrand lo encontró a la mañana siguiente dormido a los pies de la imagen cuando acudió a la hora prima. No era raro encontrar algún peregrino pernoctando dentro de la iglesia, le informaron los freires, y ¿qué mejor lugar que aquél para sentirse protegido? El joven parecía en paz y ni los rezos ni los cantos lograron despertarlo, así que decidió dejarlo dormir tranquilo.
—Tenemos que seguir buscando al señor Brulé —le dijo al acabar la oración, al tiempo que lo sacudía por un hombro.
El montañés abrió los ojos y miró a su alrededor sorprendido.
El comendador sonrió.
—Eres un joven extraño, Eder Bozat. Con el frío que hace, has pasado la noche aquí, sentado en el suelo y, encima, has dormido como un bendito.
—Ella me protege —dijo señalando a la imagen.
—Protege a todos los hijos de Dios.
—A todos no; sólo a los que no la niegan.
Ese mismo día se recibió un mensaje en la sede del concejo.
No llevaba firma, pero sí el sello de la Junta de Obanos, e informaba que el consejero real y sus dos sirvientes se hallaban retenidos por varios junteros que habían decidido raptarlos para negociar su libertad con el rey a cambio de que éste dejara en paz a la Junta y se aviniese a razonar. El buruzagi acompañado por miembros leales, seguía informando la nota, y en ejecución de las ordenanzas de su organización, se disponía a hacer justicia con los criminales.
—¿Creéis que lo harán? —preguntó Eder al comendador.
—No me cabe la menor duda —respondió éste con firmeza—.
No será la primera vez. Hace unos años, un tal Miguel de Arróniz raptó a la mujer de un juntero, la escondió en la casa de su padre y después la llevó al castillo de Punicastro, en la sierra de Codes, cuya tenencia ostentaba Juan de Bidaurre. Pues bien, la Junta logró que la mujer le fuera devuelta y, a continuación, arrasó la casa de Arróniz y las de varios de sus compinches. Y no hizo lo mismo con el castillo porque es propiedad real. En los años que llevo en la encomienda, les he visto actuar en bastantes ocasiones y te aseguro que no se andan por las ramas.
—¿Y vos no actuáis en dichas ocasiones?
—¿Yo?
—Vos, los caballeros...
—Nosotros no intervenimos en los asuntos internos de los reinos cristianos, protegemos a los peregrinos y, a veces, como ahora, nos vemos obligados por razones de amistad o dependencia, pero son excepciones.
Cuatro días más tuvieron que pasar hasta recibir alguna noticia. Johan Martínez de Uterga y otros junteros aparecieron en Estella al atardecer de la quinta jornada trayendo con ellos a Antoine Brulé y a sus servidores. Su estado era calamitoso. Sólo habían comido unos mendrugos de pan y bebido un poco de agua que sus captores les habían dado; olían a excrementos, la barba les había crecido y unas grandes ojeras cernían sus ojos hinchados.
Nada más entrar en la casona, el consejero desapareció escaleras arriba sostenido por un par de hombres y mandó recado de que no lo esperasen porque no tenía intención de aparecer en público hasta no estar recuperado del todo.
—¿Y qué habéis hecho con los culpables? —preguntó el comendador a Martínez de Uterga.
—Cuelgan de los árboles de la sierra de Codes —respondió éste, y añadió en voz lo suficientemente alta como para ser oído por todos los presentes—: La justicia en Navarra es cosa de navarros.
Dicho esto, dio media vuelta, montó de nuevo en su mula y se alejó por la rúa en dirección al camino de Gares.
S
eguro de su nueva identidad, Robert Lepetit no había perdido detalle de lo ocurrido; se hallaba presente en todo momento y en todas partes, de forma que su figura alargada se había hecho familiar y a nadie extrañaba verlo aparecer de manera imprevista.
De todos modos, y para más seguridad, una mañana se acercó hasta la iglesia del Santo Sepulcro y comprobó que los hombres dejados allí a la espera de su regreso continuaban esperándole. Se paseó entre ellos y los peregrinos, entró a rezar en el templo y, al salir, dio una limosna a uno de sus antiguos discípulos que mendigaba en la puerta. El hombre cogió la moneda, le miró a la cara y le dio las gracias. La estupidez humana no tenía límites, meditó Robert de vuelta al burgo; los seres humanos únicamente veían lo que querían ver y eran incapaces de reconocer al mismo pollo con distinto plumaje. Contrariamente a su proceder anterior, se había vuelto muy discreto; apenas hablaba, pero escuchaba con mucha atención todo lo referente a la desaparición del consejero real. Si no se daba con su paradero, a él le sería más fácil acercarse a la hija de la hereje, aunque no podría hacerlo hasta que no se supiera lo ocurrido con Brulé; en esos días la mujer nunca estaba sola. Tampoco perdía de vista al comendador y a su acompañante. Los veía ir juntos a todas partes y era imposible abordar al más joven sin que el freire estuviera presente. No le pasó desapercibida la bolsa que el aprendiz llevaba colgada del hombro como si fuera una prenda más de su vestimenta, y tuvo la certeza de que era allí donde guardaba el documento. Los seguía en sus recorridos por las poblaciones de Pamplona a la espera de un descuido, de un momento en el aire, para hacerse con la bolsa, pero temía acercarse demasiado y acabar siendo reconocido por el freire templario. La mirada aguda bajo las espesas cejas indicaba que éste no era tan estúpido como los desarrapados abandonados a su suerte a la entrada de Estella.
Una tarde los vio adentrarse en San Miguel, el barrio más populoso y ruidoso de la villa, y también el más heterogéneo; subieron por las escaleras de la iglesia y entraron en ella. Él decidió esperarlos abajo. Era más fácil pasar desapercibido mezclado con otras personas. En el barrio convivían gentes
navarras y francas, campesinos y comerciantes, e incluso algunos judíos tenían allí tiendas abiertas. También había muchos peregrinos, que preferían buscar refugio en el hospital cercano a la iglesia, y podían verse mujeres de rostros pintarrajeados indicativos de su oficio, personas vestidas a la usanza de los moros y un buen número de hombres de armas. Observó a la vendedora de un puesto de legumbres discutir con otra mujer, supuso que sobre el precio de los géneros, ya que no entendió lo que decían. Hablaban la misma o parecida lengua que los mezquinos de Ultrapuertos y dicha constatación le recordó a los paganos de Baigorri y la promesa hecha a sí mismo de luchar contra éstos y contra los herejes. Aquella ciudad tenía que estar repleta de ellos; la familiaridad con la cual algunas mujeres se dirigían a los hombres, las blasfemias que escuchaba en su propia lengua, los signos diabólicos grabados en las puertas, el grupillo de viejas vestidas de negro que hablaban en un corrillo y, de vez en cuando, lo miraban y se reían... La cabeza comenzaba a darle vueltas y sentía el sudor empapándole por debajo del gorro.
Levantó la vista hacia la iglesia, pero no había señales de las dos piezas a las que acechaba. Una risa chillona le obligó a girarse.
Una mujer rubia, sin tocado, con afeites en el rostro y entrada en carnes caminaba hacia donde él estaba y reía de forma aparatosa, asida del brazo de un hombre bajo y flaco que daba la impresión de pasarlo tan bien como ella. Los miró con desprecio, pero cuando llegaron a su altura la sorpresa no le dejó reaccionar: el hombrezuelo no era otro que Aubert, el discípulo traidor. Miró de nuevo hacia la puerta de la iglesia, el freire y el aprendiz seguían sin aparecer. No lo pensó más y echó a andar tras la pareja, que continuaba hablando y riendo, se detenía en los puestos, preguntaba los precios y compraba algunas chucherías. Los siguió y esperó a que la noche cayera, apostado a poca distancia de la casa de aspecto humildedonde habían entrado. Cuando la oscuridad era completa y no se veía un alma transitando por allí, se aproximó y llamó a la puerta.
—Buenas noches, hermano Aubert —saludó cuando ésta se abrió.
El hombre, sonriente y a medio vestir, permaneció durante unos instantes paralizado por la impresión. En un primer momento no reconoció al personaje vestido como un canónigo que tenía delante, pero hubiera podido distinguir entre mil la voz grave del predicador. La sonrisa se borró de sus labios al descubrir su mirada de ave depredadora y tragó saliva, incapaz de emitir sonido alguno. El Bugre no esperó a ser invitado y penetró en la vivienda; echó una mirada alrededor de él e hizo una mueca de asco. El lugar era un cuchitril desordenado y bastante sucio; unos pedazos de madera ardían a ras del suelo de tierra y sobre ellos un trébede sostenía una pequeña olla de barro en la cual hervía un líquido espeso y aceitoso. La mujer se hallaba sentada sobre el catre y se había cubierto a toda prisa con una manta al verlo entrar.
—¿Y por esto dejaste a Dios? —preguntó Robert a Aubert abarcando la habitación con un ademán del brazo.
Se giró y fijó la mirada en su antiguo discípulo, después salió, pero se detuvo al pisar la calle.
—Te esperaré mañana en el portal del Pópulo, en el burgo franco, justo después del toque de apertura —miró de nuevo al hombre que temblaba de frío y de miedo—. No faltes. Sé dónde vive tu ramera.
La advertencia era clara y Aubert afirmó con la cabeza.
—¿Quién era? —le preguntó la mujer cuando entró, cerró la puerta, se apoyó en ella y cerró los ojos.
—El diablo en persona.
Mucho antes de la apertura de los portales, Aubert se hallaba en el de San Martín a la espera de poder cruzar el puente y acudir a la cita en la otra parte del río. No había podido pegar ojo durante toda la noche. Jamás en su vida había sentido tanto miedo; ni siquiera cuando, presa de pavor, permaneció varios días encadenado en un calabozo del Louvre por haber sido pillado in
fraganti sustrayendo la bolsa de los dineros a un individuo que luego resultó ser el capitán de la guardia real. La humedad descendía por los muros en forma de gotas gruesas, el olor era insoportable, los gritos de los torturados no dejaban de oírse ni de día ni de noche y, lo peor de todo, tuvo que convivir con ratas de un codo de largo que se paseaban entre los miserables allí encerrados. Creyó que nunca más vería la luz del sol, pero, para su buena fortuna, el día de Viernes Santo, el rey dio orden de soltar a cincuenta reos culpables de penas menores, y él fue uno de ellos.
Juró entonces no reincidir, pero el hambre no hacía diferencias con los arrepentidos y pronto volvió al oficio.
La súbita aparición del predicador esa noche le había helado el alma. Pensó en desaparecer aprovechando la oscuridad; podía subir al viejo barrio de Lizarra y esperar allí la apertura del portal de San Pedro para marcharse, pero las palabras del hermano Robert no eran simples baladronadas, lo sabía bien y no quería que le ocurriese nada a su amiga. De todos modos, pensó, si hubiera querido matarlo, ya lo hubiera hecho; no iba a esperar a hacerlo a la luz del día. Algo más tranquilo esperó la llegada del amanecer y, sin hacer ruido, salió de la casucha después de haber besado la mejilla de la mujer que durante unas semanas le había hecho tan feliz.
Sentado en un mojón al lado del portal del burgo, vio llegar al hombre que había dominado sus sentidos durante años, respiró profundo, se levantó y lo observó mientras se acercaba. Estaba cambiado, parecía más joven, pero, al mismo tiempo, más viejo.
Era algo extraño, al igual que también lo era el atuendo que vestía.
¿De dónde lo habría sacado?, ¿y dónde estaban los otros compañeros? El Bugre estaba ya delante de él, pero no dijo nada.
Esperaron durante mucho rato, uno junto al otro, sin mirarse ni hablarse; el sol estaba alto cuando el predicador lo asió por un brazo y le obligó a mirar al río.
—Dentro de un instante pasaran por nuestro lado el freire de Gares y el aprendiz de Bisol —le informó—. Sigúelos allá donde
vayan. Tú verás cómo te las apañas, pero quiero que me traigas la bolsa que lleva el joven colgada del hombro.
Le hizo una seña cuando los dos hombres llegaron al portal y comenzaron a cruzarlo.
—Estaré esperándote en esa iglesia —añadió indicándole San Pedro de la Rúa—. Hazlo rápido y no olvides que sé dónde encontrar a tu mujerzuela.
Aubert echó a andar sin responder y tampoco se molestó en mirar atrás, pues estaba seguro de que el predicador continuaba en el mismo sitio sin perderlo de vista. Siguió a Bertrand y a Eder por las rúas del barrio navarro de San Juan. Subieron cuesta arriba hacia el viejo enclave de Lizarra y desde allí continuaron ascendiendo hasta a llegar a lo alto de la colina donde se alzaba una fortaleza y también una ermita por cuyapuerta desaparecieron.
Se aproximó él también y entró, quedándose quieto en la parte posterior del recinto.
—Aquí tienes otra de tus madres —oyó decir al comendador.
—Siempre es la misma —respondió el joven.
—Claro, siempre es la misma...
Aubert se deslizó fuera y se ocultó tras unos arbustos de espino de gran tamaño. Los vio salir poco después, acompañados por un anciano monje benedictino, encargado del cuidado de la ermita, que les explicaba el milagro de la aparición de la imagen a un pastor un siglo antes en aquellos parajes y cómo no había habido modo de moverla de aquel sitio.
—Por eso se construyó esta capilla, para protegerla de la lluvia y del viento —concluyó el clérigo.
—No hacía falta protegerla, ella misma es la lluvia y el viento.
Si me disculpáis un momento...
Dejando pasmado al monje y a Bertrand intentado reprimir una sonrisa, Eder se dirigió a un pequeño promontorio desde el cual la vista alcanzaba hasta la lejanía la tierra dorada de Deio en la que se encontraban; después se dio la vuelta y contempló la sierra cuyas cumbres se hallaban ocultas por la niebla y sus estribaciones por la arboleda. El viento le traía un olor familiar a hierba, madera y agua, a bosque. No había en el mundo nada más hermoso. Los árboles nacidos de la Madre eran testigos del paso del tiempo, sus raíces se hundían en la tierra y bebían el agua de los ríos plateados que regaban las moradas de Amari; sus ramas se elevaban hacia el cielo construyendo un puente entre lo visible y lo invisible; sus hojas, flores, bayas y cortezas eran medicina para cicatrizar las heridas y aliviar los males del cuerpo y del espíritu, refugio de las aves y de otros animales. Los árboles eran inspiradores de las antiguas leyes no escritas, protectores de su pueblo, y también hacían posible el trabajo de los artesanos. Dejó la bolsa en el suelo, extendió a lo ancho los brazos en un ademán de abrazo a la naturaleza y aspiró su fuerza.
Aubert aprovechó el momento para salir de su escondite y llegar hasta él en unas cuantas zancadas, cogió la bolsa y salió corriendo cuesta abajo a tal velocidad que para cuando Bertrand y Eder quisieron reaccionar, él ya había recorrido un trecho considerable. Fueron tras él, pero se detuvieron al verlo desaparecer por una calleja tortuosa cuyo final se mezclaba en un laberinto de rúas y plazuelas.
—¿Qué había en la bolsa?
—Mis útiles de tallar, las ropas que me regaló el maestro y...
mi imagen. ¡Maldito ladrón!
—No es un ladrón cualquiera.
—¿Cómo lo sabéis?
—Es el hombre que acompañaba a Robert Lepetit cuando vino a verme a la encomienda.
—¿Estáis seguro?
—Entonces llevaba un hábito mugroso, pero podría asegurar que es el mismo.
—¿Creéis que encontrará... ?
Eder no terminó la pregunta. Prosiguieron el descenso a paso vivo y en silencio, sin prestar atención a la animación reinante en el mercado nuevo de San Juan que los jueves se llenaba de puestos de verduras, carnes, ropas y calzado. Al cruzar el puente que separaba el barrio del burgo tampoco echaron un vistazo al río, cuyas aguas llegaban crecidas, ni se detuvieron para observar a los peregrinos que bajaban por las escaleras de San Pedro de la Rúa después de haberse postrado ante la hermosa Virgen de Belén.
—Ve en busca de Ferragut —ordenó el freire al llegar a Rocamador—. Nos vamos. No podemos hacer nada por el momento.
Bertrand entró en el monasterio para despedirse y volvió a salir al poco rato, montó en el caballo que Eder se había apresurado a llevar hasta la puerta e hizo un gesto al joven para que hiciera lo mismo.
—¿Y la hija de mi maestro? —preguntó éste cuando echaron a andar—. Ella también puede estar en peligro.
—Mis hombres se ocuparán de custodiarla hasta que esta situación se aclare.
Tras comprobar que el Bugre y su compinche no se hallaban a la vista, los dos hombres salieron a galope por el camino de Los Arcos. Por un momento, Eder estuvo tentado de pedirle que pasaran por la casa del concejo para despedirse de Alix y de Alazaïs, pero calló. Quizá era mejor no hacerlo, desaparecer de sus vidas de una vez por todas. De repente se sentía cansado y decidido a regresar a Baztán en cuanto se presentase una
oportunidad. Su hogar estaba donde estaban los suyos, el único sitio en el cual no era un extranjero. Allí, aunque no poseyera nada, aunque los vecinos tuvieran a los suyos en poca estima, podría vivir y trabajar en paz, la montaña era lo suficientemente grande y el bosque lo bastante denso para todos.
Mientras tanto, Aubert se había apresurado a regresar al burgo.
Cuanto antes entregara la bolsa al predicador, antes se vería libre de él y podría volver junto a su amiga. Había perdido una oportunidad de oro, se dijo, al no haberse confiado al freire.
Tendría que haberle avisado; él hubiera podido ayudarle a desembarazarse del hermano Robert. Era preciso desaparecer durante una temporada. Su amiga le había dicho que procedía de una aldea del otro lado de la sierra. Si la suerte les era favorable, podrían irse los dos a aquel lugar y comenzar una nueva vida, pero sabía que se hacía ilusiones vanas. El predicador no lo dejaría libre ahora que lo había encontrado de nuevo. Necesitaba un esbirro para realizar las tareas comprometidas o peligrosas y así quedarse él al margen; como ahora, que le había obligado a arriesgarse sabiendo que el monje-soldado iba armado. Subió las escaleras de la iglesia de dos en dos, entró en ella y echó un vistazo ansioso alrededor, pero el temido personaje no estaba allí.
Tal vez se había cansado de esperar, aunque las campanas aún no habían llamado al ángelus... Quizá habría hecho real su amenaza y su amiga estuviese en peligro... Quizá Dios, en su misericordia, lo había enviado al infierno...
—Aubert.
La voz del predicador y su figura emergiendo entre las sombras le dieron un susto de muerte y se puso a temblar sin poder evitarlo.
—Me complace comprobar que sigues siendo un discípulo obediente. Sigúeme.
Obedeció la orden y lo siguió franqueando una puerta que daba salida a un hermoso claustro, cementerio de peregrinos. El
día, que había amanecido con un cielo azul radiante, empezaba a oscurecerse y las nubes se desplazaban veloces por encima de sus cabezas. Aubert tembló de nuevo y no supo si se debía a su propio temor, al airecillo frío que se colaba por las columnas del claustro coronadas con seres monstruosos o a la visión de las lápidas de enterramiento que cubrían el suelo. La idea de morir y acabar dentro de una fosa comido por los gusanos le parecía horripilante.
—¡Maldita sea! ¡Aquí no hay nada!
La exclamación del predicador interrumpió sus cavilaciones.
Había vaciado la bolsa en el suelo y, furioso, empujaba con el pie su contenido, unas ropas usadas, unos pocos útiles de carpintero y una talla de madera. Aubert se alegró de que, una vez más, el hombre no se saliese con la suya, pero su alegría duró un suspiro.
Un instante después se veía zarandeado y abofeteado y no le cupo la menor duda de que no acabaría el día sin que él también fuera cadáver.
—¿Dónde está? ¿Dónde está?
—¿El qué? —logró preguntar Aubert a punto de echarse a llorar.
—¡El documento!
—Yo no he tocado nada, señor, ¡os lo prometo! Le he quitado la bolsa al aprendiz y he venido aquí directamente como me ordenasteis.
—¿Te han seguido?
—¡Os juro que no!
Los gritos habían llamado la atención de unas mujeres que limpiaban una tumba en el jardín del claustro y también del rector, que apareció seguido por varias personas. Todos se quedaron mirándolos, sin saber si llamarles la atención por organizar un
escándalo en un lugar sagrado o permanecer a la expectativa. El Bugre miró de nuevo los objetos desparramados por el suelo y, en un último reflejo, recogió la figura, asió con fuerza el brazo de Aubert y lo arrastró afuera. De igual manera bajaron por las escalinatas y recorrieron la distancia hasta el monasterio extramuros, el uno tirando del otro. Al llegar a Rocamador, se dirigieron directamente al edificio de los monjes y Robert pidió hablar con Bertrand de Garlande, pero el portero le comunicó que el comendador y su novicio acababan de partir.
—¿Hacia dónde? —preguntó con brusquedad.
—No es asunto mío vigilar los pasos de un maestre de la orden
—respondió el monje ofendido.
No se habían cruzado con ellos y no había otro camino para entrar en la población, por lo tanto, pensó, sólo habían podido dirigirse hacia el sur. Sin soltar a su presa, se dirigió al hospital, recogió su saco y el libro y fue a la cuadra en busca de la mula.
Únicamente había allí dos animales, el suyo y un pollino de pelambre tirando a gris sucio; obligó a Aubert a montar en este último, hizo otro tanto en el suyo y salieron al camino, perseguidos por los gritos del portero que no les había perdido de vista y contemplaba estupefacto cómo se llevaban el borrico, propiedad del monasterio.
☙
OceanofPDF.com