Elemental, querido Chaplin

Rafael Marin · Capítulo 1 de 31

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Sección 1

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Sobrecubierta

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Tags: General Interest

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PRÓLOGO

Elemental, querido Chaplin

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A mediados de otoño del año 2000, coincidiendo con Halloween, esa fiesta pagana que todo lo invade y contra la que cualquier reacción tradicionalista adversa tiene perdida la batalla de antemano, un grupo de escritores españoles fuimos invitados al Festival Utopía, de Nantes. Las posibilidades de que a un autor de literatura fantástica en español se le reconozca que existe son tan escasas, incluso en nuestro propio país (o sobre todo en nuestro propio país), que los cinco o seis tocados por tal fortuna acogimos la invitación con más escepticismo que alborozo:no imaginábamos qué nos íbamos a encontrar allí.

Después de un viaje digno de indiana Jones (en el que tuve que saltar de un avión a otro sin tener nunca muy claro que fuera a llegar a mi destino: no hablo ni una palabra de francés y la bella azafata rubia que me atendía en un bimotor donde sólo viajaba yo no encendía ni español ni ingles, imaginen el surrealismo de la situación, perdido en un avión que no iba a donde yo tenía que ir y en manos de alguien que no sabía dónde tenían que bajarme -o tirarme-para que llegara donde tenía que llegar), desembarqué en Nantes y tuve por fin la oportunidad dereencontrarme con viejos amigos, colegas escritores a quienes no suelo ver más de una o dos veces al año, dado lo lejano de nuestra ubicación geográfica: Cádiz, Gijón, Madrid, Barcelona o Valencia. Son tantas las cosas que nos unen que la alegría del reencuentro hace que retomemos la conversación prácticamente donde la habíamos interrumpido siete u ocho meses atrás.

Uno de nuestros temas recurrentes suele ser la admiración hacia los escritores tardovictoríanos que dieron forma a lo fantástico tal como lo conocemoshoy: H. G. Wells y su socialismo inteligente, Oscar Wilde y su diletantismo envidiable, Bram Stoker y sus inseguridades superadas gracias a la escritura de un libro inclasificable; o el francés Jules Verne, nacido allí mismo, en Nantes, quizá en el fondo el autor que, como a tanta gente antes que nosotros, nos hace mantener viva la llama de escribir fuera de los mundos corrientes y molientes que someten la literatura a los vaivenes ya transitados por la historia. Inevitablemente, y sin que haga falta que venga a cuento, siempre acabamos hablandó de Sherlock Holmes.

Aunque yo nunca me había atrevido a probar fortuna con lo que se ha dado en llamar el pastiche holmesiano (es decir, la mezcla de casos de Sherlock Holmes y otros personales históricos o literarios más o menos célebres, desde Karl Marx a Sigmund Freud), mi buen amigo Rodolfo

Martínez ya había escrito al menos un relato largo y una novela sobre el tema. En el vestíbulo del lujoso hotel donde nos hospedábamos, mientras veíamos pasar por nuestro lado a autores de ciencia ficción norteamericanos a quienes admirábamos o detestábamos desde la infancia, Rodolfo reconoció a regañadientes en petit comité \a que yo ya sospechaba desde hacía tiempo. Mientras que el relato «Desde la tierra más allá del bosque»

era en gran medida ficción de su propia cosecha, su excelente novela Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos relataba hechos verídicos y contrastables. 1 Son pocos los que saben o son capaces de aceptar que Sherlock Holmes no es un personaje de ficción, sino un caso extraordinario de ser humano excepcional, una leyenda cuya propia magnitud nos hace considerarlo un ente imaginario. El grupo de los Irregulares de Baker Street, al que tal vez el propio Rodolfo Martínez pertenece, es bien consciente de ello, y a modo de sociedad secreta se dedica to davía hoy a desenmarañar los casos del detective que no fueron hechos públicos en su día por su biógrafo y albacea el doctor John Watson. Por comodidad, el resto del mundo prefiere creer que Sherlock Holmes, su adláter y su entorno son fabulaciones de ese otro doctor en medicina aficionado a las hadas, sir Arthut Conan Doyle, quien también dio a conocer el primero de los mundos perdidos. Ni Juan Miguel Aguilera, ni Armando Bok, ni Javier Negrete ni Julián Diez ni yo pestañeamos ante la revelación que nos hizo allí mismo Rodolfo. Por mi parte, me terminé el Jameson con hielo que estaba bebiendo y le pregunté a bocajarro: -Otro caso real, entonces. – Un segundo de pausa dramática siempre es eficaz a la hora de dar clases a un puñado de adolescentes y lo es también cuando se pretende desviar una conversación interesante hacia el tema que a uno le quita el sueño-, ¿Es cierto que un amigo tuyo encontró el manuscrito en un anticuario del Soho, como dices en tu libro, o lo hizo en la bóveda de un banco, como en la gran película de Billy Wilder…? ¿O acaso fuiste tú mismo? Con ese laconismo zumbón tan característico suyo, ese que le hace parecer una mezcla de Robert Carlyle y Keanu Reeves, pero en asturiano, Rudy ni siquiera se encogió de hombros.

– Nunca he estado en Londres -murmuró, desviando una ceja hacia el largo flequillo-, Y trabajando en un McDonald's, mi amigo tenía pocas posibilidades de pisar un banco. Ninguno de los presentes supo cómo continuar. Sin duda, Rudy saboreó la incertidumbre causada por el momento. – En realidad me llegó por correo -explicó, y me dio la impresión

de que se estaba quitando un peso de encima-. A casa de mis padres, porque era la dirección postal que mantenía entonces, aunque ya no vivía allí. Un manuscrito amarillento, escrito con una vieja máquina de escribir. Una Underwood, según he podidocomprobar luego.

–¿No llevaba ningún remitente? – pregunté yo, ansioso.

–Unas iniciales, / H,, y un apartado de correos inexistente, como también

averigüé más tarde. Deduje que se me hacía entrega de esa historia después de que el responsable de su custodia leyera el relatito que escribí sobre Holmes y Drácula. Como si me convirtiera así en una especie de fideicomisario de otro caso sobrenatural, esos que Conan Doyle no se atrevió a dar a conocer por miedo al ridículo. En la novelización de aquellos apuntes, urdí la historia de la tienda de antigüedades y la caja metálica abollada para darle un poco más de dramatismo al asunto. Todos asentimos, entusiasmados por el descubrimiento y, imagino, la confirmación de lo que para cada uno de nosotros parecía ser un secreto a voces: 1 Ambas historias han sido reeditadas en el volumen Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos

nadie se toma hoy en día un caso de Holmes a la ligera, no, habiendo tantos dedicados al tema y con la férrea vigilancia de sus seguidores repartidos por todo el mundo, esos que son capaces de detectar qué es canónico y qué no, y sobre todo, qué es tabulación a partir de hechos probados o mera superchería, a veces fruto de la admiración genuina hacia el maestro de detectives y su entorno.

Una camarera rubia trajo más hielo. A Julián Diez, como casi siempre, le sonó el móvil, pero esta vez no le hizo caso y no se levantó para caminar dando pasitos cortos al atenderlo.

–También me llegó esto -dijo Rodolfo.

De su bolsillo, entre un montón de llaves y un llavero de importación con el símbolo de Babylon-5, Rudy extrajo cuidadosamente una brillante llavecita de plata. Me la tendió. La cogí con reverencia, como si fuese el Santo Grial o la pócima que el boticario entregara a Romeo Montesco para que sellase su destino un amanecer en Mantua.

–Estaba en el fondo del paquete. Sin ningún tipo de indicación. Puede quetenga algo que ver con el caso del Necronomicón que relato en mi

novela. O que se le perdiera a quien me envió el manuscrito, no sé. Nunca he podido averiguar qué abre esta llave, ni lo que significa.

Era una llave normal, con una serie de números y letras grabados en el metal. Podría haber sido de una puerta, de una maleta, de un coche, de un apartado de correos o de un armario remoto. La miré, como hipnotizado por los juegos que el reflejo de las luces del río dibujaba sobre su relieve irregular, sobre la sonrisa de sus dientes de acero plateado.

–¿Puedo…?

–Quédatela si quieres -invitó Rodolfo-. Por más que lo he intentado, no he conseguido averiguar qué es lo que abre. Podría ser una llave cualquiera, de un sitio cualquiera.

–¿Guardas todavía el manuscrito? – pregunte, convencido de que aún se podría encontrar alguna pista entre sus páginas; no sé: huellas, testos de tabaco, una letra torcida y repetida que pudiera ayudar a localizar aquella Underwood.Entonces todavía no conocía a Gil Grissom, pero ya sabía que pueden encontrarse indicios para cualquier cosa hasta debajo de las piedras: los casos del propio Sherlock Holmes son buena prueba de ello.

Rudy miró la alfombra. Por un momento pareció azorado, como si hubiera guardado el secreto de su encuentro con el manuscrito precisamente para no tener que enfrentarse a esta nueva revelación

–El manuscrito desapareció de casa una mañana. No vi señales de quehubieran forzado la puerta ni los cajones del escritorio donde lo guardaba bajo llave, pero ya no estaba allí. Alguien liego y se lo llevó, tal como suena. Es como si nunca hubiera existido.

–Con lo cual siempre parecerá que La sabiduría de los muertos es una obra de ficción, y no un documento auténtico -deduje yo, con una mueca de contrariedad que se acentuó cuando mordí el cubito de hielo que me quedaba del whisky, olvidando que al volver a casa me esperaba una endodoncia que matara el nervio de una muela que iba distrayendo a base de ibuprofeno.

–Exactamente -asintió Rudy-. Pero la llave no desapareció. Eso me hizo llegar a la conclusión de que no significaba nada. Un simple accidente, tai vez, no sé. Como he dicho, alguien pudo olvidarla en el fondo de la caja al enviarla.

Guardamos silencio, pedimos otra ronda de bebidas y la conversación pasó al cine del momento y los cómics de superhéroes cuyos guiones yo

escribía por entonces, y las anécdotas sobre su redacción que, pese a lo divertidas que pudieran parecer a ojos extraños, a mí me llevaban de cabeza; en nuestro mismo hotel sehospedaban también el actor Chrístopher Lambert y el dibujante Phillipe Caza. A los españolitos, de cualquier forma, nos interesaba mucho más la belleza morena de una presentadora de televisión encargada de la ceremonia de clausura, a quien con cierto desprecio nuestra guía apodó «Miss Météo», puesto que era la encargada de los partes del tiempo, y ante la que no podíamos dejar de comportarnos, con miraditas tímidas, como émulos de José Luís López Vázquez o el grandioso Alfredo Landa; lo verde empieza en los Pirineos para muchos de nosotros, ciertamente.

Deslumbrado por Nantes y por lo que en Francia parecía significar la literatura que practico (es decir, una industria que no se avergüenza, un gueto que no existe), regresé a casa con la llavecita en cuestión. No paraba de darle vueltas en la cabeza: tenía que significar algo, no podía ser una simple casualidad queacompañara al manuscrito que, sin duda, cambió la carrera de escritor de Rodolfo Martínez. Sabía que iba a ser un palo de ciego, porque la llave era exactamente igual a cualquier otra llave y mis posibilidades de seguirle la pista eran tan nulas como pudieran haberlo sido las de Rudy. Pero conozco al que debe de ser único ejemplar gaditano de detective privado en ejercicio, padre de un antiguo alumno muy apreciado a quien logré convencer para que estudiase medicina y no se alistara en k Legión o uno de esos cuerpos de élite y desesperación; desde entonces, el detective me debe ese favor, porque la función de un profesor consiste a veces en ser comodín en desencuentros familiares en los que en el fondo uno pinta más bien nada. Un poco a tontas y a locas fui a verlo una tarde, en Navidad, y después de la conversación banal de rigor, cómo están los chavales, bien, cómo siguen las cosas por el colegio, tirando, qué tal el trabajo, pocos casos interesantes, siempre el mismo aburrimiento parapetado tras el periódico, le entregué la llave a ver si podía descubrir algo por mí, recalcándole que no me corría ninguna prisa y que igual era una tontería, un callejón sin salida.

Debió de tomarse mis palabras muy en serio, o tal vez encontrar la aguja en el pajar fue dificultoso, porque pasaron casi dos años largos antes de que tuviera noticias suyas. Me llamó una mañana, sin darse cuenta de que a esa hora yo estaba en clase, y me dejó un mensaje en el contestador

diciendo que quería verme. Cuando por la tarde me puse en contacto con él, me quedé de una pieza.

–Es la llave de una caja de seguridad de un banco -me dijo, directo al grano, como sí le hubiera encomendado su misión ayer mismo y yo estuviera endisposición de recordar de qué me estaba hablandó: lo curioso es que, sí, supe al instante de qué me hablaba-. Swiss National Bank, en Lausana. Hace un montón de tiempo que nadie abre la caja en cuestión, al menos veinte años, puede que incluso treinta.

No le pregunté de dónde había sacado la información, pero lo dijo con tal seguridad, con tal convencimiento, que no se me pasó por la cabeza poner en duda sus capacidades detectivescas, y eso que en una ciudad pequeña como la nuestrasu trabajo se centra en investigar casos de posible adulterio y, últimamente, en seguir los pasos de adolescentes de ambos sexos las noches de movida, el último recurso de los padres preocupados por qué harán sus hijos cuando salen de madrugada y vuelven a media tarde, visto que el móvil (el precursor del chip de seguimiento del futuro) apenas les ofrece un pobre consuelo y ningún control sobre lo que aquéllos pueden estar haciendo o deshaciendo.

Una semana más tarde, cuando quedamos en una cafetería del centro donde sin duda tenía otro caso a tiro (o eso me pareció por la manera en quemiraba de reojo a una muchacha de ojos celestes y carpeta estudiantil), el detective me devolvió la llave, junto con datos más precisos del banco y la caja que, en teoría, debetía abrir la llavecita de marras. No quiso cobrarme por su trabajo, y yo bromeé diciéndole que si algún día tenía que ir a la consulta de su hijo esperaba que tampoco me cobrara un céntimo.

Nos despedimos entre risas y con un apretón de manos. Yo volví a casa bajo la lluvia y él se subió el cuello de la cazadora y continuó controlandó las acciones y llamadas al móvil de la muchachita de los ojos celestes.

Por mí parte, no lo pensé más. O mejor dicho, lo pensé muchas veces, pero como ya sabía, porque me conozco, acabé por persistir en la decisión que había tomado en primera instancia. Unas semanas más tarde tenía que ir de nuevo a Nantes, a presentar uno de mis libros que se traducía al francés, esa lotería que nadie imagina cuando se encierra con una máquina de escribir o un ordenador y teje una historia: el sueño inalcanzable de ver tus pensamientos volcados a otra sensibilidad y otro idioma. A la vuelta, y aprovechando el buen quehacer de un amigo que trabaja en una agencia de

viajes y entiende como yo nunca entenderé de tarifas reducidas, vuelos de enlace y bonos de descuerno, decidí darme un paseo por Suiza y averiguar si la llave abría un cofre del tesoro o si saltaban las alarmas por mi causa.

En Suiza hacía frío y todo estaba muy limpio. Me sentí como Robert Redford en aquella película de ladrones de guanee blanco que vi hace muchos años por televisión y que jamás he podido localizar, sobre todo porque siempre me queda la duda de si el protagonista en cuestión era Redford, y no Wárren Beatty. Una cosa hay que decir a favor de los suizos, mas allá de la calidad de sus relojes y sus chocolates: no les importó que yo no hablara ni una palabra de francés. En inglés nos entendimos perfectamente.

No hice el viaje del todo a ciegas, intentando una pirueta sin manos: me había asesorado previamente para asegurarme de que lo que iba a hacer fuera legal y no me viera envuelto en ningún lío. Soy bastante conservador en ese aspecto, y sé que hay cosas con las que no se juega. Pero, una vez sobre la pista de la llave, un matrimonio de amigos letrados (ella abogada; él, juez) consultaron embajadas y tratados y no sé cuántos subterfugios y acuerdos comerciales más y pudieron ofrecerme la seguridad de que, en efecto, la llavecita en cuestión no requería otra cosa sino ir allí y darle el uso para el que había sido concebida: abriruna caja abandonada que, como los tesoros nazis o esas historias de americanos sin recursos que tan bien escribe una y otra vez Robert Ludlum, no requiere más que presentarse en el banco y decir que uno quiere retirar un depósito al que tiene acceso.

Dicho y hecho (evidentemente, no fui capaz de aparcar los nervios). Un encargado del banco me acompañó a la bóveda donde brillaban las cajas de seguridad. Me acordé de aquel episodio de Astérix en Helvecia, y me pregunté sidentro no habría una marmita oxidada con restos de queso y si, de noche, no se oiría la voz de algún bohemio de la época romana gritando aquello de «¡Los azotes! ¡Los azotes!». La imaginación que se desboca cuando se tienen referentes a punta pala: cine, tebeos, libros, música, y un nudo de tensión insoportable en el estómago.

El hombre me dejó a solas y yo, conteniendo la emoción, acerqué la llave a la cerradura. Entró a la primera. La giré hacía un lado, pero no abrió.

Tonto de mí, la giré hacia el otro. Tras un levísimo sonido metálico, la puerta cedió. Dentro había un paquetito perfectamente envuelto en papel manila. Veinte años escribiendo novelas y enviando manuscritos a