Elemental, querido Chaplin

Rafael Marin · Capítulo 9 de 31

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Elemental, querido Chaplin

Capítulo 8

De alguna manera, en medio de aquel alocado galimatías de Sherlock Holmes verdaderos y Sherlock Holmes falsos, no se me había llegado a ocurrir que el secuestro del señor Gillette hubiera sido precisamente eso, un equívoco. Pero una vez que se hizo la luz, comprendí la lógica del asunto.

¿Quién iba a querer secuestrar a un actor, y además extranjero, por mucho dinero que pudiera haber ganado el tipo gracias a su arte? ¿Por qué había regresado Holmes de su retiro precisamente entonces, en auxilio de un sosias y antiguo conocido, si no fuera porque el mismo había comprendido desde los primeros instantes que, quienquiera que estuviese pisándole los talones a William Gillette, a quien en realidad pretendía perseguir y capturar era al propio Sherlock? Parecía evidente, pero el motivo que había detrás de ese secuestro se me resistía.

Holmes frunció los labios y se apartó el flequillo de la frente. Lo observé ahurtadillas, comparándolo con el retrato encanecido y obeso que tenía sentado delante. Ya había detectado, lo he dicho, el parecido entre ambos hermanos. Pero me chocó la diferencia de edades. Mycroft Holmes parecía rondar la sesentena, mientras que a Holmes apenas podía atribuírsele poco más de cuarenta años. Tiempo después supe que, en 1905, Holmes contaba ya cincuenta y un años; cuando lo volví a ver después de esta aventura que aquí narro, ya en América y en los albores de la primera guerra mundial, casi no parecía haber envejecido más queunos meses. La investigación con las abejas, sin duda, obraba milagros en su organismo.

Mycroft Holmes movió de un lado a otro la enorme cabeza, como un león de piedra. Tuve la impresión de que en su mente se estaban desarrollando mis argumentos teatrales de los que yo podría representar en cuatro vidas. Y ninguno de ellos le convencía demasiado.

–Para llegar a conclusiones acertadas hay que tener primero datos suficientes -aseveró, como si dijera algo tan obvio que no mereciera la penareseñarlo-. Esa es la máxima de nuestra familia, el modus operandi de nuestras estrategias. ¿De qué daros dispones, Sherlock?

El detective parecía irritado, tanto por el tono condescendiente de su hermano como por la afrenta que suponía la manera en que habían desvalijado su casa. Hizo un visible esfuerzo por relajarse.

–No hay gran cosa que contar. Recibí un telegrama de Gillette donde me comentaba que se sentía acosado.

–¿Tenía algún motivo para ello?

–Con los actores, quién sabe. – Holmes se encogió de hombros. Por un momento lo vi como un niño pequeño enfrentado a la sabiduría y la comprensión de un hermano mayor inalcanzable-. Si no son famosos, se abaten. Si consiguen la fama, se agobian. No me pareció suficiente reclamo para abandonar mis abejas y la tranquilidad del campo. A mi edad, he descubierto con casi dos mil años de retraso las maravillas de las que habló el inmortal Horacio. Beatus Ille, Mycroft: no existesólo Londres, y la campiña del sur es sumamente relajante. Pero Gillette insistió.

–Un segundo telegrama. Más acuciante que el anterior -asintió Mycroft, con los ojos entrecerrados. No supe entonces, como no sé ahora, si deducía o estaba reconociendo implícitamente que estaba al corriente de la existencia de aquel nuevo telegrama, que quizá incluso había leído.

–Y un tercero -confirmó Holmes-. No me había parecido jamás de ese tipo de hombres que sufren manía persecutoria.

–Más bien no -musitó Mycroft-. Siempre se le ha visto muy orgulloso de su rama.

–Fama prestada, en cualquier caso -bufó Holmes, de nuevo molesto, ahora quizá por tener que compartir los honores de su personalidad con alguien que, a fin de cuentas, tan sólo lo estaba remedando hacia afuera, sin lograr equiparar su personalidad hacía adentro-. Estaba a punto de enviarle un telegrama remitiéndolo a Scotland Yard, puesto que para eso se les paga y en sus manos encomendé hace años los problemas de Londres, cuando advertí que a mi también me estabanacechando.

Mycroft y yo nos inclinamos hacia adelante ante esta revelación.

Holmes no pareció darle ninguna importancia.

–;Espías alemanes? ¿La cuestión de Oriente? – inquirió Mycroft, y algo en su tono me dijo que no era un simple matemático como me había dicho su hermano. ¿Cómo iba a serlo si se le veía tan inteligente, tan veloz mentalmente como el propio Holmes? Siete u ocho años mayor que él, capaz de seguir y adelantar la cadena de pensamientos del detective, era imposible que Mycroft Holmes se dedicara solamente a enseñar números, o a reflexionar si acaso sobre nuevos modelos algebraicos. Tal vez, pensé, era algún tipo de sabio loco, como aquel señor Babbage que gastó dos fortunas

intentando crear máquinas que calcularan por sísolas, aunque no le funcionaron. Por entonces, y hasta al menos treinta años más tarde, no supe que Mycroft Holmes tenía a su disposición una de aquellas máquinas; y no sólo funcionaba, sino que él la había perfeccionado.

–No lo creo -respondió Sherlock Holmes, después de meditar unos segundos las implicaciones de aquella incomprensible pregunta de su hermano-. Puede que fueran continentales, pero se mezclaron con el paisaje de una manera tan completa que deduje que tenía que tratarse de gente de la tierra.

–Y eso te impulsó a actuar -dijo Mycroft, como si lamentara la decisión de Holmes de pasar a la acción. Sí, estaba muy cómodo en aquel asiento salvado de la hecatombe.

–Si sucede una vez puede ser casualidad, Mycroft, pero si ocurre dos veces tiene que haber detrás una ley -sentenció Holmes-. Hay demasiados Sherlock Holmes en este momento en Inglaterra: Gillette, H. A…

Saintsburv representándome en provincias, y yo mismo. Si estaban sometiendo a vigilancia a dos de ellos, bien podrían estar también naciéndolo con un tercero.

–¿Lo has comprobado? ¿Saintsbury también ha sido… espiado? –

Mycroft pareció inquietarse, como si de pronto hubiera entrado en su ecuación una cifra que no había advertido antes.

–No. No me hizo falta. ¿Quién quiere espiar a un actor? ¿Por qué razón?

¿Para recibir clases de expresión corporal? ¿Para oírle recitar de corrido el

«Ser o no ser» o la arenga de Agincourt?

Mycroft asintió. Pareció expresar su tranquilidad con un suspiro lento ysilencioso. Apoyó todo su peso en el puño de plata de su bastón, donde un unicornio y un león se enroscaban.

–Es evidente -dijo, como picado por haber desviado su reflexión hacia otra avenida de pensamiento, aunque fuese por una fracción de segundo-.

Quienquiera que estuviera sometiendo a Gillette a vigilancia lo confundió contigo.

–Lo natural, independientemente de que el personaje que interpreta en escena se parezca poco o nada a mí mismo, sí es verdad que los rasgos de Gillettey los míos coinciden en varios puntos.

Yo asentí a mi vez, porque llevaba toda la noche, como he dicho, viendo el parecido de gestos y expresiones entre los dos hombres, el original y la

copia. El arte imita a la vida, y viceversa.

–¿Una venganza, señor Holmes? ¿Algún antiguo enemigo que busca ahora su desquite?

Los dos hermanos se volvieron a mirarme. Por un momento habría jurado que ambos se habían olvidado de que yo estaba allí de pie, escuchando laconversación que no entendía y captando los detalles del físico y la psique de ambos hermanos, cuánto se parecían y cuánto se diferenciaban.

–¿Te quedan antiguos enemigos con vida, Sherlock? – preguntó Mycroft, burlón-. ¿Alguien que no haya sido condenado a cadena perpetua o a la horca? ¿O que no hayas despeñado desde lo alto de una catarata?

Holmes sonrió, entre halagado y molesto. Yo conocía bien esa sensación. Ocupar de por vida el puesto de hermano mayor tiene que ser divertido, pero ser elhermano pequeño curte contra las bromas: no siempre consigue amargarte la vida.

–Sin duda se trata de un enemigo nuevo.

–Eso pensaba -dijo Mycroft-. Confundir a Gillette contigo implica forzosamente una falta de contacto directo. Tus ojos son grises. Los de Gillette, azules. Y nadie que se haya enfrentado contigo en el pasado habrá olvidado la carga de reproche que sueles poner en la mirada cuando haces esas declaraciones finales de superioridad moral e intelectual cada vez que cierras un caso. Quien te está vigilando no te conoce.

Holmes asintió.

–Pero ha oído hablar de mí.

–¿Y quién no? Te conoce y re teme.

–¿Aunque yo esté retirado y mi mente esté oxidada para los misterios de la civilización?

–También anda falto de información, evidentemente. ¿Y tu literato?

¿Alguna noticia de él?

–¿Watson? No he tenido tiempo de visitarlo aún.

–Ni vas a hacerlo -aseveró Mycroft, deduciendo lo que iba a decidir su hermano de un modo tan natural como para mí pudiera ser sumar dos y dos, como demostrar una regla de tres. Sí, aunque se dedicara a otra cosa, también debía ser un notable matemático.

–No. No voy a hacerlo. De momento, una persona inocente ha sido perjudicada por este asunto. Watson vive feliz de las rentas de nuestra

amistad, volcado en su consulta y disfrutando de la compañía de su tercera esposa. Ya ha perdido dos de ellas, no quiero que pierda una más. Se merece, como yo, un descanso.

–Ya he tomado medidas -afirmó Mycroft Holmes-. Están custodiando su casa. Y protegiendo a su mujer.

–Bien hecho. Supongo que el escocés que me anda siguiendo no tiene nada que ver contigo.

–Nada en absoluto. No sabíamos que estuvieses en el punto de mira de un laberinto de conjuras: habría sido el primero en enterarme. ¿Te ha seguido hasta aquí?

–Lo dejamos pasando frío en la puerta del Hotel Carlton. Todavía debe de estar allí.

–Ordenaré que lo detengan.

–No.

–¿No?

–No. De momento es una de las pocas pistas con las que contamos en esta historia. Que me sigan, si quieren. Ya tendremos tiempo de jugar al cazador cazado. Pues sin duda de eso se trata, Mycroft. Después de todos mis años deinvestigación, alguien que me teme ha decidido echarme el guante. Con qué fin, es un misterio.

–Si te sirve de consuelo, te quieren con vida.

–Eso es lo que más me desconcierta de este turbio asunto. Los espías sois más directos: si queréis eliminar a un agente extranjero, nada más fácil que sembrar pistas falsas y acabar estrangulándolo o envenenándolo.

–Vamos, vamos, Sherlock, sabes que en el Foreígn Office no trabajamos así.

Holmes alzó las cejas con un gesto de absoluta falta de fe en su hermano yen sus métodos. Y yo comprendí por fin que Mycroft Holmes no era matemático de oficio, sino espía del Foreign Office. No sólo eso: por su expresión corporal, por la segundad de sus gestos parcos, tenia que ser un alto cargo del ministerio, tal vez uno de sus más importantes peces gordos.

–Con lo cual -continuó el detective-, quien me busca no pertenece a una potencia extranjera. Va por libre y quiere, de algún modo, mis servicios.

–O ponerte al fresco durante una temporada, como una botella de champán,mientras resuelve hacer otra cosa.

Los ojos de los dos hermanos centellearon al momento.

–Llama a Barrister, del Times. Y a tus contactos de Scotland Yard.

Ahora que, en teoría, estoy fuera de circulación de forma expeditiva, es probable que se hayan decidido a actuar.

–¿Tienes alguna idea que no quieras compartir con tu hermano mayor, Sherlock?

–¿Debería? – sonrió Holmes con frialdad-. No, querido Mycroft.

Ninguna idea. Digamos que es algo tan poco científico como una corazonada. Quien retiene prisionero a Gillette cree que me tiene prisionero a mí. Como la obra de teatro no se ha interrumpido, todavía querrá que llevar adelante su plan, pues no sabe que tiene en su poder a un Holmes de pega.

–Pero la obra tendrá que representarse mañana -intervine yo.

Holmes me miró con fastidio. Nunca he sabido callarme, aunque me hiciera famoso más tarde con el cine mudo, el cine perfecto.

–¡En modo alguno! – exclamo-. intercalaremos una nota en el Times diciendo que el señor Gillette está indispuesto y que las representaciones se suspenden hasta nuevo aviso. Todavía estamos a tiempo: la edición no se cierrahasta la una. No te preocupes por tu sueldo. Charlie. Yo me encargo de eso,

–No tiene usted por qué, señor Holmes. Sabe que puede contar conmigo para lo que quiera. Después de todo, fui un Irregular de Baker Street.

Irregular una vez, Irregular para siempre.

Holmes sonrió. Aquel gesto de simpatía fue suficiente para hacerme olvidar cómo demontres iba a pagar el alquiler de mi pobre apartamento sí dejaba de actuar durante unos días. Ya llevaba más de dos semanas de retraso porque no podía con todo, alquiler, comida y tintorería, pero mereció la pena.

–Valiente muchacho, bravo -exclamó el detective; se volvió hacia su corpulento hermano-. Lo dicho, Mycroft: es muy probable que quien ha secuestrado a Gillette pensando que me ha secuestrado a mí esté dispuesto a actuar con la mayor inmediatez, creyendo que me ha neutralizado. Si no hoy mismo, mañana por la noche.

Mycroft movió arriba y abajo la cabeza, reflexivo.

–De ahí la prisa en saquear la basura de esta habitación.

Holmes contempló los restos de su brillante pasado. Una punza