Elemental, querido Chaplin

Rafael Marin · Capítulo 22 de 31

Páginas del PDF

Elemental, querido Chaplin

Capítulo 21

que Violet no nos había encontrado por casualidad, ni en el camino de Londres ni ahora. ¡Era una espía a sueldo, un miembro de los Herederos de Horus, una traidora! Comprendí, demasiado tarde para mi fortuna, que debió de ser ella quien había acompañado a los dos hombres al carruaje en el que secuestraron a Wílliam Gillette camino del teatro. No se trataba de una pelandusca, al menos no una pelandusca como habíamos interpretado entonces, sino una acolita, una miembro de la secta, y noprecisamente de las que siguen y callan, sino de las que llevan la voz cantante, porque iba indicando por dónde corría yo con una voz aguda que cinco minutos antes me había parecido meliflua, el murmullo de una cascada de agua. Casi había llegado a la cubierta de popa cuando una sombra se interpuso en mi camino. No reconocí la cara, pero sí el chichón en lo alto de la cabeza: el hombre al que yo había regalado un golpe con la piedra allá en la abadía.

Me volví, busqué una salida, empecé a subir unos escalones que no mepodían llevar a ninguna parte. Ascendí a una pequeña cubierta superior que apenas tenía dos metros cuadrados de tablas y maromas.

Escuché los pasos, oí hablar en alemán a los dos hombres, a la propia Violet, que alertaba de dónde estaba. Alguien empezó a subir a la cubierta por el mismo camino por el que yo lo había hecho. Por el otro lado asomaron unas manos de uñas negras.

Me habían encontrado. Dios sabía qué me podía pasar ahora, qué información intentarían sonsacarme y con qué medios, y qué cara se les iba a quedar cuando advirtieran que yo no sabía nada de nada.

También me preocupó,naturalmente, qué cara se me iba a quedar a mí cuando no pudieran satisfacer su curiosidad. El corazón me redoblaba en el pecho como el tambor que en el circo anuncia el doble salto mortal del trapecista.

Y al trapecista remedé. Tomé carrerilla, salté al aire y, sin pensármelo dos veces, ni acordarme hasta que ya fue demasiado tarde de que no sabía nadar, tonto de mí, imité el vuelo del ángel y me arrojé al agua.

21

Me hundí a plomo pensando que el señor Holmes, cuando se enterara, iba a matarme. Inmediatamente advertí que no iba a tener que tomarse la molestia, porque imitar a los peces no entraba en mis habilidades cotidianas. Sentí que de pronto mi peso se había duplicado, que algo húmedo y pegajoso me tiraba de las plantas de los pies hacia el fondo, que las mangas de la chaqueta se me hinchaban y apretaban, y que alguien iba apagando la luz a medida que me sumergía metros y metros. Pataleé una y otra vez, espantado, y supongo que imbuido de espíritu científico (las amistades que uno frecuenta) advertí que al mover de esa manera las piernas subía a la superficie. O lo habría hecho, si el agua en mis zapatos noactuara como lastre.

Sintiéndolo en el alma, porque eran unos zapatos nuevos que me gustaban una barbaridad y esperaba disfrutarlos mucho tiempo, hasta que les hiciera el acostumbrado agujero en las suelas, me los quité y dejé que bailaran ellos solos en el fondo del río. La chaqueta los siguió después, con lo que pude al fin mover los brazos con más libertad. Salí a la superficie, tomé una bocanada de aire, loco de alegría… y me volví a hundir como un fardo.

Pataleé, agité los brazos, helado de frío y con los oídos tapados.

Volví a patalear, conseguí mantener la cabeza sobre la superficie, como si pedaleara en una bicicleta inexistente, y de esa manera conseguí flotar. Descubrí que manteniendo ese movimiento no me hundía. O por lo menos no me hundía tan rápido. Recordé que si los perros saben nadar sin ir a ninguna piscina a practicar, yo no iba a ser menos.

Además, descubrí que me deslizaba con un impulso de vértigo. Un momento: una cosa era aprender a nadar a la fuerza y otra romper un récord de velocidad. Tarde dos bocanadas de agua en darme cuenta de que era la fuerza de la corriente la que me arrastraba hacia adelante.

Me extrañó que desde la cubierta del vapor nadie gritara «¡Hombre al agua!». O lo mismo lo gritaron en alemán y no lo entendí (estaba más que atareado intentando no ahogarme). El caso es que nadie intentaba rescatarme, quiza porquela corriente me había alejado del barco, quizá porque nadie más que mis perseguidores se había dado cuenta de mi zambullida y yo, tonto de mí, les había resucito el problema de qué hacer conmigo y dónde lanzar mi cuerpo después de que me eliminaran. Pero de todas formas, si me había tirado de cabeza, era

precisamente porque no quería estar a bordo, ¡no! Lo que menos me convenía en este momento era que alguien quisiera echarme un cable y sacarme del río, porque entonces ellos no tardarían en rodearme, darme palmaditas en la espalda)ofrecerme un té caliente y reprenderme, Charlie, Charlie (o tal vez Ormond, Ormond, no creo que supieran cómo me llamaba), ten más cuidado la próxima vez, muchachito, nos has dado un susto de muerte. Y lo mismo Violet hasta me abrazaba mientras me llevaban a rastras y me apartaban de la vista de los testigos que habrían podido librarme de ellos. En ese momento, el abrazo de Víolet, por hermosa que fuera, dejó de parecerme una circunstancia apetecible.

Para susto de muerte, claro, el que yo tenía en el agua; todavía más intenso que el que sentí cuando me supe acorralado por ellos.

Frenético, comprendí quetampoco podía quedarme allí flotando eternamente. Había descubierto la manera de mantener la nariz y la boca sobre la superficie y hundirme sólo poquito a poco, pero no iba a poder aguantar allí toda la vida. Además, el agua estaba fría y quién sabía si el río iría a terminar en una presa o en una cascada. Incluso podía darme de lleno contra los pilares de alguno de los puentes que conectaban las diversas partes de la ciudad, que eran bastantes.

Detrás de mí llegó flotando una rama. Más que una rama parecía un bosqueentero, porque me enganchó y me llevó en volandas y a punto estuvo de saltarme un ojo con tanta hoja picuda. En algún lugar del río un rayo había desgajado parte de un árbol, o un excursionista con mala idea, o tal vez aquellos niños del colegio prusiano que marchaban en fila, como hormigas en prácticas, habían iniciado ya sus maniobras militares y estaban talando el bosque para fabricarse lanzas y flechas.

El caso es que los ramajes me atraparon como si yo fuera un cordero y ellos la zarza, y sujeto en parte por voluntad propia y en parte a la fuerza seguí deslizándomecorriente abajo, cada vez más lejos del barco y mis perseguidores. No podía luchar contra la zarza, pero por lo menos gracias a las ramas no me hundía.

Oí un ruido extraño y sólo cuando me mordí la lengua me di cuenta de que eran mis dientes castañeteando: el agua helada había empezado a hacer mella en mí y, con suerte, cambiaría morir ahogado por morir de congestión, una muerte todavía menos digna. Entonces las nubes

empezaron a girar, vuelta y vuelta y vuelta, y medio atontado advertí que era yo quien lo hada, no el cielo. Algún remolino del río o alguna característica del fondo había hecho que los ramajes a los queme asía empezaran a revolverse como una peonza. Sólo supe que el movimiento cesaba cuando me di de bruces contra un pequeño espigón. La corriente nos había acercado a la orilla.

Me libré como pude de las zarzas o las hojas o lo que fuera que tuviera el ramaje y que todavía seguía con ganas de sujetarme; arañado y magullado y con algunos cortes en los pies y la camisa. Lo hice justo a tiempo, porque nada más librarme de ellas el arbusto volvió a girar y se perdió de nuevo corriente abajo: si nome hubiera dado prisa en saltar de mi balsa improvisada, todavía estaría allí atrapado, alejándome de la orilla. Me arrastré hacia tierra firme, empapado y aterido de frío. Levanté la cabeza para ver que el barco venía detrás, siguiendo plácidamente el curso del agua. No esperé a ver si mis perseguidores estaban asomados a la borda buscándome o si habían ido a celebrarlo.

Corrí para alejarme de la orilla, tropezando, tosiendo, con los pelos aplastados sobre la cara y con los pies descalzos. Me desplomé tras una valla y allí debí de perder el sentido, porque cuando volví a abrir los ojos el sol estaba más bajo en el cielo, el viento silbaba entre las calles y yo no podía mover los dedos de los pies, que tenía congelados. Había dejado de sangrar, pero los cortes me escocían y en los oídos taponados debía de conservar aún un par de metros cúbicos de agua.

Me quité los calcetines. Los escurrí con intención de volver a ponérmelos, pero estaban completamente rotos, horadados en un centenar de puntos por los dientes de la zarza. Fui a metérmelos en el bolsillo de la chaqueta para remendarlos en otro momento más tranquilo, y entonces recordé que no tenía ya chaqueta. Por eso sentía tanto frío.

Di saltitos, mientras intentaba pensar qué hacer a continuación. Lo primero,advertir al señor Holmes de que nuestros enemigos estaban allí. Aunque sin duda eso lo sabía. No, lo primero era secarme. Y no dejarme ver, porque sin duda los Herederos de Horus estarían batiendo la ribera del río o las calles adyacentes en mi búsqueda.

Salté la valla, intentando buscar un lugar donde el viento no me golpeara con canta tuerza en la cara. En el callejón, dos gatos que se peleaban por una raspa de pescado se asustaron al verme y echaron a correr. Estornudé, por si acaso había alguna duda de quién mandaba allí. Estaba helado, tenía los dedos de las manos azules y arrugados, y no era capaz de coordinar los pensamientos. Todavía, de vez en cuando, escupía agua por la nariz y las orejas.

Busqué en la basura del callejón por si había algún periódico que pudiera usar para protegerme del húmedo frío, pero los suizos, lo sabe todo el mundo, son muy pulcros.

Fui yendo de cubo en cubo sin encontrar nada, hasta que por fin, en uno de ellos, hallé unas botas de cuero que debían de ser unas cuatro o cinco tallas másgrandes que la mía. Les faltaban los cordones, una de ellas tenía toda la parte delantera rota y a la otra le asomaban, como colmillos negros, dos clavos de aspecto retorcido. Me dio lo mismo. Me las calcé como pude y por lo menos fui capaz de caminar sin clavarme los guijarros del suelo, que había muchos.

Salté otra valla, y esta vez llegué a un patio. Me sentía tan mal que ni siquiera el exquisito olor a queso fundido que salía por una ventana me entretuvo. Ante mi vi el tesoro más hermoso de la historia, algo por lo que sin duda los ejércitosdel mundo serían capaces de librar guerras: un tendedero con ropa seca.

Me acerqué lo más sigilosamente que pude. Comprobé que la ropa del cordel estuviera en efecto seca. Lo estaba, gracias a Dios. Me quité rápidamente los pantalones y la muda interior, me puse a toda prisa unos calzoncillos enormes con rombitos rojos y el pantalón oscuro que colgaba al lado. Con las prisas no me quité las botas y acabé dando saltos a la pata coja, con un pie dentro de una pernera y el otro Riera.

No me importó. Recuperé el equilibrio, libré la batalla y vena. El pantalón me quedaba enorme, pero por lo menos no chorreaba agua.

Rompí un trozo de cordel y me lo anudé a la cintura, para evitar que se me cayera. Luego procedí a cambiarme de camisa.

Dejé mi ropa allí, diciéndome que aquello no era un robo, sino un trueque. La camisa y el pantalón que había dejado a cambio de aquellas prendas enormes eran nuevos, rasguños y picotazos aparte,

mientras que todo lo que me había llevado estaba gastado. Y, por lo menos los calzoncillos, eran de bastante mal gusto.

Seguía teniendo frío: no era época de ir en mangas de camisa, ni de sereducado tampoco. Continué callejón arriba, tanteando las puertas de las casas, sintiéndome como un ladrón, pero me daba lo mismo. Una puerta estaba abierta. Metí la mano y palpé en busca de un perchero, recordando a Holmes y el sombrero que había colgado en el 221 B de Baker Street aquella noche. Allí estaba, en efecto, a la izquierda. Toqué con disimulo, atento a que nadie me viera desde dentro de la vivienda, y a que ningún vecino diera la voz de alarma desde fuera. Procuré no estornudar, aunque tenía ganas. Rocé la tela. La atraje hacia mí.

Una estola de señora, maldición. Ya lo que me faltaba, un pantalón enorme y una estola para no llamar la atención. Cuando la policía me detuviera, me metería derechito en chirona por ladrón y exhibicionista.

Tendría que buscar otra cosa, o morirme de frío. La solución era fácil, claro. Me armé de valor y abrí la puerta (enrealidad no tuve más remedio que hacerlo, porque quería devolver la estola a su sitio). Al otro lado del recibidor, en otro perchero, había una chaqueta y un bombín.

Los agarré con velocidad de caco experimentado. Al salir, mientras cerraba la puerta, vi un bastoncillo de junco. Me lo llevé también. Un caballero es un caballero. En Inglaterra teníamos a Robin Hood y los suizos adoraban a Guillermo Tell. No sé si también robaba a los ricos para dárselo a los pobres, pero puesto que manejaba la ballesta (que dicen que es más precisa y más cómoda que un arco detejo) le concedí el beneficio de la duda y acepté que tomar prestadas aquellas ropas era un acto caballeresco. Además, un tipo que le dispara a una manzana sobre la cabeza de su hijo, por desobediente que fuera, tampoco estaba muy bien de la azotea.

Eché a correr con mi botín, cloqueando como un pato, y me escabullí por la esquina. Creo que estaba igual de húmedo, por el sudor, que antes de cambiarme de ropa, pero no era momento de andarse con remilgos. Me puse la chaqueta, intenté abrochármela… y comprobé que me quedaba pequeña. Metí el estómago,tiré con fuerza, y logré enganchar un solo botón en el ojal. Misión cumplida. Me coloqué el

sombrero (que sí me estaba bien, menos mal), cogí el bastón y me perdí callejón abajo, disimulando. No me había visto nadie.

Llegué a una calle algo más transitada. En realidad, no sabía dónde me encontraba, ni podía preguntarle a nadie el camino del hotel, porque no me iba a hacer entender en alemán ni en francés, y con la pinta que tenía incluso podría despertar las sospechas de la policía. Me miré en un escaparate. Simplementepatético. Y además se notaba que era yo. Quiero decir que me veía reconocible como Charlie Chaplin… o como Ormond Sacker. En el teatro, cuando me preparaba para salir a escena y me retocaba con los maquillajes y me ponía pelucas o me vestía de época, me veía como una persona distinta. Ahora no. Si yo veía quién era, sin duda los Herederos de Horus me identificarían también en cuanto me vieran, incluso a distancia. Yo era un actor, no un fugitivo. Bueno, lo cierto es que en ese momento era las dos cosas.

Pero mi intención había sido siempre ganarme la vida haciendo de otra persona, escondiéndome dentro del aspecto físico de un personaje.

Había interpretado durante unos días al miope de Ormond y me habían descubierto. Si quería regresar al hotel, alertar a Holmes y no caer en las garras de mis perseguidores, tenía que crear rápidamente otro personaje diferente. Tenía que dejar de ser yo. Tenía que abandonar también el disfraz de Ormond Sacker.

Bueno, ya lo tenía casi todo. El bombín, las botas, la chaqueta estrecha, el bastón, el pantalón enorme. Pero seguía siendo un chaval estrafalario de dieciséis años en una tierra desconocida. Me faltaba algún detalle que me hiciera parecerunos años mayor, y no tenía maquillaje a mano, ni un papel de periódico con que inflar mi barriga ni dar forma a mis mejillas.

Me quité el sombrero. Del fieltro interior arranqué un trocito negro.

De lejos, haría las veces de bigote. Con un poco de saliva y la resina que todavía tenía en el pelo por culpa del árbol que me había salvado la vida en el río, me lo pegué bajo la nariz. Comprobé el resultado en la vitrina. Demasiado grande, y torcido. Corté un trocito. Ahora estaba más largo de un lado que de otro. Corté del trozo largo, y me quedó otra vez un bigote cojo. Corté otras dos veces más y al final acabé con un bigotito cuadrado que apenas me llegaba de la nariz al labio, pero con eso tendría que contentarme. Ya no era yo, eso seguro. Pero

Eché a andar con cuidado, haciendo oscilar el bastón como si fuese un caballero y me sintiera orgulloso de serio hasta el borde de ¡a pendencia. Nadie se volvió al verme pasar, sin duda porque las calles estaban desiertas. Pero mejor así.

Tuve la suerte de encontrar la vía del ferrocarril. El hotel Schweizerhof estaba cerca de ella. Ahora tenía que decidir si estaba vía arriba o vía abajo. Decidí echarlo a suertes con una moneda. No tenía ninguna. Lancé el sombrero al aire y decidí': si cae boca arriba, voy vía arriba. SÍ cae boca abajo, voy vía abajo.

Dicho y hecho. El sombrero cayó boca abajo… y decidí seguir vía arriba.Mientras iba esquivando los travesaños y las piedras que se me metían en las botas, no pude dejar de pensar que era un vagabundo como los que siempre había admirado: sin techo, sin ataduras, sin amigos, sin nada. Pero por algún motivo, tener a un grupo de chalados persiguiéndome, en un país extraño, sin un chelín en el bolsillo y con unas ropas ridículas ya no me parecía algo can romántico.

Hice bien en hacerme trampas con el curioso cara o cruz de mi sombrero, una corazonada es una corazonada, y a ese tipo de cosas le debí por ejemplo noirme a pique aquel viernes del 29. Encontré el hotel y me encaminé hacia él con paso ufano. Me detuve antes de cruzar la calle. No podía entrar con aquella pinta. O mejor dicho, sí podría entrar, pero no llegar a nuestras habitaciones. Tendría que preguntar por el señor Holmes (corrección, por el señor Locksley) en recepción, y si los Herederos de Horus continuaban vigilándonos sabrían cuál era ahora mí tapadera.

Rodeé el edificio como quien no quiere la cosa, y entré por los jardines traseros. Con un poco de suerte, podría llegar a las escaleras secundarias y de ahí subir a nuestras habitaciones. Comprobé con desánimo que había perdido la llave: la había dejado en mí pantalón seco o en el fondo del río Aar.

En el jardín había un muchacho de mi edad pintando un paisaje de montañas. Tosía de vez en cuando, con ese tipo de sonido que yo había aprendido a identificar con la tuberculosis, por lo que preferí esquivarlo. Con el resfriado que yo llevaba encima ya, lo más probable era que hubiera acabado por contagiarlo, y lo que me faltaba era