Elemental, querido Chaplin

Rafael Marin · Capítulo 21 de 31

Páginas del PDF

Elemental, querido Chaplin

Capítulo 20

-Vivir tranquilo la vida -replicó Holmes, muy serio, mientras yo soplaba con los dos carrillos el goulash, que estaba ardiendo-. En Inglaterra hemos tenido ya unencuentro con ese grupo del que le hablo, Herr Einstein. Entre sus planes se cuenta, y lo sé por experiencia, apoderarse del hombre más inteligente del mundo.

Holmes dijo la frase sin afectación ninguna, pero tanto Einstein como su esposa captaron el matiz a la primera, comprendiendo a quién se refería.

-No lo consiguieron conmigo, pero puede que lo consigan con usted, si lo intentan. – Holmes no pecaba de falsa modestia, precisamente, pero ni Einstein ni Mueva parecieron reprochárselo: honoris ínter parís y esas cosas-. Ya ha visto lo fácil que es abordarlo en la calle, mein Herr.

-Pero ¿quiénes son esos individuos? – preguntó Mileva Einstein, indignada. En ese momento la vi capaz de agarrar la cuchara sopera y liarse a mamporros con las tropas elegidas del kaiser si eso era preciso para defender la cátedra de su marido-. ¿De dónde han salido?

Holmes entrecerró los ojos. Buscó la manera de expresar sus deducciones sin parecer pedante o melodramático. Fue un detalle por su parte, aunque no sé si lo consiguió del todo.

-De la noche de los tiempos, quizá, señora Einstein -dijo, enigmático-. De Alejandría y su biblioteca perdida, pues su símbolo es el ojo de Horus, que fue hijo y heredero de Osiris, tras su desmembramiento, muerte y resurrección. Es lo que dice la leyenda.

Pero nuestra sociedad pudo saber de ellos y sus objetivos hace casi un siglo… aunque naturalmente los ignoró, porque a veces hay que disfrazar de ficción lo que es verdad revelada, so pena de causar una conmoción o un escándalo. Nuestra relación con este asunto se inició no muy lejos de aquí, en Villa Diodati, enel verano de 1816. Y tenemos que reaccionar pronto antes de que, como para los hombres y mujeres que habitaron esa villa en esa época, todo a nuestro alrededor se convierta en desgracia.

20

Tras alertar a los Einstein y convenir que durante un par de días el científico no acudiría a la oficina de patentes alegando encontrarse

enfermo, el señor Holmes y yo regresamos a nuestro hotel. Aunque caminábamos a paso tranquilo, yo meencontraba absolutamente agotado, sintiéndome pesado por lo copioso de la cena y con la cabeza como un bombo por la complejidad de los conceptos sobre los que ambos hombres habían conversado (pasando, además, con frecuencia del inglés al alemán, del que yo no entendía una palabra), así que caí en la cama como un leño. Cuando desperté al día siguiente, el sol ya estaba escalando el cielo, un cielo celeste y sin nubes, como en Londres sólo se disfruta en los días más claros de verano.

Holmes estaba terminando de arreglarse, colocándose la nariz postiza y la pajarita exagerada. Llamaron a la puerta en el justo momento en que se daba los últimos retoques.

-Telegrama para el señor Locksley-anunció el botones.

Holmes lo recibió, dio una propina al muchacho y rasgó rápidamente el sobrecito azul.

-¿Alguna noticia importante? – pregunté yo, frotándome los ojos y sintiendo en la boca del estómago los restos de las especias del goulash de la señora Einstein.

-Mi pariente, el profesor Challenger, tras sus análisis, confirma lo que ya sospechaba -dijo Holmes, lacónico, dejando el telegrama sobre la mesilla de noche-. Tengo que ir a la estafeta a contestarle urgentemente, Charlie.

-En cinco minutos estoy listo.

-No, no hace falta. Baja a desayunar y espérame en el vestíbulo. O

pasea atu gusto por la ciudad. Quiero acercarme a la oficina de patentes, a ver sí los individuos que me pareció ver ayer apostados allí han vuelto.

Dejé que Holmes se marchara y así pude dormitar otros cinco o diez minutos en la cama, saboreando lo mullido del colchón y lo lujoso de las sábanas. Los cinco minutos se conviertieron en casi una hora.

Luego, tras asearme velozmente, me vestí y bajé a desayunar. Y un raro después me senté en el vestíbulo a esperar al detective. Me entretuve viendo entrar y salir a los residentes del hotel, los hombres de negocios satisfechos de la vida y los niños mimados con balones enormes y tirabuzones blanquísimos, las preceptoras rígidas como palos de escoba y las tiernas estudiantes de mirada gacha y andares saltarines. Un

grupo de escolares alemanes entró en tromba en el hotel, marcando el paso y gritando consignas. En ese momento me pareció que eran más peligrosos que una brigada de asalto del ejército de su majestad, a quien Dios guarde. El tiempo vendría a decirme, por desgracia, que no me equivocaba.

Holmes se retrasaba. Miré el reloj. Aburrido, empecé a cruzar y a descruzarlas piernas. Los niños del colegio alemán volvieron a salir, con estruendo cronometrado, atravesando puertas de cristal que no hicieron añicos por muy poco. Encontrárselos en un vagón de tren debía de ser una experiencia horripilante. ¿Ormond? ¡Ormond!

Yo estaba tan distraído anotando mentalmente formas de andar de los clientes, los trastabilleos de los botones, la manera de atusarse el bigote los jóvenes galanes y de arrastrar sus achaques los viejos prestamistas (para referenciasfuturas, siempre para eso; hay quien toma notas de los artículos que lee, yo me dedicaba a marcar gestos y movimientos), que no me di cuenta de que se referían a mí. Qué diantres, ¿cómo iba a responder a esa llamada, si Ormond no era, por fortuna, mi nombre?

A la tercera vez, me volví, y entonces el mundo se llenó de luz y de sonido. Pava mi sorpresa, la hermosa Violet Graham se encontraba a menos de tres metros de mí, ataviada con un vestido de seda blanco y una pamela, y me sonreía.

-;Violet? Pero ¿cómo es posible? ¿Qué hace usted aquí?

-Mi preceptor decidió visitar Suiza antes de proseguir camino hacia Italia explicó la joven, haciendo un mohín de fastidio-. Muy bonito, pero algo aburrido, ¿no le parece? Está todo tan limpio que parece…

no sé, un hospital. ¿Qué le trae por aquí, amigo Ormond?

Me encogí de hombros, intentando buscar una excusa plausible. No podía decirle que acompañaba al mejor detective del mundo a salvar al hombre más inteligente que había puesto jamás los pies en él.

-Bueno, ya sabe… cosas de inventores. Nuestra afición por los relojes… ¿Ha desayunado ya?

-Hace una media hora. ¿Y usted?

-Hace hora y media. ¿Ya ha visitado la ciudad? ¿El Munster? No, no se asuste, es una iglesia… creo.

-Lo he visitado todo, no se preocupe por mí -sonrió la belleza-, Berna no es tan grande. Iba a dar un paseo en barco por ese hermoso río Aar. Hay un vapormuy coqueto que realiza la travesía en algo más de una hora. ¿Le gustaría acompañarme?

Maldición, un barco y un río, dos de las cosas que menos me gustaban del mundo. Pero claro, la perspectiva de estar un rato a solas con Violet bien podría distraer a mi estómago y evitar la posibilidad de marearme. Holmes me había dicho que paseara por la ciudad, y un recorrido en barco era más o menos una manera de obedecer sus órdenes. Además, si se retrasaba tanto era porque seguro que había encontrado alguna cosa que hacer, y sin duda para esa cosa no contaba conmigo.

-Estaré encantado -dije al fin, luciendo una sonrisa de galán, de esas que se captan desde la última fila de gallinero.

Violet me ofreció el brazo y los dos salimos del hotel. Los niños alemanesestaban cantando una canción infantil de la que no entendí una palabra, pero que de todas formas me puso los pelos de punta. No me gustó cómo enumeraban a los animales de la granja.

Por fortuna, esta vez no me mareé en el barco. De eso se encargaron los ojos color aguamarina de Violet y su conversación. Algo intrascendente, lo reconozco, pero a fin de cuentas con dieciséis años tampoco puede uno improvisar sonetos cada vez que abre la boca. El barquito continuaba remontando despacio elrío que rodea por tres partes la ciudad de Berna, que parecía, entre puente y puente, una postal de mentirijillas, un barco blanco varado en tierra que tuviera por palos las torres de sus campanarios y por velas el destello blanco de sus casas. No hay nada como la perspectiva del amor juvenil para sentirse poeta y cursi, sí las dos cosas no son lo mismo, cosa que hoy dudo.

Yo estaba en la gloria, charlando de banalidades y presumiendo de cualidades que no tenía, pero que había visto en todas aquellas personas a quienes admiraba: Holmes, Saíntsbury, Gillette, mi hermano mismo. Me pareció que Violettambién, pues a todo decía que sí y sonreía con candor, entretenida con mi conversación y sin dejar en ningún momento de saborear las delicias del viaje en barco. Aunque no nadaba en la abundancia, decidí invitarla a tomar un refresco y me

dirigí a popa a comprar un par de limonadas, cosa que ella agradeció cubriéndose vergonzosamente la boca con un pañuelo blanco. De regreso, haciendo equilibrios con los dos vasos en las manos para no derramarlos con el vaivén del barco y no caerme de bruces y quedar en ridículo, arranqué al paso unaflor del sombrero de una dama que dormitaba en una hamaca. Mi intención era ofrecérsela como regalo a mi enamorada.

Pensando que iba a cortar camino, no regresé por la misma banda de estribor por la que había accedido a la popa, sino por la de babor.

Me acerqué a Violet, que estaba a un par de metros del sitio donde la había dejado, apoyada en la barandilla, contemplando la estela del barco en el agua.

Entonces vi que no estaba sola. Había un hombre conversando con ella. ¿Su preceptor? Mucho me extrañaba, porque desde nuestra salida del hotel había quedado claro que ella le había dado el esquinazo. Un moscón molesto, pensé, uno de esos gentileshombres de fortuna que viven de importunar a las damas, un rival, un pisaverde, un seductor de damas que no sabía dónde se había metido ni a quien iba a enfrentarse, nada menos que a Ormond Chaplin, o a Charlie Sacker, o a… Daba lo mismo. Iba a enterarse. Saqué pecho y me acerqué a ellos, dispuesto a enviar al quinto cuerno al petimetre en cuestión.

Violet y el hombre se volvieron. Ella sofocó una expresión de espanto ydesconcierto. El hombre entornó los ojos. El bigote negro le marcó una sombra sobre los labios. Lo reconocí de inmediato, como él me reconoció a mí. La primera y última vez que lo había visto, en el subsuelo de la abadía de Carfax, había apuntado a Sherlock Holmes y a William Gillette con una pistola.

Bueno, así supe que Holmes también podía equivocarse, porque con una capa de yeso cubriéndome entonces y con unas gafas sirviéndome de antifaz ahora, el individuo no se dejó engañar, ni por mi maquillaje forzoso de entonces nipor mi disfraz de ahora. Supo quien era, y qué estaba haciendo allí. Se llevó una mano al bolsillo, pero no esperé a comprobar si iba a sacar un pañuelo o una caja de rapé. O una pistola.

Giré sobre mis talones y eché a correr hacia la popa.

La cabeza me daba vueltas, pero no era porque el mareo del barco hubiera hecho de pronto acto de presencia. Comptendí en un segundo