Elemental, querido Chaplin

Rafael Marin · Capítulo 6 de 31

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Elemental, querido Chaplin

Capítulo 5

–El segundo acto es siempre el más interesante, señor Wilde. Y ya que estamos dando consejos, tenga cuidado, se lo ruego. Esa carta que ha recibido estos días…, no le haga caso. El marques es un mal enemigo.

–Y además redacta fatal -dijo Wilde, mirándose las uñas de la mano izquierda con una pose de desprecio perfectamente estudiada-. No sé sí enviarle una gramática o un abogado.

–Ignórelo. No es difícil imaginar que tendrá a gente muy importante apoyándolo. Y usted, pese a su fama, estará solo.

Wilde se encogió de hombros y sonrió como un niño pícaro. Holmes suspiró, apesadumbrado. Sabía que ni el consejo que acababa de darle a Wilberforce ni el que le acababa de dar a Osear Wilde iban a tener efecto alguno sobre ninguno de los dos.

Ése fue el final de la aventura en Limehouse, cuyas consecuencias serían importantes pata todos los que allí estábamos y que Watson no ¡legó a contar jamás. Fue importante para Wiggins, que viviría marcado para siempre, obesionado por el número dos que el mandarín enigmático dibujó ante sus ojos y talló en su carne. Para Wilde y Wilberforce, los dos poetas que se cruzaron en nuestro camino aquella noche y para quienes el futuro sólo depararía desgracias. Para Lucy lamuerta, que nos salvó a todos y estuvo a punto de morir empalada en las maderas de aquellas cajas, y que huyó luego como un perro sin amo. Para el imperio oscuro cuyo asentamiento retrasó Holmes otras dos décadas, no sé si con nuestra ayuda o con nuestra imprudente intervención, tras haberse disfrazado de dacoit y haber alertado a la policía haciendo sonar el silbato cuando nuestro destino parecía a punto de quedar sellado para siempre.

Y para Syd y para mí. Porque regresamos a casa aquella noche, agotados yfebriles por la aventura y sus misterios, y descubrimos que mi madre había sido ingresada en un manicomio y que nosotros dos, a la mañana siguiente, íbamos a empezar un periplo de orfanato en orfanato.

Nuestros días como Irregulares de Baker Street habían terminado.

5

En las historias que mí madre me contaba por tas noches, Sansón perdió la fuerza cuando Dahla le cortó el cabello. Creo que yo perdí mi infancia cuando, en el primer día de mi estancia en el orfanato, los guardianes me raparon al cero. Mis rizos negros iban cayendo al suelo, acompañando al

chasquido inmisericorde de la tijera, y aunque yo hacía todos los esfuerzos del mundo por no llorar y demostrar a aquellos desconocidos mi desamparo, ya no recuerdo si lo conseguí. Ese día perdí la infancia familiar, por desastrada y desordenada que fuera, a cambio de entrar de lleno en el frío mundo de los adultos, para quienes los niños son un estorbo, algo que soportar mientras pasa el tiempo que los convertirá en adultos que estorben de una forma menos molesta, una forma que puede evitarse mirando hacia otro lado, cubriéndoles la cara de hollín o de suciedad, enviándolos a presidio, a otro país o a la guerra.

Me despedí de mis rizos y hoy sé que también me despedí de mi infanciamás lejana e inocente: quizá siempre estuve condenado a ser un niño precoz, quizá por ello se me ha acusado toda la vida de relacionarme con gente mucho más joven, quizá por ese detalle de perder así el cabello después me he enorgullecido tanto de la hermosa mata de pelo que he tenido la suerte de disfrutar, primero negra como el azabache, ahora blanca como el color de las nubes en primavera sobre las montañas que veo desde aquí.

Pero, de cualquier modo, uno acepta lo que le viene y se amolda conesfuerzo a lo que intuye en el camino. De lo contrario, nadie en aquella época de miserias habría podido salir adelante. A pesar de que con aquellos pocos trabajitos eventuales para el señor Holmes llenamos algunos huecos de nuestra penuria y la ayuda económica de su estipendio siempre nos vino bien, yo supe en todo momento que mi futuro no iba a estar en la investigación detectivesca. Se pasaba mucho frío, siempre podías acabar con un bastonazo en las costillas y, por muy honrado y cabal que fuera el señor Holmes, en los barrios en los que yo fui viviendo, expulsado de una casa a otra porque no siempre reñíamos para pagar el alquiler, se sentía un recelo instintivo hacia los copperkeads, sus porras y sus silbatos: no era la vida que deseaba, no quería el rechazo de mi gente y los recelos de mi clase, porque me daba en la nariz que, si yo acababa por convertirme en policía, sería para ellos (y para mí mismo) poco menos que un traidor.

Nosotros habíamos podido imaginar que éramos, como decía el propio Holmes, la división policial detectivesca de Baker Street, pero entre los chicos de la calle pronto se habló entre susurros del triste incidente sufrido por el más conocido de los Irregulares, el andrajoso Wiggins, y sucicatriz se convirtió en una leyenda que desbordó incluso los muros del orfanato donde

nos habían apartado de la aventura, y más tarde fue lo primero que me contaron cuando pude salir con mi hermano a visitar a mi madre, como si yo no hubiera estado presente y no recordara todavía, muchas noches, el siseante sonido de su cara al ser quemada por el ácido de aquellos dedos amarillos con los que el mandarín reafirmó su desprecio.

Y así pasaron los días, los meses y los años. Y mi hermano y yo aprendimosa soportarlo, entrando y saliendo de hospicios y colegios, escapando alguna vez si se podía, sobreviviendo. Yo seguía empeñado en llegar a ser artista, como mi padre, como mi madre, Hannah, como algún día imaginaba que lo serían mis hijos, sí los tenía: todavía no había llegado a padecer pesadillas, como las había padecido mi padre, como las padecen todos los cómicos, en las que la reacción a los chistes no es la carcajada prevista, sino el silencio absoluto. Syd, como era mayor, muy pronto encontró otros oficios con los que ganar algún dinero y acabó por enrolarse año y pico en un barco que le abrió el mundo y a mí me dejó solo, aunque capaz de valerme ya, bachiller en calles, doctor en gestos. Mi pobre madre había dado por fin con sus huesos en otro manicomio, en Cane Hill, después de ver cómo su propia madre sucumbía a los estragos del alcoholismo, y así, desamparado y con hambre, después de ser vendedor de flores, recadero, botones, soplador de vidrio, fabricante de juguetes e impresor, todo aquello que me procurara un chelín para comprar un bocado que me permitiera seguir en pie hasta conseguir una guinea al día siguiente,me uní a Los Ocho Muchachos de Lancashire, y más tarde empecé a actuar haciendo papelitos para la compañía de CE. Hamilton. Lo he contado en otras partes: son detalles de mi biografía que están en cualquiera de los libros donde se me estudia, en los artículos donde se me ataca. Pueden parecer románticos si no se estuvo allí para vivirlos, para sufrirlos, para temerlos, pero desde luego vistos desde dentro no lo eran: uno se ríe de la oscuridad del túnel cuando ya está a salvo al otro lado, nunca mientras está dentro.

Casualidad de casualidades, uno de aquellos papelitos con los que fui ganando experiencia en las tablas me llevó a hacer de botones en una obra de gran éxito, dedicada a ensalzar las habilidades casi sobrenaturales de Sherlock Holmes.

En 1905, el señor Holmes se había convertido ya en un mito viviente, hasta el punto de que casi no parecía un ser vivo, sino un personaje de ficción, y no me extraña que haya cada vez más gente que así lo crea

(¿creerá alguien en algún remoto futuro que yo no existo, que soy mis personajes, que mi bigote no es postizo?). Primero en las novelas y relatos que el doctor Watson había idopublicando con la intervención de su representante y amigo, el señor Conan Doyle, y luego en el terreo (alguien decía que incluso habían llevado uno de sus casos a ese invento maravilloso que yo todavía no conocía y que tanto habría de marcar mi vida, el cinematógrafo), el señor Sherlock Holmes se fue convirtiendo en un símbolo de Inglaterra capaz de desbancar a cualquier lord o cualquier general, sólo un paso por debajo de su majestad el rey y el primer ministro, el tercer patriota. Un actor americano, "William Gillette, había escrito o ideado un episodio en el que ensalzabasus cualidades intelectuales, y se había hecho famoso representando al detective, primero en Estados Unidos y luego por todo el mundo. Sherlock Holmes, mientras tanto, vivía retirado en algún lugar del sur dedicado, según decían, a la introspección y la cría de abejas, con las que experimentaba. Ya no resolvía casos, quizá porque ya no había casos dignos de su inteligencia: el mundo a nuestro alrededor cambiaba muy rápido.

Fue esa obra dedicada a su persona la que representé en una gira duranteun buen puñado de meses. Yo hacía de Billie, el botones (aunque el Holmes verdadero no tenía ni siquiera lacayo, no que yo recuerde), y el señor H. A. Saintsbury interpretaba al detective con aplomo envidiable, inventando un personaje que le venía a la perfección. Saintsbury parecía salido de las ilustraciones de Sidney Paget, alto y delgado y con la nariz ganchuda, la mirada soñadora de águila, la voz suave. Era un hombre entrañable del que aprendí mucho.

La obra fue un éxito tan grande que el propio William Gillette, que la había hecho suya con esa gracia que permite ser autor e intérprete de algo que unosiente, vino de América para volver a representarla en Londres. Y

mi suerte quiso que, mientras la compañía a la que pertenecía continuaba su gira por provincias, a mí me llamaran para repetir mi papelito de botones en un teatro del West End junto con aquel gran histrión y la bellísima Marie Doro, de quien me enamoré perdidamente a mis dieciséis años. Además, cobraba dos libras con diez chelines y empecé a codearme con actores y actrices de verdad. Una vez, poco antes de su muerte, llegué a ver en persona a sir Henry Irving, en quien decían que su amigo y secretario Bram Stoker se había inspirado para el personaje de Drácula.

Fueron mis años de formación, de acoplarme a un mundo que tenía desde hacía siglos sus normas y sus reglas. Aprendí, en efecto, mucho. Y

jamás olvidé las lecciones que me enseñaron todos aquelllos que tenían más experiencia que yo mismo, ni las sabias palabras del señor Saintsbury, quien me recordaba de continuo que nuestro oficio venía de las iglesias, pero que nos habían expulsado primero a los pórticos y luego a las plazas, y después a los caminos, por donde andábamos.

En el teatro todo sale mal hasta et momento del estreno. Es una ley no escrita y uno de esos misterios que uno aprende pronto, apenas ha terminado de maquillarse y espera entre las cajas para salir a escena. El problema es que todo puede seguir saliendo mal hasta el instante en que cae el telón. Y es un riesgopresente todos los días que se está en cartel.

Las representaciones de Sherlock Holmes y el extraño caso de miss Faulkner, un drama en cuatro actos, se desarrollaban cada noche con la misma tensión, a la espera de que nadie se saltara las líneas o entrara en escena demasiado tarde, y que el público reaccionara como debía hacerlo en cada momento, y que no hubiera ningún borrachín ni ningún patoso que, desde el patio, se tomara en serio la broma del proscenio y quisiera intervenir en defensa de labella Marie Doro (la amaba, creo, la amaba locamente), o se burlara del acento americano del señor Gillette o aprovechara la coyuntura para hacer comentarios soeces, ofrecerle fuego para la pipa o, las más de las veces, toser como si le fuera la vida en ello al principio del primer acto. Pero, como el señor Saintsbury me había enseñado, quien paga tiene derecho al pataleo, y a nosotros, si se producía esa circunstancia, no nos quedaba más remedio que esperar a que pasara el temporal o, en el peor de los casos, echar el telón y salir corriendo: era un consejo sabio y útil, pero una vez, en Warwickshire, la cuna de Shakespeare, lo vi hartarse de lasburlas y comentarios de un patán y, sin salirse del papel, bajar al patio de butacas y darle con el bastón en la cabeza al deslenguado, a quien dejó fuera de combate al tercer o cuarto golpe.

Luego regresó al escenario y continuó la representación como si tal cosa, aunque desde bambalinas pude ver que su pulso se había alterado y que se saltaba un par de líneas del texto.

Naturalmente, en mi papel de Bíllíe, yo actuaba poco en aquella obra dedicada al detective de quien fui fugaz colaborador cuando era niño: lo justo parapoder luego sentarme tras la tramoya y observar desde allí todo lo

que sucedía en la caja, y suspirar en secreto por la bella Marie Doro (sí, estoy convencido, creo que la amaba de verdad, aunque ella nunca me hiciera demasiado caso: ya se sabe cómo son las mujeres -y los hombres-del teatro).

Aunque uno crea que tiene la representación entera medida y calibrada, ya digo que todo puede ponerse paras arriba el día menos pensado, por las circunstancias más peregrinas, las que uno nunca espera. Y el día menos pensadopara nosotros fue cuando, una noche, la mismísima reina Alexandra vino a vernos, acompañada por algunos parientes reales llegados de Grecia o de un sitio lejano y exótico (todo lo que estuviera más allá de Wessex era para mí otro mundo). De repente, codo fueron nervios. Tramoyistas de acá para allá, la orquesta que de pronro despistaba un violín, el telón que no corría, una peluca que se chamusca por una colilla de un pitillo, un zapato al que se le rompe un cordón, el pantalón que ayer entraba y hoy no cierra, un lápiz de maquillaje que repentinamente tiene un color que no es el indicado, una mancha inoportuna en el cuello duro de la camisa, un guante que se extravía, la campanilla que inesperadamente pierde el badajo y estropea, si no se encuentra una solución a corto plazo, el momento culminante del segundo acto. Lo típico. Divertido visto desde fuera, o en el recuerdo, pero angustioso en esos momentos inevitables en los que el reloj corre y el telón se convierte en guillotina invertida que espera el momento de alzarse y decapitarnos.

A cinco minutos del comienzo, nos dimos cuenta de que William Gillette no había llegado todavía al teatro. Cosa extraña en él, porque siempre acudía puntualmente a su camerino, donde se maquillaba él mismo, se aclaraba la voz con un mejunge de su invención (sabía a canela) y luego procedía a preparar la pipa que empleaba en escena y que fumaba de verdad, envolviéndonos a todos con un aroma inconfundible a tabaco de importación que nos hacía suspirar de deseo furtivo y, en ocasiones, idear retorcidos planes para robarle unas onzas con las que luego disfrutar de su foráneo sabor. Como las representaciones acababan a altas horas de la noche y yo casi siempre tenía hambre (o serían los nervios), he acabado por asociar el olor del tabaco de pipa con las ganas de comer. Como la perra de Pavlov, si alguien enciende una pipa aromática cerca de donde estoy, indefectiblemente empiezo a salivar de pura ansia.

–¿Que el señor Gillete no ha llegado aún? Habrá subido a los palcos a saludar a su majestad -comentó Kenneth Rivington, que hacía de doctor Watson, aunque era mucho más simpático que él. Cojeaba de la pierna que no era, pero jamás me atreví a mencionarle ese detalle: no tenía demasiada importancia y tampoco quería que me tomara por un listillo, aunque lo fuese. Rivington había compuesto un personaje noble y campechano, muy alejado del verdadero Watson y su rígida actitud de médico militar metido a Sancho Panza, y yo lo admiraba porque era capaz de dejarle el mérito de la actuación al señor Gillette (es decir, a Holmes),y quedar como un pobre bobo al que había que explicarle las cosas muy despacio para que, con él, hasta el más lerdo del público se enterase del hilo deductivo que había seguido el detective en la ficción.

Pero no se trataba de eso: la reina y sus acompañantes no estaban atendiendo a ningún actor venido del otro lado del océano, sino que parecían impacientarse igual que cualquier otro espectador de la platea, aunque disimulando mejor, pues ése es su oficio. Gillette no aparecía por ninguna parte. Enviamos a un tramoyista a su hotel, por si se había quedado dormido o le había dado a la botella(una afición muy común entre la gente del teatro, como yo bien sabía por mi padre). Pero no. Puntual como siempre, el americano había salido del hotel en un carruaje que lo esperaba como todas las tardes. Sin embargo, no había llegado al teatro.

El público empezaba a desesperarse, la orquesta se quedó sin repertorio con el que tranquilizar los ánimos. Nuestras miradas se dirigían una y otra vez al palco donde la realeza esperaba impertérrita, alzando las cejas sólo una fracción de lo permisible. Me quedé sin uña en el anular derecho, y empecé a temer que elsudor que de pronto nos corría a todos por e! rostro acabara por descomponernos el maquillaje. Cuando uno es actor y británico, la impuntualidad se paga con poco menos que la vergüenza y el deshonor para los restos. «Americanos», pensábamos todos, pero la verdad es que no podíamos acusar al señor Gillette de ser un yanqui más que en la manera en que arrastraba las vocales y en lo raro que cortaba los filetes que se tragaba en alguna cena a la que nos invitaba algún caballero que quería conocerlo (lo cortaba primero todo, trocito a trocito, como es habitual allá enAmérica: a nosotros nos parecía de un esnobismo intolerable).

Nunca había tallado a una representación, ni se había retrasado en un ensayo, ni se saltaba una linea ni se movía más de una pulgada de sus

marcas en el suelo; era lo que se dice un animal de teatro. Y por eso, porque medía sus actuaciones con exactitud de relojero o de militar prusiano, no tenía suplentes para interpretar el papel de Sherlock Holmes. A nadie se le había pasado por la cabeza que el público aceptara que un don nadie encarnara en su lugar al detective de leyenda, y con la reina y sus nobles primos presentes en el palco de honor (algoque ya se sabía porque la realeza es muy cumplida y manda aviso al teatro con tiempo de sobra), se podría haber cambiado el elenco entero, pero no el papel protagonista. Sus majestades venían a disfrutar de la actuación del señor Gillette… y al señor Giilete, desde que había abandonado su hotel, parecía que se lo había tragado la tierra.

Yo estaba empezando a darme ánimos a mí mismo (quería conservar las otras nueve uñas), y dudaba si salir al escenario y empezar a representarpantomimas para entretener a nuestro público, como hice aquella vez en auxilio de mi madre, pero una mirada preocupada de la gentil Marie Doro me quitó la idea de la cabeza. No quería ponerme en ridículo delante de ella. Miramos la hora: ya nos retrasábamos más de nueve minutos.

De repente, una sombra vestida con abrigo Inverness y gorra de cazador de patos atravesó fugazmente las bambalinas, y todo el mundo suspiró aliviado, tan fuerte que creo que el telón se agitó y todo, mecido por un vendaval de alientos reprimidos. ¡Al fin había llegado Gillette! ¡En buena hora! Sin perder más tiempo, mientras el actor protagonista ocupaba su puesto en escena, todos los demás corrimos a preparar el comienzo de la comedia.

Desde mi rinconcito tras el telón fui observando como siempre la función,más interesado en el negro pelo y los oscuros ojos de mi adorada Marie que en la obra, que a fin de cuentas me sabía tan de memoria que podría haberla interpretado durmiendo (de hecho, muchas noches, soñaba que era yo quien daba la réplica en escena a Marie Doro). Entonces vi que mi amada vacilaba y miraba hacia los lados, como pidiendo ayuda. Y al oír la voz del Sherlock Holmes de ficción no pude reconocer la voz de William Gillette y su acento americano típico, ese que le había llevado a escribir una segunda obrita sobre el detective donde no articulaba unasola palabra.

Cuando me tocó salir, observé con sorpresa que, en efecto, no era Gillette. Ni tampoco el señor Saintsbury, ni ningún suplente que el regidor de escena hubiera encontrado debajo de alguna piedra, habitando los huecos

del teatro como un fantasma. El actor que hacía de Holmes se movía con gracia, recitando sus líneas con el énfasis necesario, sin equivocarse nunca, pero no pisaba bien sus marcas, como si estuviera improvisando. Era, por lo demás, bastante parecido a Gillette y a Saintsbury, con los rasgos exagerados por el maquillaje para que se lo distinguierabien desde el fondo de la sala: luego he visto que cualquier actor de cata alargada y metro ochenta de altura es capaz de dar el pego como Holmes. Mi amigo Buster Keaton sin ir más lejos; o mi otro buen amigo, Basil Rathbone.

Hice mutis y me quedé admirado, mientras entraban en escena Rivington y Reginald Danck, que hacía de conde Von Starlburg. Marie Doro estaba todavía allí, entre bambalinas, mirando como yo el desarrollo de la obra, llena de interés ahora que de pronto había un desconocido usurpando el papel principal en el escenario.

–¡No es el señor Gillette! – me susurró, y hasta tuvo la feliz ocurrencia de agarrarme por un brazo. El corazón se me subió a la garganta y estuve a punto de soltar un hipido de gozo.

–No, ya me he dado cuenta. ¿Cómo han encontrado a un sustituto tan rápidamente?

–Es bueno -murmuró Marie, y sentí una puñalada de celos hacía aquel farsante desconocido; quizá yo tendría que haber salido a escena a dar cabriolas,después de todo-, Al menos no tiene el acento tan cargado de Gillette. Debe de ser británico.

–Pero le incomoda la pipa -observé yo, por ponerle una pega.

Y era cierto. Aquel Sherlock Holmes parecía molesto por tener que hablar con la pipa en la boca. No había llegado a encenderla, como hacía Gillette, y la sujetaba en la mano continuamente, mientras que el actor original solía tenerla en los labios. Gillette había introducido la pipa de boquilla larga y curva en escena precisamente para poder hablar y actuar a la vez sin que su perfil se viera alterado.

–¡No me lo cuentes! ¡No me lo cuentes! – tronó una voz con acento extranjero, y Marie y yo dirigimos nuestras miradas al palco de honor. El príncipe Christian le estaba explicando la obra al rey de Grecia, que se moría de ganas de entender completamente lo que pasaba pero no quería que le destriparan demasiado el argumento.

Suspiramos bastante más tranquilos. El desconocido sustituto lo estaba haciendo bien; tanto que ni el público general ni los reales visitantes

sospechabanque se trataba de una incorporación de último Llegó el momento de la escena final. Marie se arregló el pelo y salió de nuevo a¡ escenario, donde la esperaba aquel singular y desconocido Holmes que nos había salvado la vida, o al menos la vergüenza de tener que clausurar el teatro y dedicarnos al día siguiente a buscar empleo en las páginas del Times.

–Nuestra relación ha sido estrictamente de negocios -decía Holmes, y empezaba a salir del cuadro por primera vez en toda la obra (Gillette se había asegurado, al redactar el libreto, de estar en todo momento en escena; ah, la vanidad del gremio).

Marie, interpretando a Alice Faulkner, lo detuvo.

–No le creo.

–¿Por qué no?

–Por la forma en que habla…, por la forma en que mira…, ¡por un montón de cosas! – replicó Marie.

Torpemente, el falso Holmes dio un paso hacia ella. Se había desenvuelto a la perfección durante toda la obra, pero ahora parecía, más que inseguro, molesto. Alcé las cejas sin comprender su reacción. No sé qué habría dado yo por haber podido abrazar en ese instante, delante de dos centenares de testigos, a MarieDoro. O al personaje que ella encarnaba, que venía a ser lo mismo.

–Sus poderes de observación son notables, señorita Faulkner… ¡y su deducción es correcta! Supongo… de hecho, lo sé, que la amo. La amo. Sé que ninguna persona como yo debería soñar con formar parte de su dulce vida. Hay motivos para decirnos adiós. Hay motivos…

Marie lo interrumpió, como interrumpía a Gillette todas las noches, y él se vio forzado a mirarla a la cara. Fue el abrazo más torpe que recuerdo haber visto jamás, mientras las candilejas se oscurecían y el telón empezaba a caer sobre los dos.

«Holmes» se zafó del abrazo e hizo ademán de marcharse de escena.

Entonces el telón se alzó y toda la compañía salió a saludar. Los aplausos de cada noche, vuelta a bajar el telón, a subirlo otra vez, a salir uno a uno a corresponder al agradecimiento de quien había pagado por vernos. La gente no se da cuenta de que, hasta en los saludos finales, estamos actuando.

Creen que la complicidad entre ellos y nosotros se rompe, cuando en realidad todavía estamos fingiendo unas poses y unos gestos.