Elemental, querido Chaplin
Capítulo 25
Entonces la rejilla cedió bajo mi peso y me precipité a la habitación, entre los dos hombres.
Lord Ruthven se volvió hacia mí, sorprendido, casi asustado por m¡
intromisión. Vi que en su ojo relucía un monóculo que en ese momento me deslumbró, pero no despertó mis recuerdos, y en la mano derecha blandía una aguja hipodérmica. Extendió el brazo, intentando clavármela en la garganta. Loesquivé por muy poco, con una finta de bailarín que escoró mi cuerpo a un lado. Me pasó tan cerca que podría haberle metido una mano en el bolsillo y robarle cualquier cosa que allí llevara: una carta lacrada, por ejemplo. Entonces resbalé, a merced de aquel hombre.
Un golpe con el canto de la mano y el falso aristócrata se desplomó junto a mí. La hipodérmica de metal resonó al estrellarse contra
-Gracias a Dios por el día en que aprendí baritsu -dijo una voz familiar, desprovista de acento alemán-. Charlie, ¿puedo preguntar qué demonios estáshaciendo aquí?
Albert Einsrein me tendió la mano para que me incorporara. Era una mano tuerte y dura, acostumbrada por igual a la acción y a la pausa. Reconocí los ojos grises por debajo de la peluca.
-¡Señor Holmes!
25
Tendría que haberme dado cuenta de que era Holmes desde el principio, porque tenía la pipa encendida. Pero tampoco el supuesto lord Ruthven se había percatado del engaño. Saboreé la ironía de la situación: el principal cabecilla de los Herederos de Horus había alardeado de que jamás habían confundido a WilliamGillette con el detective auténtico allá en Londres… y ahora Holmes les había devuelto el golpe haciéndose pasar por Albert Einstein como el gran maestro del disfraz que era. Me acordé de aquella noche en Limehouse, diez años atrás, cuando engañó a los dacoíts fingiéndose uno de ellos ante su propio jefe, el diabólico doctor de los ojos verdes.
-No hay tiempo para explicaciones, Charlie -dijo Holmes-. Tenemos que salir de aquí.
Se volvió para recoger de encima de la mesa el manuscrito original de Frankenstein. No había acabado de guardárselo en el bolsillo de la
chaqueta cuando la puerca de la habitación se abrió y, alertados por el alboroto de mi caída, o eso creímos entonces, entraron dos hombres.
Johann Mendel en 1866. (N del t)
-¡Lord Ruthven! – exclamó uno de ellos, en un inglés espantoso-.
¡Hemos sido invadidos!
Los reconocimos al instante: eran el tipo del bigote y el del chichón en la cabeza, mis perseguidores del barco, aunque aquella desgraciada de Violet no los acompañaba ahora ni les daba ninguna orden. Ambos llevaban pistola y expresión de pocos amigos. Si se referían a nosotros como los causantes de la invasión de aquel lugar oculto, me pareció una afirmación exagerada: apenas éramos dos contra un imperio secreto.
Sin pensármelo dos veces, les cerré la puerta en las narices.
Literalmente. Holmes dio un brinco, volvió a abrir la puerta y arrastró al interior a uno de ellos, que cayó desmadejado sobre el inconsciente lord Ruthven. El otro tuvo tiempo de efectuar un único disparo antes de que el detective lo hiciera caer hacia atrás con una zancadilla.
-¡Vamos, Charlie! ¡Corre!
Ya era demasiado tarde para no intentar llamar la atención. El disparo al airehabía alertado al resto de los hombres del lugar, los científicos que estaban trabajando en las máquinas cercanas. Vinieron todos a una hacia nosotros. En algún lugar sonó un alarido que se repitió por toda la cueva. Una alarma. Pero no por nuestra causa. ¿La policía, tal vez? ¿Había sido capaz Holmes de alertar a los suizos y preparar una trampa?
Una estrella de metal se clavó en la frente de uno de los supuestos científicos que pretendía cortarnos el paso. O la policía suiza era muy internacional,
o utilizaban armas poco convencionales, o la invasión de la que nos había alertado,tarde, el tipo del bigote venía de otra parte. ¿Aleister Crowley? No tenía un ejército, y en todo caso no utilizarían ese armamento exótico. Peto aquel no era el momento más propicio para detenerse a hacer análisis, contraanálisis y deducciones. Teníamos que correr por nuestras vidas.
-¡Al andamiaje! – ordenó Holmes, y se encaramó a los hierros con la velocidad de un tigre. Yo no me quedé atrás. Era un atleta, un acróbata
nato, peto Holmes se movía con igual precisión.
Corrimos por la estructura metálica esquivando los disparos del hombre del bigote, que tenía mala puntería pero sin duda era perseverante. Holmes se detuvo, saltó a la planta y aterrizó entre las máquinas que zumbaban como cafeteras malignas. Lo imité. Un disparo rebotó en la carcasa y vino a destrozar un indicador de presión.
La máquina dejó escapar un largo gemido en forma de vapor. El disparo no había procedido de la pistola del hombre del bigote, que se retorcía en el suelo, partido de dolor, herido por un enemigo nuevo y todavía invisible.
Holmes y yo nos miramos. Sin decir palabra, empezamos a girar al unísono llaves y tuercas, pensando que nuestros perseguidores tendrían que dejar de acosarnos para devolver las máquinas a su condición normal, entretenidos como estaban además por aquella agresión inexplicable. El gemido de las bombas se hizo más prolongado, más grave. Encontré una caja de herramientas y de ella extraje dos llaves de palanca. Las utilicé para ir girando los tornillos que parecían más apretados. Toda la estructura de la maquinaria se estremeció.
-¡No disparéis! ¡No disparéis! ¡Podéis dañar el condensador! – gritó alguien, y,su voz resonó en la cavidad. Demasiado tarde: una nueva bala vino a abrir un agujerito de apariencia insignificante en el estómago de la bestia, mientras de la nada surgía un ejército de hombres vestidos de oscuro.
Coincidiendo con el impacto, toda la estructura tembló, como si pasara un tren o se estuviera iniciando un terremoto. Solté una de las llaves a la fuerza: uno de los Herederos de Horus me había agarrado por el cuello y me levantaba en vilo.
Era la segunda vez, desde que acompañaba a Holmes en sus aventuras,que me trataban como sí fuera una estera que hay que sacudir. Pero esta vez no me anduve con chiquitas. Mientras el tipo me sujetaba por el cuello y me impedía respirar, le agarré la nariz con la llave y retorcí con todas mis fuerzas. No sé si el chasquido que oí fue su hueso nasal al quebrarse o el techo que empezaba a venirse abajo, porque ambas cosas fueron simultáneas.
El hombre me soltó, se llevó las manos a la cara y estaba intentando contener la sangre cuando alzó la cabeza y vio que una grieta se
dibujaba como un relámpago sobre nosotros. Perdió todo interés en mí y en su nariz, y echó a correr hacia uno de los túneles como un conejo que añora su madriguera.
-Charlie, ¡tenemos que salir de aquí! – gritó Holmes. Vi que a su alrededor había dejado fuera de combate al menos a dos hombres más, utilizando aquellamisteriosa forma oriental de defensa. La misma forma de lucha que, lo vi más claro ahora, practicaban aquellos atacantes vestidos de oscuro que lanzaban a diestra y siniestra aquellas estrellas puntiagudas. Una de ellas falló el blanco que era yo y cayó a mis pies. La recogí con curiosidad, como si en verdad fuera un astro caído del cielo.
Los Herederos de Horus debieron de llegar a la misma conclusión que el hombre de la nariz retorcida y que el propio Sherlock Holmes, porque todos echarona correr hacia las puertas de los túneles: la invasión era imparable. Ni el detective ni yo supimos durante un instante qué camino tomar, porque cualquier escapatoria pasaba por el aluvión de hombres orientales que había desembocado en la nave.
Entonces, una por una, las puertas empezaron a cerrarse.
-¡Un sistema de seguridad! – exclamó Holmes-. ¡Van a sellar esta sala!
Uno tras otro, los telones de metal cubrieron las salidas. El cambio de presión producido por la parada de las bombas hizo el resto. Un borbotón de agua cayó desde lo alto del techo, provocando cortocircuitos en la maquinaria. Unsegundo después, media docena de grietas filtraban sobre nosotros toda el agua acumulada sobre el escondite.
El andamiaje se vino al suelo, derribando paredes y puntales. Al soltarse, un agujero quedó al descubierto a un par de metros de no
-¡Por ese túnel, Charlie! ¡Es nuestra única esperanza de salir de Nos subimos como pudimos a los hierros retorcidos que se desmoronaban ya como un castillo de naipes por toda la nave. El túnel se perdía en la oscuridad, abierto como la boca de un león. Nada nos aseguraba que llevara a alguna parte.
Pero no nos quedó más remedio que seguirlo. La gigantesca oquedad que albergaba el laboratorio de los Herederos de Horus ya estaba anegada por completo.
Corrimos, sintiendo los gruñidos y gemidos de la estructura horadada en la roca. Apenas habíamos avanzado veinte metros cuando nuestros píes chapotearon. También allí había llegado el agua.
El túnel ascendía, pero el agua parecía subir mas rápido que nuestros pasos. Resbalé un par de veces, me aferré a las paredes intentando que el caudal no me arrastrara.
Al fondo vimos una luz. Demasiado lejana, me pareció.
Una riada de agua nos envolvió, alcanzándonos por detrás, derribándonos. En volandas, sin poder controlar nuestros movimientos, resbalamos hacia aquella luz.
El mundo estalló en una catarata negra.
Durante unos instantes que se me antojaron una eternidad creí estar de vuelta en el río Aar, como si todo lo que había sucedido desde entonces hubiera sido una alucinación mientras me ahogaba al escapar de Violet y sus dos secuaces. Empecé a quedarme sin aire. A mi alrededor estallaban de continuo burbujas que parecían anémonas.
Salí a la superficie. El contraste entre la barahúnda que dejaba atrás y la placidez de las aguas del lago Ginebra fue enorme. En el fondo del lago podía estardesarrollándose una catástrofe, pero sus ecos no habían llegado allí todavía. Solamente yo.
-¡Señor Holmes! ¡Señor Holmes! – llamé, escupiendo agua.
Nadie me contestó. Intenté mantenerme a flote como pude en medio de aquel charco frío de tinta gris. El sol del amanecer asomaba tímidamente entre las montañas.
-¡Eh, muchacho! ¡Aguanta! – gritó una voz.
Me volví. Un barquito velero se acercaba veloz hacia donde yo estaba. En la proa, un caballero con bigote escrutaba con gesto de preocupación las aguas. El hombre que lo acompañaba extendió la mano para ayudarme a subir a bordo.
Iba vestido con un abrigo Inverness y una gorra de cazador de patos, yllevaba una pipa en la boca como remate. Estaba completamente seco.
No podía ser verdad, pero allí estaba, en vez de en el fondo del lago, luchando por abrirse paso hacia la superficie con un libro robado en el bolsillo.
Sherlock Holmes.