Elemental, querido Chaplin
Capítulo 27
dejar claroque, como toda narración sólida, debe contener intacta, para el futuro, la validez de su advertencia.
Los tres caballeros maduros se me quedaron mirando. En la expresión de sus ojos pude ver toda la esperanza de su experiencia depositada en la juventud que yo gozaba. No me quedó más remedio que hacerles allí mismo esa promesa que exigían.
27
Nuestro balandro permaneció trazando círculos en las aguas del lago hasta que el sol ya estuvo alto en el cielo, mientras otras lanchas y un par de barcos pequeños se nos acercaban para darnos escolta e ir sacando del agua a los miembros de los Herederos de Horus que hubieran podido escapar de la debacle.No fueron demasiados, y en cualquier caso, hubo mayoría de cadáveres. Entre los restos no apareció el hombre del monóculo, aquel supuesto aristócrata polaco que se había identificado ante el falso Einstein como lord Ruthven.
-¿Cree usted que habrá muerto ahogado allá abajo, señor Holmes?
pregunté, intentando en vano escrutar las aguas cada vez más azules del lago.
-¿Quién puede decirlo, Charlie? – contestó el detective-. Ese escondite secreto debía de tener innumerables salidas, ninguna de ellas por el agua, comohemos hecho nosotros. Lord Ruthven, o el que quiera que sea su nombre, bien pudo haber escapado por cualquiera de ellas.
En el alboroto que propició nuestra huida, no recuerdo haberlo visto persiguiéndonos.
-¿Era un antiguo enemigo suyo, señor?
-¿Por qué preguntas eso, Charlie?
-Por nada en concreto, señor. Pero me pareció reconocerlo, por el monóculo. De aquella vez en los docks, la noche que nos conocimos. El hombre que esperaba aquel barco, el tipo al que mi hermano Syd le birló la carta y al que yo tuve quedevolvérsela.
-¿Un simple monóculo te hace pensar que pueda tratarse del mismo hombre, Charlie? – Holmes, tozudo, no quiso admitir en ese momento que mi sospecha pudiera ser verdadera-, Entre los militares prusianos está de moda. A lo que se ve, lo consideran más masculino y marcial que usar antiparras,
-Sí las antiparras son como las de mi disfraz, no me extraña. –
Sonreí, recordando la incomodidad de llevarlas puestas mientras interpretaba al personajeque ya no me hacía ninguna falta-. ¿Y esta estrella? ¿No significa también algo?
Le entregué el arma arrojadiza que había caído a mis pies durante la refriega. Holmes la cogió y la alzó a la luz, mientras el doctor Watson y William Gillette la contemplaban también, asombrados.
-Un shuriken -dijo Watson-. El arma de los asesinos silenciosos.
Evidentemente -replicó Holmes-. Una estrella de muerte. Tuvimos suerte de que no nos alcanzara ninguna, Charlie.
-O tal vez no iban dirigidas contra nosotros. – Es posible, sí.
-Si ese hombre era el mismo al que se enfrentó usted hace diez años, en Londres… ¿No tiene eso relación también con la aventura que vivimos jumos luego? ¿La de la desaparición de Alexander Wilberforce, la del enfrentamiento con el mandarín de los ojos de gato?
– Es posible. – Holmes seguía sin querer dar su brazo a rorcer, pero supe que era porque, a fin de cuentas, parte de la situación se le había escapado de las manos-. Lord Ruthven hizo un pacto con el diablo hace diez años. Y hoy el diablo ha roto ese pacto, quizá porque se sintió engañado, o másposiblemente porque en sus planes ya entraba traicionar a los Herederos de Horus y eliminar cualquier competencia de dominio mundial para el futuro.
-Entonces no me equivoco, señor. Esos asesinos silenciosos pretendían hacerse también con el manuscrito perdido.
-No lo creo. Mi deducción es la contraria: no querían que nadie se hiciera con él, no querían que otras manos le dieran su uso. Por eso aparecieron en el momento oportuno.
-Es irónico -apuntó Warson-. Una secta oculta impide que otra secta oculta se salga con la suya.
-Así funcionan los ejércitos en la sombra, mi buen Watson. Los Herederos de Horus han perdido esta batalla, quién sabe si también la guerra secreta. La estabilidad de nuestro mundo, por pura paradoja, se debe a la ambición por el poder de una mente maquiavélica.
-Sin embargo… -apunté yo, mientras el balandro se dirigía hacia la orilla, tripulado con mano firme por William Gillette-. No habíamos encontrado a ningúnoriental en este caso hasta ahora mismo, señor
Holmes. ¿Es posible que nos hayan estado siguiendo la pista todo el tiempo, sin que usted los advirtiera?
La mirada de Holmes relampagueó de nuevo, molesta. Supe que había metido una vez más la pata y que, en cualquier caso, si alguno de aquellos dacoits
o.si-fan nos hubieran ido a la zaga desde Londres, el detective habría reparado en ellos.
Atracamos y confiamos a la policía internacional la detención de cuantos miembros de ambas sectas pudieran intentar escapar por las fronteras de Suiza y Francia. Estábamos seguros de que, si detenían a alguno, no pertenecería a la orden oriental: su astucia había hecho que pudieran escapar sin problemas o, en su fe ciega en su amo y señor, habían acudido a la base subterránea con una misión suicida en la que nosotros habíamos colaborado al ayudar a desplomar el techo.
Aleister Crowley contemplaba las olas morir en la orilla, a pocos centímetros de sus zapatos blancos. Esraba solo. La marea le había llevado un trozo de páginadel libro de Mary Shelley, pero la tinta estaba desleída, ilegible. Y el santón, en cualquier caso, sonreía. Nos vio llegar y se llevó una mano al sombrero emplumado, saludando sin inmutarse a los dos Sherlock Holmes, el real y el ficticio, al doctor Watson y a mí mismo.
-Buenos días, caballeros -dijo Crowley, alegremente-. Hermosa mañana para salir en barco, ¿no les parece?
-Y para pescar todo tipo de peces, hermano Perdurabo -replicó Holmes-. Ya ha tenido usted su partida de ajedrez, ¿no es cierro? Y
parece que la ha ganado.
Crowley se encogió de hombros.
-Apenas un enroque afortunado, señor Holmes. Digamos que el jaque mate todavía está por venir, a muchos años en el futuro.
-Pero los peones que le molestaban ya han sido eliminados, y de eso se trata. Le felicito, Alexander, pero tenga cuidado. Ha hecho desaparecer esa amenaza cientifista que tanto temía, y quizá de paso haya asegurado la estabilidad del mundo. Pero a un precio. Ha vendido usted también su alma al mismo diablo. Crowley hizo una mueca.
-Pensaba que no creía usted en esas cosas, señor Holmes. – Hablo, naturalmente, en sentido figurado. Lord Ruthven se alió con el
mandarín, porque ambos se necesitaban. Y ya ha visto los resultados.
Con usted sucederá lo mismo.
–Era una alianza necesaria, Holmes. Usted mejor que nadie debería comprenderlo. No tengo ejército a mis órdenes. No lo tengo todavía. Y ese diabólico doctor estaba muy, muy enfadado con lord Rumven. Más que con usted, me temo. Lleva más de veinte años siguiendo la pista de un libro… y ese libro no era exactamente el mismo que los Herederos de Horus perseguían.
–Ese libro total no existe, Crowley. Son supercherías de chamán.
–¿Y qué más da, amigo Holmes? la fórmula para crear hombres artificiales… ¿cómo se les empieza a llamar? ¿Cuál es ese término surgido de la botánica…? No importa. Esa fórmula era real. ¿Quién sabe si ese otro libro de todos los libros no pueda existir en algún lugar remoto, un lugar que esté, como dijo ese poeta amigo nuestro, más allá del horizonte de los sueños?
–Quimeras, Crowley.
–Fue la búsqueda de El Dorado lo que conquistó un continente, Holmes.
Elconocimiento es poder. Y sólo unos pocos en el futuro estaremos en disposición de dominar ese conocimiento.
–Había usted, y es una advertencia, como lord Ruthven.
–Pero lord Ruthven ha muerto, ¿no es así?
–Que sepamos, no. No se ha rescatado su cadáver. Es posible que haya salido con vida y que busque reedificar su imperio. O que quiera vengarse.
El mandarín puede que esté seguro en su imperio de Honan, hermano Perdurabo. Pero usted…, tenga cuidado, amigo mío. No tiene usted un ejército a sus pies.
–Todavía.
–Todavía, de acuerdo. Tenga cuidado. Me temo que sí los supervivientes de los Herederos de Horus descubren su participación en su caída de hoy, no le salvarán velas negras, ni dioses oscuros, ni dientes de ajo.
–Me pondré bajo la invocación de los nuevos dioses que han anunciado su llegada. Ya lo he hecho.
–Entonces ha perdido usted el tiempo, hermano Perdurabo.
–¿Por qué lo dice?
–¿Cómo va a protegerlo dios alguno si no es usted más que un pobre diablo?
Sherlock Holmes depositó sobre la palma blanca de Aleister Crowley la afilada estrella de los asesinos silenciosos, como recordatorio de que nunca podría dejar de mirar hacia atrás cada vez que saliera a la calle. La partida en la que el hermano Perdurabo se había enzarzado tenía muchos jugadores, muchos tableros simultáneos, muchos peones y reinas y alfiles y caballos y torres y un solo rey quedominaría al final el juego. El siglo veinte sería el escenario, y sólo el tiempo podría decir sí Crowley cumpliría sus sueños o si también él acabaría arrollado por el empuje de otras mentes con sueños paralelos a los suyos, o sueños, como los de Holmes, completamente contrapuestos.
Regresamos a Londres dos días más tarde, después de comprobar que, en efecto, lord Rumven no se hallaba entre los pocos prisioneros que la policía internacional hizo, ni entre los cadáveres que poco a poco iban aflorando a la superficie del lago. Terminada la aventura, o al menos nuestra intervención directa en ella, Holmes se mostró retraído, instrospectivo, casi hosco. Para él, aquel caso, como todos los casos, lo recargaba de una energía que hoy sólo puedo considerar como sexual, y a su termino lo dominaba, como en un encuentro amoroso, esa inefable sensación de melancolía característica.
Cada uno de nosotros volvió a sus cometidos habituales. Holmes regresó a Sussex y la cría y la experimentación con sus abejas, Watson a su consulta de mujeres embarazadas y jovencitas casaderas, Gillete continuó todavía unassemanas la representación de la obra, conmigo, y se marchó luego a América a seguir interpretando aquel personaje para el que había nacido, aunque nunca pudiera igualar a su modelo.
Yo permanecí en Inglaterra unos cuantos años más, hasta que me decidí, como me aconsejaban todos, a dar el salto y establecerme en ese otro país donde el porvenir parecía menos ominoso. Nunca olvidé a Holmes, aunque sólo volví a encontrarlo una vez más, como ya he dicho, en los albores de la primera guerra mundial, cuando yo era ya un actor de renombre. El detective fue, sin duda, uno de los personajes más fascinantes que he conocido en mi vida, pero todavía tendría que conocer a muchos más, y todos ellos me esperaban más allá de la isla de Ellis, en aquel continente