Elemental, querido Chaplin
Capítulo 16
A la luz de los nuevos acontecimientos, consideré que mi participación en tan extraordinario caso había tocado a su fin. Así se lo hice saber al señor Holmes, después de que los otros cuatro caballeros abandonaran la mesa para dirigirse, según sus respectivas obligaciones, a la oscuridad del ministerio, el descanso del hotel o la burocracia de la comisaría y las pesadillas privadas de cada uno. Pese a sus inigualables dotes de deducción, Holmes pareció sorprendido ante mi salida.
–¿Cómo es posible, Charlie? – me dijo, mientras encendía una pipa por primera vez desde nuestro encuentro-. Ahora es, precisamente, cuando este peculiar asunto se vuelve más interesante. Su desenlace está, como si dijéramos, aía vuelta de la esquina.
Yo me encogí de hombros y, muy ufano, esta vez no me guardé los panecillos que habían sobrado de la cena. Suelo aprender las lecciones, sobre todo cuando no aprenderlas me lleva inevitablemente a meterme en líos…, asuntos de faldas aparte, pero supongo que algo tendrá que ver con eso el haber tenido durante tantos años por abogado a un eterno enamorado de la femme, el general de brigada Theodore Marley Brooks, uno de los hombres más duros que he conocido en mi vida, a pesar de su aspecto de petimetre acicalado y pendiente de dictar la última moda.
–Verá usted, señor Holmes -me excusé-, no pongo en duda que esta aventura se acerque a su final, pero ahora que el señor Gillette está sano y salvo, yo ya no pinto nada en esta historia. Tendré que volver al teatro mañana por la noche, o pasado a más tardar. Y de cualquier forma no he hecho más que molestarle en codo este caso.
Holmes alzó una ceja y me miró severamente.
–Charlie Chaplin, te subestimas. Si no hubiera sido por ti, posiblemente el señor Gilletce y yo mismo estaríamos ahora sepultados bajo un montón de escombros en el subsuelo de la abadía de Carfax. Fue una suerte que encontraras ese pasadizo por el que pudimos escapar en buena hora.
–Pero lo que yo podía hacer para ayudarle ya lo he hecho, señor Holmes insistí, ruborizándome-. Hemos rescatado a Gillette y he devolver, con él, a mi trabajo de siempre. Además, tanto ir y venir de un lado a otro hace que me sientacomo un bobo. No entiendo nada.
Holmes suspiró y se quitó la pipa de la boca.
–Sí, mi fiel Watson de vez en cuando me acusaba de lo mismo, en nuestros buenos tiempos. Debe de ser un recuerdo de mi época teatral, Charlie. Sentido demasiado acusado del drama, tal vez. Es común en mí retener información y no compartirla. Es la moneda más valiosa que existe,
¿sabes? La información.
Me encogí de hombros. Jugueteé con uno de los tenedores, lo solté junto aun plato.
–Supongo que los datos que usted maneja serían incomprensibles para mí, de todas formas.
–Posiblemente, aunque es cierto que podría haberte explicado con más detalle nuestros pasos. Pero ahí también entra en juego tu propia seguridad, muchacho. Nos enfrentamos al que es, quizá, el caso más abominable de toda mi carrera. Las conclusiones que extraigamos al final de esta aventura, si es que Dios quiere que salgamos victoriosos de ella, podrían alterar el curso de la historia.
–Razón de más para comprender que es un asunto que me viene demasiado grande, señor Holmes -insistí, aunque estaba impresionado de verdad por la convicción con que había pronunciado aquellas últimas palabras. Cuando un hombre como Sherlock Holmes se ponía serio, uno advertía de inmediato que sus palabras no podían tomarse a la ligera.
–Nadie es demasiado pequeño para servir a su patria, Charlie. Nadie.
Nos enfrentamos a un grupo en la sombra que podría socavar el orden mundial no de este momento, sino de generaciones futuras. Nuestros enemigos han huido creyéndose victoriosos en parte, tras la «destrucción»
de los restos del Hombre Elefante. Pero su plan ha quedado incompleto y son conscientes de ello.
–Se les ha escapado Gillette -murmuré, una parte de toda la historia que sí había entendido-. Es decir, usted mismo.
–En efecto -afirmó el detective, aprobando mi deducción; me sentí satisfecho. Eso quiere decir que volverán a intentarlo. Aunque quizá no conmigo.
–¿Con su hermano Mycroft? A fin de cuentas, según usted, él sí que es el hombre más inteligente del mundo.
Holmes sonrió con la boca torcida. Le molestaba hablar y tener la pipa en la boca al mismo tiempo: en eso Gillette le llevaba ventaja, pero claro,
Gillette había aprendido a declamar controlando perfectamente su diafragma, y Holmes no necesitaba proyectar la voz desde un escenario.
–No, mi hermano no -rechazó el detective-. Mycroft es invisible. A todas luces inexistente, no tiene siquiera documentos que corroboren quién es, ni una partida denacimiento, ni un pasaporte. Mycroft, fuera de un círculo enormemente reducido, no es nadie. Y, aunque no lo fuera, lo rodea una muralla de seguridad absoluta. Mycroft es inalcanzable.
–Dudo entonces que haya otro ser humano de sus mismas características en el mundo, señor Holmes -dije yo, y era sincero. Nunca había visto a nadie más inteligente ni más astuto que el detective que en esos momentos actuaba como mi mentor. Me costaba trabajo imaginar que pudiera haber otra mente analítica no yasuperior, sino igual a la suya.
–Pero lo hay, Charlie -afirmó el detective, sin falsas modestias de ningún tipo-. Y en cuanto los herederos de Horus reparen en su existencia, verán que es más fácil echarle mano a él que a mí.
–Sigo sin comprender nada.
–Sólo te diré un par de cosas. Por tu propia seguridad, Charlie. Y por la mía. Y por la de Inglaterra y el mundo civilizado, si te empe-ñas. Tenemos que ir a Suizaporque fue allí donde empezó esta historia, o al menos nuestra participación en ella.
–¿Quiere usted decir que detrás de todo este enredo puede estar la banda del profesor Moriarty? ¿O Moriarty mismo?
Holmes negó con la cabeza.
–Moriarty murió en las cataratas de Reichenbach, eso es cierto. Y su banda fue desarticulada cuando detuvimos al coronel Moran tres años más tarde. Pero hay otros grupos, como ya sabes, tejiendo sus telas de araña por todas partes: recuerda aquel desagradable incidente con los orientales de Limehouse. La semilla del mal crece fácilmente en tiempos de crisis, ya sea en forma de células revolucionarias o de sectas de iluminados. Cuando regresaba a Inglaterra tras el episodio de mi muerte falsa encontré un libro, Charlie. Un libro… inaudito. A él se referían los secuestradores de Gillette cuando hablaban entre sí del «manuscrito original». Estoy convencido de que los Herederos de Horus pretenden utilizarlo para un fin espantoso, aunque todavía no sé exactamente cómo ni cuál puede ser.
–Por eso saquearon Baker Street -dije, comprendiendo al fin una parte deirompecabezas.
–Exactamente. Ignoro por qué me quieren a mí, si ya tienen lo que buscaban,
o al menos parte de ello. Yo mismo no fui capaz de entender gran cosa de lo que se explicaba en ese libro, pero quizá creen que sé algo más de lo que sé. Quizá creen que yo soy responsable de que faltasen algunas páginas en ese manuscrito.
Volví a no enterarme de nada. Entre que a Holmes le gustaba crear misterios y que se negaba en redondo a darme detalles concretos, seguía sintiéndome como el espectador que llega a mitad del primer acto y ya no es capaz de entender la obra.
–Sin duda, Aleister Crowley estaba al tanto de la existencia de ese libro, y sabía asimismo que yo lo tenía en mi poder -continuó Holmes-. Y por eso memantuvo bajo vigilancia, pues era consciente de que esa sociedad secreta rival suya querría ponerme la mano encima. A él debemos, lo tengo muy claro, mi intervención en este caso, pues sus hombres se las apañaron muy bien para que yo advirtiera que me observaban. Eso precipicio mi llegada a tiempo para salvar a Gillette.
–¿Crowley no quiere que los Herederos de Horus se salgan con la
–Tal vez desee poner en práctica para sus propios fines lo que en ese libro se dice. O, conociéndolo, prefiera que no se cumpla nunca.
–jEs un libro de magia, señor Holmes?
El detective hizo una mueca de desdén. Lamenté haber mencionado una temática por la que él no sentía ningún respeto.
–En modo alguno. Es un libro de ciencia. Ciencia que está más allá del bien y del mal, Charlie. Ciencia que está muy por encima de nuestra capacidad de asombro y hasta de nuestro nivel de desarrollo. Los hombres no están preparados para lo que ahí se dice. No lo están hoy, y posiblemente no lleguen a estarlo nunca.
–Pero si ese libro, sea cual sea, plantea un imposible… ¿cómo sabe ustedque se puede conseguir lo que dice?
–Por Joseph Merrick -dijo Holmes, pero no continuó explicándome esa parte de la historia. Cambió de tema-. Sean cuales sean los métodos, lo que en esas páginas se preconiza puede conseguirse, pero no tengo ni idea de cómo. De cualquier manera, he de desaparecer, Charlie. He de camuflarme de nuevo, como ya me he camuflado tantas veces en el pasado. No creo que los Herederos de Horus sean capaces de volver a confundirme con William
Gillette, pero sin dudacontinuarán buscándome, para eliminarme o para hacer de mí lo que quiera que pretendieran en primera instancia. No puedo volver a Sussex y esperar cruzado de brazos que vengan a por mí, o que se ceben en la indefensión de otro hombre. Mi intención es ir a Europa, como ya has visto.
–Viajar a Suiza.
Holmes asintió. Sus ojos brillaban con aquella excitación contagiosa que sólo parecen experimentar quienes están tocados por un halo divino.
–Viajar a Suiza, en efecto. Y para eso tendré que disfrazarme. Me detectarían si recurriese a mi viejo amigo el doctor Watson, pues nuestras figuras se han hecho inconfundibles en todo el planeta, una más de las desventajas de la fama: en eso sale ganando mi hermano Mycroft, que se mantiene anónimo en segundo plano. Si viajo solo, nuestros enemigos deducirán que huyo o que voy a su encuentro como un perro de presa. Pero un viejo explorador acompañado por un joven criado no llamarían la atención en los puestos fronterizos donde sin duda me esperan.
–Los Herederos de Horus ya me han visto con usted, señor.
–¿De veras crees eso? Vieron una figura cubierta de polvo y yeso de la cabeza a los pies, acompañada por un perro enorme. No, Charlie. El hombre que huyó antes de detonar los explosivos no pudo verte bien, no pudo saber que eras tú: hasta puede que imaginara que vio un fantasma, cosa que no es inaudita en un sitio como Carfax, según he oído decir. Por eso tu colaboración en esta historia sigue siendo importantísima. Viajaremos a Suiza corno señor y criado, y allí intentaremosdesenmascarar a esos Herederos de Horus y proteger a ese otro pobre hombre cuya vida peligra, y con él, la vida del ser humano en el futuro.
–El hombre más inteligente del mundo -susurré yo. Delante de Holmes, pronunciar esas palabras referidas a otra persona me parecía como estar mencionando a una especie de dios viviente. Me recordé a mí mismo que el detective quería que lo acompañase a un país de altas montañas, pero no al Olimpo.
–No te preocupes por las representaciones de esa obrita, Charlie. Puedo asegurarte que el señor Gillette ha tenido aventuras de sobra para buena parte de su vida. Seguro que decide regresar a Estados Unidos y seguir representando allí su romántico libreto, y continuar completando sus colecciones de trenes de juguetey con sus escarceos con el espiritismo, al
que es tan aficionado. – Torció el gesto, desaprobando los gustos de su imitador-. Y siempre podríamos llegar a un acuerdo para que mi hermano Mycroft apoyara económicamente tu colaboración en esta aventura.
–Es que necesito dinero, señor Holmes -dije, mirándome las botas. Un calcetín raído empezaba a asomar por la puntera-. Para pagar las deudas que me acosan y, sobre todo, el tratamiento de mi madre.
Holmes asintió. En sus ojos grises vi un brillo de compasión que no había visto nunca antes en nadie, y comprendí demasiado tarde que también el debía de haber pasado, de más joven, por el trance de saberse solo, sin padre o sin madre, en un mundo incomprensible que parece más grande e inhóspito sin su presencia.
–Mycroft se encargará de que esté bien atendida en todo momento.
Alcé la cabeza y sonreí.
–Entonces Suiza nos espera, señor Holmes.
–Como mi buen Mycroft ya sabía -dijo Holmes, mostrando los dos billetes del expreso continental-. Vamos. Tenemos que preparar las maletas, adquirir un par de libros para el viaje y planear qué pasos vamos a ir dando cuando lleguemos a Berna. ¡Después de un buen montón de años el famoso explorador noruego Sigerson volverá a caminar por la vieja Europa!
Carraspeé, intentando no parecer demasiado entrometido. Pero una de las cosas que se aprenden en mi oficio es que conviene cambiar de papel de cuando en cuando: nunca es bueno encasillarse en el mismo personaje. Tú te cansas, elpúblico se aburre, al final acabas por volver a pasar hambre.
–Discúlpeme un momento, señor Holmes… pero ¿no cree que a estas alturas todo el mundo sabe ya que Sigerson y Sherlock Holmes son la misma persona? El doctor Watson se ha encargado de contar con todo lujo de detalles su biografía.
Holmes hizo una mueca, entre fastidiada y divertida. A pesar de que le gustaba llamar la atención como al que más, era perfectamente consciente de que un detective privado debe cultivar el anonimato y la discreción por encima de otrascualidades, y Watson se había encargado en sus escritos de proteger la intimidad de aquellos a quienes Holmes había resuelto la papeleta con sus dones… pero no al detective, quien ahora veta torpedeado su trabajo precisamente por la popularidad de los relatos y novelas dedicados a su persona.