Elemental, querido Chaplin
Capítulo 12
pañuelo. Las bolas delpasamanos de las escaleras eran feas bestias que parecían sapos o serpientes hinchadas, y las cortinas, conforme íbamos avanzando, se volvían más gruesas y más oscuras. También las mesas y las sillas eran negras.
El mayordomo, o lo que fuera, nos abrió una puerta.
–El señor Crowley les recibirá ahora -murmuró el hombre con fuerte acento highlander, y desapareció.
Sherlock Holmes entró en la habitación con paso firme. Yo lo imité, temblandó de la cabeza a los pies. Ya había oído decir que al señor AleisterCrowlev le gustaba ser considerado el hombre más perverso de Inglaterra.
12
Al fondo de una habitación enorme, encorvado sobre una mesa cubierta de papeles y de planos, nos esperaba un hombre de unos treinta años, muy pálido, con ojos poderosos y cierto parecido con Osear Wilde. Tenía labios muy finos, cubiertos permanentemente de una película de saliva, y a pesar de sus cabellos ensortijados estaba claro, por las entradas y lo despejado de algunas zonas, que tarde o temprano acabaría por quedarse calvo (cuando volví a encontrármelo, ya en Hollywood, años después, tenía la cabeza convertida en una bola de billar y no se parecía al Señor Luciérnaga, sino al Daddy Warbucks de las tiras cómicas cié Litte Orphan Annie). Las cortinas estaban corridas, aunque en la calle era de día, por lo queprecisaba que sobre la mesa, a su izquierda, hubiera un candelabro encendido y un pebetero cargado de incienso que proyectaban su sombra contra las paredes, hasta mezclarla con las reproducciones de jeroglíficos egipcios y dioses solares que se alineaban por todo el recinto, como un friso imposible que alguien hubiera saqueado de un museo.
Nuestro anfitrión alzó la cabeza cuando la puerta se cerró, y sus ojos relampaguearon con un brillo de reconocimiento que me provocó un escalofrío de miedo. Noté un olorcíllo extraño que no supe identificar, pero que no era causado por el pebetero.
–Alexander Crowley, volvemos a encontrarnos -dijo Holmes, deteniéndose a pocos pasos de la mesa el tiempo suficiente para advertir que a cada lado de la puerta había dos acólitos fornidos, vestidos con túnicas negras y cara de pocos amigos.
–Por favor, llámeme Aleister, señor William Sherlock Scott Holmes -
dijo el interpelado, pronunciando por separado cada una de las palabras; también él cultivaba cierto tonillo teatral, aunque en su caso era algo más afectado y exasperante-. Creo que será lo más adecuado, puesto que es el nombre que he escogido para ofrecerme al
Holmes alzó una ceja al oír mencionar su nombre completo que tan poca gente conocía (fue, naturalmente, la primera y última vez que yo lo oía), pero por lo demás su expresión continuó siendo altanera e invulnerable.
–¿Y «hermano Perdurabo» es acaso otra nomenclatura para momentos más íntimos? – contraatacó, enarcando una ceja con un gesto que pareció de pronto adecuado al lugar, puramente mefistofélico. Holmes no era rubio como mi amigo Spade, a quien conocería ya en Los Angeles a principios de los años treinta, pero también sabía adoptar una expresión de auténtico diablo.
Crowley sonrió con una mueca picara, complacido de que Holmes estuviera al tanto de sus andanzas y correrías después de que ambos hubieran tenido, según me contó el detective luego, un breve encuentro en el pasado. He conocido a másde un predicador de esos que buscan fortuna y fama y van de comunidad en comunidad vendiendo biblias y seduciendo a incautas, en todos los sentidos, más allá de lo puramente económico o religioso, y puedo asegurar que Crowley tenía ese mismo deje amanerado y concupiscente. Más importante que su mensaje era su petsona. Llamar la atención era una tentación superior a la que no podíaresistirse. SÍ no le hubiera dado por el misticismo, Crowley habría sido un magnífico maestro de ceremonias en cualquier cabaret de Berlín.
–«Yo perduraré», ése es en efecto mi otro nombre. Supongo que cualquierade nosotros tres -dijo, mirándome de forma significan va aunque no me conocía de nada, un detalle que luego no he querido atribuir a que estuviese haciendo entonces una predicción sobre mi futuro-, podría aplicárselo de igual manera. Usted dirá, señor Holmes, qué le trae a mí morada. Iluminación, sin duda.
–Iluminación, en efecto, pero no de la que usted preconiza. Si mis datos no son desacertados, y no me cabe duda de que no lo son, hace poco que ha sido usted expulsado de la Orden Hermética del Amanecer Dorado.
Crowley asintió, quizá asombrado de que Holmes tuviera información privilegiada sobre asuntos que eran considerados del mayor secreto dentro de su hermético círculo.
–Digamos que hubo cierta disensión de pareceres entre distintos puntos de vista. ¿Sabía, señor Holmes, que usted y yo tenemos muchos elementos en común? Juega al ajedrez como un maestro, obviamente.
–Hace un par de años que me dedico a las cartas. Soy experto en solitarios repuso Holmes, con tono frío. No sé si se temió que el hermano Perdurabo le propusiera iniciar allí mismo una partida de ajedrez en la que, naturalmente, él llevaría las piezas negras-. Pero hago trampas.
–Yo acabo de regresar de un viaje por México, Francia, la India y Ceilán. Me pilla preparando una expedición al Himalaya. Ha estado usted allí, ¿verdad?
–He estado, en efecto -respondió Holmes, sin abundar en más detalles-.
Si me acepta un consejo, abríguese bien. Hace frío. ¿Es ajo ese olor que detecto más allá del incienso?
Crowley sonrió otra vez, una mueca babosa de santón enloquecido.
Hizo un gesto afeminado hacia las ventanas cerradas. Cuando seguí su gesto vi que no estábamos de pie sobre una alfombra: las lineas negras que pisábamos Holmes y yo, y en cuyo centro estaba la mesa de Crowley, pertenecían a un pentáculo. Hubieta dado cualquier cosa por encaramarme a una mesa y evitar pisar aquellas marcas, pero no había más silla en la habitación que la que Crowley utilizaba. Por fortuna, el pentáculo no tenía rematadas sus puntas con cabezas de gallos niintestinos de animales sacrificados. Al menos en ese momento.
–Ajo, sí -susurró Crowley con una mueca de pavor que desmontó por un instante su fachada indolente-. Tengo que protegerme del vampiro -
continuó, la voz muy baja, confidencial-. Un súcubo, en realidad. Una
¡oven de belleza embelesadora, enviada contra mí por ese traidor de Samuel Mathers en venganza por haber amenazado con destronarlo del Amanecer Dorado. Pude derrotarla tras una agítadora batalla física y psíquica, entonces se transformó ante mis ojos en una bruja encogida y decrépita.
Holmes no dijo nada. Encendió un cigarrillo sin pedir por cortesía permiso para fumar. Agradecí el olor del tabaco que vino a enmascarar la sofocante mezcla de incienso y ajo. Holmes no daba crédito a las patrañas,
aunque estaba claro queCrowley había basado toda su vida (y su lucro) en ellas. Y su camino estaba apenas iniciándose.
–No me cree usted -dijo Crowley con un puchero, casi decepcionado.
Holmes contuvo un suspiro.
–Me temo que el nivel de mis experiencias personales no está a la altura de las suyas, señor Crowley.
–Pero no descarta usted lo inenarrable, ¿no es cierto? – babeó el hermano Perdurabo, ansioso-, A pesar de que su biógrafo oficial prima la lógica científica a la aparición de lo inexplicado en nuestras vidas. ¿Cómo es esa frasecilla suya…?
–¿«Elemental, querido Watson»? Le advierto que no es mía. – Holmes exhaló una cortina de humo ante sus ojos.
–No. Aquello de «una vez descartado…».
–Ah, eso. Señor Crowley, como dije no hace muchas horas, si algo sucedeuna vez puede ser casualidad. Magia, si usted quiere. SÍ sucede dos veces, ya es ciencia. O debería serlo.
–Veo que los hermanos Holmes siguen viviendo en un mundo de horarios milimétricos y medidas exactas, impenitentes suscriptores eternos de la guía Bradshaw -suspiró Crowley, evidentemente decepcionado-.
¡Cuánta estrechez de miras para tratarse de unos intelectos tan soberbios!
Entonces le tocó a Holmes el turno de sorprenderse. Pero contuvo el ánimo y mostró la misma frialdad controlada de la que hacía gala siempre, más ahora que se hallaba en la guarida de un individuo que podía ser tan peligroso como una mangosta.
–¿Conoce usted a mi hermano Mycroft?
–No personalmente. Cuando trabajé en el servicio diplomático lo vi de lejos un par de veces. Una mente poderosa, aunque no tanto como la suya.
–En eso, nuevamente, discrepamos. Aunque estos últimos días parece que hay alguien que también piensa lo contrario.
–¿Para eso han venido ustedes a verme? No recuerdo haberme encontradoantes con este guapo muchacho -dijo, apreciándome con la mirada de esa manera incómoda que ya había sencido en mis carnes al tener que enfrentarme a pruebas de reparto ante gente que estaba más interesada en mi juventud que en mis dotes de comediante-. Ni con usted, ya puestos -
añadió, volviéndose hacia Holmes, a quien calibró de otra manera-. Pero estaba claro que tarde o temprano nuestros caminos tendrían que cruzarse.
En Cambridge, donde estudié, se habla muy bien de usted. Supongo que hoy en día se hablará fatal de mí, naturalmente, y eso que dejé una huella indeleble de mi paso.
–Si no estoy equivocado, señor Crowley -dijo Holmes, reconduciendo la conversación, pues ni quería hablar de su etapa de estudiante ni estaba dispuesto a que Crowley se desviara una vez más de lo que habíamos ido a hacer allí {fuera lo que fuese) divagando sobre sí mismo-, su búsqueda de iluminación en Egipto le hizo entrar en contacto con el legado de Horus.
El hechicero, pues no otra cosa era aquel hombre extraño, echó atrás la cabeza y puso los ojos en blanco, como relamiéndose con el recuerdo de unaexperiencia imposible. Sí, no cabía duda, el hermano Perdurabo tenía un ego más grande que todos los productores y directores cinematográficos que yo haya podido conocer luego. Exceptuando, claro, al Erich von Stroheim de sus buenos tiempos.
–En El Cairo, sí -contestó por fin, saboreada de nuevo la experiencia en el recuerdo-, mientras intentaba contactar con mi santo ángel de la guarda.
Conocerá usted, sin duda, El Libro de la Magia Sagrada de Abramelín el Mago.
–Créame, estoy más familiarizado con La dinámica de un asteroide.
–Ah, ese librito -dijo Crowley, y su mirada se perdió en el montón de legajos y papeles que cubrían con controlado desorden las estanterías del cuarto-. Debo de tenerlo por alguna parte. Interesante estudio. Muy avanzado. Sí, señor Holmes, contacté con el legado de Horus. Con Horus mismo, en realidad, ¿sabe? Bajó el cono de voz, nuevamente como si confesara un secreto, los ojos muy abierros e inyectados en sangre-. Los viejos dioses no han muerto.
–Eso me han dicho -replicó Holmes, sin hacerle et menor caso, detalle que sin duda ponía al otro hombre de tos nervios. El detective estaba saboreando la situación, descolocando al creyente con su flema y su cientifismo-. Lo malo es que tal vez se han vuelto sordos. ¿Alguien más ha tenido acceso a esa revelación suya, fuera cual fuese?
–¿Aparte de mí esposa Rose, quiere usted decir?
–¿Algún acólito? – insistió Holmes.
–Yo no tengo acólitos, señor Holmes -se ufanó Crowley, la barbilla al techo; sí, algo de él tuvo que aparecer en mi Benzino Napaloni, el dictador de Bacteria que con tanto ingenio interpretara el orondo Jack Oakie-,
Todavía no. Yo tengo servidores. Me expulsaron del Amanecer Dorado y desde entonces soy un vagabundo. Algún día tendré mi propia orden, eso por descontado. Hasta estoy barajando nombres sonoros, fíjese.
Como un chiquillo que esboza bocetos de su firma para afirmar su presente y su futuro, alzó un papel donde había tachadas media docena de nomenclaturas. Una de ellas, subrayada en rojo sangre, decía Argenteum Astrum. Muchos años después supe que sería la Orden de la Estrella de Plata, una idea que ya rondaba por la cabeza de aquel iluminado. Su influencia en Hollywood causaría estragos entre muchos de mis amigos futuros, a los que llevaría a la bancarrota y la destrucción. A pesar de que pudiera parecer un tipo ridículo, Aleister Crowley. por elcontrario, era un hombre que daba miedo.
–Entonces este alfiler identificador no le pertenece, ¿verdad, señor Crowley!
El farsante se puso pálido. Gotas de sudor le corrieron por la frente, y la pintura negra que cubría sus párpados se corrió con efecto algo cómico. El ojo de Horus destelló un instante en la palma de la mano de Sherlock Holmes, como una cruz o una santa forma que repelieran el aliento envenenado de un vampiro.
–El símbolo de la Hermandad de los Herederos de Horus -escupió Crowley aregañadientes.
–¿Una facción rival?
Crowley se encogió de hombros.
–No fui el único expulsado del Amanecer Dorado. La mano de Wiliiam Butler Yeats es tan larga y retorcida como la de mi enemiga rnadame Blavatsky. Londres, además, está hoy día lleno de órdenes secretas: masones, rosacruces, dacoits, si-fan, numerólogos, investigadores de la Cabala… Todos han venido a celebrar los nuevos tiempos en la tierra donde yacen los huesos del primer druida.
–Pero usted sabía perfectamente que estos Herederos de Horus me estaban persiguiendo.
Crowley sonrió de nuevo como el niño pequeño que en el fondo era, aficionado a los espantos y deseoso de llamar siempre la atención de niñeras y madres, no importa que tuviera para ello que quedarse afónico de tanto llorar o mojarse el pantalón, mientras al final consiguiera su propósito.
–Aiwass me lo dijo -reveló, como si con aquella palabra sin sentido descubriera el detalle perdido que explicara, no sé, la caída de Nínive o la cuadratura del círculo.
Holmes alzó una ceja, entre escéptico y divertido.
–¿Aiwass?
–La entidad que me dicta el Libro de la Ley, por quien anunciaré el Equinoccio de los Dioses y la alianza con los Jefes Secretos -declamó Crowley, como un rabino que recita la Tora o el sacerdote que consagra un cáliz-. ¡Yo soy el Profeta del Nuevo Eón, donde terminará la Era de Osiris y comenzará la Era de Horus!
Holmes atendió a esta retahila como si le hubiera recitado la alineación de los caballos del Grand National, dándole el soplo para una apuesta en la que no ibaa invertir ni un chelín.
–Pero no tiene usted nada que ver con ellos -acusó.
–¿Con esos absurdos descerebrados? ¿Con esos farsantes cientifis-tas?
¿Con esos aprendices de payaso? ¡No! – exclamó el mago, alzando la voz con un gallo ridículo-, ¡Nunca! ¡El legado de Horus está en mis escritos, no en los suyos! ¡Soy yo quien preconiza la ley de «Haz lo que quieras»! ¡El amor es la ley, el amor bajo la voluntad! ¡Todo hombre y toda mujer son una estrella! ¡El conocimiento deuno mismo es la base de toda filosofía!
–Cuando supo usted que esos Herederos de Horus querían mis…
servicios, ¿envió a sus servidores a vigilarme? – continuó Holmes, ajeno a los arrebatos dramáticos (y algo patéticos) de Crowley-. ¿Por qué no avisarme directamente? ¿Por qué no alertar mejor a Gillette, o a Scotland Yard?
–¿Y quién me habría creído, señor Holmes? ¿A mí, al hombre perverso que juega a la magia? Además, es tan divertido verlos equivocarse una vez más, no sólo en sus interpretaciones de la Revelación sino en un simple caso de identidadesconfundidas.
–Sabe usted también que quieren el esqueleto del Hombre Elefante.
Crowley se encogió de hombros.
–El dios elefante es el símbolo de otra época pasada. Con su muerte, e!
destino cambiará. Estaba escrito. Horus se acerca.
–Escuche, señor Crowley-dijo Holmes, con un tono helado que anunciaba que ya estaba mas que harto de soportar sandeces-, hay un hombre que correpeligro de muerte, y seguro que no habrá tenido tiempo de
prepararse ni se reencarnará en pato o en gallina clueca. Usted y los suyos saben dónde está. Si impidieron que robaran los restos del Hombre Elefante dando la alarma en el Royal Lon-don Hospital, es porque sabían dónde y cuándo actuarían esos seguidores de Horus, y sin duda de qué escondite salieron para hacerlo.
Crowley jugueteó con un abrecartas. El olor a ajo y sudor se hizo insoportable. Me metí la mano en el bolsillo y encontré allí algo duro que noesperaba. Lo palpé sin disimulo, mientras Holmes y Crowley seguían haciendo esgrima verbal, intentando arrancar una confesión uno, divirtiéndose dando rodeos y halagándose el ego el otro.
Una mano gigantesca se posó sobre mis hombros y me alzó a dos palmos del suelo. Solté un alarido de pavor. Uno de los acólitos que custodiaban la habitación, sin previo aviso, había decidido participar en la conversación tomándome a mí como interlocutor.
Pataleé en el aire, como una marioneta de Puck en cualquier feria de arrabal. El rostro del acólito (porque eso era, dijera lo que dijese el señor Crowley) se plantó a pocos centímetros de mi rostro. También olía a ajo. Y
a curry. Y a cebolla y cerveza agria. Y a almidón y a pescado cocido y a patatas hervidas y a… Bueno, no sé a qué más. La amplia manga de la túnica le dejó los antebrazos al descubierto, y por eso vi que estaban marcados con cortes que no entendí entonces, pero cuyo significado descubrí, para mi horror, mucho después: cada vez que uno de ellos pronunciaba la palabra «yo» tenía que castigarse con un corte, pues esa palabra y su significado eran propiedad exclusiva de Aleister Crowley.
El otro acólito avanzó hacia Holmes, con las manos por delante, pero el detective no se dejó impresionar y reaccionó con la velocidad de una cobra.
Dio dos zancadas hacia la mesa de Crowley y con un gesto elegantísimo desenvainó el estoque que escondía dentro del bastón. La punta de piara se posó, sin temblar, bajo la barbilla del mago.
–Esto va a acabar convirtiéndose en una fea costumbre entre mi noble profesión, señor Crowley -masculló Holmes, el pulso firme. Sólo tenía que extender la mano para atravesar la garganta del otro hombre y dejado clavado a la silla como si fuera el Rey Huevo al que acabaría por parecerse-. Los tiempos cambian. Dígales a sus sirvientes que suelten al joven Charlíe, por favor. Y continuemos la conversación donde la dejamos.