Elemental, querido Chaplin
Capítulo 15
–Me fingí inconsciente un par de veces, cuando no pude contestar a sus preguntas ni siquiera bajo los efectos de la droga -continuó contando Gillette, entre bocado y bocado-. Estoy seguro de que en ningún momento revelé quién soy en realidad, o en todo caso no me creyeron, porque nunca dejaron de dirigirse a mí como «señor Holmes», ¿sabe usted, querido amigo? Pero hubo un par de comentarios que me llamaron la atención: hablaban de "el manuscrito original» y se referían a mí, es decir, a usted, como «el hombre más inteligente
Holmes esbozó una mueca sardónica, como si el epíteto le resbalara o estuviera muy por encima de este tipo de alabanzas.
–¿Recuerda coherentemente alguna de esas preguntas que le hicieron?
Gillette negó con la cabeza, desvalido. Advertí que de vez en cuando sus manos temblaban.
–¿Qué pretendían, señor Holmes? – suspiró por fin-. ¿Qué quieren de usted?
–No lo sabemos todavía, William. Está claro que pensaban marcharse a toda prisa del asilo de lunáticos abandonado. Y no dejar huellas de su paso para impedir que Scotland Yard rastreara su paradero. El hecho de que hicieran detonar lascargas tras nuestra intervención sólo puede considerarse una medida de emergencia, adelantada unas horas a lo que tenían previsto de antemano.
Holmes se volvió hacia la puerta. Justo en ese momento, el inspector Harold Wiíberforce y un ayudante entraban en el restaurante y caminaban con paso resuelto hacia nuestra mesa.
–Me temo, amigos míos -dijo Holmes, encendiendo un cigarrillo-, que todavía nos esperan más malas noticias.
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Y malas noticias trajeron. O sorprendentes, cuando menos. El joven inspector de Scocland Yard se sentó a nuestra mesa, entre complacido y molesto alcomprobar que Holmes había sido capaz de liberar a Gillette de sus captores sin precisar de la ayuda de su cuerpo especial de policía. Tenía el pelo húmedo de sudor, y gruesas marcas de hollín en las sienes y en la ropa.
–¡Inenarrable, caballeros! ¡Una batalla sencillamente inenarrable!
Holmes alzó una ceja, escéptico.
–Vamos, vamos, Wílberforce, menosprecia usted las capacidades narrativas de nuestro idioma -reprendió, como un maestro de canto a un alumno que ha cometido un desliz imperdonable-. Su estimable progenitor o mi querido biógrafo habrían sabido hallar la expresión adecuada para causar hondas emociones en sus lectores. Y no dudo de que usted hará lo mismo con nosotros, pues de casta le viene al galgo y a fin de cuentas ha estado presente en tan simpar acontecimiento. Circunstancia de la que no pudo alardear lord Tennyson y ya ve cómo nos sigue haciendo cabalgar hacía la gloria con sus heroicos seiscientos.
Hizo una pausa y sorbió de una copa de vino blanco con el que apenas se humedeció los labios. Se volvió hacia el jovencísimo ayudante de Wilberforce, quese había mamenido hasta ese momento en segundo plano, el rostro oculto a la luz y medio cubierto por el ala de un sombrero.
–Wiggins -dijo-, al fin tienes un caso de altura, como siempre quisiste.
El interpelado se encogió de hombros. Me volví a observarlo, tan asombrado que casi no contesté a SIL saludo. Era Wiggins, sí, el jefe oficioso de los Irregulares de Baker Street, a quien no veía desde hacía casi diez años, desde aquella noche que fue mi última aventura con el grupo y con el señor Holmes. Había cambiado mucho, no como el espejismo de Lucy la muerta que me había parecido ver en Carfax hacía unas horas: era casi tan alto como Holmes, pero más fornido, con el pelo pelirrojo y patillas a juego que revelaban la sangre escocesa que corría por sus venas. Con disimulo escruté la mitad de su cara que siempre parecía dirigir hacia las sombras, la mejilla que los dedos ardientes del mandarín habían marcado a fuego. La cicatriz le seguía corriendo desde el párpado a la mandíbula, pero ya no era un tizón rojo que chispeaba, sino una huella blanquecina en su tez sonrosada. Estaba desfigurado, sí, pero no de una manera llamativa, o al menos no peor que lade muchos otros hombres que sufren heridas similares en accidentes de trabajo o en la guerra. De cualquier forma, el doble rastro de carne marcada le daba a su rostro en conjunto una extraña cualidad, como si Riera dos personas en una, mitad y mitad, un policía joven e interesado por una parte, un hombre más maduro que sus años por el otro, amargado por aquel estropicio a deshora en su cara. La marca del número dos, aunque por fuera yo no le diera importancia, sí que había calado en mi antiguo colega hasta dentro.
–Hace tiempo que no sé de ti, Charlie -dijo Wiggins, estrechándome la mano¿Ya no te escapas de los hospicios como antes?
Respondí con una sonrisa cohibida, encogiéndome de hombros. Me chocó que yo no hubiera sabido nada de Wiggins en todo este tiempo pero él sí estuviera al tanto de mis entradas y salidas de las casas de acogida.
Pero claro, yo no era policía, ni habría querido serlo.
–Eso se le daba mejor a mi hermano Syd que a mí -contesté-. Tenía las piernas más largas y corría más rápido. A mí siempre me atrapaban. Y
además, aunque la comida fuera una bazofia, por lo menos estaba caliente, conque al final aguanté y esperé a tener edad para buscarme la vida por mi cuenta. Veo que a ti no te han ido mal las cosas.
–No me puedo quejar-contestó mi amigo, señalándose la placa. Qué extraño era tener a un polizonte hablandó contigo como si tal cosa, sin pedirte ninguna documentación ni hacer alardes de fuerza con la porra-. El señor Watson me curó, el señor Holmes se encargó de ayudarme más tarde; cuando tuve la edad solicité elingreso en el cuerpo… y aquí estoy, ayudante de inspector en Scotland Yard. Me examinaré para sargento dentro de seis meses.
–Y de aquí a un par de años, me quitará el puesto.-apunto Harold Wílberforce-. Es tenaz, aunque me temo que ve conspiradores y bandas de asesinos por todas partes.
–Los hay, señor -cortó Wiggins, volviendo hacia su joven superior la mitad de su rostro que le daba un aire despectivo-. Hoy mismo hemos sido testigos de quelos-hay.
–Confío, en cualquier caso, en que el incendio del Museo Británico ya baya sido sofocado -tetció Holmes, apagando al mismo tiempo, con énfasis, el cigarrillo que había estado fumando, aunque apenas había dado dos caladas.
Wilberforce se lo quedó mirando con los ojos como platos. Holmes sonrió, retándolo una vez más a que averiguara la razón por la cual había llegado a aquella deducción irrebatible. Con disimulo, olisqueé al inspector de policía y su ayudante y comprobé que, en efecto, si yo olía a polvo, ellos apestaban a humo.
–El incendio está controlado, sí -titubeó Wilberforce, sirviéndose una copa de agua que apuró de un trago; debía de tener la garganta reseca, y de vez en cuando tosía-. Sin embargo, me temo que…
–Cuéntenos por orden cómo se han desarrollado los acontecimientos, se lo ruego.
Wilberforce carraspeó. Vaciló un instante antes de lanzarse de lleno a su relato, como si en efecto dudara de sus capacidades narrativas o no quisiera reconocer lo que en él era un don innato y no una habilidad adquirida. Miró a Wiggins, como para que éste le diera el visto bueno, cosa que hizo con un levísimo gesto de cabeza, invertidos por un instante los papeles de inspector y ayudante.Wilberforce era consciente de que Wiggins tenía una relación previa con Holmes a la que él no podía aspirar a llegar en su vida, y eso lo retraía un poco. Ironías del destino, cuatro de las cinco personas reunidas en torno a aquella mesa habíamos cruzado nuestras vidas con su padre, el poeta perdido, el hombre de quien él no quería hablar, pues se avergonzaba claramente de ser hijo suyo. Más o menos, pensé, como me pasaba a mí con mi propio padre.
–Seguimos la estrategia que habíamos planificado -empezó a contar-.
Sacamos el esqueleto y los restos del Hombre Elefante del Royal London Hospital ylo trasladamos a uno de los sótanos del Museo Británico, a la espera de que ese profesor Challenger, amigo suyo, fuera a examinarlo, como usted pidió, señor Holmes. Todo sin llamar mucho la atención, aunque es evidente que desde algún lugar cómplices eventuales o sicarios habituales nos estarían vigilando. Luego, apostamos a la flor y nata de Scotland Yard en todas las entradas y salidas del Museo, en el tejado, en las calles adyacentes. Y prohibimos la circulación en toda la manzana, para asegurarnos de que ningún carruaje pudiera llegar hasta allí.
–De ese modo, dificultábamos aún más que alguien pudiera sacar los restos del Hombre Elefante -intercaló Wiggins, sentado a mi lado, ofreciéndome la parte amable y más humana de su rostro-. No pesan poco, precisamente.
–Cinco hombres y yo mismo nos encerramos en el sótano con el catafalco de esc pobre infortunado de Joseph Merrick. – Wilberforce retomó la narración-. Les aseguro, caballeros, que entrar allí y llevarse ese dudoso tesoro debía de ser más difícil que asediar jartum. Nosotros mismos habíamos tardado más de dos horas entrasladar los restos a ese sótano… era imposible que nadie pudiera llegar a su emplazamiento y robarlo.
»¡Qué equivocados estábamos! ¡Qué inteligentes y atrevidos son los enemigos a los que nos enfrentamos! Supongo que después de la
información recibida esperábamos, no sé, a un puñado de fanáticos vestidos con capuchas oscuras y símbolos mágicos en el pecho, sicarios enloquecidos dispuestos a robar un talismán inapreciable, y que avanzarían hacia nosotros como los sijs en la India, dispuestos a todo, incluso a la muerte, con tal de lograr su objetivo.
–No fue así -continuó Wiggins, porque Wilberforce, heredero de escritor, parecía haberse quedado nuevamente sin palabras-. A pesar de la vigilancia y los sistemas de control, lograron de algún modo burlar nuestra guardia. No eran unos fanáticos enloquecidos, señor Holmes, señor Gillette, Charlie, sino un comando perfectamente estructurado, coordinado al máximo en su acción. Por eso mantengoque se trata de una banda de asesinos organizados. SÍ no son soldados de élite de una potencia extranjera, sin duda han recibido entrenamiento militar.
Holmes reconoció con un leve tirón en los músculos de la mejilla aquella información, como si la hubiera estado esperando. Instó a los dos policías a continuar. Fue Wiiberforce quien retomó la palabra.
–Debieron entrar en el museo a lo largo de la tarde, mientras las puertas estaban aún abiertas, y en los muchos recovecos de ese palacio de la historia se ocultaron hasta que cayó la noche y les llegó la hora de actuar.
Usaron en todo momento uniformes de campaña. Apuesto a que una investigación más exhaustiva de los hechos nos descubrirá uniformes de Scotland Yard en algún almacén o tras alguna vitrina, los que emplearon para infiltrarse entre nosotros. En la cabeza, según comprobamos después, llevaban balaclava.
–¿Lo ven? – interrumpió Holmes, feliz-. ¡Sabía que tarde o temprano tendríaque salir la alusión a lord Tennyson! Pero lo he interrumpido, inspector Wilberforce. Sea tan amable de continuar, se lo ruego.
–Poco hay que contar, señor Holmes. A la hora establecida el comando actuó contra mis hombres. Salieron de la oscuridad, como si la sombra adquiriera brazos y piernas. Por fortuna, Freddie Wiggins los vio moverse entre las piezas expuestas e hizo sonar el silbato antes de dispararles y dar la alarma.
–No crea que sirvió de mucho -confesó Wiggins, algo azorado ante elreconocimiento inmediato de su jefe-. Eran unos ocho o nueve hombres, quizá más. Se movieron entre los pasillos del museo con precisión de máquinas, aprovechándose de nuestro temor a destrozar reliquias de valor
incalculable. En seguida se hicieron con la primera planta y bajaron al sótano.
–Pero allí, un grupo de hombres escogidos y yo mismo los estábamos esperando -dijo Wilberforce, con los ojos brillantes-. Fue un tiroteo desagradable, si se me permite la expresión y existe alguno que no lo sea.
Disparos a ciegas entre columnas y armarios, fogonazos ensordecedores y ayes de dolor en nuestro bandoy en el suyo. Sé que abatí al menos a dos de ellos. Mis hombres hicieron otro canto. Y en todo momento, aquella sensación de irrealidad que nos rodeaba, estar usando armas modernas en un templo de piezas antiguas que sólo habían oído durante cientos de años el viento del desierto y el entrechocar de espadas de acero.
–Había algo que me resultó sorprendente, señor Holmes -aclaro Wiggins-. La operación de nuestros enemigos había sido medida al detalle.
Habían sido capaces de preparar el asalto a la perfección, burlando la férrea seguridad de lapolicía. Pero nosotros habíamos elegido colocar el catafalco del Hombre Elefante precisamente en una sala casi inaccesible. Aunque nos derrotaran y asesinaran a los hombres que protegíamos los restos, les iba a resultar imposible volver a escapar por donde habían venido. Los disparos habían alertado a las otras fuerzas que habíamos desplegado por la plaza.
Era sólo cuestión de tiempo, y de vidas, que los acorraláramos.
–Pero ese fue todo el tiempo nuestro error, señor Holmes -continuó Wilberforce-. En ningún momento pretendían robaré, cadáver del Hombre Elefante. Su intención era, sencillamente, destruirlo.
Wilberforce hizo una pausa, con la garganta seca, y se sirvió un nuevo vaso de agua. Holmes entrecerró los ojos.
–Una especie de… granada incendiaria estalló sobre el ataúd -continuó Wilberforce-. Y de pronto otra más. Y todos nos vimos envueltos en llamas.
Lo que sucedió a continuación fue… dantesco. El sótano en el que nos encontrábamos sucumbió al poder del ruego. Algunos de mis hombres, mientras intentaban sofocarel incendio, fueron alcanzados por los disparos de aquellos malhechores… o por nuevas granadas incendiarias. El tiroteo se recrudeció. Y de pronto se hizo el silencio.
»Los asaltantes, cuando comprobaron que el daño causado era ya irreversible, retrocedieron por donde habían venido. Sus disparos y los nuestros se confundieron con los disparos de las fuerzas policiales que acudían al rescate. Pero ya era demasiado tarde para nuestros propósitos,
señor Holmes. Ellos,sencillamente, habían vencido. Algunos cayeron acribillados por nuestras balas cruzadas, otros se entregaron, y los menos consiguieron huir.
–Pero habían cumplido su objetivo -se lamentó Wiggins-. Habían destruido los restos del Hombre Elefante. No querían robarlo. Ése nunca fue su deseo. Por motivos que desconocemos y que posiblemente no comprenderemos jamás, lo que ha querido todo el tiempo ese ejército extranjero, esa secta o esa orden demoníaca es eliminar a un hombre muerto.
Holmes reflexionó un segundo, frunciendo los labios. Estaba muy pálido y por un momento me pareció agotado.
–Naturalmente, amigos míos, es baladí interrogar a esos prisioneros -
dijo-. En el hipotético caso de que hablaran nuestro idioma, cosa que dudo, no estarán alcorriente de los motivos que tanto les atormentan. Se trata de mercenarios contratados para tal fin, no de auténticos acólitos. Por mucho que los interrogue, señor Wilberforce, no conseguirá arrancarles más que los datos de unas cuentas bancarias inaccesibles y la descripción contradictoria de agentes de los Herederos de Horus camuflados en cualquier lugar de Europa.
La gruesa figura de Mycroft Holmes apareció entonces en la puerta que daba al salón comedor contiguo. Con su enorme cachaza, se acercó hasta donde estábamos y se sentó pesadamente frente a su hermano. Colocó una mano sobre el hombro del abatido Wilberforce, como para ofrecerle consuelo.
–Señor Gillette -dijo, saludando al actor, que como yo parecía pillado en un enigma que escapaba a su entendimiento-. Compruebo que goza de buena salud, como esperábamos.
Se volvió hacia su hermano.
–En Car fax, claro.
–En un pasadizo entre la abadía y el manicomio -reconoció Holmes-.
Esperoque los bomberos hayan acudido allí también.
–Lo han hecho. Aunque la situación en el Museo Británico llegó a ponerse fea durante unos minutos, como Wilberforce y tu antiguo protegido muy bien podrán testificar. A la lamentable pérdida de vidas humanas hemos estado a punto de sumar la de legados históricos sin precio.
–Incluidos los restos del Hombre Elefante -dijo Wilberforce, abatido-.
Aunque sólo Dios sabe por qué querrían destruirlos.
Mycrort Holmes cruzó una mirada con su hermano.
–Sí, quizá Dios tenga algo que ver con todo esto. Antes Él, sin duda, que el diablo.
–¿Sin novedad en el London Hospital? – preguntó el detective.
–Sin novedad -confirmó Mycroft-. La argucia funcionó a la perfección, Sherlock, como ya sabíamos. El ejército sigue custodiando la vitrina, Y ese orangutan de nuestro primo, Challenger está entusiasmado estudiando los restos.
Wilberforce, Wiggins, Gillette y yo mismo miramos a los dos.hermanos Holmess-Ninguno de los cuatro entendió al principio de qué estaban hablando.
–El desdichado Joseph Merrick sigue bien, sí podemos aplicar esa expresión a su triste caso -dijo Mycroft, el jefe de espías-. Custodiado por un regimiento de élite de su majestad; inaccesible mientras ese excéntrico antropólogo lo pesa y lo mide. Me temo que lo que estos comandos han destruido en el Museo Británico es una momia sin valor, los restos de un campesino del siglo pasado que encontramos en Candem.
–Pero mañana, naturalmente, los principales periódicos se harán eco de cómo un incendio casual ha destruido los restos del Hombre Elefante -
corroboró Holmes-. Esa pequeña intoxicación informativa hará que nuestros amigos se pongan en marcha y podamos seguirlos hasta su madriguera.
Mycroft Holmes depositó sobre la mesa, frente a su hermano, dos billetes de tren y dos de barco.
–Suiza, por supuesto -dijo.
Holmes sacó la navaja del agresor de Hugo. La abrió con un chasquido y la mostró. En la empuñadura pudimos ver una cruz helvética inconfundible.
–En Suiza, sí, donde todo comenzó-murmuró Sherlock Holmes, mientras recogía los billetes.
Yo me estremecí de la cabeza a los píes. Suiza era el lugar donde Sherlock Holmes había encontrado una vez la muerte.
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