Elemental, querido Chaplin

Rafael Marin · Capítulo 28 de 31

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Elemental, querido Chaplin

Capítulo 26

-¡Holmes! ¿Holmes? – gritaba el caballero del bigote, oteando las aguas. Me pareció vagamente conocido, pero en la semioscuridad no llegué a identificarlo.

-¡Aquí! – gritó desde el otro lado del barquito la voz familiar del detective.

Chorreando y con aspecto agotado, Sherlock Holmes subió al balandro. Lo primero que hizo fue comprobar que yo me encontraba bien, y después se volvió hacia el hombre del bigote y le estrechó vigorosamente la mano.

-¡Mi buen Watson! – exclamó-. ¡Sabía que podía contar con usted para salirde este trance!

Entonces vi que, en efecto, el caballero del bigote era el biógrafo oficial del detective, mi antipático predecesor, a quien ahora debía la vida. Pero el hombre que lo acompañaba… ¿Cómo iba a haber dos Sherlock Holmes? Yo mismo me di un golpe en la frente, por tonto.

-¡Señor Gillette! – dijo Holmes, estrechando la mano a su doble seco-. Espero que le haya gustado este viaje a Suiza. Me alegro de verlo… ¡aunque noapruebe su decisión a la hora de elegir su indumentaria!

Gillette se palpó el abrigo Inverness y la gorra de cazador de patos que usaba en el teatro y que habían convertido a Holmes en un icono falso: puedo asegurar que mi amigo no iba a todas horas vestido como si fuese a salir al campo de excursión.

-¿No quería usted que todo el mundo pensara que Sherlock Holmes estaba en Suiza nuevamente? – dijo el actor, sin sacarse la pipa de la boca, modulando perfectamente las palabras a pesar del obstáculo que suponía sujetarla entre losdientes-. No se me ocurrió mejor manera que recurrir a esta ropa. Es cómoda para viajar a campo través. Y desde luego hemos viajado lo nuestro, intentando hacernos ver por todas partes.

-Sherlock Holmes y el doctor Watson -dije yo, admirado-. Ésos eran los dos hombres a los que vio el caballero de la estación de Berna. Sólo que no era el Sherlock Holmes auténtico sino usted, señor Gillette. Les ha pagado usted con su propia moneda, señor Holmes…, ¡dos veces! ¡Y

eso que ese lord Ruthven negabaque se hubiesen confundido en primer lugar!

Los tres se volvieron hacia mí.

-Una maniobra de diversión, Charlie -dijo Holmes, el verdadero-.

Sabía que los Herederos de Horus serían conscientes de que me lanzaría a su persecución de inmediato. La mejor forma de evitar que nos pisaran los talones como Sherrinford Locksley y Or-mond Sacker era que las figuras de Sheriock Holmes y John Watson los despistaran de nuestros verdaderos propósitos y los atrajeran hacia otra parte.

-¡Una estratagema que funcionó a la perfección! – exclamó, meciéndose sobre sus talones, enormemente satisfecho de sí mismo, el doctor Watson. Parecía que hubiera salvado el Imperio y la corona él sólito, cuando en el fondo no me había salvado más que a mí (estoy seguro de que Holmes habría sido capaz de nadar hasta la orilla sin más problemas; dicen que lo mismo hizo hacía cien años lord Byron).

-Al menos sirvió para que pudiera cambiar de identidad con el señor Einstein sin tenerlos encima -contestó el maestro de detectives, melancólico-. Luego todo fuecuestión de esperar a que vinieran a secuestrarlo.

-¿El señor Einstein? – pregunté, recordándolo. Siempre había pensado que era el caballero con bigote que acompañaba al falso detective en el tren, pero a la luz de estos acontecimientos, quedaba claro que aquellos dos banqueros se referían a Watson-. ¿Dónde está ahora?

-Camino de Zurich, convenientemente camuflado también. Me alegra ver que conseguiste darle esquinazo a tu enamorada, Charlíe.

Bajé la cabeza, avergonzado.

-¿Sabía usted que Vioiet pertenecía a los Herederos de Horus?

-Lo deduje en cuanto la vi en el vestíbulo de nuestro hotel cuando salí a enviar mis telegramas. Sin duda, la misma mujer que abordó al señor Gillette en su carruaje, en Londres. Era demasiada casualidad que hubiera seguido nuestro mismo camino y se alojara justamente en nuestro albergue. Creo recordar que te dijo que iba a Florencia, ¿no?

Berna queda un poco lejos. ¿Recibiste mi mensaje?

-¿Mensaje, señor? ¿Qué mensaje?

-Te dejé uno en la estafeta diciendo que no te movieras del hotel, cuando fui a poner los telegramas para el profesor Challenger, dándole acuse de recibo de su misiva…, y para el doctor Watson y el señor Gillette, que se encontraban en un cantón cercano, instándolos a pasar rápidamente por Berna para continuar su supuesto camino hacia la frontera de Italia.

Por respuesta, me encogí de hombros. En el arrebato de deducción que me había llevado a aquel lugar, no me había dado por comprobar que Holmes mehubiera dejado la noticia de su marcha en la oficina de correos. No se puede estar en todo.

-Ya veo que no lo recibiste -dijo Holmes, acurrucándose en la manta que Watson le había tendido-. De otro modo, no estarías aquí. ¿Cómo has conseguido llegar hasta este sitio?

-Elemental, señor Holmes. – Sonreí, y me palpé la sien dos veces-.

Utilizando la cabeza.

-Pues a punto han estado ustedes de perderla -dijo Gillette, contemplandó las aguas ahora que la luz del amanecer había teñido el lago de un color especial-. Espero que su hermano Mycroft y la policía hayan respondido con la misma velocidad que nosotros.

-No le quepa duda -respondió Holmes-. No sólo en esta orilla del lago, sino en la zona francesa. Y en Berna. Una maniobra coordinada, sin precedentes, entre ¡as fuerzas del orden de tres países.

-Coordinación interpolicial, ¿eh? – murmuró Watson-. Interesante conceptopara el futuro.

-Bueno, parece que esto marca el punto final de los Herederos de Horus, ¿no es cierto? – dijo Gillette, entornando los ojos en un gesto copiado de Sherlock Holmes. Creo que estaba contentísimo por haber podido participar en una aventura y, de paso, adquirir un par de tics más con los que seguir perfeccionando su interpretación del detective.

Holmes no contestó de inmediato. Contempló las aguas, como intentandover qué quedaba del laboratorio oculto inundado por la fuerza del lago, sopesando qué posibilidades había de que, al igual que nosotros, lord Ruthven, sus secuaces y aquellos asesinos silenciosos hubieran podido salir nadando.

-Sin duda muchos de ellos habrán sido detenidos en cualquiera de las orillas -dijo-. Y otros habrán perecido ahí abajo. Pero tal vez alguno

haya logrado escapar. Tendremos que estar alerta.

-No le veo muy contento ahora que ha alcanzado una victoria sin precedentes en su carrera, Holmes -se quejó el doctor Watson.

El detective hizo una mueca de disgusto.

-¿Victoria? ¿Y a qué precio, mi fiel Watson? Los Herederos de Horus llevaban cientos de años ocultos al mundo, una sociedad de hombres de ciencia en paralelo a nuestra propia sociedad. En realidad, un cáncer dispuesto a hacerse con el control de ese cuerpo que formamos todas las naciones en nuestra evolución hacia la luz. Una remora. No, amigos míos, no me siento feliz. El mundo está cambiando y temo que no sea a mejor. Creí haber derrotado a un Napoleón del crimen hace quince años, pero su semilla se ha esparcido como la mala hierba, reproduciéndose y contaminando todo tipo de sembrados. Es preocupante que los científicos de este tiempo que empieza tengan otros ideales que no sean la propiainvestigación aplicada a mejorar la vida del ser humano. Los Herederos de Horus suponen la perversión absoluta del espíritu de la ciencia…, del espíritu del ser humano mismo. Para ellos, los enigmas del mundo físico sólo son un paso para acceder al poder político.

-Eso no sucederá jamás, Holmes. Usted estará ahí para detenerlos.

Holmes se encogió de hombros.

-Ni usted ni yo estaremos siempre aquí, Watson. Ni Charlie ni Herr Einstein ni el señor Gillette tampoco. Y la falta de escrúpulos siempre existirá. Ésa fue la vozde alarma que dio Mary Shelley en este libro -

sacó del bolsillo el manuscrito de Frankenstein-, cuando comprendió que sería una locura publicar las fórmulas que permitían la fabricación de seres sintéticos. Si la ciencia intenta establecerse como dios sin moral, la humanidad estará abocada a su destrucción. Y cuanto más desvelemos los misterios de las estrellas y los átomos, más posibilidades habrá de que falsos científicos utilicen sus descubrimientos para fines innobles.

El detective abrió el libro, que estaba empapado. La tinta se corría en algunas partes, imposibilitando la lectura de la historia y de la clave inimaginable que facilitaba la creación de un hombre artificial, esclavo de los caprichos de otros hombres. Con gesto decidido, Holmes fue

arrancando las hojas una por una, hasta hacerlas trizas entre sus dedos.

El secreto de la creación se desmoronó ante nuestros ojos como el papel mojado que había sido siempre.

-Tiene usted que contarme con detalle esta macabra historia, Holmes -dijoWatson, cuando el detective terminó de destrozar el libro-.

Antes de que yo regrese a mi consulta y usted a sus abejas en Sussex. A menos, naturalmente, que prefiera que éste sea uno de esos casos que permanezcan inéditos.

-Es aconsejable dejar que pase tiempo antes de dar a conocer los detalles de esta espeluznante aventura, mi buen Watson -dijo Holmes, mirándome-. Y, en cualquier caso, creo que quien debería de contarla, pues ha estado presente en ella desde el principio, es el joven Charlie.

-¿Yo? – tartamudeé-. Pero ¡si apenas sé escribir! ¿Qué soy, sino un pobreaprendiz de cómico?

-Como dijo lord Ruthven: Hoy. Pero ¿quién sabe mañana, Charlie?

Ahora volverás al teatro, y el señor Gillette regresará a América. Tú también irás a América algún día.

-¿Es una predicción o una deducción? – dije, burlón, pues no estaba en mis planes cambiar de aires nunca: no imaginaba cómo iba a ser capaz de hacerlo.

-Ambas cosas. La profesión de detective consultor ha entrado en crisis,Charlie. En este mundo de hoy ya no es posible solucionar enigmas desde el salón de tu casa. El romanticismo del misterio y su resolución intelectual darán paso, lo acabas de ver, a intervenciones físicas y directas. Lo mismo con el teatro.

-El teatro no morirá jamás -dijo, orgulloso, William Gillette. Yo asentí.

-No, no morirá jamás. Pero cambiará de nombre y de forma. Los días de los cómicos de la legua, de los borrachos en los bates de poca monta, del desprecio de la sociedad cambiarán. El cinematógrafo llegará a todas partes, mucho más que ahora. Y será un lenguaje universal, precisamente por carecer de palabras. Hazme esa promesa, Charlie. Si alguna vez logras convertirte en contador de historias, cuando dejes atrás los éxitos y fracasos de cu vida de actor, si te sientes capacitado, cuenta esta aventura que culmina hoy. Y no te olvides de