Elemental, querido Chaplin
Capítulo 3
de aquel viernes negro, por una pura cuestión de desconfianza, no un chivatazo.
Casi habíamos llegado a la puerta cuando Holmes, desde lo alto de lasescaleras, llamó a mi hermano. Syd se volvió y empezó a subir para salirle al encuentro, yo lo imité.
Desde donde estaba, Holmes alzó un dedo,
–Espera ahí un momento, Charlie -dijo, severo.
Me encogí de hombros, me di inedia vuelca y esperé en la puerta, sintiendo e¡ frescor de la noche en la cara. Sydney se entretuvo unos minutos con el detective y luego bajó corriendo para reunirse conmigo. Me dio una palmada en la espalda y emprendimos el camino de vuelta a casa, en los barrios del sur de Londres.
Syd estuvo muy callado todo el rato, fumando y compartiendo sólo de vez en cuando conmigo sus cigarrillos caros. No hacía falta ser muy inteligente para darse cuenta de que Holmes le había pedí-do a mi hermano, en aquella reunión de último momento, que no me llevara a buscar a aquel poeta desaparecido en las recónditas callejas del barrio chino.
3
Los Irregulares de Baker Street no éramos sólo Sydney y yo. Éramos legión. Antes he hablado de Fagin (al que una vez vi interpretado en el Teatro de Su Majestad de Londres por mi actor favorito, el gran sir Herbert Beerbohm Tree, a quien me pasaba la vida imitando), y en cierto modo Sherlock Holmes se convirtió para nosotros en e¡ reverso del personaje de Dickens. Nos había recogido de la calle (o nos fuimos recogiendo unos a otros) y allí nos reuníamos, pilluelos de todos los tamaños, manchados por todos los tipos posibles de mugre, hambrientos, harapientos, tullidos en ocasiones, molidos a palos, avispados, con todas las papeletas para zambullirnos de cabeza en una vida de alcohol o de crímenes y, sin embargo, trabajando con una ilusión que sólo pueden sentir los niños hacia un hombre que pretendía impartir justicia o, en todo caso, esclarecer la verdad internándose allá donde ningún otro ser humano se atrevía a llegar.
No teníamos jefe, aunque Watson (quizá por los acontecimientos de aquella noche, que ahora voy a relatar) se encargó de mencionar en sus historias a Wiggins como cabecilla nuestro. Nosotros éramos asamblearios, si se puede ser tal cosa cuando hablan a la vez veinte o treinta chiquillos y a
algunos ni siquiera se les entiende la mitad de las cosas que dicen, entre la barahúnda de gritos o la mala pronunciación que se produce al forzar la voz entre las mellas que deja la caída de los dientes de leche. Todos éramos a la vez capitanes y soldados. Aunque,naturalmente, unos tenían más peso que otros dentro de la organización, porque la veteranía es un grado, y conocerte las calles y saber dónde puedes o no puedes meter la nariz siempre es aconsejable e impone respeto entre los menos experimentados, los más pequeños. Sobre todo, y lo considero todavía una ventaja, no necesitábamos vestirnos de pantalonero corto ni hacer juramentos con pañuelos de colores alrededor del cuello, como harían unos años más tarde los crios de Badén Powell.
Después de que habláramos con Holmes aquel atardecer, mi hermano Sydney puso en movimiento la cadena. Un silbido acá, una campana que tañe a deshora en otro sirio, un carruaje del reparto de leche que resuena indicando que los Contenedores de metal están vacíos, una cuerda que se tensa, una paloma que revolotea, el perro que ladra porque le pisan el rabo, el gato que escapa aterrado arrastrando latas de conserva, despertando al vecindario y alertando de que es hora de ponerse en marcha.
A la mañana siguiente, nos fuimos reuniendo de uno en uno o de tres entres. Golfos de diez años, pilluelos de la mitad de esa edad, marcados por el humo del fogón y las pústulas de la viruela que no se los llevó al otro barrio, narigudos, desdentados, feos en la fase inevitable que va de niño a hombre y con una sola niña misteriosa entre nuestras filas, lástima, sonrosados, con los rasgos apenas redondeados de una infancia de privaciones, altos y desgarbados, pequeños y morenitos, negro alguno, tizón, fumando y en ocasiones bebiendo a hurtadillas whisky robado a un padre borracho, vendedores de periódicos y auxiliares de bar, limpiabotas,cerilleros, caldereros y deshollinadores, pinches de cocina, criados de héroes de guerra que no se adaptaban a los tiempos de paz, niños que se metían jugando en el mundo de los adultos y lo veían de lejos y creían que siempre serían capaces de simultanear las dos cosas: la inocencia y el desencanto, la alegría de vivir con el hartazgo del tiempo sobre las espaldas. Muchas veces he echado de menos aquellos meses secretos de mi vida, a aquellos niños, y me he preguntado qué sería de la mayoría de ellos, cómo los quebraría el destino, si murieron reventados de alcohol en alguna taberna, si los mató la policía, si se convirtieron en policías ellos mismos
por inspiración de Sherlock Holmes y resolvieron casos que para el maestro no habrían tenido importancia, o si se los llevó por delante la Gran Guerra, o los bombardeos de la Luftwaffe, o alguna enfermedad, o un coche sin frenos, o una riña portuaria, o un grupo organizado dedicado al crimen como el que encontramos aquella noche en Limehouse. Qué habrá sido de tantos de ellos mientras yo me hacía rico y popular en América, antes de que el FBI me persiguiera por pensar como pienso, aunque ni siquiera actúo… Estoy divagando.
No fue difícil elegir un curso de acción. O fue tan difícil como siempre que, en comandita, nos disponíamos a indagar para nuestro jefe. En esta ocasión, Syd, Wiggins y los chicos mayores, quizá siguiendo instrucciones del propio Holmes, se decidieron por una estrategia inusitada, llena de resonancias obreras y hasta revolucionarias; la invasión directa. Enviaron a los más pequeños a misiones que, yo lo sabía, eran pura fechada, lejos de I.imehouse, que era donde estaba el meollo de la historia y donde tendríamos que localizar al poeta desaparecido. Y luego todoslos demás, como un solo niño, se pusieron en marcha, a pie o en carruaje ocorriendo o saltando. SÍ hubieran podido volar, más de uno lo habría hecho.
Fue una cruzada de niños. Las calles de Londres se llenaron de mocosos vestidos de andrajos que caminaban muy resueltos hacia los barrios del este, sin dejar de reír y tirar piedras, de robar manzanas o ayudar a cruzar las calles a las ancianas desvalidas. Paso a paso, calle a calle, metro a metra.
Sin flautista de Hamelín que nos condujera, pero con un destino común: Limehouse, el barrio chino, la zona prohibida de los docks, donde acechaban el racismo y el miedo.
Syd lo intentó, eso tengo que reconocerlo. Cuando enviaron a los otros chiquillos a sus trabajos menos peligrosos, me miró severo. Le sostuve la mirada, como había aprendido a hacer, como haría en años venideros cuando estuviéramos en desacuerdo sobre un plano, un litigio o el título de una película. Y en una décima de segundo tuvo que decidir. Holmes o yo.
Tenerme bajo el ala o tenerme a la espalda, yo solo siguiendo por mi cuenta y riesgo a la manada de niños. Como siempre antes, como siempre después, Syd me eligió a mí por encima de Sherlock Holmes. Fiel siempre, el buen Syd. Era más conveniente tenerme controlado a su vera que estar preocupado por dónde estaría perdiéndome: la noche que perseguimos al hombre del monóculo lo dejó bien claro.
Y así, sin parar de jugar, sin parar de reír, como los niños que éramos, cruzamos Londres y nos establecimos en Limehouse. No sé si había otros niños allí. Sí en efecto los había, puede que no fueran todos de nuestro color y nuestras razas: puede que su infancia fuera aún más breve que la nuestra.
Pero de pronto todas las calles se llenaron de niños jugando a las canicas, de niños apostados en las esquinas, de niños sonriendo y pidiendo limosnas.
Niños de rostros pálidos manchados de mugre, niños de caras afiladas y ojos celestes que observaban cada rincón, cada casa, escrutando parroquianos, evitando las miradas descaradas delas prostitutas, sonrojándose ante algunas insinuaciones fuera de lugar, esquivando la presencia intuida de algún policía irlandés que quizá no iba precisamente a hacer la ronda y, en especial, buscando entre los rostros amarillos de los habitantes del barrio prohibido alguna pista, una indicación que nos señalara el paradero de un poeta a quien no habíamos visto nunca.
Y así un día. Y dos días. Y tres o cuatro, no recuerdo si perdí la cuenta.
Nos turnábamos en nuestra vigilancia, nos dividimos las calles y las plazas.
Siempre ojoavizor, calculandó, compensando, cotejando. Los niños mayores (y lo sé porque me lo contaron, yo no habría sabido cómo hacerlo), además de vigilar, se encargaban de ir sembrando dudas, de indagar con disimulo, de hacer preguntas. Cada noche, alguien acudía a Baker Street y confirmaba a Holmes que a Alexander Wilberforce, aquel poeta desconocido, se lo había tragado la tierra.
En ésas estábamos cuando, una tarde, un landó se detuvo en Limehouse, y de él bajó muy ufano, sacudiéndose el traje de color malva claro, los guantes de pielde gamo, el sombrero a juego rematado por una pluma, el mismísimo poeta a quien habíamos seguido con anterioridad, el hombre que había encomendado a Holmes la búsqueda de su amigo, el Señor Luciérnaga.
Syd y Wiggins intercambiaron una mirada de inteligencia y dejaron de fumar el cigarrillo que compartían, sin dejarme participar en su disfrute. A pesar de mi corta edad, me enteré de todo: si nosotros nos habíamos saltado alegremente las órdenes de Holmes (y allí estaba yo, y era buena prueba de nuestra desobediencia) también el poeta parecía haberse hartado de esperar noticias y allí estaba, enpersona, elegante y desplazado, decidido a averiguar él mismo alguna noticia sobre el paradero de su amigo.
Destacaba como una tarántula en una rebanada de pan con manteca.
Fuera de lugar como nunca he visto a nadie, pero intrépido, si puede llamarse intrepidez al acto más inconsciente del que he sido testigo (y, desde luego, he sido testigo, y hasta protagonista, de un montón de ellos).
En los días que habían pasado desde que los Irregulares de Baker Street desembarcamos en Limehouse, la población delbarrio había tenido tiempo de acostumbrarse a nosotros. Era, en cierto modo, una zona de aluvión, donde es posible que nadie estuviera allí demasiado tiempo: problemas con la policía, o con la familia, o con las tríadas hacían que resultara imposible ver dos caras familiares una semana seguida. Al segundo día de nuestra estancia en Limehouse, ya nadie prestó atención a la invasión infantil que ocupaba estratégicamente calles y esquinas.
Pero la presencia del poeta era una llama en medio de la noche. Olía a dinero. Olía a diferencia. Olía a búsqueda de problemas. Quizá en los salones que frecuentaba pudiera destacar de esa misma manera y ser alabado y admirado, pero allí estaba pidiendo a gritos que alguien le clavara una navaja en las costillas solamente por ver si le calzaban los botines o si de verdad su corbata era de sedaindia. El caballero estaba acostumbrado a desenvolverse en su mundo con desenfado, con descaro, pero allí nada de eso le iba a servir. Estábamos en un barrio problemático, en un mundo sórdido y oscuro donde un cadáver podía desaparecer con la rapidez con la que un puñado de hormigas borra las huellas de la cucaracha que alguien ha aplastado sin querer.
Con todo y con eso, dado que era un hombre de mundo y su desparpajo era grande, el poeta no se cortó un pelo, Detuvo al primer oriental que pasó por su lado,la mirada gacha y el andar rápido, e intercambió con él una rápida serie de comentarios. Nosotros estábamos demasiado lejos para oír la conversación, pero para mí que fue en cantones, no en cockney ni en ningún otro idioma cristiano.
El oriental pareció vacilar, se rascó el cogote y se echó la. coleta hacia un lado. Señaló primero calle abajo, luego hizo gestos de que había que girar a la izquierda. Hablaba muy rápido, de manera entrecortada y sigilosa.
El poeta le dio las «'vicias inclinando la cabeza, pero tuvo el detalle de no tratarlo como a un inferior y no ponerle en la mano ninguna moneda que confundiera un favor con una compra.
Con paso vivo, el Señor Luciérnaga se encaminó calle abajo y luego a la izquierda, dejando atrás la iglesia de Santa Ana, que se alzaba como un testigo severo pero impotente por encima de los demás edificios del barrio.
Nosotros echamos a correr tras él, y no pasó mucho tiempo antes de que se internara en el laberinto de callejuelas que van de Ropemakers Street a Gun Lañe. Procuramos no hacer ruido para no alertarlo a él ni a nadie. No creo que lo consiguiéramos: el silencio de la calle avisaba que en todos los rincones nos acechaban docenas de ojos, no rodos amistosos.
Con el pomo de su bastón, el Señor Luciérnaga llamó a una puerta y transcurrió un buen rato antes de que nadie se dignara abrir, pero eso no pareció incitar al poeta a marcharse y buscar por otro lado. Creo que sabía muy bien adonde iba: quizá había indagado por su cuenta en otro sitio y, si en verdad buscaba a su amigo extraviado, tenía una idea muy clara de que debía plantarse allí y esperar a que alguien le concediera la gracia de abrirle.
Así fue. Una figura en sombras, un viejo chino de rostro apergaminado y uñas muy largas, extendió una mano y el Señor Luciérnaga le puso diligentemente unas monedas de oro en la palma. El oriental abrió la puerta ya del todo y, tomando aire, el Señor Luciérnaga cruzó el umbral a oscuras y desapareció de nuestra vista.
Nos quedamos compuestos y sin poeta. Syd maldijo en voz baja y tiró la colilla al suelo, Wiggins soltó una imprecación y a puntito estuvo de morderse la visera de la gorra. Yo no supe qué decir, así que miré hacia arriba y señalé a los dosniños mayores que, sí la puerta estaba cerrada a cal y canto, como parecía, siempre podríamos intentar localizar otra entrada.
Dicho y hecho. Nos encaramamos a una tubería que reptaba por la pared marrón oscuro del edificio y, trepando como micos, conseguimos llegar hasta una ventana del último piso. El cristal ya estaba roto, así que Wiggins y Syd sólo tuvieron que retirar los añicos para que no nos ensartáramos con ellos, y en un periquete estuvimos dentro del lugar donde el Señor Luciérnaga se había metido.
Todavía recuerdo el olor: ha pasado tanto tiempo y el olor me viene al recuerdo como si estuviera reproduciéndose en la habitación de al lado, como si me hubiera acompañado toda la vida, como si mera parte de mí mismo. Olor a madera vieja y a sudor rancio, a salitre y tela, a humo y baba y sobre todo a soledad y desesperación, a lágrimas de miseria y fuego lento.
Todo estaba, más que oscuro, nublado. La luz que se filtraba por la ventanita que nos había servido de acceso venía a morir en el suelo, como un rayo líquido que se ahogara en un charco sediento. Las tablas del suelo crujían bajo nuestros pasos (y eso que no pesábamos mucho), y por todas partes se oía un sonido escurridizo, como de ratas a la carrera o pasitos muy vivos. El lugar era un gran almacén abandonado, una lonja que ya nadie usaba, posiblemente. Ahora le habían dado un uso mucho más terrible ymisterioso.
Bajamos la escalera de madera podrida, intentando ver algo más allá de nuestras narices. El olor del lugar era asfixiante, penetraba en la nariz y subía hacia los ojos, como un perfume dulce que buscara hincarse en algún lugar central del cerebro. Algo o alguien gimió, un bulto que extendió una mano cerca de donde yo estaba y me obligó a dar un salto de puro miedo.
Syd me protegió, interponiéndose inútilmente entre aquella mano flácida y mi cuerpo: la mano descendió despacio, como implorando una caridad que nosotros no podíamos darle, ni sabríamos conceder. Espalda contra espalda ahora, tres chiquillos asustados, avanzamos a lo largo de un pasillo negro y maloliente, comprendiendo que aquellas sombras que gemían y remoloneaban a cada lado eran seres humanos. No estaban muertos, pero lo parecía. Dormían, o soñaban, y permanecían inmóviles, aunque en realidad lo que estaban haciendo era huir, no sé si del mundo o de sí mismos.
–Un fumadero de opio -susurró Wiggins. Y Syd se llevó una mano a loslabios y pidió silencio. Una tontería, porque no creo que ninguno de los tres tuviéramos ganas de seguir hablando.
Entre los cuerpos hacinados había hombres y alguna mujer, con los ojos entrecerrados, la cabeza apoyada en la dura madera de los camastros. Lo que antes habíamos confundido con el sonido de ratas a la carrera eran los pasos furtivos de quienes se encargaban de retirar o rellenar las pipas de opio que fumaban aquellos desgraciados.
Al fondo del pasillo, el Señor Luciérnaga sostenía el sombrero en la mano y se abanicaba despacio con él. Estaba contemplando a un hombre tendido, y el oriental que le había abierto la puerta esperaba a su derecha, mudo y silencioso, como si ambos estuvieran evaluando un mueble sin valor o una planta que acaba de morirse por falta de riego.
–Alexander, Alexander… -dijo el Señor Luciérnaga, con tristeza, como si estuviera recitando-. Una cosa es caer en la tentación para librarte por fin de ella,como siempre he dicho, y otra muy distinta hacerte esto a ti mismo, amigo mío.
El hombre del camastro gimió en sueños, pero no dio muestras de reconocer a su amigo. Syd y Wiggins intercambiaron sendos codazos al comprender (como yo había comprendido, pero sin agredir a nadie) que se trataba del poeta desaparecido. No lo habían secuestrado, ni se había caído al Támesis ni había abandonado a su familia por alguna cantante de vodevil y risa hueca: simplemente, había cambiado el lujo de su casa por la sórdida oscuridad de aquel fumadero.
–Tenemos que sacarlo de aquí -dijo Wiggins en voz alta, y tanto el SeñorLuciérnaga como el chino de las uñas largas se volvieron a mirarnos.
Ni a Wiggins ni a mi hermano pareció importarles que nos hubieran descubierto. Éramos Irregulares de Baker Street, o sea, un cuerpo valiente a las órdenes de un hombre inimitable. Si la palabra de Holmes imponía respeto, sus acciones nunca se quedaban atrás. Y nosotros éramos sus alumnos, sus pupilos aventajados, sus herede-El Señor Luciérnaga nos miró y dibujó una pequeña «o» de apreciación con los labios. No hizo falta que indicáramos quiénes éramos ni por qué queríamos llevarnos de allí a Wilberforce, que continuaba hecho un ovillo, la pipa cruzada sobre el pecho como el calumet de un jefe indio.
–Tenemos que llevárnoslo de aquí, en efecto -dijo, y se volvió para depositar nuevas monedas sobre la mano del viejo chino con las que comprar, ahora sí, la libertad de su amigo.
Pero el chino no estaba allí. En algún momento entre el descubrimiento de Wilberforce y nuestra aparición, se había desvanecido como en un truco de humo y espejos, de vuelta a las sombras que nos rodeaban y de las que ahora formaba parte indiferenciable. El Señor Luciérnaga se encogió de hombros, se puso el sombrero con cuidado exquisito y, tras cubrirse la nariz con un pañuelo de seda quefosforecía en la penumbra como un fantasma, intento levantar a su amigo de la cama.
Syd y Wiggins procedieron a ayudarlo, y entre los tres izaron a Wilberforce como si fuera un muñeco de trapo, la ayudante desmadejada de un prestidigitador que entra y sale con soltura del encierro de la caja de
madera de colores. Pero lo levantaron sólo a medías: fue imposible conseguir que diera un paso.
–¡Por todos los demonios, pero si está encadenado! – exclamó Wiggins.
Nos acercamos a mirar con más atención. En efecto, los tobillos de Wilberforce estaban rodeados por grilletes de hierro que fijaban a la madera del camastro su carne entumecida.
–¿Es normal esto? – preguntó mi hermano.
–En otro lugar, posiblemente. Aquí, me temo que no -susurró e! Señor Luciérnaga, intentando tirar de las cadenas que imposibilita-Con decisión, Wiggins se acercó a uno de los otros hombres que dormitaban, como Wilberforce, bajo los efluvios del opio. Como era de esperar, noestaba encadenado. Sólo Wilberforce tenía impedido el movimiento. Quien entraba en aquel sitio lo hacía por propia voluntad: llegar era fácil. Lo dificultoso era la salida. Pero no hacía falta una cadena de hierro para impedirlo: mucho más fuerte era la cadena metafórica del opio que se consumía lentamente entre aquellos dedos yertos.
Nos quedamos de una pieza, sin saber qué decisión tomar.
Inconscientemente, los eres chicos nos volvimos hacia el hombre del traje malva. Sinembargo, él tragó saliva, tan despistado como nosotros. No tenía ni idea de lo que había que hacer: no estaba preparado para lidiar con aquella situación inesperada.
Wilberforce abrió entonces los ojos, como un ciego que por primera vez en su vida ve la luz, y alzó una mano temblorosa con la que acarició la nada. Para mí que hacía como que pasaba las páginas de un libro invisible en el que encontraba algo parecido al consuelo.
Su mirada nublada de opio se concentró por fin en la figura del otro poeta.Algo parecido al conocimiento, o a la alegría, se encendió en aquellos ojos por un breve instante.
–Oscar… -murmuró, con lengua pastosa a la vez tan diferente y tan parecida a las de los borrachos de los bares donde yo a veces me ganaba unos chelines cantando y bailando-. Tantos libros, amigo mío, tantos libros… ¿La has visto alguna vez, Osear? ¿Has visto alguna vez la ciudad de los libros que están más allá de los sueños?
Como el Señor Luciérnaga no sabía qué hacer, y como estaba claro que conlas cadenas en los tobillos no íbamos a poder sacar de allí a Alexander Wilberforce, tuvo que ser Wiggins quien tomara la iniciativa. Rebuscó un