Elemental, querido Chaplin

Rafael Marin · Capítulo 5 de 31

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Elemental, querido Chaplin

Capítulo 4

juego de ganzúas en los pliegues de una gastada chaqueta gris que le venía grande, y haciendo que el caballero se aparrara un paso, empezó a juguetear con el candado y sus herramientas. Mi hermano me miró. Aunque sé que estaba nervioso, su apariencia de seguridad hizo que yo me tranquilizase.

Wiggins tenía experiencia abriendo puertas: no en vano había trabajado como rata de una banda de desvalijadores antes de queel señor Holmes lo rescatara de esa vida y lo pusiera a sus órdenes.

Lo que se aprende bien una vez no se olvida en la vida: ésa es la gran lección que yo aprendí aquella noche. Wiggins apenas necesitó un par de minutos de hurgar en los candados para abrir las cadenas. Lo hizo sin aspavientos, como quien le quita el envoltorio a un caramelo o enciende un cigarrillo después de liarlo mientras hace otra cosa. Y hacía otra cosa: toqueteaba los cierres y al mismo tiempo no paraba de mirar por encima del hombro. El lugar, oscuro y fétido, apartado y recóndito, nos ponía a todos los pelos de punta.

Entre Wiggins, mi hermano y el Señor Luciérnaga consiguieron por fin levantar de la cama a Alexander Wilberforce. A salvo de los grilletes, el poeta tampoco era capaz de dar dos pasos seguidos, pero estaba libre.

Físicamente, almenos. Todavía estaba por ver que pudiéramos salir los cinco de aquel sitio.

Echamos a andar y apenas pudimos darnos media vuelta. Entonces todas las luces se apagaron de repente.

4

Una cosa es la falca de luz y otra la falta absoluta de luz. Incluso en la penumbra de aquel dormitorio terrible nuestros ojos habían acabado por acostumbrarse a los bultos informes que acechaban a ambos lados de los pasillos,al tenue resplandór de las ascuas de las pipas y a los haces difuminados del día que entraban desde arriba, por alguna grieta que de pronto se había sellado, aislándonos. Fue, literalmente, visto y no visto. De pronto codo se volvió negro, y los huiros informes y el resplandór de las ascuas de las pipas y los haces difuminados que anunciaban que fuera de allí existía la tarde desaparecieron. Todo se volvió negro, como el mar de noche. Los gemidos de los fumadores de opio, de repente, se silenciaron. El ruido de los pasos lejanos de servidores anónimos se diluyó. Lasratas

detuvieron su carrera y sólo pudimos oír el crujido de nuestros propios pasos sobre las tablas podridas del suelo.

Tuve la impresión de que incluso habíamos cambiado de lugar, como si de pronto, al apagarse la escasa luz de la que disfrutábamos hasta entonces, nos hubieran trasladado a otro sitio aún más tétrico. Pero sé que estábamos todavía allí, porque el olor no se marchó a ninguna parte. Nuestro olfato cobró entidad física, como compensando la taita de los otros sentidos que ahora se nos negaban. Estábamos atrapados en una madriguera de la que no podíamos salir.

–Parece que, en efecto, no quieren que salgas de aquí, mi querido Alexander -murmuró el Señor Luciérnaga, el poeta del traje color malva claro. Oscar-. ¿Es que le debes dinero a alguien, por los reyes de Eire? ¿Has vuelto a apostar en Ascott la fortuna que ya no tienes?

Wilberforce no le contestó. Mi hermano hizo ademán de sacar una caja de fósforos y prender uno de ellos para situarse, pero Wiggins le sujetó la mano en cuanto oyó el tintineo de las cerillas en la cajetilla.

–No -susurró-. SÍ han apagado las luces, tampoco nadie puede vernos.

Si encendemos una cerilla, nos verán a nosotros y nosotros seguiremos sin saber quién nos ve.

–Inteligente muchacho -dijo el hombre llamado Osear-. Me alegra comprobar que no tienes intención de convertirnos en un blanco móvil.

Pero eso no va a resolver el problema de cómo salir de este lugar. Y

confieso que empieza a inquietarme la situación. Además, tengo cita con mi sastre dentro de un par de horas.

Nos quedamos quietos, dominados por el espanto. Muchas veces be soñado con aquel momento, el silencio, la oscuridad, el hedor insoportable.

Lo que faltaba para que pareciera entonces la pesadilla en que su recuerdo se convirtió luego era la sensación de que, con sólo dar un paso hacia cualquier lado, fuéramos a hundirnos de cabeza en algún abismo profundo.

Algo pareció moverse a nuestro alrededor, como un aleteo suave, un roce de ropa, el peso de algo que no pesa apenas. Unos ojos poderosamente azules chispearon ante nosotros, encendiéndose y apagándose como con luz propia. Sentimos que un cuerpo pequeño y menudo se posaba en el suelo y una voz nos susurró, desde la nada, una palabra que era más ruego que orden.

–¡Seguidme!

No lo hicimos. Wiggins me sujetó, porque yo estaba a punto de dar un paso hacia aquella luz azul claro que aparecía y desaparecía un metro por delante.

–¿Lucy? – susurró Wiggins-. ¿Eres tú?

–¡Silencio! – ordenó esta vez la voz quebradiza de una niña-. ¡Pueden venir deun momento a otro, Wiggins! ¡Seguidme todos sin chistar, rápido!

El caballero del traje malva, antes de que nosotros tuviéramos tiempo de decidir qué íbamos a hacer, nos empujó hacia adelante.

–Ya la habéis oído, muchachos. Alexander pesa, y no me hace mucha gracia acabar encarcelado aquí dentro. De hecho, no creo que pudiera sobrevivir a ningún encierro. Sigamos a ese duende, pues parece que ve en la oscuridad mejor que nosotros.

Algo reacios, Wiggins y mi hermano echaron a andar detrás de la niña.

Wilberforce, el Señor Luciérnaga y yo los seguimos. En la oscuridad, ahora sólo podían verse aquellos dos ojos azules cada vez que ella se volvía para azuzarnos; Lucy, la única niña que era miembro de los Irregulares de Baker Street. Lucy la muerta, la llamaban algunos. Lucy la fantasma, susurraban otros. Lucy la de la carne fría, la de los labios pálidos, la que nunca hablaba con los otros niños. Lucy la que todo lo seguía desde lejos, a quien casi nunca se veía más que de noche, o porlo menos nunca muy alejada de un charco de sombras. Entre susurros, los otros niños de la banda del señor Holmes decían que era un espectro, la víctima de una dama blanca que asoló hacía unos años el barrio de Hampstead, raptando y desangrando a chiquillos igual que el Destripador había raptado y desangrado prostitutas, y que hizo caer sobre ella una maldición terrible para la que no había cura.

Apenas debía de tener, por su apariencia, un año o dos más que yo, y sin embargo había chavales en los irregulares que decían haberla visto rondar la banda hacía al menos ocho o diez años, una paradoja imposible. Otros decían que ése no era tampoco suverdadero nombre, pues no recordaba nada de su vida anterior a la calle y la noche, y alguno con más experiencia en estas aventuras nuestras decía que había sido el señor Holmes quien la había encontrado cuando intentaba resolver el caso de aquellos niños desaparecidos, que no habían sido víctimas de un lobo como decía The Gazette, y que la había ayudado consiguiendo que la niña, convertida en espectro, caminara en equilibrio siempre entre la luz y la sombra. A mí me

daba un poco de miedo, pero tengo que confesar que su mirada celeste, casi de ángel caído,me resultaba muy atractiva.

Moviéndose con la agilidad de una rata, como sí en efecto fuera capaz de ver en la oscuridad, Lucy la muerta avanzó ante nosotros y se detuvo una docena de metros más allá. Se agachó, o eso nos pareció ver en la penumbra, y de pronto del suelo surgió un cubo de luz que la iluminó desde abajo e hizo que diera un respingo por algo que no supimos si identificar como dolor o miedo.

–¡Por aquí, rápido! – urgió la niña, mientras se cubría la cara con una mano enmitonada y nos señalaba la trampilla que había abierto en el suelo.

Sin su ayuda, nunca habríamos encontrado esa salida…, si salida era.

En tropel, bajamos por la trampilla hacia un mundo distinto e iluminado en tonos ocres, un mundo que parecía un infierno secreto, una especie de santuario amedio construir, la guarida de un monstruo que todavía no ha acabado de colgar cadenas ni soltar cocodrilos. Porque de pronto el negro hedor del fumadero de opio quedó sobre nuestras cabezas y lo que vimos ante nosotros, escalera tras escalera, peldaño tras peldaño, nivel tras nivel, fue un profundo subterráneo donde cientos de orientales se movían con velocidad de hormigas, trasladando cajas, transportando bultos, colocando estatuas. Era un cubil secreto, la bambalina gigantesca de un decorado a medio levantar, un forillo que no era de tela y gasas y dibujos planos,sino de piedra y metal, de hierro y oro. De pronto pareció que ya no estábamos en los subsuelos de Limehouse, sino en el Lejano Oriente, en alguna provincia de la China remota, en Hanan, en Shangai o Manchuria, en el equivalente en los docks londinenses a la construcción de una Gran Muralla que asegurara un poder en la sombra para el futuro.

–A esto se refería el señor Holmes -dijo mi hermano, con los ojos tan abiertos por ¡a sorpresa que temí que los párpados se le fueran a dar la vuelta-. Hay una mente criminal detrás de todo esto, ¿no lo veis? ¡Es la guarida del tipo que está buscando!

–Un palacio de Buckingham oriental en el centro del corazón de nuestro Imperio -susurró el Señor Luciérnaga-. Su Graciosa Majestad será Emperatriz de la India y cuantos otros títulos quiera colocarse en los encajes del velo, pero la otra cara de la Commonwealth está aquí ya, royendo los huesos de sus botas de cuero y dispuesta a instalarse como una

araña entre sus ropas. Me fastidia reconocer que Bram pueda tener razón en todos sus temores absurdos.

No entendimos lo que decía. No tuvimos tiempo. No habíamos llegado al nivel inferior todavía, porque bajábamos por la escalera muy despacio, intentando no llamar la atención, cuando alguien dio una voz de alarma y un centenar de cabezas se volvieron a mirarnos. No es que entendiéramos, insisto, las palabras que anunciaban que nos habían descubierto, pero el tono del grito que resonó en aquel sótano gigantesco no ofrecía ninguna duda. El sentido de las palabras no tiene tanta importancia, casi nunca, como su contexto. Una imagen sin voz es tanfuerte como los diálogos conjugados a partir de cien diccionarios.

–Me temo que estamos perdidos -dijo Wiggins, sin perder el aplomo, buscando con la mirada una posible salida.

Pero no era así. Cuando pensábamos que aquel montón de esclavos orientales (porque esclavos eran, hoy estoy seguro) iban a lanzarse a capturarnos, a castigar nuestra curiosidad y nuestra falta de previsión, algo parecido a un silbato resonó en la bóveda, y todos echaron a correr en un centenar de direcciones diferentes.

–¿Huyen? – Wiggins se rascó la cabeza, encantado con la situación-.

Pero ¿cómo…? Que me zurzan, pues ¿no parece que creen que somos polizontes?

Eso debía de ser. En menos de un minuto, la mitad de los orientales desaparecieron de la vista, justo cuando nosotros terminábamos de bajar la escalera y oíamos, en la distancia, aquel silbato característico que se repetía en los ecos negros de otros túneles que desembocaban en aquel lugar. Era la policía, sí. Los imaginé corriendo a ciegas, agitando sus porras de hierro, dando patadas a lostraseros o resbalando en los charcos de humedad de aquel sótano, pues el Támesis no quedaba muy lejos y el gota a gota de alguna filtración de agua hacía que las paredes rezumaran y escupieran lágrimas negras. Un tropel de uniformes y de cascos de cobre, de botones brillantes y coletas en fuga, zancos y bigotes gruesos, galimatías en cantones y en cockney puro. Si lo hubiera visto con mis propios ojos, seguro que me habría parecido divertido.

Pero no tuvimos tiempo de reaccionar. Una mano se cerró de pronto sobre el cuello de Lucy la muerta, una mano repleta de anillos y con las uñas más largas que he visto jamás, y antes de que nos diéramos cuenta la

alzó un par de palmos por encima del suelo y la hizo volar por los aires, hasta que se estrelló contra unas cajas donde unos guerreros de terracota montaban guardia. Lucy cruzó el aire como sí enefecto no tuviera peso, sin poder gritar ni pedir socorro a nadie, y se quedó rumbada entre los restos de madera podrida, un bulto inánime sin brillo en los ojos.

Fue otra mirada la que de pronto ardió ante nosotros que aún no habíamos podido recuperarnos de la sorpresa del momento. Una m ¡rada poderosamente verde, unos ojos de gato, rasgados y fríos, los más crueles que he visto en mí vida, una mirada de desprecio que más tarde no podrían imitar ni Boris Karloff ni Myrna Loy. La figura avanzó, airada, murmurando maldiciones en un idioma que no conocíamos, encolerizada quizá al ver que habíamos liberado a Wilberforce y habíamos actuado como cebo para la policía, que todavía seguía correteando más allá de nuestra visión. Parecía un mandarín: su túnica era dorada y roja, llena de bordados, crujiente como algodón de caramelo, un contraste absoluto con el jade enigmático de su mirada de fuego helado. Llevaba unos bigotes largos que sobrepasaban con mucho la frontera de su mentón, una perilla oscura, un gorrito encasquetado en la coronilla, como un rabino de la religión del mal.

Wiggins no le dio tiempo a seguir maldiciéndonos, ni a convertirnos en marionetas de aquellos ojos hipnóticos. Como un valiente, saltó hacia el mandarín y ie estampó un puñetazo en la mandíbula. Pero el siniestro personaje casi no pareció sentir el golpe, tan encolerizado estaba por aquella interrupción que, si no desbarataba sus planes para el futuro, al menos los dejaba en suspenso.

Wiggins no estaba dispuesto a perdonar e¡ trato que el mandarín había dado a Lucy la muerta. Rara o no, la niña era un Irregular de Baker SrreeE, y los Irregulares de Baker Street se protegían unos a otros como si fueran hermanos. Saltó de nuevo contra el mandarín y éste lo paró en seco con una mano, como un gigante que detiene la embestida de un toro sin el menor esfuerzo. Agarró también a Wiggins por el cuello, lo alzó en vilo y lo sostuvo allí, ante sus ojos verdes. Wiggins le aguantó la mirada, mientras luchaba por respirar, pataleando en el aire, sin poder alcanzar al chino.

Y entonces el mandarín sonrío, una mueca diabólica, e hizo un gesto ante los ojos de Wiggins, sin dejar de mirarlo. Dijo una palabra impronunciable y plantódos dedos ante nuestro amigo, como recalcando ese número, el dos, y entonces con las uñas de aquellos dedos marcó la

cara de Wiggins, con saña, sin disimulo, trazando una doble raya de sangre desde la frente a la mejilla. No sólo le abrió la carne del rostro: también lo quemó de arriba abajo, como si dentro de las uñas nacaradas tuviera unos minúsculos depósitos de ácido.

Wiggins cayó al suelo, retorciéndose de dolor, chillando y gimiendo, mientras su rostro humeaba. Mi hermano y yo nos volvimos, sin saber si ayudarlo o echar a correr. El Señor Luciérnaga, Osear, intentó hacer frente a la amenaza del diabólico maestro del crimen, pero por desgracia su bastón no tenía, como en las novelas populares, ningún estoque oculto. Wilberforce se desmoronó en el suelo, gimiendo al ver la figura del mandarín, a quien pareció reconocer.

Una estrella de metal se clavó en ese momento a pocos centímetros de la cara del mandarín. Y luego otra, haciendo sonar la madera que mordía.

Y entonces un nuevo chino se plantó entre nosotros y el mandarín.

Adoptó una pose de lucha, alzando los brazos a uno y otro lado como si fuera unarepresentación teatral del baile de la diosa Kali, y ambas figuras permanecieron contemplándose un instante: el mandarín, sereno, quieto, tan inmóvil como la estatua de terracota que vigilaba el sueño inconsciente de Lucy la muerta. Y el recién llegado midiéndolo con aquel gesto que era un desafío, la invitación a un duelo.

Los dos bailaron un segundo, agitando los brazos, moviéndose uno en tomo al otro. Las uñas del mandarín dibujaron figuras en el aire, como en código. Las manos de su contrincante las esquivaron, se lanzaron una o dos veces a buscar un centro de carne que tampoco alcanzaron.

Se detuvieron. En aquella exhibición de poses, sin golpes, pareció haberse desarrollado una estrategia digna de Napoleón y Welling-on.

Ambos se miraron a los ojos. La mirada verde del mandarín intentó sin éxito doblegar la mirada oscura del otro oriental. Ya estaba todo dicho, comprendimos. Los brazos dibujaron nuevas estrategias, anunciando movimientos que los otros brazos contrarrestaban desde lejos, sin tocarse.

Entonces el silbato policial sonó más cerca, y un puñado de bobbies llegaron corriendo hacia donde nosotros estábamos. El mandarín miró por el rabillo del ojo a izquierda y derecha, comprendiendo que tenía cortadas las salidas. Su oponentesonrió. El oriental ladeó la cabeza, como dándose por vencido, aceptando su situación, y entonces, con la velocidad de un

tigre, sacó una bola de cristal del interior de su manga y la estrelló en el suelo.

Humo y espejos. El otro oriental retrocedió un paso, cubriéndose la nariz y la boca. Nosotros hicimos lo mismo. Cuando un segundo más tarde el aire disipó los residuos del cristal, el mandarín había desaparecido.

Un hombre robusto se acercó cojeando hacia nosotros. Nos reconoció con una mueca de disgusto, pero no había terminado de bufar cuando vio que Wigginstodavía se retorcía en el suelo. Sin dudarlo un instante, se arrodilló junto a él. Con serenidad y algo de ternura, le retiró la mano de la cara.

–¡Dios mío, pobre muchacho! – exclamó el doctor Watson-. ¿Quién es capaz de hacer algo así?

–Un genio del mal, sin duda -contestó el oriental que nos había salvado en el último momento-. Ojalá supiéramos su nombre, amigo mío, para borrarlo de la existencia antes de que sea capaz de causar más daño.

Y entonces se quitó la coleta, tiró de su nariz y se rasgó los ojos. Se frotó la cara con un pañuelo y, por debajo del tinte amarillento de su tez, asomó una piel blanca. Yo ya le había reconocido la voz. Era Sherlock Holmes.

–Veo, Sydney, que habéis encontrado al señor Wilberforce -dijo, mirando a mi hermano-. Y que usted, señor Wilde, no ha sido capaz de concederme el tiempo que le pedí que esperata.

–¿Acaso no lo sabía usted, señor Holmes?

–Podríamos decir que sí. Incluso dentro de lo imprevisible que es usted, amigo mío, no es difícil deducir cuál va a ser su siguiente paso.

–;De veras? – dijo Wilde, enarcando una ceja, actuando ahora como el escéptico que a veces pretendía ser.

–;Se recuperará, Watson? – preguntó Holmes, acercándose a Wiggins y su amigo médico. Nuestro compañero temblaba, pero hacía todos los esfuerzos posibles por no llorar delante de su héroe.

–Se recuperará, Holmes. Pero esa cicatriz lo acompañará hasta el final desus días -comentó Watson con tristeza, y repitió la pregunta, como si pensara que Holmes, como siempre, tenía la respuesta-. ¿Quién es capaz de hacerle algo así a un niño?

–Alguien que es capaz de hacer cosas aún peores a los hombres, me temo, un rnonstruo con forma humana. Como hay tantos. Un monstruo

imposible de rescatar para la cordura y la compasión.

Holmes se volvió hacia las cajas de soldados de terracota. Si buscaba a Lucy la muerta, no dio signos de sorpresa ni de desencanto al comprobar que la niña ya no estaba allí. La llegada de la policía la había hecho huir antes de que el lugar se convirtiera en un hervidero de polizontes y linternas.

–Bueno, parece que hemos desbaratado los planes de ese enigmático mandarín. Al menos por esta vez. La tapadera del fumadero ha sido descubierta, c imagino que pasarán al menos quince años antes de que vuelva a intentar establecerse en Londres. El mundo es demasiado grande para que quiera enfrentarse otra vez a mí, tan pronto. Aunque no sepa quién lo ha combatido hoy, sin duda tendrá sus sospechas v lo averiguará tarde o temprano.

–Pero ¿quién era?

–El diablo.

–Alexander estaba encadenado -comentó Wilde, mientras Watson terminaba de vendar el rostro de Wiggins-. Si ya era esclavo del opio, no comprendo para qué podía tenerlo prisionero de esa forma, como un cordero en el matadero.

Holmes acabó de quitarse el maquillaje de la cara. El inspector Lestrade llegó entonces, rezongando y maldiciendo la velocidad de aquellos malditos chinos: apenas había podido echar el guante a una docena de ellos.

–A veces el tesoro que el mal busca está más allá de los sueños, señor Wilde -dijo Holmes, y Wilberfbrce, todavía aturdido, asintió-.

Hay hombres que viven para perseguir una estrella fugaz, y otros hombres que esperan con una red dispuesta para robar esos sueños.

–La ciudad de los libros… -murmuró Wilberforce, mirando al suelo.

–Le pertenece a usted, como todo delirio o toda imaginación -cortó Holmes-, Sé bien lo que es buscar absurdamente una quimera. – Holmes miró a Watson un instante, y el doctor asintió, con tristeza-. La realidad, a veces, no es más que una ensoñación de la fantasía. Vuelva usted a casa, señor Wilberforce, y escriba lo queha soñado allá arriba. Pero no vaya mas lejos: hay caminos que no tienen retorno.

–Siento como si hubiera llegado a una representación en mitad del segundo acto -murmuró Osear Wilde, sacudiendo el sombrero antes de volver a colocárselo en la cabeza.