Elemental, querido Chaplin

Rafael Marin · Capítulo 3 de 31

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Elemental, querido Chaplin

Capítulo 2

–Trabajo para el señor Sherlock Holmes, Charlie -confesó mi hermano Syd-. Soy uno de los Irregulares de Baker Stteet. Y ahora tú también lo eres, supongo.

2

No pegué ojo en coda la noche. Y al día siguiente estuve inquieto, consumido por los nervios y la excitación de la aventura. Trabajar, aun sin saber qué estaba haciendo, para un hombre tan famoso como el señor Holmes, y encima con la posibilidad de haber salvado al Imperio de una conjura internacional o a alguna damisela desconocida de algún asunto desagradable para su honra, era más fuerteque cualquier sensación que hubiera experimentado hasta entonces, incluida el hambre. Syd trató de darse poca importancia por una vez: no hacía falta que me pusiera tan histérico (¿o quiso decir histriónico?) solamente porque habíamos echado una mano al detective en uno de sus casos. Mi madre, si advirtió algo, tuvo cuidado de no hacérnoslo notar, porque no quería que la viéramos acunar a una muñeca de cartón a la que abrazaba a hurtadillas como si fuese una hija nueva, sustituía del niño robado, mí hermanastro Wheeler, al que no encontraría hastapasados treinta años.2

2 . Charlie se refiere al hijo extramatrimonial que su madre tuvo con

la estrella del music hall Leo Dryden mientras su esposo estaba de gira

por Estados Unidos. Dryden se llevó consigo a su hijo de seismeses,

apartándolo de Hannah. (N. del T)

Por aquel entonces, el señor Sherlock Holmes constituía para el chiquillo que era yo una leyenda oída a medias en los pubs, una silueta con pipa y sombrero de cazadot de patos que asomaba desde las portadas de las revistas. El único polizonte que merecía el respeto de algunos de los más pintorescos habitantes de mi barrio, quizá porque se mezclaba con ellos y los trataba como iguales: yo mismo había visto cómo se había disfrazado de marinero lisiado (o lo que fuese) para conseguir aquel sobre lacrado de color marfil al que mi hermano y yo dimos el cambiazo aquella primera noche. Dejémoslo claro: no es que Holmes fuera unsocialista (aunque había quien comentaba que se le había visto conversar amigablemente en el Museo Británico con un anciano Karl Marx mientras éste redactaba una de sus últimas reflexiones), pero sí pertenecía a esa clase de caballeros de familia más o menos acomodada que comprenden cuál es el destino

inevitable del hombre del futuro y saben que cualquier sociedad utópica pasa por la supresión de las castas. Con aquella edad, cuando oía a los viejos sindicalistas, medio borrachos de ron e ilusiones a partes iguales, hablar de socialismo y libertad,yo no entendía nada de todo aquello, no comprendía qué era una casta (aunque en el barrio habitaba el criado hindú de un señor venido a nada), y el futuro me parecía tan lejano como el palacio de Buckingham. Pero sí comprendía que si Holmes y los hombres de su clase eran capaces de disfrazarse de hombres de la clase a la que yo pertenecía, también podía darse el caso contrario, y el disfraz podía servir para convertirse por un rato en otro hombre, en otra cosa, en otro miembro de otra casta. En el vodevil lo hacíamos continuamente: si no nos pintáramos la cara de blanco, si los gestos no fueran tan exagerados y la ropa falsa, ¿quién podría decir dóndeempezaba el rico y acababa el pobre?

La sangre de todos nosotros es roja. En las guerras por venir, como en las guerras que ya habían pasado, es posible que Rieran los aristócratas de Oxford y Cambridge quienes contaran la crónica de los horrores de las trincheras o los desastres de Crimea, pero no fueron sólo ellos los muertos; también hubo otros hijos de Inglaterra que no sobrevivieron para escribir poesía a costa de su sangre, y algunos más que, si lograron volver a casa, fue para regresar a un mundo diferente en el que acaso no tuvieron cabida.

A razón de un penique por día de trabajo y una guinea cuando nuestros encargos requerían alguna participación extra, Syd y yo colaboramos desde entonces fugazmente, como tantos otros pilluelos de las calles, con el famoso detective consultor, el señor Sherlock Holmes. Aquellas pequeñas fortunas reunidas casi jugando consiguieron sacarnos las castañas del fuego, y hasta evitaron que nos expulsaran en un par de ocasiones de nuestro viejo apartamento de Pownall Terrace cuando, debido a su débil estado mental, mi madre se olvidaba de pagar elalquiler.

En realidad, no puedo decir que tuviera mucho contacto directo con el gran detective, porque el doctor Watson nos espantaba nada más asomamos a Baker Street, como sí temiera que nuestra colaboración con Holmes rebajara las capacidades deductivas de su héroe, o las suyas propias como confidente y biógrafo. Lo cierto es que para nosotros aquello era una diversión inocente, y nunca llegamos a saber qué hacíamos ni a quién seguíamos y observábamos, pero el biógrafo oficial del señor Holmes se encargó de todas formas de anular nuestraparticipación en los casos. Entre

que no sabíamos lo que hacíamos exactamente y que en sus relatos él cambiaba fechas y nombres, jamás fui capaz de reconocer en las páginas de The Strand Magazine a ninguno de los caballeros o patibularios a los que vigilábamos y de quienes informábamos.

No sé, por tanto, de cuánto sirvió nuestra labor de sombra y vigía para el señor Holmes y su merecida fama de resolvente de problemas imposibles. E imagino que los cuatro o cinco casos en los que participamos fueron luegoredactados, retocados y pulidos por el doctor Watson; quizá por no romper una confidencialidad que tal vez podría poner en peligro reputaciones o fortunas; quizá, como me gusta creer, porque tampoco el estirado Watson podía entender cuáles eran los procesos de pensamiento e investigación de su amigo, y no fue por tanto capaz de poner en orden la cadena de acontecimientos de los que no siempre fue testigo, dado que no intervenía como nosotros en su desarrollo escénico…, pues muchas veces las intervenciones del gran detective eran escenas orquestadas. En descargo de Watson, hay que reconocer que Holmes no tenía tendencia a hablar demasiado de sí mismo, como bien descubriría yo luego, cuando el destino hizo que volviéramos a cruzarnos años después en la historia que pretendo contar en estas páginas, si tengo para ello vida y tiempo y no se me agota la inspiración en estepreámbulo, necesario para explicar algunos incidentes quizá secundarios de ese caso que me llevó a conocer, entre otros, al hombre más inteligente de la historia.

Aquella primera incursión mía en el mundo del gran detective, me imagino que fue más compleja de lo que yo entonces fui capaz de advertir, dada mi participación en el cambiazo de la carta al desconocido hombre del monóculo: no era más que un niño que veía el cuadro desde bambalinas, aunque fuese por un momento uno de los figurantes de la obra. Pero sé que la historia tuvoramificaciones un par de meses más tarde, y que en ella participó gente que, aunque entonces yo no lo supiera, era famosa y hasta importante. Qué hubo realmente en juego en aquel cruce de sobres y de barcas, a qué personaje se rescató en su momento, qué tristes destinos se entrecruzaron aquella noche en Limehouse, por qué la aventura no llegó a ser publicada nunca es algo que ignoro, aunque imagino que la discreción peso mas que otra cosa. Pasaría mucho tiempo antes de que el diabólico enemigo al que Holmes quiso dar caza se revelara al mundo y tuviera también su particular némesis, otro caballero al servicio del Imperio

másdado a la acción que a la reflexión y la cautela. Yo volví a encontrarme a aquel terrible maestro de asesinos una vez, en Hollywood, un par de décadas más tarde, pero tuve el buen tino de no mirar siquiera a aquellos ojos verdes de gato que le eran tan característicos. Es curioso, escribo estos recuerdos en mi mansión de Suiza, cuando sé que aquel terrible oriental debe de estar ya muerto y olvidado y sin embargo me resisto a revelar su nombres. Por si acaso, tal vez. Sherlock Holmes no es el único que encontró la manera de alargar su exigencia experimentando(a mino me ha hecho falta), aunque me temo que las investigaciones del diabólico doctor no se redujeron a abejas y jalea real, como cuentan que hizo el detective, sino a sustancias y recursos mucho más espantosos.

Para nosotros, ser un Irregular de Baker Street significaba poder rondar por las casas de tos neos y admirar sus vestidos, su elegancia, sus manías y su forma de vivir, tan alejada de la nuestra que era como si perteneciéramos a dos planetas diferentes, según nos separan los barrios y el río de Londres.

Agazapados en lassombras, encaramados a los árboles, vendiendo periódicos o jugando en las aceras, mi hermano, mis amigos y yo éramos testigos de una forma de vida que nos atraía y, también, nos repelía un poco.

La admiración se mezclaba con cierto desprecio, porque veíamos en aquellas teces pálidas y aquellos vestidos almidonados y limpios algo que aprendimos a identificar con la debilidad. Como la fábula de la zorra y las uvas, tal vez. Los caballeros y las damas de los barrios privilegiados de la ciudad, incapaces de resolver los líos de sus vidas, ineficaces, inadecuados, teman que recurrir a los servicios del detective consultor, y éste nosempleaba a nosotros, pequeña basura de las calles en la que ellos no reparaban siquiera. Luego, muchas veces, nuestra labor de espías les sacaba las castañas del fuego y ellos seguían sin advertir qué habíamos hecho para asegurarles de nuevo la tranquilidad de cuerpo y alma que tanto anhelaban.

Nos importaba poco, de todas formas. Nuestro trabajo era trabajo y como tal se pagaba. Dolía un poquito, eso es cierto, que las bellas muchachas que vivían en aquellas mansiones de muchas ventanas y verjas tampoco nos miraran. Más de una vez, durante mucho tiempodespués de aquella fugaz época, deseé ser Peter Pan y llevar conmigo a un sitioo lejano a alguna de aquellas émulas de Wendy.

Pero el trabajo para el señor Holmes tenía también un reverso oscuro que nos hacía correr peligro. Estoy seguro de que él no lo veía de este

modo, o que pensaba, puesto que éramos hijos de la calle y la mugre, que saldríamos sin problemas de cuantos líos nos pudieran estar espetando. Era así la mayoría de las veces: si no hubiéramos estado trabajando para él, muchos de los Irregulares no habrían sido, no habríamos sido, más que golfos y ladronzuelos, bandas de niños perdidos a la sombra de algún equivalente del Fagin de Charles Dickens (y, naturalmente, a estas alturas no voy a hacer ningún comentario sobre los arquetipos judíos: yo no lo soy, nunca lo he sido y me he hartado de negarlo por activa y porpasiva; mi hermano Syd sí lo es, y mi madre Hannah lo fue hasta convertirse al cristianismo), futura carne de presidio o de patíbulo. Holmes sin duda pensaba que nos redimía, al contrario que Waison, que nos consideraba unos apestados. El detective confiaba en nuestra capacidad para sobrevivir, pero quizá no era consciente, o tampoco le importaba, de que ser espía infantil tiene su precio, y que ese precio en ocasiones es demasiado elevado.

Durante algún tiempo estuvimos controlandó las idas y venidas de uncaballero alto y guapo, de labios muy finos y piel muy pálida. Ni Syd ni yo sabíamos quién era, pero tenia siempre a su alrededor un nutrido grupo de gente que le reía las gracias y aplaudía lo que, desde lejos, comprendimos que eran inteligentes ocurrencias. Era un hombre elegante, extravagante, de modales suaves. Un mariquita, lo identificó mi hermano enseguida. Yo me encogí de hombros. Uno de los otros chavales descubrió que era un poeta, y en el transcurso de nuestro seguimiento comprendí que debía de serlo, porque rondaba los teatros y una vez lo vi subir a un carruaje con una de esas grandes damas de la escena, para quien alparecer había escrito una obra nada menos que en otro idioma.

El caballero en cuestión visitó a Holmes en el 221 B de Baker Street,3anunciándose con toda la pompa y el boato que consideraba necesario, que era bastante: sólo ¡e faltó que le acompañaran un fotógrafo y una banda de música. Desde la calle donde jugábamos a las canicas a la espera de algún encargo, Syd y yo vimos que el rostro de Watson se agriaba más que de costumbre cuando se lo encontró en la puerta: no le gustaban los poetas, deduje, o tal vez no le gustabanlos autores dramáticos, o puede que no le hicieran gracia los mariquitas. Holmes, sin embargo, lo recibió en la casa y desde la calle nosotros nos frotábamos las manos: tardaron tanto tiempo en terminar su conversación que imaginábamos que el caso iba a ser

jugoso e interesante, y que sin duda lo veríamos publicado en las páginas de las revistas y notaríamos su importancia en el peso de nuestros bolsillos.

Un rato más tarde el caballero salió de la casa, llamó a un iandó y se perdió calle abajo, camino de uno de los casinos de la City o de una de esas reunionesliterarias que tanto abundaban en aquella época, para escándalo de mentes bien pensantes y algarabía sonrojada de las damas; en secreto, yo le llamaba «Señor Luciérnaga», quizá porque lo imaginaba de pie en aquellos salones, prendido de una luz propia, hablandó y chascarrilleando y sabiéndose más importante y más listo que todos los demás, más gracioso, más atractivo, más inteligente, más simpático…, una luciérnaga, sí, ajena al peligro de la llama alrededor de la cual bailaba. Qué lejos estaba yo entonces de imaginar que algún día iba a sentir en propia carne ese mismo desconcierto, pasar de la adoración a la repulsa, de la estima al exilio…

No pasó mucho tiempo antes de que Holmes nos llamara a la casa-Watson tuvo el buen tino de no dejar que lo viéramos y se retiró a otra habitación a escribir sus historias o a preparar sus medicinas baratas, lo mismo da, pero sé que escondió la cubertería de plata por si acaso. Nunca se fió de nosotros, nunca le gustamos; comprendo que a pesar de sus muchos matrimonios no tuviera jamás hijos, pues le 3 Como antes, Charlie sigue las convenciones del llamado "canon holmesiano" puesto que essabido que el 221 B de Baker Street era en realidad el número 31, ya que en aquella época la citada calle sólo llegaba hasta el número 85. (N. del t.)

espantaban los niños.

Holmes hizo que la servicial señora Hudson nos trajera té y pastitas, y mientras devorábamos el tentempié se explicó con sencillez, como hacía siempre con nosotros, aunque no creo que fuese porque nos tomara por tontos: el caballero que acababa de visitarlo estaba preocupado por un amigo suyo que había desaparecido hacía unas semanas. Un poeta, como él.

Holmes pronunció el término como sí eso justificara un montón de cosas, pero para nosotros un poeta era solamente un tipo finolis que escribía muy raro y, a veces, salía a recitar a los escenarios y tenía que decir casillas picantes y con rima si no quería recibir una lluvia de hortalizas o tomates en vez de aplausos.

–Puede que el caballero en cuestión haya sufrido algún accidente, una circunstancia que en nuestros días por desgracia es cada vez más común -

dijo Holmes, mientras contemplaba el atardecer a través de la ventana de su estudio-. O puede que haya abandonado voluntariamente su casa. Sé que no es feliz en su matrimonio. Sydney, Charlie, se le vio por última vez, según me comenta estecaballero que acaba de marcharse, por la zona de Límehouse. Y Limehouse es un lugar peligroso que ningún caballero debería frecuentar en estos tiempos.

Holmes agachó la cabeza, cruzó las manos a la espalda y añadió:

–Y ningún niño tampoco.

–No tenemos miedo, señor Holmes -dijo Syd, la boca llena y la avaricia reflejada en los ojos. Yo sí lo tenía, pero me daba un poco lo mismo: quería mi sueldo y si había que visitar aquella zona terrible para conseguirlo, no me importaba.

–Yo no puedo ir a Limehouse, muchachos -dijo Holmes, el ceño fruncido en gesto de concentración-. Mi presencia allí podría disparar muchas alarmas, y en este momento hay una circunstancia que hace desaconsejable mi presencia en ese lugar. No puedo ir a Limehouse como investigador.

–Para eso nos tiene a nosotros, señor Holmes -replicó mi hermano.

Holmes lo miró con seriedad. Su perfil de cuchillo resplandecía bajo la luz de gas.

–Para eso os tengo -asintió-. Pero debéis ir con cuidado, Sydney.

Vuestras pesquisas no deben levantar sospechas. Nadie debe saber que sois miembros de mi grupo de Irregulares: golfos de la calle, sí; investigadores con un plan premeditado, no. El caballero que buscamos puede haber desaparecido en aquel lugar: no creo que haya sido secuestrado, puesto que su fortuna no es tan grande, ni tampoco su fama. Al menos, no creo probable que haya sido secuestrado por el maestro del crimen al que persigo desde el mismo día en que nos conocimos en los muelles, Charlie, aunque éste sea tan escurridizo

–Entonces ¿tenemos que buscar a un caballero sin que nadie sepa

–No, no. Tenéis que buscar a ese poeta, sin duda. Su esposa, lady Rowena, es una buena amiga de algunos de mis amigos y hay mucha gente que aprecio preocupada por él. Lady Laura y sir Lawrence Alma-Tadema entre otros. Pero la policía no se atreve a entrar en muchas de las callejuelas

de Limehouse: hay horrores ocultos tras las sombras y ningún silbato podría salvar a los agentes de la corona si las cosas se pusieran feas para ellos mientras buscan a ese pobre desgraciado.

–¿Y usted tampoco se atreve a entrar en ese barrio de inmigrantes?

pregunté yo, los ojos espantados. Inmediatamente lamenté haber abierto la boca.

–Temo que si entrara ahora en Limehouse sería detectado inmediatamente por los agentes de ese misterioso maestro del crimen que busca establecerse en Londres, el mismo que ha sobornado a agentes enemigos y ha buscado la manera de operar desde las sombras sin levantar sospechas. He dado mi palabra yencontraré al señor Wilberforce cuanto antes, pero si me identificaran ahora en esas calles la posibilidad de desbaratar la red de criminales se vendría abajo, pues se establecerían en un sitio fuera de mi alcance. Lo último que necesitamos ahora es que venga nadie a ocupar el puesto de Napoleón del crimen que durante tanto tiempo ostentó en las sombras el profesor Moriarty.

–;Qué tenemos que hacer nosotros entonces?

–Lo que hacéis siempre. Tener los ojos abiertos. Preguntar con inteligencia y disimulo, venir a informarme inmediatamente cuando creáis que hay una pista clara del paradero de ese poeta.

–¿ Wilberforce?

–Alexander Wílberforce, ése es su nombre.

–Nunca había oído hablar de él -comentó mi hermano-. Me quedé en Shakespeare.

–No es mala elección tampoco -dijo Holmes, algo seco. Supongo que captó que mi hermano no había leído más que algún periódico de sucesos y el libreto de Los piratas de Penzance, que andaba por cualquier rincón de casa, entre los guantes a medio terminar con los que mi madre intentaba ganarse la vida trabajando ahora de costurera.

Después de llenarnos los bolsillos de galletas, nos despedimos del señor Holmes. Por fastidiar a Watson, pensé en llevarme también una cucharilla, pero la señora Hudson y Holmes no tenían que pagar el pato de la antipatía que despertaba en mí el médico cojo, así que lo dejé estar, porque siempre he sido un chico bueno y no confiar en los bancos no significa exactamente ser un ladrón: de ese modo, como es bien sabido, me libré del crack bursátil