Elemental, querido Chaplin
Capítulo 7
envió a alguien a hacer pesquisas al hotel donde Gillette se hospeda. Sé que nadie se toma lamolestia de hacer desaparecer a una persona de esa manera si no tiene en mente un plan que implica preservar su vida y sacarle provecho. Un asesino cobra al instante el precio de su acto: su moneda es la sangre, su motivación el despecho. Un secuestrador tiene más sangre fría y actúa a largo plazo, armándose de paciencia y jugando con el tiempo.
–Nos encontramos entonces en el segundo caso. – De momento, Charlie. Pero basta de charla. Hemos de que ir al hotel donde se hospeda el señor Gillette. Tal vez allí encontremos las pistas que aquí se nos han negado. Pero antes…bueno, supongo que tendremos que cumplir con la etiqueta. – ¿La etiqueta?
–La reina Alexandra y sus honorables parientes. Habrá que ir a saludarlos y presentarles nuestros respetos. Después de todo, han venido a conocerme, ¿verdad?
7
Sherlock: Holmes no era sólo un detective: era un artista. Había creado un personaje de sí mismo y la gracia de su interpretación era que desconcertaba siempre al público de que sabía rodearse en toda situación.
Era amable y calculador, cordial y enigmático, discreto como sólo puede serlo un caballero. Tenía la frialdad del tigre y la sabiduría de una serpiente; nunca sabías si iba a enseñarte los dientes o te iba a inocular un veneno tras un ataque fugaz y mortífero. La máscara que era actuaba en todo momento, como si conociera de antemano el argumento de la obra que nos ayudaba a representar, y por eso era capaz de entrar y salir de sí mismo, de estar actuando de una manera mientras su cabeza estaba barruntando algo diferente en otro lado. Acababa de dejar de ser el Sherlock Holmes que había ideado William Gillette y, sin solución de continuidad, tras quitarse ese maquillaje, empezó a ser un William Gillette que él mismo inventaba sobre la marcha. La vida como un juego, el misterio y el enigma como las casillas en las que el jugador va desgranando el avance por el tablero; eso vi en ese momentoque hacía Holmes. Tenía un misterio por resolver, pero antes que nada debía mantener el statu quo de un mundo que, si no era perfecto, sí conservaba un equilibrio que merecía la pena preservar. Y como era perfectamente capaz de simultanear esas dos cosas, no tuvo reparo alguno en subir a los palcos de autoridades e imitar un acento americano tan
perfecto que nadie habría sospechado que era ficticio. Y así, después de saludar con mucha elegancia a la reina y sus acompañantes, intercambiando las banalidades típicas de esta clase de encuentros y eludiendo en codo momento identificarse como Sherlock Holmes o como William Gillette, el detective recibió los parabienes reales por su actuación de hacía unos minutos, departió con el rey de Grecia en su propio idioma, para sorpresa de todos (y, quizá, haciendo gala de paso de unas habilidades lingüísticas que posiblemente el Gillette verdadero no tenía), y tras unos minutos de agradable charla esperó a que sus majestades abandonaran el teatro antes de ponerse en marcha e indicarme, chasqueando los dedos, que lo acompañara.
Entonces el rostro de Holmes cambió, dejó de parecer un actor sonriente yafectado y adquirió en un instante los rasgos afiladísimos necesarios para la concentración absoluta en un caso que parecía, cuando poco, molestarlo.
No sé cuál de todas aquellas máscaras que había adoptado en un lapso de media hora era la verdadera: quizá todas a la vez. Actor siempre, tenía razón, el intérprete de un personaje originalisimo, lleno de matices, constantemente cambiante y nuevo. Llegamos al Hotel Carlton, donde se hospedaba William Gillette hasta su desaparición dos horas antes. A una seña de Holmes me acerqué al recepcionista yle pedí «la llave de las habitaciones del señor Gillette», con gesto indolente y con el sombrero ladeado sobre la cabeza, como si estuviera fuera de lugar que nadie dudara en entregarme la llave ipso facto. El recepcionista, un muchacho un par de años mayor que yo, me tomó sin duda por el criado del actor americano: Holmes tuvo el detalle de mantenerse aparrado, junto a la escalera, encendiendo un cigarrillo que ocultara con su humo lo distinto de sus rasgos, cosa que no comprendí hasta que me dio por estrujarme un poco la sesera. Alguien había secuestrado a Gillette, y si estaba convencido de ello, y esperaba la llegada de la policía paracomprobar si iniciaban una investigación, lo más probable es que hubieran dejado a alguien observando. Y si de pronto aparecía un sosias de Gillette pidiendo la llave de su habitación, el conflicto podría complicarse en un momento en que no era demasiado conveniente. Holmes y Gillette se parecían mucho, la confusión estaría asegurada. Es más, para mí lo sorprendente de todo aquel juego de identidades cambiadas era comprobar cómo los gestos genuinos que yo veía ahora en Holmes los había visto ya, cada noche, en la interpretación de Gillette. Comprendí que, enefecto, los dos hombres se
habían conocido en el pasado y que Gillette había compuesto su personaje a partir de su observación del ser real; sin duda Holmes había basado su breve personificación de Gillette en sus recuerdos del actor que hacía de sí mismo. Fue una lección que seguí desde entonces a rajatabla: para que un personaje tenga enjundia, hay que basarlo en alguien conocido, hasta el último tic, y a partir de ahí trabajar para, descomponiéndolo, crear uno nuevo. Me dio buenos resultados siempre, hasta que la caza de brujas me exilió de Hollywood.
Conseguida la llave, apenas tuve tiempo de maravillarme comparando la abismal diferencia que había entre la suite de Gillette y los antros de poca monta que yo frecuentaba cuando iba de gira por provincias. Holmes encendió la lámpara y procedió, antes que nada, a alzar una mano que me detuvo donde estaba.
–No toques nada, Charlie -ordenó, llevándose un dedo a los labios; sus ojos resplandecían, y juraría que casi podía oír un zumbido eléctrico en su cabeza, el engranaje de su mente prodigiosa en funcionamiento. Debe de ser algo común a ese tipo de superhombres: también mi amigo Clark Savagc Juniot, cuandomeditaba, parecía crear una especie de energía estática alrededor de su rubia cabeza. Dicen que los pensamientos son reacciones eléctricas: en hombres como Holmes y como Savage el relámpago de esa electricidad iba acompañado de un trueno continuo.
Obedecí al detective y me quedé de pie junto a la puerta. Holmes la cerró, sin ruido, y giró sobre sus talones con la gracia de un bailarín o un boxeador de peso ligero. Lo más probable es que nunca hubiera estado en esta habitación, perose movía por ella como si la conociera al detalle: un solo vistazo a su alrededor y ya había medido sus dimensiones, calibrado sus huecos, valorado los escondites que pudiera haber en sus rincones.
–Quítate la chaqueta y acércate a la ventana, Charlie, ¿quieres?
Hice lo que me pedía y me quedé en mangas de camisa y chaleco.
Colgué la chaqueta del respaldo de una silla, con mi sombrero, que de pronto pareció espantosamente deslucido y viejo, el fieltro gastado, en comparación con la calidad de la habitación donde nos encontrábamos.
–Descorre las cortinas con normalidad, como si en efecto fueras mi criado.
Dicho y hecho. Me di cuenta de que Holmes pretendía que actuara con absoluta naturalidad, haciendo lo que el sirviente de Gillette habría hecho…
de haber existido. Bueno, si se trataba de teatro en la vida real, por mí no había ningún problema. No es mucho más difícil hacer de criado que de camarero o de botones. Antes de que pudiera volverme, Holmes preguntó: -
¿Nos siguen vigilando desde la calle?
El corazón me dio un vuelco. Yo no había advertido que nadie nos siguiera: en cualquier caso, era imposible, en el carruaje que nos había traído en la oscuridad de la noche, haber visto nada. Pero una cosa era suponer que hubieran estadoesperando a la policía en el vestíbulo del hotel, y otra muy distinta que nos hubieran estado siguiendo desde que salimos del teatro. Algo no me encajaba, pero no era capaz de darme cuenta de dónde estaba el problema. Me acerqué a la ventana, como si fuera a arreglar los visillos, y miré hacia abajo. – No veo a nadie.
–Debe de estar cerca de las farolas, fuera del alcance del foco de luz. Un escocés.
Me esforcé por escrutar disimuladamente la calle, mientras des corría los visillos. Tras esforzarme un poco, logré distinguir que, en efecto, había una siluetajunto a las farolas. Si Holmes lo aseguraba, di por bueno que se trataba de alguien que nos había estado siguiendo. Confieso que me puse algo nervioso.
–Hay un hombre donde usted dice. Pero no veo que lleve ningún kilt,
¿cómo puede asegurar que sea escocés?
–Por el bastón. No lo utiliza como un caballero, sino como sólo lo emplean los highlanders para abrirse paso entre el brezo, apoyándolo con demasiada fuerza en el suelo -explicó Holmes, como si saltara a la vista y yo pudiera ver algo queestaba arropado entre las sombras y que, por cierto, tampoco él veía desde donde estaba-. Además -continuó-, sus orejas son características de la zona de Strarndyde.
–¿Todo eso ha visto usted, y además de noche? – pregunté. No me gusta quedar como un tonto, todavía menos que me tomen por uno. Como actor en ciernes, yo sabía que había que observar al prójimo para marcar sus gestos y luego imitarlos, pero nunca habría podido imaginar que la forma de sujetar un bastón otener las orejas pudieran indicar a nadie de dónde es uno.
–El tabaco que fuma tiene un aroma marcadamente especial, inconfundible dijo Holmes, como si con eso rematara definitivamente su descripción del personaje y el hilo de su deducción-. Me aficioné a él durante mí estancia en los páramos de Devonshire. Además, lo he
despistado ya dos veces, de lo cual se deduce con facilidad que se trata de un hombre que no está familiarizado con Londres.
–Entonces ¿no nos seguían a nosotros, sino que ya venían siguiéndolo a usted de antes?
–Eso parece.
–Pero ¿quién es?
–Eso, Charlie, está por ver. Dejémoslo que siga esperando y vayamos a lo nuestro, aunque tengo el desagradable presentimiento de que aquí tampoco vamos a encontrar nada que nos ayude a localizar el paradero del amigo Gillette.
–¿Qué le hace pensar una cosa así?
–Ni la puerta ni las ventanas han sido forzadas -explicó, señalando con undedo-. Fíjate, la corbata del señor Gillette está doblada sobre la silla, y sus zapatillas junto a la cama, en perfecta alineación con la alfombra. La cama está hundida y arrugada, señal de que estuvo acostado un rato antes de salir hacia el teatro: cualquiera que hubiese entrado aquí a registrar habría dejado los cajonesabiertos, o algún tipo de huella de su paso. SÍ no aquí, en las botellas y perfumes. O en los utensilios del cuarto de baño.
Aun así, Holmes dedicó sus buenos quince minutos a registrar minuciosamente armarios y cajones. Movía las manos por encima de los utensilios como el músico que hace volar sus dedos por encima del instrumento, acariciándolo más que tocándolo, como si aquellas corbatas, aquellos perfumes, aquellos útiles de afeitar y aquella colección de zapatos y calcetines fueran una orquesta de dondepudiera arrancar los acordes de una confesión. Yo no oía más que silencio. Por fin, Holmes guardó la lupa y no pudo evitar que en su rostro se marcara un gesto de frustración. Recogió la corbata y se la metió en el bolsillo, cosa que me extrañó porque él favorecía el lazo.
–Como imaginaba-dijo, con frialdad de matemático-. Quienquiera que haya secuestrado a Gillette no tiene demasiado interés en su persona, sino que persigue una cosa bien distinta. Vamos, Charlie, tenemos que ir a mi antiguoapartamento de Baker Street.
–¿Y qué hacemos con nuestro amigo escocés?
–Deja la lámpara encendida: eso le entretendrá. Saldremos del hotel por la puerta lateral. Tú primero. Espérame en el pub que está tres esquinas más
abajo. Yo te seguiré pasados unos minutos. No te preocupes, si es necesario recurriré a un disfraz para librarme de nuestro amigo.
Me puse de nuevo la chaqueta, cogí mi viejo sombrero y salí del hotel como si no me estuvieran persiguiendo, aparentando una tranquilidad que no sentía: sialguien había secuestrado a William Gillette, también podían secuestrarme a mí. Luego pensé que nadie estaría dispuesto a pagar un chelín por mi insignificante persona y me calmé un poco.
Llegué al pub a paso tranquilo. Entré, pedí media pinta de cerveza tibia y estaba terminándomela, siguiendo involuntariamente con el pie el ritmo de las canciones que alguien asesinaba en un escenario que parecía llamarme como una sirena, cuando un cochero, alto y con librea, bufanda sobre el rostro y sombrero de copa encasquetado hasta las cejas, entró y me hizo una seña para que lo acompañara.
–¿Un nuevo disfraz, señor Holmes? Apuesto a que ese escocés no ha sido capaz de reconocerlo con estas ropas.
Pagué la cerveza sin apurarla y seguí al cochero hasta un coche de caballos que, oportunamente, nos esperaba en la calle. El hombre me abrió la puerta y para mí sorpresa vi que dentro, fumando un cigarrillo a medio consumir, me estabaesperando el señor Hoímes. Así que no había necesitado disfrazarse para salir del hotel, después de todo.
El cochero se aupó al pescante y con un trallazo nos pusimos en marcha. Holmes parecía pensativo, melancólico, como si en su mente se barajaran un montón de posibilidades y las fuera descartando una a una. Si normalmente no parecía un hombre de este mundo, cuando se sumía en sus pensamientos se le veía todavía más lejano y remoto, un Buda enjuto que estuviera reflexionando sobreasuntos que estaban más allá de este plano existencia]. Sólo "William Randolph Hearst y Orson Welles (enemigos declarados y, sin embargo, tan parecidos enríe sí) adoptaban esa actitud contemplativa que los apartaba del mundo: el uno, porque se creía un dios; el otro, porque lo era.
Llegamos a Baker Street y yo bajé primero del carruaje. Holmes se entretuvo unos instantes con el cochero, al que pagó tras intercambiar con él unas palabras que no logré oír, aunque tampoco puedo decir que me llamara la atención entonces:es normal en Inglaterra hablar del tiempo a cada oportunidad, y los cocheros y taxistas son expertos en ese tema y en otros muchos. No pude evitar mirar a mi alrededor, temiendo que en cualquier
momento las sombras adquirieran brazos y piernas, pero al parecer nadie nos había seguido. Todavía.
Holmes y yo nos acercamos a la puerta del 221 B de Baker Street, una calle que apenas había cambiado desde hacía diez años. La casa estaba oscura, cerrada a cal y canto desde que Holmes se había retirado de la investigación detectivesca y había decidido trasladarse cerca de Eastbourne, en ¡as colinas al sur de Sussex. No sé qué había sido de!a vieja y amable señora Hudson, y desde luego, si el doctor Watson ejercía en alguna parte la medicina, que no contara conmigo como diente. Creo, de todas formas, que se había especializado en obstetricia. El mayor de loscontrasentidos: un antiguo médico militar metido a cosas de mujeres. Con tantos matrimonios a sus espaldas no era raro, claro, como tampoco es de extrañar que muchos años más tarde yo me inspirara en él pata interpretar mi Monsieur Vcrdoux.
Holmes introdujo la llave en la cerradura y me hizo un gesto con el dedo, para que guardara silencio. Yo estaba ya prevenido y sabía que no debía tocar nada, ni abrir la boca, y respirar apenas lo justito y necesario.
No sé qué notó Holmes, pero su rostro se volvió tenso antes de cruzar el umbral de su antiguavivienda. De perfil, parecía un águila que escruta desde las alturas el camino de su presa.
Entramos en la casa. Holmes se quitó el sombrero y, sin mirar, lo colgó de un perchero que había a su derecha, un gesto tan calculado que pensé que sería divertido desarrollar en un gag teatral qué pasaría si el perchero se movía y el sombrero caía al suelo. Prendió una cerilla y encendió una lámpara. Subió los diecisiete escalones hasta el primer piso sin hacer ningún ruido, como si tuviera pies de gato.
Yo apenas recordaba los detalles pues hacía casi una década desde aquella vez que entré con Syd en la casa de Holmes, pero no me hizo falta ser un detective experto para darme cuenta de que, por muy desordenado que hubiera estado normalmente todo en la época en que el doctor Watson y Sherlock Holmes compartían la vivienda, por mucho que la señora Hudson se quejara de las manchas de ceniza y el descuido indolente de dos hombres solteros, no podía haberse parecido ni de lejos a lo que vi ahora.
El caos se había apoderado de las habitaciones, en especial del estudio.
La silla de respaldo recto estaba volcada, los sillones rasgados, el pequeño laboratorio abandonado hacía anos estaba hecho trizas y los restos de matraces y pipetas manchaban la alfombra, como si alguien hubiera
celebrado una boda con productos químicos en vez de vino. Los cuadros habían sido descolgados de su sitio; la alfombra, cubierta de polvo, mostraba signos de haber sido acuchillada, quizá para intentar comprobar si había algo escondido debajo.
Lo peor eran los libros. Todos estaban diseminados por el suelo, como cadáveres de palomas blancas, centenares de páginas rotas, sucias, arrugadas. Manuscritos y documentos, notas y diplomas. El desastre que Holmes había esperado encontrar en las habitaciones del hotel donde se alojaba Wílliam Gillette estaba allí, en su propia casa deshabitada.
Haciendo gala de una sangre fría envidiable, Holmes terminó de encender todas las lámparas. En una de las paredes, ocupando el lugar que había dejado vacante un cuadro, vi la clara huella de unos disparos.
–¡Señor Holmes! – susurré, tan asustado como sí hubiera entrado en un castillo de fantasmas-. ¡Mire!
Holmes apenas prestó atención a mi alerta. Balazo a balazo, en la pared se veían marcadas dos letras: V y R.
–Tranquilo, Charlie -dijo el detective, sin mirar siquiera lo que mi imaginación desbocada había interpretado como advertencia-. Esas huellas de la pared son antiguas. El recuerdo de una mala costumbre para matar el aburrimiento.
En ese momento no le entendí, sólo mucho más tarde supe que el propio Holmes había hecho aquellas marcas años atrás, usando una pistola de salón. En su tedio, en la falta de alicientes que espolearan su mente preclara, había ido disparando hasta marcar las iniciales de Victoria Regina.
Una sombra enorme cubrió entonces la luz, y en la puerta apareció un hombre gigantesco, un coloso que ocupaba todo el marco. Sofoqué un grito de pánico. Holmes no se inmutó.
–Bueno, al menos está-aquí -dijo el coloso con voz sorprendentemente suave. Cruzó la habitación y se sentó en uno de los sillones, sin darle importancia a que el tapizado no estuviera en condiciones. Milagrosamente, el sillón resistió su peso.
–¿Acaso lo dudabas? – masculló Holmes, encendiendo un nuevo cigarrillo y arrojando la cerilla usada a la chimenea muerta.
–Por supuesto que no. Tienes buen aspecto, Sherlock.
–Vida sana en el campo. Y una dieta maravillosa a base de miel de abeja.
–Me temo que tus invenciones culinarias no acaban de ser de mi agrado.
–Sin duda muy distintas al pato al curry que has cenado esta noche.
–¿Tengo una mancha?
–Dos. Una en el chaleco, bajo la cadena del reloj, la otra en el zapato.
La segunda, sin duda, producida al retirar el plato.
–Cada vez hay menos proresionalidad entre los camareros de los restaurantes. No sé que va a ser del -imperio cuando nosotros ya no estemos.
–Llegarán nuevos camareros. Indios y chinos, ce apuesto lo que quieras.
Y otros caballeros con otros gustos. Culinarios y de todo tipo.
Yo no entendía nada. Aquel hombre le hablaba a Holmes con un tono casi irrespetuoso, como si fuera un maestro que reprende a un alumno díscolo. Merecordaba la manera en que Syd me trataba en ocasiones, cuando me restregaba por las narices que era mi hermano mayor y, por tanto, su palabra era ley.
–Charlie, permíteme que te presente. Charlíe Chaplin, un joven actor con mucho futuro -dijo Holmes, caballero ante todo-. Éste es mi hermano Mycroft, Mycroft Holmes. Podemos decir que es… matemático.
Entonces vi el parecido, a pesar de la diferencia de tamaño: los mismos ojos acerados, la misma actitud de abatimiento que a veces produce el hartazgo, esebrillo interno que da la comprensión de que el tiempo pasa más despacio de lo que quisieran los engranajes de tu cerebro.
El señor Mycroft Holmes me saludó con un breve gesto de cabeza.
Parecía un hombre dispuesto a ahorrar en lo posible cualquier tipo de movimiento. De los tres, era el único que permanecía sentado. Si Holmes me había parecido un águila un momento antes, su hermano era un gran oso blanco. En su aspecto descaradamente indolente había una fiera que podría rugir y destruir a su enemigode un zarpazo.
Mycroft Holmes echó una ojeada al naufragio que nos rodeaba, clavó unos instantes la mirada en el suelo y suspiró. Parecía lamentar tanto los destrozos causados en la casa como el esfuerzo invertido en llevarlos a cabo.
–Bueno, Sherlock -dijo por fin-, ya sabes lo que significa esto.
El detective asintió. Una nube de humo gris le cubrió medio rostro.
–No iban a por Giliette, como ya imaginaba. El objetivo era yo.
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