Expediente Medellin

Susana Martin Gijon · Capítulo 11 de 23

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Expediente Medellin

Capítulo X

X

—Pase, por favor.

Daniel asciende unos escalones herrumbrosos hasta la entrada de la modesta vivienda color verde lima. Se compone de una sola estancia, apenas treinta metros cubiertos por un tejado de uralita que concentra todo el calor del sol colombiano. Se despoja de la chaqueta y aspira el aroma de la comida en el fuego.

—Gracias, señora Arbeláez. Huele muy bien —señala en dirección a la cazuela cuyo contenido borbotea alegremente.

María Lucero asiente con una sonrisa triste en su cara de pasa. Hace años que se le olvidó sonreír de otra manera.

Daniel deja que sea ella quien marque los tiempos. Lo invita a sentarse y le sirve una generosa ración de estofado, del que ambos dan cuenta en un silencio casi reverencial. Intuye que en un lugar así no se come carne todos los días y que esa mujer ha hecho un esfuerzo por ofrecerle lo mejor que ha podido conseguir. La observa con pesadumbre: es una viejita encogida, un cúmulo de huesos, desesperanza y miseria.

Cuando acaban y tras servirle un café, la mujer fija en él sus ojillos hundidos. «Suelte lo que tenga que soltar», parece decir. Daniel respira hondo. Ha venido a contarle que sabe quién es, que ese monstruo no tenía ninguna razón para matar a Camilo, que su hijo no había hecho nada malo, que es imposible entender el código de un cerebro asesino, que no tiene cura y va a seguir matando hasta que alguien le pare los pies. Pero ve esa expresión de sufrimiento crónico, de tristeza enquistada, la reconoce y se siente incapaz de compartir todo eso con ella. Sabe que solo acrecentará su dolor, de modo que le dice lo único que puede aplacarlo y que es, en definitiva, lo que le ha traído hasta allí:

—He venido para acabar con el asesino de Camilo.

—Pase, por favor.

Daniel asciende unos escalones herrumbrosos hasta la entrada de la modesta vivienda color verde lima. Se compone de una sola estancia, apenas treinta metros cubiertos por un tejado de uralita que concentra todo el calor del sol colombiano. Se despoja de la chaqueta y aspira el aroma de la comida en el fuego.

—Gracias, señora Arbeláez. Huele muy bien —señala en dirección a la cazuela cuyo contenido borbotea alegremente.

María Lucero asiente con una sonrisa triste en su cara de pasa. Hace años que se le olvidó sonreír de otra manera.

Daniel deja que sea ella quien marque los tiempos. Lo invita a sentarse y le sirve una generosa ración de estofado, del que ambos dan cuenta en un silencio casi reverencial. Intuye que en un lugar así no se come carne todos los días y que esa mujer ha hecho un esfuerzo por ofrecerle lo mejor que ha podido conseguir. La observa con pesadumbre: es una viejita encogida, un cúmulo de huesos, desesperanza y miseria.

Cuando acaban y tras servirle un café, la mujer fija en él sus ojillos hundidos. «Suelte lo que tenga que soltar», parece decir. Daniel respira hondo. Ha venido a contarle que sabe quién es, que ese monstruo no tenía ninguna razón para matar a Camilo, que su hijo no había hecho nada malo, que es imposible entender el código de un cerebro asesino, que no tiene cura y va a seguir matando hasta que alguien le pare los pies. Pero ve esa expresión de sufrimiento crónico, de tristeza enquistada, la reconoce y se siente incapaz de compartir todo eso con ella. Sabe que solo acrecentará su dolor, de modo que le dice lo único que puede aplacarlo y que es, en definitiva, lo que le ha traído hasta allí:

—He venido para acabar con el asesino de Camilo.

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