Expediente Medellin

Susana Martin Gijon · Capítulo 16 de 23

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Expediente Medellin

Capítulo XV

XV

Me encuentro frente a una puerta. En el cristal superior, en letras negras descascarilladas, puede leerse:

«R. Chaves Agencia de investigación privada».

Llamo y espero hasta que me abre una mujerona que rondará los cuarenta años y los cien kilos de peso. Viste chaqueta de sastre con una falda de tubo a juego que se ciñe con descaro a sus enormes curvas, y una camisa de licra amarilla bien escotada que obliga a la vista a dirigirse sin remedio hacia sus monumentales pechos. Tiene la tez oscura y lleva el pelo negro largo con raya al medio, cayéndole en tirabuzones a ambos lados de la cara. Es la propietaria de unos carnosos labios pintados de un rojo grana intenso y de unas pestañas tan cargadas de rímel que parece que si parpadea los ojos se le quedarán pegados para siempre.

—Buenos días, ¿está su jefe?

—¿Quién

lo

pregunta?

—dice

mientras

mastica

chicle

indisimuladamente. Su tono es rudo, su mirada hosca. No es la secretaria más hospitalaria del mundo. Quizá la tiene contratada para espantar clientes.

—Dígale que soy la amiga de Rafa Guerrero.

—Pase.

Me adentro en la agencia, poco más que un cuchitril polvoriento. En un rincón ve pasar las horas un archivador gris metálico antediluviano que un vendedor en eBay no dudaría en calificar de vintage. En la pared izquierda cuelga un corcho con post its de todas las formas y colores, y en la derecha un mapa de la ciudad clavado con chinchetas que un día fueron doradas. A

su lado, un perchero de pie sostiene un fular estampado y un elegante sombrero burdeos de paja toquilla. Al fondo, un escritorio, igual de vintage, cubierto de polvo y carpetas y un par de sillas, y tras todo ello, una persiana veneciana que deja filtrar la luz justa a través de sus rendijas.

La mujerota me indica que me siente en una de las sillas frente al escritorio, mientras ella misma se encamina en esa dirección.

—¿Y Raí?

—¿Ve alguien más en este despacho?

—Pues no, por eso…

—Otra pendeja que piensa que soy su secretaria, ¿eh?

—No, yo…

—Tranquila, a Rafa le pasó lo mismo la primera vez. Soy Raimunda Chaves, Rai para los amigos. Usted puede llamarme Raimunda.

—Eeeeh… encantada, Raimunda.

—Bienvenida a la primera Agencia de Mujeres Detectives del país.

—¡Anda, como la de Mma Ramotswe!

—Algo así. Solo que aquí no bebemos infusiones de roiboos; preferimos el ron de Caldas. Bueno, cuénteme a qué ha venido, que no tengo todo el día. A menos que me contrate, claro: en ese caso soy toda suya.

—¿Cuánto cobra? —pregunto preocupada.

—Veinticinco dólares al día más gastos —dice mientras se acomoda tras el escritorio y se pasa de un carrillo a otro el chicle—. Siempre que sea una investigación razonablemente honrada, claro.

—Claro, claro. Y el whisky va incluido en los gastos.

—Correcto. El whisky y el ron. Veo que nos llevaremos bien.

Suspiro hondamente y comienzo a contar de nuevo mi historia. Ella se limita a escuchar, o eso creo, porque permanece con la mirada perdida en algún punto en el vacío. Cuando finalizo, me observa durante un rato sin mover un solo músculo de la cara, salvo para cambiarse el chicle de carrillo de tanto en tanto.

—Así que escritora, ¿eh?… Pues le diré una cosa, amiga. Si acepto el caso, usted se limitará a teclear. Yo me encargo de lo demás.

—Está bien. Usted investiga y yo escribo —ahora mi suspiro es de alivio. Es justo lo que pretendo.

—Perfecto. Abriré un expediente y comenzaré hoy mismo —dice mientras alcanza una de las subcarpetas, le sopla el polvo y escribe sobre ella.

Me levanto para dar por terminada la cita y ella me imita. Además de rolliza, es una mujer sorprendentemente alta. Aún sin los taconazos sobre los que hace equilibrios me sacaría tranquilamente un palmo. Le tiendo la mano para sellar nuestro acuerdo y ella la estrangula y la zarandea hasta dejarme con la sensación de que no me queda un solo hueso intacto. A quién se le ocurre.

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