Expediente Medellin

Susana Martin Gijon · Capítulo 19 de 23

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Expediente Medellin

Capítulo XVIII

XVIII

Raimunda aparca su destartalado Honda Civic junto a la vivienda. El cielo está cubierto y eso hace que la noche sea aún más oscura. Tan solo la luna, semioculta por las nubes, deja traspasar por momentos un halo de luz mortecino y débil. Al fondo brillan las luces de la ciudad, desperdigándose por las colinas y apiñándose a medida que la altitud decrece. Todo está sumido en un profundo silencio. Se acerca decidida a la entrada, y se dispone a cruzarla cuando oye una voz del otro lado:

—¡Alto! ¡Deténgase o disparo!

Daniel permanece apostado frente a la casa cuando ella llega. Desde el refugio que le proporcionan las placas de uralita de una barraca abandonada la ve detenerse y llevarse la mano derecha al bolso. Le apunta con la linterna en una mano y el arma en la otra.

—Ni se le ocurra. Las manos arriba.

Lejos de obedecerle, la mujer extrae una pistola de bolsillo y Daniel se pone muy nervioso. Por nada del mundo va a dejar que le desbaraten su plan.

—¡Tire el arma o la acribillo!

Ha querido sonar autoritario, pero un tono agudo se filtra en su grito como si hubiera pisado a un gato callejero.

—Vale, vale, tranquilito.

Raimunda se agacha con parsimonia, deja su Glock 26 en el suelo polvoriento y se la acerca de un puntapié. No le gusta vérselas con histéricos, una nunca sabe por dónde pueden salir. El comisario se agacha para recogerla entre la espesa nube de partículas en suspensión que ha provocado y la recoge. Se sacude el polvo y sigue apuntándola.

—Ahora venga despacio hacia aquí.

Cuando Raimunda se aproxima, ve a un hombre bajito, fofo y poco agraciado. Tiene nariz, orejas y boca grande, y unas cejas enormes y despeinadas. Bajo ellas, unas bolsas le llegan hasta el suelo, y en alguna parte entre unas y otras, dos ojillos ratoniles acechan con aprensión. Lleva el pelo ondulado engominado hacia atrás acentuando unas entradas que anuncian una calvicie próxima e inexorable. Sabe quién es. La escritora se lo ha descrito exactamente así.

—Daniel Jiménez, ¿verdad?

—¿Quién demonios lo pregunta?

Le tiende una tarjeta, que este lee con avidez.

—¿Investigadora privada? Váyase de aquí. No le conviene meter las narices en este asunto.

—Ah, no lo creo. He invertido mucho tiempo en dar con ese man. Voy a llevarle con mi cliente.

—¿Al asesino?

—No es un asesino, solo un pobre chico un poco confundido.

—¿Luis Alfredo Plaza un pobre chico confundido? ¿Se hace una idea de cuántos cadáveres carga en sus espaldas?

—¿Qué Luis Alfredo ni qué leches? Bruno Scorza, está ahí escondido.

—¿Bruno qué? Eh, espere, ese nombre me suena de algo… ¡pero si es el novio de Annika! El que desapareció…

—Justo. Y yo le he encontrado. Y ahora voy a sacarle de ahí y llevarle con mi cliente —repite con tono cansado.

—¿Bruno está ahí dentro?

—Ajá.

—Pues hay un asesino peligroso con él. No puede entrar.

—¡Tan chistoso! Ya verá como sí.

Daniel vacila, tratando de pensar con rapidez.

—Le cubriré las espaldas. Pero con una condición.

Raimunda alza una ceja interrogante.

—Después se largan y deja que yo arregle cuentas con el otro.

—Por mí, chévere —alza los hombros con indiferencia. No piensa pegarse por pasar el rato con un asesino en serie. No por veinticinco dólares al día.

—Pues vamos allá —respira hondamente. Este acontecimiento inesperado obliga a mover pieza. Ya estaba cansado de esperar. En cuanto se quiten de en medio, cumplirá con lo que ha venido a hacer. Terminará con ese desequilibrado y todos sus muertos descansarán. Su hermano Oliver, el hijo de María Lucero y toda esa hueste de hombres y mujeres desesperanzados que vagan en el más allá intentando entender por qué la vida se les fue sin avisar.

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