Expediente Medellin
Capítulo XVII
XVII
Los dos hombres llevan toda la tarde sin dirigirse la palabra. Se limitan a mirarse el uno al otro con desconfianza. Las horas han ido transcurriendo y ambos se han sumido en la oscuridad, adaptando sus retinas a medida que la luz menguaba.
Un golpe sordo suena de improviso afuera y ambos se sobresaltan. Luis Alfredo se lleva un dedo a los labios; al cabo de unos segundos, el sonido distante de unos pasos les llega con toda claridad.
—¿Quién anda ahí? —grita Bruno, ignorando su aviso.
Luis Alfredo le dirige una mirada de desprecio. Nadie contesta, pero las pisadas suenan de nuevo, furtivas y cautelosas. Después, el silencio lo invade todo.
—Yo me encargo, métase en la habitación y atranque la puerta —le hace un gesto de advertencia con el dedo índice—: y esta vez, obedezca.
Pensaba que vigilar al tipo que retienen en esta casucha sería una forma cómoda de ganarme un dinerillo, pero ya empiezan los problemas. Hay alguien merodeando fuera y no se ve un carajo, y supuestamente tengo que proteger el chiringuito. En estas malditas viviendas no hay luz eléctrica. En cuanto anochece, uno puede colarse y no te enteras hasta que lo tienes encima.
Me quedo quieto en la penumbra y oigo de nuevo los pasos: el intruso está en el descampado que da a la parte trasera de la casa. Me asomo cuidadosamente a la ventana, y entonces, como si me hubiera olido, el haz
de luz de una linterna se alza y me da de lleno en la cara, cegándome por completo.
Estoy en desventaja, me ha visto y yo a él no, aunque conozco su posición. Las armas de fuego no son mi herramienta de trabajo preferida, pero cuando hay que manejarlas no tengo ningún problema en disparar a quien sea necesario. Coloco el rifle en posición y apunto sin titubeos, pero antes de darme tiempo a nada, la linterna se apaga y la oscuridad lo engulle. Pienso con calma: hay dos vías de entrada. Una es por la puerta principal. Otra, un postigo que conduce a un patio desangelado junto al erial en el que ha desaparecido. Estoy dudando sobre dónde situarme cuando escucho un disparo y el estruendo de cristales rotos. Me tiro al suelo en un gesto instintivo. Después alguien grita:
— ¡Sal con las manos encima de la cabeza!
Mierda. Es su voz. Su maldita voz. Podría reconocerla en cualquier parte. Ese puto comisario me ha encontrado.
Respiro hondo y le contesto con serenidad.
— Ven a por mí si tienes huevos.
Sé que está solo, y yo tengo balas y paciencia. Es pan comido, me digo para infundirme seguridad, pero la verdad es que nunca me he visto acorralado. Matar cuando el otro no lo ve venir es diferente. Ahora el trofeo soy yo, estoy atrapado y tengo miedo, el mismo miedo que he visto tantas veces en otros ojos. Y no me gusta. Se me seca la boca, el estómago se me encoge y la vejiga me aprieta. Inspiro despacio, me repongo: no estoy dispuesto a ser un trofeo fácil de cobrar Serpenteo hasta la ventana que atravesó la bala, me encaramo a ella, sujeto el rifle con firmeza y disparo al aire. Repito la operación una, dos, tres veces. Que se prepare.
Esto acaba de empezar.
No sé cuánto tiempo ha pasado. Sé que sigue ahí, como un cazador acechando a su presa, pero cuando la luz comience a iluminar las calles, tendrá que mover ficha o será el cazador cazado.
No deben faltar muchas horas para que amanezca, y yo no tengo ningún sueño. La posibilidad de acabar con ese hijo de puta me mantiene
alerta y me ha desatado la adrenalina. Si tengo que matarle con el rifle, lo haré, pero me aseguraré de que me vea bien la cara mientras lo liquido.
Voy a ver en sus ojos quién ha ganado y quién se despide de la batalla de la vida. No se jode a Luis Alfredo Plaza. Ese polizonte debería saberlo.
Lo que sí tengo es un hambre feroz. Permanezco expectante sentado a un lado de la puerta mientras doy dando buena cuenta de una bandeja de jamón que encontré en la cocina y que me sabe a gloria; estas gentes saben cuidarse, joder.
De repente escucho el ruido de un motor y al poco unos faros iluminan la noche. Por un momento creo que será Simone y todo se acelerará, pero el sonido no se parece en nada al ronroneo armónico de su Chevy. El coche se detiene a tan solo unos metros de donde estamos. No hay nada más en los alrededores. Quien sea, está claro que viene hacia aquí.
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