Expediente Medellin
Capítulo XII
XII
—Mis ojos están en todos lados, o sea que no puedes hacer una puta sola mierda en el departamento de Antioquia sin que yo lo sepa. No puedes mover un dedo, entérate bien.
Observo a Bruno con estupefacción. Nunca hubiera creído que fuera él quien me amenazara de ese modo, por mucho que las cosas pudieran cambiar desde su huida en Nápoles. Sostiene entre las manos un fusil AKM
que exhibe como señal de poder: del poder que ahora ostenta. Se le ve distinto. Se ha teñido el pelo de negro, ahora lo lleva con la raya hacia el lado izquierdo, sus ondas rebeldes sobresalen de forma descuidada por encima de las orejas, y se ha dejado bigote. Un bigote grande y largo que acaba más abajo de las comisuras de sus labios. Pero donde más diferencia noto es en los ojos. Aquellos antaño seductores y amables ojos verdosos se han vuelto fríos y duros como la esmeralda. Podrías perderte en ellos y no encontrarte, ni encontrarle. Sé que cuando miras a alguien al fondo de los ojos, más allá del iris, puedes ver lo que esconde detrás. A veces es orgullo, otras desconfianza, otras inseguridad o miedo o una convicción aplastante.
También puedes discernir si la persona que tienes enfrente es feliz. Estoy segura de que era lo que se veía antes tras los ojos de Bruno. Pero no ahora.
Ahora solo hay rabia. Rabia y odio. Y eso me da miedo. Él mira los míos y lo sabe.
—¿Creías que podías perseguirme y gritarle al mundo mi paradero para que me encerrasen? Te has convertido en un estorbo. Vamos a tener que llenarte el cuerpo de plomo.
—¡No puedes hacer eso, Bruno! Yo te creé, y sé que eres buena persona.
—¿Estás segura de lo que dices? Te crees muy lista, pero ni siquiera sabías cómo encontrarme, ¿verdad? He tenido que aparecer yo aquí.
—Escúchame, Bruno. Deja ese arma, déjalo todo y regresa a España.
Explica lo que ocurrió, resuelve las cosas con la justicia. Libérate de esta carga. Aún no es demasiado tarde.
—Qué sabrás tú, escritora de pacotilla. Te has pasado de la raya, y para ti sí que es tarde.
—Estás cometiendo un error, no puedes hacerlo —cabeceo con tristeza.
—¿Que no puedo? Vamos a comprobarlo —muestra una hilera de blancos dientes que contrastan con su tupido bigote—. Orlando, tráelos.
—Sí, patrón.
Un tipo de cráneo lampiño y mirada huidiza asiente con vehemencia y desaparece tras una puerta al fondo de la estancia. En ese momento reparo en Simone, que aguarda a un lado de Bruno. Lleva puesta su camiseta nueva de Fendi que luce con orgullo, más Simone que nunca. El tejido mezcla de algodón y cashmere de la prenda se ajusta en finas rayas azules y doradas a su torso en forma de triángulo invertido y al contorno de sus musculados y bronceados bíceps. Completa el atuendo con unos vaqueros de pitillo y unos tirantes verde fosforito, y él también porta un arma.
Al cabo de unos segundos, Orlando regresa junto a dos individuos.
Aunó le conozco bien, al otro nunca le he descrito pero sé quién es. Aunque no entiendo por qué vienen juntos: esos dos hombres se odian, se matarían en cuanto tuvieran ocasión.
—¿Cuál de los dos lo hará? —pregunta Simone con una sonrisilla picara que me parece totalmente fuera de lugar.
Daniel se dirige al hombre que tiene al lado:
—Tú eres el asesino.
—Yo mato por placer, no porque me lo ordenen; esta te toca a ti.
El comisario me mira de arriba abajo. Saca su pistola reglamentaria y la sopesa, pasándosela de una mano a la otra.
—¡No! ¡No puedes hacerme esto! —trato de ganar algo de tiempo. En las películas siempre funciona—. ¡Espera!
—¿Qué pasa ahora?
—Mis personajes morirán conmigo y tú eres uno de ellos. Puedo probarlo.
—¿De qué diablos estás hablando?
Tomo aire y procedo a explicárselo todo.
—¿Estás diciendo que formamos parte de ti?
—Sí, eso es —afirmo con un atisbo de esperanza. Menos mal que lo ha pillado.
Daniel me observa con curiosidad.
—Tienes mucho cuento, escritora. Y, dime, ¿qué pasaría si matara a uno de tus personajes? Mejor dicho, a uno de tus protagonistas.
No me da tiempo a reaccionar. Se gira inesperadamente, apunta a Bruno y dispara. No lo ve venir, ni siquiera puede empuñar el Kalashnikov. La bala perfora su hemitórax izquierdo penetrando en el corazón. El comisario dispara nuevamente, esta vez a la cabeza, que explota ante nuestros ojos.
Me tapo la cara, horrorizada.
—¡¡Noooo!! ¿¿Qué has hecho?? ¡¡Bruno!! Tenía que reconciliarse con Annika… tenía que…
Me siento desfallecer. Las piernas no me responden y me derrumbo sobre el pavimento. Y lloro. Como una Magdalena.
—¡Perro desgraciado! ¡Malparido hijueputa, le metió plomo al patrón!
Orlando se desgañita fuera de sí al tiempo que apunta a Daniel; pero Simone es rápido y no duda en encañonarle a él:
— Tranquillo, amico. Deja en paz al comisario, vamos a ver cómo termina esto.
Daniel permanece impasible. Solo una cosa parece interesarle:
—Me encantaría ver cómo se lo toma Annika cuando se entere de que me he cargado a su queridito. Pero según tu teoría, ella desaparecerá contigo, ¿verdad?
Le miro con desprecio.
—Y tú también. Este será tu último momento. Permanecerás en los libros ya escritos, pero sin un futuro. Y no podrás redimirte: serás siempre el jefe cabrón.
—Oh, sí, el jefe que le amargaba la vida a tu Annika. Estarás orgullosa de tu legado: has hecho daño a quien más querías. La protagonista
femenina, la idealista e incansable chica policía, ¿eh? Y para colmo ahora la matarás contigo. También a sus hijas, claro.
Mi cara se transfigura en una mueca de espanto.
—¡Las niñas no!
—Bueno, basta de cháchara. Veamos qué sucede cuando te dé plomo —
en su rostro se dibuja una sonrisa sarcástica que me hiela la sangre.
Se acerca lentamente. Alza el arma y me la clava en la sien derecha.
Tomo una bocanada de aire, lo más grande que puedo, para llenar mis pulmones por última vez.
Mis pensamientos postreros se los dedico a mis historias. Es el fin de la saga, no habrá cuarta parte. Pero es cierto lo que dicen, estas décimas de segundo dan para mucho. Porque después hay un último pensamiento más: pienso que soy idiota. Soy idiota porque me están matando y lo único que se me ocurre añorar es la puñetera saga. ¿Qué hay de mi vida? ¿Del resto de mi vida?
¡¡¡Pum!!!
Ya está. Se acabó. Todo se ha vuelto negro. Abro los ojos y no veo nada.
¿Dónde está la luz al final del túnel? No la encuentro. Tengo que dar con ella, me agobia la oscuridad. Oigo un grito espeluznante y me pongo todavía más nerviosa. Presto atención: lo oigo de nuevo. Entonces me doy cuenta de que sale de mi propia garganta. Tengo los ojos abiertos y estoy gritando. ¿Dónde me encuentro, qué está pasando, cómo es posible? Noto que estoy empapada en sudor. ¿En qué tipo de infierno una aparece ya sudada? ¿Y sin pasar por el túnel? Palpo a mi alrededor desesperada hasta que doy con el interruptor y la luz anaranjada de la lamparita de noche inunda la habitación. Respiro aliviada y tomo otra bocanada de aire. No es la última. No va a ser la última.
Me levanto, me enjuago la cara con agua fría y regreso a la habitación acordándome de mi promesa sobre ser precavida. A esa añado otra: no ver más series violentas en Netflix antes de dormir.
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