Expediente Medellin

Susana Martin Gijon · Capítulo 8 de 23

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Expediente Medellin

Capítulo VII

VII

Me estiro en la cama XXL: la reacción de Leo me ha crispado los nervios y ahora me siento incapaz de conciliar el sueño. No parece haber nadie dispuesto a ayudarme. Los taxistas no se atreven a pisar aquello, David Knutson o Eduardo Moga podrían intimidar por su tamaño, pero ambos llaman demasiado la atención con su cabello plateado y su piel rosácea.

Flowers, el único colombiano a quien me atrevo a proponer algo así, se ha cerrado en banda, y lo mismo ha ocurrido con el creador de los tipos más duros de toda la Argentina.

¿Qué puedo hacer? No soy tan insensata como para meterme directa a la boca del lobo yo sola, que no sé ni usar una navaja. Y las puñadas y patadas que le doy al aire en mis clases de Combat no van a servirme de mucho en un aprieto de verdad.

Pondero la situación. Ni siquiera he sabido más de Bruno desde su huida en Vino y pólvora. ¿Y si ha contactado con Annika, todo se ha solucionado en mi ausencia y yo estoy aquí desvelada como una imbécil?

Bien sé que estos personajes hacen de las suyas en cuanto me descuido, y de ella tampoco tengo noticias desde Destino Gijón.

Si pudiera preguntárselo directamente…

Qué diablos. Han transcurrido dos meses del nacimiento de su hija en el hospital de Gijón. Telefonearla para ver cómo está es una excusa más que buena. Consulto mi reloj con horario español y compruebo que aún son las ocho de la tarde. Sin pensarlo más, agarro el móvil y busco su contacto.

Después pulso llamada a través de la aplicación de Skype.

Tras unos cuantos tonos, su característica voz suena del otro lado del Atlántico.

—No quiero saberlo.

—Eh, yo también me alegro de oírte.

—No, Susana, te lo digo muy en serio. Si estás metida en otro embolado, esta vez tendrás que salir tú sólita de él.

—¿Qué te lleva a pensar algo así? —Cambio de estrategia y le imprimo a mi voz el tono más candoroso que puedo.

—Tus precedentes.

—Te llamaba para saber cómo estás…

—Ni que tú y yo hubiéramos coincidido en otra cosa que no fueran asesinatos y misterios por resolver.

—… Y qué tal te va con las niñas. Me muero por saber cómo está la pequeña Érica. —Ahora es mi entonación más dulce, que es mucho decir; no puede fallar y no lo hace.

—Ah. Perdóname, estoy agotada. Esto es mucho más duro de lo que creía.

—Sí, eso dicen —me solidarizo. De fondo llegan los agudos chillidos de Celia requiriendo su atención.

—No recuerdo la última vez que dormí cuatro horas seguidas, y las necesito para sobrevivir. En realidad necesito muchas más, o eso pensaba hasta hacía poco.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Quiero decir, que es lo que cuentan todas las madres.

—Ya —se molesta—. Pues no sé qué tal les va a todas esas madres, pero yo estoy sola con una bebé de dos meses, una niña de cinco años y un perro de cuarenta kilos que necesita salir tres veces al día.

Me quedo pensativa. No parece que Bruno haya irrumpido de nuevo en su vida. Ni Rodrigo, que esto no viene a cuento pero es puro cotilleo. Como no sé de qué forma sacar el tema para asegurarme, lo hago de la que mejor se me da: sin atisbo de delicadeza.

—¿Es que no tienes ayuda? Del padre, algún amigo, no sé.

—El padre no cuenta. Está desaparecido —suelta agriamente.

—Perdona, no he debido preguntar eso. No tengo ningún derecho.

«Y un cuerno», pienso para mis adentros. Claro que lo tengo.

—Vale, no pasa nada —gruñe.

—Oye, me encantaría ver a Érica, seguro que ha crecido mucho.

—Ni te lo imaginas —como a cualquier madre, eso la apacigua—.

Espera, voy a conectar la cámara.

En realidad lo había dicho para quedar bien, pero no me da tiempo ni a reaccionar: unos segundos después Annika aparece en pantalla. Unas bolsas bajo los párpados, la mirada cansada y su hermoso cabello ensortijado recogido en un mal moño confirman todo lo que me acaba de contar. En sus brazos acuna a la pequeña Érica, y al alzarla los ojos le refulgen con un orgullo que hace disiparse por unos instantes cualquier rastro de fatiga.

Observo a aquel retoño de poco más de ocho semanas tratando de sacarle algún parecido con su padre. Es una bebé linda y regordeta, pero más allá del tono de piel, a medias entre el cutis oscuro de Annika y el blanco lechoso de Bruno, no veo absolutamente nada. De todas formas nunca saco los parecidos, solo hago lo que todo el mundo, inventármelos para quedar bien. Y no pienso meter la pata de nuevo mencionando a alguien que teóricamente no conozco, así que me limito a señalar lo bonita que está.

Oigo de fondo la perorata de Annika, que se desahoga sobre su caótica y a la vez rutinaria vida mientras yo me fijo en los detalles. Nunca ha sido muy ordenada, pero ahora la casa parecen los restos de un campo de batalla, y por momentos la confusión alcanza cotas disparatadas. Wolf ladra, Érica llora y Celia insiste en que tiene hambre. Todos con un mismo objetivo: conseguir la atención de Annika.

A pesar del barullo, que excede el nivel de decibelios soportable auditiva y mentalmente, se aferra a mi llamada. La comprendo perfectamente, pero llega un momento en que tengo que cortar.

—Oye, te veo muy liada y yo voy a salir en breve para una conferencia.

—Oh, vaya, la vida de escritora —suelta con una punzada de celos.

—Es que estoy de viaje en Colombia y tengo un montón de actos.

—¿Qué pasa, todo el mundo está ahora allí?

«Ni te lo imaginas», pienso para mis adentros, pero permanezco en silencio aguardando a ver qué añade.

—Es el país de moda, ¿o qué? —insiste.

Voy a vacilarle un poco diciéndole que efectivamente lo es desde el acuerdo de paz que está pendiente de refrendo, pero me vence la curiosidad.

Parece que en el fondo sí que sabe algo:

—¿Por qué lo dices?

—No, porque mi jefe también está allí.

—¿Tu jefe?

—Sí. No se había cogido ni un día libre en años, y ahora se larga un mes sin explicaciones.

—¿Cómo que tu jefe? —repito como una papanatas.

—Mi jefe, sí, mi jefe. El gilipollas que me hace la vida imposible.

Bueno, o que me la hacía cuando tenía una vida —suspira—. En Medellín está.

—O sea, que Daniel está en Medellín —trato de digerir la nueva información.

—Que sí, Daniel, sí. ¿Pero qué te pasa?

—No, nada, que pensaba que era un adicto al trabajo.

—Pues eso. Para una vez que se quita de en medio y yo en casa con la baja maternal. Mati dice que en la comisaría nunca se había trabajado así de bien. Cruzan los dedos para que conozca a una Shakira y no vuelva. ¿No es increíble?

—Pues sí. Bueno, tengo que dejarte.

—Vale. Oye, ¿entonces no estás metida en ningún lío?

—Claro que no. Adiós, Annika. Cuídate.

Al colgar me quedo pensativa. Annika no tiene ni idea de qué puede hacer el comisario aquí, pero yo le conozco demasiado bien. No en balde soy la portadora de los secretos de las vidas pasadas de mis personajes, y bien sé que el pasado nunca deja de devorar al presente. Solo se me ocurre un motivo que haga al comisario desatender todas sus obligaciones. Y ese motivo tiene nombre de culebrón venezolano.

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