Expediente Medellin
Capítulo IV
IV
Sigo discretamente a Simone por el centro comercial. He de esperar a que se compre un par de camisetas prêt-à-porter en Fendi y un perfume de la línea clásica de Armani, a lo cual gruño desencantada: los matones de hoy en día ya no son lo que eran. El par de bolsitas que lleva deben de costar el equivalente a mi sueldo de un mes. Tendré que tomar nota para actualizar mis novelas. O directamente ponerme a escribir románticas facilonas que me den de comer y dejarme de tanto noir.
Ya con sus compras hechas, se dirige a la entrada donde le espera un Chevrolet Suburban de lunas tintadas. No me lo pienso: me subo al primero de los taxis que aguardan en fila y le suelto a bocajarro al conductor algo que en mi fuero interno siempre he querido pronunciar:
—Siga a ese coche.
Me observa con una expresión extraña y por un momento creo que va a negarse, pero me equivoco:
—La he visto en el hotel de los escritores. Es una de ellos, ¿verdad?
Apuesto a que está probando algo para su novela.
Se me queda la expresión bobalicona que me gasto cuando no entiendo nada, pero afortunadamente reacciono a tiempo.
—Exacto, lo ha adivinado: me he jugado un jamón con un colega a que puedo seguir a ese tipo sin que se dé cuenta. Dice que no es creíble.
—A la orden. Su colega no ha dado nunca conmigo —se jacta poniendo en marcha el motor, justo al tiempo que el semáforo cambia al verde y el Chevy comienza a alejarse.
Tras dos semanas subiendo a aquellos minúsculos Atos amarillos ya me he habituado a la temeraria conducción de los taxistas colombianos, acentuada en este hombre por el afán de cumplir su palabra: nuestro
insignificante vehículo es como un gato siamés persiguiendo a un tigre de Bengala. Y este gatito no está dispuesto a dejar escapar su presa.
Siguen treinta minutos de emociones fuertes. Cambios de carril, acelerones en mitad de los atascos, semáforos en un naranja demasiado oscuro… el tío va a tumba abierta con la tranquilidad de quien está haciendo punto de cruz.
En un determinado momento comenzamos a ascender. Las calles se toman más empinadas y estrechas, y la miseria aumenta a la misma velocidad que el colorido de las casas apiñadas unas sobre otras. El tráfico, a su vez, ha ido disminuyendo considerablemente, pasando del usual trancón —una de las primeras palabras que me ha tocado aprender en esta ciudad— a la fluidez e incluso la escasez de vehículos.
Al taxista ya no se le ve tan convencido. Deja cada vez más distancia entre el SUV y nosotros, hasta que finalmente, en un semáforo en el que nos separan varios vehículos del de nuestro hombre, se planta:
—Señorita, no es seguro continuar por aquí.
—No hay por qué preocuparse, si nos descubre yo lo explicaré todo —
me envalentono.
—No se trata de eso.
—Le duplicaré la tarifa —se me va la mano: no me las puedo dar de detectiva dadivosa cuando sigo sin tener un pavo, por mucho hotel de lujo que me gaste.
—No es por la plata, esta no es una zona segura. Puede bajarse aquí o dejar que la lleve a su hotel, como prefiera. Yo no sigo.
Se aparta a un lado de la calzada, que ha pasado a ser un camino polvoriento repleto de socavones. Apaga el motor, lía un cigarrillo con toda la pachorra del mundo, lo enciende y comienza a chuparlo perezosamente.
Después se entretiene exhalando anillos de humo y los observa con una indolente satisfacción mientras los minutos pasan de largo a nuestro lado. Si quiere recordarme que no va a cambiar de opinión y que el taxímetro juega en mi contra, lo ha conseguido.
—Está bien, vámonos —accedo de mala gana, no sin antes abrir el Google Maps en mi móvil y tomar buena nota de la ubicación. En este punto abandonado de tierra seca y viviendas arracimadas se pierde el rastro,
pero tengo un pálpito y siento que estoy en la buena dirección: me falta menos para dar con el paradero de Bruno. Ahora sí podré escribir esa cuarta parte.
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