Expediente Medellin
Capítulo VI
VI
Tras la sobremesa, enfilo para la habitación con el objetivo de no perdonar mi sacrosanta siesta. Sin embargo, a medio camino diviso a Leonardo Oyola tomando un café en solitario y se me ocurre lo que me parece una brillante idea.
—Hola, Leo, ¿cómo te va?
Se levanta para saludarme con un cariñoso beso en la mejilla. Este escritor argentino de pinta canalla, hipertatuado, ataviado con gorra de pana, palestino, camiseta negra ceñida, unos vaqueros hechos trizas y zapatillas de estampado tigre, es sin duda el más atento y dulce de cuantos andan por aquí.
—¿Tienes tiempo para que te cuente algo?
—Por supuesto —me brinda una sonrisa y me invita a sentarme. No me hace falta más; le asesto toda la historia sin parar ni a resoplar.
—¿Me estás pidiendo lo que creo que me estás pidiendo?
Cabeceo con convicción.
—¿Que te acompañe a las comunas a buscar a unos mañosos?
—Sí.
—Estás loca.
—Y me lo dices tú, que llevas años lidiando con la banda del Nafta Súper.
—Yo no he lidiado con nadie, solo me los he inventado.
—Mira, he leído tu novela. Sé que te has metido de lleno con los peores criminales de La Matanza. ¿Qué son para ti unos mafiosillos italianos de poca monta?
—Me he metido a escribir una ficción, no a jugarme los cuartos. Te sugiero que hagas tú lo mismo. Sube a la habitación y teclea como una
posesa.
—¿Teclear? Ni que así pudiera solucionar algo. Parece que no lo entiendas: yo creé a Bruno y ahora está huido de la justicia, puede que dirigiendo la Camorra napolitana desde algún rincón de Medellín. Tengo que pararle los pies o todo lo que suceda será culpa mía. Ah, y también tengo que cerrar su capítulo pendiente con Annika, a poder ser con final feliz. Aunque, que quede entre nosotros, veo la cosa un poco jodida.
—Ya —me mira como si hablara con una lunática.
—Y no puedo hacer nada de eso hasta que le encuentre.
—Pues escríbelo —repite el muy cansino.
—¿Cómo quieres que lo escriba? —empiezo a exasperarme—. ¿Es que no conoces las reglas? ¿Acaso no has leído a Sam Esparta? Ya sabes, primero tienes que vivirlo.
—¿Esparta? Yo al único Sam que conozco es a Sam Spade.
Niego con la cabeza a un lado y a otro. Este Leo no se entera de nada.
Me imbuyo de paciencia:
—Primero tengo que localizar a Bruno. Vamos, ayúdame: tú te sabes mover en esos ambientes mucho mejor que yo.
—Ya vale. No seguiré con una conversación tan disparatada. Y ahora, si me disculpas, me esperan para la proyección de mi película en la Universidad de Antioquia.
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