Expediente Medellin
Capítulo II
II
El centro comercial Santafé está calificado como uno de los más glamurosos de Medellín, en el corazón del barrio de clase alta El Poblado y dentro de la Milla de Oro. Es también el único cercano al hotel donde me hospedo, rodeado de urbanizaciones privadas y otros alojamientos de similar calibre. La fecha de partida se aproxima y yo aún no he adquirido ni una triste bolsa de café con que obsequiar a mis allegados. Por mucho que me aburran esos menesteres, bien sé que me mandarían gustosamente de vuelta si no soluciono en breve este estado de cosas. Así pues, tras atiborrarme de exóticos jugos de frutas en el desayuno, me dirijo a tal meca del lujo y el esplendor con mis vaqueros raídos y una sudadera de la marca blanca de Decathlon: una provocación en toda regla.
Dos horas después, con parte de los deberes hechos —muchos paquetes de Juan Valdez y algún que otro souvenir—, estoy por regresar cuando a mi espalda registro una voz que llama mi atención. En su musicalidad, algo difuminada por el contagio de acentos varios, no se ha perdido el inconfundible tono italiano. Pero no es la voz lo que me lleva a acercarme con disimulo y abrir bien las orejas. Después de todo, los italianos están dapertutto. No, es más bien la extraña conversación que mantiene con una dependienta:
«Te daré el triple de lo que vale; y no hace falta que tu jefe se entere».
«En el almacén queda algo de Parma. Envasado al vacío».
«Ni hablar. No se parece en nada».
«Le repito que de España solo traemos el de Guijuelo».
«¡Extremeño! Tiene que ser extremeño».
«Pero si el animal procede de Extremadura, lo dice la etiqueta…».
«Oye, carina: vas a conseguirme un jamón ibérico de Monesterio.
Nacido y curado, sin trampas. Si no, me encargaré de que sustituyan a los empleados de esta tienda por otros más eficaces».
«Sí, señor».
Me giro lentamente para encontrarme con la imagen que tengo grabada a fuego en la memoria. No son pocas las veces que le he descrito en mis papeles: un tipo hipermusculado con estrambótica vestimenta que recuerda a un forzudo de circo. Ojinegro, repeinado con raya al medio y extra de gomina, y complementando la facha con un bigotito al más puro estilo Dalí.
No hay duda, es él: Simone. El matón leal, extravagante y grotesco que no ha sido visto desde un tiroteo entre clanes en un remoto lugar de la Campania.
Y sé muy bien lo que esto significa: Bruno no anda muy lejos.
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