Expediente Medellin
Capítulo XXII
XXII
—Aquí tienes todos sus dólares, hasta el último centavo. ¿Seguro que no los prefieres en pesos? —dejo los billetes sobre la mesa del bar del hotel donde estábamos tomándonos unas bebidas.
Niega tajante con la cabeza.
—No puedo aceptarlos; el chico huyó, así que no cumplí con mi misión.
—De eso nada. Encontraste a Bruno, así que la misión está más que cumplida. Además, casi pierdes el pellejo.
—Eso es parte del trabajo.
—Y la verdad, prefiero que haya escapado. Ahora sé que está a salvo —
digo mientras le meto el dinero en el bolso.
—Está bien. Contento el cliente, contenta yo —accede.
—Pues listo.
Ambas sorbemos de nuestros vasos en silenciosa compañía durante un rato; yo mi jugo de guanábana, ella su ron de Caldas.
—Estoy pensando que no funcionarías del todo mal como personaje de un libro.
—¿Quién, yo? No me interesa que los demás sepan lo que hago con mi vida. Tendría que cobrarte mucho más para que me saliera a cuenta.
—No me llegaría con los derechos de autor.
—Además, prefiero la acción de la vida real.
—Pues yo me niego a salir en ninguna novela más: estoy cansada de estos sobresaltos. Con Expediente Medellín acaban mis incursiones en el papel.
—Oye, Susana, no tengo ni idea de lo que me estás hablando; a veces no hay quien entienda a los escritores.
Me echo a reír, pero a ella no le hace ninguna gracia:
—Mira, no te lo tomes como algo personal, pero cuando veas a Rafa dile que no me mande a ninguno nuevo. Contigo ya he tenido bastante.
—Lo haré. —Y lo digo de verdad. No me apetece que ningún otro conozca a Raimunda. Es demasiado novelable.
Ahora la detective cambia de tema.
—¿Sabes qué? Me alegro de que el italiano se cargara al serial killer venezolano.
—En realidad era español.
—¿Con ese nombre?
—La fiebre de las telenovelas, que hizo mucho daño.
—De donde fuera. Está mejor bajo tierra.
—Eso no estaría bien que lo dijera yo —reflexiono en voz alta.
—Pues ya lo digo yo. Pero te lo repito: no escribas sobre nada de esto.
—Claro —afirmo convincente mientras cruzo los dedos por detrás de mi espalda.
—En la realidad los malos suelen ganar, pero, mira, esta vez no ha sido así.
—Está bien que la vida real a veces tenga buenos finales.
—Eso creo. Y el comisario tuvo una potra que no veas; ese italiano le hizo el trabajo, aunque casi le pone el pijama de madera a él también.
—Creo que habría preferido matarle él mismo. Le arrebató la oportunidad de vengarse.
—Pero le regaló la de seguir adelante.
—Tienes razón. Pasará una temporada de baja, pero se recuperará.
Daniel seguirá dando guerra.
—Quizá haya encontrado la paz que le faltaba y pueda pasar página.
—Quizá —digo pensativa, aunque no las tengo todas conmigo.
—Oye, ¿y qué fue de tu compañero de viaje? El que había desaparecido. ¿Seguro que no quieres contratarme para que lo busque?
Ahora que eres clienta, puedo hacerte un descuento.
—¿Aunque sea escritora?
—Dicen que más vale lo malo conocido. Y el descuento solo sería por esta vez.
—Lo de Simón fue una falsa alarma. Se fue a dar una vuelta por el centro y se olvidó de llevar el móvil, así que no pudo avisamos de que se le hacía tarde.
—Ya me parecía a mí que ese man tenía recursos. Quien se pierde tantas veces, es porque sabe encontrarse.
—Así es. Yo nunca lo dudé —me jacto, y en esta ocasión es cierto.
Nos acabamos las bebidas y se pone en pie. Hace amago de sacar la cartera del bolso, pero la freno con un gesto tajante.
—El ron está incluido, era el trato.
Asiente.
—¿Sabes? Eres una tía legal, después de todo.
Ahora soy yo quien asiento satisfecha, aunque vuelva a España con la cuenta corriente más pelada que el culo de una rana. Es la hora de despedirse, y si me doy prisa estoy a tiempo de llegar a mi intervención en el Congreso de Medellín Negro. Me han encasquetado una ponencia sobre
«Justicierismo y locura en la literatura de crímenes», y aún no tengo idea de qué voy a contar. Como si yo supiera algo de eso.
—Gracias por todo, Raimunda —voy a estrecharle la mano, pero me arrepiento a tiempo y le planto un par de besos.
—Puedes llamarme Raí —se recoloca el sombrero de paja, hace un gesto con él a modo de saludo, y sale por el hall del hotel bamboleando sus curvas sobre unas sandalias de cuña estratosférica mientras todos los hombres del hotel se giran a mirarla.
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