Expediente Medellin
Capítulo XI
XI
Hace unos años cometí mi primer y único error, y como consecuencia tuve que abandonar la vida que había construido e instalarme en un nuevo país y una nueva existencia. Por primera vez alguien sabía lo que hacía: aquel tipo me seguía de cerca, y era la única opción si no quería acabar con mis huesos en la cárcel.
Lo único bueno de aquello fue que pude elegir. Y al hacerlo, opté por un lugar donde mis acciones pasaran desapercibidas. Una ciudad tan devastada por las guerras de bandas y el narcoterrorismo como para que las fuerzas de seguridad fueran lo suficientemente laxas con un aparente crimen pasional o el desenlace de un robo a mano armada que se va de madre. Esos muertos eran mis muertos: los que no salían en las estadísticas, ni en los periódicos, ni en el expediente de una investigación seria.
Era tan fácil. Cuando la necesidad comenzaba a oprimirme el pecho, me bastaba con ascender la ladera y callejear por una de las comunas al atardecer, donde ni la luz eléctrica ni la protección ciudadana alcanzaban aún. Mujeres regresando a casa después de una maratoniana jornada laboral en alguna fábrica, hombres borrachos saliendo del bar, prostitutas esperando un cliente… cualquiera me valía. Cualquiera me proporcionaba la misma sensación de poder al arrebatarle la vida, me devolvía la paz perdida cuando descansaba para siempre en mis manos. Me afirmaba y recordaba mi propia superioridad, que no soy más aquel niño que necesitaba de la aprobación de los demás.
El problema, sin embargo, no había desaparecido y yo lo sabía. Y es que cuando cometí aquel error, alguien se fijó demasiado en mí. Alguien que tenía motivos suficientes para convertirme en su caso no resuelto.
Alguien que tenía a su disposición los medios, el tiempo y la paciencia. Y la paciencia siempre da sus frutos.
Por eso ahora tengo que matarle antes que él a mí.
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