Johnny el Guapo
Capítulo 8
A lo largo de la semana, Mitchell había examinado tantas posibilidades y fantasías, había escudriñado tanto en los lugares oscuros de su mente, que el ver al doctor Katsouras casi constituía para él un anticlimax. De ahí que se encontrara sentado en el banco de madera y mirase con indiferencia a la cerrada puerta del consultorio. El extremo opuesto del banco lo ocupaba otro recluso, con la cabeza hundida en una revista, en un intento expreso de ocultar su recia y áspera epidermis picoteada de hoyos y surcada por las cicatrices de la acné. Aquella desfiguración, pensaba Mitchell con una leve sonrisa, consciente de sus conocimientos sobre aquella materia, podía tener arreglo mediante un procedimiento llamado dermabrasion, consistente en desbastar la epidermis con una pequeña rueda abrasiva, movida eléctricamente como el tomo de un dentista, hasta que desaparecen las cicatrices o, al menos, hasta que son sensiblemente reducidas.
Había pasado bastantes horas leyendo sobre cirugía plástica en cuantos libros y revistas consiguió pescar en la biblioteca, en ese vertedero de material de lectura, sin el menor orden ni concierto, llevado allí por gentes que compraban una sutil parcela en el cielo mediante su contribución con aquellos libros suyos que nadie quería. Había leído, u hojeado, tres libros: una novela y dos libros de texto de medicina, ambos publicados hacía décadas y, por tanto, probablemente muy atrasados respecto a la actualidad quirúrgica. Lo más actual era un artículo de una revista de moda elegante que, en cierta forma, había descendido hasta estas inapropiadas materias.
Trataba de un médico europeo de buen tono, especializado en cirugía cosmética para damas ricas y elegantes que querían eliminar los inevitables estragos de la edad.
La cirugía resultaba una cosa extraordinaria que, de hecho, restituía la juventud (al menos temporalmente) a los senos fláccidos, nalgas, mandíbulas, ojos, bocas, piel… El relato de la revista, excitante y fatuo, daba a la cirugía plástica un matiz frívolo y trivial, aunque se ocupaba brevemente de la parte más seria de la cirugía cosmética, como eran las
deformidades humanas causadas por graves accidentes de tráfico, la reparación de algunas pavorosas heridas de guerra, etcétera.
Se abrió la puerta del consultorio y salió por ella el recluso de labio leporino que había visto Mitchell la semana anterior. Aquel labio aparecía peor que nunca; blanco, torturado, como si quisiera replegarse haciendo ascos a su propia fealdad. Mitchell sabía cómo sonaba la palabra de aquel hombre: amortiguada, nasal, siseante, ventosa, como la voz de un oligofrénico, todavía peor que la suya. ¿Cómo sería tener labio leporino y paladar hendido? Pero recordaba muy bien, por su lectura, que era altamente improbable que ambas dolencias se combinaran dando lugar a esa complicada aflicción sin esperanzas. Una pequeña bendición.
—Moretti.
El hombre salpicado de acné bajó su revista y entró en el consultorio.
¿Le frotaría y raería, Katsouras, la piel hasta dejársela más lisa que el culito de un bebé? ¿Y saldría entonces Moretti al mundo libre y se convertiría en un ciudadano modelo, en una persona dócil con un trabajo de nueve a cinco y un seguro de vida, y la misma mujer en la cama todas las noches durante el resto de su existencia? ¿O reincidiría en la delincuencia como el recalcitrante criminal que indudablemente era? ¿Prevalecería el lema de los polis de que «una vez te haces delincuente (por emplear una palabra cariñosa hacia su natural enemigo) lo serás por el resto de tus días»?
Cambió de posición y miró a través de la puerta abierta de la sala de espera, que le dejaba ver un sector de la enfermería de la prisión: toscas y pardas camas de hierro, ásperas sábanas de muselina, mantas grises y enfermos en distintos grados de convalecencia o decadencia… Todo era semejante a una repleta sala de hospital, excepto que estas ventanas tenían barrotes. Ante su campo visual cruzó un enfermero empujando un carrito con medicinas. Era uno cualquiera de tantos, un viejo presidiario que debía de andar por los setenta…
¿Qué le estaría sucediendo a Moretti detrás de aquella puerta cerrada?
¿Habría pasado también él una semana de agonía? ¿O le resultó fácil tomar una decisión? Unas cuantas raspadas, la pérdida nada lamentable de un poco de piel y, ¡abracadabra!, ya no tendría necesidad de ocultar su cabeza detrás de las revistas. ¿Qué le habría dicho el espejo a Moretti cuando se
mirase en él con ojos inquisitivos? Mitchell, por primera vez en muchos años de su vida, se había mirado a un espejo sin disgusto ni amarga aceptación, sino con asombro. Éste era él, este John Mitchell Sedley con la nariz rota, las orejas gachas, sin apenas barbilla y las cejas deformes, un ser horroroso conocido como Johnny el Guapo. Si le quitaban todas esas cosas, estas posesiones, estas marcas, ¿quién sería entonces el ser que proyectara la nueva imagen? Si su habla salía limpia, en vez del irritante sonido oral de un imbécil, ¿el habla de quién sería? ¿Quién sería él, en vez de Calibán?
El doctor tenía razón; posiblemente no toda la razón, pero la tenía. Su cara habíale convertido en un criminal; o, por lo menos, había hecho muy difícil la posibilidad de que no lo fuera. Su cara (y su paladar hendido) había sido una barrera entre él y cualquier relación normal con las chicas; le mantuvo, durante toda su vida de estudiante, secuestrado entre los libros; le separó de la estúpida fraternidad del instituto a la que tan ávidamente quiso pertenecer en un final esfuerzo por abrir una brecha en el muro de separación… Todo ello le condujo a abandonar el instituto durante el primer semestre, y le empujó literalmente al borde de la autodestrucción.
Todo ello, por último, le hizo cometer su primer delito, el primero de muchos, en muchos lugares…
Moretti salió del consultorio con su erosionado rostro impasible.
—John Mitchell Sedley.
Mitchell entró en el consultorio. Katsouras, sentado detrás del escritorio, le dio la mano y luego le hizo una señal para que ocupara el suave sillón de piel. Vestía una prenda azul marino de cuello abierto, como antes, dejando ver matojos de pelo negro ensortijado.
—Tiene ojeras —dijo Katsouras—. ¿Ha pasado una mala semana?
—¿Va usted a practicar a Moretti la dermabrasion?
—Bueno, bueno —dijo Katsouras arqueando sus negras cejas—.
Todavía no estoy decidido respecto a Moretti.
—¿Quién es usted, un sádico? Primero le hace concebir esperanzas y luego le deja tirado.
—¿Y a usted qué diablos le importa? Así que ha leído, ¿eh? ¿Cree que eso le convierte en un experto? He enviado a Moretti al psicólogo.
—Bien, le ha cargado a otro el muerto, ¿no?
—Jesús, es usted muy pendenciero. Le envío al psicólogo porque éste se halla mejor cualificado que yo para tomar una decisión. Me da la impresión de que Moretti cree que cuando le deje limpio, el mundo será hermoso. Y
no es así. La cirugía no es más que el comienzo.
—¿Y qué sucederá con Moretti si le rechazan? ¿Olvidará sus sueños y volverá dócilmente a seguir siendo feo?
—Hágame un favor, Mitchell. Deje de ayudarme a llevar este asunto.
—Pensé que tendría usted una respuesta —dijo Mitchell suavemente.
—Yo no tengo respuestas para todo. Ni todo el día para estar discutiendo aquí. ¿Qué hay respecto a usted? ¿Qué ha decidido?
—Hay una cosa que me preocupa; si digo que sí estaré admitiendo como cierta, no importa en qué medida, una cosa desconocida. Y las gentes, aunque sean presidiarios, odian y temen a lo que no conocen.
Katsouras asintió con vehemencia. Mitchell pensó «Yo no soy igual que Moretti. Yo sé cómo manejarle, pero no estoy seguro de querer hacerlo».
—¿Puedo darle un consejo?
Mitchell sacudió la cabeza y dijo:
—Usted y yo no vemos las cosas de la misma manera, aunque a la larga puedan coincidir nuestros intereses. Básicamente, lo que usted persigue es verme fuera de la cárcel. En cambio, lo que a mí me interesa es saber en quién voy a convertirme, quién voy a ser.
—Usted, lo que se dice su propia esencia, o como quiera que se le llame…, no cambiará realmente. Lo que cambiará será el medio ambiente en que usted viva. Su entorno será más acogedor, menos suspicaz; ya no se verá rechazado.
—Tal vez. —Mitchell permaneció un instante mirando al techo—. Está bien. Aceptaré el reto. Intentémoslo, doctor.
—Magnífico —dijo Katsouras—. Será un placer trabajar con usted.
Se puso en pie, sonriente, y le tendió la mano. Mitchell, al estrecharla, dijo:
—¿Tengo que darle la mano al entrar y al salir, cada vez que nos veamos?
—Vaya aprendiendo a ser más respetuoso con su cirujano. De lo contrario, acabará con la nariz en la nuca.
Mitchell yacía tendido sobre la mesa blanca, mientras Katsouras le presionaba, le exploraba y le golpeaba con el puño, mostrándole, en una visión de abajo arriba, una serie de pelos negros que brotaban de las fosas nasales. Cuando el doctor le pasó la uña a lo largo de la planta del pie, el dedo gordo de Mitchell se encogió.
—Siéntese, por favor.
Se incorporó balanceando las piernas que colgaban al borde de la mesa.
La blancura de su cuerpo era bien notoria y él se percató de los pliegues de su abdomen y la flaccidez de sus músculos. La alimentación feculenta de la cárcel y la falta de ejercicio, no contribuían a la salud corporal ni a la mental. Katsouras dijo:
—Para el escaso ejercicio físico que hace, está usted en buena forma.
No hay motivos para que no podamos empezar ya.
—¿Querrá hacerme un favor?
Katsouras asintió, al tiempo que recorría firmemente con el dedo, ejerciendo una ligera presión, la columna vertebral de Mitchell.
—Deje ya de decir nosotros. Si lo que quiere decir es yo, diga yo.
—Es la forma en que hablamos los médicos. Creo que está destinado a sonar modesto.
—O mayestático.
Katsouras se puso a dar golpecitos leves con los nudillos, casi distraídamente, sobre la columna vertebral de Mitchell.
—Perfecto. Puede vestirse. —Se quedó mirando cómo el otro se deslizaba sobre la mesa para ponerse en pie—. Yo no detecto nada sospechoso en su espalda. No veo en ella ninguna curvatura ni debilidad inherente. Deje de ir encorvado de esa forma. Es una postura viciosa.
—¿De veras?
—Por eso le hago esta sugerencia cosmética. Permanezca erguido. No hay razón para encorvarse.
—¿Está seguro de que no la hay?
—Lo que le ocurre es que se pliega usted sobre sí mismo para resultarle menos visible a la gente. Ya lo sé. Cuando yo haya terminado el trabajo con
usted, verá cómo no querrá ocultarse. ¿Por qué no mirar hacia el frente y empezar a mejorar su postura desde ahora mismo?
Mitchell desplazó sus hombros hacia atrás e irguió el cuerpo. Esta postura implicaba cierto esfuerzo, pero a la vez experimentaba como una sensación de placer y se sentía más alto.
—Continúe practicándolo, y dentro de poco tiempo lo encontrará natural. No lo deje. Cuando haya terminado de vestirse venga al despacho.
Cuando Mitchell hubo ocupado nuevamente el sillón delante del escritorio, Katsouras dijo:
—Ya tengo reunidos bastantes pacientes para dar comienzo al programa, la semana próxima. Lo haré yo solo, sin ningún equipo. No habrá cuadro de cirujanos ni ninguna jauría de asistentes sociales. Oh, quizá se presente, de cuando en cuando, un residente de cirugía plástica, para asombrarse de mi obra, y un anestesista, cuando lo necesite. Y una competente enfermera, pero nadie más. No habrá equipo, ni programa masivo. Un máximo de diez o doce pacientes. ¿Le parece bien?
—Ya empiezo a asombrarme de su obra.
—Está bien. A menos que usted tenga alguna objeción que hacer, comenzaremos la semana que viene.
—¿Cuánto tiempo durará todo esto?
—Aproximadamente un año…, por lo menos.
—Eso es mucho.
—¿Tiene que ir a algún sitio? Escuche, usted constituye prácticamente todo un compendio de cirugía cosmética. De modo que el hacerlo en un año supone trabajar a toda pastilla. Ello implica que hemos de hacer todo lo que podamos. Si quiere, está a tiempo de volverse atrás. Le va a resultar doloroso e incómodo… No es tan malo como otra clase de cirugía, pero tampoco es un placer.
—¿Y podrá manejar usted solo tantas y tan diferentes operaciones?
—Sí, pero es porque tengo un talento portentoso.
—Y también humildad.
Katsouras cogió una hoja de papel en blanco.
—Hagamos inventario —dijo, comenzando a tomar notas—. Nariz, mentón, paladar, orejas…
—¿Qué tienen de malo mis orejas?
—Están bastante bien configuradas, pero son lo que nosotros llamamos orejas de Dumbo, o de radar. Las personas raramente piensan que sus orejas están deformadas en exceso. Tal vez se deba a que se hallan a los lados de la cabeza y fuera de su vista. Pero se asombraría usted al ver sus orejas debidamente colocadas en su sitio. Bien, orejas. Veamos las cejas. —
Levantó la vista rápidamente, como para anticipar una pregunta—. Sí.
Quitaremos las cicatrices y reharemos las cejas en su totalidad, pelo y todo.
Mitchell se pasó los dedos suavemente por la cara.
—Es una lista muy larga. ¿Cree que puede arreglar todo esto?
—Disponemos de técnicas para eso… y para más.
—¿Y qué va a pasar con las cicatrices?
—¿Por quién me ha tomado…, por un zapatero remendón? No. No quedará ni una cicatriz visible. —Katsouras dejó el lápiz sobre la mesa—.
Comenzaremos por el paladar hendido. Diga qué quiere saber acerca del procedimiento. Puedo contarle mucho, un poco, o nada. ¿Con cuánto se conforma?
—¿Quién es aquí el médico?
Katsouras se puso a mirarlo detenidamente.
—Me he dado cuenta de que con las personas imaginativas resulta una buena idea darles una descripción detallada de lo que va a ocurrir, pues nada de lo que voy a hacerles resulta tan malo como lo que ellas se imaginan. ¿Comprende mi punto de vista?
—Lo comprendo. Es usted un estupendo psicólogo.
—¿Y bien? —dijo Katsouras.
—Cuéntemelo todo.
—De acuerdo. En términos muy simples, un paladar hendido significa exactamente eso, un paladar partido, hendido. El paladar es la bóveda o cielo de la cavidad oral…
—¿Qué quiere decir cavidad oral? —preguntó Mitchell inocentemente.
—Pues la boca. El paladar separa la boca de la cavidad nasal y nasofaríngea. La mitad anterior de la bóveda forma el paladar duro y la mitad posterior es el paladar blando o velo. El velo es lo más importante para la expresión oral y la deglución.
—¿La palabra deglución tiene algo que ver con tragar?
Katsouras se quedó mirándole, pero continuó:
—Tiene suerte, porque el paladar blando es más fácil de arreglar. Por cierto, ¿hubo en su familia alguien con el paladar hendido?
—Sí —repuso Mitchell con asombro—. Mi padre.
—Generalmente es hereditario. Ocurre en el período embrionario, y su incidencia viene a ser de uno cada cinco mil.
—He tenido mucha suerte, me ha tocado la china entre cinco mil.
—Ha tenido suerte porque oye bien. Un velo hendido, frecuentemente, afecta a la audición. También le interesará saber que la edad óptima para operar un paladar hendido es aproximadamente a los dieciocho meses. ¿Qué edad tiene usted?
—Más de dieciocho meses. De todos modos, cuando yo tenía esa edad seguramente no se había inventado la cirugía de paladar.
Katsouras sonrió.
—La primera operación de paladar hendido fue hecha en Francia por un dentista llamado Le Monnier…, en 1776. —Katsouras se frotó la barbilla
—. Después de la operación va a necesitar usted terapia de la pronunciación. Tendrá que aprender a usar su paladar nuevo. Ya me las arreglaré para traer un logoterapeuta a la penitenciaría.
—¿Y después de eso?
—Después de eso, Calibán cantará como Ariel.
—Jesús —susurró Mitchell—. Jesús, eso sería estupendo.
—Jesús —repuso Katsouras en tono burlón—, eso sería humano.
La noche previa a la operación, Mitchell permaneció tumbado en la cama del hospital, bien despierto, con la cabeza entre las manos, sus pensamientos fragmentados, anárquicos, usando su memoria a manera de látigo para castigarse. Katsouras le había ofrecido una píldora para asegurarle un buen descanso nocturno, pero él la rechazó. ¿Por qué? Por una idea estúpida de mostrar su dureza u orgullo, lo mismo que el hombre que ante su pelotón de fusilamiento hace un gesto con la mano para que no le venden los ojos. En el mundo de los presidiarios tienes que ser duro, o
aparentar serlo, que a veces viene a ser lo mismo. Tu supervivencia depende de ello.
En el curso de su vida le había costado mucho tiempo adquirir dureza, pese a que desde los primeros años de su infancia se le habían presentado más oportunidades que a la mayor parte de otros muchachos. Al principio, su dureza no tenía nada que ver con su aspecto físico. Su padre era marinero, y, aunque él lo recordaba sin cariño, no podía negarse que había sido un hombre interesante, a pesar de su condición. La impresión más fuerte que tenía Mitchell —aunque no pudiera recordar una palabra específica o una frase— era de la calidad de la retórica usada por el padre (sin que importase el gangueo de su paladar hendido), en las peleas que sostenía con su madre. Cuando no se hallaba enzarzado en furiosas disensiones domésticas, era un hombre hosco, silencioso e introvertido. Las peleas parecían resucitarlo, como si sólo entonces reclamara la vida toda su atención.
En las visitas que efectuaba al hogar, entre una travesía y otra, o durante las raras ocasiones en que se encontraba en tierra sin trabajo, su padre y su madre bebían, practicaban el sexo y se peleaban; a veces, las tres cosas al mismo tiempo. A medida que fue pasando el tiempo y las ausencias del esposo se hicieron más frecuentes, la madre empezó a tener amantes, al principio sólo por una noche, pero luego con carácter semipermanente. En una ocasión se presentó su padre de improviso en el hogar (por aquel entonces, siempre que llegaba a casa era de improviso), y encontró a la madre con su amante, ambos desnudos, bebiendo cerveza en la mesa de la cocina. Curiosamente, allí no se produjo ninguna explosión. Por el contrario, subió de tono el bullicio de la fiesta, y luego se metieron los tres en la misma cama. Ésta fue la última vez que Mitchell vio al padre. Ya no volvió más. Ni tampoco le importó mucho a la madre. Lo único que ella echaba de menos eran los envíos de dinero, que solían llegar con sorprendente regularidad desde cualquier puerto extranjero.
¿Qué había sido del padre? Años después, más por curiosidad que por verdadero interés, Mitchell se esforzó en localizarlo a través del sindicato, pero ya no pertenecía a éste ni figuraba en sus ficheros. O estaba muerto, o se había enrolado en algún barco de bandera extranjera, no importaba cuál.
Lo único que Mitchell recibió de él fue el dudoso don de su paternidad y unos cuantos libros que se dejó en casa, un legado por incomparecencia, precioso y permanente…
Mitchell había sido feo desde la misma cuna. Y era tan horriblemente feo que las amigas más impresionables de su madre consideraban aquello como un castigo de Dios. No pasaría mucho tiempo sin que quedara desengañado de la propia ignorancia de su aspecto físico. Su madre, víctima del triunfo de la ceguera maternal, le arrullaba y ensalzaba la delicada transparencia de su piel, que constituía todo el catálogo de puntos a su favor, y las amigas se abstenían de hacer comentarios delante de ella. No obstante, una vez que Mitchell hubo salido a la calle, lo aprendió rápidamente, no de los compañeros de juegos, sino de los comentarios gratuitos que hicieron algunos adultos desaprensivos. Sus amigos se burlaron despiadadamente de él al principio, pero no por largo tiempo, pues tales cosas no cuentan mucho entre la comunidad infantil.
Pero al entrar en la adolescencia volvió súbitamente a ser distinto. El propio aspecto llega a ser obsesivamente importante para uno, y Mitchell cobraría una dolorosa conciencia del suyo. En una ocasión en el instituto de enseñanza media, para que sus condiscípulos no vieran su rostro prefirió retirarse por completo y quedarse en casa, recluido durante varias semanas.
Finalmente, un funcionario encargado de los novilleros fue a buscarlo a casa, y un psicólogo, tras una breve entrevista con él, le dijo (como si él no lo supiera ya) que tenía una desventaja sobre los demás y que debía aprender a compensarla de algún modo (el cual no mencionó). Le dijo también que otro día continuarían hablando de todo ello pero, por descuido o indiferencia, ya no volvió a ponerse en contacto con él.
Fue por esta época cuando, buscando ávidamente aceptación, cualquier clase de aceptación, iniciaría un lento proceso de configuración de su futuro. Probó durante un tiempo con el deporte, pero él no pasaba de ser un buen atleta y la insensata intensidad de la competición lo hastiaba y además, después de su actuación, cuando terminaba de ducharse, se reanudaba la vida social y nuevamente se veía excluido. Así que frecuentó la compañía de los marginados e inadaptados sociales (los tontos académicos, los indisciplinados, los elementos anormalmente huraños). Éstos, al igual que
él, eran portadores de estigmas, y entre ellos encontraba una comunidad precaria de marginados ofendidos.
Aquello constituía una peligrosa comunidad. No sólo buscaban el desarrollo de una postura de auto sustentación al margen de la sociedad, sino que empezaban a sentirse orgullosos de su diferenciación y a nutrirse de ella. Y de ahí que no tardaran mucho tiempo en empezar a cometer actos
«antisociales»; vandalismo estúpido intimidando e incluso golpeando a otros muchachos, dificultando la labor de los profesores, sustrayendo coches a título de travesura. El punto de partida hacia la delincuencia real se produjo cuando empezaron a delinquir impulsados por el lucro. Había empezado el proceso de endurecimiento.
Para demostrar su dureza, Mitchell robaría en numerosas ocasiones.
Pero él no se sentía cómodo con todo esto. Sus lecturas le habían proporcionado, si no otra cosa, un sentido decente de los valores morales. Y
a diferencia de la mayor parte de sus compañeros, él era un estudiante despierto. Una profesora estuvo a punto de salvarle. Era una de aquellas solteronas maravillosas, con desinteresada dedicación por su oficio y, posiblemente, con un frustrado instinto maternal. Hizo cuanto pudo por conseguirle una beca de estudios por un año en un instituto pequeño.
Mitchell abrigaba, por aquel entonces, ciertas esperanzas de una vida nueva, pero no le durarían mucho tiempo. Debió de presentirlo porque, de las dos maletas que llevaba al llegar al instituto, sólo llegó a abrir una de ellas.
El incidente que le empujó finalmente hacia el precipicio fue tan terriblemente estúpido que más bien debiera formar parte de una mala película, que de la vida real. En el campus existían hermandades, y mediante los esfuerzos de un muchacho de su clase de inglés, con el que compartía gran interés por los libros, Mitchell se comprometió a ser uno de ellos. Sabía que tales hermandades resultaban triviales y anacrónicas, mas, deseoso de ser aceptado, sufrió con jovialidad las estúpidas pruebas que se le exigían a un novicio. Pero al final de aquel insensato período lo rechazaron en la votación. La hermandad, haciendo gala de una insensible idiotez, en vez de comisionar a su padrino para comunicarle la mala noticia, envió al mismo individuo que había instigado el rechazo. Aquel asno varonil dijo:
—El que te rechacemos no tiene nada que ver contigo personalmente, pero tenemos que proteger la hermandad. Con tu…, bueno, con tu aspecto físico no aportarías ningún crédito en favor de la hermandad, ni atraerías a las chicas bonitas. De hecho, algunos hermanos opinan que podrías dañar nuestra reputación en el campus…
El encuentro tuvo lugar en el aparcamiento del colegio, por la noche, y Mitchell se volvió sin decir palabra. Se sentía demasiado desgraciado, incluso para enfadarse. Sólo deseaba desaparecer de la vista de todos, suicidarse. Jamás sabría si habría sido capaz de quitarse la vida, pues poco antes de abandonar el aparcamiento lo salvó cierto instinto de conservación.
Espontáneamente, olvidándose de todo, se vio poseído por un acceso de rabia. Se dio media vuelta, interceptó al emisario cuando iba a entrar en su coche, y le tiró al suelo de un puñetazo. Y ya estaba a punto de dejarle sin sentido a fuerza de golpes cuando lo impidió un guarda del instituto.
A la mañana siguiente recogió sus cosas y abandonó el centro sin decir palabra ni dejar una nota, regresando a su hogar. O, mejor dicho, a lo que quedaba de él, pues su madre se hallaba en los últimos grados del alcoholismo agudo. Aquella misma noche se fue en busca de sus amigos, los marginados. Dos noches más tarde irrumpía en una tienda de licores y vaciaba la caja registradora, mientras uno de sus compinches golpeaba entusiásticamente con el arma a un empleado, porque éste no había levantado las manos con la suficiente rapidez como para complacerle.
No había transcurrido un mes cuando sufrió el primer arresto.
Morris Laplace, el viejo enfermero, lo despertó muy de mañana, presentándole un rostro gris, furtivo y al mismo tiempo inocente; era el rostro de un presidiario habitual que se había pasado dentro la mayor parte de su vida y que, cuando saliera en libertad, se esforzaría por regresar allí otra vez y, con el tiempo, morir en la prisión, su único y verdadero hogar.
Laplace le comunicó que podía lavarse, pero que aquella mañana no habría desayuno para él.
Mitchell acudió al lavabo y luego se tendió nuevamente en su elevada cama del hospital. Cerró los ojos y se quedó escuchando los sonidos de la
sala que despertaba: hombres que retomaban lentamente a la vida, en medio de una mezcolanza de gemidos, ventosidades, maldiciones, carraspeos flemagogos de garganta, protestas incoherentes…, como si con los ruidos de la vida quisieran convencerse a sí mismos de que no habían muerto en algún momento de aquella noche larga y desolada. Oyó pasos arrastrándose hacia el lavabo y, en un rincón apartado de la sala, sonó un grito lleno de terror.
—Tranquilo. ¿No habrás creído que lo iban a degollar?
Mitchell abrió los ojos y contempló, en una visión de abajo arriba, al doctor Katsouras con su papada, atezado, afeitado pulcramente. Llevaba una camisa blanca con las mangas enrolladas por encima de los velludos y musculosos antebrazos, que iban reduciendo su diámetro cónicamente hasta acabar en unas poderosas muñecas y en unos dedos embotados y eficaces.
Tras él había un hombre joven y alto, vestido con un traje oscuro.
—¿Estamos listos? —dijo Mitchell, y por vez primera sintió un misterioso estremecimiento de aprensión.
—Todavía no. Primero debo hacer una otoplastia. Orejas de radar peores que las suyas, si es capaz de imaginarlo. Éste es el doctor Wilson. —
El hombre alto asintió—. Es residente de primer año en anestesiología. Le dejamos que practique su habilidad con pacientes como usted. Resulta más barato que comprar ratones albinos.
El doctor Wilson se sonrojó y murmuró una protesta. Mitchell le devolvió el asentimiento de cabeza.
—Emplearemos anestesia general, y cuando le duerma el doctor Wilson no tendrá que temer más que a una cosa: no volver a despertar.
El doctor Wilson, procurando seguir la chanza, dijo:
—Lo que sí le garantizo es que no se va a despertar durante la operación.
Al mismo tiempo, le dirigió a Mitchell una mirada de disculpa.
—Si tiene la amabilidad de volverse un poco —dijo Katsouras—, el doctor Wilson le dará un pinchazo en el trasero.
Laplace se aproximó trayendo una bandeja. Mitchell giró sobre su cuerpo y tiró hacia abajo del pantalón de su pijama. En seguida sintió la humedad líquida del alcohol y un fino pinchazo. Katsouras dijo:
—Esto le adormecerá un poco, y le relajará para que cuando le pongamos la anestesia general…
—Escopolamina —dijo el doctor Wilson—. Produce un sueño tranquilo.
—Me gusta —dijo Mitchell—. Ojalá me lo dieran todas las noches.
Se notó relajado, ya fuese porque la medicación había empezado a hacer efecto o porque él lo creía así. Katsouras y el doctor Wilson se alejaron, y Mitchell cerró los ojos cayendo en una agradable y placentera atemporalidad. Más tarde tendría conciencia de que lo levantaban y depositaban sobre la mesa de operaciones y del techo que se movía encima de él. Cuando inclinó la cabeza todo lo que pudo hacia atrás, formando puente con el cuerpo, igual que un luchador, divisó en lo alto la cara arrugada de Morris Laplace.
Era una habitación totalmente blanca, y Katsouras se hallaba de pie, acompañado por Wilson y por una figura de mujer vestida de blanco; era una enfermera de mediana edad, sólida, de cabello gris. Katsouras estaba sosteniendo una cosa en alto, para que lo examinara Wilson, y decía:
—Esto es un Dott; una doble T, una mordaza. Su hoja mantiene el tubo endotraqueal sujeto a la parte superior de la lengua, y mejora la visión del campo operatorio.
La meticulosidad demostrada por Katsouras en torno al aparato conocido como doble T, llamó poderosamente la atención de Mitchell, considerándolo como una de las cosas más graciosas que jamás había visto.
De ahí que se pusiera a sonreír ampliamente cuando el doctor se inclinó sobre él con su rostro oscuro y serio destacando por encima de la bata quirúrgica de color azul pálido. Luego se retiró Katsouras, y el doctor Wilson le dijo que respirase con naturalidad, y una especie de nube sombría se fue acercando a su cara y la cubrió…
… Pero todo había sido un sueño. Jamás había abandonado la cama de la enfermería de la prisión. Estaba placenteramente adormecido y los ruidos de la sala le llegaban amortiguados. Sentía la garganta áspera y caliente. Se incorporó sobre el codo para pedir a alguien un poco de agua, y vio al doctor Katsouras que entraba en la habitación. Iba vestido con traje de calle y no con el de color azul, de cirujano, que Mitchell había visto en su sueño.
Quiso decir algo, pero el doctor le hizo señas con la mano para que guardara silencio.
—No diga nada. De todas formas, no sentirá ganas de hablar cuando, dentro de poco, empiece a dolerle. Le daré un bloc de papel para que escriba lo que tenga que decir.
Mitchell se quedó mirándole, lleno de asombro.
—Ya ha terminado la operación. Duró poco menos de una hora. Es una de las virtudes de la escopolamina; no se entera uno de nada.
Así pues, todo había terminado y no había estado soñando. De repente notó que le dolían los labios y la lengua. Probablemente se debía a la hoja del Dott, la mordaza llamada doble T. Había terminado la operación y su paladar ya no estaba partido. Con el tiempo, si Katsouras no había exagerado, dejaría de resoplar igual que un cerdo hozador y su voz sonaría como la de cualquier otro. ¿Podía creer en Katsouras?
—Le pondré a dieta líquida durante un par de días. Vendré a verle mañana y probablemente lo haré levantarse. Si le duele demasiado llame al enfermero. Tiene instrucciones de darle Demerol, si lo necesita. Como decimos nosotros, la operación ha sido un éxito.
Vio que se alejaba Katsouras y, como si con su marcha se llevara con él cierta forma de sustento, Mitchell, de repente, empezó a sentir dolor. Su intensidad le cogió por sorpresa y se incorporó vehementemente sobre los codos, pero en seguida se dejó caer otra vez. El dolor, la mayoría de las veces, no resultaba insoportable si sabes sobreponerte a él. Mitchell lo sabía muy bien por amarga experiencia: a lo largo de su vida había tenido que soportar demasiados dolores. Pero ahora no le dio resultado. El dolor que sentía iba haciéndose gradualmente más severo, y estaba convencido de que tendría que pedir alivio.
Laplace se encontraba en el otro extremo de la sala, sentado sobre el borde de una cama, charlando con un enfermo. Mitchell le hizo señas con la mano pero él siguió con su conversación. Mitchell esperó un par de minutos, y entretanto el dolor iba en aumento, como si tuviese una llama en la boca. Echando mano al bloc que le había entregado Katsouras, escribió en letras de molde: ¡CALMANTE! Afianzándose sobre el codo arrojó el bloc, planeando, hacia el otro extremo de la sala. La libreta fue
revoloteando a media altura y siguió su curso hasta golpear ligeramente en el pecho de Laplace.
Laplace recogió el bloc y se acercó de prisa a Mitchell.
—¡So bastardo! —exclamó con voz chillona y temblorosa de viejo. Su dedo nudoso apuntaba vacilante a causa de la rabia, o de la edad—. ¿Quién crees que eres…?
Mitchell le agarró el dedo y se lo fue doblando hacia atrás, contra la muñeca, obligando a Laplace a inclinarse para librarse de la presión, hasta que la mueca de su asqueroso rostro estuvo a una pulgada de la cara de Mitchell.
—Calmante —dijo éste—. Ahora.
Mitchell, consternado, oyó el sonido de su propia voz; era la misma nasalidad, la misma congestión malhumorada. No había cambiado. Soltó el dedo de Laplace, dándole un empujón hacia atrás, y se dejó caer sobre la cama. Laplace se alejó murmurando. Cuando volvió con el carrito, continuaba murmurando.
—Será bastardo; tirarme una libreta en mi propia sala.
Pero le administró la droga, y Mitchell notó que se le iba el dolor de inmediato, y también la conciencia. En el mismo instante de su despertar oyó el sonido repetido de su voz y pensó: «Este griego hijo de puta ha fracasado conmigo…».
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