Johnny el Guapo
Capítulo 5
El «Chrysler» rodaba veloz y suavemente por el llano de la campiña, siempre un poco por debajo de los límites de la velocidad autorizada, siempre con escrupulosa obediencia a las señales e indicaciones de la carretera. Al igual que hiciera la noche anterior, Mitchell observaba con aprobación la manera de conducir de Battler. Era un volante de primera categoría.
En los intervalos que surgían entre la sucesión de monótonas e idénticas poblaciones, los campos yacían inmutables y vacuos, descansando, recuperándose para los cinco meses a partir de la primavera en que serían puestos a trabajar: arar la tierra, abonarla, sembrarla, hacerla germinar, de forma que, un año más, alumbrara provisiones…
Jappy estaba sentado con la espalda recta, en posición inmutable desde el momento en que ocupara su asiento junto a Battler, como si ello constituyera un especial privilegio u orgullo, dejando para Mitchell todo el asiento posterior. Anteriormente, Tully y Bobby habían protestado vigorosamente por no haberles dejado ir también, pero Mitchell insistió en su exclusión y Jappy lo había respaldado.
—¿Quién diablos se supone que es este tipo, para que venga a darnos órdenes? —decía en voz alta y enojado Tully—. Lleva aquí menos de veinticuatro horas y ya está mandando.
—Cierra el pico —dijo Jappy—. Después de lo que hiciste anoche te encuentras en la lista de los malos. No lo empeores más.
—Yo no estoy en esa lista —comentó Bobby.
—Pero debiste impedir que se cargara al viejo.
—Yo no leo los pensamientos —dijo Bobby con toda seriedad—. Si hubiera sabido lo que Tully iba a hacer…
—Lo cierto es que cuando se hace un reconocimiento del campo de batalla, no se lleva a todo un ejército —aclaró Mitchell.
—Entonces tú eres el general, ¿no? —dijo Tully—. Pues así, ¿en qué queda convertido Jappy, en un lugarteniente o algo parecido?
Desde su posición en la ventana, Mitchell obtenía una vista completa de las desiertas pistas de la bolera y sus aledaños.
Un equipo de dos hombres y una mujer, vestidos idénticamente con pantalones vaqueros y bufandas que cubrían sus cabezas, se dedicaban a las tareas de limpieza; barrían las pistas, limpiaban con aspirador las alfombras, pasaban el trapo a los bancos de plástico, verificaban el material en busca de desperfectos…
—Si el espectáculo es suyo, dilo. Así sabremos quién tiene que darnos las órdenes —objetó Tully.
—El espectáculo no es de nadie, todavía —replicó Jappy—. Eso es precisamente lo que intentaremos decidir hoy. Hoy sabremos si va a haber o no espectáculo.
—Eso no es una razón para que no vaya yo también.
Mitchell dijo fríamente:
—No vamos a necesitar de tu especialidad. Puedes estar seguro de que utilizaremos tus servicios cuando necesitemos matar a algún viejo.
Tully se lanzó contra él con los puños cerrados, pero intervino Battler interponiéndose con toda la humanidad de su cuerpo.
—¡Voy a machacar a ese hijo de perra! —exclamó Tully.
Su rostro enrojecido se dejaba ver por encima del hombro de Battler.
—Ve a sentarte —le indicó Jappy.
—¡Lo mataré! —gritó Tully.
—Escucha, payaso —dijo Jappy en tono familiar—. Tú no tienes aquí un puesto permanente. Esto es como cualquier otro trabajo. Puedo despedirte, darte una patada en el trasero. Y eso es lo que haré si no dejas de hacer chulerías. Ve a sentarte.
Tully hizo ademán de vencer la resistencia de Battler, pero en seguida desistió de ello y fue a sentarse en una silla.
Jappy le habló a Bobby:
—Como ha dicho Mitchell, para ir de patrulla no se envía a todo el ejército. No conviene que vean en la ciudad a un ejército arrastrando lets botas alrededor del Banco.
Mitchell se inclinó hacia delante en su asiento y, elevando la voz por encima de la corriente de aire que se metía por la ventanilla triangular situada a la derecha de Jappy, dijo:
—No me entusiasma la idea de que Tully participe en esta operación. Es un trabajo que precisa de mucha sangre fría.
—Yo puedo controlarle —dijo Jappy—. Es un novato pero tiene nervio y no se arredra. Sé manejarlo.
—Eso espero. Pero ya es hora de que empiece a comportarse como un hombre y no como un niño mimado.
—Sé manejarlo. Le conozco muy bien. Igual me pasa con Bobby. Le conozco de arriba abajo. A decir verdad, al único que no conozco es a ti.
—Estupendo. Si ves en mí algo que no te gusta, dilo. Estás a tiempo.
Todavía no hemos hecho ningún trato.
—A Tully es cuestión de saber tratarlo. No seas severo con él. Trata de que te guste un poco.
—No es cuestión de que te gusten las personas con las que trabajas.
Solamente hay que saber depender de ellas.
—Deja de ser tan intransigente. Cede un poco por tu parte y todo será más fácil.
—Está bien —dijo Mitchell—. Pero no me gustaría echar por la ventana un millón de dólares sólo por culpa de un novato.
—Cuando se pasa de la raya —habló Battler por primera vez—, yo sé cómo enderezarlo. Igual que anoche. Bastó con pegarle una vez. A él no le gusta que le peguen. Creo que es por su apariencia.
Jappy asintió y dijo:
—Lo que dice Battler tiene sentido.
—Ya me he dado cuenta —añadió Mitchell.
—Cuando estuvo en el ring le traquetearon bastante el cerebro, pero eso no le afectó el juicio.
A unos setenta y cinco kilómetros al noroeste de Amesville, se detuvieron en un restaurante económico para tomar café y luego continuaron la marcha. Cuando apareció un letrero publicitario del
«Amesville Motel» (Piscina Climatizada), Mitchell dio un golpecito a Battler en el hombro.
—Tira a la izquierda en la próxima señal de tráfico. Es otra vía que entra a la ciudad y pasa junto a la fábrica de galletas. Conviene que le echemos un vistazo.
—¿Tiene algo que ver con el robo del Banco? —preguntó Jappy.
—Lo que tiene que ver únicamente es su nómina. Pero no estará mal que la veamos. Aquí mismo, Battler.
Battler se metió por una carretera de hormigón de tres carriles. Una valla publicitaria, que reproducía el logotipo y los colores de la etiqueta estampada en la caja de «Galletas Munchmore», anunciaba que la fábrica se encontraba a seis kilómetros de allí siguiendo recto.
—Dentro de cinco minutos empezaremos a olerlo —dijo Mitchell—. O
antes, si el viento es favorable.
—No veo ninguna ventaja en que pasemos por ella —comentó Jappy—.
También puedo vivir sin oler a galletas.
—Representa una visión muy estimulante —advirtió Mitchell—. Tiene el mismo aspecto que el dinero.
Aumentaba el tráfico y ellos empezaban a ver pequeños y decadentes establecimientos comerciales a ambos lados de la ruta, ante los cuales se destacaban reducidos parches de asfalto que servían de lugares de aparcamiento: venta de bebidas para llevar, servicio de comidas, un puesto cochambroso de crema congelada, venta de jerseys con «defectos de fabricación», un «almacén» de muebles a «precios de fábrica»… Todo lo cual no eran más que trampas dispuestas a atrapar el dinero de los trabajadores de la fábrica.
Mitchell inhaló aire profundamente.
—Ya se percibe el olor —dijo.
—No está del todo mal. Es algo dulzón —dijo Battler oliscando.
—Dulce y fresco —dijo Mitchell—. ¿Os imagináis lo que es estar ahí dentro? Más dulce y más fresco. Ese olor te lo llevas a casa contigo metido en la nariz, en la ropa, en el pelo. Te acompaña siempre. Al cabo de poco tiempo lo aborreces y no te quedan ganas de comer más dulces en tu vida.
—A mí me gusta —declaró Battler.
—Nada más de olerlo me hace pensar que estoy ahí dentro otra vez —
dijo Mitchell.
—Tú lo has querido al empeñarte en pasar por aquí —dijo Jappy.
—Una vez trabajé en la panadería de la prisión —confesó Battler—. Me gustaba ese olor.
—No pensé que me iba a afectar tanto —dijo Mitchell—. En seguida la veréis…, después de esa curva.
Los rayos del sol incidían sobre el campo de coches que poblaban los lugares de aparcamiento en torno a los edificios; interminables hileras de vehículos, puestos ordenadamente, y pintados de color granate, negro, gris, salmón, amarillo, verde. Los edificios de dos plantas se asemejaban a una maqueta hecha a escala gigante, ordenadamente, idéntica, tachonada de ventanas brillantemente iluminadas por la luz solar. Battler aflojó la marcha y cruzaron por delante de una amplia entrada con columnas, guardada por una garita con dos policías especiales de uniformes azul grisáceos. Más adelante había otra ala de la fábrica con su propia maqueta de edificios y su aparcamiento atestado de coches.
—Ahora ya podemos ir a echar un vistazo al Banco, ¿no? —dijo Jappy.
—El Banco es bastante más pequeño —repuso Mitchell—. Puede que no os impresione.
—Lo que me impresiona a mí es el dinero —comentó Jappy—. El tamaño es lo de menos.
—El dinero es lo que cuenta. Un miércoles sí y otro no.
El aparcamiento estaba muy lleno cerca de la entrada del supermercado, pero del lado de la carretera estaba casi vacío. Battler aparcó en la última fila de emplazamientos marcados con yeso. Directamente frente a ellos, al otro lado del camino en declive, de un solo carril que pasaba por detrás del supermercado, se alzaba el «Banco Popular» de Amesville, ocupando una parcela bellamente edificada. Era un edificio colonial, pequeño y atractivo, de ladrillo rojo y decoraciones blancas de madera, de una sola planta y de unos treinta metros de profundidad. Se hallaba rodeado de plazas de aparcamiento.
—Es un Banco pequeño —dijo Jappy—. Sólo hay tres coches aparcados. Parece mentira que valga un millón.
—Por las mañanas está más atareado. Usualmente por comerciantes que traen sus ingresos de la noche anterior, si es que no los han dejado en la depositaría nocturna, o que necesitan cambio en billetes pequeños y monedas. También acuden algunas amas de casa a sacar dinero para la compra matutina, y gente de ese tipo.
—No me importaría que hubiera dentro seis o siete personas. Eso proporciona al lugar un aspecto normal visto desde fuera.
—En días de pago, a hora más avanzada, a la hora del almuerzo, esto es una barabúnda. Lo mismo ocurre por la tarde, cuando salen de la fábrica.
Pero a esa hora nosotros ya estaremos lejos.
—O muertos.
Mitchell continuó hablando:
—Battler puede aparcar aquí. Si lo prefiere, en este mismo sitio, cerca del camino. Estará vacío. Todo el mundo prefiere estar lo más cerca posible de la tienda. Cuando salgamos del Banco habremos de recorrer unos treinta metros hasta el coche…
—Cargados con el dinero no podremos correr mucho.
—En este mundo no hay nada perfecto —dijo Mitchell—. Claro que correríamos más sin el dinero. ¿Pero qué tiene eso de divertido?
—No me gusta la salida —objetó Battler—. Demasiado estrecha. Sólo bastaría que viniera otro coche en dirección contraria mientras estuviéramos saliendo de aquí, para que tuviéramos complicaciones.
—No necesitas utilizar la salida. Da la vuelta aquí mismo. El bordillo no es muy alto. Sáltalo, cruza la acera y sal directamente a la carretera.
—De acuerdo —dijo Battler—. Robáis el Banco, cruzáis corriendo con el dinero, os metéis en el coche y nos vamos.
¿Luego qué? ¿Cómo recorremos los doscientos cincuenta kilómetros que nos faltan para llegar a casa sin que nos pesquen?
—Es un problema —dijo Mitchell—. Pero cuento con Jappy para que lo resuelva. Para que piense y dé la solución.
—No corras tanto —dijo Jappy—. Primero tengo que convencerme de que podemos robar el Banco.
—Entra y examínalo. Ya te dije el personal que tiene. Velo por ti mismo.
Jappy abrió la puerta del coche.
—Voy a abrir una cuenta corriente. Eso me dará tiempo para hacerme cargo de la situación. —Se apeó—. ¿Sabéis qué interés pagan?
Mitchell le espetó:
—Supón que no te pagan unos intereses satisfactorios. ¿Vas a ponerte furioso y echarlo todo a rodar?
Jappy se quedó erguido delante del coche, estirándose la chaqueta.
—Si no me gusta el interés meteré solamente veinticinco dólares en la cuenta. Usaré nombre falso. Dame una calle de la ciudad.
—Cross Street 29. Es una fonda.
Se quedó contemplando a Jappy que entraba en el Banco, frío y autosuficiente. En el asiento delantero, Battler parecía hecho de granito; la cabeza, el cuello, los hombros…, todo ello formaba un bloque sólido, impermeable. Battler sabía esperar. A decir verdad, el esperar constituía uno de los requisitos básicos de su vocación. Los hombres imaginativos eran malos para esperar; se consumían entre fantasías. Battler no empleaba sus energías en quimeras.
Veinte minutos después salió Jappy del Banco. Mitchell observó que se detenía en el camino de servicio, sacaba su cartera y metía en ella, parsimoniosamente, un papel que traía en la mano. Luego, con la misma parsimonia, siguió andando hasta el coche y se sentó al lado de Battler. En la boca tenía un cigarro sin encender.
—Ya soy cuentacorrentista del «Banco Popular» de Amesville —dijo.
Arrimó una cerilla al cigarro y sopló nubes de humo acre contra el cristal del parabrisas—. Pagan un cinco por ciento compuesto trimestral, desde el día que lo pones hasta que lo sacas. Es más de lo que se obtiene en casa.
—Felicidades —dijo Mitchell—, vas a ser independientemente rico. Por cierto, ¿qué te ha parecido el plan?
Antes de responder, Jappy expulsó tres veces humo.
—Podría resultar, pero sigue sin ofrecer garantías.
—Si las hubiera, carecería de romanticismo el robo.
—Claro. He mirado detenidamente la cámara acorazada. Es un monstruo. No me gustaría nada tener que reventarla.
—No será necesario reventarla. Estará abierta.
—Si no lo estuviera nos encontraríamos en apuros. No podemos detenernos en medio de la operación y decir: «Perdonen, pensábamos que tendrían la caja abierta». En el robo no hay invitaciones de contraseña para otro día.
—Di alguna cosa útil —sugirió Mitchell.
—No me gusta que la cámara esté situada tan adentro. Al hacer la retirada tendremos que recorrer mucha distancia por dentro del Banco.
—Pero tiene una ventaja, por otra parte. Eso hace más difícil que vean desde fuera lo que está sucediendo.
—Tal vez. Pero me gustaría ver de antemano si hay posibles alarmas policiales, para trabajar sobre ellas. No me satisface que me sorprendan.
¿Con qué clase de protección cuentan?
—En días de pago, comenzando al mediodía, prácticamente tienen todas las fuerzas policiales; no tanto para proteger el dinero como para mantener el orden en la cola de gente. Por la mañana sólo hay, además del vigilante del Banco, un agente de la ciudad.
—Será el mismo que me ha buscado un sitio en la cola —dijo Jappy—.
Y me ha llamado señor. ¿Un poli retirado? Un grandullón y barrigudo, ya mayor.
—Es holandés. Fue agente uniformado en la Policía de Melton hasta que se retiró hace tres o cuatro años.
—¿Te lo imaginas como un hombre dinámico?
—Lo dudo. No se mueve muy bien. Artritis o algo parecido. Cuando estaba en activo no se distinguió por su valentía. No creo que le dé por ganar medallas ahora. Especialmente si ve que le están encañonando con unas cuantas armas.
—Nunca se sabe con los holandeses. Son tercos y obstinados. Lo sé porque yo también lo soy. ¿Y en cuanto al policía de la ciudad?
—Depende. Generalmente es uno de los más jóvenes. Deberías conocer cómo son los agentes de una ciudad pequeña.
Battler se agitó en su asiento y dijo:
—El policía de una ciudad grande es más seguro. Conoce las probabilidades y, según vea las cosas, no tratará de ser un héroe. Los guardias de la ciudad pequeña son brutos como adoquines, y no saben tener en cuenta las posibilidades.
—Bien —dijo Jappy—. ¿Podemos esperar complicaciones por parte del policía de esta ciudad?
Mitchell se encogió de hombros.
—Lo único que puedo contestarte es que no lo creo.
—De acuerdo —dijo Jappy—, pero ¿y si nos las da?
—Entonces le mataremos —repuso Mitchell encogiéndose de hombros.
—Es lo que me imaginaba que ibas a decir —añadió Jappy haciendo una mueca.
—¿Sabes de otro procedimiento mejor?
—No —repuso Jappy—. No sé de ningún otro mejor.
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