Johnny el Guapo

John Godey · Capítulo 19 de 23

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Johnny el Guapo

Capítulo 18

Así que, penso Mitchell, quien le había traicionado había sido Katsouras… Pero no intencionadamente sino por engreimiento, al considerar su arte quirúrgico más perfecto de lo que estaba justificado.

Miró a Jappy a través de la mesa; o, mejor dicho, miró a su arma. Tenía el cañón de la escopeta acunado sobre la palma izquierda y el dedo índice de la mano derecha, ligeramente curvado, descansaba dentro del guardamonte delante del gatillo. No le temblaban las manos, y esto tranquilizó un poco a Mitchell; si moría, por lo menos no iba a ser por accidente.

La radio continuaba parloteando, y eso le recordó a Mitchell que también él tenía voz. Dijo:

—Sí, soy Johnny el Guapo. ¿Pero qué importa eso?

—Ah, claro que importa —las maneras de Jappy eran casi joviales—.

Importa mucho.

—Escucha. Si cuando me presenté hubiera dicho que era Johnny el Guapo, me habrías mandado a paseo.

—Exacto —dijo amablemente Jappy.

—Bien. Pues entonces no habría habido ningún robo de Banco y tú no tendrías el pie ahora encima de un millón de dólares.

—Entonces opinas que debería estarte agradecido, ¿no? Pues te estoy agradecido.

Mitchell apartó la vista de la escopeta y miró a Jappy a la cara.

—Es cierto, proferí algunas furiosas amenazas. Me enfadé mucho contigo cuando permitiste que fuera a la cárcel. Pero no fueron más que palabras, y de eso hace ya seis años.

—Claro —dijo Jappy—. Sólo palabras.

Aquella amabilidad era tan impermeable como un control de carretera, pensó Mitchell. Dejó pasar un momento y luego dijo:

—¿Cómo lo supiste, Jappy? ¿Te lo dijo alguien de Fredding?

—¿Y por qué habría yo de decírtelo? —repuso Jappy sonriendo—. Pero poco importa eso. Sí, me lo dijo alguien de Fredding.

—¿Desde cuándo lo sabes?

Jappy sonrió generosamente.

—Desde hace bastante tiempo.

—Tonterías. Tú me creíste… por completo.

—Te he seguido la corriente —dijo Jappy—. Soy un buen actor.

—Tal vez tú sí lo seas, pero no los otros. No son lo bastante listos como para hacer esa comedia. Se les habría notado.

Jappy asintió y dijo:

—Lo sé. Por eso no les dije nada. Todavía no saben quién eres.

Sí, pensó Mitchell, Jappy había vencido. Los dos habían estado representando su propia comedia, realizando su propio juego. Pero a la hora de la verdad, la mano de Jappy había sido más fuerte. Jappy había ganado la apuesta. Él había sido derrotado, el juego había concluido. Un buen jugador sabe siempre cuándo ha perdido. ¿Para qué suplicar por su vida? No. ¡No!

Pero no era degradante tratar de sobrevivir. Si lo fuese, todo el mundo se estaría degradando cada día de su existencia. Dijo:

—Escucha, Jappy. Yo soy Johnny el Guapo pero he conseguido un millón de dólares. Si es cierto que hace seis años te puse verde, jamás he hecho nada para perjudicarte.

—Me has usado —replicó Jappy, y en su voz se notaba un acento de pasión—. Al volver a mí disfrazado, me has estado usando.

Disfrazado. Mitchell examinó este vocablo. En efecto, Jappy, inadvertidamente, había dado en el clavo. Él no era un Johnny diferente con una cara diferente, sino el mismo Johnny con un disfraz puesto. Jappy sabía más que Katsouras. Katsouras no era nada más que un artista del maquillaje, un proveedor de disfraces.

—Dentro de poco se despertarán los muchachos y entonces lo aclararemos todo —dijo Jappy—. Se van a llevar una buena sorpresa.

—Jappy, ¿qué vas a hacer conmigo?

—Matarte.

No había sido una pregunta baldía. Aquella respuesta era lo que necesitaba Mitchell para alimentar su resolución. Ahora ya no le quedaba otra cosa que hacer sino un movimiento desesperado, pero debía hacerlo cuanto antes. Por muy pocas probabilidades que tuviese ahora, cuando

llegaran los otros no tendría ninguna. Evaluó vertiginosamente sus posibilidades. La amplia mesa que había entre él y Jappy constituía un obstáculo insalvable. Antes de acabar de rodearla estaría muerto. Pero se sentía capaz de lanzarse por encima de la mesa y sorprender a Jappy, con la esperanza de golpearlo y desequilibrar la dirección del arma antes de que tuviera tiempo de disparar. Era una probabilidad muy remota, pero la única.

Se dispuso a reunir todas las fuerzas de que disponía, listo para saltar, pero en aquel momento oyó súbitamente un chirrido detrás de sí, y perdió la concentración. Se volvió instintivamente. Acababa de abrirse la puerta que daba a la bodega, y bajo su dintel se dibujaba la silueta de Shannon.

Durante un instante brilló en su imaginación un delirio de esperanza, pero murió en el momento mismo de nacer. Puede que Shannon hubiera oído por radio la noticia del atraco y sacara sus conclusiones, pero resultaba imposible que pudiera llegar hasta allí. Él no le había dicho a Shannon dónde tenían su escondite. En aquel instante comprendió que estaba irremisiblemente perdido y condenado a muerte.

Shannon empuñaba su pistola reglamentaria, y la sopesaba tiernamente en la mano. Sonriendo, le dijo a Jappy:

—Aparta ese cañón. Si se te dispara podrías hundir la pared. Ya le mantendré yo a raya con esta pequeña herramienta. —Se volvió sonriendo hacia Mitchell—. ¿Verdad, encanto?

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