Johnny el Guapo

John Godey · Capítulo 4 de 23

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Johnny el Guapo

Capítulo 3

Mitchell se quedó mirando cómo desfilaban los demás por la puerta que había a la izquierda, y tuvo ocasión de ver al otro lado de ella un salón amueblado corrientemente, incluyendo la gran pantalla blanca de un receptor de televisión. Cuando se hubo cerrado aquella puerta, Jappy dijo con acento familiar:

—¿Por qué motivo dices que estuviste en Fredding?

—Por estupidez criminal. Quise reventar una caja fuerte «cabezanegra».

—Yo creía que ya no quedaba ninguna de esas bastardas.

Mitchell hablaba con naturalidad, aunque con una dosis justa de tristeza.

—Era una oficina de facturación, una firma antigua que tenía una caja fuerte antigua… Entrar allí fue fácil pero la maldita caja… La ataqué con una buena carga de nitro. Lo suficientemente grande para despertar a toda la ciudad, pero apenas si abolló la caja. Aun así pude haber escapado, pero perdí los estribos. Me desconcertó tanto aquella caja, que me dediqué a recorrer los despachos birlando monedas, abonos de autobús, relojes de mesa, pisapapeles…, hasta paquetes de cigarrillos a medio terminar.

Finalmente salí, cargado con aquella morralla, y me topé de cara con un guardia.

—Conque una caja fuerte «cabezanegra» —comentó Jappy—. Deberían estar fuera de circulación.

—Eso es agua pasada —dijo Mitchell. Señaló con la mano hacia la bolera que había debajo—. ¿Todo ese tinglado es tuyo?

—¿No te contó nada sobre ello Johnny el Guapo?

—Jamás lo mencionó.

—Él no lo sabía —dijo Jappy sonriendo amargamente—. Fue mucho después de lo suyo.

—¿Me estás probando otra vez?

—Hombre, tú te has presentado aquí como viniendo de la nada. ¿Crees que debo tragármelo todo sin rechistar?

—¿Qué podría ser yo…, un policía? Eso ya lo hemos descartado antes.

—Claro. Soy un mero aficionado. Dejemos eso de una vez. Pero no estorba ser un poco desconfiado. Ya probé en una ocasión la penitenciaría, y no me gustó.

—Yo te puedo enseñar una forma segura para no ir a la cárcel.

—¿Es eso cierto?

—Vuélvete honrado y sigue siéndolo.

—Gracias —dijo Jappy—. Agradezco mucho tu consejo.

Mitchell mostró su sonrisa instantánea.

—Jappy, quiero hacerte una proposición.

—Ni hablar. No me interesa.

—Es un bombón, Jappy.

—Todos los bombones son dulces hasta que se vuelven agrios. No quiero ni oír hablar de ello. —Se quedó en silencio escuchando el ruido sordo de la bolera. Luego se puso en pie y se acercó al ventanal desde donde podía contemplarla—. Están empezando a animarse. A las ocho estarán llenas las pistas, y la gente tendrá que esperar turno para usarlas.

Consumirán bebidas, mucha cerveza y bastantes alimentos. Al final de la semana obtendré pingües beneficios.

—Esto que dices es tan emocionante que me produce vibraciones en la espina dorsal.

Jappy se volvió hacia él.

—¿Cuántos años tienes, cuarenta? Yo cuarenta y cinco. Ya no necesito más emociones. Y lo que necesito menos todavía es otra sentencia que me lleve a la prisión. Así que puedes quedarte con las emociones.

—¿Te has vuelto un ciudadano honrado? No me lo creo. —Mitchell señaló hacia la puerta de la habitación adyacente—. Si así fuese no estarían ahí esperando esos tipos.

—Hago algunos pequeños negocios; pequeños préstamos, llevo algunas chicas. Nada de robos ni de hurtos. Sólo cosas fáciles con las que puedo comprar protección. Nadie ofrece protección por robo; así que no robo absolutamente nada.

—A juzgar por lo que dijo Johnny el Guapo, tú eras un ladrón de primera fila.

Jappy simuló no haberle oído.

—Tengo un socio, un cuñado. Es honrado y conoce este negocio. No quiero que venga nunca por aquí, para que nadie sospeche de él. Las ganancias las invertimos en el negocio. Acabamos de restaurar la cocina.

Cuesta más de veinte mil.

—Jappy, veo que te estás haciendo rico —dijo Mitchell en voz baja.

Jappy se acercó otra vez a la mesa escritorio.

—No fastidies. De sobra sabes quién es el que se hace rico.

Los polis. Desde el jefe hasta el último guardia. Yo me arriesgo con el negocio y ellos se enriquecen, sin hacer ninguna inversión.

—Para enriquecerse hay que correr riesgos.

—Gracias otra vez —dijo Jappy—. De veras que aprecio estos magníficos consejos que me das.

Mitchell intercambió con Jappy una mirada neutral. Era una especie de tregua, pensó, mientras se reagrupaban para una guerra de desgaste. Jappy se inclinó hacia el cajón de su escritorio, pero en seguida detuvo el movimiento y lo convirtió en un torpe gesto de rascarse la espinilla. Sin embargo, Mitchell sabía que lo que intentaba era echar mano a una botella, pero la escasa calidad de éste había frenado su impulso. Prefería pasar sed a compartir con nadie su licor. Mitchell pensó que la tacañería de Jappy era lo que, de manera tortuosa e indirecta, le haría claudicar.

—Hablas de riesgos —dijo Mitchell—. Me gustaría que te decidieras a correr… sólo uno.

—Sólo un pequeño riesgo que no puede fallar… ¿verdad?

—Todas las cosas pueden fallar —aclaró Mitchell—. Incluyendo ésta.

Pero no creo que falle.

—Si tan buen asunto es, ¿por qué no te lo quedas para ti solo?

—Tú ya conoces la respuesta. Es un trabajo para cuatro o cinco hombres. Tú tienes los hombres.

Jappy dijo:

—¿Cuántas veces quieres que te lo repita? He terminado con esa vida.

Me siento satisfecho como estoy. Lo hice una vez y me condujo a la penitenciaría. He terminado con esa vida. Estoy satisfecho.

—Tonterías —dijo Mitchell sin alterarse—. Tú no estás satisfecho ni lo estarás nunca. Lo estarás cuando culmines el gran asunto de tu vida.

—¿Es todo esto más información carcelaria de Johnny el Guapo?

Jappy miró en derredor, como buscando un sitio donde escupir.

—Tal vez. Pero ya tengo bastante con lo que me has dicho. Ya veo que eres un negociante de pacotilla. Y es una lástima porque tienes cerebro y lo vas a malgastar. Tú sigue con tus libros de cuentas, con tus préstamos pequeños. Todo eso no son más que migajas que te deja el sindicato. Lo único que te dejan es que te apañes con los desperdicios…

—Amigo, eres un poco bocazas.

—O un espía de la Policía —dijo Mitchell riendo—. Incluso en esta piojosa ciudad debe de haber una veintena de maleantes esperando unirse a ti. ¿Quién eres tú? Un hombre de cuarenta y cinco años, traficando con baratijas y sobornando a sucios policías para que te dejen vivir. Puede que sea una forma curiosa de decirlo, pero no eres más que un fracaso, Jappy.

La sonrisa de Jappy era amarga pero calmosa. Si debajo de aquella sonrisa se escondía la furia, pensó Mitchell, era evidente que sabía contenerla muy bien.

—¿Y tú opinas que mi vida quedaría solucionada si yo diera un golpe maestro?

—El golpe de que te estoy hablando —dijo Mitchell— es de un millón de dólares.

De repente, como si se hubiera operado un repentino y profundo cambio en su metabolismo, el rostro de Jappy se cubrió por una capa de sudor y sus ojos se volvieron turbios. Se humedeció los labios cuidadosamente, como si la aridez de éstos pudiera rasparle la lengua. Su mano se dirigió al cajón del escritorio, se detuvo y empezó a temblar, igual que si la parquedad luchara contra la necesidad en aquel campo de batalla. Luego emitió un quejido, abrió enérgicamente el cajón y sacó de él una botella y dos vasos cochambrosos. Mientras Jappy escanciaba el licor, Mitchell, leyó la etiqueta. Le temblaban las manos. Era una marca barata de whisky de centeno. Empujó hacia Mitchell uno de los vasos y sin pérdida de tiempo levantó el otro y se lo bebió.

Mitchell echó mano al suyo, olfateó el nuevo alcohol de grano, lo dejó otra vez sobre la mesa y miró fijamente a Jappy.

—¿En qué consiste tu proposición? —preguntó Jappy. Su voz era amarga a causa de la desesperación provocada por el conocimiento de sí mismo.

Esto va bien, advirtió Mitchell para sus adentros. El pez ha picado el anzuelo. Esto va bien. Levantó el vaso y bebió, sintiendo que el licor verde le quemaba al descender por el esófago. Chasqueó los labios, agitó la copa mirándola al trasluz y la depositó sobre la mesa.

—No será para tanto —añadió Jappy—. Ahórrate la paja y ve directo al grano. ¿En qué consiste el asunto?

—En asaltar un Banco —repuso Mitchell—. ¿No te dije antes el botín?

Un millón. Un millón de dólares.

Jappy echó más whisky en su copa y se lo bebió. Miró pensativo a Mitchell.

—En la «Casa de la Moneda» hay mucho más, pero yo no estoy chiflado. Ni tampoco estoy para asaltar un Banco. Me gusta demasiado la libertad.

—Imagínate trescientos mil, o tal vez más, para cuando seas viejo —

dijo Mitchell con calma—. Y sin un centavo de descuento. Pones la mitad en valores y el resto en inmuebles. Incluso contando con la inflación, es un dinero para el retiro.

—Ofréceselo a otro —dijo Jappy—. Yo no lo quiero.

Pero sus palabras tenían un matiz inseguro y defensivo. Mitchell sabía que el anzuelo lo tenía bien clavado.

—Te lo ofrezco a ti porque deseo reducir al mínimo los riesgos. La verdad es que tú tienes cerebro, y eres serio y buen organizador.

—¿Dijo Johnny el Guapo que yo era serio?

—Dijo que tenías una grave debilidad, y que eras el hombre más ahorrativo que había conocido. Dijo que lo fastidiaste por culpa de eso.

Pero no negó tus buenas cualidades.

—Soy conservador en lo tocante al dinero. No me gusta ir tirándolo por ahí como hacen muchos tipos.

—Johnny te acusó de dejarle ir a presidio porque eras un maldito tacaño. Alegó contra ti que podías haber comprado su libertad con dos o

tres mil, pero no quisiste gastar ese dinero. Estoy citando las mismas palabras de Johnny, ¿entiendes?

Jappy dijo muy en serio:

—No hubo manera de arreglarlo. Si la hubiera habido, yo lo habría hecho. Johnny no me creyó nunca. No pude convencerlo.

—No, no le convenciste. Y eso le sacaba de quicio. Te odiaba a muerte.

Tal vez tuviera razón, tal vez no. Yo no lo sé. Por lo que a mí concierne, te concedo el beneficio de la duda. Pero incluso cuando Johnny hablaba tan mal de ti, nunca negó que tú fueras inteligente y que supieras organizar un trabajo. De hecho, cuando empezó a olvidarse un poco de lo tuyo, le oí algunas veces decir que no le importaría volver a tu lado.

—Yo no lo hubiera admitido. Desde el momento que un hombre siente rencor contra ti, ya no puedes fiarte de él. No digo que necesariamente se hubiera vengado de manera deliberada, aunque también podría ocurrir; pero antes o después me perjudicaría, incluso sin darse cuenta de ello. Cosa del inconsciente, ya sabes.

Mitchell asintió.

—Así pues, ¿qué hay en tu inconsciente?

La voz de Jappy aparecía tan exenta de inflexiones, tan sutilmente insinuante, que a Mitchell le faltó poco para sorprenderse y lamentarse de su ingenuidad. Pero dijo con voz serena:

—Yo trato de ser consciente en todo momento. Estoy buscando un número uno. Lo mismo me da uno que otro y, además, Johnny el Guapo está muerto. Si tú le perjudicaste a Johnny, peor para él. Yo procuraré que no me perjudiques a mí.

—Quiero recordarte —objetó Jappy—, que todavía no hemos hecho ningún trato. Lo que estás diciendo, hasta ahora, es pura retórica. Pura teoría, ¿entiendes?

El rostro de Jappy aparecía enigmático, indescifrable. Continuaba con la frente bañada de sudor, pero él se había calmado y su fiebre había remitido.

Mitchell pensó que éste sería el momento de tirar del anzuelo a manera de recordatorio. Dijo:

—¿Acaso te resulta todo esto un tanto indiferente? ¿Te importa que siga hablando sobre ello?

—Si te apetece hablar, yo escucho. —Jappy se encogió de hombros—.

Eso es cosa tuya.

—No —dijo fríamente Mitchell—. A ti te toca dar el paso. ¿Sí o no?

Jappy echó mano a la botella de whisky, la ladeó sobre el vaso, pero cambió de opinión y volvió a dejarla sobre la mesa, dando un golpe.

—Habla —dijo—. Explica ese maldito asunto de una vez.

Mitchell pensó que el anzuelo continuaba seguro y podía tomarse el tiempo suficiente. Se aclaró la garganta y dijo con tranquilidad:

—Como te dije antes, se trata de un millón de dólares y de robar un Banco.

—Ya he oído el precio antes —dijo Jappy—. Y también que era un Banco. Eso es lo que me inquieta. Todo el mundo quiere asaltar Bancos porque en ellos está el gran botín y la gloria. El golpear en la cabeza a un transeúnte y birlarle la cartera… Eso lo puede hacer cualquier palurdo con buenos músculos y una barra de hierro. Pero asaltar un Banco…, eso pertenece a la liga de primera división, eso es el orgasmo de los ladrones.

—A mí no me importa la gloria. Lo que me interesa es el dinero.

—Y todo el mundo lo sabe —continuó hablando Jappy, como si no hubiera oído las palabras de Mitchell—. Los Bancos lo saben, los ladrones lo saben, la Policía lo sabe. Los Bancos no se dejan quitar así como así su dinero; te lo ponen muy difícil. Apuesto a que caen más ladrones en asaltos a Bancos, en proporción, que en otros robos. Y es lógico; si los riesgos son elevados, las ventajas tienen que serlo también.

—Como tú dices —agregó Mitchell—, con buenos músculos es fácil.

Pero por golpear a un tipo en la cabeza, o derribar a un borracho, lo más que se sacan son diez dólares cada vez. Bueno, golpeando en la cabeza a cien mil individuos podrás conseguir un millón. No digo que no puedas hacerlo si trabajas las veinticuatro horas del día. Pero no te lo recomiendo.

En un Banco…, lo haces de golpe, en una sola operación.

—Si es que te sale bien.

—El ladrón corre más riesgos que el hombre honrado. Si no quieres correr riesgos será mejor que vivas dentro de la ley. Lo importante no estriba en evitar todos los riesgos, sino en disminuirlos.

—De acuerdo —dijo Jappy—, y ahora que he oído tu filosofía, oigamos algunos detalles.

—Claro. ¿Conoces la ciudad de Amesville?

—Creo que está por el sur del Estado.

—En el extremo suroeste. Allí está emplazada la fábrica de galletas

«Munchmore».

Jappy asintió:

—Algo así había oído decir.

—Es una población de unos ocho mil habitantes. Nuestro objetivo es el

«Banco Popular» de Amesville.

Jappy protestó:

—Tú estás loco. En el «Banco Popular» de Amesville no hay un millón de dólares en efectivo para que vayamos a robarlo.

—La mayor parte del tiempo, no. Pero lo hay un miércoles sí y otro no.

Jappy aguzó la mirada.

—¿Es que manejan la nómina de la «Munchmore»?

—Exacto. Lo normal sería que la «Munchmore» se valiera de algún Banco de la ciudad de Melton, que se encuentra sólo a unos quince kilómetros de la fábrica. Pero ocurre que el presidente de esta fábrica de galletas es un viejo amigo del presidente del «Banco Popular» de Amesville. Así que este pequeño Banco maneja la abultada nómina.

—Continúa —dijo Jappy.

—Pero sigue siendo un Banco pequeño. Todo su personal, desde el director al conserje, viene a sumar de siete a ocho empleados.

—No obstante, un Banco, por pequeño que sea, puede disponer de una cámara acorazada de apertura retardada, y yo no sé de nadie que haya sido capaz de abrir una caja de ésas.

—En efecto, el «Popular» de Amesville dispone de una de esas cámaras

—afirmó Mitchell.

—¿Entonces?

—Entonces pasa que un Banco, cuando tiene abierta su cámara acorazada, es tan vulnerable como un supermercado.

—No me olvidaré de este pequeño detalle —ironizó Jappy—. Eso deberían saberlo todos los ladrones de Bancos.

—Un martes sí y otro no, por la tarde, después del horario normal del despacho al público —dijo Mitchell—, llega a Amesville un furgón blindado con aproximadamente un millón de dólares en efectivo…, en billetes pequeños y plata. Procede de la «Reserva Federal», que no registra los números de serie.

—Espera un momento. ¿Estás diciendo que la fábrica de galletas no paga mediante cheque y que sigue llenando sobres para pagar a su gente?

—Lo hace con cheques. El Banco enlaza con un sistema de ordenadores que confecciona las nóminas. Lo registra todo: nombre, cantidad, deducciones de la Seguridad Social, pensiones, seguros, impuestos estatales y federales, hospitalizaciones… todo lo acumulativo.

—Todo eso es fascinante —dijo Jappy—. Habré de tenerlo presente para cuando se me ocurra robar un Banco.

—Cobran un tanto por este servicio, lo cual, para un Banco de la entidad del «Popular», resulta interesante. Pero los verdaderos beneficios del Banco…

Jappy le interrumpió.

—Esto resulta cada vez más interesante —apuntó con la cabeza hacia la puerta de la habitación contigua—. Ahí dentro siguen esos cuatro y seguramente no les gusta estar encerrados esperando. Probablemente se estarán peleando entre sí a estas alturas. Después empezarán a tirarse del cabello. ¿No crees que podrías ir al grano?

Mitchell prosiguió con mucha calma:

—El modo más sencillo de cobrar un cheque nominativo es yendo al Banco que lo emitió. Así que, en días de cobro, todo el personal de la nómina acude a la ciudad para hacer efectivo su cheque. La mayor parte de ellos van a la hora del almuerzo, pero también acuden muchos después del trabajo. El Banco permanece abierto para ellos. En total, acude a cobrar más del noventa por ciento de la plantilla. Esto significa que el Banco ha de tener a mano dinero en efectivo. De ahí que tengan preparado un millón de dólares, miércoles alternos cada mes.

—¿Y qué gana el Banco con tantas molestias por su parte?

—Precisamente en eso está su ganancia. Inducen a los trabajadores de la fábrica a que abran cuentas. Muchos lo hacen, pues les resulta conveniente.

Abra una cuenta en el Banco, como dice la publicidad. Por tanto, el «Banco Popular» de Amesville obtiene muchos clientes y con ello aumenta su capital.

Jappy repiqueteaba impacientemente con los dedos sobre la mesa.

—En la tarde de cada martes previa a un miércoles de pago, el furgón blindado descarga un millón de dólares en efectivo y lo depositan en la cámara acorazada cuyo dispositivo temporizador de apertura está programado para la mañana siguiente.

—El intentar robar un furgón blindado significa hacer oposiciones a que te maten, a menos que estés de acuerdo con uno de sus ocupantes —dijo Jappy sacudiendo la cabeza—. Y aun así… Aun así pueden salir mal muchas cosas.

—Exacto —agregó Mitchell—. Por eso no intentaremos robar el coche blindado.

—Ni tampoco reventaremos la puerta de la cámara acorazada. Eso significa que habremos de esperar a que empiecen a llegar los de la fábrica, a la hora de comer, y el director abra la cámara. Para entonces tendremos allí miles de personas. ¿Prefieres trabajar ante un gran auditorio?

—La cámara se abre a primera hora de la mañana —dijo Mitchell.

Jappy enderezó su espalda.

—Pero eso no tiene sentido. ¿Por qué no la abren cuando necesiten el dinero?

—Porque dentro de la cámara, además del millón en efectivo, hay otras cosas que necesitan sacar para su trabajo rutinario.

—Entonces, ahí está el tendón de Aquiles de todo esto —dijo Jappy, y respiró profundamente.

—Ése es su punto débil. Y es entonces cuando nosotros damos el golpe.

Y ahora, pensaba Mitchell, Jappy haría el resto. El pez se metería en la barca por sus propios medios.

Los párpados de Jappy estaban bajos hasta más de la mitad, como si pretendieran ocultar los ojos. Pero su mano, puesta sobre el escritorio, le traicionaba. Sus dedos se movían nerviosos. Mitchell se puso en pie y se acercó a la ventana. Abajo, casi todas las pistas de la bolera estaban en movimiento, y se notaba gran actividad en el bar y el restaurante contiguos,

así como en la barra de bocadillos y bebidas suaves. La clientela estaba compuesta por chicos y chicas jóvenes —todos casi idénticos por su cabello largo y faldas y pantalones llamativos—, así como por matrimonios cuyos niños se sentaban inquietos en los bancos de plástico situados detrás de la línea de lanzamiento.

Mitchell escuchó a sus espaldas el sonido característico de la botella encima de la mesa. Jappy estaba bebiendo sin que él lo viera. Esbozó su sonrisa fugaz y empezó a volverse, pero de pronto se quedó petrificado.

Abajo, en pie o apoyado sobre la barra, había un tipo estrafalario cubierto con una prenda de abrigo de descomunales medidas y, en la cabeza, un sombrero como el de un espantapájaros. Algo avivó nuevamente la memoria de Mitchell, pero sin ningún resultado. Le hubiera gustado que aquel hombre se volviera, para verle la cara…

—Acércate un instante —le dijo a Jappy, sin apartar la mirada de la ventana.

Jappy se unió a él. Mitchell apuntó con su dedo hacia aquel extraño individuo y Jappy siguió la dirección del brazo.

—¿Aquel tipo desgalichado? —preguntó—. Ya le veo. ¿Qué pasa con él?

—Nos ha seguido desde la ciudad. ¿Sabes quién es?

—No —respondió Jappy—. Averigüémoslo.

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