Johnny el Guapo
Tercera parte
MUNDO GENUINO
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13
Jappy era tan laborioso y metódico que Mitchell, frecuentemente, estaba a punto de mostrar su impaciencia. Pero sabía muy bien que ningún detalle perfectible escaparía al examen de aquel hombre, y en esto radicaba su fortaleza.
A instancias de Jappy, acudieron a Amesville en día de pago porque él quería ver la situación del Banco en el momento en que los trabajadores de la «Munchmore» se amontonaran allí para hacer efectivos sus cheques.
—¿Cuál es la relación? —dijo Mitchell—. Que todo esto tendrá lugar unas pocas horas después de que hayamos atracado el Banco.
—Nunca se sabe —objetó Jappy—. Después, oliendo a presidiario, de nada nos serviría lamentarnos de haber dejado algún cabo suelto. Lo que hagamos antes es lo que cuenta, aunque parezca no tener ninguna relación.
Iban sentados como siempre: Jappy al lado de Battler y Mitchell solo, en el asiento de atrás. El viaje lo hicieron prácticamente en silencio, y llegaron al centro de la población pocos minutos después de las doce. El tráfico, que cerca de las afueras resultaba fluido, al llegar al centro urbano se convertiría en un atasco. Avanzaban metro a metro, y cuando llegaron al aparcamiento del supermercado eran las doce y media. En torno al Banco había una larga fila de coches. Jappy le dijo a Battler que continuara.
—No quiero que nos vean en el mismo sitio varias veces. Alguien puede verme y acordarse de mí. La próxima vez que aparquemos aquí será para asaltar el Banco.
Siguieron las indicaciones del aparcamiento municipal, dos manzanas más al Sur y una a la derecha. Jappy se apeó del coche.
—Voy a hacer un ingreso en mi cuenta de ahorros.
—Con tanta gente tendrás que esperar mucho —le previno Battler.
—Eso es lo que yo quiero. Así tendré tiempo de observarlo todo. —
Antes de alejarse dijo—: Si decidís dar un paseo a pie, no os metáis por el centro de la ciudad ni vayáis juntos.
Mitchell dejó pasar unos minutos, y luego salió del coche. Battler dijo que prefería quedarse. Echó a andar por Main Street. A la izquierda, al
fondo de la calle, la caravana de coches delante del Banco parecía no moverse. Giró a la derecha y se puso a caminar por una zona sucia de pequeños negocios: un taller de carrocería, otro de fontanería, una tienda de tapicería y alfombras…, todos escupiendo a la calle sus detritus. Luego la ciudad cobró nuevamente aspecto residencial: grandes y viejas viviendas, un tanto decadentes, que constituyeron las casas de los primeros pobladores de la ciudad, con cúpulas, terrazas y miradores, muchas de las cuales eran ahora hogares turísticos o tiendas de antigüedades.
Se detuvo al llegar al puente blanco que estaba tendido por encima de la pequeña extensión del río Ames, que discurre claro y somero sobre las erosionadas y limpias piedras de su lecho. Se apoyó sobre la barandilla y evocó el año durante el que había estado viviendo en esa población. ¿Había realmente acabado hacía sólo unas pocas semanas? Ahora parecía muy remoto, fuera del tiempo. Llegó a aquella ciudad y se fue de ella sin dejar huellas, sin permitirse ningún contacto humano. Incluso cuando visitaba el burdel, que se hallaba emplazado fuera del alcance de su vista, justamente al otro lado del recodo de ese mismo río, había elegido a una chica diferente cada vez. Llegó a la ciudad como un extraño y se fue de ella como un extraño.
Se quedó mirando fijamente al agua, con indiferencia, matando el tiempo, y luego regresó al coche. Battler continuaba monoliticamente sentado detrás del volante. Apenas movió un músculo al verlo entrar.
Mitchell encendió un cigarrillo, se lo fumó, y otros dos más antes de que regresara Jappy y ocupara su sitio en el asiento delantero. Battler puso en marcha el coche y lo sacó del aparcamiento.
—Dirígete al Sur y toma la primera carretera secundaria que veas en dirección oeste —dijo Jappy—. He puesto quinientos en mi cuenta.
—Cuando les limpiemos el Banco —comentó Mitchell— procuraremos dejarles lo suficiente para que te paguen tus ahorros cuando la canceles.
Más los intereses.
Battler giró hacia Main Street, y luego enfiló hacia el pequeño puente blanco.
—He contado cuatro policías —le dijo Jappy a Mitchell—. El vigilante del Banco y tres agentes de la ciudad; uno dentro y dos fuera. Dijiste que
había solamente un policía de la ciudad.
—Los de fuera están para mantener en orden la cola. No vienen al Banco hasta el mediodía. Por las mañanas las cosas son tal como dije; el vigilante del Banco y un agente de la ciudad.
—Está bien. He podido enterarme de una cosa. La alarma está conectada con la jefatura de Policía. Funciona mediante un dispositivo de pedal. Esto no me gusta ni un pelo.
—¿Qué crees que harían, en un caso así, el vigilante del Banco y el otro agente? —preguntó Battler.
—Cualquiera sabe. Yo creo que el vigilante del Banco se portará como un buen chico. En cuanto al policía de la ciudad… nunca se sabe lo que pueda hacer un polizonte joven. No tiene sentido. Mitchell, ¿está siempre el mismo agente?
—Van turnándose. Pero casi siempre hay uno de los jóvenes.
—Respecto al personal empleado… Hoy hay más que la última semana.
—Los miércoles de pago refuerzan la plantilla. Principalmente con mujeres, ¿verdad?
—Tres mujeres y dos hombres. Generalmente, los cajeros de los Bancos se comportan con sensatez en caso de atraco. Pero ese pedal de alarma… Es muy fácil deslizar un pie sin que se vea desde el otro lado del mostrador.
—Desde el primer momento tenemos que disuadir a los posibles héroes
—dijo Mitchell—. Debemos entrar asustándolos. Nada de buenos modales ni cortesías, aunque esto constituya una buena lectura en los periódicos del día siguiente.
Jappy estaba de acuerdo y asintió con la cabeza.
—De todas formas, yo nunca leo las noticias que hablan de mí —añadió
—. Antes que nada, hay que advertirles que le volaremos la maldita cabeza al primero que se mueva.
—¿Y si alguien se mueve? —preguntó Battler.
—Entonces se la volamos.
Previamente había estado recorriendo toda la red de carreteras de entrada y salida de Amesville, desde todos los puntos cardinales imaginables —
autopistas estatales, carreteras comarcales, arterias secundarias, vías urbanas que serpenteaban para enlazar con las zonas rurales—, valiéndose siempre de un mapa de carreteras en el que Jappy anotaba detalles tan insignificantes como las distancias no registradas, cruces, curvas, colinas e incluso caminos sin salida. Deliberadamente dejaron el coche sin lavar durante algunas semanas, con el fin de que su color quedara oscurecido bajo una recia capa de suciedad. Exceptuando el parabrisas, los cristales de las ventanas aparecían sucios y veteados, dando la sensación de que llevaban cortinas casi opacas.
La carretera por la que rodaba ahora el coche, atravesaba una zona rural escasamente poblada, y conectaba con una carretera secundaria doce kilómetros más adelante, la cual enlazaba a su vez con una autopista del Estado. Jappy, con el inevitable mapa abierto sobre sus rodillas, iba anotando cuidadosamente todos los puntos de referencia y cada una de las curvas de la carretera, comprobando sus anteriores anotaciones y, de vez en cuando, introduciendo alguna nueva.
Una vez en la autopista estatal, dobló el mapa, lo puso en la guantera del coche, y ordenó a Battler regresar a casa.
—Muy bien —dijo Jappy—. Dentro de dos miércoles, a partir de hoy, efectuaré otro ingreso en mi cuenta. A las nueve de la mañana.
—Pero, por amor de Dios, si allí ya no queda nada más por ver —dijo Mitchell.
—No trates de imaginarte lo que queda por ver. Ten esto bien en cuenta: quien crea que es fácil robar un millón de dólares acabará dando con sus huesos en chirona. ¿Es que tienes ganas de volver a la penitenciaría?
—Antes me cortaría el cuello.
—Lo mismo digo —añadió Jappy—. Entonces no trates de imaginarte nada.
Pasó un buen rato desde que Jappy llamara a la puerta, desde lo alto de la escalera metálica, hasta que sonó el zumbador que abría la cerradura.
Dentro se hallaban Tully y Sunny, uno a cada extremo de la habitación, pero
sus caras aparecían encendidas de excitación, y las ropas de ella estaban arrugadas.
—Esto es una oficina, no una maldita alcoba —dijo Jappy—. Largaos los dos de aquí.
—Jesús, qué modales —protestó Sunny—. Pareces un maldito caballero de la mesa del Rey Arturo. No eres muy cortés que digamos. Por no hablar de tus insinuaciones acerca de que nos estábamos manoseando.
—¿Qué se supone que he de hacer? —exclamó Tully—. ¿Bueno, trabajamos juntos o qué? Nos tratas a mí y a Bobby como si fuéramos dos malditos polis.
Jappy respondió con tono de hastío:
—Cuando llegue el momento lo sabréis todo. Hasta entonces, dejad de hacer preguntas.
Sunny se encaró con Tully:
—Si tuvieras agallas no le permitirías que te tratara como a un desgraciado; Pero tú no tienes agallas.
Tully desvió su cólera hacia la muchacha.
—¡Vete a la mierda, puta!
—¡Follate a tu madre! —exclamó ella, recogiendo su bolso y encaminándose hacia la puerta—. Si te deja.
Tully la empujó con tanta fuerza que Sunny fue a caer contra la barandilla de la escalera. Luego cerró de un portazo amortiguando los gritos de rabia de ella.
—Vaya pareja —comentó Jappy meneando la cabeza—. Está bien.
Vamos a lo nuestro. Todavía quedan por resolver dos serios problemas: la alarma y la salida. Tal y como yo lo veo en este momento, la alarma es algo que no podemos controlar puesto que se trata de un factor humano. Tal vez uno de los cajeros la pise, y tal vez, no. Pero ya lo estudiaré mejor. La fuga no va a resultar fácil. Doscientos cincuenta kilómetros en un coche lleno de dinero robado, es un problema.
—Cambiemos de coche —dijo Battler—. Podemos tener un coche, o incluso dos, escondidos en cualquier parte de la carretera…
—¿Y a quién dejamos dentro? —le interrumpió Jappy—. No vamos a contratar a cualquiera para que espere dentro. Eso significa que debemos
dejarlo vacío. ¿Y si nos lo roba algún niñato para darse un paseíto? Suponte que uno de esos coches no arranca. Suponte que llegamos y tiene una rueda pinchada.
—Teniendo varios coches…
—Cuantos más coches tengamos, más posibilidades habrá de que surjan problemas. Además, poco importa en qué coche viajemos. Lo que importa es que será un coche lleno de dinero.
—Ya me conoces —dijo Battler—. Puedo llevar cualquier coche por donde sea.
—Sé que eres el mejor conductor que he conocido. Pero por muy bueno que seas, no podrás cruzar un control de carretera como si fueras con un tanque. Tampoco esperes encontrarte con simples guardias en los controles de carretera, sino con soldados de la reserva, bien entrenados y provistos de rifles. No podrás engañarlos. Con un millón de dólares en el fondo del coche, no podrás engañar a nadie.
Durante el prolongado silencio que siguió a estas palabras, Jappy empezó a abrir un cajón del escritorio —el mismo donde guardaba la botella de licor—, pero se lo pensó mejor y transformó este gesto en el torpe movimiento de rascarse una pierna. Battler rompió el mutismo:
—Supón que no se nos ocurre nada mejor.
—Ya pensaremos en algo —dijo Jappy—. Pero si no se nos ocurre nada, yo no robaré el Banco. Me importa un rábano que nos sirvan el dinero en bandeja y envuelto en papel de regalo. Si luego no puedes escapar con él, vale más no cogerlo.
—¿Y cuánto tiempo durarán los controles de carretera una vez dada la alarma? —preguntó Mitchell.
—Quién sabe. Algunas horas, tal vez seis u ocho, o incluso más. Pero las patrullas bien reforzadas durarán mucho más tiempo, quizá veinticuatro horas.
—¿Quieres decir que la alerta habrá acabado a las cuarenta y ocho horas?
—Mucho antes de eso. Saben muy bien que los ladrones de Bancos no se marchan andando con el botín a cuestas.
—Ahí tenemos la respuesta —dijo Mitchell.
—¿Que nos vayamos andando?
—Que permanezcamos en Amesville durante cuarenta y ocho horas.
A la mañana siguiente volvieron otra vez a Amesville. Estaba lloviznando, y la vegetación de los campos que se divisaban a través de los sucios cristales del coche aparecía empapada de agua y abatida. Apenas hablaban.
Mitchell pensó que los ánimos de todos estaban como el día, deprimidos. Al llegar a los suburbios de Amesville, Jappy rompió el silencio.
—Mal día es éste para andar buscando una casa por el campo —dijo—.
De buena gana se lo hubiera encargado a un agente inmobiliario.
—Eso ya lo discutimos anoche —agregó Mitchell—. ¿No estuviste de acuerdo en que sería peligroso establecer contacto con alguien que luego podría identificarnos?
—Lo sé, lo sé. No me hagas caso.
Battler se dirigió directamente al aparcamiento municipal. Jappy se bajó del coche y echó a andar por Main Street. Mitchell y Battler se quedaron dentro del vehículo. Al cabo de veinte minutos regresó Jappy con un ejemplar del Amesville Banner. Echó mano a la guantera y sacó el plano de la ciudad, entregándoselo a Mitchell. Seguidamente abrió el periódico en la página de los anuncios inmobiliarios.
—Ignoraremos los anuncios de los agentes inmobiliarios, ¿no? Y qué hacemos con respecto a los que sólo dan un número de teléfono.
—Por ahora es mejor dejarlos —dijo Mitchell—. Algunos son agentes encubiertos. Los que nos interesan dicen «propietario» o algo así como
«sólo particulares, no agencias». Ya los verás más adelante.
Jappy señaló la página con el dedo.
—Aquí hay uno. «Renta anual, un año de antigüedad, tres dormitorios, en Cape Cod, un acre, magníficas vistas», etc., etc. «En Haislip Circle, lugar de moda, propietario…». ¿Dónde está Haislip Circle?
Mitchell consultó el índice alfabético de calles de la ciudad.
—Haislip Circle… C 8.
Recorrió horizontalmente con un dedo los números marginales que había en la parte superior del plano, y con otro dedo de la otra mano repasó,
de arriba abajo, las letras del margen izquierdo, hasta hacer coincidir ambos dedos en un mismo punto.
—Viene a caer a un kilómetro del Banco, pero probablemente se trate de una urbanización. Eso quiere decir que habrá demasiadas casas muy juntas unas con otras, demasiados ruidos de vecindad y sin suficiente cobertura de árboles y arbustos. Táchala.
—La tacho —dijo Jappy—. ¿Y ésta? «Colonial, dos dormitorios, porche soleado, chimenea de leña… propietario… Old Country Road, junto a la autopista estatal».
Mitchell buscó las coordenadas.
—Old Country Road, junto a la autopista estatal. Ya la tengo. —Frunció los labios—. Valdría la pena echarle un vistazo, aunque está un poco retirada. Yo diría que a unos diez kilómetros.
—La tacho —dijo Jappy—. Acordamos que no debía estar a más de seis o siete minutos de viaje. Cinco kilómetros como máximo. ¿Correcto?
—Correcto.
—«Dos acres, río, cuatro dormitorios, gran buhardilla…». No interesa.
Sin amueblar.
El dedo de Jappy siguió recorriendo la página.
—«Tres dormitorios, dos baños, sala de juego…». No habla de garaje.
Cranford Road.
Mitchell consultó el plano.
—A unos tres kilómetros, puede valer.
Antes de terminar los anuncios del periódico, tenían cuatro posibilidades. La primera casa que visitaron estaba bien situada, pero sólo tenía un pequeño garaje de una plaza. Mitchell consideró la segunda casa, la de Cranford Road, resultaba demasiado ostentosa. Jappy dijo que eso no importaba y la marcó visiblemente con una cruz. Una de ellas estaba demasiado cerca de la ciudad y fue eliminada. La última de las cuatro, emplazada en Brainerd Street, era de estilo colonial, un tanto decadente, a tres kilómetros y medio de la población, bien alejada de la carretera y en una vía rural. Pasaron por delante, lentamente.
—Bien —dijo Jappy—. Ya tenemos ésta y la de Cranford Road. ¿Es suficiente?
—Suficiente —respondió Mitchell.
—¿Nos vamos a casa? —preguntó Battler.
Eran sus primeras palabras en una hora.
—No —dijo Jappy—. Volvamos a la ciudad. Mitchell, ¿sabes dónde está la comisaría de Policía?
—Mitchell indicó a Battler que se dirigiera al aparcamiento municipal.
Pasado el aparcamiento, en dirección este, la vía se bifurcaba rodeando un gran prado herbáceo del tamaño de dos campos de fútbol, y luego corría sinuosa hacia Main Street.
—Sigue recto al frente —dijo Mitchell—. A la derecha está la comisaría de Policía.
Era un edificio de madera de dos plantas, con aparcamiento cerrado por una cerca, directamente al borde de la calle. Tenía la apariencia de una casa reconstruida.
—¿Ese edificio tan pequeño? —exclamó Battler.
—Por dentro es más grande de lo que te crees. Y además posee un sótano con celdas y oficinas. Hasta hace unos años era la biblioteca municipal. Luego construyeron una nueva, de ladrillo, y les dejaron esto a los polis. Se supone que están proyectando una comisaría nueva, pero les está llevando más tiempo del que pensaban.
—No tienen que darse prisa por mí —dijo Jappy—. Battler, pasa por delante, despacio pero sin pararte.
El coche pasó a unos tres metros de la puerta principal. Sus dos hojas estaban entreabiertas, proporcionando una vista de la entrada y de una parte de la comisaría con la figura de un hombre descubierto y vestido de azul sentado detrás de un escritorio labrado.
El coche avanzaba hacia Main Street. Battler dijo:
—¿Y ahora qué?
—Ahora a casa —respondió Jappy—. Dentro de unos días volveremos a echar otro vistazo.
—¿Te gusta ver las comisarías de Policía? —preguntó Battler.
—Me gusta ver ésta. Sobre todo porque está hecha de madera.
—¿Y qué más da de lo que esté hecha?
—Porque la madera arde muy bien. La madera vieja arde muy bien. Le regalaremos unas cuantas bombas incendiarias.
Sunny estaba sentada en el sillón de Jappy, y éste se apoyaba en el borde de la mesa y le iba leyendo números de teléfono. Mitchell permanecía de pie ante la ventana, contemplando ociosamente a una pareja de muchachos que jugaban por separado a los bolos, en pistas contiguas. Oyó cómo Sunny, con voz sorprendentemente bien modulada, daba un nombre falso y explicaba que acababa de llegar de otro Estado y que, en nombre de su familia, que llegaría después, deseaba alquilar una casa. Acordó ir a verlas al día siguiente, con unas horas de diferencia cada una.
Jappy, verificando las notas que había tomado en los márgenes del periódico, dijo:
—Cuando veas las casas, no te comprometas con ninguna. Di que ya volverás. Si las dos son igualmente buenas, nos quedaremos con la más barata. Jesús, qué locura de precios. Se necesita ser muy rico.
—¿Por qué preocuparse? —dijo Mitchell—. Después de todo no son más que unos miserables dólares.
—Hasta ahora, esos miserables dólares son pagados de mi bolsillo.
—Haz una nota de gastos y ya se te rembolsarán cuando hayamos terminado. Pero los intereses que saques del «Banco Popular» tienen que ir al fondo común.
—Mierda. Eso es dinero personal mío y… —Se quedó mirando la cara inocente y seria que ponía Mitchell—. Aquí todo el mundo es un comediante.
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