Johnny el Guapo
Capítulo 14
El último sol de las cuatro se filtraba por los visillos de encaje, recorría la cama, moría y reaparecía escalando la parte frontal del viejo buró, una pieza de caoba modelada en suaves curvas femeninas cuyo acabado se ramificaba en millares de delicadas hendiduras.
Mitchell yacía sobre la cama, tendido cuan largo era. ¿Cuántas semanas habían transcurrido desde su primer paseo, a la hora del crepúsculo por Philbin Street, hasta el momento en el que Jappy, unos treinta minutos antes, al igual que un general encomendando sus tropas a la buena voluntad del dios de la guerra, había declarado conclusos sus preparativos? Ocurrió en medio de un viaje de ensayo –¿el trigésimo, el cuadragésimo?– cuando Jappy, inesperadamente, dijo:
—Ya está. Si no lo sabemos hacer a estas alturas, no lo sabremos hacer nunca. Mañana vamos a robar un Banco.
Mitchell pensaba que si las cosas no salían bien, no podría achacárselo a ninguna imprevisión de Jappy. Mitchell era un hombre que deseaba apasionadamente continuar vivo y libre, y que creía firmemente que el resultado de cualquier acción estaba determinado, en un noventa por ciento, antes de ejecutarse la misma. Había temido que Jappy se estuviera excediendo en los preparativos y que, al igual que un luchador excesivamente entrenado, se dejara sus fuerzas en el entrenamiento.
—Escucha —había dicho Jappy—. La ejecución real del robo durará unos dos minutos, y la fuga otros dos o tres. Cuatro minutos en total. Cinco.
Pero es lo suficiente para cometer mil errores, y con uno basta para meterse bajo tierra o entre rejas. Lo único que se puede hacer (exceptuando la suerte, buena o mala, contra la que no podemos hacer nada), lo único que puede hacerse, es tratar de eliminar los errores. Eso es lo que trato de hacer; eso es todo lo que trato de hacer.
Finalmente, tres semanas antes del robo, Jappy informó a Tully y Bobby de los detalles específicos. Los condujo por varias carreteras relacionadas con la operación, y les mostró el Banco y la comisaría de Policía. Les mandó entrar en el Banco por separado (Bobby para hacer preguntas sobre
la compra de bonos, y Tully sobre préstamos hipotecarios), y les dijo exactamente lo que tenían que mirar, en qué tenían que fijarse y en qué no, y cómo relacionar lo que acababan de ver con el croquis que él había trazado del Banco, el cual llevaban estudiándolo varios días.
Al día siguiente salió a solas con Bobby, en el coche, y estudiaron la comisaría de Policía; luego le dijo el lugar exacto donde debía detener el coche, dónde situarse cuando arrojara las bombas, y qué debía hacer después.
Por último, antes de regresar a casa, Jappy entró en el Banco e hizo un ingreso en su cuenta de ahorros. ¿Para qué sirvió esta última visita? Para nada. No, eso no era totalmente cierto. Jappy volvió con dos observaciones.
La primera era que el vigilante del Banco, el holandés, era zurdo, un detalle a tener en cuenta si intentaba sacar el arma; y la segunda, que el sol daba de lleno en varios puntos del Banco y podía deslumbrar a alguien. De manera que ahora sabían que debían estar atentos a la mano izquierda del holandés, y dónde no tenían que situarse para evitar el deslumbramiento del sol.
—Imagínate que es un día de lluvia —le dijo Bobby a Jappy para pincharle.
—Si es un día de lluvia —respondió Jappy— habré perdido un poco de tiempo previniéndote contra el sol. Si no, habrás aprendido una cosa que puede salvar tu vida.
Y Jappy, desde luego, tenía razón. Él iba a por todas.
Jappy observaba los ensayos con tanta meticulosidad de detalles como un director de escena. Frecuentemente se apartaba a un lado, observaba e interrumpía el acto para hacer una observación.
—No, Tully; retírate un poco más para que tengas bajo tu mirada a los dos policías… Mitchell, no mires atrás para ver lo que está sucediendo.
Concéntrate en el dinero y nada más.
A veces escuchaba las sugerencias, y sus juicios eran minuciosamente razonados.
Respecto al tema de desarmar a los policías, interiormente había sostenido un debate consigo mismo.
—Obligadlos a tenderse en el suelo boca abajo. Desde esta posición podrán hacer muy poco. El desarmar a un policía es como si le anularais y
le quitaseis su propia masculinidad; y entonces, podría decidirse a pelear.
Además, para quitarle el arma os tendréis que acercar a él. Y él podría agarrarse a vosotros y entonces no será fácil prestaros ayuda, pues estaréis los dos en la misma línea de fuego. Cuando emprendamos la retirada, lo más probable es que intenten sacar sus armas. Es entonces cuando los desarmaremos.
Jappy se mostraba infatigable e infinitamente paciente, sin importarle las veces que debía repetirse la acción, aunque fuera la más simple.
—Hemos de emplear el menor tiempo entre la entrada y la salida, pero esto no significa alocamiento, sino rapidez y serenidad. El cronometraje y la labor de equipo han de ser perfectos; como en un equipo de fútbol. Si cada uno hace lo que se espera de él, y lo hace bien, entonces se moverá la pelota. Pero si no se mueve la pelota, os encontraréis muertos o en la cárcel, y, por lo que a mí concierne, tan mala es una cosa como otra.
La oficina de encima de la bolera se convirtió en una réplica a escala del Banco, con el mobiliario dispuesto adecuadamente para representar la cámara acorazada, las ventanillas de los cajeros, el despacho particular del director, las mesas con impresos y bolígrafos para uso del público… Y la incansable voz de Jappy continuaba:
—Obligad a los dos policías a que se echen al suelo aquí, a los clientes los hacéis ponerse contra esta pared, los cajeros allí; Tully, tú, desde aquí, cubres a los dos guardias; Mitchell, tú te vas directamente hacia la caja fuerte; Bobby, tan pronto como entres, dirígete por aquí hacia la cámara, sin pasar por entre Tully y los agentes…
En los ocasionales períodos de descanso se dejaban caer pesadamente sobre sus asientos, taciturnos, sin apenas decir palabra.
—Tenemos que conocerlo todo tan a la perfección, que seamos capaces de hacerlo mientras dormimos.
—Yo ya lo hago mientras duermo —dijo Mitchell.
Y así continuó, día tras día, y todos se iban poniendo tensos, pendencieros, exhaustos. Para Mitchell, el cansancio físico implicaba un riesgo; debía extremar los cuidados para evitar que su voz reincidiera o retomase a la nasalidad. La única interrupción de aquella rutina se produjo inesperada e indeseadamente. Una tarde, sin previo aviso, se presentó
Shannon anunciándose con sus recios y exigentes aporreos a la puerta, al estilo policial.
—Relajaos —dijo Jappy—. Nadie sabe nada. Tranquilos.
—Los muebles —señaló Mitchell—. ¿Los retiramos?
—No hay tiempo.
Jappy pulsó el botón y apareció Shannon bajo el dintel de la puerta.
Después de cerrarla, recorrió con sus ojos azules toda la estancia.
—Hola, Jappy. —Examinó de nuevo la habitación—. Veo esto diferente. Has cambiado de sitio los muebles.
—Estaba harto de verlos siempre en el mismo sitio y los he cambiado.
—Pues lo veo horrible de esta manera.
—Si hubiera sabido que no le gustaban, no los habría movido.
—Tienes un gusto horroroso, Jappy. Sobre todo para elegir a tus amigos. Buenas tardes, bribones.
—Teniente —dijo Jappy—, ¿qué tiene en mente?
—¿Por qué iba yo a tener algo en mente? ¿Es que no puedo dejarme caer por aquí para hacer una visita social a mi favorito hatajo de granujas?
—Si usted lo dice, teniente…
—Claro que lo digo —añadió Shannon con voz apacible—. Por cierto, hace dos o tres días pasé por aquí. ¿Estabas fuera?
—Si vino por aquí y no me encontró —repuso Jappy—, estaría fuera.
Eso es evidente.
—Eso es evidente. También estaban fuera estos distinguidos caballeros.
Jappy, ¿se habían ido todos contigo, digamos, de negocios?
—Ignoro dónde se encontraban. Aquí tenemos por norma no metemos los unos en las vidas de los otros. Es como un código de honor.
—¿Honor entre granujas? —exclamó Shannon—. Me gusta ese sentimiento. —Su mirada se desplazó, centrándose en Mitchell—. ¿El señor Smith, no? ¿John Smith? ¿Le es grata su estancia en nuestra bella ciudad?
—No es tan mala —respondió Mitchell—. Sobre todo considerándola como la nariz del universo.
—Celebro oírle decir eso. No me gustaría saber que le desagrada nuestra ciudad y pudiera querer dejarla.
—Estoy pensando afincarme en ella, y pasar aquí mis años de retiro.
Su voz era festiva, pero debajo de aquel aspecto de calma, ardía de rabia. ¡Qué maldito bastardo, hacerle pasar semejante apuro, sólo por innecesaria ostentación!
Shannon iba a responderle, pero entonces se volvió hacia Tully. Los latidos del corazón de Mitchell redujeron su velocidad pero sonaban a hueco.
—Bien, aquí tenemos a Anatole —dijo Shannon sonriendo—. ¿Qué tal va eso, Anatole?
—Mierda —contestó Tully.
—¿De veras? —comentó Shannon—. ¿Te parece ésa una respuesta ingeniosa?
—Modera tu lenguaje, maldito paleto —le gritó Jappy.
—¿Bobby? —le dijo Shannon a Bobby, con jovialidad—. Estás muy guapo con esa peluca, Bobby. ¿Y si vinieras algún día a la ciudad para hacerte una foto nueva? En la vieja tenías la azotea pelada y no te hace justicia.
—En aquélla debía de tener muy corto el pelo —respondió Bobby—. Al rape.
—Además, te hicieron una jugarreta.
—Claro que me la hicieron —dijo Bobby sorprendido.
—Hola, Battler. ¿Cómo se encuentra el viejo y dinámico Battler? ¿Te siguen sonando esas campanillas en la azotea, Battler?
Shannon, en total, no había estado más de quince minutos en la habitación, pero había sido suficiente para dejarles a todos saltando de rabia. Nada más salir de allí y cerrar la puerta, Tully exclamó:
—¿Qué diablos ha venido a hacer aquí ese bastardo? ¿Creéis que sospecha alguna cosa?
—No —repuso Jappy—. Si le rondara algo en la cabeza, lo que fuera, nos habría puesto un precio. Ha venido aquí porque es un hijo de perra integral. Es lo que se dice un sádico.
—A la porra —dijo Tully escupiendo en el suelo—. De todas formas no me gusta esto. Ese tipo me pone nervioso.
Jappy le dijo a Mitchell:
—Le has dado un par de buenas respuestas.
Mitchell se encogió de hombros y dijo:
—A fin de cuentas no es más que un poli.
Y era cierto. Shannon era un policía y no podía evitar comportarse como tal, aun cuando estuviera planeando robar un millón de dólares.
Tres días antes, Sunny viajó en un coche provisto de una matrícula de otro Estado hasta Amesville, para tomar posesión de la casa que había alquilado en Brainerd Street. Al día siguiente, cumpliendo las instrucciones concretas dadas por Jappy, fue a Melton y compró provisiones suficientes para sus propias necesidades durante tres días, y para la de ellos durante dos. Tenía orden de dejarse ver lo menos posible fuera de la casa, y de no aparecer por la población.
—Yo no puedo estar tres días sin ver un hombre —protestó Sunny—. Si no me acuesto con un hombre no puedo quedarme dormida.
—Entonces, las tres noches próximas tendrás que acostarte con un plátano.
Esa misma mañana, Jappy pasaría revista al equipo de todos ellos, inspeccionándolos como si fueran soldados de una guarnición. Les hizo preparar sus armas y les pasó revista hasta de la munición. Examinó sus máscaras para ver si se les ajustaban bien a la cara y en busca de posibles fisuras, y revisó los macutos de campaña asegurándose de que no tenían orificios, y de que los cordeles funcionaban bien. Efectuó una inspección final al «Chrysler», a pesar de que Battler casi lo había desarmado y vuelto a montar pieza por pieza.
Durante el ensayo último, pocas horas antes del momento decisivo, encontraría aún algunas imperfecciones, pero el tiempo era inexorable. Casi de mala gana los despidió a todos para que se fueran a descansar, y los emplazó para que se presentaran en la bolera a las cuatro treinta de la madrugada, listos para el ataque.
Así, pensaba Mitchell sin parar de revolverse en su cama, finalmente, todo va a concluir. Sabía que debían asaltarle profundas sensaciones en torno a todo aquello: ansiedad, temor, anticipación… Pero lo único que
sentía era cansancio. Estaba agotado, desfallecido. Debería tomar alguna aspirina, tratar de dormir.
Unos minutos después de la medianoche se presentó Shannon.
Estuvieron hablando durante veinte minutos. Cuando se marchó Shannon, intentó dormir, pero le resultó inútil. A las tres de la madrugada se bajó de la cama, entumecido por el frío de la habitación, se afeitó y se duchó lentamente. Luego, todavía más lentamente, se vistió, tomó más aspirina y, al fin, se le hizo la hora de ir a robar el Banco.
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